Capítulo 7. La persona que me atrapó (1ª parte).
Sakura aparcó el coche frente a un edificio donde debía realizar un servicio a domicilio, pero no bajó del vehículo. Era una suerte que el salón en el que trabajaba no sólo fuera popular entre la gente normal, sino que también fuera el que más renombre tenía entre ricos y celebridades. Eso le facilitaría su próxima venganza, pero antes de salir, recordó todo lo que ocurrió quince años antes, el fatídico día en el que cambió su vida para siempre.
Flashback.
Era un día lluvioso pero a pesar de ello, Sakura estaba contenta porque sabía que su hermano Touya y su familia irían de visita a casa, donde vivía con su madre Nadeshiko. Por ello, decidió comprar unos pastelitos de chocolate que sabía que su sobrino y su cuñada Nakuru adoraban. Cuando llegó a casa, cerró el paraguas y se descalzó, como es costumbre en Japón.
–¡Ya estoy en casa! –dijo Sakura entrando, viendo cómo su sobrino y Nakuru estaban sentados contándose alguna cosa graciosa. Por lo visto, su hermano todavía no había podido escaparse de su trabajo.
–¡Hola, tita Sakura! –saludó el niño con su alegría habitual.
–Hola, Sakura. –saludó Nakuru. Sakura entró y se acercó a su sobrino escondiendo a su espalda la caja de pastelitos.
–¡Mira lo que te traigo! –dijo Sakura mostrándole la caja. –Los pastelitos de chocolate que tanto te gustan.
–¡Gracias! –dijo el niño abrazándola. –Mamá, ¿puedo comerlos?
–Está bien, pero sólo uno. Debes dejar sitio para la cena. –dijo su madre.
–Genial. Voy a cambiarme. –dijo Sakura mientras dejaba a madre e hijo disfrutando de los pastelitos.
–Yo también comeré uno. –dijo Nakuru al abrir la caja y ver los apetitosos pastelitos.
Tanto madre como hijo mordieron los pastelitos, cuando unos segundos después, sintieron cómo les quemaba la garganta y les faltaba el aire.
El primero en caer fue el niño, seguido de su madre, que quiso morir cogiéndole la mano a su hijo. Fue entonces que apareció Nadeshiko, a la que se le borró la sonrisa que llevaba al ver la escena de su nuera y nieto muertos, con sus respectivos pastelitos en el suelo.
–¡No!¡No! –gritó Nadeshiko llevándose las manos a la boca. Los gritos alertaron a Sakura, que bajó a toda prisa a ver qué ocurría.
Cuando bajó y se encontró la escena, lo primero que hizo fue ir hacia su sobrino y su cuñada, pero no sabía qué hacer. La única reacción que tuvo fue llamarlos desesperadamente por si despertaban milagrosamente.
Fue la propia Sakura la que llamó a la policía minutos después, al comprender que estaban muertos. Una de las cosas que más llamó la atención de Sakura fue que al día siguiente, dos policías trajeados se presentaron en la casa de los Kinomoto mostrándole una orden de arresto. ¿Cómo podían tener la orden preparada tan rápido sin haber avanzado apenas en la investigación? Por lo visto, a pesar de que ella negara haber envenado a su familia, el que hubiera comprado los pasteles era un hecho incriminatorio.
–¡Se equivocan, no he sido yo! –les decía Sakura. –¡Yo no he hecho nada!
Pero los policías hicieron caso omiso y la cogieron cada uno de un brazo, frente a la mirada decepcionada de su madre.
–¡Mamá!¡Te juro que yo no he sido! –gritaba Sakura. Lo único que quería era que su madre la creyera, pero Nadeshiko se mostraba impasible y fría. Para su madre supuso una decepción tan grande que ni se molestó en escuchar a su hija. En el momento en el que su madre apartó la mirada, Sakura supo que ya la había juzgado y que no podría contar con ella. Eso la dejó sin fuerzas, y los policías aprovecharon esa debilidad para ponerle las esposas.
Tras la detención, la llevaron a una sala de interrogatorios de la policía.
–Le sugiero que admita el crimen. Tenemos testigos y pruebas. –dijo el policía que la interrogaba.
–¡Yo no lo he hecho! –dijo Sakura golpeando la mesa con frustración. –¡¿Por qué iba a matar a mi sobrino y a mi cuñada?! ¡Los adoraba!
–Entonces, ¿cómo explicas el veneno que hemos encontrado en tu habitación? –preguntó el policía.
–¡No sé nada de ningún veneno!¡¿Por qué no me creen?! –preguntó Sakura desesperada.
Varios días después, llegó el día del juicio. Todo el proceso se estaba desarrollando increíblemente rápido.
Sakura estaba sentada en el banquillo de los acusados, un lugar en el que jamás pensó que llegaría a estar. Una mujer policía la custodiaba sentada a su lado por si la acusada decidía armar alboroto, pero Sakura sólo estaba con la cabeza gacha sin comprender todavía cómo había llegado a aquella situación.
Entre el público, vestidos de negro riguroso por el luto estaba Kinomoto Nadeshiko y su hijo, Kinomoto Touya. En su mano, Touya sostenía la alianza de su mujer La sostuvo el día del funeral y la volvía a llevar durante el juicio.
La acusación llamó al primer testigo, que prometió decir la verdad.
–Preséntese. –le pidió el abogado de la acusación.
–Soy Terada Yoshiyuki, director de la Secundaria Tomoeda. –dijo Terada.
Entre el público también estaba Kero Beros, un periodista freelance que tomaba notas arduamente, anotando el nombre y profesión del primer testigo.
–¿Qué sabe de la acusada, Kinomoto Sakura? –preguntó el abogado de la acusación.
–Sé que robó cianuro potásico del armario del aula de química del instituto del que soy director. –contestó Terada.
–¿Está seguro que es la chica que está ahí sentada? –preguntó el abogado señalando a Sakura.
–Sí. –dijo Terada sin apenas mirarla, mientras que Sakura no entendía absolutamente nada de por qué ese señor estaba realizando esas declaraciones. –El guardia de seguridad confirmó que se coló por la noche. Me ha llegado a mis oídos su cuestionable comportamiento y que requiere una atención especial.
Tras las declaraciones de Terada, llamaron al segundo testigo, Suganuma Toshiya, que vestía el uniforme de la Secundaria Tomoeda.
–Soy Suganuma Toshiya, alumno de tercer año de la Secundaria Tomoeda. –dijo Suganuma cuando le pidieron que se presentara. Kero hizo lo propio con Suganuma.
–¿Qué tienes que decirnos sobre Kinomoto Sakura? –preguntó el abogado.
–La vi en el parque dando de comer a un perro. Y a continuación, el perro murió. –dijo Suganuma. –De hecho, siempre estaba en el parque atormentando a los perros. Su hermano mayor me dijo que los odia. Estoy seguro que tiene celos de su hermano.
Sakura giró la cabeza para mirar a Touya, sin poder creer lo que oía. La expresión de Touya era indefinible. El propio Touya sabía que aquello no era cierto, pero que su mujer y su hijo habían muerto era un hecho y no tenía fuerzas ni para protestar. ¿Acaso Suganuma insinuaba que había estado probando y practicando con un perro antes de hacerlo con su propia familia? Sakura se indignaba por momentos. Ella adoraba a los animales, especialmente a los perros. Nunca les haría algo así, al igual que tampoco se lo haría a su familia. Ni ella se creía que Touya le dijera eso y no quería que se llevara esa idea de su hermana.
–Se equivoca. –musitó Sakura de manera imperceptible.
–Turno para el abogado defensor. –dijo el juez una vez que acabó la declaración de Suganuma. Matsunaga Seiichi se levantó de su mesa.
–No hay preguntas. –dijo Matsunaga. Sakura no daba crédito a lo que oía. ¿Acaso no pensaba defenderla?¿Qué clase de abogado le habían asignado?
Después, la acusación llamó a un tercer testigo, Yamazaki Takashi, alumno de tercer año de la Secundaria Tomoeda. Era un joven de pelo negro corto que, al igual que Suganuma, vestía el uniforme del instituto.
–Hace poco, Sakura me pidió que atacara a su hermano, pero rechacé la propuesta. –declaró Yamazaki.
–¿Qué relación tiene usted con la acusada? –preguntó el abogado de la acusación.
–Me tiró los tejos en la estación. Y desde entonces nos volvimos algo así como novietes. –dijo Takashi. –Después de que sus padres se divorciaran y su padre se marchara, cambió su actitud.
Sakura miraba a su madre y hermano mientras negaba con la cabeza. Cada vez estaba más convencida de que todo aquello era una encerrona.
Fin del flashback.
Sakura bajó la ventanilla del coche. Ya le había dado su merecido a Terada, a Suganuma y a su abogado. Ahora era el turno de Yamazaki, al que vio salir del edificio seguido de una bonita chica castaña. Yamazaki se montó en su coche y se marchó mientras la chica le decía adiós con la mano.
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Como cada mañana desde que recogieran a Ruby Moon del veterinario, Shaoran llevó a la perra de su mentor al salón canino Mon Ange.
–Buenos días. –dijo Shaoran entrando.
–Buenos días. –dijo Meiling recibiéndolo y cogiendo a la perra. –Buenos días, Ruby Moon.
–¿Dónde está Sakura? –preguntó Shaoran.
–Ha ido a hacer un servicio a domicilio. ¿No te lo había dicho ella? –respondió Meiling.
–No. –respondió Shaoran. Últimamente le estaba costando mucho comunicarse con Sakura.
– ¿Tampoco te ha llamado por teléfono? –preguntó Meiling.
–No.
–Shaoran, ¿acaso le has hecho algo? –preguntó Meiling con segundas. –Esto significa que te está evitando.
–Meiling, no insinúes cosas raras. –dijo Tomoyo apareciendo desde su oficina, aunque en realidad, Shaoran comenzaba a pensar como Meiling.
–Tengo que irme. –dijo Shaoran.
–Y yo que pensaba que hacían buena pareja. –se lamentó Tomoyo al recordar la inesperada visita de la novia de Shaoran una vez que el chico se marchó.
–Sí, pero creo que nos hemos perdido algo. –dijo Meiling.
–Lo cierto es que su novia estuvo aquí ayer preguntando por Shaoran. –le confesó Tomoyo.
–¡¿Su novia estuvo aquí?!¡Pensaba que no tenía novia! –exclamó Meiling sorprendida.
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Como recordaba que hacía unos días llamaron a comisaría desde la prisión de Tochigi-kita diciendo que Wei se había olvidado su gorro, Kaho decidió ir hasta allí para ver si descubría algo, siendo recibida por Ogawara Masahiko, el alcaide de la prisión.
–Aquí tienes. –dijo Ogawara entregándole el gorro de Wei en una bolsa de plástico.
–Gracias.
–Así que Wei ha desaparecido. –dijo Ogawara una vez que Kaho lo puso al día.
–Sí. Justo después de que llamaras a comisaría para decir que se dejó aquí el gorro. –le dijo Kaho. –¿Qué vino a hacer aquí?
–Dijo que estaba investigando sobre una rea que estuvo aquí. –contestó Ogawara.
–¿Qué rea?
–Kinomoto Sakura. –contestó Ogawara.
–¿Cómo era? –preguntó Kaho.
–Una chica muy mona. Castaña de ojos verdes. No es el perfil de mujer que suele acabar en la cárcel. Era una presa modelo. Recuerdo que siempre acababa todo el trabajo rápido y de forma muy eficiente. –dijo Ogawara. –Pero siempre estaba sola. Pese a eso, debido a su comportamiento ejemplar, fue lo suficientemente astuta como para conseguir la libertad condicional, a pesar de que estaba condenada a cadena perpetua.
–¿Mencionó algo Wei?
–Me dijo que realmente sentía lo que le ocurrió a Kinomoto.
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Mihara Chiharu estaba en su apartamento acompañada de su perrita negra Silk, y de Sakura, que había acudido allí a realizar un servicio a domicilio. La casa estaba llena de revistas en las que Chiharu era la protagonista por ser una reconocida idol. También había una percha con un montón de modelitos para perro. De hecho, Silk iba ataviada con un vestidito rosa, que contrastaba con su oscuro pelaje.
–Silk, cálmate. –le decía Chiharu a la perrita, que no paraba de gemir nerviosa mientras se paseaba por el sofá en el que ambas estaban.
–Toma Silk, esto es para ti. –le dijo Sakura a la perrita dándole unas galletitas para que se calmara. Una vez que Sakura había preparado todo el material de trabajo y que la perrita se calmó, Sakura la cogió cariñosamente.
–Me alegro de que hayas venido tú, Sakura. Si no nos hubiéramos tropezado hace unos meses y me hubieses sugerido lo del entrenamiento para perros, Silk sería una maleducada. –dijo Chiharu. Lo que Chiharu no sabía era que su encuentro no había sido tan casual. Sakura conocía la relación que Chiharu mantenía con su próximo objetivo, por eso se había acercado a ella por medio de Silk y ahora era clienta habitual del salón Mon Ange. Sakura sólo sonrió.
–Bien, vamos a bañarte. Verás que bien huele el champú. –dijo Sakura, ataviada con el delantal de color mostaza que tanto ella como Meiling utilizaban para trabajar, llevándose a Silk hacia el baño. Aprovechando que Chiharu se quedó en el salón, Sakura entró al dormitorio, donde vio dos maletas.
–Voy a poner esto aquí. –le susurró Sakura a la perrita, mientras introducía unas galletitas en el bolsillo de una cazadora de hombre que había colgada en una silla. Después, le dio otras galletitas a Silk para que apartara el morro y colocó una bolsita con polvos blancos en el mismo bolsillo. Una vez colocó la droga, Sakura cogió a Silk para realizar su trabajo.
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Yamazaki Takashi se dirigía en el ascensor de la Simons Tower a su enorme despacho, al que no le faltaba ningún lujo. Incluso había maquinaria para hacer pesas. Se había convertido en el presidente de la compañía tecnológica Cyber Road. Su personalidad siempre había sido algo prepotente y arrolladora, lo que lo ayudó a escalar posiciones dentro del mundo empresarial, hasta conseguir todo lo que quería. Era rico, famoso y su novia, Mihara Chiharu era una bonita y famosa idol. –¿Tienes algo para mí? –preguntó Yamazaki por teléfono mientras mascaba chicle. –¿Mañana en el club? Me encantaría ir, pero mañana me voy de viaje. Me voy a París con Chiharu. Volveré en una semana más o menos.
Cuando llegó a la puerta del despacho, metió una contraseña que confirmó con su huella dactilar. De esa manera, se abrió la puerta y entró hasta situarse frente a un póster de su novia en el que rezaba Road To the Future. Chiharu se había convertido en la imagen de la empresa del último producto que habían lanzado al mercado.
–Presidente. Ha ocurrido algo. –dijo Tanaka Eiji uno de los ejecutivos de la empresa entrando llevando un periódico. Eiji era un hombre que en su trabajo siempre vestía con traje y corbata. Llevaba gafas y siempre iba extremadamente peinado, mostrando una imagen impoluta y recta. A pesar de ser uno de los ejecutivos y accionistas de la empresa, también era la mano derecha de Yamazaki, aunque más bien hacía las funciones de secretario, no porque fuera su función, pero debido al carácter de Yamazaki, éste lo trataba como tal y Eiji no tenía el carácter suficiente como para enfrentarse a Yamazaki. A pesar de todo, al ser su mano derecha, era el único que junto al propio Yamazaki, tenía acceso al despacho del presidente.
–Lo siento, luego te llamo. –dijo Yamazaki despidiéndose de la persona que tenía al teléfono mientras se dirigía a su mesa, donde tenía hasta tres monitores de ordenador. Detrás, Yamazaki tenía una impresionante vista de la ciudad. –¿A qué viene tanto apuro?
–¿Sabías esto? –preguntó el ejecutivo, mostrando la primera plana del periódico, en la que se denunciaba que las drogas se estaban extendiendo demasiado en el mundo del espectáculo y que además, Nomune Tadashi, su mejor amigo había sido detenido por asuntos de drogas.
–Qué idiota. ¿Cómo se ha dejado atrapar?
–Presidente, ¿usted no suele salir con él de fiesta? –preguntó el ejecutivo.
–Sí. –admitió Yamazaki despreocupado.
–¿No me digas que tú…?
–¿Yo? Claro que no. –interrumpió Yamazaki sabiendo cómo acabaría la pregunta. –Y si lo hiciera, no me dejaría arrestar por eso. Mira, en este mundo, una persona con dinero puede sortear las leyes que elija.
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En la comisaría, Shaoran citó a Tamura, un jefe de sección de otro departamento que, según le había dicho Hirata, también había participado en la investigación a las órdenes de Wei cuando tan sólo era un agente más. Shaoran era consciente de que Wei había participado en la investigación del caso de los pastelitos envenenados, pero lo que no se imaginaba era que fuera el responsable del caso.
–Siento haberle llamado por un caso de hace quince años. –se disculpó Shaoran ante Tamura, al que había citado en la sala de interrogatorios. –Si no me equivoco, usted participó junto a Wei en la investigación del caso de los pastelitos envenados, ¿cierto?
–Sí. Además, debe de haberlo visto en el informe. –dijo Tamura.
–El informe estaba incompleto. –le dijo Shaoran.
–¿Incompleto? Qué extraño.
–Sí, yo también me pregunto por qué. –reconoció Shaoran.
–En cualquier caso, te ruego que te des prisa en encontrar a Wei. Ha estado preocupado por ti durante un tiempo. –le confesó Tamura. –Me dijo que mientras él estuviera en comisaría, tú no dimitirías.
Flashback.
–¿Vuelves a empezar? –preguntó Wei después de que Shaoran hubiera estado un tiempo de baja tras lo que le sucedió a Yukito. Estaba tan afectado que incluso se planteó en dejar la profesión.
–No. Después de meditarlo mucho, he decidido dimitir. –respondió Shaoran ofreciéndole a Wei su carta de dimisión. Había tomado esa decisión porque la muerte de Yukito pesaba demasiado sobre su conciencia.
–Shaoran, ¿cómo te sientes ahora? –preguntó Wei, obviando la carta. –¿Son sentimientos de dolor y sufrimiento por la familia de Yukito? Porque si es así, sólo tú puedes hacer algo.
A pesar de haberle insistido, Wei no aceptó la carta de dimisión y le pidió que continuara en el cuerpo. Shaoran se sentía tan en deuda con él por haber sido su maestro que decidió seguir, a pesar de todo su dolor.
Fin del flashback
–Si recuerda alguna cosa más, hable conmigo, por favor. –le dijo Shaoran a Tamura mientras salían de la sala de interrogatorios, hecho que no pasó desapercibido para Kaito, que llegaba en ese momento de alguna parte.
–¿Dónde está Mitzuki? –le preguntó Kaito a Takabe.
–Se fue temprano. –respondió Takabe.
–Está fingiendo ayudarme. –musitó Kaito para sí.
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Tras haber hablado con Tamura, Shaoran se marchó hacia las oficinas del Ministerio Fiscal. Además, se había enterado por Tamura que la policía sólo manejaba la hipótesis del suicidio en la muerte del reputado abogado Matsunaga Seiichi, cuando a él le parecía al menos otra muerte sospechosa, como las de Terada y Sumanuma.
Una vez en las oficinas, y haciendo uso de su placa recientemente recuperada, solicitó a uno de los responsables los informes criminales de hacía quince años.
–A menos que tenga justificación, no puedo extraer los informes. –le dijo el responsable.
–Está relacionado con un caso que estoy investigando. –le explicó Shaoran.
–En ese caso no habrá problema. –dijo el hombre retirándose para buscar los informes.
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Una vez que Sakura había bañado a Silk, puso a la perra encima de una plataforma portátil que empleaba para realizar los servicios a domicilio. Estaba terminando de cortarle el pelo a la perra cuando sonó un teléfono móvil.
–Sakura, ¿podrías mirarme en la pantalla quién me llama? –le pidió Chiharu, que se estaba haciendo las uñas en el sofá.
–Claro. –dijo Sakura bajando a la perra a modo de precaución. –Es Yamazaki.
–Entonces contestaré. –dijo Chiharu. Sakura le llevó el móvil y se lo sostuvo a Chiharu mientras hablaba.
–Hola, cariño. –saludó Chiharu. –Perdona, es que me estoy haciendo las uñas. Te llamo luego, ¿de acuerdo?
Mientras tanto, Silk aprovechó que nadie le estaba haciendo caso en ese momento para salir del salón y dirigirse al dormitorio, donde estaban las galletitas que había dejado Sakura en el bolsillo de la chaqueta de Yamazaki.
–Parece que os va bien. –comentó Sakura una vez que colgó el teléfono.
–Sí. Mañana nos vamos a París. –le contó Chiharu.
–¿De verdad? Qué envidia. –dijo Sakura.
–Pero debes mantener nuestro viaje en secreto. Últimamente el ambiente en su empresa está algo enrarecido por lo que se ha venido publicando en prensa. –le pidió Chiharu señalando el periódico que había sobre la mesa, donde mostraba en portada a Nomura. –Nomura Tadashi es amigo de mi novio y lo han arrestado por consumir speed.
–Vuestro secreto está a salvo conmigo. –dijo Sakura para que Chiharu no se preocupara.
–Cuéntame, Sakura, ¿tienes novio? –preguntó Chiharu. –Cuando te conocí no tenías, pero igual en este tiempo has encontrado a alguien.
–No.
–No puede ser. ¿No hay nadie que te guste? –insistió Chiharu.
–No tengo tiempo de enamorarme. –dijo Sakura.
–Por cierto, ¿dónde está Silk? –preguntó Chiharu, al no ver a su mascota por ninguna parte. Por lo que se levantó y se puso a buscarla por el apartamento mientras la llamaba, hasta que llegó al dormitorio. –Silk, ¿qué estás haciendo? Esa es la cazadora de Takashi.
Cuando Chiharu apartó a la perrita extrajo del bolsillo una bolsita con polvos blancos.
–¿Qué es esto? –se preguntó Chiharu. Sakura se asomó, pretendiendo buscar a Silk.
–Chiharu.
–Sakura, te juro que no es mío. –se apresuró Chiharu a aclararlo para que Sakura no malinterpretara lo que había visto. –Yo no consumo droga. Después de todo, estaba en la chaqueta de Takashi. Tienes que creerme, Sakura.
Sakura sabía a ciencia cierta que decía la verdad. Después de todo, fue ella misma la que colocó allí la bolsita para que Silk la encontrara.
–Te creo. –la tranquilizó Sakura. –No creo que seas esa clase de persona.
–Gracias, Sakura.
–Pero supongo que Yamazaki sí lo es. –dijo Sakura.
–¿Puedes guardar el secreto? –le pidió Chiharu. Las dos chicas volvieron al salón para hablar con más tranquilidad.
–Entonces, los rumores de que Yamazaki consume droga son ciertos. –comentó Sakura. –Un reportero de un semanal me preguntó a las puertas de Mon Ange.
–¿Qué? ¿Por qué un reportero iría allí a preguntarte?
–Parece que sabía que soy la peluquera de Silk. Ya sabes, es una perra muy famosa. –mintió Sakura. –También me preguntó sobre tu relación con Yamazaki. Por supuesto, no dije nada. Pero, ¿sabías que te vigilaban? Después de todo, eres famosa.
–Es verdad. ¿Qué puedo hacer? –preguntó Chiharu empezando a agobiarse. –Ahora también sospecharán que yo también consumo droga.
–Chiharu. ¿Quieres mantenerte al margen de todo y proteger tu carrera? –le preguntó Sakura.
–Por supuesto. Sería terrible que dejaran de llamarme para trabajar por todo esto. –dijo ella.
–En ese caso, creo que lo mejor es que te alejes de Yamazaki lo antes posible. –dijo Sakura. –Cuanto más tiempo estés con él, más sospecharán.
–¿Y cómo puedo hacerlo? –preguntó Chiharu agobiada.
–Déjamelo a mí. –se ofreció Sakura.
–Pero Sakura, tú no tienes nada que ver con esto. –le dijo Chiharu.
–Dame la droga. Me desharé de ella. –dijo Sakura.
–Gracias.
–A cambio, haz lo que te diga. –dijo Sakura.
–Está bien. Eres muy buena conmigo.
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Yuna D. Kaito colgó el teléfono con fuerza tras recibir un aviso.
–Ha habido un asesinato en Shibuya. El comisario de esa jurisdicción nos pide apoyo. –dijo Kaito a sus agentes. En seguida, todos los agentes dejaron todos sus quehaceres para salir raudos hacia Shibuya. –¿Dónde está Mitzuki?
–He intentado localizarla, pero no ha habido forma. –dijo Takabe. Una vez que se marcharon todos los agentes, a Kaito le sonó el teléfono móvil.
–¿Diga?... Ah, ¿estás preocupado por Wei?... No, todavía no sabemos si está vivo o muerto. Pero no te preocupes. Sólo te pido un poco más de tiempo. Ya he hecho las gestiones necesarias para que se encarguen de ese asunto. –dijo Kaito.
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Para sorpresa de Shaoran, el empleado de la fiscalía volvía con las manos vacías alegando que no podía sacar los informes que le pedía, cuando previamente le había dicho que no habría problema al solicitarlos por una investigación policial.
–¿Cómo que no puedes sacarlos? –preguntó Shaoran. –Antes no puso ninguna objeción. ¿No le parece extraño?
–Por mucho que te quejes, son órdenes de arriba. –dijo el empleado.
–¿Quién es el de "arriba"? –preguntó Shaoran. El empleado de la fiscalía prácticamente le había confirmado que alguien estaba obstruyendo la investigación.
–No puedo responder a eso. Si me disculpa. –el empleado de la fiscalía se levantó, dando por terminada la conversación. Consciente de que no sacaría nada de allí, Shaoran salió del edificio, cuando le llegó un mensaje de Kaho.
He ido a la prisión de Tochigi-Kita. Volveré esta noche.
Tras leer el mensaje, Shaoran decidió llamar a Kero.
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Lo que nadie se esperaría era que Kero fuera prácticamente un indigente. Tenía una chabola montada cerca de un puente. Cerca había otras chabolas de los indigentes que lo estaban acompañando en aquel momento. Por la parte inferior pasaba un río. Kero estaba sentado en un sofá bastante destartalado junto con otros compañeros mendigos que se habían montado aquello como una especie de sala común.
–Ha pasado mucho tiempo, pero aquel artículo supuso una primicia enorme. –dijo Kero mientras le contaba batallitas a dos de sus vecinos. Después se levantó y continuó hablando sólo mientras se dirigía a su chabola. –Si pudiera terminar de escribir el artículo, podría volver al mundo esplendoroso de antes. Pero todavía no tengo todas las pruebas. Sólo necesito un poco más de tiempo.
Kero no lo contaba con nostalgia o pesar, sino como si se lo tomara a broma. Una vez dentro, apartó una cortina, donde ocultaba las fotos que había sacado a Terada cuando saltó del edificio. También tenía varias fotos de Suganuma muerto en la estación y otras tantas de Matsunaga, todavía vivo mientras salía del hospital, seguido de Sakura, y otras muerto dentro de la cabina. Kero se sentó frente a un ordenador portátil. Aquella pequeña chabola se había convertido en su refugio y el lugar donde daba forma a sus investigaciones. Al final aquel lugar resultó ser un buen escondrijo para todo el material sensible que manejaba. Al fin y al cabo, ¿Quién querría ir allí? Además, aquel modo de vida le permitía tener sus propias fuentes de información.
–Si no puedo volver como periodista, no podré salvar a mi hijo. –dijo Kero para sí, extrayendo una fotografía de un niño del bolsillo del pecho de su chaqueta. Entonces le sonó el teléfono. –Vaya, ¿será una oferta de trabajo? ¿Diga? Hola, Shaoran. Estoy ocupado… ¿Los informes del juicio? Shaoran, si no te han dejado verlos a ti, que eres policía, no hay forma de que me los dejen ver a mí. Pero no quiero que digas que no te he echado una mano, así que, déjame tiempo para pensar.
Una vez que colgó, Kero puso su atención al procesador de textos que tenía abierto en el ordenador. Kero estaba frente a frente a la primera página de su artículo.
La mujer que hizo un pacto con el Diablo.
Continuará…
