Capítulo 5. Acorralando al abogado sin escrúpulos (1ª parte).

En su apartamento, Shaoran intentaba poner en orden toda la información que había recabado hasta entonces. Como estaba suspendido de empleo por haber agredido a Ryo tras sus provocaciones, se veía obligado a trabajar en casa. El mayor inconveniente era que no podía contar con la información que tenía la policía en sus archivos y que sin su placa, no le sería tan fácil acceder a lugares o interrogar a gente, pero no le importaba. En casa estaba mucho más tranquilo, al poder evitar al idiota de su jefe y sus "súbditos". Para él, estar suspendido de empleo no iba a ser un impedimento para seguir investigando por su cuenta. Es más, así no tendría que rendirle cuentas a Kaito.

–Terada Yoshiyuki. Antiguo director de la Secundaria Tomoeda. Saltó de la azotea de un edificio. Resultado: muerto. –dijo Shaoran poniendo la foto del susodicho encima de la mesa. A continuación puso la siguiente foto. –Suganuma Toshiya. Antiguo alumno graduado en la Secundaria Tomoeda. Empleado de banca. Tomó una píldora con veneno en el andén de la estación de metro. Resultado: muerto. Dos casos de suicidio antinaturales conectados por la Secundaria Tomoeda.

Después cogió la foto de Wei y las puso en medio de las otras dos.

–Wei investigaba a los dos, y también el caso de los pastelitos envenenados de chocolate. –añadió Shaoran cogiendo el artículo que le había pasado Kero. –¿Qué conexión hay entre ellos? ¿Kinomoto Sakura?

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–Son tan pequeñitos cuando nacen. –decía Misaki a Sakura, en otra de sus visitas de voluntariado. Ambas veían el vídeo que Sakura le pasó anteriormente por medio de una enfermera.

–Son igualitos que su madre. –añadió Sakura.

–Muchas gracias, Sakura. Ver los perritos me anima mucho. Quiero curarme cuanto antes, volver a casa y tener un perrito. –deseó Misaki.

–Seguro que lo logras. ¿Hay más cosas que te gustaría hacer? –preguntó Sakura.

–Me gustaría ver a mi verdadera madre. –dijo Misaki mientras miraba como los perritos tomaban leche de las mamas de Ruby Moon, que permanecía acostada mientras sus cachorros comían. –No la he visto en mucho tiempo. Mi padre y mi madrastra me dicen que no debo verla.

–Lo siento mucho. –lamentó Sakura.

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–¿Qué pasa con el trasplante de mi hija?¿Piensas hacerme esperar toda la vida? –preguntó Matsunaga con contundencia al médico que llevaba el caso de su hija.

–Hacemos todo lo que podemos. –dijo el médico. –Pero debe esperar su turno en la lista.

–¿Acaso no sabe quién soy yo? –preguntó Matsunaga. –¿No sabe quién me apoya? Si mi hija muere, usted no volverá a ejercer la medicina lo que le reste de vida.

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–Parece que esta vez el que ha desaparecido es Li. –le comentó Ryo a Takabe en la comisaría obviando que Kaito había suspendido de empleo a Shaoran. Kaho trabajaba desde su mesa mientras escuchaba la conversación de esos dos. Kaito, desde su mesa, también presenciaba la conversación.

–Ryo, con lo que ha pasado, creo que serás el próximo en la lista en ascender. –dijo Takabe.

–Bueno, entre él y yo, está claro que siempre iba a ser yo desde que ocurrió lo de Tsukishiro. –dijo Ryo.

–Eres detective. ¿No tienes una motivación diferente que el ascenso en tu carrera? –preguntó Kaho sin poder evitar morderse la lengua por más tiempo.

–Si no subes en el escalafón, no puedes proteger lo que te importa. ¿No crees? –contraatacó Ryo.

–Mitzuki, venga un momento. –ordenó Kaito levantándose y entrando en la sala de reuniones. Con pesar, Kaho obedeció. Kaito cerró los estores, aunque la sala seguía iluminada por la ventana que daba al exterior. Sin mediar palabra, Kaito acorraló a Kaho e intentó besarla, pero ella lo empujó para evitarlo.

–¡Pare! –exclamó ella apartándolo mientras él reía.

–Tranquila, sólo bromeaba. –dijo él quitándole hierro al evidente acoso. –Dime, ¿cómo va la vigilancia de Li?

–Lo vigilaré si a cambio le devuelves el empleo y la placa. –dijo Kaho.

–¿Es necesario?

–Si le digo que trabajaremos juntos, no sospechará de que en realidad le estoy vigilando. –dijo Kaho.

–Creo que tienes demasiado corazón. –dijo Kaito. –¿O acaso es un pretexto para volver a conquistarlo y meterte en su cama?

–No tengo esas intenciones. –dijo Kaho con firmeza antes de salir.

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Mientras Shaoran buscaba en su teléfono el contacto de Kero, recordó parte de la conversación que mantuvo con él en la grada cuando quedaron.

Flashback.

Kinomoto Touya, el hermano mayor de Sakura era la persona a la que ella más deseos tenía de ver morir. Y al final acabó suicidándose. –le explicó Kero.

¿Se suicidó? –preguntó Shaoran mientras seguía mirando el artículo de la revista.

Eso la deleitaría mientras estaba en la cárcel. Pero no debió calcular que su madre Nadeshiko le seguiría. –dijo Kero.

¿Su madre también murió?

No. Acabó salvándose y vive en una residencia. Esa chica se entristecería cuando se enteró que seguía viva. Lo que está claro es que Kinomoto Sakura atrae desgracias. –dijo Kero.

Fin del flashback.

Finalmente, Shaoran marcó el número de Kero.

–Li Shaoran. ¿Echabas de menos mi voz? –dijo Kero reconociendo el número, que estaba en un banco a las puertas del Hospital Memorial Kanayama leyendo un periódico.

–¿Sabes dónde está la madre de Sakura? –preguntó Shaoran.

–Por supuesto. Vive en la residencia Honoka. Por cierto, en cuanto al caso de los pastelitos envenenados, se rumorea que el verdadero culpable es otra persona. –dijo Kero, al que le gustaba dosificar la información.

–¿El verdadero culpable? ¿Me estás diciendo que se trata de cargos falsos?–preguntó Shaoran.

–Sólo son rumores. –dijo Kero.

–¿Qué sabes?

–No sé nada más. No me interesa quién es el verdadero culpable. –dijo Kero. –Piensa en ello. ¿Acaso no te parece más sensacional que la familia de su hermano muriera por los celos? Quiero material que pueda vender, y la verdad no vende. Tengo que irme.

Pero Kero colgó porque de la entrada del hospital vio salir al abogado Matsunaga Seiichi, y unos metros detrás, sin que éste se percatara, salía Kinomoto Sakura. Kero se escondió detrás de un árbol y comenzó a hacer fotografías con su pequeña cámara digital, asegurándose de que salieran los dos. En las fotos se podía apreciar la mirada de odio que Sakura le dedicaba a Matsunaga. Kero sabía que el abogado sería el próximo objetivo de Kinomoto Sakura.

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–Sakura, me impresiona cómo te obedecen todos los perros. –dijo Meiling. La morena terminaba de acicalar a un pequeño caniche mientras que Sakura le cortaba el pelo a otro perro que parecía muy relajado, a pesar de que Sakura llevara unas tijeras en la mano. –Cuando estaba conmigo no se estaba quieto.

–Soy muy popular entre los perros, ¿verdad? –dijo Sakura riendo mientras miraba cariñosamente a su cliente de cuatro patas.

–¿Sólo con los perros? –preguntó Meiling con picardía.

–¿Qué? –preguntó Sakura con inocencia, sin saber que su compañera se refería a cierto castaño ingeniero de sistemas.

–Sakura. Ha llamado el veterinario que se llevó a Ruby Moon y los cachorros. –dijo Tomoyo saliendo de la oficina.

–¿Les ha pasado algo a los cachorritos? –preguntó Sakura con preocupación.

–Los cachorritos están bien, pero Ruby Moon ha empezado a rechazarlos. –dijo Tomoyo. –A veces ocurre con el primer parto. No piensa en ellos como sus hijos y los ataca.

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Con los nuevos datos aportados por Kero, Shaoran se dirigió a la Residencia Honoka, donde estaba ingresada Kinomoto Nadeshiko. Cuando preguntó por ella, le dijeron que estaba en la azotea tomando el sol. Efectivamente, allí estaba mirando al horizonte desde su silla de ruedas, mientras otros pacientes paseaban también por allí.

–Bonita vista, ¿verdad? –dijo Shaoran acercándose a Nadeshiko.

–¿Quién eres tú? –preguntó Nadeshiko sin ni siquiera mirarlo. Shaoran se agachó para ponerse a su altura.

–Soy un amigo de Sakura. –respondió Shaoran.

–¿Sakura? –preguntó Nadeshiko como si no se acordara.

–Su hija. –añadió el castaño.

–Ella no es mi hija. –dijo Nadeshiko mirándolo por primera vez. –¡Te equivocas!¡Ella es la hija del diablo!¡Esa chica ha destrozado a toda mi familia!¡No!¡No!

Nadeshiko comenzó a alterarse severamente. No dejaba de gritar y de hacer aspavientos. Al notarlo, un enfermero acudió raudo para tranquilizarla.

–Señora Kinomoto, tranquilícese. No pasa nada. –decía el enfermero intentando calmarla. Finalmente, optó por llevársela de allí para ver si se calmaba.

El enfermero se la llevó mientras Nadeshiko seguía gritando que Sakura no era su hija. Mientras el enfermero se llevaba a Nadeshiko, a Shaoran le sonó el teléfono.

–Soy Sakura. Verás, nos ha dicho el veterinario que Ruby Moon rechaza a los cachorritos y no puede estar con ellos. –le informó Sakura. –Parece que Ruby no quiere ser madre.

–Entiendo. –dijo Shaoran. Al decir aquello, no pudo evitar girar la mirada hacia Nadeshiko, algo más tranquila, pero todavía realizando algún aspaviento. Era increíble el paralelismo que había entre Ruby Moon y Nadeshiko. Ambas rechazaban a sus respectivos hijos.

–Quería hablar contigo para ver cómo nos organizamos. –dijo Sakura.

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Matsunaga hablaba por teléfono desde su despacho.

–Entonces, ¿tenemos donante? –preguntó Matsunaga. –¿Cuándo le harán el trasplante? Por supuesto. Si pones a Misaki en el número uno de la lista, yo me ocuparé de que no te ocurra nada. Me aseguraré de que en el próximo juicio de la Cámara de Representantes tus manos estén limpias.

Por fin Misaki tendría su trasplante. Tuvo que pagar a un alto cargo del Ministerio de Sanidad para ello, pero así salvaría a su hija. Por eso, ahora que había conseguido un órgano en el mercado negro, necesitaba que la priorizaran en la lista. Evidentemente, eso conllevaba riesgos, y por eso necesitaba hacer ver que los corruptos que le habían ayudado no correrían ningún peligro.

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Ahora que había tranquilidad en el salón, Sakura decidió practicar sus dotes informáticas. A pesar de recibir algunas lecciones de Shaoran, también había conseguido un libro con el cual ir formándose. Para ello, aprovechó su práctica para chatear con Misaki. Misaki le decía que cuando mejorara su estado de salud, criaría un perro. Después se interesó por Ruby Moon y los perritos. Para no preocuparla, simplemente le dijo que estaban bien, omitiendo el hecho de que Ruby Moon rechazaba a los cachorros.

–Parece que vas mejorando. –Sakura pegó un bote al no notar que Shaoran había entrado al salón. Cerró la pantalla y se levantó abruptamente, hecho que para Shaoran no pasó desapercibido. –He tocado a la puerta.

–Lo siento, estaba tan concentrada que ni me he dado cuenta. –dijo Sakura.

–¿Puedes ponerme un café, por favor? –le pidió Shaoran. Cuando consiguió alejarla del portátil, aprovechó para abrirlo para ver qué se había afanado por esconder, pero la pantalla le pedía una contraseña, cosa que le extrañó mucho. ¿Cómo podía ser que Sakura supiera establecer una contraseña si acababa de empezar a aprender los básicos de la informática? Shaoran intuía que Sakura sabía más de lo que quería hacer ver. Así que cerró la pantalla. Unos minutos después, Sakura apareció con una bandeja.

–Gracias a ti voy mejorando. –dijo Sakura. –Y también he estado leyendo por mi cuenta. Siento todos los problemas que te estoy causando.

–No importa. ¿Cómo está la perra de Wei? –preguntó Shaoran. –Por teléfono me dijiste que rechaza a los cachorros.

–Sí, parece que se lanza a morderles. –dijo Sakura.

–¿Crees que los ha aborrecido? –preguntó Shaoran.

–Sí. Por lo visto es como si no los reconociera. –dijo Sakura. –Sin sus dueños con ella, se ha vuelto mentalmente inestable.

–A pesar de ser su madre. –añadió Shaoran.

–Sí. Cada uno es como es. No todas las madres pueden amar a sus hijos adecuadamente. –dijo Sakura. A Shaoran le dio la impresión de que hablaba con conocimiento de causa. –Así que, traeré a Ruby Moon de la clínica veterinaria, pero tal y como dijo Tomoyo, esto no es un hotel canino.

–Aunque fuera, podría llevármela por las noches. –dijo Shaoran intentando buscar una solución con Ruby Moon.

–¿De verdad?

–Sí, como trabajo durante el día, si te parece bien, podrías tenerla tú, y cuando salga del trabajo, podría recogerla. –dijo Shaoran.

–¡Por supuesto! –dijo Sakura entusiasmada. Estaba claro que todo lo que fuera hacerse cargo de un perro la animaba mucho. –¡Muchas gracias!

–¿Por qué me agradeces? Eres tú la que me hace el favor a mí. –dijo Shaoran.

–Simplemente me preocupaba qué pasaría con Ruby Moon. Pero ahora ya estoy mucho más aliviada. –dijo ella. Shaoran no pudo evitar sonreír. Entonces, a Shaoran le sonó el móvil, y vio que era Kaho.

–Disculpa. –dijo Shaoran levantándose para hablar con más privacidad. –Lo siento, pero me ha surgido algo y tengo que irme.

–Vale. No importa. Mañana recogeré a Ruby Moon en el veterinario. –dijo Sakura.

–En ese caso, iré contigo.

–No hace falta. Puedo hacerme cargo yo.

–Me gustaría hablar con el veterinario. –insistió Shaoran. –Creo que por la mañana podré tomarme un rato libre. Nos vemos mañana.

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Kaho había quedado con Shaoran en el bar de Yue.

–¿Quieres que te prepare algo de comer? –preguntó Yue mientras Kaho esperaba. Pese a ser un bar tipo pub, Yue tenía una pequeña cocina con la que preparar cosas sencillas si la ocasión lo ameritaba.

–Omurice está bien. –dijo Kaho.

–Esperas a Shaoran, ¿verdad?

–¿Cómo lo sabes? –preguntó Kaho, que no le había dicho nada a Yue.

–Cuando eráis pareja solíais pedir eso, ¿te acuerdas? –explicó Yue. Entonces se escuchó la puerta. –Ahí lo tienes.

–Lo de siempre. –le pidió Shaoran a Yue. –¿Qué intenciones tienes al llamar a alguien suspendido de empleo? –preguntó Shaoran sin rodeos.

–Van a levantarte la suspensión. –le informó Kaho. –Mañana podrás recoger tu placa.

–Eso me lo podrías haber dicho por teléfono. –dijo Shaoran.

–Me han pedido que investigue la desaparición de Wei contigo. –dijo Kaho. –Quería que me pusieras al día.

–Y luego le irás con el cuento a Kaito. –dijo Shaoran, intuyendo las intenciones ocultas que había detrás de aquella decisión.

–Ese no es el único motivo. –dijo Kaho sin desmentirle esas suposiciones.

–¿Entonces?

–La corazonada de una detective, supongo. –dijo Kaho. A Shaoran le salió una risa irónica por la absurda razón que le había dado.

–Al final tú también te has rebajado para convertirte en el perrito faldero de Kaito. –dijo Shaoran.

–Bueno, como intuyo que tus comentarios van a estar llenos de sarcasmo, mejor cambiamos de tema. –dijo Kaho. –Dime, ¿qué escondes?

–Si fueras mi compañera, confiaría en ti. –dijo Shaoran levantándose para irse. Por lo visto, Shaoran ya no se fiaba de nadie, y no le extrañaba dadas las circunstancias.

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Sakura preparaba su próximo movimiento. Trabajaba con un procesador de textos y acababa de terminar de escribir la palabra peligro en el portátil. Justo al lado, había un sobre rojo con una pluma de cuervo grabada en él. Entonces, sostuvo el teléfono móvil de Tanabe y recordó cómo lo convenció para que desplumara a Matsunaga.

Flashback.

El primer paso que había dado para acabar con Matsunaga fue arruinarlo. Para ello, necesitó la colaboración de su secretario Tanabe, el cual estaba sometido por su jefe al encargarle tareas que legalmente él no podía realizar. Matsunaga siempre le había restado importancia haciéndole ver que no le pasaría nada, pero cuando se presentaron los problemas, Matsunaga no dudó en responsabilizarlo a él como si hubiera actuado a sus espaldas. Esa sumisión le vino muy bien a ella para llevar a cabo su venganza.

Cuando Tanabe estaba derrumbado después de que Matsunaga le dijera que se marchara de su despacho, Sakura apareció.

Ha ocurrido tal y lo que te dije, ¿verdad? –le dijo Sakura. –Matsunaga es un hombre que sólo piensa en capturar a gente inocente, aunque les destroce la vida. No le podrías importar menos.

Todo este tiempo, se ha aprovechado de mí buena fe. –se quejaba Tanabe.

¿Y si te quedaras con todo el dinero que tiene oculto ? –propuso Sakura mirando la caja fuerte que había en el despacho. –No podrá denunciarlo a la policía. Al fin y al cabo, es un dinero que no debería tener. Para volver a empezar necesitas dinero. Pero no te preocupes. Mis labios están sellados. A diferencia de Matsunaga, yo no voy a traicionarte.

Convencido de que ya no tenía nada que perder, y que más bien tenía mucho que ganar, Tanabe se dirigió hacia la caja fuerte de Matsunaga. Mientras, Sakura le robó el teléfono móvil y se lo guardó.

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Por su parte, ya en casa, Shaoran buscó por internet cualquier cosa que pudiera encontrar sobre el caso de los pastelitos de chocolate envenenados. Para ello, además del nombre del caso, incluyó en el buscador el detalle de verdadero criminal. Sabía lo que tenía la policía porque ya lo buscó en su día, pero con ese nuevo detalle, pensó que quizás en internet, donde se habla de tantas cosas, encontrara algún hilo del qué tirar. Pero no parecía haber nada. Sin saber ya qué hacer, volvió a coger el informe del caso que imprimió desde la comisaría y vio algo que le llamó la atención.

–Esto es…

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Tal y como quedaron, Shaoran y Sakura fueron a recoger a Ruby Moon al veterinario. Una vez recogida, volvían al salón canino dando un paseo.

–Parece que por lo menos no ha perdido el apetito. –comentó Sakura. Cuando fueron a recogerla Ruby Moon estaba comiendo con bastante energía.

–Sí, eso parece. –dijo Shaoran.

–Cuando se les confina en espacios pequeños, los perros no vuelven a ser los mismos. –dijo Sakura. –Bueno, supongo que a los humanos les pasa lo mismo.

–Sakura…–Shaoran quería decirle algo, pero se vio interrumpido por la propia Sakura.

–Si te vas a llevar a Ruby Moon a casa necesitarás algunas cosas. –dijo Sakura mientras sacaba una lista de su bolso. –He puesto lo esencial aquí. Debes comprar todo lo que he rodeado.

Para Shaoran era una lista demasiado larga. Parecía necesitar más cosas que él mismo. No estaba muy convencido de que realmente un perro necesitara tantas cosas, pero pasó por el aro obedientemente.

–¿Puedes venir conmigo? –le pidió Shaoran. –No sabría qué coger.

–Por supuesto. –dijo Sakura tímidamente.

–Te llamaré luego, entonces. –dijo Shaoran. –Ahora tengo que ir a trabajar.

–Es cierto. Y yo tengo que ir al hospital. –dijo Sakura.

–¿Estás enferma? –preguntó Shaoran preocupado.

–No. Cuando puedo hago voluntariado. Es terapia canina. Hago que los niños que están ingresados pasen un ratito agradable con los perros. –explicó Sakura. –Bueno, tengo que irme. Adiós.

–Adiós. –dijo Shaoran.

El castaño estaba desconcertado. Por un lado, Sakura tenía un oscuro pasado que necesitaba desentrañar, y que parecía totalmente incompatible con lo que él había visto en ella. Al tratar con Sakura, él veía a una persona muy amable, dulce y servicial. Y lo peor es que no se la quitaba de la cabeza. La cuestión era cuál era su verdadera personalidad.

Cuando Shaoran se dirigía a casa, alguien tocó el claxon antes de introducirse en su bloque de apartamentos. Al girar la mirada, vio a Kaho desde un coche y se dirigió hacia ella.

–¿Qué quieres tan temprano? –le preguntó Shaoran tras bajar ella la ventanilla del coche.

–Sube. –dijo Kaho. –Vamos por tu placa.

Cuando llegaron a la comisaría, Shaoran se presentó frente a Kaito, que le dejó su placa sobre la mesa con desgana.

–Estoy sorprendido con tanta generosidad. –dijo Shaoran irónicamente cogiendo su placa e introduciéndola en el bolsillo interior de su chaqueta.

–En realidad, te la doy porque Kaho necesita un chófer. –respondió Kaito devolviéndole la ironía. –En la investigación por la desaparición de Wei, Kaho es la que estará al mando. ¿Podrás acostumbrarte a que te manden?

–Si me disculpa. –Shaoran se dirigió a la mesa de Kaho. –Vamos. Dame las lleves del coche.

–Ya conduzco yo. –dijo Kaho levantándose con las llaves. Pero Shaoran le agarró de la muñeca, se las quitó y salió hacia los garajes. –¡Espera!

Ryo y Takabe no habían quitado ojo a la escena.

–Parece que Kaito se ha ablandado un poquito, ¿no? –le comentó Takabe a Ryo en voz baja.

–No es sólo eso. –respondió Ryo. –Algo me huele mal aquí. ¿No está demasiado focalizado en el asunto de Wei?

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Shaoran llegó a los garajes y abrió el coche, seguido de Kaho, que puso su mano en la puerta para que no la cerrara.

–Ahora que ya tienes tu placa, ¿no podrías tener más delicadeza con tu situación? –preguntó Kaho.

–Te devolveré el favor. –dijo Shaoran.

–No se trata de eso. Se trata de los líos en los que te metes por actuar por tu cuenta. –dijo Kaho.

–Pues déjame solo. Lo encontraré por mi cuenta. –dijo él. Kaho apartó la mano de la puerta. En seguida, el castaño arrancó y se marchó. No tenía remedio.

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En su despacho, Matsunaga hablaba por teléfono con el director del hospital, intentando aparentar que su estatus seguía intacto, cuando en realidad estaba completamente arruinado.

–Sí, todo va bien. Una vez que se realice el trasplante, aumentará el prestigio de tu hospital, conseguiremos una gran venta y obtendremos grandes beneficios. Unas veces me rascas tú la espalda y otras te la rasco yo a ti. –Matsunaga vio a su mujer entrar en el despacho. –Tengo que colgar. Nos vemos.

–Aquí tienes: el sello y el registro oficial. –dijo su mujer, llevándole el sello que los japoneses solían emplear para firmar. –¿Por qué tanta urgencia?

–La operación de Misaki se ha programado para mañana. –le informó su marido. –Como ahora mismo no tengo la liquidez necesaria voy a vender tu casa.

–¿Cómo que vas a vender mi casa? ¡Te recuerdo que mis padres siguen viviendo allí! –le recriminó su mujer.

–No será por mucho tiempo. Mientras tanto, pueden mudarse a un apartamento. –dijo Matsunaga decidido.

–¿Por qué por la hija de otra mujer tienes que vender la casa de mis padres? –insistió la señora Matsunaga. –¿Crees que podré perdonarte tanto egoísmo?

–¿Egoísmo? ¿Qué estás diciendo? Al fin y al cabo, la casa es mía. –dijo Matsunaga.

–¿Qué quieres decir?

–¿Recuerdas los acuerdos que tuvimos sobre la herencia de tus padres? Durante los trámites los puse a mi nombre. –dijo Matsunaga.

–No lo permitiré. –dijo la mujer indignada. Matsunaga había actuado a sus espaldas. Confiaba en él para que realizara el proceso según lo acordado y abusó de esa confianza para arreglar las cosas en su propio beneficio. –¡Te demandaré!

–¿De verdad piensas que puedes ganar contra un abogado? –dijo Matsunaga riendo. –Si crees que la casa tiene tanto valor, cómpramela. Una vez que obtenga el dinero, no me importa lo que hagas.

Desde el coche del salón canino, aparcado muy cerca del despacho de Matsunaga, Sakura había escuchado más que suficiente. Había oído toda la conversación que había mantenido con su actual esposa. No podía negar que Matsunaga era un hombre de recursos y a pesar de estar arruinado, conocía todas las argucias legales y triquiñuelas para seguir sobreviviendo. Eso sí, para seguir en pie, siempre acababa machacando a alguien. Esta vez, los damnificados parecían ser su propia mujer y sus suegros.

Cuando entendió que Matsunaga se había quedado sólo en su oficina, lo llamó por teléfono con el teléfono móvil de Tanabe.

–¿Diga? –contestó él.

–Estás volviendo a destrozar la vida de muchas personas. –dijo Sakura.

–¿Otra vez tú? –preguntó Matsunaga reconociendo a su antigua cliente. –¿Por qué lo dices? Yo te ayudé cuando nadie quiso defenderte.

–Eso sólo lo hiciste para estafarme. –dijo Sakura. –Pero esta vez, utilizaré la vida de tu hija. Eres muy codicioso todo el tiempo. ¿Qué pensarán los medios si supieran todo lo que yo sé? La persona a la que le arrebataste ese corazón tampoco se quedaría quieta, ¿no crees?

Al decirle eso, Matsunaga comprendió que Sakura sabía que el corazón que había conseguido para su hija no lo obtuvo por medios demasiado lícitos.

–¡¿Cómo sabes eso?! –exclamó Matsunaga, que comenzó a sudar. Pero ella colgó, dejándolo con la incertidumbre. –¡Mierda!

Continuará…


Notas de autora: dedico este capítulo enteramente a mi amiga Ginevre, ya que me ha dejado un bonito comentario. Muchas gracias.