Capítulo 2. Se abre la cortina de la venganza (2ª Parte)
Como cada mañana, Suganuma Toshiya cogió el periódico de su buzón antes de dirigirse a la estación del metro.
–¡Espera! –lo siguió su mujer trotando tras él.
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En la residencia Terada, como es tradición en la cultura japonesa cuando un ser querido abandona el mundo de los vivos, un pequeño altar con algunas flores, velas, algún alimento y la foto de Terada Yoshiyuki presidía el salón.
–Lo sabía. ¿Entonces mi padre no se suicidó? –preguntó la hija de Terada. Ella intuía que su padre no se había suicidado y ahora Li Shaoran estaba sentado en su sofá diciéndole que estaban investigando el supuesto suicidio de su padre.
–Creo que se trata de un asunto completamente diferente. –dijo Shaoran.
–No me mienta, por favor. –entonces, un bebé que estaba en una cuna lloriqueó inquieto, como si percibiera el estado de nerviosismo de su madre. –Es todo demasiado extraño. Eres el segundo policía que viene. No hay forma de que dos policías os hayáis interesado si sólo fuera un suicidio. Cuando mi hijo nació, mi padre me dijo que por fin podría volver a vivir. ¿Cómo podría haberse suicidado con lo contento que estaba desde que nació su nieto? Incluso el día que sucedió todo se lo llevó de paseo.
–¿El otro policía que la visitó era este hombre? –preguntó Shaoran mostrándole una fotografía de Wei.
–Sí, es él. –dijo la mujer reconociéndolo.
–¿Qué te preguntó?
–Si no recuerdo mal, me preguntó si había ocurrido algo extraño antes del suicidio, o si había estado en contacto con una mujer desconocida. –respondió ella. Una vez que obtuvo esas respuestas, la hija de Terada acompaño a Shaoran a la puerta.
–Gracias por su colaboración. –le dijo Shaoran respetuosamente.
–Por cierto, ahora que me acuerdo, también me preguntó por un perro. –dijo la hija de Terada.
–¿Un perro?
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Tras haber cogido el periódico del buzón como cada mañana, Suganuma Toshiya se dirigió a la estación de metro. Ya se había despedido de su mujer porque ella cogería el metro que del andén de enfrente. En cuanto llegó al andén y se dispuso a esperar, le sonó el teléfono móvil. Aunque al principio casi lo cogió con temor, al ver en la pantalla que era su mujer sonrió aliviado y le respondió sin saber qué quería. No hacía ni cinco minutos que se habían despedido.
–¿Ya me echas de menos? –dijo Toshiya.
–Creo que ya es hora de terminar con esto. –dijo un voz femenina que no era la de su mujer. En seguida supo que era la persona que lo había estado atosigando durante los últimos días.
–¿Cómo es que tienes su teléfono? –preguntó Toshiya, temiendo por si le había hecho algo a su esposa, y por extensión, a su hijo no nato. Entonces miró al andén de enfrente y en la parte derecha vio a su mujer esperando el metro ojeando una revista tranquilamente, ajena a que alguien le hubiera cogido el móvil.
–Se lo he cogido prestado un momento. –respondió la voz de Kinomoto Sakura, que sujetaba el teléfono con un guante negro unos metros más atrás. –Parece que ni lo ha notado. No te muevas.
Suganuma se paró. Había estado dispuesto a ir hacia su mujer o de al menos, avisarla, pero Sakura se había anticipado a sus intenciones al verlo dar un paso.
–Si te mueves un poco más, no sé qué pasará. –al hombre aquello le sonó a algún tipo de represalia contra su mujer. Y lo que dijo a continuación se lo confirmó. –Estoy a la distancia suficiente como para poder alcanzarla con mi mano.
¿Acaso le estaba amenazando con empujarla a la vía? Entonces, desde la megafonía, anunciaban que llegaría un tren fuera de servicio por el andén en el que se encontraba el señor Suganuma y que tuvieran precaución, colocándose tras la línea amarilla.
–Te lo ruego, no le pongas la mano encima a Chika. –le pidió Toshiya con desesperación. –Está embarazada.
–¿De verdad? –preguntó Sakura haciendo ver que ignoraba esa información, pero ella los había seguido el tiempo suficiente y estaba al tanto. De hecho ya lo llamó a él esperando la revisión médica e incluso tomó el té con ella.
–Dime, ¿qué se supone que debo hacer? –preguntó él desesperado. –¿Quieres dinero?
–Una persona que miente para culpar a otros merece morir para pagar por sus crímenes. –dijo Sakura.
–¿Será una broma, no?
–Hablo totalmente en serio. –dijo Sakura poniéndose de puntillas para ver si llegaba el tren, el cual se veía en el horizonte. –Salta a la vía. Si quieres proteger a tu mujer y a tu hijo, no tienes otra opción que morir.
Toshiya se fue acercando dando pequeños pasos. Pero cuando el tren que estaba fuera de servicio pasó, Sakura lo vio en el suelo de rodillas.
–Qué fraude. –dijo Sakura al ver que el banquero no se atrevió a saltar. –Supongo que una persona que culpa a otros por sus crímenes es un cobarde. Pero cuando te dan una orden, no debes desobedecer. Al menos aquel día no desobedeciste.
Por la megafonía y en los paneles anunciaban que el tren hacia Kamimaruko pasaría a continuación por el andén en el que estaban Sakura y Suganuma Chika.
–Supongo que la que morirá entonces será tu mujer. –dijo Sakura acercándose por detrás a Chika, que seguía ojeando la revista. –Guarda bien en la memoria sus últimos instantes.
–De acuerdo. Me equivoqué. –dijo Toshiya, que al acercarse a su mujer pudo divisar a quien le estaba haciendo la vida imposible. Sakura se retiró un poco al notar el agobio de Suganuma.
–Hay un sobre rojo entre tu periódico. Sácalo. –él obedeció. Efectivamente, en el periódico doblado que tenía en su maletín había un sobre rojo con su nombre y con lo que parecía ser la pluma de un cuervo grabada. Eso quería decir que lo había colocado en su buzón. Del sobre, sacó una cápsula. –Ahí tienes un regalo. Sólo tienes que tragártela para ocupar el lugar de tu mujer y tu hijo. Puedes salvarles la vida. ¿Qué piensas hacer? El tren está llegando.
Toshiya miró a su mujer pensando qué hacer. Viendo cómo se las gastaba esa acosadora y lo controlada que tenía la situación, estaba seguro de que esa mujer iba totalmente en serio y no mentía. El tiempo se le agotaba. Por la vía donde estaban Sakura y Chika estaba llegando un tren, y Sakura se acercó por la espalda a ella. Si no lo hacía, tiraría a su mujer a la vía. Entonces, Chika alzó la vista de su revista, giró la cabeza, vio a su marido y lo saludó con la mano y una sonrisa.
–Chika. –musitó Toshiya.
–¿Te has decidido? –preguntó Sakura justo detrás de Chika. Toshiya bajó el teléfono y se llevó la cápsula a la boca. Entonces, Toshiya se llevó la mano al estómago, desplomándose en el suelo lentamente. Chika se quedó mirando preocupada, y justo comenzó a pasar el tren. Sakura colgó, le puso el teléfono en el bolso de Chika sin que se percatara, igual que cuando se lo cogió cual carterista y desapareció de allí con una sonrisa.
Mientras caminaba por la estación, la gente comenzó a alborotarse para que pidieran una ambulancia. Kero salió del aseo en el momento en el que Sakura acababa de pasar. Intuía que el alboroto que procedía del andén estaba relacionado con Sakura. Cuando Kero se asomó al andén, vio a Suganuma Toshiya desplomado en el suelo, con el teléfono en una mano.
–Se llevó algo a la boca. –comentaba un testigo. Kero estaba seguro de que Sakura había vuelto a actuar.
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Sakura se dirigió al mirador, se apoyó en la baranda y miró al horizonte. Tras unos minutos, cerró los ojos y se llevó la mano a la cadena, sosteniendo la pluma de cuervo de oro. Tras suspirar, se marchó de allí.
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–Aquí tienes la ficha de Terada Yoshiyuki. –dijo el subinspector que llevó a cabo el levantamiento del cuerpo de Terada Yoshiyuki.
–¿No hubo nota de suicidio? –preguntó Shaoran.
–No. De todas formas, hubo gente que lo vio saltar. ¿No crees que fue un arrebato?
–¿Dónde estaba el bebé? –preguntó Shaoran.
–Con él. Lo encontraron a corta distancia, pero a salvo en el carrito. El carrito estaba girado, así que no creo que el bebé lo viera saltar. –dijo el subinspector.
–Entonces se separó del bebé. –musitó Shaoran. Entonces, escucharon gritar a una mujer desesperada.
–¡No se ha suicidado!¡Yo no lo llamé!¡¿Por qué no me creen?! –gritaba Suganuma Chika, que estaba declarando en una mesa cercana con otro policía.
–En el historial de llamadas aparece una llamada suya justo a la misma hora en la que murió su marido. –dijo el policía.
–¡Pues se equivocan, yo no le he llamado! –decía la mujer con impotencia. –Además, últimamente parece que había alguien que lo estaba acosando. Y un perro me atacó. Mi marido estaba convencido que era de la mujer que lo acosaba a él. Y ahora yo también lo estoy. ¡Por favor, seguro que fue esa mujer, investiguen eso!
–Señora Suganuma. No es que no la crea, pero hubo gente que vio cómo se metía la cápsula en la boca. –dijo el policía. –Su marido se ha suicidado.
–Se equivocan. –decía Chika llorando y ya sin fuerzas para discutir.
–¿Qué ha pasado? –preguntó Shaoran, que le llamó la atención lo que hablaba aquella mujer.
–Esta mañana un hombre se ha suicidado tomando una droga en el andén del metro. –dijo el subinspector. Curiosamente, Shaoran creía más a la mujer que al policía. Alguien que se suicida en una estación lo suele hacer arrojándose a las vías.
Una vez que consiguió la ficha de Terada Yoshiyuki, se montó en el coche y se puso a revisar la ficha. Su coche era mucho más tranquilo que la comisaría.
–¿Qué estás buscando, Wei? –se preguntó Shaoran ojeando los papeles. Entonces vio salir a la mujer de la comisaría, con la mirada perdida y sus manos en su vientre. Ella aseguraba que su marido no se había suicidado. Curiosamente, en el caso de Terada Yoshiyuki, su hija también afirmaba que no era suicidio por mucho que la policía intentara mantener la versión del suicidio. Shaoran salió del coche y volvió a entrar a la comisaría para saber si podía establecer algún tipo de conexión entre ambos sucesos. Mientras subía, escuchó cómo hablaban de él.
–El tipo que ha estado aquí antes es el del asesinato del asesino fantasma. –decía el subinspector que le había dado la ficha de Terada al policía que había atendido a Suganuma Chika.
–Ah, el que abandonó al compañero que tutorizaba y huyó. Un miembro de la élite de los detectives que se ha derrumbado. –dijo con sorna.
–Sí. Intenta hacer ver que sigue siendo un buen detective. –dijo el subinspector, provocando la risa de su interlocutor. Al escuchar eso, Shaoran prefirió darse la vuelta antes de dejarse llevar por la ira. Lo que estaba claro es que aquella escena le recordó lo solo que estaba dentro del cuerpo de policía. Encima, Wei, que era de los pocos con los que podía contar y que le había mostrado comprensión también estaba en paradero desconocido.
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El coche amarillo del salón canino Mon Ange estaba aparcado en la Residencia de Ancianos Honoka. Cuando preguntó por su madre, Kinomoto Nadeshiko, le dijeron que estaba en la azotea tomando el sol. Así que, Sakura subió y, efectivamente, allí estaba su madre, sentada en una silla de ruedas mirando al horizonte. Su madre siempre fue una mujer muy guapa y alegre. Incluso fue modelo en su juventud, pero desde que ocurrió todo, se fue apagando más y más e incluso la demencia se iba apoderando de ella poco a poco. Producto de esa demencia, era la sonrisa estereotipada y triste que solía tener desde hacía ya un tiempo.
Flashback
Dos policías trajeados fueron a la casa de los Kinomoto, mostrándoles una orden de arresto.
–Se equivocan, no he sido yo. –les decía Sakura. –¡Yo no he hecho nada!
Pero los policías hicieron caso omiso y la cogieron cada uno de un brazo, frente a la mirada decepcionada de su madre.
–¡Mamá!¡Mamá, te juro que yo no he sido! –gritaba Sakura. Lo único que quería era que su madre la creyera, pero Nadeshiko se mostraba impasible y fría. Para su madre fue una decepción tan grande que ni se molestó en escuchar a su hija. En el momento en el que su madre apartó la mirada, Sakura supo que no podría contar con ella. Esa desesperanza la dejó sin fuerzas, y los policías aprovecharon esa debilidad para ponerle las esposas.
Finalmente, Sakura fue juzgada y encarcelada. Un día, su madre, vestida completamente de negro, la visitó en la cárcel para informarle de una mala noticia.
–Touya se ha suicidado. Estarás contenta. Eso es lo que querías. –tras decir eso de forma dura, Nadeshiko se marchó llorando. Fue la única vez que la visitó.
Fin del Flashback.
Shaoran fue al bar de siempre a pesar de que el cartel ponía que estaba cerrado, pero era de los pocos sitios donde se sentía en confianza y entró igualmente. El bar tenía una luz tenue y oscura pero sin llegar a parecer un antro. Además, al estar cerrado, Yue le había atenuado la luz. La pantalla gigante que presidía el local estaba apagada, aunque normalmente proyectaba imágenes de lugares del mundo.
–Shaoran, ¿qué haces aquí a estas horas? –preguntó Yue, barman y propietario del bar. Yue tenía más o menos la edad de Shaoran. Tenía el cabello largo y plateado. Estaba sorprendido de que hubiera ido tan temprano.
–Ponme lo de siempre. –pidió Shaoran.
–¿No es un poco temprano para empezar a beber? –preguntó Yue.
–Está bien, ponme agua, entonces. –dijo Shaoran. Mientras Yue le servía, Shaoran vio en la barra la tarjeta de contacto de Kero Beros.
–¿Qué quería? –preguntó Shaoran.
–Quería que le hablara de lo que recordaba. Aquí tienes. –dijo Yue poniéndole el vaso de agua y sabiendo que preguntaba por el periodista que dejó la tarjeta. Tras servirle, miró una foto enmarcada a sus espaldas. –No he olvidado nada.
En la foto, Yue posaba sonriente junto a su mejor amigo Yukito Tsukishiro, también muy sonriente. Ambos se pasaban un brazo por los hombros. Cualquiera que viera la foto podía ver que eran los mejores amigos.
Al igual que Yue, Shaoran tampoco olvidaba. ¿Cómo olvidar algo así? Es lo que le había atormentado durante todo ese tiempo y ahora volvió a recordar.
Flashback.
Shaoran y Yukito habían estado investigando a un peligroso delincuente. Una noche, la investigación les llevó a unas oficinas. Shaoran le pidió a Yukito que esperara en el coche y pidiera refuerzos mientras él comprobaba si realmente estaba allí.
–Tenemos información de que el sospechoso de asesinato, Mizoguchi Takeshi se esconde en nuestra localización actual. Solicitamos refuerzos. Estamos en… –informaba Yukito, pero Shaoran lo interrumpió tocando el cristal del coche.
–Vamos. –dijo Shaoran.
–¿No esperamos a los refuerzos? –preguntó Yukito.
–No hace falta. Es un niñato. –dijo Shaoran.
–Pero es un asesino. Además, tenemos información del alijo de drogas. –dijo Yukito.
–Ahora no tenemos tiempo para hablar. Date prisa y entra por detrás. –dijo Shaoran. –¿Vienes o no?
–Voy. –dijo Yukito. Cuando bajó del coche, Yukito fue por detrás, mientras que Shaoran, armado con su pistola, entró por delante. Fue ocultándose utilizando las paredes para no ser visto y avanzando con precaución. Al girar una esquina y apuntar con el arma, encontró a un rehén en el suelo, amordazado y atado de pies y manos por detrás. Shaoran se acercó y comprobó que solo estaba inconsciente, pero había algo raro. Le tocó la espalda y se llevó la mano a la nariz. El rehén olía a gasolina. Shaoran avisó a Yukito por radio de que no utilizara el arma, ya que había queroseno en muchas partes de la zona y se dispuso a desatar al rehén.
Mientras tanto, Yukito, que también entró por otra puerta, seguía inspeccionando el recinto. Al recibir el aviso de Shaoran, decidió guardar el arma. Entonces, tropezó con un cable que alguien puso allí adrede, cayendo al suelo en el acto. Lo único que veía era unas botas militares y un pantalón verde. De repente, alguien le roció gasolina por encima. Al escuchar las quejas de Yukito, Shaoran acudió en su ayuda. Allí estaba Mizoguchi Takeshi. Era un chico joven vaciando una bombona de gasolina sobre Yukito, que estaba a sus pies.
–Para, Mizoguchi. –dijo Shaoran intentando templar a Mizoguchi. Una vez que vació el recipiente, lo tiró a un lado y sacó una cerilla. Cuando Yukito escuchó el chasquido, supo que acababa de encender la cerilla. Mizoguchi se la puso a la altura de la cara mientras mostraba una expresión triste. –No lo hagas.
De repente, la cara triste de Mizoguchi cambió a una cara sádica y dejó caer la cerilla.
–¡Noo! –gritó Shaoran.
–¡Shaoran! –gritó Yukito, que prendió en seguida.
–¡Yukito, Yukito! –gritaba Shaoran.
Shaoran ya no se podría quitar de la cabeza los alaridos de dolor de Yukito mientras se quemaba vivo. Pero lo que tampoco podría olvidar sería la carcajada de Mizoguchi y su gesto sádico.
Fin del Flashback.
Shaoran cogió el vaso de agua y se lo bebió de una vez, como si ese recuerdo fuera a aliviarse por beber agua. Habría preferido beber otra cosa, pero Yue no estaba dispuesto a que volviera a recaer en el alcohol. A pesar de todo lo que pasó, Yue no lo juzgaba. Más bien al contrario, lo respetaba y le estaba agradecido por todo lo que hizo. Era consciente de que Shaoran no pudo hacer nada por salvar a Yukito, a pesar de la culpa que sentía. Por si no fuera suficiente el tormento por sentirse culpable, en su trabajo, en lugar de ser apoyado por sus compañeros, estaba denostado. Todos creían que el que actuó como un mal compañero fue Shaoran, y quizás sí debió esperar refuerzos. Ese maldito error lo seguía pagando día a día cuando sus compañeros le recordaban constantemente que si Yukito murió, fue por su culpa.
Después de salir del bar, Shaoran dio un paseo tan largo que cuando llegó a su apartamento ya eran las once y veinte de la noche. Su apartamento era bastante pequeño pero para él era más que suficiente. La salita y la cocina estaban integradas, separadas por una barra, y una puerta corredera abierta dejaba ver la cama, llena de ropa. Desde el sofá, se quedó mirando la ropa que había en la cama deseando que se ordenara sola, pero eso no iba a ocurrir. Por lo general era bastante ordenado, pero ese día no tenía fuerzas para ponerse a realizar las labores del hogar. En realidad, casi nunca tenía fuerzas desde que murió Yukito. Se suponía que debía protegerle, y fue incapaz. Estaba seguro que esa culpa lo perseguiría siempre.
A las once y media, cogió el teléfono móvil que tenía en el bolsillo de su chaqueta, que estaba sobre el respaldo del sofá y llamó a Mitzuki Kaho, pero le salía apagado, así que dejó el móvil en la mesa con desgana. Debía de estar durmiendo. Nada más dejarlo comenzó a sonar.
– ¿Diga? –contestó con voz cansada.
–Soy Kinomoto Sakura, del salón canino. –dijo una nerviosa Sakura. –Por favor, ven tan pronto como puedas. Creo que Ruby Moon va a ponerse de parto en cualquier momento.
Lo cierto es que Shaoran no tenía ganas de nada, pero les prometió a las chicas del salón canino que acudiría cuando Ruby Moon tuviera los cachorros, a pesar de que fuera tan tarde. Pensándolo bien, quizá le sirviera para distraer su mente de los recuerdos tan dolorosos que esa tarde estaba reviviendo y que seguro no le dejarían dormir. Así que, ante esa perspectiva se dirigió al salón canino.
Allí, Sakura tenía a Ruby Moon en su camita, intentando hacer que estuviera lo más cómoda posible para cuando nacieran los cachorros. Ya tenía unas toallas y agua preparada para cuando llegara el momento. Incluso le había estado tomando la temperatura periódicamente y lo había ido apuntado en un folio. La perra jadeaba y mientras la acariciaba y le daba ánimos, escuchó la puerta.
–Has llegado a tiempo. –le dijo Sakura a Shaoran dejándole entrar y volviendo a donde estaba la parturienta para seguir acariciándola para aliviarle los dolores. –Probablemente vaya a romper aguas muy pronto. Creo que tendrá a los cachorros en una hora o así.
–¿Probablemente? –preguntó Shaoran.
–Sí. –dijo Sakura nerviosa cogiendo uno de los libros con los que había estado documentándose. –Pero no te preocupes. Le he pedido a un veterinario que me indicara cómo proceder. Déjamelo a mí. Déjame ver, parece que está a punto.
–Oye, ¿por qué no te calmas un poco? Le vas a transmitir los nervios. –le dijo Shaoran sentándose, al ver que la chica iba del perro al libro y del libro al perro todo el tiempo.
–Sí, tienes razón. –dijo ella admitiendo que estaba muy nerviosa. Incluso era ella la que parecía que estuviera de parto después de respirar varias veces profundamente. Pero para Sakura, que adoraba los perros, era todo un acontecimiento y no todos los días se vivían momentos como ese. –Haré café.
Cuando Sakura entró, debió tropezarse, porque escuchó algo romperse. Estaba claro que estaba muy nerviosa. Al notar que con el estado de nervios de Sakura podría llegar a derrumbar el negocio, se levantó y entró a la oficina donde estaba la cafetera. Finalmente, fue él quien preparó el café.
–Está delicioso. –dijo Sakura. Una vez que habían preparado el café se sentaron en el sofá a esperar el momento. –Se te da muy bien preparar café.
–Gracias. –dijo Shaoran sin darle la mayor importancia. No era nada del otro mundo.
–Lo cierto es que es la primera vez que me enfrento a una situación así. –dijo Sakura.
–Eso es obvio. –Shaoran lo decía más por el estado de nerviosismo de Sakura, y no por sus intenciones.
–Nunca antes había cuidado de un perro. –dijo Sakura. –Me encantan y siempre había querido tener uno desde que era pequeña, pero mi hermano mayor era alérgico. Por eso elegí este trabajo. Tenía claro que lo que quería era estar en contacto con animales. Pero lo cierto es que no sé nada.
Sakura se levantó para echarle un vistazo a Ruby Moon a través del cristal que separaba la recepción de la zona de peluquería, donde estaba la perra.
–Me asusta cuidar de una vida. –dijo Sakura.
–No eres la única. –dijo Shaoran, pensando en Yukito. Su vida estuvo a su cargo y no pudo protegerle. –La mayoría de la humanidad vive sin saber esas cosas. Tómate un descanso, ya la vigilo yo.
–Pero…
–¿Quieres dar una cabezada mientras se pone de parto? –preguntó Shaoran, intuyendo que la castaña no había dormido mucho y estaba cansada. Lo cierto es que él también lo estaba, pero visto lo nerviosa que había estado, prefería que la chica descansara. –Si ocurre algo te despertaré.
–Está bien. –dijo Sakura.
Sakura fue a dar una cabezada echándose en el sofá. En cuanto apoyó la cabeza se durmió profundamente. Ya eran las tres y cinco de la madrugada y Ruby Moon todavía no había tenido los cachorros. Para no dormirse, Shaoran se sentó en una silla con ruedas en la zona de peluquería mientras ojeaba el libro de los perros que Sakura había estado consultando. Debía estar lo suficientemente incómodo para evitar dormirse.
–Ruby Moon. –decía Sakura en sueños. Parecía que Sakura había comenzado a tener un sueño intranquilo por la preocupación por Ruby Moon, por lo que Shaoran se levantó, dejó el libro y echó su chaqueta sobre Sakura para que no cogiera frío. Fue entonces cuando Ruby Moon comenzó a gemir de dolor.
–Eh, despierta. –dijo Shaoran sacudiéndola un poco del hombro. –Ha empezado.
Sakura se sentó todavía algo atontada del sueño, pero de repente tomó consciencia y se dirigió rápidamente hacia Ruby Moon. Tras un ratito, Ruby Moon había tenido dos cachorritos.
–Lo has hecho genial, Ruby Moon. Ya eres mamá. –le dijo Sakura orgullosa mientras miraba a la nueva familia perruna.
–Hasta su cara parece que haya cambiado. –comentó Shaoran.
–Mira. Son tan pequeñitos. Mira cómo se mueven. –dijo Sakura mientras veía sonriente a los dos pequeños, que todavía no habían podido abrir los ojos pero sí que parecían buscarse el uno al otro. –Menos mal que todo ha salido bien.
Shaoran la miró y la pudo ver mucho más aliviada. No pudo evitar sonreír. Era la primera vez que sonreía en mucho tiempo. Entonces, Sakura también lo miró a él. En esa mirada hubo una especie de conexión, pero tras unos segundos, Shaoran comenzó a incomodarse y se levantó.
–Creo que ya es hora de que me vaya. –dijo Shaoran. Entonces, al percibir movimiento cerca, un rottweiler comenzó a ladrar, poniendo a Shaoran en alerta. Por suerte estaba en una jaula.
–¡León! ¡Tranquilo! Esta persona es buena. –exclamó Sakura dirigiéndose a la jaula y haciéndolo callar al instante. Shaoran no se había percatado de que allí hubiera otro perro. –Lo siento. Parece que su antiguo dueño no lo trataba muy bien. Le asusta la gente y se vuelve agresivo. Al final lo abandonaron. Pero lo que yo creo es que lo que intentaba era pedir ayuda y nadie lo escuchó. Creo que si alguien lo hubiese escuchado, León sería diferente.
Shaoran pensó que esa chica comprendía muy bien los sentimientos de los perros, como si hablaran el mismo idioma y se quedó ensimismado en sus pensamientos.
–¿Estás bien? –preguntó Sakura al ver la cara de Shaoran.
–Sí. Nos vemos. –dijo Shaoran yendo hacia su chaqueta para después dirigirse a la puerta.
–Muchas gracias por todo. –le agradeció Sakura. Realmente le estaba agradecida. Si no hubiera sido por él, no habría sido capaz de calmar sus nervios, pudiendo haber afectado al parto de Ruby Moon.
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Shaoran se dirigía a casa dando un paseo después de haberse asegurado que el parto de la perra de Wei se había desarrollado correctamente. Ya comenzaba a amanecer, por lo que no había pegado ojo en toda la noche. Mientras volvía a casa, recordó a la mujer del hombre que según la policía, se había suicidado en la estación. La mujer mantenía que no fue ningún suicidio. Entonces, decidió dirigirse a la estación en cuestión. Los primeros trenes ya habían comenzado a circular y la estación estaba bastante vacía porque todavía faltaba para la hora punta. Tan sólo los más madrugadores se encontraban ya en la estación. Al subir la escalera, llegó al andén número 1, en el cuál había estado esa mujer. La megafonía anunciaba que el próximo tren a Kamimaruko llegaría al andén 2. Shaoran miró a un pilar, donde había tres caramelos: uno blanco, uno rojo y otro negro. A Shaoran le llamaron la atención porque eran los mismos caramelos que consumía Wei. Entonces, alzó la vista y en el andén opuesto, vio a su mentor esperando un tren. Estaba seguro que era él el que los había dejado allí. Llevaba un traje de color verde tierra. Al hombro llevaba una mochila bandolera y también llevaba uno de sus gorros.
–Wei. –musitó Shaoran. Entonces llegó el tren. –¡Wei, Wei!
Pero a pesar de llamarlo, no pudo detenerlo. Wei se había subido al tren. Shaoran estaba seguro de que su maestro lo vio a través de la ventana. También estaba seguro de que Wei investigaba algo. Así que, como todavía tenía las llaves de su casa, se fue allí rápidamente por si había dejado alguna otra pista. Cuando entró a la estancia donde encontró el recorte del suicidio de Terada, vio una nota.
He hecho algo que para un policía no debería estar permitido. Aunque lo sienta, no puedo arrepentirme lo suficiente. Por eso, al menos creo que debería terminar con ello yo mismo. Wang Wei.
–¿Por qué, Wei? –se preguntó Shaoran. Parecía una nota de suicidio.
Shaoran cogió una libreta y un lápiz y se quedó pensando. Recordó que la hija de Terada le dijo que Wei le preguntó por un perro, y la mujer del hombre que murió en la estación dijo que la atacó un perro. Shaoran dibujó el kanji del perro. Después recordó que la hija de Terada le dijo que Wei le preguntó si había estado en contacto con una mujer. Curiosamente, la mujer del banquero que murió en la estación también dijo que su marido estaba siendo acosado por una mujer. Por lo que Shaoran escribió la palabra mujer. Ambas mujeres estaban convencidas que la muerte de sus seres queridos no eran un suicidio, por lo que escribió suicidio. Para Shaoran, las claves estaban en esas tres palabras: Perro, mujer y suicidio.
Tras unos segundos pensando, Shaoran volvió a buscar la libreta en la que encontró el recorte de periódico. Cuando la encontró, ojeó las páginas hasta que encontró algo raro. Le pasó el lápiz por encima y encontró un número. Sobre los trazos del lápiz, en blanco apareció ese código secreto. Parecía el número de un caso de la policía. Rápidamente, se fue a comisaría, se sentó en su mesa y encendió el ordenador. Cuando entró en el programa de la policía, escribió el número del caso. El título del caso era:
Caso de los pastelitos de chocolates envenados.
Shaoran vio que era un caso de hacía quince años y se puso a leerlo.
La sospechosa compró pastelitos de chocolate en una pastelería de Tomoeda. En los pastelitos se encontraron restos de cianuro. En su casa en Tomoeda, la sospechosa hizo que su sobrino y su cuñada Nakuru los comieran, muriendo prácticamente en el acto.
La sospechosa planeó matar a la familia de su hermano Touya movida por el odio y los celos. Lo llevó a cabo el mismo día. Durante el registro de la casa, se encontraron trazas de cianuro potásico en el baño.
Nombre de la sospechosa: Kinomoto Sakura.
Condena: Cadena perpetua.
Cuando Shaoran leyó el nombre de la sospechosa, se le heló la leer el informe del caso, buscó el nombre de Kinomoto Sakura en los archivos de la policía. Tenía la esperanza de que no fuera la Kinomoto Sakura que él prácticamente acababa de conocer. Al fin y al cabo, era un nombre y apellido bastante comunes en Japón. Pero sus esperanzas cayeron en saco roto al ver la fotografía que se mostró. Ese cabello, esa cara dulce y esos ojos verdes eran inconfundibles.
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1 mes antes.
En la azotea de un edificio, se escuchaban los lloros de un bebé. Kinomoto Sakura lo sostenía cubierto con una manta.
–Quítate los zapatos y ponlos juntos. –le ordenó Sakura fríamente. Un asustado Terada Yoshiyuki le hizo caso. –Si mueres, no tengo motivos para matar a tu familia. Lo que sí quiero decirte es que no pudo haber ninguna prueba porque yo no los maté.
–Perdóname, por favor. –dijo Terada derrumbándose de rodillas.
–¿Por qué debería perdonarte? –preguntó Sakura mientras se dirigía con el bebé a la baranda. Cuando llegó, pasó el bebé al otro lado, amenazando con tirarlo. –Al ocultar los hechos fuiste capaz de mantener tu posición, incluso ganaste reconocimiento. Mientras que a mí, me tildaron de asesina.
–Rectificaré. –dijo Terada todavía de rodillas.
–Quedarte callado para protegerte es algo por lo que merece la pena morir. Así que, quítate la vida para redimirte. –dijo Sakura. –Date prisa o este bebé se me podría escurrir de las manos.
–¡No, por favor, eso no! –gritó Terada.
–Entonces, sólo tienes que saltar. –dijo Sakura. Pero el hombre no se movía y Sakura hizo el ademán de soltarlo. –Qué se le va a hacer.
–¡Está bien! –accedió Terada. –Con mi muerte, compensaré mi crimen. –dijo Terada ya en la parte exterior de la barandilla, mirando hacia Sakura. Sakura metió al bebé en la parte interior de la azotea, haciéndole ver a Terada que cumpliría su promesa. Terada se giró, cerró los ojos y, tras un fuerte graznido de un cuervo, saltó al vacío, encontrándose con la muerte al instante.
–Adiós, viejo. –dijo Sakura asomándose para ver el cadáver. Después fue hacia el carricoche y destapó al bebé. Pero en realidad, jamás tuvo al bebé en brazos, sino que estuvo en el carricoche todo el tiempo. Sakura había estado sosteniendo un muñeco. –Pronto vendrá alguien por ti.
Tras taparlo con la mantita con la que había tapado al muñeco, se marchó sin dejar pruebas de su presencia allí.
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En la actualidad…
Shaoran había leído más que suficiente. Así que, una vez que imprimió la información, se levantó para marcharse. En esos momentos, Mitzuki Kaho entraba en la comisaría y vio que tenía una llamada perdida de Shaoran, al que vio salir a toda prisa. A su vez, Kaito vio cómo Kaho se quedó mirando cómo Shaoran se marchaba.
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–Muy bien, León. Hora de pasear. –dijo Sakura poniéndole la correa al rottweiler.
–Pasadlo bien. –dijeron Meiling y Tomoyo. Cuando Sakura salió del salón canino, Kero, escondido en una esquina, fotografió a Sakura cuál paparazzi.
–Chica A, Kinomoto Sakura. –musitó Kero, antes de empezar a reír silenciosamente.
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A Kaito le pareció sospechosa la forma en la que Li Shaoran había salido de la oficina, al igual que la hora tan temprana a la que apareció por allí, por lo que se dirigió hacia la mesa del castaño aprovechando que los agentes todavía no habían llegado. Tocó el asiento y comprobó que aún guardaba el calor de Shaoran. Después encendió la pantalla y vio lo que Shaoran había estado buscando.
Kaho se asomó a la oficina y vio a Kaito espiando lo que había estado mirando Shaoran.
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Sakura paró el coche amarillo junto a una cabina telefónica que estaba muy cerca del Hospital Memorial de Kanayama.
–Hola. –dijo Sakura con una sonrisa pícara mientras miraba hacia el hospital cuando le cogieron el teléfono.
Continuará…
