Por encima del clamor de la batalla, por encima del miedo, el dolor y el sufrimiento, superando incluso la desesperación de los heridos, los espíritus de Vinyl, Rara y Octavia Auditor opacaron la aterradora aura del Tártaro.

El campus universitario se había convertido en el lugar en que los ponis plantaran batalla al Tártaro. A cada momento, la música crecía en intensidad y pasión; a cada momento, los ponis recuperaban un poco más la esperanza; a cada momento, la niebla retrocedía, y con ello más mortales se unían a la batalla. Los demonios iban llegando cada vez en más número, pero los más grandes aún no lo habían hecho. La magia de los unicornios los repelía y devolvía al Tártaro, mientras ponis de tierra y pegasos aguantaban las cargas en tierra y en el aire.

—¡Grises!

De la niebla que retrocedía, docenas, cientos de ponis surgieron. Todos ellos rugían y aullaban, sus ojos blancos y lechosos, y galoparon torpemente hacia la linea de defensa. Los escudos fueron clavados en el suelo, los ballesteros recargaron, y los magos se prepararon para combatir a sus hermanos caídos. Pero nadie pudo predecir lo que ocurrió: Los ponis grises bajaron el ritmo de su carrera mientras se acercaban para, finalmente, detenerse frente a la linea de escudos.

Octavia, subida en el piano, vio lo que ocurría y bajó la intensidad de su interpretación, seguida a la perfección por Vinyl Scratch y Coloratura.

Los defensores observaron a los Grises inquietos, sin saber cómo actuar.

—¡Hermano!

Algo golpeó a los ponis de tierra desde atrás, echándolos a un lado cuando una criatura se abrió paso a través de ellos. Se trataba de un perro joyero que galopó a cuatro patas hacia los grises. Fue cuando muchos vieron que, entre los ponis grises, había otro perro joyero también afectado por la niebla. Su pelaje se había aclarado, sus ojos eran blancos completamente, y estaba a dos patas, con los brazos cayendo lánguidamente a los lados de su torso.

—¡Hermano! —llamó el perro joyero—. ¡Argos, soy yo! ¡Soy tu hermano!

Argos no repondió a los gritos del perro joyero. Este lo tomó por los hombros. A su alrededor los ponis grises se movieron, pero él los ignoró.

—¡Despierta! ¡Despierta!

Muchos de los defensores observaron compungidos los desesperados intentos del perro joyero por traer de vuelta a su hermano. Habían ido a la batalla sabiendo que quizá deberían derribar a los grises. "Derribar" era la palabra que habían usado los líderes de la guardia y la resistencia, aunque todos sabían qué querían decir en realidad, una que muchos habían intentado suavizar convenciéndose de que era necesario, que ya estaban muertos.

Pero el perro gris alzó sus blancos ojos y miró a aquel que intentaba despertarlo.

—F… fi...

—¡Hermano! ¡Soy yo, soy Fido! ¡Argos, vuelve!

El color empezó a volver al pelaje de Argos allá por donde Fido lo tomara. Como surgiendo de un agua blanca y turbia, las pupilas de sus ojos reaparecieron poco a poco. El rostro de los perros joyeros no solía ser amistoso, pero a medida que el color y la voluntad volvían a Argos, su cara se truncó y su voz se convirtió en el lastimero gañido de alguien que arrastrara consigo una eternidad de abandono y súplicas sin respuesta.

—He… he estado… solo. He estado tan solo…

—Ya no lo estás —exclamó Fido, llorando de felicidad—. ¡Ya no lo estas! ¡Hermano!

La música, guiada por Octavia, estalló al tiempo que los dos perros joyeros se abrazaban y el color volvía a la ciudad

Como el epicentro de un poderoso hechizo, los ponis grises en torno a los dos hermanos empezaron a recuperar sus colores. Como si una deflagración invisible la empujara, la niebla blanca retrocedió a toda velocidad, y las confundidas y dolidas voces de sus víctimas empezaron a llenar todo el campus universitario. Los defensores no dudaron un instante en romper las filas para ayudar a sus compañeros caídos, ahora retornados, a moverse tras la línea de escudos.

—¡Rápido, formad, llevadlos atrás! —ordenó un sargento—. ¡Llegan los demonios! ¡No retrocedáis, hoy liberamos Manehattan!

Los ponis de tierra avanzaron y clavaron sus escudos en el suelo con decisión. Sobre ellos, grupos de pegasos interceptaron a los diablillos que llegaban volando por docenas.


La alegría que los unicornios que hacían el ritual junto a Aitana al ver que la niebla se alejaba del campus murió con un cambio de iluminación, a pesar de ser mediodía.

Los primeros en llegar fueron los demonios de la tortura; oscuros, tentaculares, arrastrándose entre nubes de oscuridad que parecían ser parte de sus propios cuerpos informes. A una velocidad que parecería imposible, se lanzaron contra el ritual, pero se detuvieron de golpe al chocar contra algo invisible y retrocedieron chirriando de dolor, sus cuerpos humeando y siseando.

Envalentonados, los magos pusieron toda su voluntad y magia en el círculo arcano, y pronto los demonios retrocedieron. Otros llegaron, esta vez pequeños demonios del fuego y la destrucción que dispararon sus impías llamas hacia los mortales. Los ataques se desvanecieron al acercarse círculo, y cuando estos seres cargaron contra el mismo corrieron la misma suerte que los demonios de la tortura. Fue entonces cuando vieron una creciente nube negra aparecer tras un edificio cercano.

—¡Ya viene! —gritó Aitana, con la voz atenazada por un nudo en el estómago.

Todos se prepararon, observando cómo la oscura nube se acercaba, rodeando el edificio y congregándose frente a ellos. Los demonios retrocedieron, ocultándose tras la misma y, durante un instante, no hubo nada más en el mundo: solo ellos y la luz del ritual enfrentándose a la oscuridad del Tártaro. En esos segundos de tensa espera los magos dejaron de murmurar el hechizo ritual, algunos conjuraron sus propias defensas y aguardaron.

Aitana sintió el movimiento antes de que el unicornio universitario gritara. Una estaca de oscuridad había surgido de su propia sombra, atravesándole el pecho con facilidad. El desgraciado, una vez la estaca se retiró, cayó inerte al suelo. Sin pensar en lo que hacía, la yegua saltó a un lado y rodó por el suelo, mientras el resto de magos gritaban. Se levantó para ver cómo tentáculos de oscuridad surgían por doquier, atacándolos sin piedad; varios unicornios habían muerto ya, y los que no retrocedían defendiéndose a la desesperada. La luz del ritual se apagó rápidamente.

—Dawn Hope —la voz de Hellfire arrastró las palabras con el mismo frío regocijo con el que arrastraría un cadáver—. ¿De verdad creíste que podías expulsarme con esto? Patético.

Y los demonios surgieron de la nube, cargando contra los mortales. Aitana gritó "corred" y desplegó su espada: el primer diablillo cayó rápidamente ante la finta de la Arqueóloga; un demonio de la tortura intentó atraparla solo para encontrar sus apéndices cercenados antes de ser devuelto al Tártaro; un deforme demonio del fuego escupió sus llamas hacia ella, pero la yegua marrón saltó a un lado y le lanzó una daga que le dio muerte.

Fue entonces cuando se encontró frente a frente con Hellfire. Como el reflejo de una pesadilla, como un monstruo con forma de poni que surgiera de la oscuridad más abismal, el señor de los demonios en esa región del mundo avanzó con la impunidad de quien se sabía inmortal

—No cometeré el mismo error. No intentaré dominarte como hice con Midnight Shield.

Un gran demonio apareció y, rugiendo, saltó sobre un unicornio. Este gritó, el monstruoso ser lo alzó sobre su cabeza y lo estrelló contra el suelo, atacándolo a continuación con sus garras y dejando que la sangre de su víctima lo cubriera. Aitana logró dispararle a la sien tan solo un instante demasiado tarde.

—Hoy vas a pagar por cada hora desde que tu padre me mató.

Escuchó gritos, y vio a dos unicornios que, retorciéndose de dolor, eran arrastrados a la oscuridad por negros demonios tentaculares. Aitana retrocedió, y Hellfire emitió una carcajada que quedó opacada por un rugido de odio.

—¡Voy a regodearme, voy a torturarte hasta que supliques la muerte! ¡Vas a saber todo lo que le hice a la zorra de tu madre, y cuando termine lanzaré tu alma al Tártaro!

Aitana miró una última vez a los unicornios que estaban cayendo bajo las garras de los demonios, que eran atrapados por los seres de la tortura, o huían en desbandada. Se giró, tomó una gema con los dientes de la alforja, la lanzó contra el suelo y una explosión de luz ocurrió a continuación. Cuando Hellfire pudo abrir los ojos, vio a Aitana corriendo por su vida.

La yegua marrón galopó con todas sus fuerzas, y enseguida presintió la magia impía de Hellfire echarse sobre ella. Saltó a un lado y rodó por el suelo, esquivando un proyectil de fuego negro; una explosión la proyectó a un lado, pero Aitana se puso en pie enseguida y siguió su desesperada carrera. Desenganchó la ballesta y dejó que esta cayera al suelo mientras varios demonios del fuego surgían a su paso. No intentó atacarlos: corrió hacia ellos y saltó al suelo, derrapando para esquivarlos como hiciera cuando salvó a aquella potra.

Se detuvo en seco cuando una de las criaturas atrapó una de sus alforjas, levantando a la poni del suelo. Aitana arrancó dos enganches de su pecho y vientre, cayó al suelo y lanzó un corte con la espada a una de las patas del monstruoso ser. Todavía aguantando las alforjas, la criatura cayó al suelo. La otra persiguió a la impertinente mortal.

Ya podía ver el descuidado jardín de su casa en la distancia cuando un hechizo infernal pasó rozándole la crin; era una bola roja que, tras superarla, se dirigía al suelo frente a ella. Abriendo los ojos completamente, se lanzó a tierra un instante antes de que la detonación se produjera; de haber estado en pie, la onda de choque la habría lanzado directamente a las garras del demonio. Pudo escucharlo a su espalda, luchando contra la fuerza de la explosión para llegar a ella; con los oídos aún zumbando, Aitana se levantó para descubrir que el camino hacia su casa estaba cubierto de llamas. Sin dudarlo, tomó aire y aguantó la respiración al galopar a través de las mismas.

Quince segundos después, surgió del mar de fuego y, gritando, se lanzó al suelo. Su pelaje quemaba, y tuvo que apagar algunas llamas de sus crines. Apretando los dientes, se puso en pie al escuchar al gran demonio del fuego; echó a galopar al tiempo que el monstruoso ser surgía del fuego y se echaba sobre ella. Aitana cargó contra la puerta principal, la abrió con el impacto y se lanzó directamente hacia una pared en concreto.

Cuando el demonio asomó su cabeza por la puerta, las llamas acudiendo a su mandíbula, Aitana disparó una gran ballesta cuyo virote atravesó el craneo de la monstruosidad. El ser cayó al instante y su cuerpo se consumió en un charco de fuego infernal; la yegua todavía intentaba recuperar el aliento cuando, tras las llamas, vio al oscuro unicornio. Aitana saltó hacia la parte trasera de su casa, y la explosión llegó un instante antes de que llegara a atravesar la puerta que daba al jardín trasero. Cuando pudo procesar lo que había pasado, la yegua marrón se encontró sobre el césped alto y mal cuidado, boca abajo. Se puso en pie, viendo cómo algunas gotas de sangre caían de su morro; alzó la vista y vio que allí donde estaba su casa, su hogar, solo quedaba la estructura de madera rota y retorcida siendo consumida por el fuego.

Y entre las llamas, Hellfire avanzaba, su negra figura destacando como el tizón. Aitana retrocedió mirando al suelo, y luego clavó su mirada en el oscuro demonologista. El mismo que torturó y mató a su madre. El mismo que la persiguió toda su infancia, negándole la paz que siempre había ansiado en su corazón. El mismo que había hecho que, hacía tan solo unos días, su padre entregara su vida para darle una oportunidad. El odio y el ansia de venganza tomaron su rostro. Su mirada recorrió la espada de Midnight Shield antes de retraerla hacia atrás; luego bajó la vista y, finalmente, hincó una rodilla en el césped mientras cerraba los ojos.

Imperator Stellarum —rezó con palabras aceleradas—, dame hoy tu entereza para enfrentar el mal con rectitud. Dame el valor para afrontar mi final sin dudar.

—¿Eso es todo, Aitana Pones? ¿Una última plegaria?

Aitana no respondió.

Mater Lúminis, dame hoy tu sabiduría para que pueda ver a través de las tinieblas de mi mente, y abre mi ojo espiritual para que pueda ver a través de las mentiras del Tártaro.

Hellfire rió ampliamente, acercándose sin prisa. A medida que salía de las llamas apreció la figura de Aitana como patética: Arrodillada, herida, desarmada de no ser por esa espada incapaz de herirle. Una simple mortal preparándose para su final, aferrándose a un último resquicio de esperanza.

—No hay salvación para ti. No hay salvación para este mundo. Conocerás una eternidad de sufrimiento, Arqueóloga.

Zmeu, dame hoy la fuerza y la fiereza de tus hijos para llevar el terror al corazón de mis enemigos.

—Los titanes no tienen poder ni en el Tártaro ni en la tierra. Son solo las fantasías de los mortales para creer que alguien los protege.

Hellfire pasó junto a la hamaca, ahora sucia por el tiempo, donde Aitana observara una vez a Hope Spell siendo entrenado por el profesor Pones. Las sombras se formaron junto al demonologista, arremolinándose en la forma de una espada negra como el olvido.

Enlil, dame hoy el honor de tus hijos para afrontar a mi enemigo con dignidad, y el orgullo para no dudar de mis actos.

Con cada paso que dio, negras nubes acudieron a Hellfire. Con cada paso, su figura se difuminó a medida que se fundía con las sombras de los señores del Tártaro. Solo sus ojos rojos, así como su cuerno, destacaron en medio de aquella oscuridad.

—No vas a morir, Aitana Pones, pero pronto suplicarás por ello, igual que hizo tu madre.

Pte-Ska-Win, blanca madre de los búfalos...

La oscura nube cubrió todo el terreno, negando la luz que llegaba del sol a través de la densa capa de nubes. La magia acudió a Hellfire, el oscuro poder de los señores a los que servía tomó su espíritu con una mezcla de pasión y terror, y rió guturalmente mientras se lanzaba, siendo uno con la oscura nube, contra la mortal.

Vio que algo brillaba bajo el casco de la Arqueóloga. Cuando esta alzó la pata, Hellfire reconoció que era una gema mágica.

—¡...ATA A ESTA CRIATURA A LA TIERRA!

Ocultas bajo la hierba, alta tras meses de falta de cuidados, las runas se iluminaron.

El vuelo del demonologista perdió velocidad mientras la luz se extendía a su alrededor en un amplio círculo. Llamó a la magia, notando cómo por momentos su conexión con el Tártaro se veía reducida a una ínfima fracción de su poder, y reconoció que aquel era un círculo rúnico de aislamiento; la oscura nube con la que se había fundido desapareció y pronto sintió de nuevo el peso de su cuerpo. Tomó a toda velocidad la oscura arma que antes convocara y se echó a un lado a la desesperada.

La espada de Aitana Pones pasó a pocos centímetros de su rostro; la yegua de tierra se giró a toda velocidad mientras la luminosidad del círculo de runas aumentaba por momentos. Sus crines violetas y grises se agitaban debido a un viento traído por la magia rúnica; Hellfire la atacó con violencia, con sus mejores artes, pero no consiguió alcanzarla. El odio tomaba cada facción del rostro de la yegua, pero no sus movimientos: esquivaba cada ataque con pasos calculados, evitando la negra espada de Hellfire por meros centímetros; contraatacaba cada vez con agilidad, sin dar tregua a su enemigo; cada vez que este intentaba ganar algún tipo de ventaja o conjurar, la yegua marrón cargaba contra él y le negaba la posibilidad.

Aitana se lanzó al suelo para evitar un impacto y, al levantarse, su espada impactó contra el costado de Hellfire. El negro unicornio retrocedió, mientras la magia que debería sanarle cualquier herida acudía a él mucho más lentamente de lo que debiera. Gruñendo, el demonologista conjuró y una onda expansiva lanzó a la Arqueóloga al suelo. Él bajó el arma y se lanzó contra la mortal; su espada, inmaterial, atravesó el suelo dejando en su trayectoria un sendero de hierba calcinada. Sin darle tiempo a levantarse, lanzó su arma contra su adversaria.

Hubo un choque metálico y mágico al mismo tiempo.

La espada de Aitana Pones, la que una vez fuera el arma de la cazadora Midnight Shield, brillaba. Sus múltiples grabados, runas, pictogramas y glifos se iluminaron con furia, imbuídos por la magia; la Arqueóloga dejó caer la gema ya desprovista de poder que sostenía en el mango, gritó y, con un amplio movimiento, apartó la mágica arma de Hellfire, lanzándose contra él nuevamente y acortando distancias en un instante.

En aquel combate cuerpo a cuerpo, Hellfire se vio ampliamente superado, y solo sus defensas mágicas le permitieron resistir. Sus ataques eran esquivados por la mortal; su espada, que habitualmente sería imparable, veía su ventaja negada ante el encantamiento del arma de Aitana; cada vez que parecía que el demonologista iba a superar a la Arqueóloga, esta saltaba a una nueva posición para continuar su incansable cadencia. Hellfire intentó retroceder y salir del círculo, pero la mortal no se lo permitió, cargando contra él en todo momento, sin permitir que le diera la espalda ni se acercara a las runas.

Los ojos de Hellfire se tornaron totalmente blancos, se alzó sobre dos patas y golpeó el suelo, rugiendo mientras la magia recorría su ser. La detonación empujó a Aitana hacia atrás, esta cayó sobre sus patas y volvió a la carga… pero el aura mágica negruzca de Hellfire cubrió su cuerpo y la yegua se detuvo en seco, inmovilizada y levitando a pocos centímetros del suelo. El negro unicornio tomó su espada y la lanzó contra la Arqueóloga, quien se sacudió indefensa dentro del agarre mágico…

...cuando este falló y Aitana cayó al suelo, esquivando la infernal hoja. Detrás de Hellfire, todavía apareciendo entre jirones de sombra, Rise Love gruñó, mostrando grandes colmillos y una expresión salvaje. La espada de esta atravesaba al demonologista, quien miró cómo la punta de esta sobresalía por el otro lado de su cuerpo. El cuerno de Hellfire se iluminó, y este gimió mientras trataba de llamar al pacto que tenía con los señores del Tártaro, pero estos no respondieron. Miró a Aitana, quien estaba ya frente a él, espada en ristre.

—Volveré —dijo, con una tos y una risa sanguinolentas—. Royal Destiny me mató una vez y volví; tú, o tus descendientes pagarán por este día, Dawn Hope.

—Ya no me llamo así.

Hellfire gritó y bajó la cabeza después de que Rise Love hiciera un rápido movimiento. La Cazadora había sacado una daga y arrancado limpiamente el cuerno del demonologista, asegurándose de que estuviera realmente indefenso.

Aitana no se inmutó ante el hecho.

—Podrías haber desaparecido, podrías haberme olvidado y yo jamás me habría unido a los Arqueólogos. Solo has conseguido una enemiga.

—Volveré —repitió—. Cuando seas una anciana, o cuando ya estés muerta. Juro que volveré y no podrás detenerme.

—Yo no —replicó Aitana, jadeante pero con calma—. Pero te juro que siempre habrá un Pones para hacerte frente.

Sin permitir que el negro unicornio respondiera, Aitana se alzó sobre dos patas y giró sobre si misma mientras desplegaba la espada de su madre.

Y la cabeza de Hellfire cayó al suelo.


En el campus universitario, ponis, unicornios, pegasos, kirin, batponies, grifos y perros joyeros avanzaron como un solo ser.

Los demonios hacía rato que habían llegado, pero el entrenamiento que recibieran los estudiantes de la universidad dio sus frutos una vez más. Los unicornios lanzaban una inacabable avalancha de conjuros hacia los demonios que se acercaban, acabando con muchos antes de que llegaran a las lineas de combate. En el aire, pegasos, grifos y algún batpony se enfrentaban a los demonios voladores: mientras algunos los interceptaban en el aire, otros tomaban posiciones, disparaban sus ballestas y volaban a una nueva posición antes de que el enemigo pudiera atacarles.

La niebla blanca ya había retrocedido hasta los grandes edificios que bordeaban el enorme campus, y seguía siendo repelida por la magia de la música de Octavia, Rara y Vinyl Scratch. Los ponis, a pesar de la lucha, a pesar de los heridos, sonreían llenos de esperanza. "¡Podemos hacerlo!", "¡No os rindáis!", "¡Hay que salvarlos a todos!", y otras loas eran lanzadas al aire sin cesar. La linea de ponis de tierra avanzaba paso a paso, plantando sus escudos en tierra cuando el enemigo estaba demasiado cerca, y poniendo a salvo a otros ponis liberados de la niebla blanca. Estos, al principio, pasaban un rato recuperándose de la experiencia, explicando la asfixiante soledad en la que habían estado atrapados, pero no tardaban en unirse a la lucha. Algunos tomaban las armas de los caídos, otros ponían a los heridos a salvo. Todos luchaban.

Las fuerzas del Tártaro no fueron capaces de frenar a los mortales, unidos bajo la esperanza. Cuando gigantescos demonios cargaron, los pegasos dispararon sin cesar sobre ellos. Cuando esto no fue suficiente, los unicornios lanzaron sus mejores hechizos contra las monstruosidades, y las que casi llegaban a los ponis de tierra se vieron atrapadas por trampas que los perros joyeros habían cavado bajo tierra. Un pequeño grupo de grifos cayeron sobre pequeños demonios que flanqueaban la formación, placándolos contra el suelo y dándoles muerte.

Un gran demonio llegó a la linea de escudos y la rompió casi al mismo tiempo que una lluvia de hechizos lo devolvía al Tártaro; los supervivientes intentaron volver formar, pero el enorme charco de llamas que hizo el gran demonio al morir no se lo permitió. Fue entonces cuando se escuchó algo a medio camino entre un rugido y un grito tras los defensores. Cuatro kirins, sus cuerpos vueltos negros y cubiertos por llamas verdes, cargaron a través del fuego contra los demonios que se acercaban. Los defensores, impresionados, rehicieron la formación mientras aquellos feroces kirin ganaban todo el tiempo que podían.

Subida sobre el piano, Octavia observó la situación sin dejar de tocar el violoncelo. El piano de Coloratura bailaba sobre los acordes del equipo de Vinyl, dándole color, y a un gesto de la celista, la melodía bajó de intensidad. Con ella haciendo largas notas, el piano tomó el protagonismo con una melodía simple, preciosa y llena de alegría. Una historia sin palabras, una amistad rota y remendada cuya fractura había dejado una marca indeleble que la había hecho más fuerte. Octavia miró a Vinyl, y la DJ le devolvió una sonrisa; las marcas de belleza de las tres artistas empezaron a brillar con fuerza a medida que se acercaban al solo final. Ninguna había dicho una sola palabra, pero todas sabían que iban a expulsar a la niebla blanca de una vez por todas.

Un viento tomó aquel improvisado escenario. Octavia tocó en crescendo, la percusión se volvió más intensa...

...y la música se interrumpió con el sonido de la madera rota. Rara dejó de tocar cuando un resplandor rojo brilló justo sobre su cabeza; Vinyl se puso en pie, gritando, y saltó sobre su equipo con la vista fija en la yegua. Mientras todos los ponis detenían su avance sintiendo un profundo vacío en el pecho, Vinyl conjuró para tomar a Octavia con su magia y la abrazó al tiempo que su amiga llegaba al suelo. El violoncelo, atravesado y quemado cayó con un golpe roto y hueco; Vinyl intentó, gritando ayuda desesperadamente, tapar la herida que atravesaba el costado izquierdo de Octavia Auditor.

Un médico corrió a su lado, sabedor de que no llegaría a tiempo.

Sintiendo como si el alma les hubiera caído a los pies, como si toda esperanza los hubiera abandonado, los ciudadanos de Manehattan se defendieron del continuo asalto de los demonios. La coordinación que antes les diera la ventaja desapareció, y pronto los demonios más grandes llegaron a la batalla y rompieron la formación.

Varios ponis intentaron coordinar una retirada hacia los túneles, pero el caos empezó a cundir entre las filas. Algunos ponis, aterrados, rompieron la formación y huyeron, y otros encontraron la muerte bajo el fuego del Tártaro. Temblorosa, Rara intentó seguir tocando, pero su música, cuando virtuosa, no tuvo efecto alguno, como si el alma que imbuyera su interpretación hubiese sido aplastada bajo el desconsolado llanto de Vinyl, quien no dejaba de abrazar a su amiga. En el aire, los pegasos fueron los únicos que no se retiraron, luchando sin cesar contra los demonios voladores, pero pronto se vieron asediados por los hechizos infernales lanzados desde el suelo. Los rugidos de los demonios y los gritos aterrados de los mortales lo tomaron todo.

Cuando un grupo de ponis se preparaba para huir a través de los túneles de los perros joyeros, tres ponis y una grifo surgieron de uno de los mismos. Galoparon a toda velocidad hacia Octavia, Vinyl y Coloratura; pudieron ver cómo el shock de sus rostros al ver a la fallecida virtuosa era pronto ahogado por un sentimiento mucho más poderoso.

Y tomaron los instrumentos.

Un poderoso rift de guitarra fue respondido por la enérgica percusión de la batería. Lucent había tomado el micrófono, Greta a su lado una guitarra y en la batería Dawn tocaba intensamente. Y, junto a ellos, una yegua de pelaje perlado y crines rosas y sucias, herida y demacrada, tocaba la guitarra; su rostro estaba tomado por la furia, la ira y el odio, y ello se reflejaba en cada nota, cada acorde y cada melodía que salía de su instrumento.

Algunos no tardaron en percatarse de la herida que tenía en la garganta la cantante de Steel Note, y comprendieron por qué era Lucent quien cantaba. Como un fuego imparable, el dolor y la ira tomaron los corazones de todos los presentes, echaron a un lado el terror del tártaro y fueron movidos a la batalla por la desgarrada voz de Lucent y el grito de venganza que promulgaba Lovely Rock con su guitarra.

Los que habían huido volvieron a cargar al frente, desorganizados, cuando dos ponis llegaron a todo galope. Rise Love voló por encima de la formación mientras Aitana, que había recuperado sus alforjas, tomaba armas y galopaba al frente.

—¡En formación! —rugió Rise, su pelaje erizado y pupilas cada vez más alargadas— ¡Hellfire está muerto, los demonios ya no pueden volver! ¡Matadlos a todos!

Con renovadas energías, ignorando el terror de los demonios o su propia seguridad, los ponies detuvieron el avance del ejército del Tártaro. Aitana, en primera fila, tomó una lanza, ensartando a todo demonio que se acercara. Gritó con cada estocada, rugió gritos de desafío al enemigo, y sintió una ingente dicha con cada ser que enviaba de vuelta al infierno del que hubiera surgido. Era una sensación que conocía, como un sentimiento ajeno que la embargara…

...exactamente igual que cuando Kolnarg afectaba a su mente. Y se dio cuenta de que algo iba muy mal.

Vio los mismos sentimientos en cada poni, cada unicornio, cada pegaso, kirin, grifo o perro. Todos ellos luchaban con ira, con venganza, sin poder ver ninguna otra cosa salvo enemigos a los que asesinar. Alzó la vista y entonces, por encima de la rabia y el odio que sentía, la realización de lo que estaba ocurriendo se impuso a cualquier otro pensamiento.

La niebla blanca se echaba sobre ellos. Aitana retrocedió, abriéndose paso entre los ponis que luchaban por llegar a la primera linea. Vio a Rise Love aparecerse junto a un demonio; su pelaje erizado, la Sed había tomado totalmente su rostro y miró mientras bufaba a los ojos del demonio que acababa de dar muerte, deleitándose en su dolor. A su alrededor, ponis, grifos y batponies entablaban desorganizados combates contra otros seres, y todos ellos gritaban con auténtica furia. Vio a un grifo caer bajo las garras de un monstruo, y aún así no dejó de atacarlo en ningún momento hasta que sus últimas fuerzas lo abandonaron.

La Arqueóloga corrió hacia los integrantes de Steel Note, y vio que tras ellos una densa cortina blanca se acercaba por momentos.

—¡NO! —gritó, mientras los sonidos de la batalla iban muriendo a su alrededor—. ¡No somos así! ¡No…!

La niebla lo tomó todo, y un silencio sepulcral cubrió en segundos el campus universitario de Manehattan. El último acorde de guitarra de Steel Note quedó suspendido, muriendo a lo largo de unos agónicos segundos.

A un centenar de metros de allí, la puerta de la azotea de la facultad de biología se abrió, una poni rosa salió al exterior y miró hacia donde hacía un momento se libraba la batalla por Manehattan.

Su esponjosa crin se volvió completamente lacia.

—No… —murmuró Pinkie Pie—. No, no, no, por favor.

Su melena se sacudió dos veces y dio tres golpecitos con la pata trasera izquierda.

—Todavía puedes —suplicó, siguiendo el mensaje de su pinkie-sentido—. Por favor…


Lovely Rock se encontró en medio de la nada.

Mirara donde mirara, solo había un blanco cegador, y aunque pisaba un suelo sólido, ni siquiera podía ver su propia sombra bajo sus cascos. Gritó, y su voz sin eco no halló respuesta. Miró en todas direcciones pero no encontró nada: ningún cambio en el terreno, ninguna referencia, nada.

Caminó durante lo que le parecieron horas. Gritó hasta quedarse sin voz, mientras la opresión de un vacío aterrador tomaba su pecho y su alma. Rezó a los titanes, a Luna, a Celestia, al mismísimo Discord porque la ayudaran, pero jamás obtuvo respuesta durante lo que parecieron días, o quizá semanas...

...y algo se posó sobre su cuello. Cuando recuperó el control de sus sentidos solo pudo ver blanco, pero reconoció que se trataba de la niebla, y alguien le había puesto una bufanda roja. Junto a ella, compartiéndola, Golden Sheaf la miraba con el miedo reflejado en el rostro.

—Tenemos que irnos, ¡rápido! ¡Los demonios nos encontrarán!

Miró a su alrededor, confundida, ¿cuánto tiempo había pasado? Pudo ver entre la nieba a Lucent: el semental estaba quieto, sus ojos blancos y su pelaje habitualmente amarillo se había vuelto gris blancuzco. Pudo ver también a Greta y a Dawn que habían corrido la misma suerte.

Exclamó algo, pero no emitió ningún sonido. Se tapó la boca, mientras sollozaba.

—Ya no podemos hacer nada —apremió la yegua de cristal—. ¡Vamos, corre!

Pero Lovely Rock no se movió y retuvo a su amiga. Le preguntó algo, vocalizando para que leyera sus labios.

—¿Qué…? No sé por qué no funcionó —Lovely le volvió a preguntar—. ¡No lo sé, una canción, era bonita, no la conozco! ¡Tenemos que marcharnos!

Pero Lovely negó enérgicamente, tomó la bufanda de Golden para que no se alejara y le preguntó algo más mirándola fijamente a los ojos.

—De… amistad —respondió—. Su canción hablaba de su amistad, de cuando se pelearon e hicieron las paces.

Lovely soltó a Golden a los pocos segundos. El silencio alrededor de las yeguas era absoluto, salvo por el lento caminar de los ponis caídos bajo la niebla y los gruñidos de los demonios en la distancia. La artista respiró hondo y cerró los ojos, pero al instante volvió a ver a aquel desesperado pegaso, a aquella pobre potra suplicando a gritos mientras ella era incapaz de decir "no" para salvarlos. El miedo volvió a su ser, con él llegó la ira y, durante un instante, soñó con devolver parte del daño que le habían hecho. Nada más ocupó su mente durante esos momentos, deseando con todo su ser desmembrar con sus propios dientes a los demonios que tanto horror habían causado.

Sintió entonces el roce de Golden Sheaf, quien se había puesto lomo con lomo con ella, transmitiéndole su calor y presencia. Lovely volvió a inspirar hondo, intentando alejarse de aquellos pensamientos de venganza, y se agachó para tomar la guitarra que descansaba en el suelo. Cerró los ojos e intentó rememorar unos días que parecían lejanos, pero que en realidad no lo eran.

Cuando conoció a Greta.

Cuando formaron Steel Note.

Cuando, poco después, se unieron Lucent y Dawn.

Sus primeros conciertos en la taberna del campus.

Cuando tuvo que ser ella quien invitara a Lucent a "tomar algo" a su apartamento.

Cuando Pinkie Pie en persona los recomendó.

El honor y la pasión cuando pudo tocar junto a Octavia Auditor para toda Equestria.

En ese momento algo se movió en su alma; el dolor y la congoja atenazaron con fuerza su garganta, y el fresco recuerdo de Vinyl abrazando a su amiga muerta regresó inevitable a su mente. Por encima de ello, por encima de la dolorosa aceptación de que nadie jamás volvería a ver el mundo a través de la música aquella prodigiosa artista, de que ella jamás volvería a escuchar sus pausadas y elegantes palabras, y de que nunca volvería a tener el honor doloroso y pasional de tocar con ella, unas palabras resonaron. Aquellas que tanto tiempo dedicó en escribir en forma de canción, como una lección al mundo y como una aceptación de la pérdida para ella misma:

Busca la luz de un nuevo sol.

En el atronador silencio, Lovely Rock tocó un control de la guitarra y el equipo tecnomágico respondió con un crujido eléctrico. Tomó aire por la nariz y exhaló, dejándose llevar por algo que iba mucho más allá de la técnica, la práctica o la experiencia. Los arpegios lentos, pausados y emotivos, sonaron solitarios, y pronto fueron la base de una lenta melodía en tono menor. Sonaba incompleta, como si se tratara de una melodía que buscaba despegar pero no encontraba las fuerzas para ello.

Golden Sheaf observó a su amiga, incapaz de abandonarla, mirando a su alrededor con miedo. Se percató que una ligera brisa se estaba levantando… y que la bruma se movía con ella. Como girones fantasmagóricos, el infernal fenómeno empezó a congregarse en torno a las dos yeguas, y Golden retrocedió hasta estar flanco con flanco con la virtuosa.

—¡¿Lovely?! —preguntó, temblorosa, temblando al sentir el influjo de la Niebla Blanca en su mente, a pesar de la protección que la bufanda de Amber le brindaba.

La aludida ignoró esto, e hizo una segunda vuelta a la melodía. Ella misma empezó a sentir el embate de la niebla en su consciencia, pero no se detuvo, dejando que sus pensamientos se apagaran y centrándose únicamente en lo que su alma gritaba. Recordó a Satin White, aquellos maravillosos años de su adolescencia que fueron terriblemente truncados. Cuando conoció a Greta y juntas decidieron formar Steel Note, uniéndose poco después Dawn y Lucent. Una ligera sonrisa iluminó su alma, recordando cómo encontraron al batpony escondido en su habitación tras una noche de desenfreno. Y pensó que quizá, algún día, le diría a Lucent que ella siempre supo que estaban siendo observados...

Una nota de contrabajo se unió a la interpretación.

Surgiendo de entre la niebla al acercarse, Lucent todavía tenía el pelaje gris y los ojos blancos, pero tocaba una melodía como respuesta a la de Lovely Rock, como si una parte más profunda de su consciencia lo empujara a hacerlo.

Hubo un movimiento a su izquierda, y Lovely no necesitó mirar para saber que se trataba de Greta. Al momento escuchó su guitarra, repitiendo su canción nota por nota, y a la siguiente repetición la yegua dejó que la menuda grifo tocara en solitario. El único que no se acercó fue Dawn pero, oculto entre la niebla, escuchó cómo su batería seguía a la guitarra de forma sutil y armónica. Lovely Rock tocó un control de la guitarra.

A un centenar de metros del lugar, Pinkie Pie escuchaba la creciente música con el miedo y la esperanza reflejados en su rostro. "Podéis hacerlo", murmuraba una y otra vez.

La brisa creció en torno a los miembros de la banda, y hubo un resplandor en la niebla: Sus marcas de belleza habían empezado a brillar con cada vez más fuerza. Los colores regresaron a los pelajes y plumajes de Greta, Dawn y Lucent. Con una coordinación casi imposible, hicieron una pausa en la música que fue tomada por el creciente redoble de los timbales de Dawn.

Y la guitarra de Lovely Rock sollozó una nota capaz de mover al mundo entero.

La nota, sostenida, poderosa e imposible de ignorar, hizo que la niebla se congregara sobre Lovely Rock como una cúpula. La yegua, en pie sobre sus patas traseras, tocaba con los ojos cerrados, las lágrimas humedeciéndole el rostro, y su marca de belleza brilló con el resplandor de de un sol. Aquella nota que arrastraba reminiscencias de un violoncelo se convirtió en una melodía que lloraba la muerte de un ser querido. Una despedida sin palabras, un grito desconsolado, una plegaria que ansiaba ser escuchada.

A la segunda vuelta del solo, la niebla se deshizo en un amplio círculo en torno a la guitarrista, revelándola. Lovely Rock levitaba a pocos centímetros del suelo, mientras algún tipo de magia que radiaba de su propia marca la cubría con sus hebras.

Y la niebla retrocedió al tiempo que todo el pelaje de Lovely empezaba a brillar a su vez.

Coloratura apareció en aquel instante, su pelaje todavía recuperando sus tonos habituales, mientras miraba incrédula a Lovely Rock. Llevando un micrófono en un casco, miró a Vinyl Scratch quien, también despierta, una vez más abrazó a Octavia y gritó su nombre. Si bien el grito quedó ahogado bajo la poderosa música, su efecto se dejó notar en la misma y Rara sintió cómo la congoja le encogía el alma. Las palabras surgieron de ella como un torrente de lágrimas, y su voz rota, desgarrada y pasional fue el fiel reflejo del dolor de la DJ. De la pérdida de miles de seres en todo el mundo.

Del lamento de aquella ciudad.

I love you

You were ready

The pain is strong, the urges rise

Miró de nuevo a Vinyl, y al instante supo qué quería decir. La niebla empezó a retroceder a toda velocidad, y pronto los defensores de Manehattan se hicieron visibles.

But I'll see you,

will she let me.

Your pain is gone, your hooves untied.

Su marca de belleza también empezó a brillar al tiempo que su voz se solapaba con la guitarra de Lovely Rock, creando una bella y poderosa disonancia. Agarrando el micrófono con fuerza, los últimos versos sonaron como un grito, como una maldición lanzada al aire por un alma rota.

So far away!*

Cuando Aitana recuperó la consciencia lo hizo con una aspiración gimiente y la cara empapada en lágrimas, su mente trayendo recuerdos de todas las personas que había perdido. La música tomaba sus sentidos y su consciencia, y la niebla se alejaba rápidamente. A su alrededor, otros ponis despertaban también, algunos llorando abiertamente, otros confundidos y asustados. Luchando por recomponerse, Aitana buscó a Rise Love, pero no consiguió verla. Se puso sobre dos patas para otear los alrededores, y pudo ver que a medida que la niebla los descubría, los demonios se volvían a girar hacia los mortales. Y algunos ya estaban luchando.

Aitana galopó hacia el frente, y entonces la vio: La Cazadora Batpony tenía el rostro bañado en lágrimas y saltó directamente contra otro demonio.

—¡Rise! ¡Rise!

Pero esta la ignoró, despachando al monstruo y saltando, fuera de sí, hacia otro. Maldiciendo en voz baja, la Arqueóloga se secó los ojos y buscó un lugar algo elevado para que la vieran.

—¡Escuchadme! ¡El portal ha caído, los demonios ya no pueden volver del Tártaro!

Algunos ponis se giraron al oírla y reconocerla. La música llegó a su fin, mientras Coloratura entonaba las últimas palabras: "And I need you to know", "y necesito que sepas". Aquella súplica que todos los que pierden a un ser querido entonan, aquel deseo de poder decir todo lo que no se dijo en vida, aquellas palabras que jamás alcanzarían los oídos de los que habían caído.

Pero quizá, si realmente había un más allá, los vivos podrían hablar con sus actos.

—¡Muchos han muerto, pero no ha sido por nada! ¡Hemos echado a la niebla, Hellfire está muerto, y los demonios no tienen líder! ¡Seguid luchando, que esto ya está ganado! ¡Como dijo la capitana Rise Love, esta noche Manehattan será libre! ¡Acabemos con esos hijos de mil infiernos!

Hubo un grito afirmativo, y pronto los ponis se reorganizaron para volver al combate.

Ajenos a los ponis que galopaban a la batalla y a las órdenes de Aitana dirigiéndolos hacia donde había todavía ciudadanos capturados por los demonios, Coloratura había abrazado a Vinyl Scratch quien, sollozando, se negaba a soltar el cuerpo de Octavia.

Habiendo acabado la canción, los músicos se habían permitido hacerse conscientes de lo que había ocurrido. Lucent abrazaba a Lovely, quien lloraba en silencio; Greta, con la cabeza baja, murmuraba algo para si misma sin dejar que nadie le viera la cara; Dawn había se había arrodillado sobre una rodilla y rezaba en voz baja, pero audible. Rezaba a Selene, suplicando el perdón y la paz eternos por Octavia.

Guía a esta mortal, Selene, a donde el viajero jamás se fatiga, el amante nunca parte, y el hambriento encuentra el sustento. Guíala, Selene, y será una compañera para ti como lo fue para nosotros.**

Nada más llenó sus corazones a medida que la lucha era empujada hacia las grandes calles de la metrópolis. El dolor, la pérdida y el desconsuelo, alimentados por la desgarradora interpretación de Lovely Rock, era todo lo que cabía en sus consciencias.

Greta fue la primera que percibió la luz, pero no lo hizo con los ojos.

Caminando entre los que habían quedado atrás, aquella yegua portó una sensación de paz y concordia con ella. Su pelaje, a pesar de estar cubierto con muchas vendas, resplandecía blanco como la pureza; en su cuello portaba un colgante con una gema tallada en forma de diamante, la cual brillaba con calidez. Sus ojos, de un profundo tono azul, estaban cansados, pero acompañaron a la compasionada y hermosa sonrisa que dedicó a todos aquellos con los que habló. Se agachó junto a cada herido, junto a cada ser que había perdido la esperanza, junto a cada poni que anhelaba en silencio por la salvación, por la paz.

Por la armonía.

Todos ellos alzaron la mirada, admirando a aquella yegua con la misma devoción que habrían dedicado a la princesa Celestia. El brillo regresó a sus miradas, muchos se levantaron para ayudar como pudieran, otros se dirigieron a distintos lugares de la ciudad.

Entre los músicos nadie, salvo Greta, se percató de la presencia de Rarity hasta que esta se agachó junto a Vinyl Scratch. En el rostro de aquella elegante y generosa unicornio, aquella heroína, no había lugar al engaño: En sus ojos se reflejaba el horror que había presenciado, y el peso que ella misma estaba pagando al cargar con el dolor de todos aquellos a los que se acercaba. La ternura, a pesar de ello, no abandonó su mirada. Conjuró, su magia cubrió el cuerpo de Octavia y su crin y pelaje se alisaron y limpiaron en un instante.

—Octavia podría haber portado este elemento hoy.

Aquellas palabras hicieron que la DJ levantara la vista.

—Ser generoso es fácil cuando tienes mucho que ofrecer. Lo habíamos perdido todo, incluso la esperanza, y aún así Octavia regaló al mundo su arte para salvarnos. Estoy segura de que sabía a lo que se arriesgaba al mostrarse como lo hizo. Lo hizo para salvarnos a todos —añadió, acariciando la mejilla de Vinyl.

La resplandeciente unicornio se puso en pie y miró a todos los artistas que la rodeaban. No hizo falta que dijera nada, pues la mera presencia del elemento de la Generosidad llevó sus espíritus a seguir su ejemplo.

—¿Qué necesitas que hagamos? —preguntó Dawn con convicción.

—Que traigáis esperanza otra vez. Queridos, vuestra interpretación ha sido maravillosa —aclaró, refiriéndose especialmente a Coloratura y Lovely Rock—. Mi amiga Pinkie Pie dice que hay que estar tristes para poder reír. ¿Podéis hacerlo?

Los presentes se miraron entre si, sin disimular su cansancio y estado anímico. Aún así, hubo un entendimiento instantáneo entre ellos.

—Podemos —confirmó Coloratura.

—Yo… no.

Vinyl Scratch soltó, finalmente, a Octavia. Dos ponis habían llegado y, tras hablar con ella en voz baja, cubrieron a la fallecida con una tela, llevándosela al interior de un edificio. La DJ los observó hasta que se perdieron en el interior del mismo.

—Yo haré que os escuchen.

Sin mirar a nadie, Vinyl galopó hacia el centro de la ciudad. Rarity sonrió tristemente.

—Debo marcharme. Muchos ponis están… perdidos. Debemos hacerles recordar quiénes son, queridos.

Mientras la heroína se alejaba también hacia el centro de la metrópolis, los componentes de Steel Note y Coloratura hablaron brevemente. No tardaron en decidir un tema y, mientras Rara tomaba el micrófono nuevamente, los instrumentos fueron afinados y Dawn ajustó algunos platos y timbales de su batería.

—¿Preparados? Uno, dos, tres…


Un agujero se abrió violentamente en el suelo del hospital central de Manehattan. Dos demonios cercanos se giraron hacia la nube de polvo, y al instante dos ponis de tierra surgieron de la misma y dispararon sus ballestas, mandándolos de vuelta al Tártaro.

El tercer poni en salir fue un pegaso azul de crin turquesa y esponjosa. Este caminó a través de los pasillos con decisión, mientras unicornios, ponis de tierra y kirins tomaban pasillos y salas cercanas. Los sonidos de los combates librados por estos no tardaron en oírse.

—Quiero la entrada de Urgencias despejada ya, habrá muchos heridos —ordenó Grand Flight sin aminorar su paso—. Necesito que alguien vaya al almacén del segundo sótano y traiga todo el material que pueda; necesitaremos muchas vendas, gasas, sueros… ¡Stick!

—¡Yo iré! —respondió la estudiante enfermera.

—Perfecto. Necesito voluntarios para el triaje.

Al tiempo que entraban en la zona de urgencias detrás de los combatientes que se habían adelantado, Grand Flight señaló hacia la sala de espera.

—De izquierda a derecha, clasificad a los que lleguen en cuatro grupos: poco heridos, muy heridos o que sangran mucho, inconscientes pero respiran, e inconscientes pero no respiran. Respectivamente, serán los niveles cuatro a uno, ¿entendido?

—¡Entendido!

—¡Vosotros tres! —gritó, señalando a tres pegasos que acompañaban al grupo—. Coged los carros médicos voladores e id a buscar heridos. Y avisad a todos de que el hospital está operativo. ¡Rápido! Todos los que tengan experiencia en primeros auxilios conmigo.

A duras penas habían pasado dos minutos, en los que Grand Flight tan solo tuvo tiempo de despejar rápidamente los destrozos causados por demonios en el edificio y mobiliario, así como empezar a clasificar todo el material traído por Stick del almacén, cuando alguien gritó desde la entrada.

—¡Dos casos, niveles dos y tres!

—Atended al tres, Stick y yo del inconsciente.

Al momento, los ponis de la entrada trajeron a los heridos. Grand Flight tragó saliva al ver las terribles heridas que mostraba la yegua que iba a atender: tenía fracturas muy evidentes en las extremidades, pero su vista se dirigió directamente al pecho de la yegua, donde pudo ver una zona cuadrada cuyo movimiento no se acompasaba a la respiración.

Rezó porque la noticia de que el hospital estaba abierto corriera pronto y más personal viniera a ayudar. Aquello le venía muy grande, y no había hecho más que empezar.

—¿Grand? —preguntó alguien al ver que el enfermero se quedaba paralizado durante unos segundos. Este respondió retrocediendo un paso y respirando profundamente dos veces***.

—Volet costal. Stick, ayúdame con la gema de ventilación.

—¡Pero está sangrando mucho!

—Primero vía aérea. Vamos.

Mientras el insuficiente equipo se ponía manos a la obra, mientras cada vez más ponis llegaban a la entrada del hospital en busca de ayuda, una radio de la sala de espera se encendió.

Y con ella sonaron unos acordes que, aunque debían sonar alegres, no acababan de conseguirlo. Como si sus intérpretes no pudieran poner toda su alma en la música.


Un potro retrocedió, tembloroso, entre los restos de un edificio semi-derruido. Había encontrado un pequeño túnel entre los escombros, a duras penas lo bastante grande para que le sirviera de escondite. Había oído mucho ruido en el exterior, a los monstruos rugir, había visto fuego. Ya hacía tiempo que no sentía, realmente, el hambre, y tan solo se escondió, esperando que hubiera silencio otra vez.

Pero algo tapó la luz de la entrada. No podía ver qué era, y tampoco podría verlo a él, pero el pequeño aguantó la respiración.

—¡Hola! —gritó una chillona poni—. ¡No soy un monstruo, soy una poni!

No era la primera vez que algún poni intentaba hacerle salir, pero él se había negado. Sin embargo, algo en la voz de aquella yegua hizo que bajara la guardia inmediatamente y, sin pensarlo, avanzara para verla. Pudo ver los grandes y divertidos ojos azules de una yegua rosa que esbozaba la sonrisa más divertida que viera jamás.

—¡Yo soy Pinkie Pie! ¿Y tú?

El pequeño no respondió, mirándola con las orejas gachas.

—¡Bueno! De momento de llamaré… ¡Salty! ¡Hola Salty! Ya no hay monstruos, puedes salir. ¿Quieres venir conmigo?

El pequeño tardó un poco en armarse con el valor para dar un paso adelante. Cuando, paso a paso, llegó a la entrada, Pinkie Pie lo tomó con un casco y se lo colocó directamente sobre la grupa.

—Lo siento, pero no tengo Muffins, ¡pero en cuanto encuentre un horno preparo algunos! ¿De qué sabor…? ¡Uy!

El pequeño gritó. Pinkie Pie saltó y un pequeño demonio del fuego pasó galopando bajo sus cascos; antes de que la yegua rosa tocara el suelo se escuchó un fuerte golpe. El engendro del Tártaro había dado de bruces contra la musculosa mole de Steady Rock, quien ya se giraba hacia el ser con una retorcida sonrisa.

Sobre la grupa de Pinkie Pie, Salty rió por primera vez en muchos días. La yegua se alejó de la zona, queriendo evitar lo que iba a ocurrir a continuación al potro. Pinkie se fijó en la marca del mismo: la figura de un pequeño poni, riendo divertido y escondiéndose en una sombra.

—¡Uuuuuh! ¿Tu marca es sobre jugar al escondite? —el pequeño asintió y Pinkie saltó con alegría—. ¡Eso es fantástico! Hay muchos que siguen escondidos, o perdidos. ¿Me ayudarás a encontrarlos?

Salty miró a su rescatadora, asintió y observó los alrededores. Muchos edificios estaban derrumbados, había cascotes por todo y muchos huecos abiertos entre los muros. Aguzó el oido, escuchando que de algún lugar no muy lejano sonaba una música alegre. Pero, a lo lejos, escuchó algo más. Bajó de la grupa de Pinkie Pie y galopó hacia un edificio en concreto.


Un trío de ponis galopaba, jadeando ruidosamente y sin mirar atrás. Salieron de un edificio y, derrapando sobre el adoquinado, enfilaron la calle sin fijarse bien a dónde iban.

Tras ellos, la pared estalló cuando una enorme criatura tentacular la atravesó. El terrible ser gritó en sus mentes, uno de los ponis dejó de correr para taparse la cabeza y fueron sus compañeros quienes lo empujaron para que no se detuviera. El ser se abalanzó sobre ellos como una exhalación… hasta que la criatura infernal se detuvo en seco, sacudiendo sus miembros cuando un virote de ballesta se clavó en su cuerpo.

Junto al ser, en la sombra donde hacía un instante no había nada, apareció una batpony. Rise Love trazó un amplio arco, evitando los ataques a base de cortar los tentáculos de su adversario. Alguien galopó por la calle, y una yegua marrón apareció al tiempo que desplegaba una espada.

—¡Corred! —gritó Aitana.

Lo último que vieron los tres ponis fue a la Arqueóloga saltando sobre la monstruosidad. Pocos metros más adelante, un pegaso había aterrizado llevando un carruaje aéreo con la marca del hospital.

—¿Estáis heridos? ¡Tengo sitio para uno más!


Al principio, la canción sencillamente no funcionó.

Steel Note y Coloratura la interpretaron a la perfección. Los acordes eran alegres, la percusión rítmica, y la voz invitaba a unirse a una noche de amor, pero no sonaba como tal. Los músicos sencillamente no conseguían que sus almas acompañaran al sentimiento que querían transmitir.

Fue poco antes del primer estribillo cuando Dawn observó cómo dos sementales se encontraban. Uno de ellos, un unicornio, parecía herido; el otro, un poni de tierra, no lo estaba y llegó corriendo hasta él. Se abrazaron con fuerza y, al momento, se besaron pasionalmente. Para el batpony fue como si, durante un breve instante, todo el horror, el dolor, y la desesperación de los últimos días hubieran sido echados a un lado por aquel amor puro e incondicional.

Quizá fue la energía con la que introdujo el estribillo, quizá alguien más de la banda había visto lo mismo que él, o quizá, sencillamente, todos se estaban dejando llevar por la canción. Pero el hecho fue que, en aquel preciso instante, la música brilló con la intensidad, la esperanza y la energía de un millón de almas.


Aitana, jadeante, observó unos edificios frente a ella. A su espalda, Rise Love aguardó, gruñendo por lo bajo. El choque emocional de todo lo ocurrido y la música que sonaba con cada vez más intensidad por la ciudad habían hecho que la batpony se viera sumida en la Sed; el hecho de esperar a que Aitana le indicara qué hacer era prueba fehaciente del autocontrol de aquella Cazadora.

Junto a ambas, un pequeño grupo de unicornios y ponis de tierra aguardaba

—Hay gente con vida ahí dentro todavía —explicó Aitana—. Quiero que los unicornios os metáis dentro y hagáis toda la luz posible; el resto, tomad posiciones alrededor y disparad a cualquier demonio que intente escapar. Cuando acabéis con esos cabrones nos preocuparemos por los prisioneros. Rise Love…

La aludida se giró hacia Aitana, sus ojos y colmillos afilados y con el pelaje erizado.

—Buena caza.

Rise Love sonrió salvajemente y desapareció en una nube de sombras. Los unicornios galoparon al interior del edificio y la luz de su magia empezó a iluminarlo habitación por habitación; en menos de un minuto, la primera ballesta fue disparada, coreada por el grito sobrenatural de un demonio tentacular de la tortura.


Una gran multitud luchaba, gritando insultos y maldiciones, frente a un mercado que, de alguna forma, había sobrevivido a la invasión. Los ponis, y otras criaturas, sacaban todo alimento que pudieran encontrar, apartando a otros a la fuerza e, irremediablemente, dejando a los más débiles sin opción a conseguir nada.

—¡¿Qué estáis haciendo?!

Al principio pocos se percataron de que alguien les hablaba. Pero, a medida que más miraban a la yegua responsable y el silencio crecía, otros cruzaron la mirada con los ojos de Rarity. La unicornio estaba subida a unas cajas, muchas vendas la cubrían y era evidente que le costaba caminar. Aún así, dirigió una reprochadora mirada a todos.

—Queridos, ¿qué estáis haciendo? ¿No os da vergüenza?

Entre todos los presentes, más de uno dejó o escondió la comida que acababa de saquear.

—Sé que tenéis miedo y hambre, pero esta no es la solución.

—¡Y qué quieres que hagamos! —gritó una yegua con rabia—. ¡Lo hemos perdido todo, necesitamos comer!

—¡Pero querida! ¿Dónde estarías ahora si no fuera por todos los que han luchado hoy?

A pesar del tono de reproche, Rarity sonrió con dulzura y bajó de las cajas, aunque un semental la ayudó a hacerlo al final. Se acercó a la yegua, rozándola con un casco y dedicándole una mirada de comprensión.

—Sé que tienes miedo y has sufrido mucho, querida...

—¡No! —interrumpió la yegua—. ¡No puedes entenderme! ¡Tú no has perdido a nadie, no sabes lo que…!

Pero no terminó la frase, porque Rarity la abrazó y la yegua, al instante, empezó a sollozar. Todos los que observaban guardaron silencio hasta que un semental habló.

—Soy cocinero, puedo hacer comida para muchos, solo necesito una cocina.

—Ahí hay un restaurante —señaló un grifo—, podemos usarlo.

—Nosotros organizaremos la comida.

Mientras los ponis, inspirados por el Elemento de la Generosidad, organizaban el reparto de suministros, un carruaje volador del hospital llegó. El pegaso que lo llevaba estaba cansado, pero no hizo ademán alguno de detenerse mientras algunos ponis heridos iban hacia él.

—¡En el hospital están sin material! —gritó—. ¡Necesitan gasas y vendas, si tenéis botiquines traédmelos, rápido!

Rarity dejó suavemente a la yegua, dedicándole una sonrisa y unas palabras antes de dirigirse a un fornido semental cercano.

—Querido, necesito tu ayuda.

Lo guió hasta una tienda no muy lejana: Boutique Rarity. Una de las franquicias de la linea de moda de la modista. Entendiendo lo que debía hacer, el semental cargó contra la puerta tres veces hasta que la abrió violentamente, dejando pasar a la yegua después.

—Gracias —agradeció, al tiempo que conjuraba y una multitud de telas, cintas y otros materiales de costura levitaban por la tienda—. Necesitaré agua hirviendo, una caja y a cualquiera que sepa un poco de costura.

—¿Qué? ¿Para qué?

—Vamos a hacer vendas y gasas.

El semental asintió y salió al galope de la tienda. En pocos minutos, una grifo, una kirin y dos ponis llegaron. Tras ellos, el mismo semental de antes trajo un recipiente lleno de agua y maderas para encender el fuego debajo del mismo.


—¡¿Salty?!

Pinkie Pie volvió a mirar por el diminuto agujero donde se había metido el potro. Ya habían encontrado a varias personas que, aterradas, seguían escondidas entre los escombros. Pero ya hacía minutos que el pequeño se había metido en aquel resquicio entre las ruinas de un edificio y se estaba preocupando.

Finalmente, pudo verlo al fondo del mismo; abría mucho los ojos, asustado, y habló por primera vez.

—¡Hay un potro! —dijo—. ¡Está al fondo, está atrapado, no puedo sacarlo! ¡No está bien, le duele mucho!

—¡Ayuda! —Pinkie gritó al momento, llamando la atención de varios ponis cercanos—. ¡Hay un potro atrapado, necesito ayuda!

No hicieron falta más explicaciones: varios ponis llegaron con ella y empezaron a apartar cascotes tan rápido como pudieron.


—¡Grand!

Sucio y con la adrenalina recorriéndole las venas, el enfermero miró a la yegua que llegaba al galope con el alivio y la alegría reflejados en su rostro.

—¡Amy!

—El doctor Asturcon llegará enseguida —explicó la enfermera—. ¿Cuál es la situación?

—Tengo a trescientos pacientes en espera, el triaje es muy básico. Y me estoy quedando sin material.

—¿Eres el único…?

Grand Flight asintió, con un nudo en la garganta. Su compañera lo abrazó brevemente. No tenían tiempo para más.

—Voy a encargarme del triaje. Enseguida llegará más personal, ya no estás solo.

—De acuer…

—¡Grand, no respira! —gritó Stick.

Los dos compañeros se miraron una última vez antes de galopar cada uno a su puesto. Cuando Grand llegó a la sala de curas, para su sorpresa, se encontró una caja de madera llena de vendas, todavía calientes y algo húmedas, hechas con elegantes telas de colores.


En una oscura sala, los ponis atrapados gritaron y se encogieron cuando escucharon fuertes golpes en la puerta.

Al quinto impacto, esta se abrió violentamente. Los que miraron pudieron ver una figura equina recortada contra el resplandor del exterior.

—¡Luz!

Un unicornio conjuró tras ella y una luminosa bola blanca entró en la sala, revelando a los prisioneros. Algunos vieron a la yegua marrón de las alforjas que los observaba, pero hubo uno que se adelantó.

—¿Aitana?

—¡Light! —exclamó, acercándose a un viejo compañero de juergas. Este la abrazó con fuerza, temblando—. Sois libres. Hemos ganado.

Ayudados por los miembros de la resistencia, los heridos salieron al exterior. Aitana se encontró ahí con Rise Love; la batpony parecía más tranquila, si bien seguía reflejando la Sed en sus afilados ojos.

—Hay un demonio en el parque central —explicó, el ansia haciéndole hablar a toda velocidad.

—Vamos a por él —replicó la Arqueóloga, dejando que su amiga la tocara para saltar ambas entre las sombras.


En el campus universitario, Steel Note y Coloratura tocaban, ahora sí, con toda su alma. Cada silencio era la pausa tras una carcajada, cada acorde un grito de alegría, cada palabra una llamada a la paz y la esperanza. La letra era simple y concisa: "Divirtámonos y hagamos el amor". Un recuerdo a aquella alegría, aquella armonía y aquella tranquilidad que Equestria había olvidado en cuestión de días.

Dos yeguas desconocidas se habían unido a ellos, y coreaban el estribillo junto a Coloratura. En un momento Lovely Rock, animada por la música, se acercó al micrófono para hacerlo también… pero la tristeza inundó su alma cuando recordó que nunca más podría hacerlo.

Pero Rara se la tomó por los hombros y, al tiempo que acababa el estribillo y daba paso al solo de guitarra, la puso en medio de aquel improvisado escenario. Un unicornio frente al mismo conjuró, su magia escaneó a Lovely, quien con su guitarra entonó una canción de esperanza al mundo entero.****

Por toda Manehattan, unicornios proyectaron la imagen de aquella artista que, a pesar de haber perdido la voz, no había dejado de cantar.

Con la bajada del sol la temperatura cayó, un viento frío sopló arrastrando copos de nieve con él. Frente al restaurante donde empezaba a repartirse un plato caliente a todo el que lo solicitara, hubo un grito de alegría cuando padre e hijo se reencontraron y fundieron en un abrazo.

En un edificio derruido, Pinkie Pie, Steady Rock y otros ponis levantaron a una un gran trozo de muro mientras un perro joyero se metía entre los escombros. Tras lo que pareció una eternidad, el cánido surgió de nuevo llevando un malherido potro en las garras y con Salty caminando bajo sus patas. Lo depositó con cuidado en un carruaje aéreo que ya esperaba, y Salty subió al mismo, abrazando a aquel malherido potro de camino al hospital.

En el mismo, el personal que había quedado repartido en distintas células de la resistencia había regresado. Disponiendo ya de los recursos necesarios, poco a poco pudieron permitirse atender también a los pacientes menos graves mientras se hacía sitio para ingresar a los que lo requerían en otras alas. Grand Flight y Stick se permitieron apartarse para descansar: la sala de personal estaba destrozada, pero entre las estanterías el pegaso encontró una botellita de zumo. Sirvió dos vasos y le tendió uno a Stick, quien se había sentado con las lágrimas recorriéndole el rostro. Grand alzó su vaso, la unicornio sonrió y con su magia temblorosa alzó el vaso, brindando por un trabajo bien hecho.

Sobre un gran edificio, Vinyl Scratch encaró a la antena que lo coronaba y conjuró. La construcción tecnomágica se iluminó, y la unicornio supo que ahora toda Manehattan, y gran parte de Equestria, estaban escuchando a Steel Note. Miró hacia la ciudad, las luces empezaban a encenderse a medida que llegaba la noche y, enjuagándose el rostro, murmuró "lo has conseguido" una y otra vez, mientras la nieve empezaba a caer con fuerza.

En el parque central de Manehattan, Aitana replegó su espada mientras el gran demonio moría frente a ella. Rise Love apareció a su lado, y juntas observaron cómo las luces regresaban a la ciudad. Primero fue una risa, que pronto se convirtió en una carcajada de alegría lanzada por la yegua de tierra.

—¡Lo hemos hecho! —gritó—. ¡Lo hemos hecho!

Aitana miró a Rise, quien le devolvió una mirada como nadie jamás lo había hecho. En sus ojos vio hambre, pasión y un ansia que no podía comprender. La batpony la tocó, y ambas desaparecieron entre las sombras. La nieve empezaba a cubrir los restos de la batalla.

En el campus, la canción llegó a su fin y el prolongado acorde final de Lovely Rock se vio interrumpido cuando Lucen corrió hacia ella y la besó profundamente. Cuando se separaron, Lovely rió y ambos amantes volvieron a fundirse en un beso.

A pesar de que aquella risa no sonara en los oídos de ningún poni, su eco resonó en los corazones de toda Manehattan.


NOTA DEL AUTOR

* Las canciones de esta escena son, por orden: "Titanium: Pavanne" de Piano Boys;"Marea", de marea, y"So far away", Avenged Sevenfold. En concreto, a partir del segundo solo de guitarra.

**Los que hayáis jugado a la saga Mass Effect, habréis reconocido la plegaria de Thane a la diosa Kalahira. Hace poco volví a jugarla y he tenido ganas de hacerle un pequeño guiño.

*** Un par de detalles interesantes, ya que como sabréis, soy enfermero:

- La clasificación que hace Grand Flight de los heridos es un triaje básico de urgencias. En el nivel 4 van los menos graves que pueden esperar a ser atendidos, en el nivel 1 van los que no pueden esperar ni un segundo. En una situación de catástrofe, los de nivel 1 no serían atendidos salvo que hubiera suficiente personal, ya que el tiempo requerido para salvar la vida a uno solo supondría dejar que murieran varias personas más de un nivel más alto.

- La explicación que da sobre como hacer el triaje, obviamente, es MUY insuficiente. Aquí me he puesto en la situación de: "¿Cómo explicaría yo en una urgencia a gente que no sabe de medicina cómo hacer el triaje?". Y así lo explicaría yo. Lo digo porque sé que hay un médico que lee este fanfic, antes de que me critique :D

- "Da un paso atrás, respira dos veces y sabrás cómo puedes ayudar". Esto es un consejo que me dio un profesor en la universidad y que he seguido dando a todos mis alumnos. Si un día os veis en una emergencia y notáis que no podéis reaccionar, haced esto: Dad un paso atrás, respirad dos veces y sabréis al momento qué podéis hacer. Incluso si ese algo es pedir ayuda, ya estaréis ayudando.

- "Primero vía aérea". La valoración del paciente en urgencias sigue el esquema ABCDE: "Airway" (vía aérea), "Breathing" (respiración), Circulación (estado hemodinámico), "Disability" (estado neurológico), Exposición (revisar el cuerpo con calma). Un sanitario novato puede perder la calma y fijarse antes en algo muy evidente, como que la persona está sangrando mucho. Un sanitario con experiencia se fijará en algo más sutil, como que la persona tiene riesgo de entrar en parada respiratoria (como es el caso, lo que describo de la yegua herida está basado en un caso real que atendí).

- La escena de Stick y Grand Flight (quien, por cierto, es mi propia "ponisona", que usé en el fanfic "las desventuras…") en la sala de personal, espero que haya tocado una fibra sensible a cualquiera que se haya visto en la situación. Ese momento que todo sanitario ha experimentado, tras un momento emocionalmente agotador, de sentarse para reconocer que, a pesar de todo, se ha hecho un buen trabajo.

Sé que muchos dirán "Pero Volgrand, una enfermera no estaría dirigiendo ese equipo". Es posible, pero aquí nos hallamos en una situación catastrófica en la que puede pasar de todo. Además, en las series, películas y novelas siempre le dan protagonismo al médico, dejad que me recree un poco con las enfermeras.

****La canción: "Sleeping in my car", de Roxette. Y aprovecho haber llegado hasta aquí para decir… Gracias, Marie, por habernos hecho un poco más felices con tu música. Sleeping in my car es una canción que me acompaña desde la adolescencia y que siempre me alegra."Sleeping in my car, I will posess you / Sleeping in my car, certainly bless you / Laying in the back seat of my car, making love / making love". Teniendo la música un papel tan fundamental en esta historia, no se me ocurría una mejor canción para devolver la esperanza a un mundo que ya la había perdido.

Hace muchísimo que tenía esta batalla en mente. Para mi ha sido especialmente satisfactorio es "Ata a esta criatura a la tierra" cuando Aitana revela la trampa que tiende a Hellfire. O aquel "Pero siempre habrá un Pones para hacerte frente". Quizá sea irónico que en esta versión de la historia, Hellfire sea el responsable de su propia derrota al haber convertido a Aitana Pones en su enemiga.

Ahora ya tengo escrito casi al completo el siguiente arco... que englobará la batalla por Trottingham. Y va a ser aún más larga que esta. Casi nah!

Muchísimas gracias por leerme. Sois los mejores. Un abrazo.