Capítulo 6. Acorralando al abogado sin escrúpulos (2ª parte).

Shaoran esperaba paciente a que llegara la persona con la que había contactado. Mientras lo hacía, seguía ojeando el informe donde había encontrado algo que no le cuadraba. Cuando vio a un hombre dirigirse a él.

–¿Es usted Hirata? –preguntó Shaoran.

–Sí. –asintió el hombre.

–Soy Li Shaoran. –se presentó el castaño dándole una tarjeta de contacto, donde vio que era detective de la PMT. –Siento haberle hecho quedar conmigo de forma tan abrupta.

Hirata pidió un café y se sentó. Hirata también trabajó para la PMT, pero ya estaba felizmente jubilado.

–Iré al grano. Se trata de este caso de hace quince años. –dijo Shaoran pasándole los informes policiales. Hirata se puso las gafas para poder leer mejor. –Usted fue uno de los forenses que estuvieron a cargo de la investigación, ¿verdad?

–Ah, el caso de los pastelitos envenenados. –dijo Hirata recordándolo. –Estás investigando un caso muy antiguo.

–¿Recuerda usted algo de la sospechosa? –preguntó Shaoran.

–Era una chica obstinada. No dejaba de insistir en que ella no lo hizo. –dijo Hirata.

–¿Qué probabilidades hay de que no lo hiciera? –preguntó Shaoran.

–Había toda una retahíla de pruebas inculpatorias. Y las pruebas circunstanciales nos las proporcionaron testigos oculares. No hay duda de que esa chica se metió en la boca del lobo. –explicó Hirata.

–¿Sabe algo que no esté escrito en este informe? –preguntó Shaoran. –Como por ejemplo, quién era el investigador criminal.

Hirata se puso a ojear el informe.

–El nombre del investigador criminal no viene por ninguna parte. Tan sólo viene el suyo. –dijo Shaoran ahorrándole la lectura.

–Eso es ridículo. Debe venir reflejado. Todos los encargados de los departamentos implicados en un caso firmamos los informes. –dijo Hirata. Pero efectivamente, Shaoran tenía razón y no aparecía por ninguna parte. Sólo aparecía su nombre. –¿Quién era? Ahora mismo no me acuerdo. Han sido muchos casos y ya ha pasado mucho tiempo.

–Si recuerda algo, llámeme, por favor. –le pidió Shaoran.

–De acuerdo. –dijo Hirata.

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Meiling y Sakura estaban atendiendo cada una un perro en la peluquería canina.

–¿Has encontrado ya a alguien para que se haga cargo de Ruby Moon? –le preguntó Meiling.

–Sí, yo me haré cargo de ella durante el día aquí en la peluquería y Shaoran lo hará por la noche. –dijo Sakura.

–Vaya, primero unidos por la informática y ahora por Ruby Moon. –comentó Meiling con guasa. –Shaoran parece una persona muy proactiva.

–Sakura, cuando acabes con ese perro, puedes tomarte el día libre hasta mañana por la tarde, tal y como pediste. –le dijo Tomoyo.

–Siento haberle pedido libre la mañana. –le dijo Sakura.

–Me pregunto a dónde irás mañana. ¿No tendrás una cita? –preguntó Meiling.

–Sólo voy a hacer el voluntariado de terapia canina. –dijo Sakura.

–¿Estás segura? –preguntó Meiling, que todo lo hacía sonar como si Sakura fuera a reunirse secretamente con un novio.

–Meiling, dale un respiro. –le pidió Tomoyo para que dejara de fisgonear, aunque en realidad le hacía mucha gracia. –Perdónala.

–No importa. –dijo Sakura, que no le daba la mayor importancia. Entonces cogió al perro que estaba atendiendo. –Ya estás bien guapo.

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–¿Está de acuerdo con proceder con el trasplante de corazón? –preguntó el doctor tal y como exigía el protocolo de consentimientos.

–Obvio, ¿verdad Misaki? –aceptó el señor Matsunaga.

–Papá, estoy asustada. –dijo Misaki.

–No digas tonterías. Piensa en todos los problemas que he tenido que solucionar para llegar hasta aquí. –dijo Matsunaga de forma dura. En lugar de tranquilizar a su hija, sólo pensaba en lo que había tenido que pasar él. –Tienes que someterte a esta operación. ¿Entendido?

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Kaho esperaba paciente en la puerta del edificio de Shaoran. Comenzaba a desesperarse porque por la hora que era, él todavía no había aparecido. Lo que no sabía era que a unos metros del edificio llegaba Shaoran con Sakura. Fue entonces que Kaho escuchó la voz del castaño y sin saber por qué, se escondió.

–Me has sido de gran ayuda. –dijo un Shaoran cargado con una gran caja en una mano y una bolsa en la otra. Mientras, Sakura iba a su lado llevando a Ruby Moon y otra bolsa.

–No es nada. Además, es por el bien de Ruby Moon. –dijo Sakura restándole importancia.

–¿Podrías subirla? Voy muy cargado. –dijo Shaoran, al que ya no le quedaban manos para hacerse cargo de la perra.

–Claro. –dijo ella.

Kaho no dejaba de preguntarse quién era la chica que subió con Shaoran. Era la segunda vez que la veía con ella. ¿Acaso mantenían una relación?

Una vez arriba, Shaoran por fin desocupó sus manos dejando la bolsa y la caja.

–Gracias. –dijo él.

–De nada. Bueno Ruby. Nos vemos mañana. –dijo Sakura despidiéndose del animal. Pero en cuanto la dejó en el suelo, Ruby se levantaba llegando a la altura de las rodillas de Sakura, como si no quisiera que la dejara allí. –¿Qué pasa Ruby?

–Vamos, Ruby. –la llamó Shaoran, pero la perra no hizo ni caso. Sakura la cogió en brazos.

–Ruby, esté será tu hogar a partir de hoy. –le dijo Sakura como su fuera un niño, pero la perra no dejaba de gemir.

–No hay manera. ¿Puedes quedarte hasta que se calme? No quiero que moleste a los vecinos. –le pidió Shaoran mientras apartaba algunas cosas de en medio. –¿Qué haces en la entrada? Pasa. Perdona el desorden.

Shaoran seguía apartando unas cosas cuando encima de la encimera de la cocina vio una carpeta que ponía Asociación Policial de Ayuda Mutua. Si Sakura veía esa carpeta descubriría su verdadera profesión, así que la invitó a sentarse en el sofá, mientras que él tapaba aquella carpeta con un periódico.

Una vez que puso la carpeta a salvo, Shaoran abrió la caja que había comprado y comenzó a montar el espacio que ocuparía Ruby Moon. Parecía una cuna pero se ponía a la altura del suelo. De esa forma, Ruby Moon no deambularía por todo el apartamento ni arañaría nada. De todas formas, sólo estaría allí para dormir.

–Esto ya está montado. –dijo Shaoran tras apretar el último tornillo con el destornillador. –¿Qué falta?

–Coloca el colchón. –dijo Sakura.

–¿No estarías más cómoda sentada en el sofá? –preguntó Shaoran al verla sentada en el suelo con la perra en brazos.

–Estoy bien. –contestó ella rápidamente.

–Pareces tensa. –dijo él con suspicacia.

–Te repito que estoy bien.

–Me refería al perro.

–Ah, bueno. Da igual. Ruby Moon, no has cenado. Voy a darte algo de comer. –dijo Sakura intentando desviar la atención.

–En ese caso, nosotros también deberíamos cenar. Estoy hambriento. –dijo Shaoran.

–No te preocupes por mí. Estoy bien. –dijo Sakura con la bolsa de pienso en la mano.

–No hay problema. Además, no será una cena gourmet, precisamente. No he tenido tiempo de ir a comprar, así que tenemos que conformarnos con fideos instantáneos. –dijo Shaoran.

Así que, tanto Ruby Moon en su nuevo comedero, como Sakura y Shaoran, se pusieron a cenar.

–Gracias por la cena. –dijo Sakura dejando su bote de fideos instantáneos. Parecía que ella también estaba hambrienta porque había devorado el contenido.

–Siento que la cena haya sido esto. –dijo Shaoran.

–No te preocupes. Me ha gustado mucho. –dijo ella sonriente.

–Desde luego, eres buena comiente. –comentó él al ver el recipiente casi reluciente. –La próxima vez te invitaré a una cena con algo más de categoría.

–No es necesario, de verdad. No tienes de qué preocuparte. –dijo Sakura. –¿Dónde pongo esto?

–No te preocupes. Ya me encargo yo. –dijo Shaoran al ver que Sakura estaba dispuesta a tirar el recipiente de los fideos.

–¿Te parece bien que lo ponga en la encimera de la cocina? –dijo Sakura, señalando precisamente hacia donde estaba el periódico que cubría la carpeta que quería ocultar. Cuando fue a coger el recipiente de Shaoran, éste la agarró de la muñeca deteniéndola.

–Ya me ocupo yo. Eres mi invitada. –insistió él, temiendo que descubriera la carpeta. Se sostuvieron la mirada durante varios segundos, que al final rompió ella.

–Será mejor que me vaya. Parece que Ruby Moon ya se ha calmado. –dijo Sakura. Cogió su bolso, se agachó a la cuna para darle una caricia a Ruby y se encaminó hacia la salida.

–Te acompaño. –se ofreció Shaoran.

–No es tan tarde. Estaré bien. –se negó ella. –Adiós.

Cuando Sakura llegó abajo dio un gran suspiro. Había estado nerviosa durante toda la velada. Últimamente, Shaoran le estaba rompiendo los esquemas y pensó que debía de tranquilizarse un poco. Disfrutaba el tiempo que pasaba con él, a pesar de lo callado que era, pero últimamente, Shaoran parecía que estaba ganándose sitio en sus pensamientos y no podía dejar que eso ocurriera. Lo que no se esperaba cuando empezó a andar por la calle era que Shaoran volviera a aparecer de nuevo.

–Insisto en acompañarte. –dijo él.

–Para, por favor. Yo… no tengo experiencia en estas cosas. –dijo Sakura. –No estoy acostumbrada a que me traten tan bien. Lo siento.

Tras una pequeña reverencia, Sakura se marchó. Esta vez, Shaoran decidió no seguirla. No quería atosigarla más de lo que ya parecía estarlo. Cuando Shaoran volvió a su apartamento, se arrodilló junto a la cuna en la que estaba Ruby Moon tranquilamente.

–De alguna manera, te pareces a ella. –dijo Shaoran mientras acariciaba al animal.

Por su parte, Sakura caminaba sin poder apartarse de la cabeza el momento en el que sintió la mano de Shaoran en su muñeca y aquella mirada que mantuvieron. Jamás se había sentido así. No podía dejar que aquellos sentimientos que comenzaban a florecer fueran ganando terreno. Con urgencia, se sacó la cadena con la pluma de cuervo. Necesitaba mirarla para no apartar su concentración de lo que realmente tenía que conseguir.

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Por fin llegó el día del trasplante de corazón de Misaki. Una celadora llevaba la cama a quirófano mientras un par de enfermeras la tranquilizaban diciéndole que no tenía nada que temer y que no se enteraría de nada. Misaki no soltaba el peluche de un perro mientras la trasladaban, como si eso fuera a darle la fuerza necesaria para pasar por ese trance.

–El hospital de origen del corazón dice que en seguida envían el corazón a trasplantar. –dijo la enfermera de quirófano.

Un trabajador del hospital de origen del corazón metió una nevera azul en un coche del hospital, equipado con una sirena para llevar el órgano vital hacia su nueva dueña.

Sakura, con el coche amarillo de la empresa, fue tras él.

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–Señor, ¿no es el día de la operación de su hija? –preguntó la recepcionista del despacho de Matsunaga, extrañada de que no estuviera en el hospital.

–Iré cuando termine la operación. De todas formas, aunque vaya no podría hacer nada. –respondió Matsunaga.

–Pero aún así, es su hija. –dijo la recepcionista.

–Lo que importa ahora es que arregles el asunto del partido político. Lo necesito para esta tarde y cierra la boca si vas a decir tonterías. –ordenó Matsunaga.

Cuando Matsunaga entró en el despacho, recibió una foto de un corazón dentro de una nevera. Cuando lo vio, casi se le para su propio corazón.

–Señor, acabamos de recibir una llamada del hospital. Por lo visto ha habido un problema con el corazón de su hija. –dijo la recepcionista entrando al despacho tan sólo un par de minutos después de que Matsunaga la hubiera echado.

Entonces, le sonó el móvil, viendo que era Tanabe, su antiguo secretario personal. Lo que no sabía era que Sakura le había robado el móvil a Tanabe. Con un gesto, le hizo entender a la recepcionista que se marchara.

–Tanabe. ¿Cómo te atreves a llamarme después de desplumarme? –preguntó Matsunaga sin esperar quién le contestaría.

–Buenos días, abogado sin escrúpulos. –dijo Sakura, que previamente había llamado a la recepción del despacho haciéndose pasar por el hospital. –Asómate a la ventana. Tengo algo muy interesante que mostrarte.

Matsunaga hizo lo que le pidió. Cuando se asomó, vio a Sakura en la esquina de la acera de enfrente. Con una mano sostenía el teléfono de Tanabe y colgado del hombro llevaba una nevera azul.

–Menuda cara de sorpresa. –dijo Sakura. –¿Has visto las fotos? Si lo has hecho, me imagino que sabrás qué tengo aquí.

–¿Qué piensas hacer? –dijo Matsunaga corriendo hacia la salida.

–No me cuelgues. –le advirtió Sakura. –¿Imaginas por qué, no?

Cuando Matsunaga llegó a la calle, Sakura ya no estaba en la esquina en la que estaba cuando se asomó por la ventana.

–Ve al lugar que te indique. –le ordenó Sakura. Después, le indicó hacia dónde debía ir. Matsunaga comenzó a correr hasta llegar a un lugar desde donde podía ver a Sakura a lo lejos. La castaña estaba en un puente peatonal y puso la nevera encima de la barandilla. –Si llamas a la policía, hablas con alguien o haces algo extraño, lanzaré el corazón.

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Shaoran fue al salón canino para llevar a Ruby Moon, pero Sakura no estaba, por lo que Meiling le dijo que se ocuparía de ella hasta que Sakura llegara.

–¿Dónde está Sakura? –preguntó Shaoran con curiosidad.

–Ha ido al voluntariado. Hace terapia canina con niños ingresados en el Hospital Memorial de Kanayama. –dijo Meiling.

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–Justo al lado tuyo hay una cabina telefónica. Deja el teléfono fuera, entra en la cabina y ciérrala. –le ordenó Sakura. Matsunaga colgó e hizo lo que le ordenó. Una vez que lo hizo, el teléfono de la cabina comenzó a sonar. Sabiendo que era Sakura, contestó.

–¿Puedes verme desde ahí, verdad? Me pregunto qué le pasaría a esta nevera si la soltara. –dijo Sakura mientras balanceaba la nevera, crispando así, los nervios de Matsunaga. –Lo siento tanto por Misaki. Sobre todo por tener un padre como tú. Sería una pena que pudiendo salvar a tu hija, muriera.

–¿Qué clase de persona eres? –preguntó Matsunaga sudando profusamente. Jamás imaginó a esa chica capaz de llegar tan lejos. Es más, jamás se imaginó que pudiera ponerlo en jaque. Pero Matsunaga no se dio por vencido e intento darle la vuelta a la situación. –¿Intentas volver a matar a un niño?

–¿Me estás amenazando? ¿Lo haces para salvar la vida de tu hija, o quieres que el trasplante tenga éxito para obtener beneficios? –preguntó Sakura.

–¡Para salvar la vida de mi hija, por supuesto! ¡Es sangre de mi sangre!–exclamó Matsunaga. Pero Sakura no se lo creía. Ese hombre exprimiría a cualquiera si veía oportunidad de negocio. –Escucha, no tiene sentido que me guardes rencor. Si no fuera por mí te podrían haber condenado a muerte. Gracias a mí la condena fue de cadena perpetua. Todavía no entiendo cómo estás en libertad.

–Incluso a mí me importa mi familia y yo no los maté. –dijo Sakura. –No importa las veces que te lo dijera. No me escuchaste y no quisiste escucharme. Siempre me trataste como si fuera culpable.

–Estaba todo lleno de pruebas que te incriminaban. ¿Qué querías que hiciera? –preguntó el abogado. –¡Cualquiera te hubiera considerado culpable! Esa era la verdad con la que contaba.

–¡No te interesó ni lo más mínimo en saber cuál era la verdad! –le recriminó Sakura. Matsunaga se calló de golpe. –Dime, ¿a qué se debió la actitud que tuviste conmigo? Me imagino que por dinero, ¿no? Al mandarme a prisión, podías cerrar el caso rápidamente. Es más, todo lo que haces lo haces por dinero, ¿me equivoco?

–Eso…

–Si no fuera así, no habría manera de que un abogado como tú levantara un despacho legal como el tuyo, con una oficina como esa. –dijo Sakura. –Grabé una conversación muy interesante con tu mujer. En realidad, he grabado varias conversaciones, y sé que has cambiado el orden de prioridad en la lista de espera de trasplantes. ¿No crees que eso son suficientes pruebas como para hundirte? Eres abogado, deberías saberlo. Pero te lo diré yo. Para empezar, perderás tu licencia para ejercer la abogacía.

–Hagamos un trato. –le pidió Matsunaga, al confirmar que Sakura lo tenía completamente acorralado. –¿Quieres dinero, … o probar tu inocencia?

–¿Dónde está el idiota al que le pedías hacer todo? –preguntó Sakura hablando de Tanabe, recordándole así que no tenía dinero. Y tampoco se fiaría de un abogado como él para demostrar su inocencia.

–¡¿Entonces qué quieres que haga?! –gritó desesperado.

–Ignorar la verdad es un pecado por el que merece la pena morir. Quiero que lo pagues con tu vida. –dijo Sakura.

–¿Quieres que me suicide? –preguntó Matsunaga.

–Exacto. Una vez muerto, me aseguraré de que lo que hay aquí dentro llegue al hospital en perfectas condiciones y no enviaré las grabaciones a la prensa. –dijo Sakura. –No tengo nada contra Misaki. Detrás del panel, verás un sobre rojo.

Matsunaga metió la mano detrás de un panel donde venían números de urgencia y sacó el sobre. De allí sacó un tubo con un líquido transparente.

–He preparado una deliciosa mezcla con veneno especialmente para ti. –dijo Sakura. –Bébetela de un trago.

Matsunaga no dejaba de mirar el tubo pensando en qué hacer.

–¿Crees que es buen momento para dudar? –preguntó Sakura. –Si no te das prisa, Misaki no podrá utilizar este corazón. ¡Bebe!

Después de dudar, Matsunaga sonrió.

–¿Piensas que voy a beberme esto? –dijo él con prepotencia. Jamás aceptaría órdenes de nadie. Y mucho menos de ella. Entonces lo tiró al suelo. Pero entonces, del líquido comenzó a emanar un gas que llenó la cabina telefónica. En seguida, Matsunaga comenzó a asfixiarse, siendo consciente de su propia muerte al sentir que le faltaba el aire.

–Sabía que no te lo beberías. –dijo sonriendo. Conociendo a Matsunaga, que no le gustaba que le dijeran lo que tenía que hacer, Sakura ya había previsto la posibilidad de que no bebiera el líquido. Por lo que utilizó una sustancia con la que moriría si la bebía o si la rompía, porque se mezclaría con el aire, haciéndolo irrespirable.

Cuando Kero llegó, Matsunaga ya estaba muerto dentro de la cabina. En la puerta había un cartel que le había pasado desapercibido a Matsunaga porque cuando llegó estaba la puerta abierta. En el cartel se podía leer lo siguiente:

PELIGRO

No se acerquen. Gas tóxico por suicidio.

Avisen a la policía.

Kero no se conformó con una sola foto en la distancia. También hizo una del cartel y del cadáver de Matsunaga en la posición en la que había caído muerto, con los ojos bien abiertos por la sorpresa. Bajo su rodilla, había un sobre rojo.

Entonces, se fijó que al lado de la cabina había un teléfono móvil, seguramente de Matsunaga, que decidió guardarse.

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Shaoran se extrañó mucho cuando preguntó en la recepción del Hospital Memorial Kanayama por la terapia canina y le dijeron que ese día no había terapia canina. Pero no tuvo tiempo de darle vueltas a eso por lo que un médico le contaba a una enfermera por los pasillos.

–¿Sabes que el padre de Misaki se ha suicidado? –le dijo el médico.

–¿En serio? –dijo la enfermera.

–Sí. Menudo día para hacerlo. Justo cuando le hacen el trasplante de corazón a su hija.

–Desde luego. Ni si quiera han terminado de operarla. –dijo la enfermera. –¿Por qué crees que lo ha hecho?

–Quién sabe.

Al escuchar aquella conversación, a Shaoran se le vino a la cabeza los suicidios antinaturales que había estado investigando. Después, vio un cartel de la terapia canina en el panel de anuncios. Pensó en Sakura y una asociación se le vino a la cabeza:

–Perro. Mujer. Suicidio. –¿Acaso Sakura estaba relacionada con esos supuestos suicidios? Para Shaoran eran demasiadas casualidades, pero se negaba a creerlo.

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Sakura aparcó el coche en un lugar apartado. En la radio escuchó que el trasplante de corazón llevado a cabo en el Hospital Memorial Kanayama había sido realizado con éxito y que si evolucionaba bien, la niña podría hacer vida normal muy pronto. Japón no era muy puntero en cuanto a trasplantes se refería, por eso, cuando se llevaba a cabo alguno lo suficientemente llamativo atraía el foco de los medios. En este caso, era llamativo porque se realizaba a una niña de doce años, algo no muy común. Sakura se alegraba por Misaki. Realmente le caía bien esa niña, especialmente porque compartían su amor por los perros. Sabía que ella no tenía culpa de nada, pero tener a un padre así era más una maldición que una bendición y estaba segura de que Misaki estaría mejor con su verdadera madre, con la que la niña deseaba encontrarse, pero por culpa de las maquinaciones de su padre no podía.

Cuando la periodista terminó de informar, Sakura miró al asiento del copiloto, donde estaba la nevera azul.

Flashback.

Sakura se pasó por un mercado, concretamente a una carnicería y pidió un corazón de cerdo.

Nuestros cerdos tienen una carne de gran calidad. –dijo el carnicero mientras le servía el pedido.

Fin del flashback.

Después, se dirigió al mirador al que solía ir. Acudir allí se había convertido en una costumbre para ella después de provocar el suicidio a alguien. Como si yendo allí sirviera para purgar su alma. Como siempre, se agarró la cadena. Cada vez que provocaba el suicidio a alguien era como si su alma se rompiera un poco más.

Entonces, el silencio se rompió por el sonido de su teléfono. Respiró hondo para que cuando contestara su voz no pareciera afectada.

–¿Diga?

–Soy Shaoran. ¿Dónde estás? –dijo con voz grave. A pesar de haber respirado hondo, Sakura se rompió y se vio incapaz de contestar. –¿Ha ocurrido algo? Oye, ¿estás bien? ¿Qué pasa? Contesta.

Aunque Sakura intentó guardar la compostura, sin saber por qué, no podía contestar cuando se disponía a ello.

–¿Dónde estás? Iré enseguida. –dijo Shaoran con evidente preocupación en su voz. Pero Sakura le colgó bruscamente para seguir llorando en el mirador, con el único sonido de los graznidos de los cuervos.

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Kaho le dejó una nota a Kaito informándole de Shaoran. En ella afirmaba que Shaoran no evidenciaba ningún comportamiento sospechoso. Pero Kaito no se creía nada. Para él, era evidente que Kaho intentaba proteger a su ex novio.

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Mitzuki Kaho entró en el salón canino Mon Ange. Por la mañana había seguido a Shaoran porque su comportamiento le parecía un poco extraño, a pesar de la nota que le dejó a Kaito. Como lo vio entrar al salón canino, decidió entrar. Quizás aquel lugar le proporcionara los datos que le faltaban sobre la actitud con Shaoran. Quizás averiguara quién era la chica con la que lo había visto ya dos veces.

–Hola, ¿qué desea? –preguntó Tomoyo recibiendo a la nueva clienta.

–Hola, quería saber si Li Shaoran ha estado aquí. –dijo Kaho, que sabía de sobras que la respuesta era afirmativa. –¿Y por qué viene?

–Disculpe, ¿quién es usted? –preguntó Tomoyo.

–Soy su novia.

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Shaoran se había quedado muy preocupado por Sakura, pero no sabía dónde ir a buscarla. No estaba ni en el salón canino ni tampoco en el hospital, donde se suponía que había avisado que iba a estar. Después, tras la llamada, sabía que algo la atormentaba. Siempre había sido amable con él y de repente le colgó de forma muy brusca. El hilo de sus pensamientos se rompió por el tono del móvil.

–Soy Hirata. –dijo el forense jubilado con el que se reunió Shaoran. En el informe policial del caso de los pastelitos envenenados sólo aparecía su nombre, y al menos, debía aparecer también el de los detectives encargados del caso. Aquello había llamado la atención de Shaoran y por eso lo localizó para que le dijera quién estuvo a cargo del caso de hacía quince años. Lamentablemente, cuando se reunieron, Hirata fue incapaz de recordarlo. –He recordado quién es el detective responsable del caso de los pastelitos envenenados y que acudió a la escena del crimen.

–¿En serio?¿De quién se trata? –preguntó Shaoran.

–El agente Tamura participó en la investigación, pero el responsable de la investigación fue tu mentor: Wang Wei.

Continuará…