CAPÍTULO XIII
Las campanas sonaron, una vez más, como cada día y ella abrió los ojos, ya acostumbrada a la apacible rutina. Se puso de pie y acudió a la fuente con agua fresca que la esperaba, para limpiarse, y vestirse con la sencilla túnica de lino. Ya poco a poco comenzaba a aclararse el día y ella debía acudir al servicio de la mañana.
A pesar de las campanas, el convento luego se sumía en el silencio y ese era el silencio que en parte lograba aplacar todo lo que sentía. Al principio, ese mismo silencio la perturbaba y permitía que los pensamientos la afligieran, pero con el tiempo, se dio cuenta de que ella misma podía sumirse en él.
El canto de las aves, el susurrar del viento, alguna noticia del mundo exterior, que traía de vez en cuando alguna novicia llegada hacía poco, todo aquello ya era parte de su vida y de su rutina diaria, a la que con el tiempo se había llegado a acostumbrar.
Una vez que estuvo vestida, se dirigió a la capilla para asistir a los rezos de la mañana. Allí ya las esperaba, como siempre, la abadesa Haruno, una hermosa y joven mujer, con carácter de líder innata que fungía como la líder del lugar. Competencias tenía de sobra: provenía de una familia pudiente, tenía conocimientos de hierbas y curaciones, y era una mujer fuerte que se negó a seguir el camino que su familia le había trazado. Algo así como su historia, pero ella no se consideraba tan fuerte, se seguía sintiendo débil e infinitamente triste. La abadesa la saludó con una leve inclinación de cabeza, respetando su rango de todas maneras, había entrado por su voluntad al monasterio y se había esmerado por seguir la vida tranquila y silenciosa, pero seguía siendo la heredera de un linaje poderoso, aunque no quisiera saber más de ello. Lo consideraba parte de un pasado que se esforzaba por sepultar.
Natsuki se unió al cabo de unos minutos. Por su decisión, había entrado al convento junto con ella, pues había prometido jamás dejarla, menos cuando pasaba por el peor momento de su vida. Hinata le sonrió levemente y se concentró en sus oraciones. Necesitaba sentir paz y silencio, pero sentir el silencio en su interior contrito. Esperaba que ese fuera otro día tranquilo, con el suave transcurrir del tiempo que parecía distinto en aquel monasterio.
Durante la tarde, alguien tocó suavemente a su puerta, lo cual la extrañó de sobremanera. No estaba acostumbrada a ser interrumpida, ni siquiera por Natsuki, pero cuando sonó por segunda vez, decidió que no dejaría esperar más. Una novicia muy joven y de aspecto pálido se encontró frente a ella.
- La abadesa la manda a llamar, señora… hermana. - era costumbre que a veces se dirigieran a ella con mayor respeto del debido, sabía que las aleccionaban para respetar a las mujeres de mayor rango, y ella lo era más que la propia abadesa. Pero Hinata se mantenía humilde y silenciosa y con un gesto le indicó a la novicia que acudiría al llamado de la abadesa. Dicho aquello, la mujer, más bien una niña, se retiró rápidamente.
Hinata caminó despacio, sintiendo como ya atardecía y un suave viento se colaba por los jardines del monasterio. Si de algo se preciaban las hermanas, era del bello jardín, pues decían que Dios estaba presente en todo, sobre todo en la naturaleza y por ello había hermanas que se dedicaban a cuidarlo con gran devoción. Llegó finalmente a las habitaciones de la abadesa y llamó con suavidad.
Al entrar, sintió que se mareaba, pues dentro la esperaba Hanabi, a quien no veía desde hacía más de dos años. Estaba encinta, aunque no sabría decir a ciencia cierta qué hijo sería y la conmoción de la realidad la golpeó tan fuerte que no fue capaz de articular palabra, ni siquiera se acercó a ella y se quedó junto a la puerta, sin saber qué hacer o decir.
- Vuestra hermana me ha dicho que debéis tratar un asunto delicado, por lo que os cedo mis dependencias por el tiempo que necesitéis. - la voz clara de la abadesa Sakura la remeció y sólo se movió cuando pasó junto a ella para dejarlas a solas.
- Lamento veros así, hermana, una mujer de vuestro rango, que podría tener una vida tan distinta.
- Hanabi, no deseo hablar de mis decisiones en estos momentos. Favor decidme que os trae por aquí luego de tanto tiempo.
- Tuve que venir hasta aquí ante vuestra negativa de recibir cualquier correspondencia, es como si quisierais morir para todos en este lugar. - se acercó a Hinata para tomarle las manos, se veía tan distinta, más etérea si cabía, más lejana, pero sin duda, más bella que antes. Hanabi no lograba comprender cómo podía ser posible con esa vida tan asceta, pero debía reconocer que era una mujer ya mundanal: estaba aún casada con lord Hatake y era feliz, amaba a su esposo y esperaba a su tercer hijo.
- No hay nada fuera de este lugar que me pertenezca o me requiera, no tengo asuntos pendientes con nadie y mi vida fuera de este monasterio no tiene sentido.
Hanabi tomó asiento nuevamente, su embarazo estaba avanzado y se cansaba con facilidad. Hinata venció su reticencia inicial y se sentó junto a ella.
- ¿Estáis bien? ¿Os trata bien vuestro esposo?
- Sí, no debéis preocuparos por mí, pero vengo a daros una noticia que sí os requiere y que es muy dolorosa para todos nosotros.
¿Dolorosa? ¿Podría sentir más dolor?
- Nuestro padre agoniza, Hinata, y desea veros antes de partir. Me ha rogado que os lleve conmigo. Por favor, hermana, no rechacéis su última voluntad. - Hanabi no era dada a los ruegos de ningún tipo, no estaba en su naturaleza rogar, puesto que lo que deseaba le era dado, por lo que se encontraba ante una situación excepcional.
Hinata palideció. Había intentado tanto olvidar su vida anterior, que encontrarse con aquella realidad de frente le golpeó sumamente duro. Sabía que no podría escapar por siempre, pero no imaginaba que volvería a encontrarse con su familia en aquellas circunstancias. ¿Qué debería hacer? El decreto de Dios era claro: debía respetar a su padre y más aún si se encontraba en su lecho de muerte. Suponía que, si Hanabi misma se presentaba así, era porque podría irse en cualquier momento.
¿Qué debería hacer? Había llegado el momento: debía encontrarse con la realidad que había evitado esos años.
Asintió, iría y luego volvería a refugiarse en aquel monasterio que sólo le había entregado paz.
- Favor, esperadme, avisaré a Natsuki y no tomaré nada, porque este es mi lugar y retornaré aquí.
Hanabi asintió, pero no dijo palabra, por lo que Hinata fue en búsqueda de su fiel sirvienta. Natsuki la escuchó con verdadero horror, y la abrazó con fuerzas.
- Lo siento, milady, lo siento tanto.
- Bien sabéis que es parte de la vida el morir. - la tristeza se reflejó en su mirada-, vamos, no deseo hacerle perder el tiempo a mi hermana.
La vista del castillo la dejó sin aliento. Parecía como si fuese ayer cuando lo abandonó en mitad de la noche, luego de haber recibido la peor noticia de su vida, pensando que ya no tenía sentido volver a la existencia como la conocía.
Ya nada tenía sentido, en realidad. Era como si todo su pasado no hubiese existido y ella hubiese vuelto a nacer desde el dolor, como alguien completamente distinta, para ella, lady Hinata Hyuuga, la heredera de un linaje antiquísimo ya no existía, sólo era ahora una simple novicia de un monasterio tranquilo.
Al entrar, experimentó esa sensación de familiaridad ante lo conocido, pero que ya no sentía como algo propio. Los sirvientes se alegraron de verla, de forma genuina y la saludaron de forma respetuosa, a pesar de que aún vestía el hábito del monasterio.
- Hanabi, iré ahora mismo a hablar con nuestro padre, ¿os parece bien?
- Sí, hermana, lo he estado cuidando estos días, desde que enfermó, pero os llama siempre, hasta en sus sueños y por eso decidí que debía informaros.
Hinata asintió y se dirigió raudamente a los aposentos de su padre. Algo, una pequeña alerta en su ser, le decía que debía acudir rápido, puesto que en el camino su hermana le había explicado que la enfermedad de su padre no tenía cura y podría morir en cualquier momento. A veces estaba consciente y a veces se sumía en un sopor que les hacía temer lo peor.
Los guardias le dejaron entrar y se encontró con sirvientes que asistían a su padre. Él estaba despierto, y en cuánto la vio extendió los brazos a ella. Hinata sintió algo extraño, un dolor sordo que volvía a ella y decidió caminar hacia él y sentarse a su lado, tomándole las manos.
- Favor dejadnos, debo hablar con mi hija -ordenó con un hilo de voz. Los criados acataron al instante la orden.
- Hanabi me ha dicho que deseábais mi presencia, padre. - dijo ella despacio, como si temiese dañarlo. Era evidente el deterioro de Hiashi, estaba tan delgado, que los huesos le sobresalían, ya poco quedaba del señor imponente que había dejado atrás hacía dos años, el brutal cambio la impactó en lo más profundo.
- Os pido perdón, hija mía.
- No tengo nada que perdonaros - lo que menos deseaba era que se exaltara por su presencia.
- Sí, porque… porque lo que os voy a decir… - una horrible tos lo acometió y un escalofrío recorrió la espina dorsal de Hinata. Algo, algo iba a suceder. Algo grave - Lo que os voy a decir es algo de lo que me arrepiento y Dios me castigará por ello.
Ella permaneció en silencio, dándole a entender que tenía toda su atención en él.
- Vuestro hijo… vuestro hijo no murió como os dije - en apenas un susurro, el alma de Hinata se sintió quebrantada hasta lo indecible. ¿Qué era lo que le decía aquel hombre, su padre?
Él mismo le había dicho que el niño había muerto al poco de nacer, y ella al estar en un estado de sopor ni siquiera había podido conocerlo. La noticia la golpeó de tal forma que deseó morir, morir y volver a morir. Su hijo, ese ser que amaba desde que lo había sentido en su vientre había muerto según su propio padre.
Pero ahora, ¿qué le decía?
- ¿Qué me estáis diciendo, padre? Vos mismo me mostraste una pequeña tumba… - De pronto, sintió que no podía estar cerca de ese hombre. - Decidme que es una mentira, que estáis desvariando.
- Perdonadme hija, pero… pero mi odio por su padre era… era mayor. Era un niño hermoso y sano y yo… Lo vi y era su cara, era verlo a él...
- ¿Y vos qué? - Hinata elevó el tono de voz, sintiendo como un nudo en la garganta comenzaba a ahogarla.
- Se lo entregué a unos campesinos, en… en medio de… de la noche - le costaba hablar, le costaba aceptar el terrible pecado que había cometido. - Nadie supo, nadie debía saberlo… pero no…
Hinata ya no lo estaba oyendo. Su mente volvía hacía dos años atrás, para recordar cómo había sucedido todo. Cuando había regresado a la vida, luego de días de luchar contra la fiebre y el dolor, le aguardaba la cruel noticia de que su hijo había muerto y fue su propio padre quién la condujo a una tumba en un claro cercano al castillo, entre esos árboles de su juventud, cuando no tenía idea de todo lo que le deparaba el destino.
Había llorado, había gritado, había maldecido. Su padre había intentado persuadirla de que debía dejar atrás todo lo vivido, Sasuke, ese hijo, de que ahí en adelante le esperaba un futuro de esplendor, pero con ese hijo también había muerto una parte de ella. Pocos días después, en silencio y sintiendo que ya no tenía cabida en el mundo, abandonó el castillo y solicitó refugio en el monasterio en el que había residido hasta esa misma mañana.
Y ahora él se atrevía a decirle que su hijo vivía, que había perdido un tiempo valioso, que le había arrebatado todo y que sólo deseaba tranquilizar su conciencia.
- ¿Dónde está mi hijo? - exigió Hinata, debatiéndose entre una angustia infinita y una inmensa rabia.
- Lo… lo siento hija. El niño se parecía tanto a su padre… al que tanto nos insultó… no sé…
Un terrible ataque de tos lo acometió nuevamente, y no podía dejar de mirar a su hija, que cada vez se iba alejando de él. Lo lamentaba tanto, le dolía tanto, y la mirada de ella sólo dejaba traslucir asco, desprecio y dolor. Y sintiendo un dolor punzante en el costado, sintió como el aire lo abandonaba y poco a poco sus ojos comenzaron a cerrarse. Ya había cumplido con su parte.
Lo último que vio con vida el gran Hiashi Hyuuga fue el odio que su hija sentía por él en aquel momento. Cuánto se arrepentía mientras sentía que la vida se le iba.
Lo siento tanto, hija.
Hinata se quedó quieta algunos minutos. Su mente bullía como un hervidero y no era capaz de ordenar sus pensamientos. Nunca antes una noticia la había golpeado de aquella forma, nunca, y de pronto sintió que su vida cobraba un nuevo sentido. Supo qué hacer y corrió hacia la gran sala, porque sabía que allí estarían todos. Entró como en una exhalación, sintiendo una violencia inusitada, una ira que creía que nunca acabaría.
- ¡Exijo saber! - les gritó a todos, que la observaban atónitos, su hermana, el esposo de ésta, Naruto, Natsuki, nunca antes la habían visto así. Siempre Hinata, desde niña, fue silenciosa, sumisa, muy consciente de lo que se esperaba de ella. Pero ya nada de eso le importaba.
- ¿Qué ha pasado? - preguntó una preocupada Hanabi. Hinata la miró con rabia.
- Ha muerto, el gran Hyuuga ha muerto.
Hanabi sintió que se desvanecía, pero permaneció firme como siempre. Necesitaba saber lo que le sucedía a su hermana, porque en vez de mostrarse triste, sentía una profunda rabia que no entendía en lo absoluto. ¿Qué habría pasado entre ella y su padre?
- ¡Exijo saber quién más sabía que mi hijo vive!
Todos la miraron asombrados. Al parecer, Hiashi no había mentido, nadie más que él lo sabía.
- Hermana, por favor…
- No habléis, Hanabi, porque nadie más que yo sabe del dolor y de la traición que sufrí. Mi propio padre, al que tanto admiráis, entregó a mi hijo y ahora…
Sin poder soportarlo más, cayó en una silla y Natsuki acudió rauda a su lado. Creía entender en algo su dolor, y nadie reaccionaba ante tal noticia. Nadie daba crédito a lo que decía, pero al hacer memoria, ninguno había visto el cuerpo del recién nacido, porque Hiashi se había encargado rápidamente. Entonces, lo que Hinata exigía era real. ¿Había sido Hiashi capaz de tal artera acción? ¿Tanta era su sed de venganza contra el Uchiha que fue capaz de sacrificar a su propio nieto? Era una noticia difícil de digerir, y más que eso, era de una naturaleza atroz. El rostro de Hinata dejaba traslucir tantas emociones, que no acertaban qué decirle, nadie tenía una palabra de consuelo a su alcance.
- Eso deseaba decirme mi padre antes de morir, que entregó a mi hijo a su suerte y yo…
- Juro por lo más sagrado que no estaba al tanto - dijo Naruto, con voz solemne y apesadumbrado. Él también había sufrido por la pérdida de ese niño, que estaba destinado a ser como su hijo, y que, al enterarse de su supuesta muerte, había sentido una profunda desazón. Inclusive Ino, se había mostrado notablemente afectada.
- No puedo creerlo, hermana - se lamentó Hanabi, sin poder mirarla, sintiendo vergüenza, asco y una tremenda tristeza por Hinata, quien no observaba a nadie en particular. ¿Quién podría entenderla? - Tampoco lo sabía, sabéis que sufrí con vosotros en aquel momento.
No iba a llorar frente a ellos. No. Ella ya sabía lo que debía hacer, y aunque en su alma lo temía, no tenía más remedio. Se sentía distinta, ella ya no era la misma desde aquel momento y comenzaba a sentir una dureza en lo más profundo de su corazón.
Tendría que acudir a su esposo y reclamar su ayuda.
No tenía otra salida.
Ni siquiera asistió a las exequias de su padre. Ya ni siquiera lo consideraba así, ya no podría disociar la imagen del hombre que la crió, que la vió crecer, del hombre que le había arrebatado lo que más amaba en su vida. Rogaba poder perdonar, pero se sentía incapaz de hacerlo. Sentía que sólo podía albergar ira contra aquel hombre.
Aquella mañana gris, se vistió como lady Hinata Hyuuga y montó en su corcel. Le quedaba un largo camino, y aunque su hermana y lord Naruto le rogaron que no fuese, emprendió la marcha hacia los dominios Uchiha, con la incertidumbre de saber si aquel hombre la recordase siquiera.
Tal vez se había casado, quizá ya tendría más hijos y aquel pensamiento la golpeó nuevamente, otra vez ese dolor sordo en medio del pecho. Pero no había vuelta atrás, con él o sin él, ella no descansaría hasta encontrar a su hijo.
Hanabi le rogó a Naruto que fuese tras ella, ante lo cual lord Uzumaki sólo asintió y acudió a despedirse de su esposa para informarle que debía cuidar de Hinata.
- Favor cuidaos y volved a mí - le dijo ella, abrazándolo y besándolo dulcemente en los labios. Con el tiempo, se había enamorado genuinamente de ese hombre tan noble y generoso, que jamás le había faltado el respeto y que la cuidaba como si fuera la dama más noble de aquel reino. ¿Cómo no iba a amar al hombre que la había salvado de la ignominia? Sólo lamentaba no poder darle un hijo, y además de todo, había muerto la ilusión de cuidar de uno.
Naruto la observó con intensidad.
- Siempre volveré a vos, milady.
Y fue sin perder más el tiempo, porque Hinata había partido ya y temía que le sucediese algo. Algo no estaba bien dentro de ella y era comprensible, por lo que le correspondía cuidarla.
Los pensamientos no dejaban de asediarla. Una especie de ahogo sordo, de dolor punzante la carcomía, la incertidumbre de saber dónde estaría su hijo o si éste estaría vivo al menos, era algo que amenazaba con superar su cordura, pero se juró que recorrería todo el reino si era necesario para encontrarlo y darle la vida y el amor que se merecía.
Porque ella, además, reclamaría el linaje Hyuuga como propio. Se quedaría con aquello que tan celosamente su padre cuidó, así lo estipulaban los testamentos, como la primogénita, todo le sería dado en correspondencia. Si encontraba a su hijo, todo sería para él, y pensar en ello le daba una extraña fuerza.
Ese era el sentido que su vida necesitaba.
Le daría todo lo que su padre le negó. Eso y más.
Continuará.
Hola, como siempre, si has llegado hasta acá, gracias por leer.
Algunos comentarios dejan entrever que les choca la actitud de Hinata y si bien no me considero una experta ni algo parecido, en el medioevo, sé que la vida de una mujer noble estaba muy enlazada a la autoridad de los hombres, ya fuesen sus padres, sus esposos y hasta de sus hermanos. Por eso lo escribí así, aunque si la hubiese trasladado a la época actual, créanme que la trama sería muy distinta.
De todos modos, es normal sentirse enojad ante los atropellos que vivieron o siguen viviendo mujeres en todo el mundo.
Saludos, y ya quedan menos capítulos.
