CAPÍTULO XV
Natsuki recibió la misiva de su señora y se alegró de tener noticias luego de algunos días de incertidumbre. El castillo seguía funcionando como siempre, aunque ahora era lady Hanabi quien fungía como señora del lugar, a la espera de que Hinata llegase en algún momento. Aunque en su fuero interno, tenía la sensación de que su señora no volvería jamás a pisar aquel castillo tan solemne, pero tan doloroso a la vez.
¿Pero qué podía saber una simple sirvienta? Abrió la misiva -daba gracias a los cielos que habían decidido enseñarle a leer, porque más que mal, era la criada de una noble doncella y ésta debía estar rodeada de lo mejor - y leyó a toda prisa el contenido.
"Querida Natsuki.
Esperando en Dios que os encontréis bien, os escribo para informar que moraré por estos días en el castillo de lord Uchiha. Él junto a Naruto han acudido en búsqueda de nuestro hijo, por lo que he quedado como señora del lugar, aunque tenía toda la intención de acudir en su búsqueda también.
Quería pediros que vayáis al monasterio y le informéis de todo esto a la abadesa Haruno. Favor decirle que le estoy infinitamente agradecida por el tiempo en que me cobijó en su monasterio.
Luego, mucho me agradaría si vinierais conmigo mientras aguardo. El tiempo se hace largo y duro.
Con afecto, lady Hinata."
Se regocijó enormemente saber que su señora la reclamaba. No tenía ningún tipo de animadversión hacia lady Hanabi, pero Hinata era un alma afectuosa, que nunca la había maltratado ni hecho sentir como un ser inferior y siempre era su deseo servirla y estar cerca de ella.
En aquellos momentos, Hanabi también se encontraba leyendo una carta de Hinata, y lo hacía sentada en la oficina que había pertenecido a su padre. Se tocó el vientre, el niño o niña se movía dentro y ella sonreía complacida. Sólo le hacía falta su esposo que estaba ordenando los asuntos de sus propiedades antes de volver a ella.
"Estimada Hanabi.
Espero que os encontréis muy bien y que vuestro embarazo no presente ninguna dificultad.
Imagino que tenéis mucha responsabilidad por estos días, por lo que sólo deseo informaros que mientras no sepa de mi hijo, no retornaré al castillo y residiré en el castillo de lord Uchiha.
También quería informaros que he solicitado la presencia de Natsuki, para que sea escoltada al monasterio en dónde residía anteriormente y luego hasta el este castillo. Bien me vendría esperar junto a ella, por lo que os agradecería se lo permitáis.
Cuidaos y espero saber de un feliz alumbramiento.
Lady Hinata".
Era evidente que Hinata se mostraba distante, dolida por lo que había hecho su padre. Esperaba en el fondo que no pensara que ella sabía de algo, pues hubiese sido la primera en reprochar tal terrible acción. Era su sobrino, parte de su familia quién estaba perdido y aquello le dolía. Pero entendía a su hermana y entendía que por el momento deseara tomar distancia de todo lo que le recordase tal dolor.
Mandó a llamar a una de sus criadas, para que llamara a Natsuki. Obviamente dejaría que fuera junto a su señora, pero deseaba transmitirle que ella la acompañaba en el dolor y que deseaba -tanto como que su siguiente hijo naciera sin problemas- que ese sobrino suyo apareciera y se le entregara toda la dignidad que le correspondía.
- La escucho, señora.
- Favor buscar a Natsuki, tengo que hablar con ella. Y luego, debéis atender a la solicitud que os presentará.
La criada asintió.
- ¿Necesita algo más, milady?
- Sí, por favor traed a mis hijos.
De pronto sintió la necesidad de mirarlos y abrazarlos y la sensación de solidaridad con su hermana fue más fuerte que nunca.
Ino recibió una misiva que nunca pensó merecer. Hinata le escribía, además de adjuntar una carta de su esposo, para informarle y agradecer la ayuda que lord Naruto le estaba dando.
"Vaya", pensó sentándose en una cómoda silla junto al fuego. Ya comenzaba el invierno y el fuego solía prenderse más temprano en su hogar, la llamada "Villa Uzumaki", la cual se componía de un palacio y alrededor, casas de sus feudos, por lo que a pesar de no tener el rango de los Hyuuga, era una señora de todos modos.
"Vaya, mi antiguo amante y mi esposo juntos en una travesía." Era curioso como el destino se encargaba de unir a personas que por naturaleza deberían odiarse. Pero no era momento de pequeñeces, porque entendía lo fundamental que era la búsqueda que su esposo había emprendido.
Una criada golpeó la puerta y entró silenciosa.
- Mi señora, ¿os ofrece alguna orden en particular para hoy?
- No, Azami, nada en particular. Avisa por favor a los criados que el señor se ausentará algunos días, pero que no dejen de cuidar a los animales.
La sirvienta asintió y tan en silencio como entró, se retiró. Lady Ino ya no era la mujercita presumida y orgullosa de antaño, a la que no le temblaba la mano para golpear a la servidumbre. No, ella había cambiado, simplemente al observar el ejemplo de su esposo: jamás trataba mal a los criados, no les gritaba ni les hacía pasar privaciones, tal cómo había aprendido de los Hyuuga, y ella sin darse apenas cuenta, se había convertido en una persona más tranquila. Además, su esposo no se enredaba con otras mujeres ni la maltrataba, puesto que era un hombre tierno y amable, por lo que lo amaba genuinamente. Sólo sentía cierta aprehensión en cuánto a Hinata, porque estaba muy al tanto de su historia pasada, pero Naruto jamás había dado pie a sufrimiento alguno. Era afortunada.
Demasiado afortunada y a veces no creía merecer tanta felicidad. Lo único que empañaba su vida era la imposibilidad de darle hijos a Naruto, y hacía algún tiempo se había presentado una gran oportunidad, pero que se diluyó en un episodio muy triste en la vida de esas tres familias. Ella honestamente se había sentido mortificada.
"Vaya" y siguió pensando en su esposo y lo mucho que ya lo extrañaba.
Se oyó una conmoción en la entrada del castillo de los Hyuuga, y era porque se producía la llegada de lord Hatake, puesto que retornaba a hacerle compañía a su esposa, que pronto daría a luz a su tercer vástago y deseaba estar cerca de ella en aquellos momentos.
Si bien en un principio se había unido a ella por un motivo más bien estratégico, no había tardado en enamorarse de su esposa, precisamente por lo flemática que era. La belleza de los Hyuuga también había ayudado en el proceso, pero era Hanabi quién había ganado su amor. A pesar de lo que pudiese pensar todo el mundo, en la intimidad era una mujer dada a mostrarle su amor y ternura, sobre todo para con sus hijos.
Se la encontró en las habitaciones que fueron de su padre y ella acudió rauda a sus brazos.
- Os extrañé, mi señor - le dijo en voz baja, pegada a su cuello.
- No más que yo, señora. No podía soportar más tiempo lejos de vos.
Hanabi sonrió y volvió a sentarse. El embarazo ya estaba muy avanzado, por lo que se cansaba mucho.
- ¿Alguna novedad respecto a vuestra hermana?
- Sentaos conmigo, señor, hay mucho qué contaros. Luego, veamos a los niños, os han extrañado muchísimo.
Su esposo obedeció, porque le urgía tener noticias, y porque siempre le era agradable escuchar a su esposa.
- Hinata se encuentra ahora en el castillo de lord Uchiha, puesto que él y Naruto han acudido en esta búsqueda, sin mayores datos. No sé… - y frunció el ceño, gesto que le encantaba observar a su esposo- tengo la sensación de que Hinata siente que todos tuvimos algo que ver con la desgraciada acción de mi padre.
- Es natural, amor, que se sienta de aquella forma. Sólo debéis darle tiempo, vuestra hermana es sensata.
- De todos modos, es un dolor que he cargado en estos días. Me escribió para desearme un feliz alumbramiento y que le permitiese acudir a ella a su criada. Me pareció tan fría…
Kakashi la abrazó, su esposa estaba más sentimental que nunca, y en parte el embarazo contribuía a aquello. La besó con ternura y la deseó al mismo tiempo. Habían sido algunas semanas que la había tenido lejos y su cuerpo ya la reclamaba. Hanabi notó la urgencia de su esposo, y ella también comenzó a desearlo y añorarlo.
- Llevadme a vuestras habitaciones - le susurró su esposo.
Ella se estaba poniendo de pie, cuando golpearon fuertemente la puerta y de inmediato supieron que algo no estaba bien. A regañadientes, los amantes esposos se separaron.
- Adelante - indicó con su clara voz Hanabi, y se sorprendió al ver a uno de los criados de más edad, y que había sido uno de los más cercanos a su padre. Dentro de ella se encendió una alerta.
El hombre entró con la cabeza gacha, como si cargara algo que no era físico, sino que atormentaba su mente. Era evidente que se sentía contrito y asustado, y Hanabi tuvo que instarlo a hablar.
- Señora, vengo a vosotros a confesaros algo que debí haber dicho hacía mucho tiempo, pero hice un juramento a vuestro padre…
- Tenéis toda mi atención y escucharé lo que tengáis que decir, no tengáis miedo, porque mi padre ya no está entre nosotros.
El hombre parecía a punto de llorar. Le pesaban los años y le pesaba lo que estaba a punto de decir.
- Yo sé dónde está vuestro sobrino, el hijo de la señora Hinata.
Hanabi sintió que se desvanecía, y Kakashi se apresuró a abrazarla para que se mantuviese en pie.
- Vuestro padre me hizo jurar que no lo diría, amenazó con mandarme a azotar a mí y castigar a mi familia. - un sollozo escapó del atormentado hombre -, pero he visto el dolor que esto ha causado a vuestra familia.
- Podría yo mandaros a castigar por callar algo tan importante -dijo Hanabi, en voz baja, sin querer parecer amenazante, pero podía entender que aquel hombre había sido ya suficientemente castigado por su padre -, pero ahora sólo me importa que me informéis dónde se encuentra mi sobrino. Mi hermana debe saberlo de inmediato.
El sirviente asintió y comenzó a hablar.
Un jinete salió raudo del castillo Hyuuga. Llevaba una importantísima noticia en su poder y debía acudir a la brevedad a las propiedades Uchiha. Hanabi le había dado la orden expresa de que por ningún motivo debía detenerse y que debía entregar en manos de su hermana la carta.
En el intertanto, Natsuki llegaba junto a su señora, y se alegraba de corazón el poder estar junto a ella. Hinata le preguntaba cómo se encontraba todo en el monasterio. No podía dejar de agradecer todo el tiempo en que la cobijaron y le dieron algo de consuelo a su alma.
- Sí, la abadesa os envía sus saludos y dice que orarán todas para que vuestro hijo aparezca y que de ser posible, se lo llevéis alguna vez para que lo conozcan.
Hinata sintió un nudo en la garganta. Qué amable era aquella fuerte y valerosa mujer. Habían compartido muchas conversaciones en el tiempo en que vivió en el monasterio, al principio, a ella le costaba esconder su dolor y trataba inútilmente de silenciar sus lágrimas, hasta que la abadesa le dijo que debía llorar, porque era necesario. Ese fue el principio de un largo proceso de duelo que pudo vivir en silencio y tranquilidad.
- Os enseñaré vuestras habitaciones Natusuki, además quiero que conozcáis a dos damas que me auxiliaron el tiempo que viví aquí.
Se encaminaron por el pasillo que conducía a las habitaciones. Primero Hinata le mostró la que había sido su habitación y que Sasuke había ordenado que se mantuviese tal y como ella lo había dejado. La habitación de Natuski estaría al lado de la suya, era pequeña, como la de toda servidumbre, pero su lady se había preocupado de hacerla cálida.
Y en aquella habitación las esperaban Harumi y Kaori.
- Natsuki, ellas son las damas que me atendieron y me ayudaron mientras… vivía con lord Uchiha.
Ambas mujeres rieron - no habían perdido la alegría ni su forma de ser un tanto atrevida- y se acercaron a la criada de su señora. Hinata decidió que las dejaría conocerse, pero les pidió que por favor se entendieran y no existiera ninguna controversia entre ellas.
Mientras se alejaba sintió las estridentes risas de las criadas de Sasuke y eso la hizo sonreír, dentro de todo. Se encaminó a la gran sala, porque se sentía especialmente inquieta ese día. Sentía una extraña urgencia y estar sola, sin saber qué pasaba en el exterior la hacía sentir muy diminuta. Quizá debió haber luchado más y haber exigido acompañar al que una vez fue su esposo, pero la sensatez ganó y entendió que ella podría haber sido más una debilidad que otra cosa.
Y rogó, rogó tanto para poder por fin abrazar a su niño, su niño…
Hinata fue interrumpida por un sirviente, quién le comunicaba que había recibido una misiva de carácter urgente de parte de su familia. Le dijo que el jinete tenía instrucciones de entregarle en sus manos aquella nota. La Hyuuga se puso de pie como una autómata y salió de la habitación rumbo a la entrada, dónde suponía que la esperaba el jinete.
Era un conocido que siempre la había mirado con algo de lascivia, pero poco importaba eso. Lo saludó, mientras él descabalgaba.
- Señora, se me ha encomendado entregaros en vuestras manos esta nota. Ha sido vuestra hermana quién lo ordenó y dice que se ponen a disposición de lo que decidáis.
Hinata abrió de inmediato la carta y a medida que la leía iba palideciendo. ¿Acaso podía ser posible? Sus ojos se llenaron de lágrimas.
- Os agradezco - se dirigió a otro de los sirvientes Uchiha y le pidió que lo atendieran adecuadamente - favor, bebed y alimentaros, que imagino que os exigisteis para llegar.
Dicho eso y sin esperar respuesta, se dirigió rauda a la sala de Sasuke. La misiva era clara, Hanabi le informaba que uno de los sirvientes sabía dónde estaba su hijo y le indicaba dónde podría encontrarlo. Ahora, el problema que se le presentaba era que hacía días que no tenía noticias de Sasuke y no sabría cómo comunicarse con él, por lo que sólo le quedaba una alternativa: ella misma iría a reclamar a su hijo.
Por esas contradicciones del destino, el lugar que le señalaba su hermana era una aldea próxima al monasterio en dónde se había recluido. Si así era, había estado cerca de su hijo todo ese tiempo y sintió nuevamente desprecio hacia su padre.
¿Podría perdonarlo alguna vez?
Parecía que su corazón jamás podría perdonarlo, ¿cómo era posible que cometiera tal acto contra su propia sangre? Le parecía que nunca había conocido en realidad al hombre que llamó "padre". Pero ya habría tiempo de lamentarse, pues ya iba en búsqueda de Natsuki que conversaba alegremente.
Ésta se levantó enseguida apenas vio la cara de su señora.
- Natsuki, debo emprender el viaje, por lo que os quedareis a cargo de los asuntos del castillo. Favor acompañadme.
Sin pensarlo, la fiel criada acompañó a su señora, a la que fuera su habitación y vio como ésta preparaba un pequeño bolso.
- Acabo de recibir una carta de mi hermana, en dónde me comunica el paradero de mi hijo. Es en la aldea que se encuentra a media jornada del monasterio - la voz de Hinata no pudo evitar sonar sombría-, así que yo misma iré en su búsqueda. Necesito que os quedéis aquí y procuréis el orden.
- ¿Iréis sola, milady? Deberíais llevar a algunos criados con vosotros. - Natsuki sabía de cuál aldea hablaba y nunca se imaginó algo así. En el fondo, hubiese deseado que su ama esperase al Uchiha, pero sabía que nada de lo que dijera la iba a disuadir, por lo que sólo podía esperar que fuera con una escolta adecuada.
Hinata asintió, había pensado en hacerlo, porque sabía que era peligroso que se enfrentase sola a los caminos, en dónde corría varios riesgos. La tranquilizó, y le dijo que partiría a la brevedad, no tenía sentido dilatar más el asunto. La criada le deseó un buen viaje y la perspectiva de poder conocer a ese niño la embargaba de felicidad. Sólo esperaba que todo saliera bien. Oraría lo que fuese necesario.
Minutos más tarde, Hinata emprendía la marcha, sintiendo emociones encontradas. Alegría, tristeza, nerviosismo, ¿y si no estaba ahí? ¿O si ya ni siquiera estaba vivo? Era realmente difícil lidiar con su mente en aquellos momentos, pero ya se encontraba sobre la marcha, y no podía dar vuelta atrás. Ella debía enfrentar su destino y estaba dispuesta a saber todo, a descubrir todo.
Primero fueron las risas, algunos gritos y el relinchar de caballos. Hinata trató de agudizar el oído, cabía la posibilidad de que fueran los hombres de Sasuke, pero no reconoció ninguna voz. Miró hacia atrás y observó a los seis hombres que la acompañaban, sus rostros no reflejaban ninguna emoción, sólo observaban al frente, manteniéndose respetuosamente tras ella.
Ya le faltaba poco para alcanzar el monasterio de la abadesa Sakura y luego… eran unos cuántos kilómetros que la separaban de su hijo. Se sintió nerviosa y feliz, hasta que al seguir avanzando vio a los hombres que había escuchado metros atrás. Y reconoció a uno, especialmente. Sintió que se paralizaba y que no sabría cómo reaccionar, sólo atinó a cubrirse con la capucha de su capa, para ver si así podía evitar cualquier encuentro y se decidió a dar un rodeo, pero aquel grupo lo notó y decidieron que sería una buena idea "hablarles".
"No" rogó en silencio Hinata, quién comprendió que lo peor sería escapar o correr, porque sólo ocasionaría que ellos intentaran darle alcance. "Por favor", se dijo en su interior, cuando ya los estaban rodeando. Ellos los superaban por número, y no tenía sentido entablar una lucha a campo abierto. Quizá, sólo quizás él no la reconocería y podría marchar sin problema.
- ¿Quién sois, señora? Me intriga que una dama como vosotros se cubra el rostro. Sólo se me ocurren dos cosas.
Hinata no se movió, la voz de Hidan se oyó orgullosa, como haciendo mofa de su intento por ocultarse. Imaginaba a qué se refería.
- O sois muy bella, o bien nos hacéis un favor ocultando vuestro rostro.
Un coro de atrevidas risas se oyeron, cómo si les causara mucha gracia. Qué tonta había sido al actuar tan impulsivamente, pero ya era demasiado tarde para lamentarlo. Tal vez Hidan la dejase marchar sin intentar descubrir su identidad. Hasta que uno de los hombres que la acompañaban le exigió respeto puesto que el señor Uchiha se lo reclamaría después.
"No" gimió esta vez Hinata, pues sin quererlo, el hombre la había sentenciado al antojo de Hidan. Lo supo cuando notó que la miró con evidente interés.
- ¿Uchiha? Por favor, milady, hacednos el favor de quitaros la capucha - dijo de forma inocente, aunque ella sabía muy bien que ya conocía de antemano quién era. Así que obedeció en silencio y con lentitud se quitó la capucha de piel que la cubría, porque sabía que enfrentarse a él, resultaría peor.
Un coro de admiración se escapó de parte de algunos de los hombres que acompañaban al ojivioleta. Éste la observó de una forma que no supo definir, pero que no vaticinaba nada bueno. Ella lo enfrentó, porque lo que menos quería era darle a entender el miedo que estaba sintiendo en aquellos momentos.
- Os saludo, señor. Hacía tiempo que no os veía.
- Por Dios, os digo señora, que no deberíais cubriros de ninguna forma.
Ella sonrió, como agradeciendo el cumplido.
- Pero debo dejaros, señor, puesto que debo atender un asunto de suma importancia. - dijo con voz clara, como queriendo apelar al buen sentido de aquel hombre, aunque sabía que se engañaba. Ella no había olvidado lo que había sucedido entre ellos hacía algunos años atrás, el miedo que había padecido y la rabia que la había impelido a abandonar a Sasuke. Si no hubiese sido por lord Nara, quizá en qué hubiese terminado aquel episodio.
Hidan se acercó a ella, para mirarla y examinarla. Sí, aún seguía siendo tan arrebatadoramente hermosa como cuándo la había conocido en el castillo del Uchiha. Aún seguía siendo esa mujer que hacía querer perderlo todo, sólo para tenerla a ella.
Y de suerte, sin pedirlo, se la había encontrado una fría tarde de invierno.
- No creo que podáis - le susurró tan cerca, que pudo sentir su aliento en el rostro.
Estaba sentenciada.
La hermana Ten Ten acudió presurosa a las dependencias de la abadesa Haruno. Golpeó la puerta con celeridad, con una urgencia que pocas veces se veía en su tranquila naturaleza. Por lo mismo Sakura se apresuró a atender el llamado, eran pocas las veces en que era interrumpida y menos en las que se mostraba una urgencia así.
- Abadesa - le dijo Ten Ten sin rodeos, muy cerca de este lugar se ha producido una batalla y hay hombres heridos. Creo que necesitan de nuestra ayuda.
- Preparad un grupo de a lo menos veinte hermanas -ordenó casi sin pensarlo Sakura - no podemos arriesgarnos a ser menos, pero tampoco podemos dejar sin socorro al que lo necesite.
Ten Ten asintió y se apresuró a cumplir con la orden dada. Como siempre, la abadesa acudía al llamado de ayuda, y también procuraba cuidarlas, a pesar de que las leyes eran claras y cualquiera que osase a atacar a las hijas de Dios sería torturado y ejecutado.
Al llegar, sólo vieron sangre y destrucción. Había sido una batalla feroz, y sólo encontraron cadáveres, puesto que ya nada se podía hacer. Sakura hizo la señal de la cruz, lo cual hicieron también las hermanas que la acompañaban.
- Oraremos por sus almas y daremos aviso para que reciban una cristiana sepultura.- dijo en voz alta y clara, con su enérgica característica, pero sólo para luego agregar en un susurro - esto fue un pequeño ataque, quizás estos hombres escoltaban a alguien.
- Cerradles los ojos -ordenó Ten Ten, sabiendo que Sakura estaba sumida en sus cavilaciones. No era extraño que se encontrasen ante actos de naturaleza salvaje y violenta, pero era sin lugar a dudas una escena extraña, puesto que eran apenas seis hombres, ¿quién querría causarles daño? No sabían de querellas ni enfrentamientos en el reino, y aquellos hombres parecían estar capacitados para una batalla. Sin duda había sido una cacería, y probablemente no tuvieron ninguna oportunidad.
Una de las novicias soltó un grito de horror. El hombre al que le había intentado cerrar los ojos comenzó a balbucear y la abadesa sin pensarlo, se arrodilló rápidamente junto a él y acercó su oído.
El hombre, evidentemente en el final de su agonía, sólo balbuceó frases inconexas, pero el rostro de Sakura se ensombreció. Al final, el hombre suspiró por última vez y falleció. Ella misma cerró los ojos de aquel desventurado hombre.
Ten Ten se acercó a Sakura y en voz baja le preguntó si había entendido algo de lo que había dicho -o intentado al menos- aquel desventurado hombre.
- Sí, a pesar de que no tenía mayor sentido, sé muy bien qué ha sucedido. Y necesito dar aviso a la brevedad de lo que acontece.
La otra mujer sólo asintió. Sabía que a veces la abadesa podía ser algo enigmática, pero algo en su interior le decía que era un asunto grave y que era mejor no presionarla. Lo sabía por los varios años ya que compartían como confidentes y ella se consideraba su mano derecha y su hermana en la fe.
- Qué Dios le de fuerza a lady Hinata, es todo lo que puedo rogar por ahora.
Continuará.
Cómo siempre, gracia que me leen y se dedican un tiempo a escribir.
