Capítulo 4. La venganza del diablo. El amor dejado de lado (2ª parte).

Cuando a la mañana siguiente Shaoran salió de su bloque de apartamentos, Kero lo esperaba en la puerta, pero él decidió ignorarlo, sabiendo que el periodista lo seguiría.

–Oye, esto es un toma y daca. –dijo Kero poniéndose al lado de Shaoran, que decidió frenar el paso. –Eres un empleado del gobierno, así que sabes cómo funcionan las cosas. He terminado de jugar.

Shaoran nunca lo había visto tan serio.

–Meow. –dijo Kero uniendo las manos sobre la cabeza. Parecía que a payaso no le podía ganar nadie. Shaoran lo apartó de su camino mientras Kero reía. –Dime, ¿vas a vengarte? ¿Tener una nueva novia te ha llenado de energía? Ya sabes de quien hablo, la de la peluquería canina.

Shaoran se detuvo para mirarlo, viendo que ese periodista estaba muy bien informado, a pesar de que su relación con Sakura no era sentimental.

–Si yo fuera tú, rompería con esa chica. –dijo Kero.

–¿Qué sabes de ella? –preguntó Shaoran.

–Muchas cosas. Me pregunto dónde habrá ido Wei. ¿A su propia tumba? ¿O quizás a prisión? –dijo Kero de repente.

–No tiene sentido que me sigas. –dijo Shaoran marchándose.

–Estás muy tenso, Li Shaoran. –dijo Kero.

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En el despacho de abogados de Matsunaga, su secretario Tanabe atendía una llamada.

–Señor, tiene una llamada. –dijo Tanabe aprovechando que su jefe se dirigía a su despacho.

–Pásamela a mi despacho. –dijo Matsunaga entrando a su despacho. –Matsunaga al aparato.

–La razón por la que le llamo es porque no se ha comido ni uno de los pastelitos que le he enviado. –dijo Sakura desde una cabina telefónica. –Me parece de muy mala educación.

–Sospechaba que me los habías enviado tú. –dijo Matsunaga. –¿Qué pretendes?

–He tenido que informar al Colegio de Abogados por un acto imperdonable. –dijo Sakura. –Por supuesto, he aportado pruebas. ¿No has recibido una carta?

Matsunaga revisó la bandeja donde tenía el correo del día. Abrió un sobre amarillo que efectivamente, era del Colegio de Abogados.

–¿Una solicitud de expediente disciplinario? –preguntó Matsunaga.

–Obligar a un secretario a hacer un trabajo que deberías hacer tú es ilegal. –dijo Sakura. –Esta vez, eres tú quien será juzgado.

–¿Cómo te atreves? –preguntó Matsunaga, pero Sakura ya había colgado. Entonces, comenzó a recordar lo que ocurrió hacía ya 15 años.

Flashback.

Matsunaga era el abogado defensor de Kinomoto Sakura, por lo que la visitó en la cárcel. Quería acabar cuanto antes con aquel caso.

Cuanto más se prolongue el juicio, más perderás. –le decía Matsunaga a Sakura. –La Corte del Distrito te ha condenado a cadena perpetua, pero si sigues litigando la próxima condena será a muerte.

¡Ya te he dicho que yo no lo hice! –insistía Sakura.

¡Lo hayas hecho o no, no hay nada que hacer! –sentenció Matsunaga. –¿Acaso quieres la pena capital?

No.

En ese caso, acepta, y en lugar de toda tu vida, pasarás unos cuantos años. –dijo Matsunaga.

Fin del flashback.

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Sakura salió de la cabina y se puso el auricular con el que podría escuchar lo que acontecía en el despacho de Matsunaga.

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Cuando Matsunaga colgó, llamó a su secretario.

–¿Me llamaba, señor? –dijo Tanabe entrando.

–Tanabe, ¿qué has estado haciendo por tu cuenta? –preguntó Matsunaga.

–¿Qué?

–Asesoramiento legal por tu cuenta, con su correspondiente minuta. ¿Tienes idea de cuantos delitos has cometido? Violar la ley por ejercer sin licencia, intrusismo laboral y malversación de fondos de la empresa. Eso son varios años en la sombra.

–No he hecho nada que usted no me pidiera, a pesar de que yo no quería. –dijo Tanabe.

–Tanabe, si te vas sin hacer ruido, haré todo lo posible para que no te arresten. –dijo Matsunaga. –¿Entiendes lo que te quiero decir? Esfúmate antes de que vuelva.

Matsunaga salió de la oficina dejando a un abatido Tanabe. Él no había hecho nada que él no le hubiera pedido porque quisiera marcharse a jugar al golf, a pesar de saber que era ilegal que el diera asesoramiento jurídico. Si no lo hacía lo despediría y necesitaba el dinero.

Sakura vio salir a Matsunaga. Parecía estar muy tranquilo. Pretendía hacer ver que Tanabe había actuado por su cuenta para librarse de las posibles consecuencias que impondría el Colegio de Abogados.

Sakura subió a la oficina y vio a un decaído Tanabe.

–Ha ocurrido tal y lo que te dije, ¿verdad? –le dijo Sakura. –Matsunaga es un hombre que sólo piensa en capturar a gente inocente, aunque les destroce la vida. No le podrías importar menos.

–Todo este tiempo, se ha aprovechado de mi buena fe. –se quejaba Tanabe.

–¿Y si te quedaras con todo el dinero que tiene oculto ? –propuso Sakura mirando la caja fuerte que había en el despacho. –No podrá denunciarlo a la policía. Al fin y al cabo, es un dinero que no debería tener.

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Shaoran esperaba a que se abrieran las puertas de la Prisión Central de Tokio. De un momento a otro, saldría el furgón en el que la policía trasladaría a Mizoguchi Takeshi a un hospital psiquiátrico.

–¿Qué pretendes hacer? –preguntó Mitzuki Kaho, que conocía demasiado bien a Shaoran como para saber dónde se encontraría aquel día. –Hagas lo que hagas, ya han declarado inocente a Mizoguchi. Sin intentas tomarte la justicia por tu mano, no serás mejor que él. Hay cosas más importantes que puedes hacer.

–Márchate. –le dijo Shaoran harto del sermón que le estaba soltando Kaho.

–Eres un estúpido. Jamás me di cuenta de lo lejos que irías cuando estábamos juntos. –dijo Kaho. Las puertas se empezaron a abrir, momento que aprovechó Shaoran para correr para introducirse dentro del recinto. –¡Shaoran!

Shaoran se puso en medio, obligando al furgón a detenerse y en seguida se fue hacia la puerta lateral del furgón, seguido del guardia que vigilaba la puerta.

–Dejadme hablar con Mizoguchi. –dijo Shaoran, mientras dos guardias lo cogían cada uno de un brazo.

–¡No puede estar aquí! –le decía uno de los guardias.

–¡Quiero hablar con Mizoguchi! –insistió Shaoran.

–¡Dejadle! –exclamó una voz que procedía de la furgoneta. Mizoguchi abrió la ventanilla tintada de la furgoneta. Shaoran vio a Mizoguchi, pero su cara no se parecía en nada a la que él recordaba. Su cara parecía la de alguien indefenso. –Actué mal. No recuerdo nada de aquel día. ¿Cómo podría haber hecho algo tan terrible? Ni yo mismo me lo creo.

–Mizoguchi. –musitó Shaoran, pero Mizoguchi continuó hablando.

–No puedo sacarme de la cabeza tus gritos pidiéndome que parara. –dijo Mizoguchi. Entonces, de repente, puso la cara sádica que Shaoran reconocía mientras se burlaba de él sacándole la lengua. Al verlo, Shaoran quería ir hacia él, pero los guardias lo tenían agarrado. –Idiota. –Mizoguchi cerró la ventanilla y la furgoneta se puso en marcha.

Por un instante, de verdad había creído que se arrepentía de verdad. Pero estaba claro que por muy loco que pareciera, sólo era un manipulador y para Shaoran Mizoguchi actuaba sólo por diversión y con el afán de hacer daño.

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Tal y como le prometió, Sakura fue al hospital para enseñarle fotografías a Misaki. Esta vez, Sakura subió hasta su habitación, donde la niña parecía realizar alguna tarea escolar con su ordenador portátil desde la cama.

–¡Sakura!¡Has venido! –exclamó Misaki con alegría.

–Te lo prometí, ¿no? –dijo Sakura mostrándole un sobre.

–Muchas gracias. –dijo la niña. Dentro del sobre, había impresas algunas de las mejores fotografías que pudo sacarle a los cachorros de Ruby Moon.

–Cuando son así de pequeñitos todavía están ciegos, pero siempre encuentran las mamas de su madre. –dijo Sakura mientras miraban las fotografías. –Se están esforzando mucho para salir adelante.

–Son adorables. –dijo Misaki. –Me pregunto si yo podré hacer lo mismo.

–Claro que sí. –le dijo Sakura animándola.

–Pronto me operarán.

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–Lo siento mucho. –se disculpó Matsunaga mientras le pasaba un sobre lleno de dinero a su interlocutor dentro de un coche en unos garajes. –Siento mucho que actuara de forma tan injusta.

–Está bien, Matsunaga. Hablaré con ellos. –dijo su interlocutor mientras se guardaba el sobre en el bolsillo interior de la chaqueta.

–Muchas gracias.

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Cuando Sakura salía del hospital y se dirigía al coche, la llamaron por teléfono pidiéndole que fuera rápidamente al salón canino porque León había atacado a un cliente. La castaña se dirigió presurosa. Cuando llegó, Tomoyo estaba curando a Meiling su muñeca derecha.

–Meiling, ¿estás bien? –preguntó Sakura.

–Sí, no te preocupes. No ha sido para tanto. –le restó importancia la aludida.

–Claro que no está bien. –intervino Tomoyo. –Sakura, he tenido que llamar a la perrera para avisarles de que lo llevarás.

–Por favor, Tomoyo, espera un poco más. –dijo Sakura, que intentaba rehabilitar a León.

–Lo siento, pero entre el cliente y Meiling, ha atacado a dos personas. Meiling se interpuso y por suerte al cliente no le pasó nada, salvo llevarse un buen susto. Y milagrosamente Meiling consiguió encerrarlo en la jaula. Por lo visto no estaba bien cerrada y la rompió. –dijo Tomoyo. –Si hubiera habido un niño pequeño, podría haberlo matado.

–Por favor, sólo un poco más. –le pidió Sakura.

–Sakura, perdóname. Pero espero que comprendas que un perro que teme a las personas es muy difícil de reinsertar. A mí también me frustra. Si sus anteriores dueños no lo hubieran maltratado de la forma en que lo hicieron…

–Entiendo. –dijo Sakura. Sabía que Tomoyo le había facilitado todo lo posible tener a León allí, pero por un descuido había puesto en riesgo la integridad de Meiling y del cliente. Tomoyo tenía razón y no podía pedirle que sacrificara la integridad de sus empleada, la de los clientes, la suya propia y su negocio por el perro. Ya era una suerte que el cliente decidiera no denunciar. –Lo llevaré a la perrera.

–Sakura. Lo siento de verdad. –dijo Tomoyo. Era consciente de que Sakura lo estaba haciendo muy bien con León. El problema era que León parecía que sólo aceptaba a Sakura, con la que había establecido una conexión especial.

Sakura entró y se llevó a León. Pero antes de tener que dejarlo en la perrera, decidió "disfrutar" de un último paseo con él.

–León. –gimoteó Sakura. León, que empatizó con Sakura, también gimoteó. Cuando León la miró, Sakura se agachó y se abrazó a su cuello haciéndole saber que lo quería mucho, pero que se veía obligada a dejarlo en la perrera.

Cuando el encargado de la perrera le puso el formulario delante, en el que se podía leer perfectamente la palabra eutanasia,a Sakura le dieron ganas de llorar. Sin duda, era la firma que más le había costado realizar en su vida. Le temblaba tanto la mano que los trazos parecían los de una niña pequeña. León seguía gimoteando, como si fuera consciente de lo que la persona que más le había querido en la vida estaba haciendo.

Cuando el empleado de la perrera cogió la correa de León, el perro oponía resistencia mirando a Sakura y ladrando.

–Lo siento. No he podido protegerte. –dijo Sakura llorando.

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Después de haber ido a ver a Mizoguchi y que se le quedara peor sensación de malestar de la que ya sentía, sus pasos llevaron a Shaoran al cementerio en el que estaba enterrado Yukito.

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Un rato más tarde, Sakura permanecía sentada mirando la vacía jaula de León. Aunque el negocio debería estar cerrado, la puerta estaba abierta, por lo que Shaoran entró para la siguiente clase de informática. Sakura se sobresaltó un poco al notar la sombra de alguien, pero al ver que era Shaoran sintió alivió. Había estado tan ensimismada viendo la jaula de León que ni había escuchado la puerta.

–La puerta estaba abierta. –dijo Shaoran. Entonces miró la jaula vacía de León. La puerta de la jaula estaba algo doblada. –¿Ha pasado algo?

–He llevado a León a la perrera. Esta mañana se ha puesto violento y al atacar a un cliente, ha herido a Meiling. –dijo Sakura. –No he podido hacer nada más por él. A pesar de prometerle que lo salvaría, no he podido cumplir mi promesa. Hubiera sido mejor que lo hubiera llevado allí desde el principio. Si lo hubiera hecho, León no se habría sentido abandonado dos veces. Siempre es igual. Aunque trabaje con todas mis fuerzas y dé lo mejor de mí, siempre hay algo que lo estropea. Por mí, todo el mundo logra la infelicidad.

–No sólo te pasa a ti. Yo también he hecho infeliz a mucha gente. –intervino Shaoran acercándose a ella y atrayendo su atención. –Últimamente, no dejo de pensar que todo estaría mejor si desapareciera.

Aquel momento en el que ambos se estaban contando aquellas cosas tan íntimas, se vio roto por cierto alboroto en la calle. Se escuchó el ruido de latas y el ruido de unas motos marcharse. Shaoran salió seguido de Sakura.

Unos delincuentes callejeros habían pintado la pared con unos grafitis sin sentido. Sakura se dirigió hacia un bote de espray que habían dejado los grafiteros y al comprobar que era blanco, comenzó a pintar sobre los dibujos, para dejar la pared blanca, tal y como estaba.

–¿Qué haces? –preguntó Shaoran.

–Esto es mejor que dejar esos horribles grafitis. –dijo Sakura.

Después de comprobar los botes que se habían dejado los grafiteros, encontró otro espray de pintura blanca y la acompañó para borrar los dibujos. Lo hicieron en silencio, como si lo que intentaran borrar entre los dos fuera su propio dolor.

–Aunque no lo haga desparecer del todo, es mejor pintar por encima. –dijo Sakura.

–Es verdad. –dijo Shaoran, comprendiendo que no se refería al dibujo precisamente.

Cuando terminaron de ocultar el grafiti, Sakura decidió quedarse un rato más mirando la jaula de León, mientras que Shaoran se marchó a su apartamento. Encima de la mesa tenía las fichas de Terada y Suganuma, la libreta de Wei, la nota que dejó en su casa y el anuario de la Secundaria Tomoeda. Después de reflexionar tras haber estado analizando lo que tenía, se levantó y sacó de la papelera la tarjeta de contacto de la única persona que le podía ayudar.

–Soy Li Shaoran. Trato hecho. Te daré información. –le dijo Shaoran a Kero Beros, el periodista freelance.

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Cuando Matsunaga llegó al día siguiente a su despacho, la puerta de su caja fuerte estaba abierta, y tal y como pudo comprobar, también vacía.

–Tanabe. –dijo Matsunaga enfadado, sabiendo al instante quién había sido el que le había robado el contenido de la caja. Entonces, le sonó el teléfono de la oficina. –¡Bastardo!¡¿Dónde estás?!

–No lo sé. ¿Dónde estoy? –preguntó Sakura desde una cabina telefónica. Sakura sabía por qué Matsunaga estaba tan enfadado y que su insulto iba dirigido a su secretario.

–Kinomoto Sakura. –dijo Matsunaga reconociéndola.

–¿Tienes algo que decirme, abogado sin escrúpulos?

–¿Es así como intentas vengarte? –preguntó Matsunaga sin dejarse amedrentar. –Desafortunadamente para ti, me importa un comino todo esto. Lamentarás haber hecho algo tan burdo. Te enviaré de vuelta a la cárcel.

–Antes de que lo hagas, pagarás por haber cometido una injusticia tan grande. –dijo Sakura. –Es muy doloroso volver a empezar de cero. Como tu secretario ya tiene todo el dinero que necesita para el resto de su vida, él sí tiene la oportunidad de volver a empezar, pero le será un poquito más fácil.

–No me digas que… –Matsunaga miró en su ordenador y al entrar en sus cuentas bancarias vio que había una transferencia de su cuenta hacia la cuenta de Tanabe con todo su dinero. ¿Cómo podía haber sido tan estúpido? Había delegado tanto en Tanabe que conocía la clave de la caja fuerte y la de su cuenta bancaria. Estaba completamente arruinado. Su cuenta estaba a cero.

–Esto no ha terminado. –le advirtió Sakura. –De hecho, no ha hecho más que empezar.

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En la comisaría, Kaito citó a Kaho en la sala de reuniones.

–¿Qué quieres? –preguntó Kaho.

–Que vigiles a Li. –dijo Kaito.

–No entiendo el motivo. –dijo Kaho. Al fin y al cabo, estaba suspendido de empleo.

–Porque requiere atención especial. –argumentó Kaito, consciente de que el castaño seguiría investigando por su cuenta.

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Kero y Shaoran quedaron en la grada de un centro deportivo. Shaoran le pasó una copia de la nota que dejó Wei en su casa.

–Qué interesante. –dijo Kero. –Así que este ha sido su último golpe de efecto.

–¿Tienes lo que te pedí? –preguntó Shaoran.

–Por supuesto. –dijo pasándole la revista donde publicó el artículo del caso de los pastelitos envenenados. –Este artículo contribuyó al arresto de la Chica A.

En el titular se podía leer Los pastelitos de chocolate del diablo. También había una foto de Sakura, pero con una barra negra tapándole los ojos como para no desvelar todo su rostro, puesto que entonces todavía no había sido juzgada formalmente. El subtítulo decía que había envenenado a su cuñada y su sobrino. También hablaba del oscuro corazón oculto de la Chica A.

–Este artículo supuso toda una sensación. El autor del artículo se arriesgó mucho publicándolo. –dijo Kero.

–Necesito más detalles. –dijo Shaoran.

–La persona que lo escribió fui yo. –dijo Kero riendo. –Mira mi nombre ahí escrito.

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Misaki permanecía en su cama de hospital con su portátil delante.

–Misaki. –dijo una enfermera entrando y extendiéndole un dispositivo USB. –Toma esto, lo ha traído la señorita de los perros.

Instantáneamente, a Misaki le cambió la cara a una de alegría. Adoraba los perros y ver fotos de ellos era de las pocas cosas que le alegraban y hacían su estancia en el hospital un poco más soportable.

– ¿Dónde está? –preguntó Misaki.

–Dijo que tenía cosas que hacer. –le dijo la enfermera. En el dispositivo había un vídeo de los perritos.

–Mira qué adorables, Papá. –dijo Misaki. Matsunaga se sentó a su lado para mirar aquello que tanto había alegrado a su hija. –Mira cómo juegan.

La niña era Matsunaga Misaki, hija del abogado Matsunaga Seiichi.

Continuará…