Capítulo IV.
Llovía torrencialmente. El carruaje estaba listo para que lo abordara. Era hora de partir a su nuevo hogar, a su nueva vida, con su nueva familia. La comitiva ya estaba a la espera de que subiera, su dama, su linda Natsuki la observaba solemne, como si con aquel acto ella fuese a crecer y dejar atrás a la muchacha de diecisiete años que aún era.
Miró por última vez el imponente castillo, que se alzaba orgulloso contra el gris del cielo. Era como su familia, la que por generaciones había residido ahí: solemne, fuerte y respetado. Una terrible nostalgia la invadió. Mentalmente repasó los largos pasillos, las habitaciones que había disfrutado en su niñez: la sala de banquetes, la sala familiar y su entrañable fuego en dónde miles de historias les fueron contadas, su propia y adorada habitación. Los arcones en dónde la servidumbre guardaba la ropa, con hierbas para que tuvieran buen aroma. Vislumbró los hermosos y cuidados jardínes, en dónde corrió de niña y disfrutó en su adolescencia, con las brisas suaves y el sol dándole en el rostro. Aquellos jardines que recordaría cada vez. Porque fue en los jardínes en dónde comenzó a enamorarse de Naruto Uzumaki.
Naruto.
Sintió un dolor en el pecho y temió largarse a llorar en aquel instante, en el que se suponía debía mostrarse como una novia feliz.
- Ya es hora, lady Hinata, debéis abordar el carro – la voz de su dama la sacó de sus pensamientos. La observó y asintió a la vez que se ajustaba la capa al cuerpo.
Mientras caminaba al carruaje, su mirada se desvió hacia la posición de su padre. A su lado, Naruto, la observaba con una expresión indefinible. No fue capaz de soportar esa mirada, esos ojos tan claros. Subió en silencio, sintiendo un extraño desasosiego.
- Te véis tan triste mi lady, como si en vez de ir a vuestra boda fuérais a un funeral. Sonreíd, porque vuestro padre os eligió a un buen hombre.
Hinata sonrió con tristeza.
- No es eso, Natsuki. Es sólo que me embarga la nostalgia el pensar que ya no estaré aquí siempre. Que ya no veré a padre y hermana seguido, que tendré otra vida… - replicó con nostalgia. – Pero es verdad lo que decís, lord Kakashi es un hombre bueno y estoy agradecida de que mi padre haya pensado en mi bienestar.
- Así es como debéis pensar. Si pudiérais verte, os sorprenderíais. Lucís hermosa a pesar de toda esa tristeza que delatan vuestros ojos. Ya quisiera vuestra piel y vuestra mirada.
La joven no pudo más que sonreír ante las palabras de su dama. Agradeció al cielo poder llevársela y seguir contando con su compañía. Además su charla disminuiría el tedio de aquel viaje que se estimaba en dos jornadas. Dos jornadas, eso demoraría en ver a su familia cuando fuese estrictamente necesario, puesto que así era. No podría visitarlos siempre porque una vez que perteneciera a la familia Hatake su vida se circunscribiría a aquellos dominios.
Lady Hatake.
Lady Hatake.
- ¿Qué es ese ruido? – preguntó Natsuki preocupada. Hinata la observó palideciendo, porque no era uno, sino varios gritos que se oían a su alrededor. Hizo ademán de revisar, pero su dama la frenó de manera brusca – Ni pensarlo mi lady, yo iré a revisar…
- Algo debe estar ocurriendo –gimió la joven, intentando detenerla. Pero fue en vano porque Natsuki salió del carruaje de forma temeraria. Si le pasaba algo nunca se lo perdonaría.
Gritos y más gritos. De pronto el carruaje se sacudió y tuvo que luchar por mantenerse en pie. Decidió que saldría, porque era mejor que mantenerse en la incertidumbre.
Ojalá nunca haber salido del carruaje, pensó. Afuera todo era gritos, gritos, caos y sangre, hombres luchando de manera encarnizada. Habían sufrido una emboscada. Estaban bajo un ataque feroz y descarnado.
Y de pronto, todo se hizo claro. Aquella amenaza se estaba convirtiendo en una realidad.
- ¡Padre! – el grito de Hanabi fue desgarrador. Hinata buscó desesperada entre todo el caos que reinaba a su progenitor, y lo vio caído en el campo. Dudó unos segundos, pero se lanzó a la carrera a la vez que su hermana llegaba hasta él también. Ambas se arrodillaron junto a Hiashi.
Los gritos seguían.
- Hinata, coged un caballo e iros. Hanabi id con vuestra hermana –ordenó con una extraña calma. Pero en ese momento se agarró el vientre e intentó luchar contra el dolor que azotaba cada parte de su cuerpo. – Estoy herido, pero no es de gravedad. Iros, iros hijas mías porque esto es causa de Uchiha y es por vos y si algo evitaré con mi vida es que caigáis en sus manos.
La joven palideció aún más. Intentó negarse, pero su padre fue tajante. Miró a su hermana y ésta asintió en silencio. Se levantaron y corrieron hacia los caballos.
- Tomaremos el bosque –indicó decidida Hinata. Por alguna extraña razón había salido de su letargo – tenemos la ventaja de que estos son nuestros territorios y los conocemos mejor que nadie.
En silencio agradeció a su padre el haberles permitido cabalgar durante su niñez y poder recorrer sus terrenos en varias ocasiones, lo que amaba hacer en las cálidas mañanas de verano.
Y recordó cómo en una de esas excursiones comprendió que amaba a lord Uzumaki. Cuándo fue tan claro que necesitaba todo de él.
Era un día precioso, soleado y verde. Eso recordaba con toda intensidad. Era un día precioso y su padre autorizó su salida junto a su hermana y Naruto.
Estaban felices. Se reía sin saber muy bien la causa. Pero se reía mucho cuando Naruto le hablaba. Todo a pesar de la seriedad de su hermana que avanzaba al trote antes que ellos.
- Me encanta el sonido de vuestra risa, lady Hinata. Es como una canción fresca.
Una brisa meció sus largos cabellos azules, haciendo que un mechón se colase en su rostro. Naruto alargó su mano hacia ella para retirarlo, y al lograrlo uno de sus dedos rozó suavemente su cara.
Ella se sonrojó de pronto. Él parecía tan serio, su mirada la traspasaba, como queriendo leer lo que pasaba por su mente en aquel momento. No pudo resistirlo, no pudo seguir viendo su mirada. La brisa seguía golpeando su rostro, arrancando las hojas de los árboles. Comenzaban a volverse doradas.
- Me encantan vuestros ojos. Como cambian de color.
Seguía cabizbaja. Y al mirarse las manos se dio cuenta de que no lo quería como a un hermano.
Al alzar la mirada él iba adelante, pero se volvió a mirarla.
Le sonrió y comprendió. Lo que comenzó en los jardines, se volvió una realidad en aquella cabalgata que parecía tan nodina.
- ¡Vamos! – oyó el grito de su hermana y partió al galope. Comenzaron a cruzar el campo sin mirar atrás hasta que escuchó gritar a Natsuki. Sin siquiera pensarlo se dio la vuelta para buscarla, dejando que su hermana adelantara.
- ¡Natuski! – gritó con miedo, deseando que nada le hubiese ocurrido. De pronto su conciencia le regañaba por haberse olvidado de ella. La joven dama de compañía corrió hacia ella y Hinata la ayudó a subir a su caballo – afirmaos bien, que correré a través del bosque.
Espoleó a su caballo y comenzaron a correr.
El bosque estaba en completo silencio. No lograba ver a su hermana, y dentro de su ser rogaba que hubiese llegado sana y salva al castillo. De pronto toda la tensión de la jornada hizo mella en ella. Tenía miedo por todos los hombres que había dejado atrás. Miedo por haberse marchado a pesar de que era una orden de su padre. Miedo por Naruto porque sabía que si algo le sucedía jamás se lo perdonaría y sentiría que su vida se terminaría en aquel momento.
- Tengo miedo, lady Hinata – susurró su dama abrazándola. Hinata no fue capaz de responder, ensimismada en todas las tribulaciones que anidaban en su mente. No podía sacarse de la mente la imagen de su padre caído en el campo.
La doncella comprendió y decidió que lo prudente sería callar.
- Ya no falta mucho, Natuski, ya estaremos a salvo en el castillo.
Estaba agotada, pero sabía que pronto llegarían. El bosque seguía silencioso, extrañamente silencioso, pero desestimó cualquier idea, se reprendió y dijo que era necesario que mantuviera la calma.
- Lady… -susurró Natsuki. – Escucho ruido de caballos, podrían ser de los nuestros que vuelven a castillo.
- No podemos correr riesgos, debemos avanzar. – replicó en voz baja Hinata. Ella también se había preguntado lo mismo, pero dadas las circunstancias no podía perder ni un minuto. En el fondo seguía aterrada, y muy triste porque se sentía culpable de lo que estaba ocurriendo.
Maldijo el día en que lo conoció. Sentía que comenzaba a odiar a aquel lord de negra mirada-
No lo vio venir, estaba a unas cuantas leguas de camino, fija en su objetivo de avanzar que cuando lo notó ya era demasiado tarde. Primero fue el grito de terror de Natsuki y luego el caballo que se cruzó en su camino montado por él. Por lord Uchiha.
Hinata fue rápida y pudo frenar antes de estrellarse contra él. Bastó la mirada turbia, intrigante y enigmática para darse cuenta de que estaba perdida. Pero aún así quería luchar, quería oponerse ante ese destino incierto que significaría si caía en sus manos. Quería doblegar a ese hombre que ya se daba por su dueño. Quería gritarle en la cara que no sería nunca para él.
Espoleó con violencia su caballo, tanto que Natsuki casi se cae por lo que le gritó que se sostuviera. La solo idea de caer en sus manos la aterraba y la alentaba al mismo tiempo. Sabía que tenía un margen mínimo, pero por pequeño que fuese lo intentaría. Espoleó aún más al caballo, y cuando éste avanzaba a demasiada velocidad su doncella se soltó y cayó.
Fue sólo un instante. Pero Hinata detuvo su marcha sin siquiera pensarlo y supo que había cometido un grave error. Se maldijo para sus adentros mientras lo veía acercarse a ella con esa maldita sonrisa en los labios.
Fue cosas de segundos.
La obligó a descabalgar y la subió a su montura de forma brusca, pero ella no reclamó. No le daría la satisfacción de verla humillada ni suplicar ni rogar. No lo haría porque sabía que era lo que estaba esperando de ella.
- Seguid vuestro camino doncella, pero vuestra lady se va conmigo – le indicó a Natsuki. Ésta sabiendo que no tenía oportunidad alguna asintió en silencio observando a Hinata, quien por alguna extraña razón se veía tranquila. Pálida, pero más solemne que nunca.
- Pronto os tendremos aquí lady, en vuestro hogar – dijo fríamente la doncella y se dio la vuelta para no ver como aquel maldito hombre se la llevaba. Lloraría, pero no frente a él. Estaría a la altura de su lady.
- No será así –replicó el lord a la vez que espoleaba el caballo para comenzar a transitar hacia sus dominios. Se sentía exultante de tener a aquella mujer a su merced y a pesar de todo, no podía dejar de admirar la valentía que demostraba al no rogar ni llorar como hubiese hecho cualquier otra mujer en aquellas circunstancias.
Cabalgaron en silencio durante todo el día. Ella no le dirigió la palabra, sólo se dedicó a mirar al frente, como si quisiera aprenderse de memoria el paisaje. Y en realidad era hermoso de mirar, el valle estaba verde y el cielo brumoso a causa de la lluvia se veía soberbio.
- Todos estos serán vuestros dominios cuando seáis mi mujer – le dijo sin esperar respuesta de parte de ella – junto a los vuestros seremos dueños de los más grandes del país.
- No os ví en batalla –replicó ella de manera fría, de manera impersonal como si en el fondo no le estuviera hablando a él. – Seguramente sois de aquellos que mandáis a morir a los demás por vos mientras os quedáis en la comodidad de vuestro salón.
Sasuke sonrió.
- Estuve, de hecho os vi correr hacia vuestro padre en medio del forcejeo. Sois una mujer arriesgada, sin duda, y os vi partir y luego devolveros por vuestra criada. Si no hubiese sido por eso tal vez no habría logrado alcanzaros. Sois noble, y toda esa nobleza os ha entregado a mí – sarcasmo. Y era lo que menos necesitaba, que aquel hombre odioso se burlase de ella haciendo mención a su familia. Era clara su burla, la nobleza, el honor, todo aquello de lo que carecía y de lo que se preciaban su padre y hermana. Lo hubiese golpeado, pero ella no era así y no le daría la satisfacción de hacerle saber que la había afectado.
- ¿Qué pretendéis con todo esto? Seguramente sabéis que estoy destinada a otro hombre y que me requerirá. Aunque un hombre como vosotros no debe saber lo que eso signifique.
- He sido lo suficientemente claro y ambos lo sabemos, mi lady. Seréis mi esposa como os dije aquella vez en vuestro castillo. ¿Recordáis aquel día?
- ¿Me forzaréis entonces? –Hinata ignoró la alusión a aquel encuentro de forma deliberada. Jamás reconocería que había pensado en ello muchas veces. - Pues desde ya os digo que no consentiré en tal cosa. No sois el hombre que mi padre eligió para mí, y por tanto no accederé a aquello que decís.
Sasuke detuvo el caballo tirando suavemente de las riendas. Bajó de éste y la observó hacia arriba. Qué hermosa lucía, tan seria, tan solemne, tan consciente a su vez de que estaba a su merced y aún así decidida a negarse. La hubiese llevado directo a su habitación para hacerle el amor, pero a ella no. No sería de aquella forma. Ya teniéndola en sus dominios era un gran avance ante sus planes.
- Mi padre sería capaz de desheredarme y ya no os serviría para vuestro proyecto.
- Sabéis que nunca haría tal cosa. Conozco a los hombres como vuestro padre, su propia nobleza le impediría desamparar a su primogénita. No sería digno de alguien como él, creedme, yo como hombre que no conozco el honor lo haría si estuviese en aquella posición. Ni dudaría en arrojaros de mi vista.
Hinata lo observó entonces. Ahí estaba, tan dolorosamente bello, conocedor que nadie le negaría nada y que por aquella razón se atrevía a aquel ultraje. ¿La forzaría? ¿Sería capaz de violarla para conseguir su heredad? De ser así no tendría más remedio que quedarse a su merced y la perspectiva no resultaba halagüeña. Recordaba la conversación con sus primas el día del torneo y se preguntó qué sería de ella si ya existía una mujer dueña de sus tierras. Había escuchado relatos terribles de hombres que se casaban con mujeres por poder, por tierras, y luego las encerraban en conventos para que se pudrieran en vida. Tal poder tendría sobre ella si concretaba su amenaza de hacerla su mujer.
Rogó en silencio para que eso no sucediera. Debía haber algo que la salvase de aquella situación.
- Mi padre… sólo quiero saber cómo está mi padre. Iré con vos, sin reproches ni reparos, pero decidme cómo está él. Sólo eso os pido.
A pesar de que estaba rogando por aquella información, su tono seguía siendo frío. Y eso le gustaba, y mucho. La observó en silencio, admirando el cuerpo que se dibujaba bajo la ropa. El peinado de trenzas que la hacía lucir como una aparición por lo pálida de su piel y por aquellos hermosos ojos que no sabían mentir. Sí, tenía miedo, pero era demasiado digna como para demostrárselo.
- Vuestro padre fue herido, como sabéis, pero sobrevivirá. Y sé que lo hará porque me reclamará vuestro secuestro, pero nada podrá hacer. Para cuando lo haga ya seréis mi mujer.
Montó nuevamente y al pasar sus brazos junto a ella para tomar las riendas tomó sus manos y no las quiso soltar a pesar de sentir la incomodidad de lady Hinata. Tendría que acostumbrarse a su tacto porque tenía pensado tocarla muchas veces.
Ella no protestó.
- La habéis traído. Os habéis salido con la tuya como siempre – el tono amargo de Ino le indicaba que nuevamente tendría que soportar una escena explosiva. Se le estaba quitando el apetito a pesar de la suculenta cena que tenía por delante. Estaban los dos en el salón, alumbrado por un par de velas, ya que le había ordenado a los sirvientes que se retirasen.
- Os lo dije. Sabíais que la traería a este lugar, estabais en conocimiento de mis planes con ella. Estoy a un paso de lograr una enorme fortuna, ¿no estáis contenta acaso?
Ella lo miró con rabia. Odiaba cuando se burlaba de esa forma de ella, ¿cómo podía estar feliz si su rival estaba bajo su mismo techo? Porque a pesar de ser ama y señora de aquel castillo, no podía evitar sentirse inquieta. Ya notaba como las criadas la miraban de forma extraña, y como cuchicheaban y se quedaban en silencio cuando ella estaba cerca. Lo odiaba, porque tenía un mal presentimiento de todo ello.
Los había visto llegar porque el paladín había dado el aviso apenas los divisó. Entonces ella se acercó al patio a esperarlo, para que esa otra mujer supiera que ya había alguien allí. Pero no se esperaba encontrar a una mujer bella, pálida, y llena de una dignidad que la transmitía a todos los presentes. Esperaba encontrarla llorando, rogando, gritando o los escándalos que hasta ella misma había protagonizado alguna vez, pero no. Comprendió que era diferente.
Estaba serena. Mirando hacia el frente con la cabeza en alto, como dándole a entender a todos que nadie podría doblegarla. La odió en aquel momento, porque dentro de su ser sintió que ella podría ser una real amenaza, a pesar de todas las promesas de su lord. En ese momento la mujer la vio sin demostrar ninguna emoción y sus miradas se encontraron.
"Sabe quién soy", pensó lady Ino. Era una mujer que podía leerse y su mirada daba a entender que lo sabía.
Cuando vio cómo la ayudaba a bajar de la montura se dio la media vuelta para ordenarles a las cocineras que prepararan el banquete que estaba destinado para él.
- ¿Cuándo pensáis casaros con ella? Aquel día no quiero veros, no quiero sentiros, no quiero estar en aquel lugar. Ya las criadas cuchichean por los rincones y siento su burla sobre mí.
- ¿Qué importan los chismes de criadas? – espetó él, cansado de aquella conversación.
- Qué os va a importar si son las mismas criadas con las que os enredáis. – replicó con amargura. Deseaba estar lejos de él, pero sabía que no podía con su alma. Aquel hombre era una droga, un delirio, que por más que la dañase ella no podía dejar. Amaba todo de él, hasta la dureza con que la trataba en ocasiones. Como cuando ella quería negar su cuerpo y él lo conseguía muy a su pesar. Nada podía negarle, y aunque se sentía herida en lo más profundo por estar con aquella mujer, sabía que cuando la buscase por la noche no diría que no.
- Basta. Ya os he dicho en varias ocasiones que seguiréis siendo la dueña de este lugar. Me casaré con ella, como ya os he dicho porque es la forma de lograr mis planes, yaceré con ella porque de esa forma la unión nunca podrá ser disuelta y sólo así estará completamente a mi merced. Pero luego volveré a vos. – la tomó de la muñeca cuando ella hizo ademán de levantarse de la mesa.
Ella se quejó por lo bajo.
- Me hacéis daño…
- Iros a la habitación y esperadme porque esta noche yaceré con vos. – le susurró al oído, con determinación. Le permitió retirarse, viendo cómo se alejaba de él.
Pero no iría directamente a ella.
Continuará.
¡Hola! Si sigues leyendo este fic, muchas gracias.
Vi que algunas personas anticiparon lo que sucedería con Hinata, me encanta! Ahora veremos qué hará nuestra lady Hyuuga.
Hasta la próxima.
