Capítulo VI.
Aquella mañana estaba más fría que las anteriores. El cielo, más ceniza que el de otros días y el viento rugía con más fuerza, golpeando el rostro de todos. El invierno estaba a las puertas y se sentía calar el frío hasta los huesos. Hinata estaba, muy a su pesar, junto a Sasuke, esperando ver salir a Naruto del castillo para que se dirigiera a los terrenos de su padre.
La noche anterior había bajado a la mazmorra para hablar con él. Pero aquella vez, no le rogó que la poseyera, porque sabía que era una batalla perdida de antemano. No, él no era esa clase de persona y ella lo supo siempre. En parte, era su nobleza lo que la había enamorado y esa misma nobleza había impedido que la tomase de una forma poco digna y que la arrojara a brazos de otro hombre.
Ya nada podía ser peor, pensaba. Hasta que recordaba que yacería con él y quizá cómo sería tratada. ¿La golpearía? Una vez siendo su esposa sería parte de su propiedad. El ruido de las compuertas abriéndose la sacó de sus cavilaciones o vio salir a Naruto montado en un caballo. Ella sintió como algo dentro de su pecho se quebraba, y se acercó instintivamente hacia el borde del puente en dónde estaba observando la escena. Era lo suficientemente alto, pensó, para caer y olvidarse de todo.
No importaría nada más.
¿Y sí...?
- Cuidado, lady, podríais caeros si continuáis - la voz profunda de lord Uchiha la hizo volver a aquel momento. En un movimiento imperceptible, llegó junto a ella, demasiado cerca, como si de verdad temiese que se lanzara desde aquel puente.
Hinata sintió como la marcha de Naruto se detuvo y se volteó a mirarla. Estaba serio, como nunca lo había visto antes, él, el que siempre sonreía a todo el mundo, le estaba diciendo que aquello era serio. Ya no eran los niños que jugaban en los jardines de los Hyuuga, ni los que cabalgaban alegres en las mañanas de aquellos veranos que quedaron grabados a fuego en su memoria.
Ella asintió, porque no se sintió capaz de realizar ningún gesto, porque lo único que quería hacer era estar en ese caballo junto a él e ir al cálido abrazo de su familia.
Pero no. Naruto azuzó el corcel y emprendió una larga carrera que lo alejaba para siempre de ella.
- Ya he cumplido con parte de mi palabra, apenas llegue la nota de lord Uzumaki, ordenaré que comiencen con los preparativos de la ceremonia. - Hinata no lo escuchaba bien, en realidad, ya nada importaba. Sentía alivio, sentía una extraña paz y estaba decidida: no se sometería jamás. No pensaba pasarse la vida siendo insultada ni menoscabada. Siempre había sido serena, sensata, silenciosa, más pensativa que de reacciones concretas. Ella se dio la vuelta para volver a sus aposentos y en ese instante su mirada se cruzó con la de lady Ino. ¿Así que había estado observando su tortura? Pero su mirada dejaba vislumbrar una tristeza que no entendía: se sentía la más miserable persona del planeta. ¿Por qué ella sentía tristeza si había accedido a vivir a la sombra de un hombre cruel?
- Supongo que vuestro silencio confirma mis palabras - le dijo mientras ella se alejaba de él. Asintió, sin darse la vuelta, sin mirarlo en ningún momento. Sólo necesitaba estar lejos de su presencia, estar sola y decidir qué haría.
Porque algo haría.
Ya en sus aposentos les pidió a sus criadas que la dejaran sola. Ya no estaba Naruto en el castillo, por lo que no tenía sentido que la estuvieran vigilando. Aunque sabía que los guardias fuera de su habitación seguirían "resguardándola". Las mujeres le dieron una mirada de lástima y la dejaron sola.
Comenzó a pensar. ¿Cómo podría salir de aquella situación? Ser indiferente, ciertamente no había funcionado, tal vez por lo mismo lord Uchiha se había empeñado por seguir adelante. Aunque no podía descartar del todo que luego la enviase a un convento, o quizá hasta de vuelta con su padre, porque su mujer seguía en el castillo. ¿Qué podría hacer, mostrarse interesada por él? No era una mujer dada a mentir. Si bien su personalidad era más retraída, nunca fue capaz de mentir u ocultar lo que sentía. Por ejemplo, había creído por mucho tiempo que nadie sabía de sus sentimientos por Naruto y en realidad era un secreto a voces que se había tolerado.
¿Entonces? Pues no le quedaba más que someterse a las circunstancias. Y tal vez, ante la mínima oportunidad, podría escapar de Sasuke Uchiha.
Las criadas la ayudaron a colocarse el precioso vestido azul, con aplicaciones en color dorado. Se veía realmente hermosa. La peinaron, con una trenza larga que adornaron con flores blancas (de la misma forma en que la había conocido lord Uchiha) y finalizaron con una diadema dorada que realzaba los suaves rasgos de su rostro. Estaba aterrada, pero no dijo palabra ni dejó traslucir sus emociones. Sabía que la esperaba un salón repleto de gente, pues su futuro esposo no quiso dejar pasar el acontecimiento. No quería que lo dieran por falso ni lugar a suspicacias. Pensó en su padre y en lo mortificado que se debía sentir en aquellos momentos, porque en la nota que le había enviado Naruto le explicaba que estaba al tanto de su situación.
¿Podría alguien salvarla? Ya parecía ser demasiado tarde. Escuchó de pronto el suspiro de una de las criadas y le preguntó qué ocurría.
- Se ve tan hermosa, creo que nunca he visto una novia como vosotros.- Hinata le hubiese respondido que encantada le cedía su lugar. Pero aquella misma mañana Sasuke había visitado sus aposentos a entregarle la diadema, como regalo de matrimonio. Ella sonrió con tristeza, pero sin decirle palabra alguna. Y la besó. Fue distinto al beso que recibió de Naruto (que había sido el primero de su vida). Era evidente que Sasuke tenía la expertiz en aquellos menesteres y ella se dejó arrastrar por el beso. Pero sin pasión, sin ánimo, sino que entregada a su destino. ¿Para qué luchar si podría estar atenta a cualquier oportunidad?
- Gracias por vuestra ayuda, habéis sido muy amables al auxiliarme. Creo que ya pueden avisarle al lord que estoy lista. - Su voz sonó calma, y ellas le respondieron con una sonrisa. Hicieron una pequeña reverencia a modo de despedida y salieron de la habitación para cumplir con la orden de la bella lady. En el fondo, ellas que no sabían mucho, la envidiaban. Veían al señor, y más de alguna vez habían yacido con él, pero desde que había llegado la señora al castillo, no se le había visto con ninguna. Ni siquiera con lady Ino, que mostraba un carácter malhumorado, y castigaba a todo el mundo ante la más mínima equivocación.
En otra habitación, lady Ino se preparaba para enfrentarlos a todos. Para la ocasión eligió un soberbio vestido color vino, el que hacía resaltar sus bellos rasgos. Sus criadas trataban de cumplir con sus obligaciones, temerosas a cualquier arranque de furia.
"Es un cobarde" pensaba, mientras le peinaban los rubios cabellos. "No se ha atrevido a venir". "Es un infame".
- ¡Argh! - gritó ante un descuido de las criadas. Le habían jalado demás el cabello y lady Ino se cargó contra ellas dándoles una sonora cachetada a cada una. - ¡Ineptas! Si me vuelven a dañar haré que las expulsen del castillo.
Una pequeña mirada cruzaron las criadas, pero no pasó desapercibida para la señora. Comprendió de inmediato su significado y palideció de pronto. Al parecer, creían en verdad que ella estaba a punto de perder todo el poder, tanto en el castillo como sobre su señor. Todo eso estaba siendo ocasionado por el cambio de lord Uchiha. "Si me visitase, como me prometió varias veces, las criadas no estarían con risitas a mis espaldas".
Dejó que terminaran y les indicó que podían retirarse. Seguramente debían dedicarse a la víspera de la boda y ella, por esta vez, no armaría ningún drama. Sería sutil. Algo había aprendido de lady Hyuuga.
Además, ella seguía siendo la mujer por la que fue capaz de matar.
Hinata comenzó a caminar por el pasillo principal del castillo, custodiada por cuatro guardias. De haber tenido el ánimo, se habría reído por aquel despliegue de cuidado: desde que estaba en aquel castillo cada uno de sus movimientos era observado e informado al señor, al parecer, no había nada que escapara de su conocimiento. Era una cautiva, de todas formas, pero era una mujer sola que no tenía ningún tipo de poder o forma de escapar.
Pero no sonrió. Estaba nerviosa, no sólo porque cientos de ojos se posarían sobre ella, escrutándola y constantando la victoria ignominosa de Sasuke Uchiha. La atormentaba pensar qué sucedería en verdad luego de aquel funesto enlace. También pensaba en lo mortificados que se sentirían su padre y su hermana, ante aquella situación que estaba lejos de cualquier honor y grandeza que hubiesen deseado para ella, como era de esperar para una heredera de su clase, pero ya se encaminaba rumbo a dejar todo eso atrás.
Y decidió que se enfrentaría a su destino, con la frente en alto. Porque podía ser una mujer reservada, rayano en lo tímida, silenciosa y dispuesta a obedecer, pero al final y al cabo, era la heredera de la familia Hyuuga y ni siquiera un hombre como el Uchiha podría cambiar eso.
- Os saludo, novia - oyó la voz de lady Ino salir desde una habitación. Se detuvo en seco, para observarla bien. Quería saber qué revelaba su semblante, porque tal vez eso le daría un indicio de lo que iba a sucederle. Pero no, el rostro bello de la rubia parecía frío, pero no demostraba nada más.
Hinata apreció lo arreglada que estaba y supuso que asistiría a la ceremonia. ¿Es porque era una farsa? ¿Porque quería demostrarle que ella no se daba por vencida? "Interesante", pensó antes de abrir la boca y devolver el saludo.
- A cumplir con mi parte de la deuda - le dijo antes de seguir caminando. De pronto se encontró ante una gran puerta de madera, que se abrió apenas se plantó frente a ella. Sonaron trompetas y sintió como toda una sala se giraba hacia ella.
En algún momento pensó que no podría, que su cuerpo no obedecería, pero el orgullo propio de su familia hizo lo suyo. Con la cabeza en alto, recorrió el largo camino de aquel pasillo, en dónde la esperaba su futuro esposo con una expresión indefinible en el rostro. No lo notó, pero por primera en mucho tiempo un brillo se podía ver en los ojos negros, mientras contemplaba el perfil dulce y suave de su novia.
Y una vez más, como le sucedía cada vez que la veía, sintió que ella no podía pertenecer a aquel mundo.
El sacerdote comenzó con la ceremonia, leyendo una liturgia en latín y de pronto, todo se volvió una bruma.
- El señor y la señora llevan tres días completos en sus aposentos. No han salido de ahí - comentaba una criada a otra, mientras ordenaban ropa de cama, manteles, entre otros. Era increíble la cantidad de textil que se debía lavar, blanquear, ordenar cada día. Pero ya estaban acostumbradas, y además, chismosear lo hacía todo muy entretenido.
- Nunca lo había visto comportarse de esa forma, ¿con una sola mujer? Más de un día, nunca lo hubiese creído y… - comenzó a bajar la voz, lo que provocó que la otra criada se acercase instintivamente para poder oírla mejor - me han dicho que lady Ino está desconsolada, se le ha visto plantada frente a la puerta, pero sin hacer nada, como una estatua.
- A ver si se le bajan los humos - replicó la otra- se las dio de gran señora hasta que llegó una de verdad.
Ambas soltaron una sonora carcajada y continuaron conversando de otras cosas. Porque la vida seguía en el castillo.
Porque así era, aunque no de la misma forma para todos. Para una persona, todo había cambiado desde el maldito día en que Hinata Hyuuga había entrado a sus vidas. Eso pensaba lady Ino, con una amargura infinita, mientras paseaba sin rumbo por su habitación. Una y otra vez, acudían a su mente imágenes que iban desde el día en que su lord le comentaba que acudiría a una justa, pasando por el momento en que le anunciaba que contraería matrimonio, pero con ella, hasta la noche en que finalmente se casó con lady Hyuuga.
Aquella noche acudió a sus habitaciones, y por un momento, sintió que la alegría la desbordaba porque él la elegía a ella por sobre la otra mujer, podría demostrarle al mundo que había ganado. Pero no fue así. Sasuke caminó directo hacia una silla y se quedó en silencio unos momentos.
- Lamento no haberos visitado estos días. Entre asuntos de castillo, el matrimonio - Ino arqueó una ceja, ¿desde cuándo le importaban a él aquellos asuntos? ¿Qué hombre era ese, el que no hubiese hablado y la habría llevado a la cama sin pensarlo? - no había tenido el tiempo necesario para veros.
Comprendió que no estaba ahí para eso. Comprendió que Sasuke simplemente la estaba visitando, como si estuviese terminando un listado de pendientes. ¿Tendría que agradecer esa pequeña deferencia? Una sonrisa triste brotó en sus labios, recordando cómo hacía tan poco le había jurado que sería siempre su mujer. Ahora, podía decir que realmente conocía a lord Sasuke Uchiha, un hombre acostumbrado a tomar y dejar, a reclamar y cumplir con todos sus deseos y el mundo no tenía límites para él. Ella había sido uno de sus caprichos, pero ahora era otra y así sucedería en un ciclo sin final.
- Gracias por vuestra visita, mi lord. Aunque esperaba que fuese en otras condiciones, como antes. - se acercó a él, lentamente, sabiendo que se jugaba la última carta. Necesitaba saber qué papel cumpliría ahora, ya que estaba ahí diciéndole sin decir que ahora deseaba a otra mujer. Se plantó frente a él, y sin proferir palabras, se sentó en su regazo y pasó sus brazos por ese cuello que tantas veces había besado. Su aroma le golpeó con demasiados recuerdos y cerró los ojos buscando sus labios, porque no podía creer que simplemente hubiese dejado de amarla. No era posible, no, su orgullo no le permitía aceptar semejante destino.
- Quedaos conmigo, demostradme que la palabra de lord Uchiha es de honor y recordad cuando dijisteis que siempre sería la única y siempre me amaríais. - susurró sobre los labios de él y le besó con suavidad. - demostradme que me amáis, que no me arrancaste de una vida tranquila para luego dejadme a la deriva.
- No os dejaré a la deriva. - le respondió él, alejándose de forma mecánica, como si le molestase ahora su toque. - Podréis seguir viviendo en el castillo, pero comprenderéis que ya no seréis la señora.
Era el final. Sabía que él no le daría ninguna explicación, no podía exigirle nada. Se levantó en silencio y se alejó. Tal vez sería la última vez que lo tendría así de cerca y trató de contener las lágrimas.
- Os agradezco, mi señor, por vuestra generosidad. - era irónico agradecerle que la abandonara - Y también, os deseo una sola cosa: que todo lo que me estáis haciendo sentir, lo podáis sentir también.
Volteó la vista y sólo sintió como la puerta se cerraba. Fría, inmisericorde, como aquella despedida de pocas palabras, pero con todo el significado que ella misma se había negado a creer. Y desde ese momento, se supo vencida y se culpó por haber sido tan ingenua. Pagaría por el crimen de su esposo, porque había vivido y amado al hombre que había tomado su vida, y aunque fueron años grandiosos para ella, todo había terminado, el capricho había concluido y ahora era una mujer que había sido adorada y luego, repudiada.
Y así, habían pasado aquellos días. Cada uno era un dolor constante y sus cambios de ánimo fluctuaban desde la rabia más profunda, en dónde le gritaba y maldecía a su suerte, a la tristeza más agria, en dónde no podía dejar de llorar. ¿Cómo iba a seguir viviendo en aquel lugar, en dónde fue dueña y señora y ahora era una simple mujer más? Se encontraba en un limbo insoportable: era más que una criada cualquiera, pero era mucho menos que una señora y sabía que si seguía en aquella situación, acabaría por enloquecer.
Se acercaba a la puerta de la habitación de su señor, sólo para comprobar que ésta no se abría. Tal vez si luego de su noche de bodas, hubiese vuelto a ella, lo habría recibido con alegría, se olvidaría de todo y se seguiría mostrando orgullosa, pero era evidente que había perdido la partida.
Entonces, supo que tendría que continuar con el plan de acción que había iniciado hacía algunos días.
- Ordenad mi equipaje, emprenderé un viaje. - indicó a la única criada que le hacía compañía. - Guardad mi ropaje en el arcón, porque deberé salir de este lugar.
La criada obedeció en silencio, sin comentar nada y lady Ino sintió frío. Si tan sólo lord Kiba siguiera con vida, tal vez tendría hijos y seguiría siendo una gran señora. Había caído tan bajo y se había golpeado tan fuerte con la asfixiante realidad, que comprendió que debía alejarse de lord Uchiha o definitivamente perdería su alma.
El invierno seguía su curso. El frío calaba los huesos. A veces la lluvia arreciaba con fuerza y ella fascinada, observaba como los verdes campos se observaban límpidos y hermosos. A veces, acompañada de un guardia, se atrevía a montar a caballo y bajo la lluvia, hacía correr a su corcel sólo para sentir con fuerza la lluvia que mojaba todo su ser. Sólo en momentos así, se sentía un poco libre.
Porque desde la primera noche en que yació con él, supo que ya no lo era.
Sasuke, su ahora esposo le había ordenado que lo esperase en sus habitaciones y ella esperaba tranquila, con la secreta esperanza de que quizá no quisiera cumplir con aquella promesa de consumar el matrimonio. Quizá el amor por lady Ino sería más fuerte, y mientras imaginaba con algo de satisfacción que pasaría la noche sola, su esposo entró.
La miró de una forma extraña, o tal vez ella no supo interpretarla de forma adecuada, y por un instante temió que se volviera violento. Pero en vez de eso, le preguntó si deseaba beber algo.
- Un poco de vino dulce - respondió tratando de mantenerse tranquila.
Le sirvió una copa y se quedó en silencio. ¿Por qué lo hacía tan difícil? ¿Por qué no la montaba de una vez para luego reclamar su linaje y su riqueza? Sin darse cuenta de lo que hacía, se puso de pie y se acercó a él.
- Ya estoy a vuestra merced. Os ruego que me digáis qué pretendéis de mí y si luego me dejaréis marchar, como os lo pedí.
Y sin aviso, él la besó. Primero, con suavidad, para luego subir la intensidad y terminar besándola con desesperación. Sin separarse de ella la empujó de a poco hasta que cayeron a la cama, en un lío de labios, brazos y piernas. Ella lo desesperaba y quería acabar con ese deseo que lo consumía desde que la había visto. ¿Acaso sería distinto a otras? Él, hombre acostumbrado a tener, a tomar, a exigir, le decía de forma muda que estaba a su merced.
Sus manos ya no podían ocultar su urgencia y comenzó a tocarla. Primero esos pechos preciosos, y sintió como ella ahogaba un pequeño grito. Probablemente pensaba que sería un monstruo, pero con ella no. No era su linaje, sus formas, o alguna otra cosa, deseaba a esa mujer, con un deseo y urgencias nuevas, que no conocía y que detestaba de cierta forma, porque si algo pensaba Sasuke sobre sí mismo, era que nada podía dominarlo.
- No os haré daño, pero voy a tomaros. Necesito tomaros - su voz se tornó ronca, embargado por el deseo. Comenzó a quitarle la ropa, y ella, simplemente se lo permitió. Dudó un momento, ¿por qué no luchaba? ¿Por qué simplemente se entregaba?
Hinata comprendió de pronto que tenía un poder sobre él, que no esperaba. En parte su desconocimiento de los hombres y sus razones no le habían permitido vislumbrarlo antes, pero viéndolo suplicar por su cuerpo, entendió que Sasuke la observaba como si fuese una cosa preciosa.
- Tomadme - le dijo, mientras él se ocultaba en su cuello, para besarlo con devoción. "El cuello", pensó mientras un escalofrío le recorría la espalda. De pronto, su toque no le molestaba y una parte de sí, hasta lo reclamaba.
Se lo dijo en verdad y eso fue todo lo que necesitaba oír para hacerla suya.
Se alejó un poco para observar su cuerpo, de contornos suaves, pálido como la luna reflejada en los ríos. Le dolía su belleza, pero ahí la tenía, enfrentándolo con la mirada. ¿O quizá esperando que entrase en ella?
La penetró con suavidad, lo que le costó un esfuerzo supremo. No quería dañarla, pero aún así sintió como las uñas de ella se enterraban a su espalda. Hinata tenía los ojos cerrados, y él buscó con desesperación sus labios mientras sus embistes se hacían más rápidos. Su estrechez lo hacía cambiar de ritmo, a veces rápido, a veces lento, mientras ella se mordía los labios, pero sabía que disfrutaba, porque su cuerpo hablaba, sus pechos erguidos, la espalda encorvada, y Sasuke se sabía perdido ante aquella mujer que sabía no se merecía, pero que necesitaba.
Aquella noche ninguno de los dos durmió.
Hinata había estado tres días con sus noches sometida a la voluntad de su esposo, y aunque no podía negar que disfrutaba el acto físico, sabía que no podría amar nunca a ese hombre.
Cuando por fin pudo volver a sus habitaciones, sus criadas le comentaron sobre la huida de lady Ino. Mientras ella estaba encerrada con su esposo, la rubia había escapado del castillo y según lo que se sabía, había solicitado asilo en un convento. Esa misma noche, cuando su esposo la visitaba, le había preguntado si haría algo por rescatarla.
- No es mi deber ni mi obligación, ella decidió irse. - dijo a la vez que se iba desnudando. Hinata lo observó, a pesar de todo lo malo que podía pensar de él, no se negaba a que era un hermoso ser, su cuerpo de hombre curtido en batallas y justas, era agradable de ver. Y de tocar... Ni siquiera las cicatrices parecían hacer mella. No, era hermoso, demasiado a su parecer. Pero despiadado, le costaba creer que simplemente dejaba a su suerte a una mujer que se suponía había amado.
No estaba bien, y se dijo que jamás lo amaría. No se lo permitiría. Pero mientras pensaba eso, recibía a su esposo entre sus piernas y dejaba escapar suaves gemidos, lo cual lo excitaban aún más. Odiaba su cuerpo, porque la traicionaba.
"Así como me desea, así fue como la deseó a ella, así puede ser que se canse de mí y me repudie".
Después del sexo, ella se apartaba en seguida de él y se sumía en el mutismo. Parecía decirle que cumplía con su deber, pero que no le daría ninguna otra satisfacción. Tampoco le pediría que la amase, porque sería absurdo esperar algo así de su parte. Sí agradecía en secreto que no la maltratase como había pensado en algún segundo.
En cuanto ella se alejaba, él buscaba el calor de su cuerpo, y se estremecía ante aquella mujer que no suplicaba como otras ni le pedía tontas promesas de amor. No. Ella ciertamente disfrutaba del sexo, y no pretendía esconderlo, pero no le interesaba nada más de él y eso también se lo hacía saber. No era una estratagema, era el resultado de sus acciones, de sus palabras y de la manera en que se habían desarrollado los acontecimientos.
Porque no parecéis pertenecer a este mundo.
¿Qué clase de mujer era aquella? Le costaba descifrarlo, él, que ya ni sabía con cuántas mujeres había yacido, no podía penetrar en el alma de aquella mujer, y lejos de poder saciarse de ella, nacía siempre un nuevo deseo. Por eso la visitaba cada noche, aunque por la mañana se dijera que no volvería a hacerlo y que quizá se buscaría a otra. Pero sabía que se mentía, porque a veces en medio de la tarde, acudía a sus habitaciones e interrumpía de forma violenta su lectura, su bordado, o la contemplación de los campos. Sus criadas apenas le veían entrar, se retiraban rápidamente de los aposentos. Ella lo miraba en silencio, a veces con una pequeña sonrisa que él no entendía. Como si supiese algo.
Entonces, con rabia, pero sin hacerle daño, la besaba y pensaba que así como sentía que odiaba su frialdad, amaba ese cuerpo y aquella mujer que parecía no necesitarlo.
Hasta que llegó una carta de parte de su hermana.
Continuará.
