Capítulo 8. La persona que me atrapó (2ª parte).

Tras haberse ofrecido a ayudar a Chiharu, Sakura le había preguntado si Yamazaki tenía familia. Una vez que le dijo que tenía a su abuela en una residencia de lujo, Sakura fue hacia allí. Era una residencia que incluso tenía habitaciones para familiares en las que se podían hospedar si venían de visita de algún lugar lejano.

No fue complicado entrar a la habitación de la señora, que parecía más un apartamento que cualquier otra casa. De hecho, aquella habitación era mucho más grande que su propio apartamento. Simplemente le avisaron desde recepción que una voluntaria social empezaría a ir a visitarla de vez en cuando para hacerle compañía. En seguida, Sakura se ganó el afecto de la señora Yamazaki. Tras tomar un té, la anciana adquirió la suficiente confianza como para pedirle a Sakura que le imprimiera un documento que necesitaba sobre algún trámite.

–Aquí tiene. –le dijo Sakura entregándole un papel que acababa de imprimir.

–Muchas gracias, Sakura. Mi nieto me dejó esto para mí, pero no sé cómo usarlo. –dijo la señora Yamazaki refiriéndose al ordenador y la impresora.

–No es ninguna molestia. Me gusta hablar con usted. –dijo Sakura.

–Mi nieto vendrá cualquier día de estos. –dijo la señora Yamazaki, mirando una pequeña foto enmarcada junto a la televisión. En la foto, aparecía ella sentada y su nieto Takashi detrás. Ambos estaban muy sonrientes.

–¿Ese es su nieto? –preguntó Sakura.

–Sí. Es un sol conmigo. Tú también eres muy amable y educada. Seguro que tus padres te dieron mucho amor desde pequeña. –dijo la señora Yamazaki.

–Bueno, tengo que volver al trabajo. –dijo Sakura sin querer seguir por esos derroteros.

–Vuelve otra vez. –le pidió la mujer.

–Claro. Adiós.

Cuando Sakura bajó a la recepción, sacó el teléfono móvil de Chiharu para ver el número que le interesaba y llamó a Yamazaki desde un teléfono público que había a las puertas del edificio. Sakura convenció a Chiharu para que le diera su móvil temporalmente para evitar que hablara con Yamazaki, como parte del plan para alejarse de alguien que había resultado ser una persona tan tóxica.

–¿Chiharu? –contestó Yamazaki asumiendo que era su novia quien lo llamaba. A pesar de los titulares de los periódicos y de que su mejor amigo de momento estaba entre rejas a la espera de juicio, no parecía demasiado preocupado. De hecho estaba muy relajado con las piernas sobre la mesa.

– Lo siento. Soy Sakura.

–¿Sakura?

–¿Has olvidado mi voz? Supongo que es normal. Ya han pasado casi quince años. Soy Kinomoto Sakura. ¿Te acuerdas ahora?

–Kinomoto. –dijo recordando. Al recordarla, Yamazaki se puso tenso, bajando incluso los pies de la mesa. –¿Cómo has conseguido mi número de teléfono?

–Eso ahora no importa. ¿Has recibido la carta? –preguntó Sakura. –Está en un sobre rojo.

Yamazaki se puso a buscarla entre la bandeja del correo. Cuando dio con ella, le dio la vuelta, donde vio una pluma de cuervo grabada a la que no le dio la menor importancia. Cuando abrió la carta, vio que dentro había varias fotografías en las que aparecía él esnifando droga en un club.

–¿A que soy buena fotógrafa? No será suficiente con que niegues haber consumido. –dijo Sakura. –Me pregunto qué ocurrirá si estas fotos llegan a los medios.

–¿Me estás amenazando? Porque no tiene sentido. Más vale que te olvides. Eres una asesina. Nadie te creería. –dijo Yamazaki intentando darle la vuelta a la situación. Era cierto que si esas fotos llegaban a los medios de comunicación su carrera y su reputación se esfumarían, pero no se lo dejaría hacer ver a ella.

–Estoy deseando verlo. –dijo Sakura antes de colgar.

Yamazaki rompió las fotos, las tiró a la papelera y le dio una patada, frustrado por el rumbo que había tomado su situación ante la repentina aparición de Sakura.

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–Parece que te ha tomado bastante tiempo el perro de Chiharu. –dijo Tomoyo una vez que vio aparecer a Sakura en el salón.

–Me ha hecho escuchar todos sus problemas. Supongo que necesitaba desahogarse con alguien. –se justificó Sakura.

–Me alegra que seas así de amable, pero tu tiempo también es importante. –dijo Tomoyo. –Así que, cuando tengas algo de tiempo libre, deberías dedicártelo a ti misma.

–Gracias, Tomoyo. Pero no necesito tiempo para mí. –dijo Sakura.

–No digas esas cosas. Ya has pagado más que suficiente por tu crimen. –dijo Tomoyo, que conocía las circunstancias de Sakura cuando la contrató.

–Sakura, una mujer pregunta por ti. –dijo Meiling entrando desde la recepción. Cuando Sakura salió, en el sofá vio a una mujer de un cabello pelirrojo bastante largo. Parecía vestir con estilo y distinción, pero sin dejar de ser casual. Esa distinción se acentuó cuando se levantó del sofá.

–Eres Kinomoto Sakura, ¿verdad? ¿Estás trabajando? Porque puedo esperar a que acabes. –dijo la pelirroja. Desde la oficina, Tomoyo y Meiling asomaban la cabeza con curiosidad.

–No importa. Disculpe, ¿quién es usted? –preguntó Sakura.

–Soy Mitzuki Kaho. Parece que has estado ayudando a Li Shaoran.

–En realidad, no es para tanto. –dijo Sakura, sin saber qué relación podía unir a esa mujer con Shaoran.

–Siéntate, por favor. –la invitó Kaho, a pesar de que la persona externa al salón era ella. Sakura se sentó con algo de tensión, mientras que Kaho volvía a sentarse en el lugar donde había estado sentada previamente. –Me da la impresión de que te llevas muy bien con él.

–Supongo que lo normal. –dijo Sakura.

–¿Cuánto tiempo ha estado viniendo por aquí? –preguntó Mitzuki.

–Desde hace no mucho. Desde que la señora Wang tuvo el accidente. ¿Conoce usted a la señora Wang? –preguntó Sakura.

–Por supuesto.

–Shaoran está cuidando de su perro en su casa. –explicó Sakura.

–Así que está cuidando de su perro. No tiene suficiente con actuar por su cuenta. –dijo Kaho, comentando esto último para sí. Entonces se levantó para ponerse tras Sakura. Aquello parecía que se estaba convirtiendo en un interrogatorio policial. Lo que Sakura ignoraba es que realmente lo era. –Pero no creo que sea todo, ¿verdad? Porque parece que viene aquí todos los días. Lo cual, no me parece muy normal.

–Me pidió que cuidara del perro durante el día. –dijo Sakura.

–Entonces, ¿este negocio es lo único que te une a Shaoran? ¿Vuestra relación es estrictamente profesional? –preguntó volviendo a ponerse delante de Sakura.

–No sé qué quiere que le diga. –dijo Sakura sin comprender tanta pregunta. Entonces se levantó y se puso a su altura. –En vez de a mí, ¿no debería preguntarle todo esto a Shaoran? ¿O acaso hay algo que no puede preguntarle?

–Lo cierto es que no. Tan sólo quiero saber con qué clase de persona está tratando. –dijo Kaho. Entonces, se colgó el bolso al hombro. –Tengo que irme. Adiós.

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Shaoran fue al hospital en el que estaba ingresada Shigeyo, la mujer de Wei para ponerla al día.

–¿Todavía no has descubierto nada? –le preguntó la señora Wang.

–Lo siento. –dijo Shaoran, lamentando realmente no poder decirle nada sobre el paradero de Wei.

–Va, Shaoran, no te disculpes. Tú no has hecho nada malo. –dijo la mujer al ver la cara contrariada de Shaoran. –¿Cómo está Ruby Moon?

–Durante el día la cuidan en el salón canino y por la noche me hago cargo yo. Por cierto, no quiero que sepan que soy detective. –dijo Shaoran, por si acaso se le ocurría llamar preguntando por Ruby Moon.

–Lo entiendo. No diré nada. –dijo la mujer.

–¿Por qué eligió ese salón canino? –preguntó Shaoran, intentando indagar en la relación de Wei con Sakura, la condenada por el caso de los pastelitos envenados del que su mentor era el principal responsable.

–En realidad lo eligió Wei porque ese salón acepta gente que está a prueba y necesita nuevas oportunidades en la vida. –contestó Shigeyo. –Mi marido consideraba que era un lugar seguro en el que Ruby Moon estaría muy bien tratada.

–¿Wei lo eligió?

–Él solía decir que no sólo quiere detener a criminales, sino ayudarlos a su rehabilitación y reinserción. –explicó Shigeyo.

Con lo que le dijo Shigeyo, Shaoran estaba cada vez más convencido de que la elección de ese salón canino para Ruby Moon no fue para nada casual. También se estaba reafirmando en la idea de que había algo más en el caso de los pastelitos envenenados que no venía reflejado en los informes oficiales. A eso se le suma el hecho de que no le dejaran ver los informes de fiscalía, cuando al principio no habían puesto pegas.

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Tras la tensa conversación, o más bien interrogatorio que tuvo con Sakura, Kaho se fue al bar de Yue. Yue, además de barman, también era aficionado a la astrología, y de vez en cuando le echaba las cartas del tarot a quien se lo pidiera. Al ver a Mizuki tan pensativa, decidió echárselas para distraerla un rato. Una vez que las puso sobre la barra, Kaho descubrió una.

–¿Y bien? –preguntó Kaho.

–El carro en posición inversa. Demasiadas emociones pugnan por salir y se están saliendo de control. –dijo Yue interpretando la imagen del naipe. A pesar de que Kaho era escéptica en cuanto a temas astrológicos se refería, pensó que Yue no podía haber dado más en el clavo. No sabía si pensar en que era una casualidad o, que Yue era muy bueno. Mientras sostenía el naipe pensativa, Shaoran apareció en el bar y se sentó a la barra junto a Kaho.

–¿Alguna novedad? –preguntó Shaoran refiriéndose al caso y sin saludar.

–Parece que Wei investigaba a una chica llamada Kinomoto Sakura. ¿Te suena? –dijo Kaho, con la intención de ver la reacción de Shaoran al pronunciar el nombre de la castaña.

–No lo sé. –dijo Shaoran fingiendo no saber nada, aunque Kaho sabía que mentía.

–Parece que cuando Wei supo en qué condiciones estaba esa chica en prisión, sintió compasión por lo que le ocurrió. –explicó Kaho.

–Sintió compasión. –musitó Shaoran para sí. Entonces, se le agolparon en la cabeza las declaraciones de Kero y de la mujer de Wei.

Flashback

En cuanto al caso de los pastelitos envenenados, se rumorea que el verdadero culpable es otra persona. –dijo Kero, al que le gustaba dosificar la información.

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Él solía decir que no sólo quiere detener a criminales, sino ayudarlos a su rehabilitación y reinserción. –explicó Shigeyo.

Fin del flashback.

–Parece que hay algo detrás del caso de hace quince años. No hay duda de que de alguna manera, Kinomoto Sakura está relacionada con la desaparición de Wei. –dijo Kaho.

Shaoran siempre supo que Kaho era una gran detective y pese a haberla mantenido al margen de la investigación, ella también había llegado a esa conclusión.

–A saber. –dijo Shaoran marchándose sin querer reconocerle ese mérito. Seguía sin fiarse porque estaba seguro que aunque ella no actuara de mala fe, Kaito la presionaba para mantenerlo a él vigilado, por lo que no quería darle pistas y poner a Kaho en la tesitura de tener que informar a Kaito con la verdad.

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Estaba anocheciendo y en la comisaría sólo quedaban Katokura Ryo y Yuna D. Kaito. Kaito conocía demasiado bien a Mitzuki y sabía que ella no quería perjudicar a Shaoran. No se fiaba de que la información que le pasaba sobre el castaño fuera del todo precisa o fiable. Por ello, había encargado a Ryo que estuviera atento al comportamiento de Mitzuki.

–Parece que Mitzuki ha visitado la prisión de Tochigi-kita. –informó Ryo a Kaito.

–Entiendo. Gracias. Puedes irte a casa. –le dijo Kaito. Cuando Kaito se quedó sólo, se dirigió al ordenador de Shaoran, donde le apareció el caso de los pastelitos.

Desde hacía unos días, Ryo estaba intrigado con el asunto que llevaban Shaoran y Mitzuki entre manos. Además, su jefe le había pedido que vigilara a sus compañeros. Por eso, se asomó por el resquicio de la puerta para comprobar también el comportamiento de su jefe.

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Cuando Shaoran se marchó del bar, se dirigió hacia el salón canino para recoger a Ruby Moon, pero una vez allí, fue abordado por Tomoyo.

–Shaoran, ¿podrías dejar comportamientos que causan malentendidos? –le reprendió Tomoyo para sorpresa de Shaoran.

–¿Qué? –preguntó Shaoran sin comprender.

–Parece que tu novia lo ha malinterpretado todo. Hoy ha venido al salón. –dijo Tomoyo.

–¿Mi novia?

–Sí, una mujer pelirroja, esbelta y muy bonita. –describió Tomoyo.

–Ella no es mi novia. Es una colega. –dijo Shaoran comprendiendo que hablaba de Kaho, mientras que Meiling, que espiaba, estaba con la boca abierta por la sorpresa. –¿Ha causado algún problema?

–Ella misma nos dijo que era tu novia. –dijo Tomoyo. Meiling volvió a la zona de trabajo emocionada, donde Sakura cortaba el pelo a un perro.

–¡Sakura! Por lo visto la mujer de antes sólo es una colega de Shaoran. –dijo Meiling. –Ha dicho que no es su novia.

Entonces, las chicas escucharon alboroto afuera.

–Bienvenida. –dijo Tomoyo a la clienta que venía a recoger a su perro.

–¡¿Dónde está mi perro?! –exclamó la mujer airada mientras entraba a la zona de trabajo sin permiso y cogía a su perro. –¡Detente!¡No le toques!¡No toques a mi bebé con esas manos! Daidouji, ¿acaso no conoces el pasado de tu empleada? ¡He oído rumores de las altas esferas de la policía de que es una asesina! Su presencia aquí sólo puede traer problemas. Será mejor que la despidas rápido.

–¡No tengo intención alguna de despedir a Sakura! –dijo Tomoyo estoicamente defendiendo a Sakura.

–¡¿Pero cómo...?!

–Sakura no ha causado ningún problema a ningún cliente, y su habilidad y su técnica de trabajo es indiscutible. Además, estoy al corriente de su pasado desde que la contraté. Estoy muy satisfecha con mis empleadas. Si eso le supone algún problema, le ruego que se marche de Mon Ange.

–No sabéis cuánto me arrepiento de no haber sabido esto antes. –dijo la mujer marchándose indignada con el perro con el pelo a medio cortar.

–Tomoyo, lo siento. –se disculpó Sakura en cuanto la indignada clienta se marchó del salón.

–No te preocupes por clientes así. Meiling, es hora de ir cerrando. Empieza a recoger. –dijo Tomoyo intentando evitar el tema.

–¡Sí! –dijo Meiling.

–Ruby Moon, ven aquí. –dijo Tomoyo cogiendo a la perra para entregársela a Shaoran. –Shaoran, siento que hayas tenido que ver el espectáculo que ha montado esa clienta.

–No importa. –le restó importancia mientras agarraba a la perra. Pero Shaoran sabía que Sakura estaba triste de que alguien le hubiera recordado ese pasado. Por eso, decidió esperarla fuera.

Cuando Sakura fue a cerrar la puerta exterior y a cambiar el cartel a cerrado, se encontró con Shaoran allí esperándola con Ruby Moon en brazos. Una vez que cambió el cartel, Sakura se disponía a volver al salón.

–¿Por qué me ignoras?

–No es mi intención, pero ya has oído lo de antes. –dijo Sakura sin mirarle. –Tengo antecedentes penales.

–Pero eso es cosa del pasado, ¿no? No me molesta. Después de todo, te dije que odio a la policía. ¿No estarás pensando en dejar el salón?

–Creo que es lo mejor. –dijo Sakura, sorprendida de que intuyera sus intenciones.

–Tomoyo conoce tu pasado y parece que quiere protegerte. No dejes que su comprensión se vaya al traste. Estoy seguro de que te arrepentirías. –dijo Shaoran. Entonces, Sakura lo miró a los ojos desde comenzaron la conversación. –¿Te apetece un café?

Una vez que Sakura recogió sus cosas, los dos acabaron en el puerto. Shaoran había ido a sacar un par de latas de café de una máquina expendedora. Mientras, Sakura estaba extrañada por el lugar escogido por el chico.

–Sujétalas. –dijo Shaoran. Sakura se metió las latas a su bolso mientras que Shaoran saltaba la valla con relativa velocidad, para sorpresa de Sakura, que no esperaba que fueran a ir más allá. –¿Puedes saltar la valla?

–Supongo. –dijo ella no muy segura. Sakura le pasó el bolso y a la perra, que dejó en un pequeño velero que había tapado sobre el asfalto mientras Sakura cruzaba al otro lado de la valla.

–¿Estás bien? –preguntó Shaoran una vez que estaba sentada encima de la valla.

–Sí. –dijo ella.

–Dame la mano.

–Puedo bajar yo sola.

–No seas cabezota y dame la mano. –ante la insistencia, Sakura cogió las manos de Shaoran y saltó, quedando los dos prácticamente abrazados. Los dos se miraron a los ojos atraídos el uno por el otro, cuando el sonido del teléfono de Sakura rompió el momento. –Está sonando el móvil.

Shaoran miró hacia el bolso, desde el cual asomaba un teléfono. Mientras sonaba, en la pantalla se podía leer perfectamente que quien llamaba era un tal Yamazaki. Sin darle la menor importancia, Shaoran le pasó el bolso para que cogiera el móvil, pero Sakura le colgó. De hecho, era el teléfono de Chiharu, así que no pensaba contestarle. Ambos siguieron caminando hasta llegar a una zona desde la que si fuera de día, se podría ver el mar. Sólo por la tenue iluminación del puerto y el sonido de las olas se sabía que el mar estaba frente a ellos. Allí sacaron las latas de café para beberlas tranquilamente.

–Está muy oscuro. –dijo Shaoran.

–Eso me calma. No me gusta cuando hay demasiada luz. –dijo Sakura. –¿Por qué hemos venido aquí?

–Cuando era estudiante, venía aquí cuando me sentía mal o estaba molesto, lo cual era bastante a menudo. Después de pasar aquí un rato, me sentía un poco mejor. –confesó Shaoran.

–Mira ahí abajo. Algo está brillando. –dijo Sakura. Justo en el agua que había cerca del rompeolas, brillaba una luz azulada.

–Es noctiluca. –dijo Shaoran.

–¿De verdad? Es precioso. Es la primera vez que lo veo. –dijo Sakura, asombrada por el destello bioluminiscente que desprendía el plancton.

–¿En serio? –preguntó Shaoran, sorprendido de que nunca hubiera visto un fenómeno que era tan común allí.

–Hace como veinte años que no veo el mar de frente. –dijo Sakura. Shaoran no le apartaba la mirada, pensando en lo duro que habría tenido que ser todo por lo que había pasado. Cuando Sakura fue consciente de la intensa mirada de Shaoran, se la sostuvo por unos segundos, hasta que la apartó con timidez. –Gracias por el café. Me voy.

–¿Qué pasa? –preguntó él agarrándola del brazo para evitar que se marchara.

–Déjame marcharme, por favor. –dijo Sakura empezando a llorar. –Lo siento. Yo… no puedo manejar esto. He estado sola durante mucho tiempo. No estoy acostumbrada a que sean amables conmigo. Así que, por favor, no vuelvas a acercarte a mí.

Sakura no dijo aquello enfadada, sino porque no se sentía merecedora de ese trato amable. Pero Shaoran no estaba dispuesto a que Sakura siguiera sola por más tiempo. Por eso, sin mediar palabra, la abrazó con efusividad. A pesar de la idea que tenía de marcharse, Sakura se dejó vencer y rompió a llorar entre los brazos de Shaoran. Sintió su pecho y sus brazos como un refugio en el que se sentía a salvo de todo. Pero entonces, volvió a ser consciente de su situación y se apartó de él, marchándose corriendo, ante la preocupada mirada de Shaoran.

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Ya amaneció tras otra noche de insomnio en la que Shaoran no dejaba de pensar en Sakura, cuando Kero lo llamó por teléfono.

–¿Qué pasa ahora?...¿Qué?... Está bien. Nos vemos en dos horas. –dijo Shaoran con pesar.

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Sakura aparcó el coche de la empresa a las puertas de un hotel. Del maletero sacó un enorme trasportín para perros grandes. Sólo si te fijabas bien, podías ver a una persona con la cabeza tapada dentro de él. Con la ayuda de un carrito, introdujo el trasportín en el hotel.

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–Dame un minuto. –le pidió Shaoran a Kaho una vez que llegó a la comisaría. Ambos entraron a la sala de reuniones para hablar con más privacidad. –¿Por qué fuiste al salón canino?

–Para obtener información. –respondió ella. –No me decías nada, así que no tuve elección. Para no revelar que las estaba investigando les dije que era tu novia. Apostaría que eso la removió, aunque se mostró tranquila. No importa cuánto la provocara, no mordía el anzuelo. Pero hay muchas clases de criminales intelectuales.

–No hagas cosas innecesarias. –dijo Shaoran molesto.

–¿Qué hay de malo en investigar un caso que me han asignado? Tú dices que quieres ir por tu cuenta, así que yo también lo hago. –Shaoran se removió incómodo ante esas palabras. Lo cierto es que no podía rebatir aquello. –He estado pensando en el significado de lo que dijo Wei. Quizás, los cargos que le imputaron a Kinomoto son falsos.

–No niego esa posibilidad. –reconoció Shaoran.

–Si las acusaciones fueron falsas, es probable que busque venganza. –dijo Kaho. –Esa hipótesis podría ser peligrosa para Wei y por eso desapareció. En otras palabras, Kinomoto Sakura es…

–Eso no es posible. –la cortó Shaoran firmemente.

–¿De verdad lo crees?

–A saber. –dijo él sin querer reconocerlo.

–Dime Shaoran, ¿no te estarás implicando demasiado? –preguntó Kaho. –Me da la impresión de que no puedes mantener tu objetividad con el caso, así que, déjamelo a mí.

–Ni hablar.

–¿Es que no lo entiendes? Si descubre que eres detective, todas las pistas que tenemos sobre el paradero de Wei no valdrán de nada. –argumentó Kaho. Entonces se colocó frente a él y lo miró a los ojos. –¿Te estás acercando a ella por la investigación, o por ti?

–No voy a responderte a eso. –dijo Shaoran saliendo de allí. A Shaoran le molestaba que Kaho lo pudiera leer tan bien. Cuando Kaho salió tras él, Kaito la cogió del brazo y la obligó a sentarse en unos sillones que había en la zona de descanso.

–Kaho. ¿Dónde estuviste ayer? –preguntó Kaito.

–Investigando la desaparición de Wei. –respondió ella.

–Te dije que vigilaras a Li.

–Y también dijiste que estaba a cargo de la investigación de la desaparición de Wei. –contestó ella sin achantarse.

–No te equivoques. –dijo Kaito de manera cortante. –Estás aquí para vigilarle. Dime, ¿en qué anda Li?

–En nada. –respondió Kaho.

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Yamazaki había estado intentando localizar a su novia desde la noche anterior, pero ni contestaba al teléfono móvil y siempre le salía el contestador cuando probaba a llamar a su apartamento. Harto de que no contestara, decidió dejarle un mensaje en el buzón de voz del móvil.

–Chiharu, empiezo a hartarme. Haz el favor de llamarme. Si para las diez no me has llamado, cancelaré el viaje. –dijo Yamazaki. Lo que el joven empresario no sabía era que el teléfono móvil de Chiharu lo tenía Sakura, que sonrió al escuchar el mensaje, pensando que Yamazaki iría de viaje, pero no a París precisamente, sino a un lugar de no retorno.

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Tal y como convinieron hacía un par de horas, Kero y Shaoran se reunieron en un lugar perfecto para pasar algo de forma clandestina.

–Toma. –dijo Kero entregándole una carpeta en la que la pinza interior sujetaba una serie de folios cuyo título era Caso de los pastelitos de chocolate envenenados de Tomoeda.

Shaoran empezó a ojear las páginas. Cada una de ellas estaba dedicada a cada uno de los testigos del caso que declararon en el juicio, de los cuáles, tres ya estaban muertos en circunstancias extrañamente similares. Todos habían muerto por un supuesto suicidio: Terada, Suganuma y Matsunaga. En el caso de Terada, a su hija le extrañaba que su padre se hubiera suicidado cuando estaba disfrutando de su jubilación con la alegría de haber tenido un nieto; en cuanto a Suganuma, su mujer también mantenía que su marido no se había suicidado, sino que alguien lo había estado acosando; y Matsunaga, el abogado defensor, era extraño que se quitara la vida justo cuando a su hija le estaban realizando un trasplante del que dependía su vida.

Shaoran pasó la página, y vio que el siguiente testigo era un tal Yamazaki Takashi.

–¿Qué hay de este? –preguntó Shaoran.

–¿No lo conoces? Yamazaki es presidente de una empresa de tecnologías de la información. Es bastante reconocido.

Entonces, Shaoran recordó que era la misma persona que llamó a Sakura anoche mientras estaban en el puerto. Ella simplemente había colgado sin contestar. Shaoran supo de inmediato que él sería la próxima víctima, por lo que salió corriendo.

Continuará…