Llanuras al pie de la montaña de Canterlot
Frente este del asalto a la capital
El suelo se combó en afiladas estalagmitas que mataron a los demonios que fueron demasiado lentos como para esquivarlas, y forzó a los que los siguieron a esquivar las afiladas puntas. Aquellos que lo hicieron se encontraron asediados por una lluvia constante de proyectiles, para finalmente ser recibidos por una muralla de escudos y lanzas. Desde la vieja fortaleza, un único cañón fue disparado y su bala impactó con precisión en un gran demonio cuadrúpedo de cuernos curvos que cayó moribundo antes de alcanzar las líneas Ecuestres.
Shining Armor se percató rápidamente del movimiento entre las filas demoníacas: Los demonios más grandes se estaban desplazando a un lado de su propio ejército, hacia el sur. Lo hicieron a toda prisa, apartando a toda criatura inferior que se puso en su camino, causando que el ataque a las fuerzas aliadas perdiera gran parte de su ímpetu. Los soldados, en guardia, aprovecharon la pausa para comprobar la formación y sustituir a los soldados agotados o heridos por otros compañeros de la retaguardia.
Shining se percató entonces de que una gran masa de criaturas aparecía tras una colina lejana, y los colores verde y dorado destacaron entre sus filas. Cuando las primeras lineas fueron completamente visibles, docenas de criaturas voladoras, pegasos y grifos, tomaron los cielos sobre sus compañeros terrestres. Una polvareda se alzó tras las filas, y pronto pudo ver unas grandes criaturas corriendo en estampida.
—¡Germarenia! —gritó un soldado—. ¡Han venido con los bisontes!
El capitán de la guardia y príncipe regente del Imperio siguió observando cómo las fuerzas de la lejana ciudad amurallada tomaban posiciones ordenadamente. Puede que se tratase de una ciudad que no había conocido el conflicto en siglos, pero sus tradiciones militares se dejaban ver en cómo formaban, cómo desplegaban sus tropas aéreas, su forma de avanzar paso a paso mientras grupos de tiradores se adelantaban tanto por tierra como por aire para disparar sus armas al enemigo.
Pero la emoción de ver a un ejército amigo entre la desesperación desapareció del rostro de Shining Armor cuando vio que los bisontes no se detenían, separándose cada vez más de sus aliados, cargando a la batalla sin percatarse de su propio error; el ejército del Tártaro respondió con una caótica coordinación, retrocediendo allá donde se aproximaban los bisontes y abriendo su formación, dejándolos cargar y adentrarse entre sus filas.
—Maldita sea… ¡Llamad a…!
—¡Capitán, los lobos, mire!
No necesitó el catalejo para ver la sombra. Los lobos habían continuado acosando al enemigo sin cesar, cargando contra el flanco norte, llamando a la tormenta y retirándose continuamente. Pero ahora algo negro cubría la nieve, cortando la retirada a los lobos invernales: una sombra que se movía, que reptaba. En aquel preciso instante, como una bandada de pájaros infernales, cientos de diablillos alzaron el vuelo de entre las filas demoníacas. Como una ola de fuego, garras, alas y colmillos, se abalanzaron sobre los depredadores de las tierras salvajes.
El blanco unicornio bajó el catalejo y observó cómo Solnes estaba dirigiendo la linea principal de la batalla. Explosiones de fuego y piedra se desataban frente a las lineas poni, acabando con los demonios que llegaban sin cesar, los guardias solares vendiendo caro cada palmo de terreno que el Tártaro intentaba reclamar para sus oscuros señores.
—¡Capitán! ¿Llamamos a Cloudsdale? ¡No hay tiempo!
Los rayos cayeron entre la bandada de diablillos, y los aullidos de los lobos se tornaron desesperados, o eso creyó Shining; la tormenta tomó toda la zona donde los hermanos de la tormenta luchaban a la desesperada. Al sur, los demonios se desplegaron al tiempo que los Bisontes cargaban, preparados para engullirlos en un mar de garras, fuego y destrucción. Las filas Germarenias avanzaron rápidamente, intentando unirse a la carga de los bisontes sin posibilidad alguna de lograrlo. Jamás llegarían a tiempo. Mientras los demonios se avalanzaban desde todas direcciones sobre los guerreros del pueblo bisonte, grandes demonios galoparon hacia las filas Germarenias.
Shining Armor no alzó la voz cuando dio la instrucción, su rostro un muro de firme aceptación, y sus palabras simples y concisas.
—Llamad a Orlag.
Llanuras al pie de la montaña de Canterlot
Frente norte del ejército demoníaco.
Sweetie Grauj rodó por el suelo, las llamas que caían desde el cielo detonando en la nieve tras ella. Saltó a tiempo para atrapar a un demonio volador con sus cascos; mientras lo apuñalaba, la tormenta rugió nuevamente y un mar de rayos la rodearon a ella y a sus hermanos lobo.
Mientras el diablillo se consumía de regreso a su reino, los demonios voladores sobrepasaron a los lobos invernales. Por todo, los señores de la noche y el invierno trataban de luchar contra unos enemigos que no se dejaban atrapar. Los aullidos de los que estaban más atrás llamaban desesperadamente a la tormenta, intentando apoyar una cacería que se había tornado en su contra. Se giró cuando sintió un frío aterrador a su espalda, y vio la sombra surgir de la propia nieve, pero no se trataba de las fatas negras. Primero apreció un tentáculo negro surgiendo de aquella sombra viviente, y luego la informe criatura lo siguió; Grauj no pudo ver su rostro, pero sintió que la miraba con un hambre que jamás saciaría. Los aullidos de sus hermanos llegaron, y con ellos la tormenta descargó su ira sobre la criatura y la sombra de la que había surgido.
Algo cayó sobre Grauj y la derribó.
Sintió las garras ardientes del demonio arrancarle el pelaje; se revolvió, rodó por el suelo, y lo mordió en el cuello, buscando su traquea como tantas veces hiciera con otras presas. Pero el señor del fuego y la muerte alzó una garra llameante y la loba sin garras tuvo que soltarlo para evitar una muerte segura. Cuando el ser alzó de nuevo sus ardientes apéndices, rugiendo con su deforme rostro hacia Grauj, algo lo atrapó, lo alzó, lo sacudió como un muñeco de trapo y lo descartó violentamente. La loba sin garras se alzó, reconociendo el color y el olor del pelaje de su madre loba.
La vidente de los lobos invernales escudriñó la cacería, su ojo derecho brillando azul e imponente, y miró directamente hacia los ponis. La unión de Grauj con toda la manada le transmitió lo que la Vidente estaba pensando, y durante un instante sintió la consciencia colectiva de los lobos invernales centrarse en ella en su totalidad.
—¿Qué? No entiendo.
Varios lobos, los más ancianos, los más veteranos, los mejores cazadores, llegaron y rodearon a la vidente, a su hermana de camada, con la determinación de aquellos que habían aceptado su destino. Grauj comprendió y el pánico se apoderó de su rostro.
—¡No! ¡No otra vez, no! ¡No soy una lobezna, puedo defenderme!
La vidente, la líder de los lobos invernales, miró a su hija poni largamente. Gruñó, gruñó aquel sonido que hiciera cuando recibió a la única superviviente de Mountain Peak, aquel sonido que para Grauj siempre había significado "madre".
—¡No quiero perderte! ¡Otra vez no!
—Mi valiente loba sin garras, mi valiente hija. Ahora estás completa, estás preparada para asumir tus responsabilidades en la manada.
—¡Ya las tengo, soy aulladora!
—Ahora eres la líder que va a salvar a las manadas. Los ponis no pueden ayudarnos. Guía al resto de vuelta a nuestra tierra, nosotros os daremos tiempo.
—¡No!
Pero la gran loba blanca tan solo miró durante un instante más a su hija poni antes de girarse hacia los diablillos que se echaban sobre la manada. La vidente no aulló en aquella ocasión: la tormenta surgió sobre su pelaje, y se transmitió a todos aquellos que la acompañaban. A sus hermanos de camada, a sus protectores, a aquellos valientes cazadores que en dos ocasiones siguieron el rastro de las fatas negras montaña arriba para salvar a la hermana poni y a su hija.
El viento se desató contra los diablillos, y estos se lanzaron al suelo para no ser arrastrados con su ímpetu; un rayo trazó su camino sobre la nieve, rozando la crin de Grauj, y cayó directamente sobre la sombra que rodeaba a la manada.
La poni que una vez decidió ser loba invernal miró a su madre; el espíritu de la tormenta tomó los ojos y las fauces de la Vidente, rugiendo un desafío por aquella última batalla que libraría junto a la vidente de aquella generación de lobos invernales. Tras la imponente cazadora blanca, la tormenta atacó a todo diablillo que se acercaba demasiado; a la espalda de Grauj, los rayos cayeron sin cesar en la sombra, abriendo un camino a través del horror. El ojo derecho y azul de su madre se clavó en la loba sin garras, y el mar de emociones que era aquella loba que una vez supo ver más allá de lo evidente, aquella que supo hermanarse con una poni, amenazó con ahogarla con su ímpetu.
—Vete. Salva a todos los que puedas y cuida de las manadas.
Grauj dio media vuelta y galopó. Se desvió lo justo para quitar a un monstruo de encima a un hermano y ayudarlo a levantarse; un dolor que a duras penas recordaba se clavó en su alma como una daga helada, pero no se detuvo cuando otros hermanos jóvenes se unieron a su carrera. Por su mente pasó el recuerdo, casi olvidado, de su madre poni: su pelaje gris y sus cabellos dorados iluminados por una lámpara mientras galopaba hacia la oscuridad para darle a ella una oportunidad de vivir.
Sin cesar su carrera, Sweetie Grauj alzó la vista y su aullido, agudo, arrastró toda su despedida, su llanto y su súplica. Los supervivientes convergieron en ella, y la tormenta descargó su furia tras los lobos invernales que, derrotados, huían hacia el norte.
Llanuras al pie de la montaña de Canterlot
Frente sur del ejército demoníaco
—¡Tenemos que ayudarlos!
—¡No podemos!
Applejack se detuvo tras la linea que los guardias de Germarenia formaban; desde ahí pudo ver a los búfalos. Se habían personado en Appleloosa para unirse a la guerra contra el Tártaro.
Y frente a ella, el sabio pueblo del desierto estaba desapareciendo entre las filas demoníacas, engullido como una piedra en un mar de llamas y desesperación. Sobre ella, grifos y pegasos se adelantaron a las tropas de tierra y, sin detenerse ni alterar su formaciones, dispararon sus ballestas antes de regresar. Los demonios avanzaron hacia ellos, abriéndose en un gran abanico; grandes bestias cargaron de frente contra las lineas germarenias, mientras rápidos diablos rodeaban a ponis y grifos por ambos flancos. Los soldados retrocedieron, el pánico tomó sus rostros. Applejack cerró los ojos involuntariamente, y el rubí en forma de manzana Golden que colgaba de su cuello se iluminó intensamente; ni siquiera había visto llegar los ataques, pero varios proyectiles ígneos se desviaron antes de alcanzar sus objetivos. Los magos de la ciudad amurallada conjuraron sus defensas, dispararon hechizos explosivos a los grandes monstruos, quienes a duras penas frenaron su avance.
Un rugido llegó desde las alturas. Hubo gritos entre pegasos y grifos primero.
Una inmensa criatura escamada cayó junto al ejército de Germarenia; Orlag no usó su aliento ardiente contra los demonios, sino que aplastó con sus garras a cuantos se pusieron a su alcance y barrió a cuantos pudo con su cola. Los monstruos más grandes pronto se giraron hacia el gargantuesco dragón, quien respondió a su ataque con un rugido desafiante.
Applejack estaba a punto de disparar su arcabuz contra un diablillo cuando se giró como guiada por un sentido que desconocía. En el aire, volando entre pegasos, grifos y demonios alados, una luz dorada avanzaba. El combate a su alrededor parecía esquivarla, y a medida que la luz se acercaba, la yegua naranja distinguió la forma de unas alas de pegaso. Los proyectiles impíos, así como demonios y otras criaturas, pasaban volando a en torno a la aparición, algunos intentando alcanzarla sin éxito. Al ver a una criatura infernal voladora echarse sobre la pegaso, Applejack disparó su arma; durante un instante creyó haber fallado, pero el demonio fue proyectado hacia atrás un instante después, como si hubiese recibido un poderosísimo impacto.
—¡Fluttershy!
Cubierta por la dorada magia de su elemento de la armonía, la apacible pegaso recorrió la distancia que la separaba de su amiga y cayó pesadamente sobre ella, atrapándola en un abrazo. La dorada luz del elemento de la Bondad cubrió a ambas.
—¡Applejack! —sollozó—. ¡Estás bien!
—¡Azucarillo! —respondió la granjera, abrazándola también.
Cuando se separaron un momento después, Fluttershy miró directamente hacia la montaña de Canterlot.
—Tenemos que ir con las chicas.
—¿Cómo vamos a hacerlo? ¿Sabes dónde están?
—Puedo sentirlas. Están en Canterlot.
La granjera miró a su amiga del alma antes de girarse hacia un grifo cercano.
—¡Hey, soldado! ¡Ven aquí y ayúdanos!
Canterlot
Murallas exteriores de la capital
La sombra de algo inmenso se recortó sobre las nubes que cubrían la capital Equestre pocos segundos después de que Luna atravesara la puerta de la muralla. Siguiendo el plan, la Guardia Solar, apoyada por la resistencia de Manehattan, había tomado la avenida principal, mientras que los batponies de Hollow Shades se repartieron por las calles secundarias. El ruido del fuego, la sangre, el metal, el horror y la determinación se extendieron rápidamente por toda la ciudad.
La densa capa de nubes se combó mientras algo las atravesaba; primero apareció el casco de madera de una nave, y sobre el mismo, el gigantesco globo de un dirigible. Desde el suelo, Luna pudo apreciar cómo varios pegasos volaban en torno al mismo, empujándolo con sus cuerpos y el viento de sus alas. Pronto, desde las torres más altas de la ciudad y del castillo, impíos hechizos fueron lanzados contra la gran nave; esta respondió maniobrando hábilmente, apuntando su flanco de estribor hacia la ciudad. Breves barreras mágicas aparecieron protegiendo la nave, deteniendo la mayor parte de hechizos que llegaron a hacer blanco. Aún así, llamas rojas y negras lamieron el casco, y desde tierra Luna pudo escuchar gritos de la tripulación.
Una bandera negra, enarbolando el emblema blanco de una sirena de cola mutilada, fue izada desafiante, sobresaliendo desde la popa. Uno a uno, los cañones dispararon: No fue una salva concentrada, sino ataques calculados y precisos. Con cada detonación, una torre de la ciudad recibía un fortísimo impacto; con cada disparo, una torre se derrumbó entre una lluvia de escombros; con el rugir de cada cañón, los hechizos infernales que atacaban a toda criatura voladora fueron muriendo hasta prácticamente desaparecer.
Cuando la última torre había sido inutilizada, todo quedó en silencio a oídos de la princesa Luna. El sonido del combate se había alejado por la ciudad, mientras sus fieles guerreros avanzaban hacia palacio.
Luna miró al frente.
—Dama Bright —llamó, y al momento la unicornio adolescente y su hermana Sunny galoparon a su lado—. Estad preparada.
—Sí, princesa.
Luna voló sobre los edificios hasta que pudo ver claramente los tejados de toda la ciudad extendiéndose frente a ella hasta el palacio. Pudo ver cómo la Guardia Solar avanzaba poco a poco, acabando con todo demonios que encontraba; también apreció cómo algunos batponis volaban brevemente sobre calles secundarias, librando combates que ella no podía ver desde aquella posición. Sabía que el pueblo de la noche era muy poderoso en espacios cerrados y en combates caóticos, por lo que no temió por ellos.
Sintió la presencia demoníaca a su espalda, en el suelo; negras criaturas tentaculares aparecieron en toda esquina donde la luz fuera levemente más tenue. Al momento, batponies que habían quedado en la retaguardia cayeron sobre los demonios de la Tortura, acabando con ellos antes de que pudieran desplegar sus oscuros poderes.
Luna siguió estudiando los alrededores… hasta que lo sintió. La creciente presencia de la magia de Sombra, que tan bien conocía, tomándolo todo. Fue entonces cuando vio el movimiento surgir del palacio, y cómo criaturas negras como la noche surgían del mismo hacia los cielos.
—¡Ahora!
Bright conjuró un brillante proyectil blanco que surcó los cielos hasta atravesar la capa de nubes. Sobre las mismas se produjo una leve detonación blanca.
Canterlot
Cubierta de "La Sirena volante"
—¡Alto el fuego!
La orden se repartió por el dirigible, y los pocos cañones con los que contaban fueron preparados para disparar a la siguiente orden. Nadie dijo ninguna palabra, y el silencio solo fue roto por el aleteo de pegasos y grifos que mantenían estable la embarcación.
El silencio era agobiante. Los marineros, a bordo de un navío, lo asociaban a la calma chicha que condenaba tripulaciones enteras a la muerte por hambre y sed. Y el terror del Tártaro seguía clavado en sus almas, por más que ya se hubieran acostumbrado.
Fire Roar se acercó a Poison, quien había sacado un catalejo y miraba hacia el Palacio.
—Almirante, ¿qué ocurre?
—Permaneced alerta. Esto no puede haber acabado todavía.
Poison movió el catalejo rápidamente cuando vio alto: unas criaturas que surgían del palacio. Eran negras, largas, delgadas y volaban sin tener alas. Lo que al principio a duras penas eran diez o veinte criaturas, pronto manifestó la gran trampa de Sombra, la fuerza que había ocultado. Tal era el número de aquellos negros demonios que pronto rivalizaron con el blanco impoluto del palacio de Canterlot; tras las criaturas, la luz murió, y la sombra cubrió la ciudad bajo las mismas. Todas ellas tomaron los cielos, y muchas se lanzaron hacia las calles donde los ponis luchaban.
Una saeta mágica blanca fue disparada desde algún punto en tierra, atravesó en vertical la capa de nubes y detonó con una pequeña explosión blanca.
—¡Zafarrancho de combate, mis valientes! ¡Bombas de metralla a estribor y babor! ¡Preparados para maniobrar!
Los tripulantes de la Sirena Volante, como habían bautizado a aquel barco de recreo reconvertido a toda prisa, recargaron los cañones y prepararon los mosquetes. A una señal de Poison Mermaid, la nave maniobró y avanzó hacia la ciudad, pero a una nueva instrucción la nave viró, mostrando sus cañones de estribor a las criaturas.
—¡Unicornios, repeled a esos bichos, que no toquen mi nave! Vamos a estar en el centro de la batalla, y espero que no me hagáis quedar como una capitana incompetente.
Los demonios de sombra ya ocupaban todo el campo de visión, y se acercaban. Tal era su número que, en el centro, la luz menguó hasta desaparecer completamente. Pero no tardaron en salir de su error: En el centro de aquel ejército negro e infernal, una oscura nube se alzaba. Superó la altura de las torres más altas, e hizo acto de presencia entre las criaturas que le servían. La nube, con tonos grises y negros, tomó la forma de una colosal cabeza de unicornio coronada con una corona deforme y afilada, y sus ojos brillaron rojos como esferas incandescentes.
Algunos tripulantes retrocedieron ante la visión. Fire Roar permaneció junto a Poison.
La pegaso añil avanzó por la cubierta, su pata de madera sonando a cada acelerado paso, y saltó sobre la barandilla, agarrándose a un cabo para ver mejor el fenómeno. El gigantesco poni de sombras y llamas, como surgido del peor de los infiernos, clavó su mirada en la Sirena Volante. Y, por un instante, Poison Mermaid tuvo la certeza de que el Rey Sombra la estaba mirando a ella.
—¡Hola, querido! —declamó con gesto teatral—. ¡Soy la profecía que tú mismo has desatado! Me temo que perdí la invitación a tu fiesta. ¡Pero no desesperes, pues he venido en buena compañía!
Subrayó aquella última frase señalando a sus valientes, quienes rugieron desafíos y todo tipo de obscenidades hacia el Rey Sombra. La inmensa cabeza de sombras que había cubierto la ciudad giró levemente, enfocando su mirada en aquella pegaso que la desafiaba.
—¿Ese es el rey ese chungo que te tiene miedo? —Fire Roar rió, acabando la carcajada escupiendo al suelo—. No parece para tanto.
—Es para tanto.
Súbitamente, un haz de luz del sol se coló entre las nubes, y rápidamente creció en tamaño. En el cielo, un gran agujero había sido abierto en la densa capa de nubes que había cubierto casi toda Equestria, y un grupo de pegasos lo hacía crecer a ojos vista. En otros puntos, nuevos huecos desde los que podía verse el cielo azul fueron abiertos, dejando pasar el sol de Celestia.
Por el claro más grande, cinco pegasos se lanzaron en picado, dejando tras de sí estelas de humo blanco. Excepto una sexta figura, una yegua, cuya estela multicolor se formó a medida que ganaba velocidad.
—Y nosotros también. ¡Preparados para disparar! ¡Enseñadles cómo hacemos las cosas en Tortuga!
Canterlot
Avenida principal
Asunrix alzó la mirada al cielo cuando se percató de que grandes haces de luz estaban tomando la ciudad. Allá donde mirara, las nubes se estaban echando a un lado formando grandes claros. Por el más grande de los mismos pudo reconocer criaturas voladoras, pegasos, lanzándose en picado hacia el enemigo. Tras un grupo que volaba en formación dejando una ancha estela de humo negro a su paso, una estela multicolor anunció la llegada del elemento de la Lealtad.
Pero entonces la sombra se echó sobre los druidas, guardias solares y miembros de la resistencia que avanzaban hacia el palacio. Cientos de criaturas surgieron sobre la ciudad, cubriendo el cielo como una gigantesca ola de alas, garras y oscuridad. Fue entonces cuando volvieron a sonar las detonaciones de los cañones. Momentos después, explosiones se produjeron dentro de la nube que formaban los demonios; la Sirena Volante surgió a la vista de Asunrix, viró sobre sí misma rápidamente, y disparó los cañones de estribor con idéntico resultado. Aún con la pérdida, sin duda, de cientos de sus camaradas, los demonios volaron directamente hacia el navío, dejando atrás al Rey Sombra que, en su monstruoso aspecto de una cabeza fusionada con una nube negra, clavó su mirada en los guardias que recorrían la avenida.
—¡Dispersión! —ordenó Asunrix—. ¡A las calles!
Cuando la descarga mágica cayó allá donde habrían estado, el cohesionado equipo ya se había disgregado, evitando todo daño. Con un rugido que sonó por toda la ciudad, Sombra centró su mirada en el navío volador que le hacía frente; los piratas disparaban sus mosquetes sin cesar, y las barreras de los magos de la tripulación frenaron a casi todos los demonios que intentaron tomarlo al asalto.
La estela multicolor voló frente al Rey Sombra y a través de los demonios voladores. Una explosión multicolor se produjo, apartando al ejército demoníaco y obligando a Sombra a retroceder. Los fusiles de la Sirena Volante abrieron fuego, al mismo tiempo que los pegasos de Cloudsdale caían desde las nubes sobre el enemigo.
Canterlot
Zona norte
Oculta en una casa, Aitana miró a través de la ventana hacia el barrio norte de la ciudad. Tras ella, Golden Sheaf, vestida con trozos de armadura como una miembro más de la resistencia, aguardaba. Los ruidos de la batalla llegaban hasta ellas inconfundibles, y los rayos del sol les habían indicado la llegada de Cloudsdale.
Pero, desde su posición, tan solo pudieron apreciar como si una sombra se echara sobre la ciudad. Pronto Aitana apreció a pegasos volando en formación y chocando contra criaturas negras que volaban; tras unos segundos, pudo ver a un pegaso caer en la calle frente a la ventana, con una de esas criaturas atrapándolo. Era un demonio bípedo, largo y delgado, de grandes garras de cuatro dedos y ojos grandes y plateados. El pegaso, atrapado, se revolvió contra el demonio, pero pronto dejó de luchar a medida que su mirada perdía color.
El restallar de una ballesta fue coreado por el grito chirriante del demonio, que se derrumbó con un virote clavado en el costado. El pegaso, ya libre, parpadeó un par de veces confundido.
—¡Son dominadores, demonios menores! —gritó Aitana, recargando la ballesta—. ¡Luchad juntos y no dejéis que os atrapen!
—¡De acuerdo!
Mientras el aludido alzaba el vuelo, Aitana volvió a cerrar la ventana y a vigilar.
—Vamos, Hope, ¿a qué estoy esperando?
Llanuras al pie de la montaña de Canterlot
En el valle, Orlag ignoró a los pequeños demonios que se colaban entre sus patas y se encaró hacia las grandes criaturas que iban hacia él. Un demonio cuadrúpedo de grandes cuernos cargó y Orlag lo evitó; el siguiente, un gran ser con muchas garras, fue derribado y, con sus garras, el dragón le aplastó el cuello. Otro demonio llegó, obligándolo a defenderse de sus garras ígneas e infernales.
Cuando vio el rostro aguileño de Baraz, a duras penas tuvo tiempo de despachar al otro ser para enfrentarse al señor de aquel ejército.
El rugido de Orlag llegó hasta la construcción desde donde Shining Armor controlaba la batalla. Incapaz de hacer nada por evitarlo, fue testigo de cómo Orlag perdía la ventaja, asediado por una cantidad cada vez mayor de grandes demonios. Entre ellos, el propio Baraz se estaba enfrentando al gran dragón rojo.
—Ordenad a Orlag que se retire.
—Pero señor, Germarenia…
El capitán Armor miró al pegaso que cuestionaba su orden.
—Ordenadle que se retire. Ahora.
—Sí, señor.
—¡Es tarde!
El rugido de dolor llegó a Shining antes de que pudiera ver qué había ocurrido. El dragón había caído, Baraz y otros grandes demonios rodeándolo, y desde aquella posición Shining Armor solo podía ver ocasionalmente las garras de Orlag al intentar defenderse, y sangre. Mucha sangre.
A una orden del blanco unicornio, los piratas de Tortuga ajustaron los cañones y abrieron fuego contra Baraz, pero la distancia era larga y no lograron causar suficiente daño. El ejército demoníaco chocó contra las filas de Germarenia, superándolas por los flancos y rodeándolas rápidamente. En torno a Shining Armor hubo un tenso silencio. Este miró al frente de la Guardia Solar, totalmente trabado en combate e incapaz de avanzar. Los grandes demonios, en la distancia, avanzaron a través de los soldados de Germarenia.
—¡Tocad repliegue, a la entrada de la carretera! ¡Alto el fuego, guardad munición para Baraz! ¡Quiero tantas líneas como sea posible!
La trompeta fue tocada, y las fuerzas de Equestria y Cérvidas retrocedieron coordinadas. A medida que la llanura convergía, como un embudo, en la carretera que ascendía hacia Canterlot, la linea de batalla se estrechó, y los guardias solares y druidas aumentaron la profundidad de la formación. Cuanto más pequeña fuera la linea de combate, menos espacio tendrían los demonios más grandes para cargar; cuanto más profunda la formación, más fácil sería rodearlos y matarlos una vez superaran la primera linea.
—Capitán, ¿cuánto tiempo necesitan para matar al rey Sombra?
Shining Armor observó al soldado de tierra que le preguntaba eso, el miedo de su voz eclipsado bajo una férrea disciplina militar.
—Tanto como podamos darles.
No dijo nada más. El soldado se cuadró frente a su capitán y, acompañado por otros que estaban en la construcción con él, bajaron para unirse al combate.
En la distancia, el último estandarte del grifo y el poni rampantes fue derribado bajo una marea de garras, fuego, horror y muerte.
Canterlot
Luna alzó el vuelo mientras la batalla se desataba sobre la capital Equestre. Miles de pegasos habían descendido desde las nubes, volando en formación y chocando violentamente contra aquellos demonios voladores; un tornado empezó a formarse, controlado por equipos de pegasos que volaban a toda velocidad en círculos, dirigiendo su trayectoria y atrapando en sus fuertes vientos a todo demonio que cayera en el vórtice. La detonación multicolor de un arcoíris sónico se produjo frente al Rey Sombra quien, aún en su monstruosa y gigantesca forma de nube negra, retrocedió y gritó ante el impacto. Rainbow Dash continuó la trayectoria, dejando una estela arcoíris a su paso, y empezó a maniobrar para repetir la jugada.
En las avenidas, demonios del fuego volvían a avanzar. El Rey Sombra aprovechaba cualquier oportunidad para atacar a las fuerzas dirigidas por el druida Asunrix, y estas se veían incapaces de volver a formar para seguir avanzando hacia el palacio. La Sirena Volante se había convertido en el centro del asalto aéreo poni, y pronto sus barreras mágicas empezaron a fallar; desde su posición, Luna a duras penas pudo ver cómo los tripulantes hacían frente al Tártaro cuerpo a cuerpo, mientras un grupo de pegasos saltaba sobre la cubierta para ayudarlos.
—¡Princesa! ¡Princesa Luna!
La aludida vio a un pegaso cincuentón, de pelaje oscuro y crines canosas, que voló rápida y torpemente hacia ella.
—¡Princesa, soy el profesor Trottinghoof! ¡Vengo de parte de Twilight Sparkle!
—¿Twilight? ¿Está aquí? ¡Contadnos, rápido!
—¡Hemos preparado un ritual que puede liberar la magia de los unicornios!
El profesor señaló hacia la zona norte de la ciudad. La cúpula de una de las torres de astronomía había empezado a abrirse en grandes pétalos con forma de espiral.
—¿Qué necesitáis?
—¡Tiempo! —respondió Trottinghoof—. Va a necesitar varios minutos, cuando empiece Sombra se dará cuenta.
Varios pegasos que rodeaban a la princesa la miraron, aguardando instrucciones.
—Que todas las fuerzas converjan en el barrio norte. Pegasos, rodeen y protejan esa torre; batponies, tomad las calles colindantes; todos los demás, evitad el avance del enemigo. ¡Protejan a Twilight Sparkle!
La orden fue rápidamente repetida por pegasos por todo el campo de batalla. La Sirena Volante retrocedió, situándose a bastante altura frente a la torre, mientras sus tripulantes disparaban sin cesar contra los demonios. Formaciones de pegasos volaron en torno a la torre, interceptando a todo oscuro ser que trató de llegar a la misma, y una nueva explosión multicolor se formó frente al Rey Sombra, pero esta vez él no retrocedió.
Cuando la cúpula estaba medio abierta, una semiesfera de energía púrpura se formó entorno a la misma. A medida que la luz entraba y se revelaba su interior, se pudo ver a dos yeguas unicornio que recorrían todo el linde de la plataforma donde estaban, conjurando sin cesar sus hechizos protectores. En el centro de aquel observatorio, ahora descubierto, Moon Dancer recorría atentamente un círculo tallado en la piedra del suelo, mientras una alicornio observaba la batalla que estaba revelándose ante sus ojos.
—¡Twilight, está listo! —gritó Moon Dancer, ajustándose las gafas nerviosamente—. No creo que falte nada.
—Trixie, Starlight, tendréis que iniciar el ritual.
Las dos aludidas terminaron de conjurar sus defensas y tomaron posiciones opuestas en el círculo rúnico; este era complejo como ninguna de ellas había imaginado jamás, combinando pictogramas ciervo, runas lobas, runas arcanas, invocaciones a los dioses e incluso palabras en la escritura cuneiforme de los Camelii. Literalmente, las inscripciones llamaban a todo tipo de magia antigua conocida. Trixie observó el círculo con aprensión y clavó la mirada en Starlight.
—Starlight… no sé si podré.
—Podrás —respondió la talentosa maga lavanda—. Solo dirige tu magia al círculo y, cuando me sientas, sígueme. Lo harás bien.
La maga de espectáculo asintió sin decir nada más. Ambas cerraron los ojos y sus cuernos se iluminaron; al poco, este brillo se transmitió a las runas como el agua recorriendo un intrincado canal. La luz empezó a crecer entre las cuatro yeguas, hasta que, súbitamente, Moon Dancer sintió que algo le caía en la frente, y cerró los ojos al tiempo que los negros cristales se desprendían de su cuerno.
Twilight Sparkle observó el fenómeno mientras la magia acudía a la llamada de Moon Dancer y se unía al ritual; la alicornio notó cómo su pelaje se erizaba y una conocida sensación tomaba la base de su cuerno, pero no se relajó. Aquello solo era el principio, y no tendrían otra oportunidad.
—Titanes creadores que os opusisteis al Caos Primordial, yo os invoco. Traed hoy la rectitud, la armonía y el amor que han abandonado este mundo. Madre Gaia, ayúdanos a proteger tu equilibrio, ayúdanos a defenderte —invocó después en el idioma de los ciervos—. Sabios ancestrales, concedednos vuestro favor para combatir al demonio una vez más —continuó, hablando en lobo.
Los cristales negros resbalaron sobre la crin y el rostro de Twilight, y esta se alzó sobre dos patas mientras un resplandor blanco empezaba a tomar todo su cuerpo. Frente a ella, Starlight Glimmer, Trixie Lullamoon y Moon Dancer habían empezado a levitar a pocos centímetros del suelo, sus ojos tomados por la magia y sus voces repitiendo las invocaciones que hacía Twilight. Y esta avanzó hasta situarse a la cabeza de las inscripciones geométricas; habló sin alzar la voz, como si susurrara a un compañero del alma, y la magia tomó el lugar con cada vez más fuerza, concentrándose en el centro del círculo como un punto cada vez más brillante.
—A vosotras, almas condenadas por el Tártaro y la nigromancia, os llamo. A vosotros, elementales del fuego, del agua, del viento y la tierra, os invoco. Prestadme hoy vuestra magiapara expulsar a la sombra. ¡Prestadnos vuestra voluntad para devolver a la bestia al abismo!
Un potente haz de luz recorrió el interior del círculo entre las tres unicornios para, finalmente, concentrarse en un rayo mágico que se proyectó directamente sobre el cuerno de Twilight. La magia cubrió sus ojos mientras la alicornio, la portadora de la magia, recitaba una invocación en idiomas olvidados, al tiempo que levitaba.
A varios kilómetros de distancia, los lobos invernales detuvieron su marcha al sentir la presencia de una vidente de los ponis. Sweetie Grauj dirigió su vista a Canterlot, y la tormenta aguardó su decisión. El viento enfrío los surcos de las lágrimas en su rostro cuando alzó el hocico y emitió un largo, agudo y dulce aullido. Sus hermanos la acompañaron.
Los druidas de Lutnia sintieron cómo Gaia era invocada en otro lugar del mundo. Los árboles se sacudieron, los animales guardaron silencio, la hierba brilló en un potente tono azulado.
En las tierras donde una vez habitaran los extintos Camelii, un viajero atravesaba unas ruinas. Notó un temblor bajo sus patas, y fue cuando vio que los pictogramas de aquella ancestral raza empezaban a brillar, y él mismo escuchó una voz que no supo traducir. Guiado por una voluntad que no entendía, se arrodilló y rezó a los dioses que conocía.
Los lobos del desierto, habitantes de Taichnitlán, salieron al mismo tiempo al exterior, mirando hacia el norte. Grandes comerciantes dieron órdenes a sus esclavos, quienes entraron en sus mansiones y surgieron portando grandes cofres de gemas. Sin decir nada, sin saber por qué lo hacían, los lobos tomaron aquellas gemas imbuidas de magia y las aplastaron en sus garras, liberando su poder al aire. Un lobo, un trabajador del puerto, abrazó a sus hijos y a su esposa, recordando a la yegua roja de crines negras que una vez lo salvara. La familia rezó. Muchas familias lo hicieron.
En el Imperio de Cristal, aquellos que no habían acudido al combate vieron cómo sus pelajes empezaban a brillar. Y, por primera vez, sintieron la misma conexión que compartían extenderse hacia ponis que jamás la habían experimentado: Ponis de tierra, unicornios, pegasos.
En todo el mundo, las hogueras menguaron, los mares embravecidos guardaron reposo, el viento sopló misericordioso y la tierra observó. En todo el mundo, magos de todas las razas sintieron la llamada de la magia, y alzaron sus patas y garras para unirse a ella. Los sacerdotes sintieron que, por primera vez en eones, los dioses, los titanes, habían posado su mirada en el mundo.
En la torre de astronomía de Canterlot, allá donde las voluntades de seres vivos, elementales, espíritus, dioses y ancestros se había posado, Twilight Sparkle alzó la voz a medida que el poder combinado de la magia del mundo convergía sobre el círculo ritual y sobre ella misma.
—A vosotras, almas condenadas por el Tártaro y la nigromancia, os llamo. A vosotros, elementales del fuego, del agua, del viento y la tierra, os invoco. Prestadme hoy vuestra magia para expulsar a la sombra. ¡Prestadnos vuestra voluntad para devolver a la bestia al abismo! ¡Escuchadme, titanes, y dadme vuestra bendición para acabar con el mal!
La luz concentrada del círculo estalló en una detonación de rayos y llamas; potentes haces de luz recorrieron los patrones geométricos del ritual, impactando contra las tres magas que lo estaban invocando. Trixie, Starlight y Moon Dancer estaban ya en trance, levitando y evocando hechizos cuyas palabras ellas mismas no comprendían. Los haces de luz convergieron en el centro del círculo, hasta que uno de ellos se proyectó directamente sobre el cuerno de Twilight Sparkle. La tormenta rugió, los truenos acompañaron sus palabras, y la alicornio levitó entre un campo de luz y furia elemental. Sus ojos se tornaron blancos por la magia que recorría cada fibra de su ser; la alicornio de la amistad, la portadora del elemento de la Magia, empezó a recitar su invocación en idiomas ya olvidados.
En torno a la torre, cientos de pegasos, ponis de tierra, batponies y unicornios lucharon con furia contra el Tártaro, entregando sus vidas por dar el tiempo que requería aquel ritual.
NOTA DEL AUTOR:
Normalmente no me gusta usar etiquetas con los lugares, pero aquí lo he visto necesario para organizar la acción. Son demasiados personajes y situaciones ocurriendo en varios puntos al mismo tiempo.
Todavía falta bastante. Pero espero que lo estéis disfrutando :)
Gracias a todos por leerme y por vuestras reseñas, y gracias a Pandora Lawliett por confiarme a Poison Mermaid para mi historia.
Respuestas a reseñas:
UnIngenieroMas2:
Lo lamento de verdad. Lo cierto es que en el esquema que llevaba de esta historia, esa muerte no estaba contemplada. Pero cuando llegué a la escena, y me puse a sacar todo lo que había preparado Sombra... vi que no había otra forma, y que encima añadía muchísimo peso al horror al que se enfrentan los ponis.
