Hola humanos. Aquí traigo una nueva adaptación de un dorama. Espero que lo disfrutéis.

DISCLAIMERS: como he dicho anteriormente, es una adaptación de un dorama, así que la historia no es mía. Y los personajes tampoco son míos, pertenecen a las CLAMP. Escribo esta historia por puro entretenimiento, así que no me lucro con esto.

GUILTY.

Capítulo 1. Se abre la cortina de la venganza (1ª Parte)

Sin duda, uno de los elementos más característicos de la ciudad de Tokio, además de los que todo el mundo conoce, son los cuervos. Un animal misterioso donde los haya. Parece que oculten algún secreto. A mucha gente les parecen molestos por sus constantes graznidos, Aún así, los habitantes de la ciudad estaban más que acostumbrados a su presencia e incluso habían mostrado ser unos "vecinos" muy útiles, ya que gracias a ellos, las ratas en la ciudad brillaban por su ausencia, a diferencia de otras ciudades del mundo. Y puestos a elegir entre cuervos y ratas, la gente prefería a los cuervos.

Lo que nadie se paraba a pensar es que los cuervos son símbolo de mal augurio. Que se lo dijeran a Terada Yoshiyuki, un hombre que apenas se había jubilado y que pensaba que podría disfrutar de su nieto casi recién nacido. Al empezar el día no creía que acabaría sobre la azotea de un edificio a punto de saltar. El graznido de los cuervos parecía que le alentaban a ello. Previamente, como suele ser costumbre en los suicidios de japoneses que optaban por esa opción, se había quitado los zapatos antes de saltar. Suicidarse era la opción más sensata dada las circunstancias.

–Con mi muerte, compensaré mi crimen. –dijo Terada ya en la parte exterior de la barandilla, mirando hacia donde estaba su nieto. Se giró, cerró los ojos y, tras un fuerte graznido de un cuervo, saltó al vacío, encontrándose con la muerte al instante.

Sí, también se dice que los cuervos son amigos de la muerte.

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Li Shaoran era un hombre de 32 años muy guapo, con un cuerpo muy bien definido, de pelo castaño oscuro y un semblante serio que resaltaba su atractivo. Su trabajo requería seriedad, pero desde lo que aconteció aquel día, no había vuelto a ser el mismo y su vida se había convertido en un infierno.

Vestía un traje negro con camisa blanca con las mangas remangadas y no llevaba corbata. Caminaba despacio y pensativo mientras sostenía la chaqueta sobre el hombro. Después de haber pasado un edificio, se escuchó un golpe seco y a los transeúntes gritar. Sin duda, alguien se había tirado de la azotea. Se giró y efectivamente, un hombre yacía en el suelo boca abajo.

–¡¿Se encuentra bien?! –exclamaban los transeúntes, pero evidentemente, el hombre no iba a contestar. Shaoran miró hacia arriba para ver la altura desde la que había caído. Habría sido un milagro que alguien hubiera sobrevivido a una caída así.

Shaoran decidió seguir su camino. Ya se harían cargo sus compañeros. Cuando se giró para seguir, un hombre rubio y con ropa que parecía bastante vieja, chocó con él, pero el hombre, sin pedir disculpas siguió corriendo.

–¡Es un suicidio! ¡Apartad! –dijo el hombre mientras sacaba una pequeña cámara de fotos, riendo mientras apuntaba. Sin duda era periodista. Shaoran pensó que era como un carroñero. El típico periodista sensacionalista que publicaría carnaza a la menor oportunidad.

Shaoran decidió que no iba a perder más tiempo con aquello y siguió su camino, mientras al lugar de la tragedia, llegó un coche plateado.

–Para. –dijo Mitzuki Kaho al conductor, una de las detectives de la Primera División de Investigación de la Policía Metropolitana de Tokio, también conocida por sus siglas: PMT. Kaho tenía unos 34 años. Tenía el cabello largo y pelirrojo oscuro. A pesar de su trabajo, solía vestir con bastante estilo.

–Es sólo la muerte de un hombre débil. Dejemos esto al subinspector. –dijo Yuna D. Kaito, el jefe de la Primera División de Investigación. Era un hombre moreno de 52 años. Por más que le molestara la insensibilidad de su jefe, Kaho cogió la radio para informar.

–Un hombre parece que se ha lanzado desde una azotea en la jurisdicción de Tomoeda. Envíen una ambulancia. –dijo Kaho. Tras pedir los refuerzos, miró hacia atrás. El paso de Shaoran no le pasó desapercibido.

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No muy lejos de allí, una mujer de 32 años, de media melena castaña y bonitos ojos verdes llegó para recoger a un Rottweiler que había atado en un poste de la luz mientras terminaba de hacer lo que tenía que hacer. Siempre solía vestir de forma muy sencilla y cómoda. Por el aspecto dulce que emanaba Kinomoto Sakura, que así se llamaba la chica, nadie diría que tendría un perro como ese.

–Gracias por esperar. –le dijo al perro en tono cariñoso, que esperaba sentado tranquilamente. –¿Has sido un buen chico? Venga, vámonos.

Tanto Sakura como el perro se dirigieron a un coche amarillo de la empresa en la que trabajaba la chica. Pero antes de volver a la empresa, decidió ir a un mirador al que solía ir con frecuencia porque para ella, era un lugar significativo. Era un lugar al que los cuervos también les gustaba estar, ya que había árboles sobre los que posarse. Entonces, el perro comenzó a gimotear, como si intuyera el estado anímico de Sakura. La castaña se agachó, y le sonrió mientras le daba mimos en la cara.

–Muchas gracias, pero estoy bien. –le dijo Sakura como si hubiera entendido lo que le comunicaba el perro. Le soltó la correa y sacó una pelota de tenis de su bolso. –Mira, vamos a jugar un poco.

Sakura se incorporó y le lanzó la pelota. El perro, contento, fue tras ella. Mientras el perro buscaba la pelota, a Sakura le cambió el semblante y se llevó la mano a una pequeña cadena que tenía en el cuello, con lo que parecía ser una pluma de cuervo de oro. Ya no había vuelta atrás. Según la mitología, los griegos creían que el cuervo era blanco inicialmente, pero una vez que el dios Apolo fue avisado por un cuervo de que su amada Corinis le era infiel, castigó a este pájaro y a toda su descendencia a convertirse en negro como consecuencia de su descontento. Penitencia que se prolongaría a la descendencia futura del ave. El cuervo blanco había pensado que sería recompensado por avisar a Apolo, pero éste habría preferido que el cuervo le hubiera arrancado los ojos a los amantes. Desde aquel día, el cuervo guarda sus secretos para protegerse a sí mismo y a todo lo que sabe. Sakura se sentía igual que el cuervo de Apolo.

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Un mes después…

En una de las comisarías de Tokio, concretamente en la de Tomoeda, el guardia a cargo del calabozo tocó los barrotes con la porra para terminar de despertar a un Shaoran que no era ni la sombra de lo que fue. Fue entonces que comenzó a percibir cómo la poca luz del sol que entraba comenzaba a molestarle.

–Shaoran, debes empezar a comportarte. Esto no es un hotel. –le dijo el guardia. Shaoran no había tenido ganas de volver a su apartamento, por lo que se fue a la comisaría en la que trabajaba y se coló en un calabozo para dormir, o al menos intentarlo. No era la primera vez que lo hacía.

–Ya lo sé. –dijo él, sin ganas de que nadie fuera a darle lecciones. Se colgó la chaqueta al hombro y subió a los vestuarios del departamento donde se encontraba la Primera División de Investigación. Allí esperando estaba Mitzuki Kaho.

–Buenos días. –lo saludó Kaho al ver aparecer a Shaoran. Al ver el aspecto que traía Shaoran supo de dónde venía –¿Otra vez lo has vuelto a hacer? Kaito ha estado llamándote.

Shaoran odiaba a su jefe, así que se giró para marcharse, pero Kaho lo detuvo de la muñeca y se acercó a su oído.

–Parece que Wei ha desparecido. –le dijo Kaho. Entonces, Shaoran, seguido de Kaho entró en el departamento donde trabajaba la Primera División de Investigación de la PMT.

–Shaoran, ¿cómo es eso de golpear a un traficante de drogas? –preguntó Katokura Ryo, un compañero policía. Para Shaoran, Ryo no era más que un lameculos del jefe. Y como se sentía protegido por él, se pensaba que tenía más autoridad que cualquier otro detective de los que trabajaban allí. En realidad, quizás todos, excepto por Wang Wei, Mitzuki Kaho y él mismo, eran unos lameculos. Hasta vestían todos igual, con traje y corbata oscura. Tenían un código de vestimenta más propio de empresas llenas de salary men que de la propia policía. Como el código de vestimenta impuesto por la policía no exigía corbata, Shaoran era el único que no llevaba nunca, sin contar a Kaho.

El inspector Kaito, que estaba en su mesa, los tenía a todos bien domados y Ryo se creía con derecho de reprender a Shaoran. Lo cierto es que después de lo que ocurrió, la prometedora carrera policial de Shaoran se había resentido mucho.

–Pretendería ajustar cuentas. –dijo Takabe, otro de los detectives. –Como su carrera ya no es importante, hace lo que le da la gana. La verdad es que le envidio.

–El sospechoso ha emitido una queja. Dice que el trato fue demasiado duro. –le informó Ryo. Shaoran se apartó de él y se puso frente a la mesa de Yuna D. Kaito, que hasta ahora no había intervenido. Si alguien le reprendía, debía ser el inspector jefe, y no ninguno de sus palmeros. De todas formas, a Shaoran no le podía preocupar menos las pataletas de un camello. En aquellos momentos, le preocupaba más la desaparición de Wei, una de las pocas personas que Shaoran respetaba en aquel lugar.

–¿Qué es eso de que Wei ha desaparecido? –preguntó Shaoran.

–¿No te has enterado?

–No.

–Creo que deberías venir de vez en cuando y ser de utilidad. –le dijo Kaito.

–Lo siento. –se disculpó Shaoran, asumiendo que últimamente no había parado mucho por allí.

–Espera. –dijo Kaito al ver que Shaoran se iba. –Te dejo el caso a ti. Infórmame de los detalles.

–¿Está siendo investigado? –preguntó Shaoran.

–Su esposa nos ha pedido que lo busquemos al denunciar su desaparición. –dijo Kaito levantándose y cogiendo su chaqueta de la percha que tenía tras su mesa. –Es natural que esté preocupada. Es una molestia tener que utilizar detectives para esto pero no nos queda otra. Katokura, pon a Li al día.

–Sí, señor. –respondió Katokura.

–Takabe, te vienes conmigo. –ordenó Kaito.

–Parece que Wei también se ha rajado, ¿eh? –le provocó Katokura Ryo desde su mesa mientras se limpiaba las gafas. –Los tipos como vosotros no hacéis más que dar problemas. Lo más conveniente sería que desaparecieras en lugar de merodear por aquí.

Mientras Shaoran lo desafiaba con la mirada, cogió el informe de la mesa de Ryo con rabia y se marchó. Kaho pensó que sus compañeros no estaban siendo justos con Shaoran. De por sí, él ya se sentía lo suficientemente mal como para que sus propios compañeros lo vilipendiaran de aquella manera.

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–Hace muy buena mañana, ¿verdad, Ruby Moon? –preguntó Sakura a la perrita que estaba paseando en ese momento. Ruby Moon era un perrita negra de tamaño pequeño. Tras varios pasos, se agachó y la cogió en brazos. –Estarás contenta. Después de todo, pronto serás mamá. Debemos asegurarnos de que haces ejercicio.

Entonces, Sakura miró al edificio en el que vivía el señor Suganuma Toshiya, pero su rostro ya no emitía la dulzura que acababa de mostrar con Ruby Moon.

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–¿Otra noche sin dormir? –le preguntó Suganuma Chika a su marido mientras le servía el desayuno. Suganuma Toshiya era un banquero joven, de unos 33 años y últimamente, su mujer lo había notado muy preocupado. Además, le estaba costando conciliar el sueño.

–No te preocupes, estoy bien. –le contestó su marido.

–Por cierto, he conocido a una nueva amiga. –le contó ella. –Quería saber si podía preguntarte por un préstamo de tu banco.

–Claro. –dijo el banquero con la mirada perdida.

–Genial, hoy la he invitado a tomar un té cuando…–pero la explicación de Chika se vio interrumpida por el sonido de su móvil, que sobresaltó a su marido. –Ah, debe de ser ella. Es muy mona.

Toshiya se apresuró a coger su maletín y su chaqueta para salir sin haber probado el desayuno.

–¿Toshiya? –preguntó su mujer al verlo salir tan apresurado de repente.

Cuando Toshiya llegó abajo, siempre tenía la misma rutina: abrir su buzón para sacar el periódico que dejaban todas las mañanas. Tras cogerlo, salió hacia la estación de metro. Mientras seguía paseando a Ruby Moon, Sakura lo vio salir de su edificio, mostrando una sonrisa maléfica.

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Shaoran Li fue a la habitación 201 del hospital en el que estaba ingresada Wang Shigeyo, la esposa de Wei. Para comenzar la investigación sobre el paradero de su mentor, decidió comenzar por la persona que había denunciado su desaparición.

–Aquí tienes las llaves. –le dijo Shigeyo a Shaoran, al que conocía bien porque su marido le había hablado de él y de alguna forma, lo había tutorizado cuando Shaoran entró en el cuerpo de policía. La mujer se había roto una pierna en un desafortunado traspiés y debía permanecer en el hospital. –Cuento contigo.

–Gracias. –dijo él. –¿Cuándo fue la última vez que estuvo en contacto con Wei?

–La noche en la que me ingresaron hace cinco días. –contestó la mujer. –Vino por el papeleo del ingreso y se marchó. Cada vez que lo llamo tiene el teléfono apagado y parece ser que tampoco ha ido al trabajo. Entiendo que haya querido desaparecer después de todo el enredo.

–¿Cómo se ha roto la pierna?

–Me caí al volver a casa cuando salí de la escuela de baile. –le dijo ella. –Es una rotura más seria de lo que creían al principio, así que tendré que estar aquí más tiempo del normal. Fue como si alguien me hubiese empujado, pero lo cierto es que bebí un poquito.

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Tras salir del hospital, Shaoran se quedó atrapado en un atasco de tráfico. Salió del coche y comprobó que se debía a que muchos de los conductores se habían bajado y se habían aglutinado junto a una valla. Shaoran decidió ir allí a ver qué pasaba.

–Ruby, sal, mira, tengo una galletita. –le decía Sakura a Ruby Moon, que se había escurrido tras la valla y no había manera de sacarla de allí.

–¿Qué ha pasado? –preguntó Shaoran a uno de los curiosos que había allí.

–Parece que un perro se ha escurrido tras la valla. –dijo el hombre.

–¿Es tu perro? –preguntó Shaoran a la chica castaña que intentaba atraer al perro pasando el brazo por el agujero por el que se había colado el perro. Por lo visto, había una zanja que en realidad era un tubo que daba al canal que había al lado y no podía salir de allí.

–No. Trabajo en una peluquería canina y estoy cuidando a Ruby Moon para un cliente. –dijo ella.

–Llamemos a la policía. –sugirió uno de los curiosos, alertando así a Sakura.

–No hay necesidad de llamarles por algo así. –dijo Shaoran. El castaño miró hacia arriba y vio que por allí no podría pasar porque había alambres, y a su izquierda había un canal por el que se asomó. Cogió una hamburguesa que estaba comiendo uno de los curiosos que estaba allí y pasó al otro lado de la valla, sujetándose para no caer al agua. Colocó uno de sus pies en el tubo que sobresalía y estiró el brazo con la hamburguesa para atraer a Ruby. Tras llamar a la perra, ésta asomó el hocico tímidamente atraída por el olor de aquel manjar, Shaoran tiró la hamburguesa y cogió al perro por la parte de la cruz del lomo para no hacerle daño y estiró el brazo para que Sakura lo cogiera.

–¡Muchas gracias! –dijo Sakura aliviada mientras la gente aplaudía sorprendida por la hazaña de aquel joven. –Estabas asustada, ¿verdad?

Cuando Shaoran pasó al otro lado de la valla, sacó unas monedas y se las dio al tipo de la hamburguesa antes de marcharse.

–Por la hamburguesa.

–¿No te has hecho daño? –preguntó Sakura tras él con Ruby en brazos.

–Para trabajar con perros esto ha sido muy irresponsable por tu parte. Deberías tener cuidado, su vida está a tu cargo. –le dijo Shaoran.

–Lo siento. –dijo ella mientras veía cómo aquel hombre se marchaba.

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En el centro financiero de Tokio, un enfadado Suganuma Toshiya salía de las oficinas de la sede del banco seguido de dos subordinados mientras uno de ellos iba haciendo reverencias pidiendo disculpas.

–¡¿Cómo que no se puede cobrar?!¡¿Cómo puedes ser tan ingenuo?! –protestaba Suganuma. –¡Fuerza la bancarrota y subasta su casa!

–Sí, señor. –dijo el empleado. Entonces, le sonó el móvil a Suganuma. Suganuma se paró un momento para ver mejor quién le llamaba mientras sus empleados se marcharon, pero quien llamara, lo hacía desde un número oculto. Suganuma colgó, pero quien le llamaba seguía insistiendo.

–Para ya, por favor. –respondió un Suganuma que no parecía el mismo que había gritado a sus empleados. –Siento lo que ocurrió, pero me lo ordenaron. No tenía elección. Te lo ruego, por favor.

Suganuma se sentó en los escalones abatido, mientras que la persona que lo llamó colgó sin decir nada, aumentando así su incertidumbre. Allí sentado, Suganuma no parecía el "tiburón" sin escrúpulos que trabajaba en uno de los bancos más prestigiosos del país.

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Después de haber colgado desde el teléfono público que había en la cafetería, Sakura salió para reunirse con la señora Suganuma Chika.

–Siento haberte hecho esperar. –dijo Sakura con una sonrisa.

–No importa. –dijo ella restándole importancia.

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Después de visitar a la esposa de Wei y que esta le hubiese dado las llaves de su casa, y de incluso haber rescatado a un perrito, Shaoran se dirigió a la residencia de Wei para seguir investigando la desaparición de su mentor. Al entrar, vio algunas fotos de actuaciones de baile de la señora Wang y también lo que parecía una camita para un perro pequeño, pero lo que le llamó la atención fue que la luz del teléfono parpadeaba mostrando que había mensajes sin escuchar, por lo que le dio al botón.

Tiene cinco mensajes. –dijo la femenina voz del contestador.

Llamo del hospital en el que está su mujer ingresada. Necesitamos hablar con usted en relación a su ingreso. –dijo la trabajadora del hospital. Mientras escuchaba los mensajes, Shaoran se quedó mirando una foto que había junto al teléfono. En ella aparecían en una cena unos sonrientes Li Shaoran, Mitzuki Kaho, Wang Wei y Tsukishiro Yukito. Wei era un hombre que ya peinaba bastantes canas y ya no le quedaba mucho para la jubilación. Siempre tenía una expresión afable y Shaoran lo admiraba y respetaba muchísimo. Por su parte, Tsukishiro Yukito era un joven risueño de pelo grisáceo y gafas. Al igual que ocurría con Wei, pese a ser policía también era de expresión amable. Al igual que Wei lo era con él, Shaoran se había convertido en el compañero que debía guiar a Yukito al incorporarse a la Primera División de Investigación del cuerpo de policía. Ambos conectaron enseguida y el aprecio era mutuo.

Al finalizar el mensaje, un pitido dio paso al segundo mensaje.

Hola, llamé el otro día del hospital. Queríamos informarle del estado de su mujer. Volveré llamar en otro momento. –volvió a decir la misma persona del primer mensaje. Entonces Shaoran vio una foto de Wei sonriendo a cámara mientras llevaba un gorro de pesca.

Shaoran pasó a otra estancia. Era una típica habitación japonesa con tatami donde había varios premios y placas reconociendo la labor de Wei como policía. Tras mirar en una papelera, comenzó a revisar un pequeño escritorio. Al apartar unos libros, reconoció una pequeña libretita que Wei solía llevar siempre. Al abrirla, un recorte de periódico cayó al suelo, cuyo titular rezaba: Un hombre salta al vacío abandonando a un bebé.

Al ver la fecha del artículo de hacía un mes, a Shaoran se le vino a la cabeza el hombre que saltó desde la azotea justo unos instantes después de haber pasado él mismo por allí. ¿Acaso hablaba de ese hombre? ¿Y qué tenía que ver con Wei? Debía de haber alguna conexión porque el recorte del periódico era justo de esa noticia.

Después de no haber encontrado nada más en casa de Wei, al salir se encontró con un hombre que debía de estar algo loco al estar haciendo unos movimientos de cadera como si llevara un hula-hop. Entonces se acordó, era el mismo hombre rubio con ropa bastante vieja que se chocó con él cuando aquel hombre saltó de la azotea. Era el hombre que se puso a sacar fotos como si hubiera encontrado un tesoro. Parecía un desequilibrado. Shaoran salió hacia el coche dispuesto a ignorar a ese tipo.

–Li Shaoran, tu expresión es muy sombría. –dijo el hombre sonriéndole y empezando a seguirle. –¿Acaso has visto al fantasma de Wei ahí dentro? Un suicidio, un soborno. Esto se pone interesante.

–Hace un mes, cuando aquel hombre saltó del edificio en Tomoeda, tú estuviste allí. –dijo Shaoran, haciéndole ver que lo había reconocido.

–No lo sé. ¿Estuve? –dijo el hombre rubio haciéndose el loco.

–¿Quién es la persona que saltó? –preguntó Shaoran. Era evidente que sabía algo y que fue a buscarlo por algo. Además, parecía conocer a Wei y a él mismo. Quizás no estuviera tan desequilibrado como quería hacer ver.

–Verás, es que no puedo decirte nada…gratis. –dijo el hombre.

–Adiós. –dijo Shaoran abriendo la puerta del coche. Shaoran estaba seguro que ese tipo quería decirle algo, si no, ¿para qué había ido a su encuentro? No le pareció un encuentro casual.

–Está bien, espera. –dijo el rubio. Sacó una libreta muy pequeña, la abrió y se la enseñó a Shaoran.

10 de septiembre –Tomoeda.

Terada Yoshiyuki salta de un edificio.

Tras leer la nota, Shaoran se montó en el coche.

–Espera, espera, háblame de Wang Wei. –le pidió el hombre buscando una página en la libretita para ponerse a escribir. Pero Shaoran no dijo nada, simplemente sacó un billete y se lo dio al hombre. –Vaya, mil yenes.

Shaoran cerró la puerta y mientras se ponía el cinturón, el hombre se apresuró a sacar una tarjeta de presentación y ponerla en la junta de la ventanilla de la puerta del coche.

–Soy Kero Beros, pero me puedes llamar Kero a secas. Mi número de teléfono viene en la tarjeta. Llámame si descubres algo. –le pidió a Shaoran, que arrancó sin hacer mucho caso. Cuando se marchó, Kero sonrió. Estaba seguro que el detective Li Shaoran le llamaría.

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Suganuma Toshiya acudió al hospital tal y como había convenido con su mujer. Estaban en la sala de espera del área de ginecología y él se sentía tan agobiado que se aflojó la corbata.

–¿Te encuentras bien? No deberías esforzarte tanto en el trabajo. Si quieres podemos volver a casa. –dijo Chika. Pensaba que el estrés comenzaba a pasarle factura. Lo que Chika ignoraba era que ese estrés no estaba producido por el trabajo precisamente.

–Se trata de mi hijo. No hay nada más importante que eso. –dijo Toshiya.

–Sí, eso es cierto. –dijo ella. Entonces, la mujer que atendía la recepción los llamó.

–Señor Suganuma, tiene una llamada. –dijo la recepcionista. A Toshiya le extrañó aquello. ¿Acaso le había seguido y sabía que estaba allí? A pesar de la cara de extrañeza de su mujer, Toshiya no pudo hacer otra cosa salvo que girar la esquina y atender la llamada de recepción, intuyendo de quién se trataba. ¿Acaso no podía ir tranquilamente a la revisión de su futuro hijo?

–¿Diga? –contestó Toshiya. Pero nadie respondía. –Para ya, por favor.

Chika giró la esquina extrañada por el comportamiento que estaba teniendo su marido últimamente, viéndolo bastante agobiado y desquiciado. Estaba segura de que le pasaba algo, pero no quería saturarlo más con sus preguntas.

Tras la revisión médica, Toshiya se volvió a su trabajo mientras que la señora Suganuma caminaba por la calle hacia casa. Por suerte, y aunque no llevaba mucho tiempo embarazada, la gestación se estaba desarrollando con normalidad y aún no era evidente. Tras caminar varios minutos, Chika comenzó a escuchar unos jadeos cada vez más fuertes que la estaban poniendo muy nerviosa. Entonces se giró y vio un Rottweiler que comenzó a ladrarle. Del susto cayó hacia atrás sentada, golpeándose a la altura del codo en un poste de la luz y dejándole una pequeña herida. Unos silbidos que no se sabía de dónde venían parecieron calmar al perro, que se marchó sin hacerle nada a la mujer, tan sólo darle un susto de muerte que hizo que se tuviera que sentar para calmarse.

Cuando el perro desapareció del campo visual de la mujer, se subió a un trasportín que había en un coche amarillo. Kinomoto Sakura cerró el trasportín y la puerta del maletero y se marchó con el coche.

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Li Shaoran bajó del coche con un sobre en la mano y comprobó que era allí donde debía ir. Era el salón canino Mon Ange. Era una peluquería canina muy exclusiva. Era un salón con cierto prestigio y entre sus clientes habituales había celebridades o personas muy ricas. Al entrar, había unos sofás donde los clientes podían esperar si lo deseaban tomando un café o un té, ya que la zona de la peluquería estaba en otra zona separada por una cristalera.

–Mira, mami ya está aquí. Ya estás bien limpito, ¿verdad? –dijo Meiling, una joven morena con unos ojos muy llamativos. Llevaba una especie de delantal largo de color mostaza para protegerse la ropa de los baños y del pelo de los perros, una muñequera verde y un cinturón para instrumental. La chica le llevó el perrito a la distinguida clienta, que esperaba en el sofá. Entonces Meiling vio entrar a un hombre joven y muy guapo de cabello castaño. Al no llevar perro, asumió que debía ir a recoger a alguno. –Disculpe, voy a atender al joven. Disculpe, ¿tiene aquí a su perro? Puedo resolverle cualquier duda.

Entonces, otra joven morena que vestía elegantemente salió de la oficina. Era Daidouji Tomoyo, la dueña del salón canino.

–Meiling, ya me ocupo yo. –dijo ella viendo que Meiling sólo conseguiría agobiarlo al ver que cada vez Meiling se acercaba más al joven. Además, ella ya esperaba esa visita. –Es usted Li Shaoran, ¿verdad?

–Sí.

–Me han llamado del hospital hace un rato. Viene en lugar del matrimonio Wang, ¿verdad? –preguntó Tomoyo.

–Sí.

–En ese caso, llamaré a Sakura. Es la que se ha estado ocupando de Ruby Moon. –se ofreció Meiling entrando a la zona de trabajo.

–¿Cómo se encuentra la señora Wang? –preguntó Tomoyo.

–De momento debe permanecer ingresada. –dijo Shaoran. La mujer de Wei le había pedido que llevara el sobre con dinero al salón donde habían llevado a la perrita justo antes de la desaparición de Wei. Dado que Wei estaba desaparecido y su mujer ingresada, no le suponía un gran esfuerzo ir a pagar al salón para que mantuvieran allí a la mascota mientras ellos no pudieran hacerse cargo.

Entonces, por la puerta salió Kinomoto Sakura con Ruby Moon en los brazos. También llevaba un delantal como el que llevaba Meiling.

–Oh. –dijo Sakura al encontrarse con el mismo hombre que salvó a Ruby Moon.

–¿Os conocéis? –preguntó Tomoyo.

–No. –respondió Shaoran.

–Ella es Kinomoto Sakura. Ha estado a cargo de Ruby Moon. –presentó Tomoyo. –Sakura, él es Li Shaoran. Es un alumno de la escuela de baile de la señora Wang, ¿verdad?

–En realidad no. –dijo Shaoran, sin entender por qué asumió que era alumno de la señora Wang. Es cierto que ella tiene una escuela de baile, pero quizás la señora Wang le dijera eso a Tomoyo para incomodarlo.

–Muchas gracias por lo de esta mañana. –le agradeció Sakura.

–Así que este es el perro de Wei. –dijo Shaoran, sin esperar que por la mañana había salvado al perro de su mentor.

–Últimamente ha estado un poco intranquila, por eso pensé que le vendría bien el paseo para relajarse. Aunque al final acabó allí atrapada. –dijo Sakura.

–La señora Wang me ha dicho que la perra está embarazada. –dijo Shaoran.

–Sí, pero gracias a ti, ahora está bien. –dijo Sakura sonriéndole.

–La señora Wang me ha pedido que le entregue esto. Debería ser suficiente hasta que pueda recoger a Ruby Moon ella o su marido. –le dijo Shaoran extendiéndole el sobre a Tomoyo.

–Señor Li, ¿puede acompañarme dentro? –le pidió Tomoyo. Shaoran las acompañó a la oficina, desde donde se podía ver la zona en la que bañaban y adecentaban a los perros. De hecho, Meiling le estaba cortando el pelo a uno de los clientes de cuatro patas en ese momento. –Es un poco difícil hablar de esto dadas las circunstancias, pero hay algo más. El problema es que no tenemos licencia de hotel canino. Por eso queríamos pedirle si podría quedárselo usted. –Shaoran comprendió lo que le decía. Tomoyo podría meterse en un lío si hubiera algún tipo de inspección.

–Imposible. En mi trabajo no podemos tener animales. –dijo Shaoran. –¿No hay alguna manera de que pueda quedarse? –preguntó Shaoran. Él tenía un trabajo demasiado absorbente como para hacerse cargo del perro él solo.

–Tomoyo. –intervino Sakura al ver el evidente agobio de Shaoran, sin dejar de acariciar a la perrita. –¿Podría tener a Ruby Moon aquí a mi cargo? Al menos, hasta que dé a luz. Llevarla a un lugar diferente ahora la estresaría todavía más. Además, yo asumiré la responsabilidad de cuidarla. Por favor.

–Está bien. Ya que estás dispuesta asumir la responsabilidad, no puedo negarme. Puedes cuidarla aquí. –accedió Tomoyo.

–Muchas gracias. –le agradeció Sakura. –¿Has oído, Ruby? Vas a quedarte aquí. Verás que bien vamos a estar.

Esta vez, había sido Sakura la que había salvado a Shaoran. Muy a su pesar, no podía hacerse cargo de Ruby durante el día, y menos estando a punto de tener cachorros. Y sin pedírselo, ella se había ofrecido voluntaria para cuidar de la perra. Aunque no sabía si lo hacía por el animal o por él, al haberla salvado por la mañana.

–A cambio, señor Li, creo que debería estar presente en el nacimiento de los cachorros. –dijo Tomoyo.

–¿Qué? –preguntó Shaoran sin esperarse eso.

–En representación de los Wang. –aclaró Tomoyo.

–Está bien. Gracias. –dijo Shaoran. No sabía cómo se había dejado enredar en eso, pero ya que al final iban a quedarse a Ruby Moon por él, era lo menos que podía hacer. Tras acceder, Tomoyo salió. Shaoran también se levantó para salir.

–Espera. –dijo Sakura extendiéndole un bolígrafo.

–¿Qué?

–¿Podrías darme tu número de teléfono? Así podré avisarte cuando se ponga de parto. Y muchas gracias por dejar que cuide a Ruby Moon. –Shaoran estaba sorprendido. Pensaba que era ella la que le hacía el favor y esa castaña parecía que lo sentía al revés. Debía adorar mucho a los perros para considerar que era él quien le hacía el favor.

–Gracias a ti. –dijo Shaoran escribiendo su información de contacto.

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–¿De compras?¿Mañana por la mañana? De acuerdo, quiero mirar ropa para el bebé de todas formas, así que me parece bien. –decía Chika por teléfono. A pesar del susto vivido, estaba mucho más tranquila. Entonces se escuchó la puerta. Por fin su marido acababa de llegar a casa. Toshiya, al ver el vendaje que tenía su mujer a la altura del codo dejó caer el maletín y se dirigió a ella preocupado.

–¿Qué te ha pasado? –preguntó él.

–Espera un momento, estoy al teléfono. –dijo ella. Pero él se lo quitó y colgó directamente.

–¡Dime qué te ha pasado! –exigió él, más preocupado que enfadado.

–Cuando volvía a casa me atacó un perro. Pero no me mordió. Del susto me caí y ya está. No es nada grave. –explicó ella.

–¿El bebé está bien?

–Ya te he dicho que no es para tanto. No es nada grave. –dijo ella.

–Seguro que es esa mujer. –dijo Toshiya para sí. –Estoy seguro que es algo planeado por ella.

–¿Qué mujer? –preguntó ella.

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Aunque Tomoyo y Meiling se habían marchado ya, Kinomoto Sakura seguía en el salón. Estaba leyendo sobre perros, especialmente ahora que debería atender el parto de Ruby Moon. La mesa estaba llena de libros y revistas con títulos del tipo Los amigos de los perros.

Tras leer un capítulo, Sakura dejó el libro y pensó que al día siguiente haría el siguiente movimiento.

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–Está bien, hasta luego. –dijo Shaoran antes de colgar. El castaño cogió su chaqueta para salir de la comisaría, justo a la vez que Kaito entraba seguido de Mitzuki Kaho. La intención de Shaoran era salir ignorando a su jefe, pero Kaito lo detuvo poniéndole una mano en el hombro.

–Ya has venido al trabajo dos días seguidos. ¿Cuándo ocurrió ese milagro por última vez? Pareces hasta entusiasmado con el caso. –preguntó Kaito provocando a Shaoran. Desde aquel fatídico día, apenas le asignaban casos, por lo que a veces Shaoran pasaba varios días sin pasar por comisaría. ¿Qué sentido tenía ir, si de todas formas lo único que hacían era provocarlo? Prefería evitarse ser el centro de atención. –¿Cómo va?

–Todavía no he recopilado la suficiente información como para poder realizar una valoración. –dijo Shaoran.

–¿De verdad?

–¿Por qué iba a mentir? –preguntó Shaoran.

–Está bien. Sigue con ello. Pero mantenme informado. –dijo Kaito. Cuando Shaoran se fue, Kaho lo siguió con la mirada. –Kaho. Tus ojos siguen mostrando demasiado afecto.

–Si lo dices en serio, voy a empezar a cuestionar tu capacidad de discernimiento. Si me disculpas. –dijo Kaho saliendo.

–¿Dónde vas?

–Al baño. ¿Quieres venir? –dijo ella. Kaito sólo sonrió por la ocurrencia. Pero Kaho no fue al baño, sino que se dirigió hacia los garajes de la comisaría donde Shaoran ya estaba abriendo el coche con el mando para marcharse.

–¡Espera! –le pidió Kaho.

–¿Vas a hacerle los recados a Kaito otra vez? –preguntó Shaoran.

–No. Pero he recordado algo. –dijo Kaho, haciendo que Shaoran se detuviera antes de abrir la puerta del coche. –Hace una semana llamaron desde Tochigi-kita para avisar de que Wei se dejó allí uno de sus gorros.

–Tochigi-kita. ¿Eso no es una prisión de mujeres? –preguntó Shaoran.

–Quizás fuera a ver a alguien allí, o quizás, a investigar algo. –aventuró Kaho. –Dime, ¿de verdad no has encontrado nada?

–No te preocupes por eso. –dijo Shaoran.

–Esto va de Wei, así que es natural que hasta Kaito se interese. –dijo Kaho, que no se había creído que no tuviera información.

–Hay una cosa que me gustaría preguntarte sobre Kaito. ¿Fue él quien filtró lo del soborno de Wei?

–No lo sé. Pero lo cierto es que ni a Wei se le puede excusar algo así. –dijo Kaho. –Kaito simplemente se benefició de ello. No tiene nada que ver con la fuente que lo filtrara.

Shaoran cerró la puerta del coche y se marchó.

Continuará…