Una yegua salió arrastrándose de los escombros de la torre de astronomía de Canterlot. Se sacudió el polvo del pelaje y revisó una bolsa que llevaba colgando de la boca: solo había encontrado unas pocas gemas con algo de valor y, más importante, un pequeño bote de frutas deshidratadas. Habían pasado seis días desde el fin de la guerra y los víveres escaseaban.
Se dirigió al exterior de Canterlot, donde se habían instalado tiendas de campaña y refugios improvisados para acomodar a casi todos los habitantes de la capital. Muchos edificios estaban impracticables, y otros todavía debían ser limpiados de los restos que dejaran los demonios. Demasiados inocentes habían muerto, o habían sido abandonados a su suerte encadenados y malheridos por las torturas del Tártaro y, desgraciadamente, el rescate no había llegado a tiempo. Además, muchos demonios seguían escondidos por la ciudad, por lo que permanecer en la misma era peligroso.
Ambas guardias, tanto la lunar como la solar, habían sufrido muchas bajas, por lo que los pocos efectivos se centraban en el palacio y en proteger a los ciudadanos en aquel improvisado campamento. Ya habían advertido que quien fuera a la ciudad lo debía hacer bajo su cuenta y riesgo, ya que no tenían efectivos para asegurar su protección.
Cuando pasaba junto a un edificio antes de unirse a la avenida principal, sintió un movimiento en la oscuridad y, en un terrorífico instante, sintió de nuevo la magia del Tártaro atenazándole el alma. Gritó y saltó a un lado justo a tiempo para evitar la garra insustancial de un demonio de la dominación; el ser, bípedo, alargado y volador salió tras ella, rugiendo de una forma que solo lo oía en la mente.
Hubo un disparo y la criatura cayó al suelo, solo para ser inmediatamente rematada por una gran lanza. La yegua siguió el arma y temió más a quien la había salvado que al demonio: se trataba de un ser bípedo, peludo, con garras prensiles que asían con fuerza la lanza. La desclavó del suelo y miró fijamente a la poni con los ojos de un cazador, mostrando que tenía colmillos por dientes. Habló con fuerza, en un idioma que la yegua no entendió.
—Nahn murtaziqati. Ayin qayiduk? —al ver que la poni retrocedía aterrada, hizo un aspaviento y se giró hacia otro lobo del desierto—. Kunt 'atahadath mieaha!
El que se acercó, aunque también era un depredador y, por tanto, aterraba a la poni, era más pequeño y hablaba en un tono algo más conciliador.
—Disculpa, mi amigo no habla poni —dijo con un fuerte acento—. Somos mercenarios, cazamos demonios. ¿Con quién podemos hablar?
—Con… la guardia solar. Id al castillo —murmuró ella, señalando al palacio.
—Muchas gracias, señorita poni.
La yegua, aún temblorosa, observó cómo dos docenas de lobos del desierto, armados hasta los dientes y vistiendo armaduras de pieles, marchaban hacia palacio.
El palacio de Canterlot había quedado inservible en su mayor parte: si no estaba ya derruido, el riesgo de derrumbe era tal que era imposible entrar en las dependencias reales sin peligro. Por ello, el ala sur del mismo se había habilitado como nuevo centro de gobierno.
Twilight Sparkle estiró las alas y las patas y volvió a sentarse en el diván. La sala era pequeña, al menos para los estándares de un palacio real, y la enorme mesa que la ocupaba daba un aspecto aún más angosto a la estancia. Sentada frente a ella, la princesa Luna parecía igualmente agotada. Multitud de papeles se repartían sobre la superficie de la mesa, así como varias teteras vacías.
A los dos lados de la mesa, estaban también Asunrix, Solnes, Aitana Pones y Hope Spell. Todos estaban agotados, como si llevaran horas debatiendo.
—¿Debemos mantener el secreto?
—Así lo creemos, maestro de la guerra —respondió Luna, dirigiéndose a Solnes—. Mi hermana temía que el conocimiento de la caída de Imperator Stellarum llevara a los pequeños ponis a usar artes demoníacas para contactar con él, o invocarlo. Temor que nós compartimos.
—No podemos volver a estar desinformados, joder, ¿es que no lo veis? —atajó Aitana—. ¡El no saber a qué nos enfrentábamos nos ha llevado a esto! De haberlo sabido, Imperator no habría regresado tan fácilmente al mundo.
—Por favor, acostumbrémoslo a llamarlo "Sombra" —intercedió Twilight antes de añadir su punto de vista—. ¿Cómo crees que reaccionará el mundo si sabe que uno de los titanes quiere devorarlo? Podría haber pánico.
—Yo opino como la maestra Arqueóloga: debemos compartir lo que hemos aprendido. Esto podría repetirse en cualquier país. El mundo debe saber.
—¡Gracias, Asunrix! —exclamó Aitana—. ¡Llevo toda la vida diciéndolo!
—Podemos… encontrar un término medio.
Todos miraron a Hope Spell. El joven cazador de demonios había permanecido relativamente callado, en comparación con el intenso debate que se había mantenido por momentos.
—Veo ambas posturas: Ocultar la información para reducir la posibilidad de que nadie intente invocar a Sombra, o compartirla para que todos sepan mejor a qué nos hemos enfrentado. No creo que haya una respuesta correcta. Sin embargo hoy día todo el mundo sabe de la existencia de los demonios, de la magia negra y la nigromancia, y eso creo que es positivo.
El semental verde se levantó. En parte, debido al agotamiento de llevar tantas horas ahí, en parte para dar peso a sus palabras.
—Hace quinientos años Celestia ordenó a las órdenes de cazadores de demonios deshacerse, y ese fue un error que vamos a enmendar. Propongo la creación de una orden dedicada a detectar las artes prohibidas de la magia, a encontrar signos tempranos de presencia demoníaca y a ponerle fin rápidamente. Debe ser una orden capaz de moverse por todo el mundo sin llamar la atención, que no esté atada por gobiernos o leyes, que acabe con las amenazas del Tártaro y otras artes prohibidas antes de que el mundo sea consciente de que han llegado a estar en peligro. Y dentro de esta orden, solo unos pocos miembros selectos serán conocedores de la realidad de los titanes. Creo que esa es nuestra mejor baza para el futuro.
—Creo que el maestro de la magia blanca tiene razón —asintió Solnes—. Si hubiese existido algo así, la maestra arqueóloga no habría tenido que cargar en secreto con el espíritu de Kolnarg durante años. Yo mismo llevaré la propuesta al consejo de sabios de Cérvidas, si así lo acordamos.
Tanto Aitana como Asunrix confirmaron que estaban de acuerdo con la idea. Twilight Sparkle y Luna se miraron y asintieron en silencio.
—Así sea, pues. Hay que informar al resto de esta decisión.
Una hora después, Hope Spell y Aitana salieron, por fin, del palacio de Canterlot. Asunrix y Solnes partieron también rumbo a Trottingham, donde les esperaban los navíos de Cérvidas para regresar a Lutnia. Los dos ponis iban a acompañarlos parte del camino, pero Aitana detuvo a su compañero.
—Hope…
En la entrada de los jardines reales, junto a una fuente que, antaño, proyectara un precioso arco de agua, un semental aguardaba. Estaba algo entrado en carnes, como siempre, y se giró hacia el semental verde. Aitana se alejó junto a los dos ciervos para dejarles intimidad.
—Papá…
Pero Silver Lay no le dejó acabar. Se acercó y lo abrazó efusivamente.
—¿Y mamá?
El semental se separó de su hijo y negó, apenado, con la cabeza.
—No lo consiguió.
—No…
—Hope, no llores. De no ser por vosotros, por todos los que habéis luchado, ni yo ni tus hermanas habríamos sobrevivido. Solo quiero que sepas que entiendo que nos alejaste para protegernos. Ocurra lo que ocurra, e incluso si no volvemos a vernos, recuerda que no hay padre más orgulloso de su hijo que yo.
Poco más se dijeron, antes de que Silver Lay se alejara caminando. Hope fue por otro camino, evitando quedarse mirándolo: ya bastante riesgo había corrido viniendo a verle. Estaba meditando sobre cuántos seguidores de la Hermandad de la Sombra podían quedar con vida… cuando una yegua batpony surgió de las sombras bajo la muralla del palacio. Era joven, muy joven, y Hope la reconoció.
—¿Estás viva?
—Me ordenaron huir, soy la última Cazadora Batpony, al menos hasta que surjan nuevos —respondió Lily. Su pelaje era púrpura oscuro, su melena negra y sus ojos azul blanquecino—. Nadie os estaba mirando. Seguimos teniendo agentes vigilando a tu familia.
—Gracias.
—Realmente no es por ti. Ahora eres una pieza clave en la seguridad nacional.
—Oh, entiendo…
Lily desapareció en una nube de sombras.
Tras dos días de viaje, debido a la destrucción de las líneas ferroviarias, Fluttershy llegó, finalmente, a su cabaña en el linde del bosque Everfree. Por algún tipo de milagro, estaba en buen estado salvo por su jardín pisoteado y devorado por algún animal hambriento. Discord la seguía. Durante todo el viaje, no había dicho palabra alguna, y había ignorado todos los intentos del dios del Caos por iniciar una conversación. Le había gastado sus habituales bromas, jugando con la gravedad, haciendo bailar objetos inanimados y otros trucos mágicos por el estilo… pero la pegaso no había reaccionado.
El dios del Caos esperaba que lo hiciera en cuanto llegaran a casa, puesto que tampoco le había pedido que dejara de seguirla.
Alguien había entrado en la cabaña, lo supieron al momento por lo revuelta que estaba. Habían saqueado la despensa de Fluttershy, pero Discord supo que la portadora de la Bondad elemental comprendería el por qué y no se enfadaría. Estaba seguro que, de haber tenido la despensa llena, Fluttershy la habría vaciado al momento para compartirla con todo Ponyville. Pasaron unos minutos recogiendo los objetos del suelo, sillas volcadas, armarios revueltos y demás, hasta que Fluttershy, finalmente, habló.
—¿Cómo pudiste? —Discord no respondió—. ¿Cómo pudiste engañarme? Creí que habías…
La pegaso se giró hacia él, grandes lágrimas cayendo por su angelical rostro.
—¡Podrías haberlo parado!
—Fluttershy, los ponis podíais hacerlo.
—¿Y eso qué importa? ¡Te escondiste mientras luchábamos y solo me protegiste a mi! ¡Podrías haber acabado con la guerra y no lo hiciste! ¿Por qué? —dijo, empujándolo débilmente—. ¿Por qué? —volvió a empujarlo con un poquito más de fuerza—. ¿Por qué no nos ayudaste?
—¿Qué clase de amigo te crees que soy?
—Un amigo nos habría ayudado.
Discord miró largamente a la pegaso amarilla. Era difícil descifrar lo que el draconequus sentía, pero tuvo la sensación que realmente estaba apenado.
—Yo no siempre voy a estar aquí, Fluttershy.
—¿Qué?
—Aunque lo parezca, no soy inmortal, ni soy invencible. Algún día me moriré, ¿qué pasará con los pequeños ponis si se acostumbran a que yo los salve?
—¡Y qué hay de los ponis de Germarenia! ¡De los batponies que murieron en el Imperio! ¿No los ayudaste tampoco?
—Tampoco soy omnisciente, aunque a veces parezca que sí. Pensé mucho sobre lo que estaba pasando, y si lo ves en global… los pequeños ponis han aprendido a defenderse y han recordado la verdad del mundo. Podría haber detenido a Sombra, sí, pero os habría condenado a la extinción cuando regresara y yo no estuviera para frenarlo.
Discord se agachó frente a Fluttershy y le secó una lágrima con la garra.
—Ojalá un día lo entiendas y me perdones.
Con un sonoro "plop", el dios del Caos desapareció, y Fluttershy se quedó sola en su cabaña.
El puerto de Trottingham estaba relativamente tranquilo.
Se habían enviado mensajes solicitando suministros a todas las naciones, pero todavía no habían pasado bastante días para que los cargueros que habían huido de la guerra cargaran las bodegas y llegaran a Equestria. Sin embargo, había bastantes navíos atracados en aquel puerto, todos ellos de distintas configuraciones y tamaños, pero con una función siempre en común: Todos estaban preparados para el combate.
Cuando vieron llegar a la comitiva, los marineros de Tortuga lo anunciaron a voz en grito. Poison Mermaid, acompañada por Fire Roar y los supervivientes de la Sirena Volante, regresaba andando al puerto. Al momento, todos los marineros libres desembarcaron y recibieron a la almirante, la reina del mar, rodeándola en un amplio semicírculo. Esta alzó el vuelo para ser vista por todos.
—La guerra ha terminado. El mundo vuelve a ser libre, ¡y les hemos pegado una paliza!
Los marineros rugieron exaltados ante esas palabras.
—Ya no es necesario que me sigáis. Habéis demostrado que nadie, ni siquiera el Tártaro mismo, puede desafiarnos. Así que mi última orden es… ¡Cargad la zarzaparrilla y vámonos a casa a bailar y celebrar!
—¡Y fornicar! —gritó alguien.
—….y fornicar…
Mientras todos regresaban a sus navíos, Poison aterrizó junto a Fire Roar.
—Has sido la mejor almirante de Tortuga. Me da igual lo que digan Appet y Bayhas.
—Tú no dejes que te oigan.
Juntos, y arropados por los marineros que celebraban su regreso sano y salvo, embarcaron en la Dama Venenosa. Pero, en ese momento, Poison se detuvo un instante y miró a los barcos atracados.
—¿Dónde está el Ritual Resonante?
—Santoj se marchó hace dos días, capitana —informó un semental batpony—. Dijo que tenía que hacer una entrega.
Un mercante cebra llegó hasta la costa de Cebrania.
El capitán Santoj observó la población costera a la que se acercaban, y pudo ver cómo los ponis que en ella vivía daban la alarma y se preparaban para lo peor. Dio una orden en su idioma natal y una bandera blanca fue alzada, demostrando que no tenían intenciones hostiles.
—¿Esto es normal?
El unicornio de pelaje gris oscuro y crin lacia y negra observó aprensivo la reacción de los pobladores. A su lado, Golden Sheaf no parecía más tranquila.
—Una antigua colonia Equestre son, acostumbrados a proveer su propia protección. No debéis temer, pues son gentes de bien.
—¿Por qué nos has traído aquí?
El capitán Cebra alzó el hocico y, durante un instante, pareció olfatear algo, o quizá estaba escuchando el viento.
—Porque Gaia dice que tu culpa no es merecida. Por eso no hemos esperado para marchar, para evitar una turba enfurecida. Aquí no serás reconocido, podéis empezar en un nuevo nido.
El unicornio y la poni de cristal entrelazaron sus patas.
—Gracias —respondió Amber—. Muchas gracias.
Shining Armor usó su magia para ajustarse mejor el abrigo mientras caminaba por las avenidas del Imperio de Cristal. El incansable trabajo de los ponis no conseguía, realmente, retirar toda la nieve acumulada en las calles, por lo que caminar se volvía pesado. Su esposa, junto a él, conjuró un escudo que protegió a ambos del frío.
—Gracias. ¿Y no hay posibilidad de reconstruir el corazón?
—No —respondió brevemente Cadence—. Al menos, no sé cómo. Pero la unión de los ponis de cristal es fuerte, eso es lo importante.
—Bueno… tendremos que adaptarnos a vivir así. Necesitaremos un equipo metereológico.
—Sí, pero hay otras soluciones. Los bibliotecarios han encontrado tomos antiguos, de antes de que se creara el Corazón de Cristal, en los que se explica cómo construir invernaderos para cultivar todo el año.
—Al final, todo tiene solución.
Shining dio un traspiés, y la alicornio rosa enseguida conjuró para evitar que cayera. Él sacudió la pata agarrotada.
—Al final me quedará cojera. Qué le vamos a hacer.
—Solo a ti se te ocurre parar la garra de un demonio con el pecho —añadió la alicornio, sacando la lengua, burlona.
—Ja, ja, ja —rió él, falsamente ofendido—. Tienes que explicarme otra vez cómo liberaste el Imperio.
—Oh, eso quedará reflejado en los libros de historia. La Paladina Aura está ayudando a los cronistas.
—No debemos dejar que esto se olvide. Nuestro pueblo debe recordar siempre lo que hemos hecho, lo que podemos hacer mientras permanezcamos juntos. No necesitamos ningún objeto mágico para sobrevivir.
—Y así debe ser. Como dijo Aura en la batalla: "Somos la luz que se opone a la oscuridad".
La pareja se abrió paso a través de la nieve, caminando hacia el imponente palacio de cristal.
Muy al norte, en las tierras salvajes, hubo un aullido que fue respondido por docenas. Grauj miró hacia el horizonte nevado, donde podía sentir la presencia de sus hermanos y hermanas, de aquellos que habían quedado atrás para cuidar de las crías, los ancianos y las hembras embarazadas. Pudo sentir cierta agitación entre ellos, pero no era miedo: era pena, era emoción, era alegría, y supo inmediatamente de qué se trataba.
Volvió a aullar, confirmando que se acercaban. Para los lobos invernales, las formas y las apariencias eran muy importantes, y se consideraba descortés no anunciar la llegada de una manada, aún cuando podían sentir su cercanía.
Aquella era una zona algo pedregosa e irregular, ideal para que se guarecieran las crías. Un gran lobo la recibió y, tras estudiar largamente a la loba sin garras, hizo una pronunciada reverencia, reconociéndola como la nueva líder de las manadas. Grauj hizo lo propio y, sin intercambiar ningún gruñido, dejó que la guiaran hasta una madriguera. Guarecida tras un pequeño risco de piedra, una madre amamantaba a sus crías, que a duras penas habían cumplido una semana de edad. Sweetie Grauj las observó y, al momento, sus ojos se dirigieron a una cría de macho. Su pelaje era gris, con algunos mechones marrones, y se movía con torpeza todavía. Sin embargo debió sentir la cercanía de la loba sin garras, porque alzó la pequeña cabeza y la miró directamente.
Su ojo derecho era azul. El izquierdo, ámbar.
Los lobos no pueden llorar como lo hacen los ponis. Las suyas son lágrimas invisibles, profundas, que se clavan en sus almas como estacas heladas. Sweetie Grauj se agachó y el curioso lobezno caminó unos inseguros pasos hasta que sus hocicos se encontraron.
—Algún día serás el líder de los lobos invernales —gruñó Grauj—. Hasta entonces, yo guiaré a las manadas, vidente.
El lobezno la miró largamente, y Grauj supo que la había reconocido. Quizá no sabía quién había sido ella exactamente para la anterior vidente de los lobos invernales, o la amistad y hermandad que la había unido con los ponis de Mountain Peak, o por qué habían acudido a cazar a los señores de la muerte y el fuego. Pero el lobezno, el vidente de aquella generación, la reconoció de una forma que solo los lobos invernales pueden comprender.
El pequeño giró y se abrió paso entre sus hermanos de camada para alcanzar una mama de su madre.
Hollow Shades tardaría años en volver a ser el bosque que una vez fue.
Lunaria había empezado a ser reconstruida. Si bien encontraron algunos demonios escondidos entre los edificios calcinados y los árboles ennegrecidos, no fueron rival para toda una población entrenada en combate.
Frente al palacio de Selene, las sacerdotisas aguardaban. Paso a paso, ayudado por un guerrero batpony, Moonlight Sonata subió las escaleras que daban a la entrada de la majestuosa construcción a los pies de la estatua de la diosa de los batponies. Sobre la frente, el semental llevaba pintada media luna roja.
—La luna de sangre se oculta ahora —recitó la sacerdotisa—. Selene acoge en su seno a nuestros hermanos.
—La luna de sangre se ha ocultado —respondió Moonlight—. El enemigo está vencido, nuestro pueblo está seguro.
—La luna de la pasión se alza ahora —cuando dijo eso, la sacerdotisa ciega empezó a borrar la media luna roja pintada sobre la frente de Moonlight—. Es el momento del descanso, del perdón, de la vida.
—La luna de la pasión se ha alzado.
La sacerdotisa hizo que Moonlight se tumbara frente a ella. Mientras las demás novicias entonaban un cántico a duras penas audible salvo por los batponies, la joven ciega pasó un casco por la frente, los ojos y la boca de Moonlight mientras anunciaba:
—Has servido a Hollow Shades, y nuestro pueblo no requiere más tu sacrificio. Del cargo de general eres libre, Moonlight Sonata: tu nombre, y el de aquellos que han volado bajo tus alas serán por siempre recordados.
Guiado por la sacerdotisa, Moonlight miró hacia la ciudad, donde cientos, miles de batponies se congregaban. Sus gritos, sus aullidos, se escucharon por todo el bosque, y grandes montones de madera empezaron a arder, creando grandísimas fogatas por doquier. Fue en ese momento, habiendo acabado el ritual que daba fin a la guerra, que dos pequeños batponies volaron hacia él, a los que atrapó y abrazó en pleno vuelo.
Padre e hijos permanecieron así largos segundos, mientras los abuelos paternos de los potros observaban en la distancia.
—Papi… ¿mamá?
Dusk Wind miró a su padre con esperanza. Su hermana mayor, Emerald, pasó un ala sobre su hermano sin disimular las lágrimas que resbalaban por su rostro. Moonlight miró a ambos a los ojos y habló usando palabras simples enturbiadas con el dolor que atenazaba su garganta.
—Mamá ha muerto, cariño —a Moonlight se le partió el corazón al ver cómo el rostro de su hijo se compungía en un profundo sollozo. Emerald, por contra, hundió su cara en el pelaje de su padre—. Mamá luchó contra los demonios, dirigió toda una ciudad para echar a los monstruos, y ha salvado miles de vidas. Gracias a ella, la guerra ha terminado y todos estamos a salvo. Mamá es una heroína.
Diciendo eso, el semental puso a sus hijos sobre su grupa.
—Y ahora vamos a cantarle a la vida. Vamos a cantar fuerte para que nos oiga desde el seno de Selene, que sepa que vivimos y que no la hemos olvidado.
Juntos, y ayudado Moonlight nuevamente por otro batpony, bajaron la escalera hasta la hoguera más cercana para unirse a los bailes, los Agni-Kai, y los aullidos que todos los batponies proferían en homenaje a los muertos y a la vida.
Aquel escenario de Manehattan era pequeño. Angosto. Se alzaba en una modesta taberna en la periferia de la gran metrópolis, y aún así cientos de ponis, grifos, kirins y algún ciervo se congregaban en su interior.
Había sido un concierto largo, emotivo. Coloratura había cantado con pasión temas tanto de Steel Note como clásicos, mientras Steel Note al completo ponía la base instrumental. En una esquina del concierto, visible para todos, había un violoncello solitario, apoyado frente a un micrófono, como esperando por siempre a la virtuosa que debería tocarlo.
Fue la última canción, como muchos esperaban, en la que Lovely Rock se quedó sola, iluminada solo por un foco. Sobre su cuello llevaba un collar grueso que, más que ocultar la cicatriz que le provocara Hellfire al mutilar su voz por siempre, la enmarcaba con una cinta de color rosado. La virtuosa tocó una larga nota y, al instante, todos guardaron silencio al reconocer su versión lenta, triste y melancólica del himno de Germarenia.
Normalmente, Octavia Auditor habría tomado la voz principal en aquel tema, pero Lovely no dejó de tocar, emulando cada nota del cello de una artista que el mundo jamás volvería a ver con su guitarra. Y, cuando llegó el momento en que, hacía meses, Octavia y Lovely Rock interpretaran un dúo que moviera al mundo entero, un aura mágica iluminó el equipo tecnomágico cuyo logo rezaba "DJ-Pon-3".
La luz iluminó a Vinyl Scratch, y su música se mezcló con la de Lovely Rock, al tiempo que una imagen ilusoria, un holograma de Octavia, aparecía sobre el escenario. Durante largos minutos, la aparición y Lovely tocaron juntos, enmarcados por los acordes del equipo de Vinyl; durante minutos, todos cantaron con sus instrumentos a una yegua que, literalmente, había salvado el mundo y la unidad de Equestria con su música.
Cuando el tema acabó, todo se quedó a oscuras y el público aplaudió. Vinyl Scratch, la última que había quedado iluminada sobre el escenario, se quitó las gafas y, con un gesto meditado e intencionado, las dejó lentamente sobre la mesa de mezclas antes de bajar, por última vez, del escenario.
Cuatro años después de la batalla por Canterlot las infraestructuras habían sido reconstruidas, y lo peor de la crisis alimentaria y médica había pasado. La actividad de Equestria había vuelto poco a poco a la normalidad, y se respiraba un ambiente de paz que muchos no se atrevían a abrazar completamente.
En el teatro principal de Manehattan, frente a un escenario cuyo telón estaba bajado y junto a sus instrumentos musicales, Lovely Rock, Lucent, Greta y Dawn se sentaban en primera fila, y eran los únicos en la sala. El batpony apoyaba toda la espalda en el respaldo, con la cabeza colgando lánguidamente hacia la fila de atrás.
—¡Es que son terribles! —exclamó—. ¡No vamos a encontrar nadie!
—El último no eran tan malo —respondió Greta con la frustración reflejada en sus palabras—. Lo que pasa es que lo comparamos todo con Lovely. No es fácil.
—Tiene que haber alguno. ¡Coloratura lo bordaba, joder!
—Sí, pero ella quiere seguir su propia carrera —añadió Lucent mientras tachaba el nombre del aspirante que acababan de descartar.
—Si no encontramos a nadie —dijo Lovely Rock—, quizá debamos dejarlo.
Lovely no había recuperado su voz. Todo lo que había logrado era hablar con un quedo susurro ronco; los últimos dos años cisitó todo médico o sanador que pudo encontrar, pero el resultado un cambió: no volvería a cantar. Al menos, no con su voz.
Se escucharon unos pasos al otro lado del telón, seguidos por dos golpes amplificados cuando el o la aspirante comprobó el micrófono.
—Hola, bienvenido o bienvenida al casting para cantar con Steel Note. Recuerda no decirnos tu nombre y otros datos: solo queremos valorar lo bien que cantas, ¿de acuerdo?
—Sí, ya lo sabía, lo ponía en el contrato.
Se trataba de una yegua joven de voz dulce.
—Muy bien, háblanos un poco de ti.
—Pues… soy muy fan de Steel Note, y siempre me ha gustado cantar. Estos años he tenido que aprender sola porque… bueno, las escuelas de música han tardado en abrir. También toco el violín, pero estoy aprendiendo.
—Muy bien. Escoge un tema y dale caña.
Pasaron unos pocos segundos en los que oyeron a esa joven respirar y murmurar tras el micro: "Vamos, tú puedes, tú puedes…". Habitualmente los aspirantes escogían temas más melódicos, en los que era relativamente más fácil afinar: "Dust in the wind", "Nana" o "Diabulus in música". Había incluso quien había escogido el primer tema por el que Lovely Rock se había dado a conocer, "J'irais pleurer", antes de que Steel Note existiera siquiera.
Por eso pilló a los cuatro músicos por sorpresa cuando aquella joven cantó con fuerza y algo de violencia el tema "Zorra infernal". Esperaron varios versos, quizá pensando que se iba a equivocar, pero no fue el caso: aunque desafinó ligeramente en algunas notas, no perdió en ningún instante la pasión y el sentimiento que requería aquel tema. A la tercera estrofa, Greta tomó la guitarra y empezó a acompañar a la aspirante. Lucent, que dirigía el casting, les dijo que pararan al cabo de un rato y todos se quedaron en silencio, mirándose entre si.
—¿Puedes cantar "Nana"?
—Oh, sí, ¡sí, claro!
Sé lo que sientes
al encontrarte en la oscuridad
y no ves salida
más que saltar y dejar todo atrás
Déjame decir: todo irá bien
escucha a quien estuvo en tu lugar.
Porque tocando fondo, no sabes si
aguantarás mucho más.
Mientras aquella aspirante cantaba, los cuatro miembros de Steel Note miraban embelesados al telón. No era tan buena como Lovely Rock antes de perder la voz, pero daba en el clavo en cada inflexión: se notaba que sentía la canción como propia, que interpretaba con pasión y que cantaba con el corazón. Su único defecto es que le faltaba técnica, pero eso no importaba, porque la técnica se puede aprender. La dejaron cantar todo el tema y, cuando terminó, los cuatro se levantaron, subieron a trompicones al escenario, y apartaron el telón.
Frente a ellos había una joven unicornio de pelaje blanco y crin bicolor lila y rosa claro con hermosos ojos verdes. Debía tener una diecisiete o dieciocho años, y se quedó sin voz cuando vio a sus ídolos aparecer frente a ella.
—Eh… eh… ¿os ha… gustado?
—¿Has dicho que tocas el violín? —cuestionó Lovely Rock.
—Sí. Y he… escrito una canción, pero no es muy buena.
Lovely se giró a sus compañeros.
—Traed los instrumentos. La hemos encontrado.
Mientras el telón se alzaba y la misma banda de rock que había hecho frente al Tártaro mismo con su música subía al escenario, Sweetie Belle sólo acertó a preguntar "¿qué?" con un hilo de voz y un horrendo gallo.
Applebloom y Scootaloo aparecieron una entrada lateral y saltaron sobre ella, abrazándola y celebrando juntas un sueño cumplido.
Cinco años después del fin de la guerra, Steel Note empezó la que sería la gira conmemorativa por la paz y la armonía. Lo cierto es que eventos artísticos y culturales se habían sucedido prácticamente cada mes desde que Sombra fuera derrotado y los demonios expulsados, en su mayoría, de Equestria, pero aquella gira era especial: la mítica banda que, junto a Coloratura, Octavia Auditor y Vinyl Scratch, hiciera frente al Tártaro y fuera instrumental en la liberación de Manehattan, así como en la batalla por Canterlot, no había vuelto a actuar más que en interpretaciones esporádicas con otros artistas. La pérdida de la voz de Lovely Rock había supuesto un grave revés para el grupo.
Por ello, el anuncio de que regresaban había exaltado a todos sus fans, y a aquellos que tan solo querían ver a esos músicos y héroes de cerca. Pero no era únicamente un concierto: Habían anunciado una gira por los "héroes del mundo", y pasarían por todo el mundo: Varias ciudades de Equestria, Cérvidas, Cebrania, los Reinos Lobo, el Imperio de Cristal, e incluso las islas libres de Tortuga.
Canterlot, aquella noche, estaba a rebosar: la reconstrucción del palacio iba por buen camino, si bien se tardaría años en completarla, y se había decidido aprovechar la destrucción de muchos edificios e inmuebles para crear un inmenso parque frente al palacio. En el mismo, se había alzado el escenario.
Las portadoras de los elementos, Applebloom, Scootalo, así como la princesa Luna, miraban el concierto desde un gran balcón del palacio real de Canterlot. Desde aquella posición podían ver la impresionante multitud que se había congregado mientras charlaban alegremente. La puerta se abrió y un guardia solar se echó a un lado para dejar pasar a Spike: el dragón había crecido aquellos años, superando en altura a un poni adulto, y en cuanto llegó Rarity bajó de su diván.
—¡Spikey-Wakey! —gritó la modista, abrazándolo con fuerza—. ¡Es de mala educación hacer esperar a una dama!
—Lo siento, Rarity, pero es que me da mucho trabajo ser diplomático con los dragones. ¡No hay trenes hasta las tierras de fuego!
Todos saludaron al recién llegado antes de volver a tomar asiento.
—¿Cómo va el concierto?
—¡Son geniales! —gritó Pinkie Pie con un saltito—. Aunque Lovely Rock ya no puede cantar, ¡son muy divertidos!
—Nós creemos que necesitan un cantante en condiciones—puntualizó Luna—. Lucent no hace mal papel, mas no está en par con la calidad del grupo.
—Ah bueno, sigue siendo un pedazo de concierto, no seáis tiquismiquis.
—Azucarillo, ¿cómo está todo en Cloudsdale?
—Pues estuvo muy tranquilo cuando muchos emigraron al Imperio de Cristal, pero ahora ya no tanto.
—Es que Shining Armor y Cadence han ofrecido muy buenas ofertas de trabajo para un equipo metereológico, ahora que ya no tienen el Corazón de Cristal.
—Sí, Twilight, lo sé, no paran de llegarme ofertas, ¡no acepan un "no" por respuesta! —rió la energética pegaso—. Pero ahora todo está lleno-de-potros —dijo Rainbow Dash, señalando cada palabra como si fuera el fruto de sus peores pesadillas—. De verdad, parece que todos se han puesto de acuerdo para tener hijos.
—Ah, ¡el amor! —exclamó Rarity, soñadora.
—Es… muy bonito —susurró Fluttershy.
—La sociología ya lo había descrito: hay muchos estudios que indican que tras un gran cataclismo o muchas muertes, se incrementa la natalidad dramáticamente. Probablemente se trate de una estrategia biológica de supervivencia.
Todos miraron a Twilight Sparkle con un ligero tono reprochador. La joven alicornio había crecido en tamaño y, si bien su crin volvió a la normalidad tras la batalla contra Sombra, todavía conservaba ciertas zonas en las que la magia parecía fluir con libertad.
—Mira que eres sosa.
—Del todo.
—Empollona.
—Cabeza huevo.
—Oye, que sigo siendo vuestra princesa, un respeto —espetó ella con una risa y sin maldad.
Todos rieron. Rarity miró atrás preocupada.
—¿Seguro que Sweetie Belle va a venir?
—No te preocupes, está bien acompañada —dijo Applebloom, mirando cómplice a Scootaloo y a Spike—. Llegará pronto.
—¿Bien acompañada? ¡No me digais que tiene novio!
—Yo no digo nada.
En el escenario, hubo un silencio. Durante todo el concierto, un cuarteto de cuerda, todos ellos disfrazados con túnicas y emulando a cultistas, había acompañado en un segundo plano las canciones de Steel Note. Sin embargo, en aquel momento, los cuatro tocaron a la vez el inicio poderoso de un tema, acompañados por la batería de Dawn y la guitarra de Greta; cuando finalizó, solo quedó uno de ellos interpretando una pieza, y avanzó paso a paso mientras tocaba el violín.
Rarity escuchó la melodía y sonrió.
—Sweetie Belle toca esta canción. Le encanta Steel Note.
—Pues yo no la había oído —señaló Rainbow.
—Yo tampoco, ¡y las escucho todas! —añadió Pinkie Pie.
Applebloom Scootaloo y Spike se echaron a un lado en silencio.
Cuando el solitario violinista cantó se descubrió que se trataba de una yegua de voz dulce y, con sus primeras palabras, Rarity se puso en pie. Cantó casi en solitario, acompañada únicamente la batería por su propio violín, que levitaba junto a ella en un campo mágico.
Hace ya tiempo te ando buscando
deambulando por la oscuridad.
Arduo camino que me trajo a este lugar.
—¡No! —exclamó la unicornio, incrédula—. No puede… no…
La batería y guitarra se unieron rítmicamente al tema. La yegua, la cantante y violinista, ya estaba casi al frente y en el centro del escenario.
En tu mirada escondes la magia
Canta conmigo, si tienes valor.
Yo te ofrezco la belleza de un mundo mejor.
La cantante se quitó la capucha y Rarity abrazó a Fluttershy con una fuerza desproporcionada, saltando sobre su asiento mientras gritaba el nombre de su hermana una y otra vez.
—¡Sweetie Belle! ¡Es Sweetie, es Sweetie!
—¡Hace un año que practica con ellos! —gritó Scootaloo—. ¡Nos pidió que no dijéramos nada!
Con la llegada del estribillo, con todos los instrumentos ya acompañando a Sweetie Belle, esta se quitó la túnica que la cubría y se descubrió ante el público. La sonrisa de sus labios se reflejaba en cada nota, cada silencio, cada interludio y contrapunto, en cada melodía entonada por su violín y en cada sílaba. El público saltó extasiado al ritmo de la música y, para cuando llegó el final de la pieza, nadie tuvo dudas de que aquella joven yegua era una digna sucesora de Lovely Rock.
Con el siguiente tema, una canción rítmica y grave que solía encantar a los batponies, Lucent se adelantó y tomó el micrófono.
—¡Con todos ustedes, la nueva voz de Steel Note y miembro ilustre de la resistencia de Ponyville! ¡Sweetie Belle!
Cuando Sweetie empezó a cantar, Rarity dejó de saltar, impresionada ante la voz rasgada y violenta de su hermana menor, en contraste con la melódica melodía anterior.
—¿Pero qué…?
—¡Tu hermanita es la caña! —gritó Rainbow Dash.
Y, a juzgar por los gritos y bailes del público, todos ellos compartían la misma opinión.
Diez días después el viento que barría el puerto de Tortuga sacudió la melena de Sweetie Belle mientras esta conjuraba. A su lado, la grifo Greta tocaba un acorde repetido, rítmico y rápido; al otro, Lovely Rock, junto a Lucent, aguardaba para iniciar su solo de guitarra.
La magia iluminó los cascos y las garras de los cinco miembros de Steel Note: Ascendiendo poco a poco por sus patas y anatomía, los ropajes aparecieron sobre sus pelajes. Lucent, al acabar el conjuro, vestía unos ropajes propios de cebrania, y su crin se había teñido en líneas blancas y negras. Greta acabó cubierta con una armadura de cuero, igual que la que usaban los marineros del Relámpago Negro; Dawn inició su entrada de batería habiéndose teñido su crin de naranja con las puntas negras, en un fiel reflejo de Fire Roar.
Lovely Rock se adelantó mientras la magia todavía alteraba su aspecto y vestimenta: Una armadura de cuero se formó sobre su cuerpo, dos alas ilusorias como de murciélago aparecieron en su lomo, y unos colmillos postizos sobresalieron de su boca. Cuando se puso en pie e inició su solo, muchos gritaron el nombre de la capitana Wrath al reconocerla en la caracterización de la virtuosa guitarrista.
Sweetie Belle dirigió su magia a ella misma; frente a sus ojos, los marineros libres de Tortuga saltaban y coreaban al ritmo de la música. Se fijó en un pirata de primera fila que, al mirarla, le gritó un improperio, lo más bonito que sabían decirle a una yegua joven en aquel lugar, al parecer. La magia cubrió a la unicornio blanca: un elegante traje, como el de una noble pirata, apareció sobre su cuerpo; su pata delantera derecha se tornó sólida, marrón y de madera, y sobre su ojo derecho apareció un parche. Con un gesto exageradamente teatral, desenfundó la cimitarra que apareció en su cinturón y, en el mismo momento que la música alcanzaba el clímax, la clavó en el entarimado del navío sobre el que se alzaba el escenario. El público, exaltado, empezó a corear el nombre de la capitana a la cual Sweetie Belle estaba rindiendo homenaje y, casi al mismo tiempo, la joven unicornio empezó a cantar:
Con diez cañones por banda
viento en popa a toda vela
¡No corta el mar, sino vuela,
un velero bergantín!
En una gran nave alejada del concierto, la capitana Poison Mermaid salió del camarote principal de la Dama Venenosa portando dos alforjas. Escuchó la voz de la joven cantante a algo de distancia, y sonrió con añoranza al reconocer el mismo poema que una vez recitara con pasión a Fire Roar.
—Mira que eres inculto —murmuró casi para si misma.
—Es que yo sé de lo que sé, Poison.
—Lo sé, querido. ¿Podrías adelantarte? Me gustaría estar sola un rato.
—Claro. Te espero en el barco.
Tras alejarse el semetal, la pegaso añil se quedó a solas durante un minuto. En la distancia, la canción continuaba, un muy sentido homenaje a aquel poema que tantos corazones movía con una llamada a la libertad. Finalmente, se ajustó las alforjas y caminó para salir del gran navío. Sus pasos, característicos debido a su pata de madera, la llevaron al puerto y se dirigió a una pequeña embarcación de vela. Lo bastante grande para resistir un viaje largo, pero lo bastante manejable para ser pilotada por uno o dos marineros. Pero no llegó a subir a la misma antes de que una voz la interrumpiera.
—¿Se marcha, capitana?
High Tide, el semental marrón y contramaestre de la Dama Venenosa se acercó sin intentar ocultarse. Poison retiró la pata que había llevado automáticamente al sable que colgaba de su costado.
—Sí —respondió brevemente.
—Capitana…
—No me llames así. Ya no.
En silencio, Poison fue a la embarcación para guardar sus víveres. Fire Roar, al ver al contramaestre, guardó silencio, sabiendo que necesitaban tener aquella conversación. Él ya había decidido que seguiría a la yegua que amaba hasta el fin del mundo si ella lo quería a su lado.
En la distancia la música adquirió un tono más pausado y melancólico, acompañando la voz únicamente con la cadencia de dos guitarras alternando arpegios y melodías de largas notas.
A la voz de '¡barco viene!'
es de ver cómo vira y se previene.
A todo trapo a escapar
que yo soy la reina del mar
y mi furia es de temer.
Aquel cambio en la letra no pasó desapercibido para Poison ni para Fire, recordando la vez en que este le preguntara por qué decía "rey" en vez de "reina".
—La época de los piratas se acerca a su fin —sentenció High Tide—. La civilización está llegando a Tortuga.
—Exageras.
—Sabes que no, Poison. Equestria se ha abierto al mundo, Cérvidas está ayudando activamente a otras naciones, y Cebrania vuelve a navegar estos mares. Demonios, ¡hasta hay un movimiento contra la esclavitud en los Reinos Lobo!
—Eso sí que fue sorprendente. A Argul le habría gustado verlo.
La pegaso añil se quedó un momento en silencio.
¡Sentenciado estoy a muerte!
Yo me río, no me abandone la suerte.
Y al mismo que me condena
colgaré de alguna antena
quizá en su propio navío.
—Lamento haber tenido que darle muerte. Podría haber sido un gran defensor de la libertad de los esclavos, pero fue tan necio como para aliarse con demonios y atacarnos a traición.
—Se lo merecía.
Y si caigo, ¿qué es la vida?
Por perdida ya la di,
cuando el yugo del esclavo
como un bravo sacudí.
—Argul era un gran pirata: necio, cruel y sanguinario, pero un gran pirata y un capitán que merece más reconocimiento del que jamás tendrá. Sus tripulantes le temían y respetaban a partes iguales. Era el primero en navegar para liberar a esclavos, el primero en dejar sus diferencias de lado por llevar la libertad allá donde el Relámpago Negro arriara velas. Lamentaré siempre que la historia que se cuente de él sea cómo se alió con demonologistas para intentar darme muerte.
—Siempre recuerdo cómo actuó en el asalto a la Garra Roja. Sus maniobras eran brillantes. Todo eso también se contará de él, Poison.
—Eso espero.
High Tide miró hacia el navío donde tocaba la banda, escuchando el lento solo de Lovely Rock.
—¿Dónde vais a ir, capitana?
—Todavía no lo sabemos, querido —respondió—. Quiero visitar a mi padre, y luego quizá vaya a Saddle Arabia.
—Ese es un viaje muy largo, ¿no crees?
—Bah, nada que no podamos hacer —intercedió Fire Roar.
—No lo dudamos en ningún momento. Pero hay algo que nos gustaría pedirte, Poison, antes de que te marches.
—¿Queréis?
Se escucharon pasos en el puerto, y pronto un gran número de ponis se acercó. High Tide se puso junto a ellos, y Poison los reconoció a todos: los supervivientes de la Sirena Mutilada, los que la habían acompañado a liberar Trottingham, los que habían sobrevivido a la batalla por Canterlot. Todos ellos la miraban, expectantes y con un orgullo triste y melancólico.
Arlaq avanzó y su hijo estaban entre ellos, así como otros marineros del Esclavo Liberado.
—¿Qué queréis? Ya os lo dije: ya no soy vuestra capitana.
—Queremos pedirle que nos permita acompañarla, Capitana —anunció High Tide—. Déjenos ser su tripulación una última vez.
—Queridos… me emocionáis. Pero no voy a cobrarme presas, no voy a correr aventuras. Simplemente me voy. Y Arlaq, ¿tú no tienes tu propio barco?
—Sí. Pero nosotros prometer. Esclavo liberado ayuda, Ka'tila Poison Mermaid. Nosotros acomp… acompa….
—Mi padre quiere navegar con usted, capitana —tradujo el joven semental junto a Arlaq—. Dice que será un honor bendecirla cuando decida dejarnos. El Esclavo Liberado estará en buenos cascos hasta nuestro regreso.
Poison miró a aquellos sementales que la habían acompañado a través de lo imposible. Proscritos, bandidos, desterrados, abandonados y esclavos liberados. Todos ellos habían pasado por uno y mil infiernos, y todos ellos habían encontrado un hogar entre los marineros libres. Tal como había hecho ella hacía ya tantos años, cuando supo que su antigua vida sencillamente no iba a poder satisfacerla jamás. La capitana Poison Mermaid sonrió a todos ellos.
En el escenario del puerto de Tortuga, Swettie Belle sudaba por la intensidad de la canción, a pesar de que la segunda parte era una balada mucho más sosegada. Pero, cuando se preparaba para concluir el tema, algo extraño ocurrió: hubo una algarabía entre los espectadores, y todos galoparon a ambos lados del navío para poder mirar algo tras el mismo. Los piratas capaces de volar o teleportarse saltaron directamente al escenario y a los cables y mástiles del navío, mirando hacia el mar. La música guardó silencio, y entonces oyeron a alguien gritar: "¡Se marcha!".
Una gran nave había desatracado y se dirigía a la salida del puerto. Los piratas guardaron silencio, viendo cómo esta maniobraba y desplegaba velas; una bandera se alzó, y gracias a la luna llena pudieron apreciar claramente que en la misma se dibujaba una sirena con media cola cortada. Sweetie Belle recordó las muchísimas historias que había escuchado acerca de la almirante de los piratas de Tortuga, de las que toda la banda se había empapado para escribir aquel tema en honor a los marineros libres… y quizá, en aquel momento, una parte de su alma alcanzó a vislumbrar la superficie del auténtico significado de aquellos versos escritos hacía varios siglos a los que ellos habían dado forma de canción.
Muchas eran las epopeyas heróicas que se contaban de Poison Mermaid, y a pesar del poco tiempo que había pasado, ya era difícil saber cuántas ocurrencias habían sido añadidas a las mismas por bardos, trovadores y cuenta cuentos.
Historias acerca del amor incondicional y puro que la unió a su sargento de artillería.
Historias acerca de las muchas batallas que librara.
Historias acerca de cientos de aventuras y viajes que viviera.
Historias acerca de la vez que muriera combatiendo un demonio del mar, y regresara de entre los muertos.
Historias acerca de ser la hija de una sirena desterrada y de un noble pegaso.
Historias acerca de su voz, capaz de atrapar a los monstruos del mar.
Y, especialmente, los cientos de historias sobre por qué fue la pirata más temida de los mares.
Mientras Lovely Rock interpretaba el último solo de la canción en solitario y los piratas gritaban el nombre de Poison Mermaid y disparaban sus pistolas al aire, Sweetie Belle sintió un nudo en el pecho y las palabras y la música se atenazaron en su garganta. En el fondo de su ser, había comprendido que aquel griterío salvaje, las detonaciones de las pistolas, los sables alzados al aire, el nombre de Poison Mermaid en las almas de todos, y el navío que se alejaba lentamente hacia el horizonte eran el inicio de un relato que permanecería en la memoria de las generaciones venideras. La joven cantante, emocionada y sin saber explicar por qué exactamente, tomó el micrófono y entonó los últimos versos, su hermosa voz rota por la pasión.
Que es mi barco, mi tesoro,
que es mi Dios, mi libertad.
Mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
Porque, aunque no supiera explicarlo, la joven cantante sabía que muchos siglos después, cuando el último pirata que surcara los mares hubiera sido olvidado, cuando los orígenes del puerto de Tortuga fueran tan solo una nota al pie de página, el espíritu, el valor y los ideales de los marineros libres vivirían por siempre en la leyenda de Poison Mermaid.
La leyenda de la Reina del Mar.
Después de pasar nuevamente por Trottingham las Pegasus y otras ciudades Equestres, la gira se había dirigido hacia el bosque de Hollow Shades. En Lunaria, capital de los batponies, era imposible ver a Steel Note en la distancia. El escenario, circular, estaba situado en el centro de una gran plaza, y todos los batponies lo rodeaban tanto por tierra como por aire, bailando violentamente o peleando como parte de su concepto de diversión. Solo la animada música y la voz de Sweetie Belle denotaban la presencia de la banda.
A bastante distancia, desde lo alto de una carroza, sentadas en sendas hamacas portátiles, dos yeguas unicornio tomaron sendos vasos y bebieron lentamente. Starlight alzó su bebida, y Trixie brindó inmediatamente.
—¿Ya les han dado las medallas?
—Oh, han dicho que todavía no —respondió Starlight Glimmer—. Dicen que "cuando acaben el trabajo".
—¿Qué trabajo?
—La gira —aclaró—. La están haciendo para "unir a todos los pueblos", o algo así, o más bien un homenaje a todos los que lucharon contra el Tártaro. ¿Qué has hecho con tu medalla?
—La GRAN Y PODEROSA… —Starlight le dedicó una mirada reprochadora—. Ejjem… sí, no tenemos público, perdón… La tengo guardada para no perderla. ¿Y tú?
—Lo mismo. Se me hace raro que nos den medallas como si fuéramos heroínas —esta vez fue Trixie quien le dedicó una mirada amonestadora—. ¿Qué?
—Starlight, te quiero, pero a veces me desesperas. SOMOS heroínas. Sin nosotras Twilight Sparkle habría muerto, la resistencia de Manehattan habría caído, no habríamos tomado el palacio, cientos de personas no habrían llegado a las catacumbas y, en definitiva, Sombra habría ganado. Guarda tu medalla y no la saques si quieres, pero basta ya.
—¿Quién eres tú y qué has hecho con Bellatrix Lullamoon?
La aludida rió ante la ocurrencia.
—Tú me enseñaste que podía ser mucho más que una maga de espectáculo. Déjame enseñarte a estar orgullosa de ti misma.
—Espero no ganarme el odio de todos los pueblos donde ponga un casco.
—No prometo nada —replicó la yegua azul—. No prometo nada.
Volvieron a brindar, mientras en la distancia la imponente voz de Sweetie Belle daba fin a un tema compuesto específicamente para el pueblo batpony.
El concierto de Steel Note en Lutnia no había sido tan exitoso.
Aunque acudieron muchos ciudadanos y miembros del consejo de sabios, al entender que aquel espectáculo era parte de la apertura de Equestria al mundo, lo cierto es que la cultura de los ciervos era demasiado distinta a los ponis. La música de aquella talentosa banda, a oídos de los druidas, sonaba demasiado caótica y discordante. Aunque no era tampoco su estilo predilecto, lo cierto es que Asunrix había disfrutado del concierto, habiendo conocido de primera mano las alocadas danzas de los marineros libres de Tortuga años atrás.
Días después de que la banda marchara de vuelta a Equestria, Asunrix fue acompañado en busca de un inmenso roble que hacía demasiado tiempo que no visitaba. No estaba demasiado lejos de Lutnia, pero había evitado volver a aquel lugar desde el fin de la guerra, si bien ni él mismo sabía explicar por qué. Cuando se acercó a la zona, en medio de un bosque salvaje, sintió las raíces de aquel majestuoso árbol bajo sus cascos como el saludo de un viejo amigo. El lugar estaba rebosante de vida: los pájaros llamaban a sus parejas con sus cantos, un riachuelo pasaba cerca, salvaje y bello, y presintió la presencia de un gran oso a algo de distancia. El roble, más grande de como lo recordaba, era el rey en aquel claro que, gracias a una hembra hacía décadas, había declarado como suyo cuando su semilla fue plantada en aquel lugar.
—Hola, viejo amigo.
Y la madera murmuró su respuesta.
El ciervo que acompañaba a Asunrix se adelantó; su pelaje era marrón con reminiscencias verdes y su cornamenta estilizada para los estándares de los ciervos. Era alto, aunque un poco más pequeño que Asunrix, y miró con impresionados ojos dorados al gran árbol. El ciervo puso una pezuña sobre la corteza del árbol y, durante unos segundos, entró en comunión con él.
—Era… una hembra luminosa —dijo—. Entiendo por qué la amas.
—Siempre la amaré, Ulian —respondió Asunrix.
El gran ciervo marrón sintió la pesadumbre en su compañero y se acercó a él mientras hablaba.
—Sinveria me dijo una vez: "El corazón es grande". Siempre habrá sitio para otro, aunque yo jamás deje de amarla.
Ulian se giró hacia Asunrix con media sonrisa.
—Dices eso por cumplir, Honorable Guerrero.
—No, Maestro Artesano: Solo digo una verdad que me ha costado aceptar.
El beso fue corto. No era el primero, ni sería el último. El gran roble, en cierta manera hijo de Sinveria y Asunrix, ronroneó en un idioma que solo los ciervos y otros árboles podían, realmente, comprender.
El último concierto de aquella gira que les llevara por medio mundo hizo que Lovely Rock reviviera recuerdos que preferiría olvidar.
Estaba rodeada por un denso humo blanco y, más allá de donde podía ver, escuchaba los gritos del público. Llamaban a Steel Note. La yegua miró hacia arriba, a duras penas pudiendo ver las estrellas, como cuando se vio rodeada por aquella maldita niebla blanca. Sintió la presencia de Lucent, quien la rozó con el lomo y la miró con una cálida sonrisa. Ella sonrió también, se alzó ligeramente sobre las patas traseras y lo besó. En ese momento, escuchó la voz de su productor a través del cristal mágico que llevaba en la oreja: "Muy bien, empezamos en cinco, cuatro, tres…".
Lucent se separó de ella y, cuando la cuenta atrás acabó, una luz se encendió tras Lovely Rock al tiempo que ella empezaba el conocido rift de una de sus baladas. El público estalló en vítores, gritos y aplausos al ver la figura de su ídolo recortada contra el humo y, cuando se acercaba la segunda vuelta del tema, la guitarra de Greta y la batería de Dawn anunciaron la respuesta del contrabajo de Lucent. Como los dos enamorados que eran, el bajo respondió a las preguntas de la guitarra, y sus melodías danzaron en el aire como ondinas, como elementales de la pasión que caracterizaba a todos los mortales.
En el instante en que se repetía por tercera vez el tema, antes de dar paso a la voz, se produjo una gran detonación. Una ola de todos los colores del arco iris pasó sobre el escenario y el público, arrastrando el humo blanco consigo y mostrando todo el campus universitario de Manehattan. Los músicos tuvieron que sobreponerse al súbito impacto sónico, y alcanzaron a ver cómo los Wonderbolts, guiados por la inconfundible estela multicolor de Rainbow Dash, se alejaban en formación sobre la ciudad tras haber creado aquel arco iris sónico.
Mientras el avanzaba para dar paso a la voz dos grandes figuras se manifestaron en el escenario. Las princesas Twilight Sparkle y Luna aparecieron a la vez, sonrientes, y bajaron la cabeza mientras la magia acudía a sus cuernos. En el cuello de cada integrante de Steel Note, incluida Sweetie Belle, apareció una medalla dorada bellamente ornamentada. Ambas hicieron una reverencia y se teleportaron, dejando libre el escenario para la banda.
En la distancia, al tiempo que Sweetie Belle tomaba el micro, Aitana Pones llegó hasta el palco que habían reservado para ella. Hope Spell se adelantó y sacó un diván.
—Hope, maldita sea, ¿voy a tener que decir un cliché tan grande para que lo entiendas?
—Hombre, yo solo…
—¡Vale, joder, lo diré! Hope Spell, no estoy inválida, solo estoy embarazada. ¿Vale? ¿Lo dejas ya, o tengo que demostrar que aún puedo placarte con un casco atado a la espalda?
—Vale, vale, lo siento.
—Anda, vamos a ver el espectáculo, bobo.
Con una sonrisa, ella lo besó y ambos se sentaron en sendos divanes. No faltaron los flashes de las cámaras de algunos periodistas.
—¿Qué piensas hacer?
—Te lo dije en las catacumbas de Canterlot y lo mantengo: lo dejo —respondió Aitana—. Ya he luchado demasiado. ¿Y tú?
—Ayudaré a formar a los Arqueólogos. Necesitan gente con experiencia.
—No tengo problema en entrenarlos también, pero que no cuenten conmigo para perseguir a más demonios.
—Yo… no estoy seguro.
—No lo dejarás.
Aitana seguía mirando hacia el concierto, y Hope Spell no supo bien cómo interpretar aquellas palabras o la tranquilidad con la que las había pronunciado.
—En esto eres como mi padre. Incluso si lo dejas, en cuanto vuelva a haber un problema, volverás. Estás hecho para ser cazador de demonios, si no no habrías aceptado unirte a los Arqueólogos cuando te lo ofrecí.
—Yo… no pretendo dejarte.
—No estoy diciendo que vayas a hacerlo. Siempre tendrás sitio en mi casa mientras sigas vivo. Además, no quiero que nuestro hijo crezca como lo hice yo: quiero que sea feliz, que conozca la paz, y sé que tú harás posible que muchas más familias la conozcan también.
Ambos miraron brevemente al concierto. Sweetie entonaba una oda salvaje a un amor tan grande que la llevaba a un lugar especial de la infancia, y que si lo miraba demasiado, podría hacer que rompiera a llorar. Pero también cantaba a esa persona que era también un lugar seguro, un refugio al que acudir, un apoyo eterno y que siempre estaría ahí, pasara lo que pasara.
—Da igual lo que pase: siempre estaré a tu lado.
—Y yo al tuyo.
Se apoyaron el uno en el otro, mientras en el escenario Sweetie Belle acababa la canción con un impresionante grito que se alargó varios segundos.
Y toda Equestria respondió con un ensordecedor aplauso.
