—Guau.

Aitana quedó tumbada boca arriba en aquella espaciosa cama de un elegante ático de la ciudad. A su lado, Rise Love ronroneó, le pasó un casco por el vientre y se relamió los dientes. Era de noche y seguía nevando. La yegua marrón, todavía sacudida, miró a la batpony: sus colmillos eran largos, afilados y todavía escurrían restos de su propia sangre, y sus ojos recordaban a los de los dragones. Normalmente, cuando la Sed la tomaba, Rise Love adquiría una apariencia terrorífica.

Pero en aquel momento, a ojos de Aitana, Rise Love mostraba una belleza exótica que no sabría describir con palabras.

—Guau —repitió, jadeando—. Eso fue... solo... guau.

—Tú tampoco has estado mal. Eres adorable.

Aitana se incorporó un poco mientras alzaba una ceja.

—No me fastidies, Rise. Puedes adularme de muchas formas, pero desde luego no soy "adorable".

La batpony sonrió lascivamente y se arrastró para susurrarle al oído. Al hacerlo, el casco con el que antes acariciaba el vientre de su amante subió poco a poco sobre su anatomía hasta posarse suavemente en su mejilla, levantando un escalofrío en Aitana.

—Solo cuando gritas mi nombre.

Por vez primera en su vida, Aitana Pones se puso roja como un tomate e intentó taparse con la sábana. Rise no se lo permitió, trepando sobre ella y besándola otra vez.


Ya había amanecido cuando Aitana y Rise Love llegaron al cuartel de la Guardia Solar. El lugar estaba en plena actividad, coordinando todavía tareas de rescate, reparto de recursos y los informes de los exploradores que ya habían partido en todas direcciones. Un sargento se cuadró frente a Rise Love. Hacía frío, pues una ventana estaba rota y la nieve caía profusamente en el exterior.

Los tres ponis se miraron larga y un poquito incómodamente. Ambas yeguas tenían las crines despeinadas, y había olores que no pasaban desapercibidos para ningún poni. Para Rise Love tampoco pasó desapercibido el aspecto cansado, feliz y hormonal de aquel semental.

—Capitana Rise Love —dijo este tras carraspear—, la ciudad está bajo control. Quedan unos pocos reductos de resistencia demoníaca que estamos asediando. Hemos enviado exploradores a los pueblos más cercanos: la mayoría han sido atacados, aunque había supervivientes escondidos. Hay algo que me ha llamado la atención: Muchos pegasos abandonaron los pueblos justo después del ataque.

—¿Por qué se fueron?

—Parece ser que hubo un llamamiento desde Cloudsdale. No sabemos más. También se ha avistado fuego al norte, creemos que podría tratarse de Hollow Shades.

Hubo unos instantes de silencio antes de que Rise se dirigiera a Aitana.

—Quedas al mando. Intentaré volver pronto.

—¿Qué…?

Pero la batpony desapareció entre jirones de sombra.

Rise tuvo que salir de Manehattan y dirigirse al oeste durante algo menos de una hora hasta alcanzar un punto donde sintió la conexión con el castillo Umbra. Saltó entre las sombras directamente a este, apareciendo en un arco de piedra, donde un unicornio pardo de ojos brillantes la recibió.

—¡Rise Love! Te creíamos muerta.

—¿Qué ha pasado en Hollow Shades?

El unicornio retrocedió al sentir la Sed fluir a través de aquellas palabras.

—Atacado por demonios del fuego. La sacerdotisa de Selene declaró Luna de Sangre. Moonlight Sonata fue elegido general y ha ordenado evacuación.

—¿Dónde están? —preguntó, acercándose amenazadoramente al unicornio al no recibir respuesta—. ¡¿Dónde?!

—No lo sabemos, todos los Cazadores estaban en Hollow Shades. Estamos incomunicados.

Rise Love se giró y atravesó el arco inmediatamente, dirigiendo su voluntad hacia Hollow Shades. Apareció en el linde bosque que la viera nacer, cayendo sobre la nieve virgen y el frío la azotó sin compasión. La batpony se quedó inmóvil, viendo a través de la ventisca los ennegrecidos y humeantes árboles que una vez fueron el hogar de los batponies. Un trueno sonó entre las nubes al tiempo que echaba a volar.

El olor a humo opacó sus fosas nasales mientras sorteaba árboles calcinados o derribados, dirigiéndose directamente a Night Town, su pueblo natal. Tardó pocos minutos en llegar. Frente a ella, solo quedaban los restos del que una vez fue un pequeño pero vibrante pueblo batpony. Su vista recorrió la plaza donde solía jugar con su hermano, y donde librara un Agni-Kai contra su padre; reconoció las casas de viejos conocidos y familiares, y voló directamente hasta su propio hogar.

Del mismo, solo quedaban restos aún incandescentes. Rise Love gritó con ultrasonidos en todas direcciones, llamó por cualquier superviviente, pero no obtuvo respuesta alguna. Echó a volar hacia Lunaria, saltando entre las sombras siempre que podía para ir más rápido, y deteniéndose en cualquier pueblo que encontrara en su camino. Todos destruidos. Todos calcinados. Ningún superviviente, y prácticamente ningún cadáver.

Se obligó a detenerse en una zona donde se había librado una batalla para examinar los pocos cuerpos que ahí se hallaban: eran batponies, soldados y milicianos, y también reconoció la armadura de algún Protector. Todos ellos llevaban la luna roja pintada en la frente; muchos mostraban todavía largos colmillos, signos de que habían sucumbido a la Sed y muerto como ferales. Estudiando los alrededores, las marcas de garras y espadas en los árboles y los restos de sangre que podía oler, se hizo a la idea de lo que había pasado. La táctica fue simple: aprovechar la fiereza de los ferales para avanzar, frenar al enemigo y retroceder.

—Se han retirado —murmuró.

Se detuvo cuando llegó al gran claro frente a la montaña donde se alzaba la capital de los batponies. Muchos edificios aún humeaban, y si no habían ardido hasta los cimientos fue gracias a la densa nevada que aún caía. No alzó la voz ni volvió a gritar en su idioma ultrasónico, lanzándose en vez de ello a revisar la gran ciudad. Voló por toda la capital, recorrió las cuevas tras el templo y revisó cada edificio más o menos intacto que encontró en su camino. A pesar del dolor de ver la capital de su pueblo calcinada y abandonada, tuvo la certeza de que la batalla que ahí se había librado había sido pequeña y bien calculada.

Hollow Shades había sido evacuado, como le dijera el unicornio del castillo Umbra.

En cada esquina, cada recoveco, cada punto donde pudiera tenderse una emboscada, se había librado batalla; los defensores lucharon y retrocedieron acabando con todos los demonios que pudieron, y muy pocos batponies cayeron al hacerlo. Los demonios de la destrucción eran simples: mataban y quemaban a su antojo, no hacían prisioneros, por lo que esa opción había quedado descartada.

Las huellas de las huestes del Tártaro se dirigían al sur, y ella fue tras las mismas.


En Manehattan, Aitana Pones se quedó unos instantes en silencio después de que aquel anciano batpony terminara de hablar.

—Dad refugio a esta gente —ordenó, girándose hacia los guardias solares—. Necesitaremos carruajes voladores y todos los pegasos y grifos que podamos. Avisad a la resistencia de la universidad, necesitaremos su ayuda. ¡Rápido!

—A sus órdenes.

Al momento, el sargento de la Guardia Solar empezó a repartir instrucciones.


La noche había pasado intranquila en el frente oeste de Trottingham. Los guardias solares se habían podido permitir descansar por turnos, mientras mantenían las formaciones preparadas ante cualquier asalto. No había sido una noche de descanso reparador, realmente, pero aquella pausa en el combate había sido recibida como llovizna tras una sequía. Había empezado a nevar con fuerza, y la visión del terreno blanco había traído un poco de paz a sus mentes. La nieve tenía la cualidad de ocultar los horrores de la guerra, aunque fuese brevemente.

—¿Por qué no nos han atacado? —murmuró un unicornio, cuyo cuerno estaba cubierto de negros cristales, sosteniendo un escudo como lo haría un poni de tierra.

—Yo que sé —respondió otro soldado—. Pero que siga.

Alguien anunció a un oficial en el campo. Shining Armor había salido de una improvisada tienda de campaña, pertrechado con su armadura y armas, y se dirigió al frente, estudiando al enemigo en la distancia. El fuego cubría todo lo que podían ver a través del desfiladero que llevaba a Trottingham, y los rugidos de los demonios se oían claramente. Podían ver a los más grandes paseando en medio de su ejército como gigantes. El desfiladero les daba una gran ventaja táctica, pudiendo frenar al enemigo con un frente en forma de herradura; los acantilados cercanos eran una posición idónea para colocar a magos y ballesteros. Los primeros, incluso aunque carecieran del entrenamiento de un mago de combate, podían hacer estragos entre el enemigo con unos pocos conjuros bien lanzados.

Tras la linea de escudos, una serie de obstáculos de madera habían sido construidos, dejando varios huecos y pasillos entre los mismos para que los guardias solares de la primera linea pudieran retirarse.

En la misma, algo que no había pasado desapercibido para ninguno, Shining Armor había colocado a los guardias solares más novatos y a los milicianos. A cien metros tras la que sería la segunda línea de batalla, un campamento se había formado en el que reposaban Guardias Solares que reunían años de experiencia como militares. En los flancos del valle, dos formaciones de ponis de tierra, pegasos y unicornios aguardaban para flanquear al enemigo cuando se adentrara en el mismo.

—¡Capitán! —exclamó un pegaso, al tiempo que aterrizaba junto a Shining Armor—. El enemigo ha llegado al frente sur.

—Entendido. Preparados para la batalla.


En una urbanización al sur de Trottingham, dos yeguas adolescentes tiritaron, pero poco tuvo que ver con la nieve. Bright conjuró y sus ojos se iluminaron.

—Ya... ya vienen.

—Como tú dijiste —reconoció un sargento, también unicornio, que había hecho el mismo conjuro—. ¡Todos los magos, barrera espiritual, rápido!

Dos docenas de unicornios de todas las edades conjuraron al mismo tiempo, y una titilante barrera energética apareció en torno a ellos. Todos aguantaron en silencio, sin que nada ocurriera, mientras Bright y el sargento seguían con la mirada algo que solo ellos lograban ver.

Hubo un agudo choque seguido de un chirrido cuando una afilada garra negra se hizo visible al impactar contra la barrera. Tras la misma, el espectro apareció, negro, sin rostro y alzando su afilada garra para atacar de nuevo. Docenas más aparecieron al poco a lo largo de los cien metros que los magos estaban protegiendo, rodeándolos para intentar alcanzarlos.

—¡Ahora, como hemos ensayado!

Los magos conjuraron, y una tromba de rayos hizo impacto a las criaturas espirituales. Todas ellas, tras recibir varios hechizos, acabaron desapareciendo entre agudos chirridos, y los defensores corearon su alegría. El júbilo guardó silencio poco a poco, dando lugar a unos largos momentos de inquieta quietud que fueron acompañados por el creciente sonido de aquellos que no habían encontrado el descanso en la muerte.

Al principio los vieron aparecer sobre una colina lejana: muchos no creyeron lo que veían, incluso rieron al querer creer que todo era un engaño. Como peleles, como muñecos movidos por un titiritero sin talento, los esqueletos de cientos, miles de ponis y cebras avanzaban. Restos secos de antiguos trajes o pelaje adornaban sus cuerpos, y algunos portaban armas que a duras penas podían considerarse el recuerdo oxidado y desgastado de los instrumentos de guerra que una vez fueron. En un flanco, como una cohesionada unidad, muchos creyeron ver ponis que marchaban al combate, pero no tardaron en ver las mortales heridas que cubrían sus cuerpos y su caminar errático.

Un poni tiró su catalejo al suelo y vomitó. Entre arcadas y lágrimas dijo que reconocía a uno de esos ponis devueltos a la vida.

Todos aquellos que habían tenido la desgracia de estar en el camino de Dark Art ahora se habían unido a su ejército. Adelantando a los no muertos por el lado contrario al mar, vieron a criaturas que asemejaban algún tipo de simio sin pelo. Eran rápidos y tomaron posiciones para flanquear a los vivos. Pronto, la blanca pátina de paz que la nieva había creado en aquella amplia planicie junto al mar desapareció bajo aquel ejército de pesadilla sin fin.

—Que Celestia nos proteja… —murmuró alguien.

—Celestia no puede protegernos. Debemos hacerlo nososotros mismos.

Con la voz de Luna, muchos se hicieron a un lado para dejarla pasar al frente. La princesa de la noche pasó entre ponis de tierra, pegasos, unicornios y otras razas, y no tardó alguien en gritar. Vestía una armadura que se asemejaba a algún tipo de metal oscuro, y sobre su grupa llevaba una larga y ornamentada espada.

—¡No podemos vencer! ¡Debemos huir!

—¡Princesa, por favor!

El ejército de Dark Art ya se hallaba a algo más de quinientos metros. No tardaría en llegar al combate.

—Esa opción no es posible.

Luna se giró hacia todos los ponis: su cuerno seguía cubierto por aquellos cristales, no podía blandir su espada con la soltura de la magia, pero la determinación no abandonó su voz ni su espíritu.

—No podemos huir, pues ello condenaría a Trottingham al horror y la muerte. No podemos rendirnos, pues ni los demonios ni los no muertos ofrecerán cuartel. Solo la muerte espera a Trottingham si fallamos; solo el horror del Tártaro espera a vuestras familias si fallamos; solo la eterna esclavitud de la nigromancia aguarda a aquellos que mueran a manos del nigromante espera a los que no podamos proteger.

En la orden y la súplica por resistir ante el avance de la noche, los milicianos pudieron percibir la compasión y el amor de la portadora de la benevolente oscuridad, de aquella que luchaba contra las pesadillas. En la forma en que caminaba, en su pose altiva y su armadura todos recordaron las historia que durante milenios se habían contado de Nightmare Moon: la portadora de la noche eterna, la portadora de las pesadillas, la yegua de la noche, y aquella cuyo ejército podía someter a cualquier enemigo, incluso a su hermana.

Y ahora estaba frente a ellos, desenfundando su espada y llamándolos al combate.

—¡Luchad, mis pequeños ponis! ¡Luchad por todos los que se protegen tras vosotros, luchad contra un destino peor que la muerte! Por Celestia, por Equestria, y por todo ser viviente del mundo, ¡hoy debemos frenar a la muerte misma!

No hubo un grito afirmativo al unísono, ni tampoco hubo una determinación férrea en los defensores. Pero los civiles dejaron de retroceder, y cuando Bright volvió a conjurar pudo sentir la presencia de todos los unicornios haciéndolo al mismo tiempo que ella.

Hubo un crujir de madera y cuerda tensada cuando las catapultas dispararon una lluvia de rocas sobre el enemigo.


En el frente oeste, el suelo tembló con la carga de las huestes del Tártaro. Los ponis, en formación, alzaron sus armas y escudos mientras magos y tiradores tomaban posiciones. El horror del Tártaro se hizo más presente que nunca, haciendo que especialmente los milicianos que todavía no lo habían enfrentado tiritaran ante el grito de sus almas de alejarse de aquel lugar condenado.

Y frente a ellos, haciendo frente al infierno que se aproximaba, con copos de nieve danzando en torno a él, Shining Armor hablaba.

—¡Hoy es la última batalla por Trottingham! ¡No esperéis clemencia, no esperéis rendiros y sobrevivir, porque el enemigo no os dará esa opción! ¡Hoy luchamos por las miles de almas que cuentan con nosotros! ¡Debemos aguantar, debemos obligar a Baraz a mostrarse! ¡Así es como vamos a vencer!

Entre los soldados de primera fila, varios veteranos surgieron, gritando instrucciones a los novatos y corrigiendo errores en su formación. Uno de los primeros miró a Shining Armor, y este asintió. El mensaje sin palabras era claro: aquellos soldados no dejarían que los milicianos murieran solos y presas del pánico.

A la espalda de Shining Armor, los rugidos se hicieron ensordecedores. Los magos civiles, a pesar del poco entrenamiento que habían recibido, conjuraron casi al unísono sus defensas, y los milicianos clavaron sus escudos y alzaron las lanzas con determinación, coordinados por las órdenes repetidas de los Guardias Solares que se habían unido a ellos.

—¡No les deis tregua, pues no la recibiréis! ¡Luchad, ponis, por todos aquellos que cuentan con nosotros, por vuestras familias!

Su discurso quedó corto de verse interrumpido cuando los primeros proyectiles ígneos empezaron a llover en torno a Shining Armor. Al tiempo que el unicornio retrocedía tras la linea de batalla, los virotes de dos balistas pasaron a toda velocidad sobre los defensores, cayendo entre los demonios que ya cargaban al combate.


—¡Bright!

Al escuchar la voz de su hermana, la joven unicornio se echó al suelo y un virote de ballesta pasó por encima suyo. A su espalda, un necrófago cayó muerto y ella se puso en pie, conjurando hacia otro que se echaba sobre Sunny. A su alrededor, grupos de ponis de tierra y pegasos se habían intentado mover para detener el flanqueo de aquellos no-muertos, pero nadie había esperado el rápido movimiento que habían ejecutado.

—¡¿No debíamos estar como consejeras?! —gritó la yegua de tierra rubia, recargando su arma.

—¡No ha salido bien, Sunny! —respondió Bright, conjurando un proyectil hacia otra criatura—. ¡No está saliendo bien!

Escucharon el enervante sonido de los huesos entrechocando un instante antes de que los primeros esqueletos chocaran contra la linea de escudos. Las dos yeguas adolescentes se movieron atrás siguiendo las órdenes que daban a los unicornios, y súbitamente los ojos de Bright se iluminaron. La unicornio conjuró inmediatamente.

Varios ponis de tierra y unicornios gritaron sin aire, llevando sus patas al pecho o al vientre; fueron alzados varios metros en el aire, algunos pataleando, otros quietos y paralizados al saber que sus vidas llegaban a su fin. El hechizo de Bright y el de otros magos hizo, finalmente, visibles las oscuras formas fantasmagóricas; los espectros atravesaban con sus insustanciales garras a sus víctimas, y las alzaron hasta los pozos de oscuridad donde deberían estar sus rostros.

Y algo luminoso surgió de aquellos ponis que morían y fue absorbido por aquellas criaturas.

Haces blancos de luz y magia impactaron contra los espectros, rechazándolos entre antinaturales chirridos y dejando caer muertas a sus víctimas.

Luna se adelantó.

—¡Aguantad, ganad tiempo! —gritó Luna—. Dama Bright, retroceded a la siguiente barricada y ayudad con las defensas, los espectros no tardarán en regresar.

—Oh, diosa… están… están…

—¡Dama Bright, dama Sunny, vayan a la siguiente barricada! ¡Rápido!

Otro poni que también retrocedía, al ver a las dos adolescentes incapaces de reaccionar, las empujó hacia el punto indicado.

Al poco empezaron a galopar, mientras los proyectiles volaban sobre sus cabezas y los necrófagos rugían a sus espaldas.


Shining Armor gritó una orden cuando una inmensa bola de fuego voló sobre la linea de batalla; un unicornio anciano respondió y creó una barrera mágica, viéndose envuelto por la feroz detonación que lo cubrió.

Cuando el fuego y el humo se despejaron, no había rastro del unicornio ni de la balista que había tratado de proteger. Varios magos, viendo el peligro, retrocedieron hacia la segunda arma de asedio, conjurando sus defensas sobre la misma. Shining calculó que habían pasado diez minutos de combate, y la primera linea ya estaba flaqueando. Sin el apoyo de magos entrenados militarmente, la continua lluvia de fuego demoníaco mermaba rápidamente los números de defensores.

—¡Atrás, retroceded al segundo punto, vamos!

Apoyado por los guardias veteranos que había en la primera linea, los novatos y milicianos retrocedieron con la coordinación de un conjunto de ballet. A una orden de un sargento, los magos conjuraron hechizos repulsores que dieron el margen a los ponis de tierra para galopar hacia atrás, saltando sobre los obstáculos y defensas. En el aire, grupos de pegasos y algunos batponies y grifos se enfrentaban contra una interminable bandada de diablillos que los asediaban sin cesar.

Durante un segundo, Shining Armor siguió la trayectoria de un pegaso que, tras matar en el aire a dos diablillos con su lanza sin detener su veloz vuelo, chocó fuertemente contra otro y perdió el control, cayendo al suelo frente a un gigantesco demonio de rostro aguileño. Su cuerpo combinaba pelaje, plumas, fuego y roca; rugió hacia los mortales, y su boca era incandescente como un volcán en erupción.

Y su hombro izquierdo mostraba una gigantesca cicatriz, recuerdo de su último encuentro con Aitana Pones en el asedio de Germarenia.

Una lluvia de virotes y hechizos cayó sobre Baraz, mientras los ponis de la balista se afanaban en apuntar. El gran señor del Fuego y la Destrucción alzó ambas garras, pero rugió cuando algo impactó contra las mismas: Dos pegasos de la Guardia Solar cayeron en picado sobre el monstruo, clavando sus lanzas en sus brazos. Al mismo tiempo que Baraz llamaba a las llamas para despachar a aquellos valientes, un grifo y un batpony cayeron sobre cuello, clavando garras y espadas en su ardiente y antinatural carne.

Las llamas cubrieron a Baraz, y los gritos de aquellos cuatro valientes quedaron eclipsados por la violencia de las mismas.

Baraz rugió y retrocedió con el inmenso virote de la balista atravesándole el pecho; hubo un dubitativo instante de silencio hasta que el gigantesco demonio alzó el rostro y levantó, nuevamente, las garras mientras llamaba al plano del Tártaro del que él era señor absoluto.

Shining Armor se cubrió el rostro instintivamente.

Muchos saltaron al suelo junto a él, sintiendo el aire ardiente en sus pelajes o luchando por respirar inmersos en aquel infierno.

Y el estremecedor grito de los soldados de la primera fila fue todo lo que se escuchó durante unos angustiosos segundos; el fuego tomó todo el valle, la linea de veteranos de la Guardia Solar, dirigidos por un sargento, avanzaron para frenar a los demonios que ya surgían de las llamas, rugiendo a través de los desesperados gritos de los que no habían podido escapar a la furia de Baraz.

Shining Armor trazó un arco con la espada que sajó a una deforme criatura que saltaba sobre él; a dos patas, atrapó a otro demonio y lo lanzó al suelo, aplastándolo con los cascos armados de su armadura. Los Guardias Solares llegaron a la carga a su lado y reformaron una cohesionada linea de lanzas y escudos.

La balista disparó un nuevo proyectil hacia las llamas, intentando atinar a ciegas a Baraz.

Un instante después, una deflagración de llamas cubrió aquella arma de asedio.

—¡Atrás, atrás, ganad espacio, alejaos del fuego!


Luna alzó el vuelo para estudiar mejor la batalla, por eso vio el fuego en el frente oeste. Se acercó lo suficiente para ver qué estaba pasando, y un sentimiento de calmada desesperación le tomó el corazón.

Las llamas cubrían toda la entrada del desfiladero que llevaba a Trottingham. La linea principal de batalla retrocedía, alejándose de aquel infierno de fuego y muerte mientras enormes criaturas cargaban a través del mismo; formaciones de ponis maniobraban en ambos flancos, intentaban encontrarse con la primera linea y formar un frente unido, pero los diablillos y otros demonios más pequeños las asediaban continuamente y les impedían esa opción. En el aire, los pegasos seguían luchando, pero Luna pudo ver cómo muchos habían caído, cómo algunos se desplomaban del aire como muñecos sin vida.

Un enorme demonio cargó contra la linea de batalla. Los veteranos guardias solares reaccionaron con coordinación, abriendo la formación, rodeando a la criatura y derribándola. Pero esa fue la oportunidad que otros demonios más pequeños aprovecharon para romper la linea y entablar un caótico combate cuerpo a cuerpo en el que las ensayadas formaciones y tácticas de la Guardia Solar eran inútiles. Tras el mismo, los pocos unicornios que quedaban hacían lo posible por rechazar al enemigo, pero muchos empezaron a huir en desbandada.

Al sur, los ponis huían también. La linea de batalla había sido fácilmente rodeada, y los civiles reclutados no habían sido capaces de mantener la formación. En el segundo puesto de defensa, una improvisada empalizada alzada en la principal avenida de la ciudad, los unicornios conjuraban desesperadamente para frenar a los espectros mientras más y más no-muertos rodeaban a los defensores y se introducían en la ciudad a través de callejones secundarios.

Luna inspiró lenta y entrecortadamente. Un pegaso cercano gritó su nombre, pero no le prestó atención.

Un halcón pasó volando junto a ella en dirección al frente oeste.

La princesa de la noche, con la mente momentáneamente en blanco, lo siguió con la mirada, dándose cuenta, pero sin pensarlo realmente, que había algo extraño en el animal. El ave ganó altura de dos fuertes aleteos para evitar un proyectil ígneo; dribló en el aire, evitando a un pegaso que estaba trabado en combate con un demonio; plegó sus alas mientras su pico aguileño apuntaba al suelo y se dejó caer con la mortífera precisión de una flecha.

Desplegando alas y garras en el último instante, impactó contra un diablillo y ambos cayeron en una violenta barrena mientras el halcón gañitaba y apuñalaba con su pico repetidamente al engendro del Tártaro.

Allá donde mirara, Luna vio bandadas de todo tipo de aves que actuaban igual: Gaviotas desde los desfiladeros del norte; cuervos y búhos desde los bosques al sur; águilas que venían de las montañas al norte... Todas ellas volaron hacia la batalla y se lanzaron contra los demonios, atrapando a los diablillos en el aire y derribándolos, haciéndolos caer en incontrolables barrenas. El viento empezó a soplar con fuerza, y en los oídos de la princesa este se escuchó como un aullido. La mente de la alicornio se aclaró y esta asió su espada con fuerza, notando la imperiosa necesidad de luchar hasta su último aliento si era necesario, como si un objetivo mayor que no pudiera explicar con palabras la estuviera empujando al combate.

—¡Princesa, mire!

Luna siguió el casco del pegaso: en la distancia, en el puerto, pudo ver que había naves extranjeras atracadas.

Y surgiendo de una de las avenidas de Trottingham, lo primero que destacaron fueron los estandartes verdes y marrones, en los cuales la cornamenta de un ciervo alcanzaba las estrellas mismas.

Cuando surgieron a la nevada explanada, los cientos de guerreros de aquella comitiva se dividieron en dos formaciones, cargando cada una hacia los lados de la rota linea de combate de Shining Armor. La nieve en suspensión, como una nube helada, se congregó frente a los refuerzos, barriendo el terreno a su paso. Proyectiles de fuego y oscuridad fueron lanzados contra ellos, pero no hicieron impacto, detenidos y desviados por aquella nube de hielo.

Al paso de aquel ejército, toda planta, árbol, arbusto, e incluso la nieve misma se iluminaron con una luz azulada, y todos los presentes escucharon un sonido tan grave que lo sintieron más con el pecho que con los oídos. Un gruñir leve, casi imperceptible, pero inevitable, inconfundible y en que crecía con cada paso que daban los aliados de la madre naturaleza.

Y Gaia se manifestó con toda su furia cuando los guerreros druida llegaron al combate.

Cuando chocaron contra los demonios que trataban de rodear a los ponis, explosiones de nieve, tierra, hielo, fuego y rayos se produjeron frente a los ciervos; aquel precioso instante en el que los demonios superaban a sus hermanos caídos fue cuanto necesitaron los ponis para recuperar su formación y unirla a la de los soldados de Cérvidas.

Luna voló al suelo hasta la linea de la guardia solar. Varios ciervos se habían unido a la misma, ayudando a despachar a los demonios para que los ponis pudieran volver a formar. Shining Armor estaba atrás, hablando con un ciervo; el blanco unicornio tenía sangre cayéndole por el rostro, pero nada indicaba que fuese a dejar de luchar en ningún momento.

—¡Necesitamos acabar con Baraz! ¡Es la única forma!

—Gaia nos protegerá del Tártaro. Debemos resistir un poco más.

—Gracias por venir, pero temo que no sea suficiente.

—Confiad, maestro poni de la guerra. No todo está perdido.

Aquel ciervo de pelaje castaño, grande para los estándares de su especie, se percató entonces de la presencia de Luna, y la saludó con una reverencia. Su estatura era impresionante, así como su gran cornamenta que brillaba con un aura verdosa como la esperanza. Vestía una armadura bellamente ornamentada que combinaba toda suerte de fibras vegetales y madera; asida a su pata derecha llevaba una lanza de igual o mayor calidad. La alicornio sintió aquel rugido emanar de aquel ciervo, y no tuvo duda de que la voluntad de Gaia estaba con él.

—Princesa Luna, mi nombre es Asunrix, Maestro de la Guerra de Cérvidas.

—Asunrix, ¿cómo habéis venido tan pronto? Es imposible que pudiérais llegar tan rápido desde Lutnia.

—Luego lo explicaré. Ahora debemos luchar.

Hubo gritos de alarma y órdenes un instante antes de que otro enorme demonio cargara contra la linea de ponis. La cornamenta de Asunrix brilló con más fuerza, y al instante varios guerreros druida golpearon el suelo al mismo tiempo. Estacas de tierra y hielo impactaron contra la criatura, derribándola un instante antes de que llegara al combate.


Guiados por las órdenes del sargento de la Guardia Solar, los ponis dispararon cuanto proyectil o conjuro pudieron, intentando salvar a los supervivientes de la primera linea de combate.

Sunny iba a disparar a un esqueleto que perseguía a los supervivientes cuando escuchó un grito sobre ella: en un segundo piso, un necrófago que trepaba por la pared asió a un poni de tierra y lo lanzó a la calle; la potra alzó la ballesta y disparó, derribando a la criatura. A su lado, Bright conjuró hacia la marabunta de esqueletos y zombies que se echaba sobre ellos. Otros muchos unicornios imitaron a la joven maga, y pronto una sucesión de explosiones blancas se produjo entre las filas no-muertas, acabando con la magia que animaba a las criaturas.

Por un instante, pareció que el ataque cesaba. Por un instante, las lanzas no encontraron objetivo alguno. Los supervivientes llegaron a aquella barricada y se pusieron a salvo, jadeando y aliviados momentáneamente.

Pero los no-muertos llegaron a las defensas como una ola imparable. Los primeros cayeron bajo el fuego combinado de ballestas y magos. Los siguientes encontraron su fin estrellándose contra las barreras construidas, o devueltos a la muerte por lanzas y otras armas. Pero toda defensa organizada acabó cuando los esqueletos saltaron por encima de los que combatían, cayendo encima de los defensores; incluso aquellos que llegaron a ser destruidos empezaron a reconstruirse al momento detrás de las líneas defensivas. Los magos hicieron lo imposible por acabar con estos últimos, incluida Bright que conjuró tan rápido como pudo.

Bright escuchó un grito a un lado. Cerca de una calle transversal pudo ver a una criatura agachada sobre una poni que aún intentaba luchar; cuando el monstruo se alzó, algo rojo y sanguinolento colgaba de su mandíbula.

Y otras muchas criaturas estaban surgiendo de otras calles. Sunny cogió a su hermana por un casco y le gritó:

—¡Corre!

En la siguiente esquina, a duras penas a cien metros de distancia, un grupo de ponis había tomado posiciones mientras los tiradores se preparaban para disparar. Los gritos desesperados tras las dos adolescentes fueron acompañados por el antinatural claqueo de los esqueletos y los lentos lamentos de los zombies. En la intersección de dos calles se había construido una improvisada barrera hecha con muebles amontonados de cualquier forma; desde ahí, cuando llegó el ejército muerto viviente, los defensores pudieron aguantar mejor, derribando a los esqueletos y zombies a medida que trataban de trepar hasta los vivos.

Los tiradores y magos, mientras tanto, se enfocaron en localizar y derribar a todo necrófago que llegara trepando por los edificios. Bright, tras unos minutos, tocó a su hermana para llamarle la atención.

—¿Por qué no viene?

—¡¿Qué?! —exclamó jadeante Sunny, mientras recargaba la ballesta

—El nigromante. Si de verdad es un lich no tenemos ninguna posibilidad, no tenemos ningún mago que pueda frenar su magia. ¿Por qué no viene?

Alguien gritó "¡Espectros!", y Bright reaccionó conjurando un proyectil hacia el aire, el cual enseguida localizó un objetivo invisible y se dirigió hacia el mismo. Por toda la zona, una multitud de hechizos hicieron exactamente lo mismo.

—Pues que siga sin venir —sentenció Sunny, y luego se dirigió al poni que parecía dirigir aquel punto de defensa—. ¡Vienen por las calles pequeñas, nos van a rodear!


Luna, a pesar de no tener magia, demostró ser una combatiente muy capaz al desenfundar su espada con un casco y dar muerte a un demonio que se acercó demasiado. Incluso con el apoyo de los ciervos, los veteranos Guardias Solares tenían dificultades para mantener sus muros de escudos ante el continuo asalto de grandes criaturas. Un aura verdosa cubrió a los ponis, y cuando un gran hechizo cayó sobre ellos la mayoría observaron impresionados cómo la explosión lamía sus pelajes sin apenas producirles alguna quemadura.

Aún con la protección de Gaia, aquellos que recibieron la detonación directamente cayeron malheridos.

La tormenta arreció con más fuerza, y las nubes se volvieron tan densas que Luna tuvo la impresión durante un instante de que había llegado la noche. Rayos saltaron de nube en nube, los truenos sonando como un grave rugido y, en el flanco norte, Luna vio a otro enorme demonio de retorcidos cuernos cargar hacia las lineas poni y ciervo. Los magos, desde los desfiladeros cercanos, lanzaron toda su magia contra el ser; otro Maestro de la Guerra, Solnes, dirigió a los druidas que lanzaron todo tipo de proyectiles, mientras Gaia alzaba rocas y plantas en camino de la criatura para detenerla; hubo una orden gritada entre los soldados de la Guardia Solar, que soltaron sus escudos y clavaron sus lanzas en el suelo para resistir contra aquel monstruoso ser.

Luna vio horrorizada cómo aquellos valientes ponis eran apartados con facilidad por aquella criatura, la mayoría muriendo bajo sus pesadas patas, mientras una marabunta de demonios pequeños se colaba tras el ser. Shining Armor galopó hacia allí gritando órdenes, mientras las ordenadas filas de la guardia solar se convertían, otra vez, en una caótica melée.

Asunrix saltó junto a Solnes y atravesó a un demonio con su lanza. A su lado, su amigo llamó a la unión con Gaia, y los elementales del fuego acudieron a él mientras los de la tormenta hacían lo propio con Asunrix; mientras avanzaban, entablando combate con toda criatura infernal que encontraran, Gaia se desató a su alrededor: de la tierra surgían plantas que atrapaban a sus enemigos, rayos saltaban de sus cuerpos hacia los de los demonios, y aquellos que intentaban atacar a los dos Maestros de la Guerra se hallaban pronto rodeados por los espíritus del fuego y la tormenta. Más de una docena de demonios cayeron bajo sus habilidades combinadas, y junto a ellos, ciervos y ponis empezaron a avanzar momentáneamente.

Hasta que un hechizo impactó en Asunrix, mandándolo al suelo. Solnes avanzó rápidamente, protegiendo a su amigo.

Luna cayó sobre un demonio, ensartándolo con su espada, y se giró para combatir a otro. Detuvo un ataque con su arma mientras cerca de ella un ciervo invocaba a Gaia para electrocutar a un engendro del Tártaro. Un Guardia Solar cayó al tiempo que la princesa daba muerte a la criatura que combatía. Un unicornio conjuró un hechizo que hizo impacto en un demonio que estaba saltando sobre Luna, y un instante más tarde, un diablillo cayó sobre el semental, que fue derribado mientras trataba de defenderse de las inmisericordes garras del ser. Solnes rugió, poniéndose sobre dos patas, y golpeó el suelo, creando una ola de tierra que alejó a muchos demonios que no tardaron en volver a la carga.

Luna combatió a todos cuanto pudo, los Guardias Solares hicieron lo imposible por volver a cerrar filas… pero la princesa se dio cuenta de lo que pasaba. Los demonios estaban superando a los soldados y cientos ya se dirigían hacia la ciudad. Impotente, sabedora de que no podía detenerlos, gritó cuando atacó a otro ser con su espada.


En el sur de la ciudad, un pequeño grupo de ponis galopó hasta una calle secundaria para darse cuenta de que la advertencia de aquella adolescente había llegado demasiado tarde. Retrocedieron a toda velocidad mientras los esqueletos cargaban contra ellos, pero los necrófagos cayeron a su espalda, cortándoles la retirada.

En la barricada, Sunny pudo ver de nuevo a los no muertos rodeando las defensas. Buscó a su hermana y la la tomó de una pata.

—¡Corre, vamos!

—¡Pero los espectros...!

—¡Corre, corre!

Mientras ambas hermanas echaban a galopar, los gritos y advertencias de soldados y ciudadanos por todas las calles empezaron a llegar a sus oídos; en todas direcciones oyeron el sonido de la lucha y las desesperadas llamadas de ayuda de aquellos que se encontraban rápidamente rodeados por el enemigo. Los muertos vivientes empezaron a surgir por doquier, mientras muchos ponis huían por sus vidas o caían al intentarlo; las dos hermanas se detuvieron de golpe al ver que varios necrófagos saltaban a la calle frente a ellas y atacaban a todo aquel que trataba de superarlos para huir hacia el puerto de la ciudad.

—¡Por aquí! —gritó Sunny, empujando a su hermana hacia un bloque de apartamentos.

Cerrando la puerta a su espalda, las dos hermanas galoparon por aquel edificio en busca de una salida, pero los sonidos del combate provenían de toda ventana, puerta o salida que pudieran encontrar. Los ojos de Bright se iluminaron de nuevo: sin mediar palabra, tomó a su hermana por un casco, entraron en un apartamento cuya puerta estaba abierta y se encerraron en un armario empotrado. Durante unos minutos solo escucharon los lejanos gritos en el exterior de los ponis que luchaban por sus vidas. También podían oír pasos de casco en pisos cercanos, pero ninguna voz.

Ante la silenciosa pregunta que su hermana le hacía al mirarla, la joven unicornio chistó con la voz temblorosa y conjuró: una titilante y tenue luz blanca cubrió a ambas yeguas. Sunny aguardó en silencio, escuchando tan solo el latir de su propio corazón y la respiración agitada de su hermana. Sintió frío, y el vaho surgió de su hocico al respirar.

Ambas empezaron a temblar un instante antes de que un desgarrador grito resonara en el edificio. Era una yegua, llamaba a alguien por su nombre, y luego suplicaba. La oyeron correr entre desesperados gritos, la oyeron pedir ayuda con la voz rota por el terror.

Y luego el silencio.

—Te quiero, Bright —susurró Sunny, temblando y abrazando a su hermana con fuerza—. Te quiero.

Ella no dijo nada, y devolvió el abrazo.


Una yegua salió al exterior con un potro sobre su grupa. A su espalda, las llamas crecieron hasta cubrir completamente el que era su hogar, y pudo sentir el terror antinatural del Tártaro en su alma. Su hijo se abrazó con fuerza a su cuello y lloró, mirando atrás y llamando a su padre.

La madre no se detuvo cuando apreció que su vecino, un grifo, estaba derribado bajo las garras de varios demonios. Siguió galopando mientras más vecinos hacían lo propio, huyendo de la zona oeste y dirigiéndose hacia el puerto de Trottingham. Sintió el hechizo antes de ver cómo un semental caía entre llamas impías; no miró atrás, corriendo con todas sus fuerzas mientras la magia demoníaca llovía a su alrededor, y más y más ponis que conocía desde hacía años caían entre gritos de dolor. "Celestia, sálvalo", suplicaba en su mente, enfocada en poner a salvo a su hijo.

Vio una luz blanca justo delante de su rostro… y un proyectil mágico pasó rozando su crin. Primero fueron unos pocos hechizos, pero pronto una lluvia de magia cubrió la calle principal, evitando a los ponis supervivientes e impactando sin cesar en los demonios a su espalda. Formando una linea que retrocedía paso a paso, una veintena de unicornios conjuraba sin cesar mientras los pegasos de varios carruajes voladores hacían señas a los vecinos que huían. Se dirigió al más cercano, pasando junto a una yegua de tierra marrón que portaba una espada y repartía órdenes.

—¡Ya sabéis cómo frenar a estos bastardos! —gritó Aitana, mientras los ponis de tierra alzaban sus ballestas—. ¡Son demasiados, quiero una guerra de guerrillas, que sufran por cada paso que den! ¡Enseñad a Trottingham cómo luchamos en Manehattan!

—¡Aitana, dicen que hay no muertos en el sur! ¡Que están entrando también!

La Arqueóloga se detuvo brevemente al escuchar aquello.

—¿Es en serio?

—Sí.

—¡Pues los matamos igual! ¡Vamos a evacuar a todos los ponis que podamos hacia el puerto y retroceder! ¡Trottingham debe resistir!


Asunrix, en pie mientras la voluntad de Gaia sanaba la herida de su costado, ensartó a un demonio con la lanza antes de cocear a otro que lo atacaba por la espalda.

Sintió, a través de Gaia, que todos los druidas estaban en combate. Los que no aguantaban una linea de lanzas junto a los ponis, se habían unido a aquel caótico combate en el que el Tártaro llevaba ventaja; había unos pocos heridos que habían retrocedido, y al menos tres muertos.

Súbitamente el fuego cubrió toda la zona; Asunrix retrocedió, cubriéndose el rostro y sintiendo las protecciones de Gaia protegiéndole. Varios ponis y ciervos retrocedieron, sus pelajes ardiendo a pesar de la protección, y pudo ver a Solnes enfrentarse a un gran demonio en solitario. Asunrix galopó para apoyarle hasta que varios demonios saltaron frente a él, obligándolo a defenderse. Luna voló a su lado, pero pronto se vieron rodeados.

—¡No podemos vencer!

El gran ciervo marrón no respondió, su vista fija en una criatura casi completamente negra que había caído sombre un demonio; apreció su mirada salvaje de ojos afilados, vio los colmillos de un depredador, y lo escuchó bufar al tiempo que arrancaba la lanza del demonio y desplegaba sus alas membranosas, enfocado en su siguiente víctima. Durante un instante sus miradas de cruzaron, y Asunrix supo que aquella salvaje criatura no era parte de la tripulación de la capitana Wrath.

El batpony, en cuya frente lucía una luna creciente roja, saltó a la espalda de otro demonio. Rápidamente, salvajes bufidos fueron acompañados por rugidos de demonios y gritos de esperanza de los defensores mientras los ponis de la noche caían sobre el enemigo como una lluvia de muerte sedienta de sangre.

Los batponies aterrizaron en torno a Luna y Asunrix, acabando con los demonios y avanzando rápidamente contra el Tártaro; el Maestro de la Guerra avanzó hacia el lugar donde había visto a Solnes, apoyado por la fiereza del pueblo de Hollow Shades. Aunque en todo momento los batponies demostraron ser extremadamente hábiles en aquel caótico y desordenado combate, Asunrix llegó a una zona donde miembros de esta raza vestidos con armaduras de la Guardia Lunar había formado una linea semicircular de lanzas, retrocediendo poco a poco. Tras la misma, un ciervo pelirrojo estaba siendo ayudado a levantarse para retroceder.

—¡Solnes!

Su amigo alzó la vista y su cornamenta se iluminó. Al instante, Asunrix percibió los pensamientos de su amigo gracias a su unión con Gaia, mientras este era llevado atrás.

—¡Ponis, atrás, retomad posiciones!

Un batpony aterrizó a su lado. Reconoció en las galas de su armadura que tenía el rango de Capitán.

—¡Moonlight Sonata! —exclamó Luna mientras volaba junto al semental—. ¡Habéis venido!

—Lamento el retraso, mi diosa —respondió Moonlight con una rápida reverencia, tras la cual estudió brevemente el cuerno de Luna y el de algún unicornio cercano, entendiendo al instante la situación—. Los demonios más grandes avanzan, no tardarán en unirse al combate.

—Entonces su señor estará entre ellos —apuntó Asunrix—. Sabe que ya no puede ganar esta batalla solo con sus súbditos.

Los tres tuvieron que retroceder al tiempo que la linea reformada de la Guardia Solar avanzaba al frente; apoyados por el salvaje ataque de los batponies que no cesaban de flanquear al adversario, los ponis avanzaron hasta recuperar las posiciones perdidas. Asunrix miró alrededor, estudiando el campo de batalla gracias a su gran tamaño. Todos pudieron notar cómo el Maestro de la Guerra se tensaba, y murmuró "por la bondad de Gaia" entre dientes.

La tierra tembló bajo sus cascos, y el desfiladero se tornó naranja; pegasos y batponies alzaron el vuelo a la desesperada, los pocos unicornios que quedaban conjuraron, las lineas ciervos se iluminaron con el verde de sus cornamentas, y los ponis de tierra se echaron al suelo, interponiendo sus escudos frente a ellos. Fue cuando Luna vio que todo al oeste se había tornado naranja, rojo y negro; la costumbre y el instinto la traicionaron e intentó conjurar hasta que un doloroso chispazo mágico en el cuerno la hizo gritar. Algo la placó desde el flanco, lanzándola al suelo; no reconoció al poni de tierra que la cubría con su cuerpo, ni pudo ver el rango de aquel Guardia Solar que gritaba mientras las llamas bañaban aquel lugar maldito. Durante unos interminables instantes, Luna sintió el calor abrasador en toda zona de su pelaje no protegida por la armadura o por el guardia. El rugido de las llamas se tornó ensordecedor, y ella cerró los ojos rezando a los titanes por un milagro.

Sintió que el calor disminuía y volvió a mirar. Las llamas rugientes se alzaban sobre ella pero, poco a poco, ganaban más altura, alejando el peligro; el viento, con la fuerza de un huracán, soplaba oponiéndose al fuego impío del Tártaro, y este último se congregó como una infernal ola justo antes de romper en la costa. Y frente a esta, impasible e imponente como un avatar de los dioses, Asunrix hacía frente al Tártaro. Su cornamenta refulgía en tonos verdes y azules, los tatuajes de su lomo se iluminaron y los elementales danzaron a su alrededor. Firme pero relajado, el Maestro de la Guerra alzó la lanza y golpeó el suelo con su mango. Lo volvió a hacer una y otra vez con una candencia lenta y rítmica, y con cada golpe fue coreado cada vez con más fuerza. A lo largo de toda la linea de batalla, los guerreros druida permanecieron en pie; allá donde los ponis se encogían asustados, los ciervos se alzaban, desafiando a las huestes infernales; allí donde solo el terror y la desesperación reinaban, allí donde los guerreros de Equestria se creía ya muertos y rezaban sus paces con los titanes, los guerreros de Lutnia, los aliados de Gaia, invocaron a la madre naturaleza en contra de un enemigo común.

Y Gaia respondió.

Los demonios que corrían bajo las llamas de Baraz, creyéndose invencibles, quedaron atrapados cuando la tierra se abrió bajo ellos. Rugieron cuando el viento les heló la carne de sus informes cuerpos. Cayeron muertos cuando lanzas de hielo surgieron de la misma nieve y los atravesaron.

Los ponis se pusieron en pie, protegidos por Gaia, y formaron a tiempo para recibir en combate a aquellos demonios que los druidas no conseguían derribar. Luna hizo lo mismo, ayudando a aquel soldado que la protegiera, horrorizada por las quemaduras que tenía en todo el cuerpo.

—¡Sanador, necesita un sanador! ¡Rápido!

Pero su grito quedó perdido entre el rugir de las llamas, del viento, y los gritos de los soldados de Equestria. Shining Armor observaba cómo algunos ponis se levantaban y plantaban sus escudos para frenar a los demonios que cargaban a través de las llamas; como uno solo, los ciervos dieron un paso atrás, y las llamas empezaron a cerrarse poco a poco superando el viento de Gaia. Y el capitán de la Guardia Solar permaneció quieto, con el miedo reflejado en su rostro, sin responder a un soldado que le pedía órdenes a gritos.

—¡Mi diosa! —gritó Moonlight, acercándose—. ¿Estáis herida?

—¡Los druidas no aguantarán mucho! —gritó Luna—. ¡Tenemos que retirarnos!

—¡No! ¡Escuche, escuche! ¡Debemos aguantar, tengo a todos en posición!

—¡¿Qué debemos oír?!

—¡Lo que aulla! ¡No es el...!

Hubo una explosión tan potente que Moonlight se cubrió los oídos; un resplandor blanco opacó las llamas del Tártaro y se escuchó el rugido de gigantescos demonios. El fuego se apagó rápidamente, y fue cuando todos pudieron ver, una vez más, a Baraz. Grande como un coloso, bajó su deforme rostro aguileño al suelo y cayó sobre tres patas pesadamente, mientras descargas eléctricas recorrían todo su cuerpo y lo iluminaban entre violentos estallidos. Sobre los grandes demonios que acompañaban al gran señor del fuego y la destrucción, las nubes giraban en una perfecta danza, y el aullar del viento, el grito de batalla de Gaia, lo tomó todo.

Pero no era Gaia.

No era el viento el que aullaba.

Luna miró hacia las colinas al norte de la ciudad: sobre la nieve había una poni gris. Junto a ella, una enorme criatura blanca alzaba el hocico hacia las nubes como si tratara de besarlas; aquella criatura, aquella cazadora, dejó de aullar, miró a Luna y, a pesar de la distancia, la alicornio de la noche apreció que su ojo derecho era azul y brillaba. La princesa emitió un gemido, todo lo que pudo hacer para verbalizar la esperanza que estaba presenciando cuando la Vidente y su hija poni tomaban aire al unísono.

Y, a su espalda, los lobos invernales aparecieron sobre la nieve para cantar, una vez más, al espíritu de la tormenta.

El aullido de los lobos invernales hizo acto de presencia en el campo de batalla; el tono disonante pronto convergió en una única nota tan poderosa y ensordecera que hizo temblar la tierra misma. La tormenta respondió a su llamada con una cacofonía de truenos. Junto a Luna, Moonlight Sonata alzó el vuelo y gritó algo en el idioma ultrasónico de su raza; docenas de ponis de la noche surgieron del risco al sur del ejército demoníaco y dispararon sus ballestas contra los pequeños demonios que superaban a su señor caído. Otro fortísimo rayo cayó sobre un gran demonio, derribándolo al instante; el tercer ataque del espíritu de la tormenta cayó en el suelo, en el flanco norte, y cubrió la nieve con violentos chispazos. La vidente de los lobos invernales dejó de aullar y avanzó hacia las huestes del Tártaro; tras ella, los señores de la noche y del invierno se lanzaron a la caza.

Shining Armor galopó, tomó el escudo de un soldado herido y se posicionó en el muro de escudos de la primera linea poni.

—¡A mi señal, avanzad a la carga! ¡Devolvedlos al Tártaro!

Los ciervos tomaron las lanzas y formaron junto al ejército poni. Formaciones de batponies aterrizaron en los flancos del enemigo, reforzando las lineas de la Guardia Solar. Un gran demonio rugió, llevándose las garras al cuello, y cayó violentamente intentando alcanzar unas criaturas que saltaban sobre su anatomía; las criaturas, de brillantes ojos afilados y grandes colmillos se giraron, con las llamas del ser que habían derribado rugiendo a su espalda. Incluso los demonios se detuvieron y retrocedieron cuando los Cazadores Batpony bufaron al unísono hacia ellos, desapareciendo entre jirones de sombra durante un instante antes de dar muerte a un nuevo enemigo de Equestria.


El imparable avance de los demonios a través de la avenida oeste de Trottingham se había visto truncado con un equipo de ponis que luchaba con coordinación. Cada paso que daban era recibido con una lluvia incesante de hechizos o proyectiles; si los demonios llegaban a usar su propia magia impía, los defensores se dispersaban, escondían en edificios o giraban tras esquinas evitando prácticamente todo daño; en el aire, grupos de pegasos tomaban posiciones, disparaban y se retiraban antes de ser alcanzados; y cada vez que llegaban al cuerpo a cuerpo, los demonios se encontraban con organizadas lineas de escudos que, al poco, desaparecían cuando los unicornios llegaban para teleportar a los ponis de tierra.

Pero el avance no se detenía. Los demonios eran muchos, demasiados.

Con el puerto ya visible a su espalda, Aitana disparó su ballesta al tiempo que un pegaso volaba sobre ella.

—¡Aitana, los no muertos! ¡Esqueletos y zombies en el sur, ya están llegando!

—¡Me cago en todo! —gritó—. ¡Steady, encárgate y retiraos hacia el puerto! ¡Y que todos los magos se preparen para ver lo invisible, cuidado con los putos espectros!

—¡Aitana, ¿qué hacemos?!

—¡Aguantar! —respondió, disparando su ballesta hacia un demonio volador—. ¡No nos queda otra! ¡Tú! —gritó, señalando a un pegaso que llevaba un carruaje aéreo—. ¡Ayuda a evacuar el sur, rápido!

—¡¿De dónde salen estos no muertos?!

—¡Me importa una mierda, los vamos a matar igual!

—¡Aitana, aguantad un poco más y luego retroceded hacia nosotros! —gritó un unicornio—. ¡Tenemos un plan!

—¡Más te vale que funcione!

Aitana sacó una botellita de sus alforjas y bebió el contenido de un trago. Cerró los ojos con fuerza, como si le dolieran, y cuando los abrió su esclerótica brillaba con un tono anaranjado. Después tomó una gema mágica y la rompió contra la base de su espada, cuyas runas empezaron a brillar.

Cientos, miles de personas se reunían aterradas en el puerto de Trottingham, golpeándose e intentando subir a los barcos de Cérvidas que ofrecían asilo a los supervivientes. Ante las posibilidades, muchos pegasos y grifos habían optado por huir volando mar adentro. De aquellos que carecían de esa posibilidad, algunos vieron más favorables sus opciones bordeando la costa por sus propios medios que no confiando conseguir una plaza en los navíos ciervo.

La mayoría tan solo buscaban donde esconderse, rezaban por la salvación, o abrazaban a sus familias. Los hubo que, sin embargo, decidieron unirse a aquellos valientes ponis, grifos y kirins que resistían contra el continuo asalto de los demonios y los muertos vivientes.

Aitana galopó alejándose del centro de la ciudad junto a otros ponis de la resistencia de Manehattan. Justo en el momento que llegaba a la altura de un unicornio, frenó en redondo y giró, desplegando su espada; el mago concluyó el conjuro, y una linea de runas de un centenar de metros de iluminó, a lo largo de la cual otros unicornios habían realizado el mismo hechizo.

Un espectro se hizo visible frente a Aitana, cubriéndose su inmaterial rostro con las garras.

La Arqueóloga clavó su arma en la criatura y esta rugió, sorprendida, antes de desvanecerse como una nube de humo. Aitana observó cómo la táctica, creada a toda prisa por sus compañeros, había funcionado a la perfección: Varios espectros, docenas de no muertos y demonios habían hallado su fin al caer en la trampa.

A pesar de aquella fugaz victoria, todos observaron desolados el panorama frente a ellos. Habían luchado con su mejor voluntad, con habilidad… pero el enemigo era innumerable. Especialmente los muertos vivientes llegaban cada vez con más números, con más fuerza, y llegando al puerto los defensores ya no contaban con la ventaja de las calles estrechas y las emboscadas desde edificios. A partir de ahí, el terreno era cada vez más llano y todo estaba finalizando en una batalla campal.

Aitana escuchó un alboroto, diferente al que había estado escuchando junto a los barcos ciervo, por lo que miró a ver de qué se trataba. En el mar, a duras penas visible debido a la nevada y la tormenta, distinguió la silueta de un navío… y un grupo de criaturas voladoras que se dirigía a tierra.

Tardaron pocos segundos en llegar: Al tiempo que Aitana recibía en combate a varios esqueletos, dos grifos enormes y fuertemente armados hicieron una pasada volando a baja altura, derribando a tanta criatura infernal o no muerta como pudieron; escuchó las inconfundibles detonaciones de los mosquetes que derribaron a docenas de enemigos.

Y una yegua aterrizó junto a Aitana y otros defensores, clavando las dagas gemelas que portaba en los cascos en el pecho de un demonio del fuego. Era una batpony de pelaje gris y crines blancas y rojas, y no llevaba indumentaria alguna salvo por un cinturón donde portaba varias pistolas y dagas. La yegua rió salvajemente cuando desgarró al engendro del Tártaro, y Aitana notó que no se parecía en absoluto a aquel salvajismo sediento que caracterizaba a Rise Love.

Esta sacó una pistola y disparó a bocajarro a un necrófago que había osado intentar atacarla.

—¡A ellos, mis valientes! —gritó, girándose hacia otros batponies que aterrizaban por doquier con la misma o aún mayor ansia de combate—. ¡Matadlos a todos!

Mientras todos los batponies cargaban entre salvajes gritos, Aitana distinguió la palabra "Capitana". Fue entonces cuando se fijó en la primera luz que aparecía sobre el mar, al sur de su posición, y las muchas naves que estaban posicionándose a lo largo de la costa.

—Pero qué zorra más oportuna —murmuró con una sonrisa.

Sobre el mar, docenas de cañones abrieron fuego en sucesión, pero Aitana no pudo ver los resultados de la salva.


Poison Mermaid bajó el catalejo para evitar quedar cegada cuando un centenar de proyectiles de "Infierno líquido" detonaron por toda la costa al sur de Trottingham. Tras unos segundos de disparos ininterrumpidos, la pegaso alzó su pata de madera.

Dos docenas de naves cesaron el fuego al poco.

Volvió a mirar por el catalejo, y a su alrededor todos guardaron silencio. Sabían que la almirante de Tortuga estaba calculando su siguiente movimiento… pero eso no detuvo a Fire Roar.

—Almirante, ¿quieres desembarcar? ¿Vamos a la costa? ¿Podemos, podemos? ¡Por favor, no dejes toda la diversión a Wrath!

—¡Por favor, querido! —replicó la elegante pegaso. Haciendo un aspaviento para apartar una crin de su rostro—. Sabemos que hay un lich en tierra, no voy a arriesgar vuestras vidas y cordura mientras tengamos munición —volvió a usar el catalejo, y confirmó que los huesos desperdigados por toda la costa se estaban moviendo para regenerar a los esqueletos—. Dirige el fuego a aquella zona —señaló— y llenad la ruta del sur de alquimia, que no pueda retirarse. Te dejo al cargo, sargento de artillería.

—¡Sí, almirante! —replicó Fire Roar antes de ponerse a repartir instrucciones.

A los pocos segundos, el bombardeo se reinició. Poison Mermaid observó esto desde el castillo de popa de "La Dama Venenosa". No era la "Sirena", pero apreciaba el gran número de cañones del navío que una vez perteneció a Appet y Bayhas.


Las patas delanteras de un gigantesco demonio del fuego fallaron cuando otro grupo de Guardias Solares clavaron y sajaron con sus armas allá donde pudieron. Los batponies cayeron sobre el demonio derribado, y los ciervos llamaron a Gaia para frenar a los pequeños engendros que intentaron acudir en ayuda de su señor.

Los ponis de la noche dejaron sus ballestas y se lanzaron todos al caótico combate en el que destacaban. Los lobos invernales, apoyados por una lluvia incesante de rayos y un viento que solo entorpecía a sus enemigos, cazaron a toda criatura infernal que se puso a su alcance. Y la Guardia Solar, muerto el gran demonio, volvió a formar y a avanzar como una única linea.

Pero todos sintieron cómo crecía la magia infernal. Los ponis de tierra clavaron escudos en el suelo y se agacharon, los batponies alzaron el vuelo, y los druidas volvieron a prepararse para llamar a Gaia. Baraz, que había retrocedido, se alzó y rugió mientras sus impíos poderes lo cubrían de llamas; los lobos invernales aullaron, la tormenta descargó toda su furia sobre el gran señor del Tártaro, pero en esta ocasión de nada sirvió. Preparado para el impacto eléctrico, Baraz a duras penas se inmutó mientras los rayos recorrían su ser hasta el suelo.

Shining Armor maldijo sin palabras por no poder usar su magia para defenderse, para defender a todos los soldados que confiaban en él. Tan solo pudo agacharse y rezar porque la unión con Gaia de los ciervos fuese suficiente para hacer frente al gran demonio, y notó como si la luz menguara levemente.

Porque, de hecho, una sombra había cubierto el campo de batalla.

Hubo gritos impresionados y advertencias que se adelantaron por unos meros instantes a un poderosísimo impacto que sacudió la tierra misma; frente a los escudos de la Guardia Solar, las deflagraciones de llamas marcaban todos los demonios que acababan de morir aplastados. Un enorme muro de escamas rojas se alzó frente a los ponis. Las llamas de baraz cubrieron a aquella gigantesca criatura que protegía a los mortales, pero esta no retrocedió. Pudieron escucharla rugir, un rugido grave y poderoso que retumbó con una presencia imponente en el campo de batalla. Pero no se trataba del rugido de un animal o de una llamada a la batalla:

Era el desafío de un rey.

Los que alzaron la vista para ver a aquella gigantesca criatura que los protegía ni siquiera percibieron rabia u odio en aquel poderoso rugido: Era una declamación, una presentación, una declaración de intenciones. Era el desafío del miembro de una raza que, si no había dominado el mundo entero, era porque ello no se hallaba entre sus intereses. Las llamas surgieron de las fauces del ser cuando este se encaró hacia Baraz y los elementales de Gaia cubrieron su cuerpo escamado.

Y algunos de los mortales presentes reconocieron como jamás habían hecho el verdadero significado de las palabras con las que llamaban a la fuerza y la fiereza de los hijos de Zmeu, el padre de los dragones.

Con un golpe de alas tan potente que su viento derribó a demonios, ponis y ciervos por igual, el gargantuesco dragón rojo se lanzó sobre Baraz. El dragón mordió al gran demonio cerca del cuello, pero tras unos segundos este lo tomó con las garras y lo lanzó violentamente al suelo, encarándose contra el único ser que realmente tenía alguna posibilidad de dañarlo.

Mientras todos los ejércitos volvían a lanzarse a la carga, eliminando a tanto demonio como podían para dar tiempo al dragón, muy pocos se percataron de que un diminuto dragoncito púrpura corría alejándose del combate.


El capitán Santoj, iluminado por las explosiones y las llamaradas alquímicas que cubrían la costa, avanzó arrastrándose sobre la nieve virgen, e hizo una indicación a los miembros de su tripulación para que lo siguieran. Subió un pequeño desnivel, desde donde vio que los esqueletos se seguían reformando. Observó un poco más, y notó que ya no estaban cargando hacia la ciudad: iban en dirección contraria.

Sigiloso como un lince, desapareció tras el desnivel y siguió la dirección de los no muertos, vigilando sus movimientos y triangulando la posición de su objetivo. Tras un pequeño bosque, ya alejado un centenar de metros de la costa, otra cebra le hizo una seña: Lo había encontrado.

Coordinados, sigilosos y letales, los tripulantes del Ritual Resonante se deslizaron entre la nieve y los árboles, tomando posiciones para abatir al enemigo. Se trataba de un poni o, al menos, una vez lo fue: Era un unicornio de pelaje negro, raído y podrido en algunas zonas. Sus crines eran blancas y, a pesar de que llevaba consigo la sutil antinaturalidad de no respirar, pudieron notar que el lich estaba nervioso.

Santoj hizo una señal y todos sacaron los mosquetes. Apuntaron durante unos segundos en los que cada vez más no-muertos llegaban para escoltar a su señor. Casi al unísono, todas las cebras amartillaron sus armas.

El retumbar de los disparos no dejó lugar para ningún otro sonido. Explosiones de polvo púrpura se produjeron sobre Dark Art, al tiempo que los proyectiles atravesaban su anatomía imparables y salpicaban la blanca nieve con un ícor enfermizo y granate. Santoj sacó una segunda pistola y se levantó junto a sus hombres para abrir fuego de nuevo… pero no fue necesario.

Los esqueletos en torno a Dark Art cayeron al suelo como pilas inertes de huesos. El frío innatural que había tomado toda la zona atenazando sus almas desapareció, y a través de Gaia Santoj supo, sin lugar a dudas, que ya no había espectros en las cercanías.

El lich cayó al suelo y su cuerpo empezó a deshacerse, como si pasaran un millón de años en un instante, hasta reducirlo a polvo.

Las doce cebras que acompañaban a Santoj miraron a su capitán, asustadas e inquietas. Este, finalmente, sentenció:

—Demasiado fácil esto ha sido. Me temo que algo nos hemos perdido.


Shining Armor desclavó su lanza de un demonio y, jadeante, dirigió la mirada hacia el victorioso rugido que había tomado el campo de batalla. El gran dragón, con múltiples heridas cubriendo de sangre su cuerpo escamado, rugió hacia el cielo mientras Baraz se consumía en un mar de llamas bajo sus garras.

Los lobos invernales aullaron, y saltaron sobre los demonios supervivientes mientras los rayos caían sobre los que huían. Los aliados de Gaia, detuvieron su avance y usaron su magia para ayudar a los muchísimos heridos, mientras los batponies acosaban sin cesar al enemigo que se retiraba.

Cuando Shining Armor miró al frente, entre los demonios, vio una criatura cuadrúpeda de pelaje rosado. La cabo Violet, la traidora, le devolvió la mirada. Las llamas danzaban a su alrededor junto a pequeñas rocas. El blanco unicornio alzó de nuevo el escudo y la lanza, temiendo que fuese a atacar… pero, finalmente, Violet dio media vuelta y galopó junto a sus aliados del Tártaro.

Tras unos segundos, el capitán de la Guardia Solar y príncipe regente del Imperio de Cristal se apoyó en su lanza y se permitió jadear profundamente, sin intentar controlar la adrenalina que ahora le hacía temblar como un niño asustado.

En la ciudad, nadie se atrevió a bajar las armas a pesar de que la magia que animaba a los muertos vivientes hubo desaparecido. Aitana se quedó quieta, viendo cómo los demonios se retiraban en desbandada.

—Aitana, ¿los seguimos?

La aludida replegó la espada y se sentó en el suelo, jadeando.

—No. Que se encarguen los piratas.

En respuesta, la capitana Wrath rugió una carcajada mientras se lanzaba a la caza junto a su tripulación.

Aquella victoria no vino acompañada por los vítores de los victoriosos. Tras días de asedio, los supervivientes se centraron tan solo en ayudar a los heridos y retomar posiciones, temerosos de que se produjera un nuevo ataque. Luna se aproximó a Moonlight Sonata, quien ya coordinaba a sus soldados para que siguieran hostigando al enemigo.

—General, nós debemos reunirnos con los líderes de todas las fuerzas que han acudido en nuestro auxilio.

—Inmediatamente, mi diosa.


NOTA DEL AUTOR:

En realidad escribo más rápido de lo que publico, así que tengo material adelantado. Pero lo estoy revisando muchísimo, y también eliminando algunos arcos argumentales que he decidido no aportan demasiado a la historia global.

Por si os sirve de inspiración, en mi mente hay un videoclip sobre esta batalla al ritmo de "Castle of Glass" de Linkin Park. Personalmente me encanta la escena de Luna mirando al halcón sin entender qué demonios está pasando realmente. Y me ha encantado volver a mostrar a los guerreros druida en toda su gloria.

Me ha... dolido dar a entender el pensamiento estratégico de Shining Armor. Poner en primera línea a los novatos tiene dos objetivos: que si el enemigo tiene alguna sorpresa, esta no dañe a los mejores guerreros, y que estos se enfrenten a la fuerzas enemigas una vez los novatos las han aflojado. En otra situación, Shining seguramente habría buscado minimizar bajas, pero aquí sabía que estas eran inevitables.

Debo decir que tenía en mente toda una trama para Cloudsdale: que si los pegasos se habían escondido, que si los ataques, que llegaba Rainbow y hacía de las suyas, que si un discurso épico, blah blah blah. Pero empecé a esquematizar la trama y... me di cuenta de que sobraba, y que estaba todo demasiado forzado. Al final se me ocurrió que lo que tenía más sentido es precisamente lo que ha hecho Spitfire: refugiarse, defenderse y observar hasta saber qué hacer. Las historias heroicas suelen reconocer al que se lanza al combate sin dudar, sin miedo, y demás... pero raramente al que tiene la sangre fría de frenar a todo el mundo y tomar la mejor decisión posible.

Creo que literalmente... faltan cuatro capítulos o así. Y luego unos epílogos bastante largos. En las próximas publicaciones me tocará demostrar cómo todas las piezas que han ido colocando en posición en esta saga ejecutan sus movimientos. Va a ser... interesante.

Gracias a todos por leerme, sois los mejores. ¡Un abrazo!