Capítulo 13. Misterio resuelto. Hacia el nuevo enemigo (1ª parte).

Haber hablado con Kero le había dejado tan mal cuerpo que Sakura se fue al mirador porque aquel lugar le producía cierta calma. Lo que ocurrió hacía ya quince años se había convertido para ella en una pesadilla de la que todavía no había despertado.

Un caso de pastelitos envenados que acabó con la vida de su cuñada y su sobrino y del que ella no había sido culpable descarriló toda su vida. La teoría de que odiaba a su perfecto hermano caló hondo entre el tribunal que la juzgó. Su hermano había estado tan afectado por la muerte de su familia y la supuesta traición de su hermana que ni siquiera tuvo fuerzas para desmentir aquella acusación. Con ese móvil del crimen fabricado, en la prensa se publicaron artículos que dañaron todavía más su maltrecha imagen, incidiendo en la opinión pública para que la consideraran culpable. Simplemente se ignoró la verdad y se le atribuyó el crimen a Sakura.

Todo aquello desembocó en un colapso total de la familia Kinomoto, con el suicidio de Touya y tras algunos años, con el ingreso de Nadeshiko en una residencia por su estado demencial probablemente provocado por el trauma, a pesar de no ser una mujer excesivamente mayor.

Pero ninguno de los verdaderos culpables fueron condenados. Por eso, Sakura comenzó con su venganza particular contra todos ellos. Tenía motivos de sobra para ello:

Ya se encargó de Suganuma Toshiya, por haberla señalado y de Yamazaki Takashi, el que puso el veneno en los pastelitos y se aseguró de que fuera esa la caja que se llevaba a casa gracias a su empleo a tiempo parcial en la pastelería. Además, ambos parecieron divertirse en el proceso; también se deshizo de Terada Yoshiyuki, el director del instituto, por haber seguido la corriente con mentiras para tapar el escándalo que le podía suponer a su hasta ahora dirección de la institución educativa; y de Matsunaga Seiichi, el abogado vicioso, que apartó la mirada de la verdad por su debilidad por el dinero, el prestigio y el poder.

Sakura se sentó en un banco del mirador y abrió el sobre que Kero le había proporcionado con la información sobre el nuevo objetivo a batir. Era el peor de todos. El que lo dirigió todo desde las sombras. El hombre que conspiró para atrapar a Sakura en una red de falsas acusaciones: el jefe de la Primera División de Investigación de la Policía Metropolitana de Tokio, Yuna D. Kaito.

Según la información, en la época en la que tuvo lugar el caso de los pastelitos, Yuna D. Kaito, que actualmente tenía 52 años, era un oficial interino que promocionó en su carrera de una manera de la que no habían precedentes, puesto que no siguió los cauces reglados de ascenso. Después de esa información, vio unas fotografías de Kaito reunido con alguien bastante más joven que él: según Kero, era Mizoguchi Takeshi, el hombre que quemó vivo a Tsukishiro Yukito, el agente que Shaoran había tenido a su cargo.

De esa manera, Sakura descubrió la conexión inesperada que unía a Kaito y a Mizoguchi.

–La policía. Así que este es el punto muerto al que se refería Kero. –musitó Sakura. Así que decidió llamar a Kero. Aunque le salió el buzón de voz, le dejó un mensaje. –Kero. ¿Estás seguro de que te quieres lavar las manos con el caso? Porque no he llegado a un punto muerto en absoluto. Para que mi venganza siga su curso debes saber que tengo una trampa preparada en mi cabeza. Es hora de empezar a moverse. He esperado mucho este momento. Espero que me aportes las mejores pruebas.

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Cuando Shaoran llegó a comisaría se aseguró de poner la máscara y las cerillas que había recogido en bolsas de recopilación de pruebas, aunque todavía no las había llevado a analizar porque necesitó sentarse debido a que todavía se encontraba convaleciente de la pelea de la noche anterior.

–¿Has venido? –preguntó Kaho al no esperarse a Shaoran sentado en su mesa. –¿Estás bien?

–Más o menos. –dijo Shaoran con un gesto de dolor.

–Pues por tu expresión, ¿quién lo diría? Parece que te duele y no tienes muy buena cara. Deberías haberte tomado el día libre. –dijo Kaho. Después se sentó a su lado y le pasó un sobre grande. –Toma, los informes de los suicidios. Los he vuelto a sacar de la fiscalía. Léelos hoy en secreto. He tenido que volver a utilizar mi influencia.

–Gracias. ¿Puedes llevar esto a la científica? –le pidió Shaoran pasándole la bolsa con la máscara y la bolsa con las cerillas.

–¿Está el atacante de Sakura relacionado con los suicidios? –preguntó Kaho.

–Eso creo. No creo que haya sido una coincidencia. –afirmó Shaoran. –Si la verdad del caso sale a la luz, puede que le suponga un problema a ese desgraciado.

–Entonces, ¿estás seguro de que a Sakura se le atribuyeron cargos falsos? –preguntó Kaho. Desde hacía tiempo barajaban esa posibilidad, pero todavía no tenían la certeza como para confirmarla.

–Wei me lo dejó entrever por teléfono. –dijo Shaoran.

–¿Te ha llamado?

–No fue muy claro al respecto, pero me dio la impresión de que alguien de la policía lo arregló para incriminarla. –explicó Shaoran. –¿No deberíamos reconsiderar cuál es la relación entre los suicidas? En particular, debemos examinar los informes que hay al respecto.

–Yo me encargo. –se ofreció Kaho.

–De acuerdo.

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Kaito se presentó ante uno de sus superiores de la PMT para informarse sobre cómo iba su próximo ascenso. Ya había pasado bastante tiempo del último y seguía haciendo méritos ante la persona correspondiente.

–Tal y como solicitaste, te hemos recomendado como nuevo comisario. ¿Qué te parece? –le dijo el alto cargo.

–Muchísimas gracias. Estaré encantado de asumir la responsabilidad. –dijo Kaito, que ya no sólo sería un jefe de sección, sino que mantendría el control absoluto de toda la comisaría.

–Como siempre, así es como progresas en tu carrera. –dijo el superior con suspicacia, al ser evidente que no seguía los cauces propios del cuerpo, sino que se veía obligado por personas a las que era mejor no contradecir. –Déjame que te aclare algo. Debido al escándalo que va a suponer las prisas por este nuevo ascenso dentro del cuerpo, esta promoción la vamos a llamar reestructuración.

Tras haber obtenido la confirmación de que iba a ser ascendido, aunque de tapado para que pareciera otra cosa, Kaito volvió a su departamento, pero al entrar vio a Shaoran sentado en su sitio con los pies sobre su mesa.

–Li, ¿qué haces ahí? –preguntó Kaito al ver a Shaoran relajadamente en el sitio que le correspondía a él.

–Sólo comprobaba si es verdad que esta silla era cómoda. Se debe sentir bien cuando te ascienden. –dijo Shaoran. Que Kaito había solicitado un ascenso era un secreto a voces dentro de la comisaría.

–Este numerito no te devolverá a la élite. –dijo Kaito, sorprendido de que los rumores sobre su ascenso se hubiesen esparcido tan rápido.

–No me importa. De todas formas, esta silla no queda bien con mi traje. –dijo Shaoran levantándose, haciéndole ver que no estaba interesado en obtener el puesto que Kaito dejaría vacante.

–A la sala de reuniones. –le ordenó Kaito. No seguiría permitiendo que lo desafiara delante de todos. –¿Qué pretendes?

–Estoy seguro de que recuerdas el caso de los pastelitos de chocolate envenenados que tuvo lugar hace quince años en Tomoeda. –dijo Shaoran.

–¿Y?

–Tú fuiste uno de los detectives a cargo de la investigación.

–Sí. Si no recuerdo mal, estábamos a cargo Wei y yo. –admitió Kaito. Con ese órdago que le lanzó, Shaoran confirmó que Kaito también participó en la investigación. Se había marcado un farol en el que Kaito había caído como un idiota.

–Sin embargo, tu nombre no aparece por ninguna parte en los informes. –dijo Shaoran.

–Eso no es más que un descuido. –dijo Kaito restándole importancia.

–¿Sabes algo de los rumores que corren sobre que se produjeron acusaciones falsas? –preguntó Shaoran. Pero Kaito se mantuvo impasible. –Antes de que Wei desapareciera, había retomado el caso y encontró la verdad, o al menos, indicios de la verdad.

–¿Qué intentas decirme?

–Ese caso fue el que impulsó tu carrera hace quince años de manera extraordinaria. Creo que es una casualidad bastante antinatural. No creo en ese tipo de casualidades.

–¿Te molesta que un interino al que contrataron de manera eventual haya ascendido? –preguntó Kaito.

–Si hay méritos, no tengo ningún problema. Sin embargo, cuando es por motivos colaterales, no puedo mirar hacia otro lado. –dijo Shaoran desafiante. –Todo esto me recuerda que el otro día entraron a robar a mi apartamento, y justo robaron los datos de mi investigación. Me pregunto qué quería el ladrón hacer con esa información.

Tras dejar caer aquello de manera indirecta, Shaoran se marchó. Había mostrado sus cartas y ahora Kaito sabía que Shaoran, de alguna forma, lo había puesto en su punto de mira. Debería andarse con cuidado.

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–¡Muchas gracias! –dijo Meiling animadamente mientras despedía a un cliente.

–Ya falta poquito. –le dijo Sakura a un bonito perrito blanco al que cortaba el pelo.

–¡Sakura!¡Déjame que te cuente una cosa! –volvió Meiling emocionada.

–Claro, ¿de qué se trata?

–Por fin el destino me ha permitido conocer a una persona. –dijo Meiling con mirada soñadora. –Lo cierto es que el otro día vino un proveedor preguntando por Tomoyo pero sólo estaba yo, y acabó invitándome a tomar una copa después del trabajo. Y me ha pedido otra cita. Mira, te enseñaré una foto.

Meiling cogió su móvil y buscó una foto que él le había enviado.

–Parece una persona muy amable. –dijo Sakura.

–Oye, ¿por qué no vamos a una cita doble? –propuso Meiling. –Podrías ir con Shaoran. Últimamente os noto estancados y esto podría darle un impulso a vuestra relación.

–No es necesario. –rechazó Sakura.

–No debes desaprovechar oportunidades, Sakura.

–Ya, pero es que no creo que sea apropiado.

–Bueno, piénsatelo, al menos.

Más tarde, Sakura salió para hacer un servicio a domicilio pero nada más salir, vio en el suelo un sobre dirigido a ella. Al girar el sobre, vio que el remitente era Wang Wei. Sakura salió por la puerta exterior que daba acceso a la calle, y miró a su alrededor, pero no había ni rastro de Wei.

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Tras prácticamente haberse enfrentado abiertamente a Kaito, Shaoran se marchó al lugar convenido con Kaho, un restaurante tranquilo.

–¿Por qué me has citado en un lugar como este? –preguntó Kaho una vez que llegó a la mesa en la que Shaoran esperaba.

–Porque no quiero que lo que voy a decirte llegue a la comisaría.

–Así que, tal y como pensábamos, alguien de comisaría está implicado en las acusaciones falsas contra Sakura. –intuyó Kaho.

–Pero todavía no tengo pruebas.

–Entiendo. Yo también he hecho avances en la investigación. Entre los expedientes sobre los cuatro supuestos suicidios siempre había un sobre rojo y todos llevan grabado en negro una pluma de cuervo. –dijo Kaho mientras sacaba unas fotos de las evidencias de los sobres rojos de los cuatro casos.

–Es como si fuera una reclamación de responsabilidades. Parece que se quería hacer notar. –comentó Shaoran.

–Yo he pensado exactamente lo mismo. –dijo Kaho. Entonces a Shaoran le sonó el móvil. Al ver que quien llamaba lo hacía desde un teléfono público se levantó para hablar.

–¿Diga?

–Shaoran, soy Wei. Necesito hablar contigo en privado. –dijo Wei. –¿Puedes venir solo?

–Sí. Allí estaré. –accedió Shaoran una vez que le informó del lugar. –Voy de camino.

–¿Quién era? –preguntó Kaho cuando Shaoran volvió a la mesa.

–Uno de los policías implicados en el caso de los pastelitos. Quizás sepa quién es el cerebro de todo. –dijo Shaoran sin revelar la identidad de Wei.

–Ten cuidado.

–No te preocupes. Deberíamos intercambiar la información en otro lugar. De ahora en adelante deberíamos reunirnos en mi apartamento. –dijo Shaoran.

–¿Cómo en los viejos tiempos?

–Será un poco peligroso, pero existe la posibilidad de que encontremos el punto débil de quien sea que esté detrás de esto.

–Está bien.

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Hasta que Sakura no llegó al coche no abrió el sobre de Wei. En él, había una cuenta corriente de un banco. Sakura se fijó en la fecha de apertura de la cuenta, percatándose que se abrió durante el último trimestre de su estancia en prisión. Durante todo ese tiempo, habían ido depositando dinero cada mes, hasta llegar a un total de casi 660 mil yenes. Junto a la cuenta bancaria, también había una nota de Wei.

Kinomoto Sakura.

No ha habido ni un solo día en el que no haya pensado en ti. Siento muchísimo todo lo que ocurrió. Por mucho que me disculpe, sé que lo que hice permanecerá en mi conciencia para siempre.

Por eso atraparé a los verdaderos culpables y al cerebro de todo. Aunque sé que no te devolverá a tu familia, te compensaré en la medida que pueda por todos los crímenes por los que fuiste injustamente condenada.

Cuando llegue el momento, quiero que confíes en mi pupilo más fiable, Li Shaoran. Te aseguro que él comprenderá tu dolor y te ayudará.

Por favor, vive tu vida en paz.

Wang Wei.

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Kaito llegó con un Mercedes plateado a la zona de mala muerte en la que vivía Mizoguchi. Éste nada más escuchar el sonido del coche que conocía bien, salió de su casa.

–Llegas tarde. –le dijo Mizoguchi. Kaito sólo le hizo un gesto con la mano para que se ocultara.

–¿Acaso no te dije que no salieras? –le dijo Kaito entrando en la casa y dejándole un sobre. Mizoguchi lo cogió y se emocionó al ver la cantidad de dinero que había dentro.

–¿Tanto? ¿Pero dónde está mi droga?

–Tu fracaso me ha causado muchos problemas. –le recriminó Kaito.

–¿Y qué querías que hiciera? Me interrumpieron. –se defendió Mizoguchi. Entonces Kaito le mostró una bolsita con droga como el que le enseña comida a un perro. Mizoguchi sonrió al ver su tan ansiada droga. Cuando fue a cogerla Kaito la apartó.

–La tendrás cuando completes el plan con éxito. –dijo Kaito.

–Eres un fraude de policía, Kaito. –dijo Mizoguchi enojado por no darle la droga.

–En ese caso, ¿prefieres volver al hospital psiquiátrico y perder tu libertad otra vez? Hasta que no te diga, no asomes tu cabeza otra vez. –ordenó Kaito.

–Entendido. –accedió Mizoguchi, ante la perspectiva de que lo volvieran a encerrar, aunque no fuera en prisión. –¿Qué hay del gilipollas que se interpuso en mi camino?

–Me ha desafiado.

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Wei y Shaoran se reunieron en uno de tantos parques de Tokio. Era un parque que no estaba nada concurrido puesto que los niños estarían en el colegio y la mayoría de adultos estarían trabajando. Ambos se sentaron en diferentes bancos, pero estaban lo suficientemente cerca como para poder hablar con tranquilidad.

–Debo disculparme por muchas cosas. –dijo Wei.

–¿Por qué desapareciste así? –preguntó Shaoran yendo al grano.

–Eso es una de las cosas por las que debo disculparme. Fue un intento egoísta de resarcirme.

–Wei, ¿eres cómplice de las acusaciones falsas contra Sakura? –preguntó Shaoran.

–Shaoran, si fueras yo, ¿cómo la compensarías por todo? Una chica inocente que ni siquiera había cumplido veinte años fue declarada asesina. Se le ha robado la mayoría de su vida. A pesar de saber que el informe era falso, guardé silencio a cambio de un ascenso. Presté mis manos para la fabricación de pruebas incriminatorias. Desde entonces, mientras se aprovechaban de mi debilidad, me mantuve callado. Soy despreciable.

–¿Quién te prometió el ascenso?¿Quién fue el cerebro detrás de la fabricación de pruebas y los cargos falsos? ¿Fue Yuna D. Kaito? –preguntó Shaoran.

–Sí. –confirmó Wei. Shaoran lo intuía y por eso se había arriesgado desafiando a Kaito. Fue un incauto al desafiarlo sin pruebas, pero lo consideraba lo suficientemente capaz de urdir algo así porque conocía la clase de calaña de la que estaba hecho el futuro comisario. Wei le vino a confirmar que su intuición era correcta. –Por eso decidí vengarme en nombre de Sakura. Asolas conspiré para llevar a esas personas a suicidarse: dos alumnos de instituto. Uno acusó a Sakura y el otro introdujo el veneno y se aseguró que Sakura comprara los pastelitos envenenados; el director de instituto dio falso testimonio para protegerse del escándalo; y por último, un abogado traidor. Todos ellos son los verdaderos criminales.

–Es imposible. No me creo que hayas hecho todo eso. –dijo Shaoran.

–Y ahora acorralaré al cerebro que hay detrás de todo y me vengaré. –dijo Wei. –Una vez que lo haga, me entregaré.

–¿Por qué mientes de esta manera, Wei? ¿La estás protegiendo?

–Shaoran, por favor. Sólo quiero que esa chica tenga una vida normal. –dijo Wei.

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–¡Muchas gracias! –agradecieron Tomoyo y Meiling a una clienta que se marchaban. Justo cuando la clienta salía con su perro, Sakura llegó del servicio a domicilio que había realizado, dejándole paso a la clienta para que se marchara.

–Mira lo que tengo. –dijo Meiling mostrando un sobre.

–¿Qué es?

–Yamada nos ha dicho que su hija se casa y quiere que vayamos. –dijo Meiling, refiriéndose a la clienta que acababa de salir, mientras le enseñaba la invitación dirigida a todas las empleadas de Mon Ange.

–También nos ha pedido que preparemos a todos sus perros para la boda. –añadió Tomoyo. –Así que es más como un trabajo.

–Ya, pero no creo que deba ir. –dijo Sakura.

–¿Pero qué dices? Iremos todas juntas. –dijo Meiling.

–Meiling tiene razón. Además, aunque el negocio vaya bien, eso podría darle un gran impulso al salón canino. –dijo Tomoyo.

–Es cierto. Será bueno para nuestro futuro. –apoyó Meiling.

–Ya, pero es que no soy muy de bodas. –se resistía Sakura.

–¿Pero qué dices? A mí me encantaría asistir a la tuya. –dijo Tomoyo, a pesar de que Sakura no tenía perspectiva de casarse.

–Pero Tomoyo, si ni siquiera tengo novio.

–Lo que quiero decir es que lo único que quiero es que alcances una felicidad que cualquier otra mujer sienta en su vida ordinaria. –aclaró su jefa.

–Sí, además, yo creo que estarías genial vestida de novia. –añadió Meiling. –Aunque yo tampoco debo quedarme atrás.

Aquello provocó la risa de Sakura y Tomoyo.

–Ah, Sakura. Te has reído. –dijo Meiling.

–Bueno, ya veremos. –dijo Sakura. –Voy a dejar todo esto.

Mientras Sakura entraba a la zona de trabajo para dejar el material del servicio a domicilio, Tomoyo y Meiling comentaban qué podrían llevar a la boda. A pesar de que le hizo gracia la ocurrencia de Meiling y valoraba mucho los intentos de su compañera y su jefa para animarla y que consiguiera una vida normal, a Sakura se le borró la sonrisa, porque su vida podía ser de todo, menos normal.

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Desde que Shaoran llegó a su apartamento no podía quitarse de la cabeza la conversación que había mantenido con Wei. Al igual que Wei, Shaoran también quería una vida normal para Sakura, pero no estaba tan seguro de que hubiera sido Wei el que estaba detrás de todos los presuntos suicidios. Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando Kaho tocó el timbre.

–No traigo novedades. ¿Y tú?–dijo Kaho una vez que Shaoran le abrió la puerta. Pero Shaoran no contestó. Se sentó en el sofá con aire serio y preocupado. –¿Me estás escuchando? ¿Sabes quién es el cerebro?

–Sí. Kaito. Protegió a los verdaderos culpables a cambio de ascensos en la policía. Así que creo que hay alguien más por encima. –explicó Shaoran.

–¿Es de una fuente fiable?

–Sí. De Wei. Wei también estaba implicado en la conspiración. Participó en la fabricación de pruebas. Y parece que se arrepiente desde el mismo instante en el que lo hizo. Dice que está dispuesto a ponerle fin a todo esto él mismo. –explicó Shaoran.

–No me digas que lo has dejado escapar. –dijo Kaho.

–No podía detenerle. –dijo Shaoran, a pesar de que tenían orden de búsqueda y captura contra Wei. Shaoran se levantó y se dirigió a la puerta.

–¿Dónde vas?

–Es hora de recoger a Ruby Moon. –dijo Shaoran.

–No apartes tu mirada de la verdad, Shaoran. La probabilidad de que Sakura sea la culpable de los suicidios no hace más que aumentar. –dijo Kaho.

–Lo sé. –dijo Shaoran. Y eso precisamente era lo que le fastidiaba. Tanto Wei como Sakura eran personas importantes para él y cualquiera de los dos podría ser el responsable de los misteriosos suicidios. Wei afirmaba que era el que estaba detrás de los suicidios, pero la posibilidad de que fuera Sakura cobraba bastante fuerza. Lo único que Shaoran tenía claro era que fuera quien fuera, ninguna de las posibilidades le gustaba.

–Te espero aquí.

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Cuando Sakura recogía sus cosas de Mon Ange, alguien picó la puerta. Seguramente sería Shaoran para recoger a Ruby Moon. Terminó de meter un sobre rojo en el bolso y la fotografía de Mizoguchi y Kaito que le pasó Kero.

–Shaoran, ¿qué tal tu herida? –preguntó Sakura con preocupación una vez que lo dejó entrar.

–Bien. No es para tanto. –dijo Shaoran.

–Me alegro. Traeré a Ruby Moon. –dijo Sakura, pero Shaoran la agarró del brazo deteniéndola.

–Antes quiero hablar contigo. –dijo Shaoran, soltándola.

–Es que tengo cosas que hacer en casa. –dijo Sakura intentando evitar situaciones incómodas.

–No me llevará mucho tiempo.

–Está bien. Iré a hacer café, entonces.

–No quiero café. Sólo hablar.

–De acuerdo.

–Quería pedirte disculpas. Te he mentido. Soy detective. Pertenezco a la Primera División de Investigación de la Policía Metropolitana de Tokio. –confesó Shaoran mostrándole su placa.

–¿Por qué me cuentas esto ahora? –preguntó Sakura mostrándose un poco sorprendida, a pesar de que ya conocía la verdadera profesión del castaño.

–Porque quería que lo supieras.

–¿Me mentiste por mis antecedentes penales, o porque te dije que odio a la policía? –preguntó Sakura.

–Por ninguna de esas opciones. Lo hice por una investigación. Verás, estoy investigando una serie de supuestos suicidios. Las víctimas de esos suicidios están relacionadas con el caso por el que te condenaron hace quince años. La primera vez que me acerqué a ti fue porque de alguna manera pensé que estabas implicada en esos suicidios. –dijo Shaoran. El hecho de que Wei hubiera dejado allí a Ruby Moon fue clave para ello. Era como si Wei le hubiera indicado y preparado el camino para que se conocieran en el momento adecuado. –Mientras investigaba, descubrí que cabía la posibilidad de que te hubieran culpado injustamente. Lo siento mucho. Pero no todo era mentira. –dijo Shaoran refiriéndose al abrazo que le dio en el puerto, aunque no lo mencionó. –Dime. ¿Estás implicada en los suicidios? Wei me dijo que sólo fue cosa suya. Que lo ha hecho para resarcirse y compensarte. Pero creo que es mentira. Más que como detective, quiero saber la verdad como hombre. Contesta, por favor.

–No sé nada de todo eso. –dijo Sakura fingiendo una sonrisa mientras se miraban a los ojos. Le había impactado todo lo que le estaba diciendo. Estaba claro que era un policía muy bueno porque había descubierto la verdad, a pesar de que no tuviera la confirmación. Pero decidió mentir, o la consecución de su venganza peligraría más de lo que ya lo hacía.

–Está bien. Te creeré. –dijo Shaoran, aunque en su fuero interno percibía que le había mentido. Sin decir nada más, Shaoran mismo fue hacia Ruby Moon y la recogió. –Adiós.

Una vez que Shaoran se marchó, a Sakura le temblaron las piernas y cayó de rodillas. A ella también le dolía mentirle a Shaoran, pero no podía dejar que todo terminara así. Debía completar lo que había empezado.

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Mientras Shaoran llegaba con el perro, Kaho había montado un pequeño panel de corcho que el castaño tenía allí para pensar sobre sus investigaciones. Shaoran le dedicaba mucho tiempo a sus casos en su propio apartamento porque odiaba estar en el mismo lugar que Kaito y los demás.

En ese panel había colocado con chinchetas la información que habían ido recabando después del robo que sufrió Shaoran. Puso fotos de los cuatro suicidas, algunos informes y las fotos de los sobres rojos que aparecían en todas las escenas del crimen.

Una vez que terminó, Kaho miró la cama de Shaoran, llena de ropa desperdigada. Así que decidió ordenar un poco la estancia mientras rememoraba los momentos vividos en aquella cama durante el tiempo que fueron novios. Eran recuerdos que guardaba con mucho cariño y Kaho siempre lo atesoraría en su memoria, pero la muerte de Yukito no sólo supuso un golpe para Shaoran, sino también para su relación.

Mientras Kaho ordenaba y doblaba un poco la ropa que estaba desperdigada, Mizoguchi, encapuchado, abrió la puerta sigilosamente y se asomó. Era una suerte que no estuviera el pestillo echado. Al ver que no había nadie, entró y sacó una navaja abatible. Al avanzar un poco, Mizoguchi vio a una mujer allí. Pero el ruido que hizo la navaja al abrirla alertó a Kaho, que consiguió cogerlo del brazo y golpearlo, haciendo que la navaja cayera al suelo. No obstante, Mizoguchi consiguió empujarla hacia la cama, colocándose encima y cogiéndola del cuello.

–¿A qué viene esa expresión de miedo? –dijo Mizoguchi.

–¡Capullo! –dijo Kaho con dificultad. Con su mano libre golpeó a Mizoguchi en la cara. Se incorporó y luchó cuerpo a cuerpo con él, brindándole un rodillazo en el estómago y un codazo en la espalda cuando Mizoguchi se encogió de dolor.

Pero el asaltante se las arregló para hacer que Kaho tropezara, aprovechando para cogerla del pelo y volviera a retomar el control de la pelea. La levantó y la estampó contra la pared, le dio un cabezazo y volvió a cogerla del cuello.

–¿A que duele? –preguntó Mizoguchi con su mirada de locura. Kaho, haciendo un movimiento con el brazo, pulsó el botón de auxilio de la alarma que había en el portero automático y que estaba justo al lado de ella, haciendo sonar una alarma.

Mizoguchi, que no se esperaba aquel recurso por parte de la pelirroja, se despistó lo suficiente como para que Kaho se zafara de él y lo tirara al suelo, con la mala fortuna de que Mizoguchi pudo recoger la navaja del suelo. Pero Mientras Mizoguchi lo hacía, Kaho cogió una barra de metal que sabía que Shaoran tenía escondida en la entrada por precaución. Al ser detective, toda precaución era poca y podía labrarse muchos enemigos.

–Alguien vendrá. –dijo Kaho en posición de kendo mientras la alarma seguía sonando. Mizoguchi puso las manos a los lados de su cabeza como mostrando rendición, aunque sin soltar la navaja. Al hacerlo, puso la misma cara sádica que le puso a Shaoran cuando dejó caer aquella cerilla sobre Yukito. Era un gesto que trasmitía muy mal fario, pero Mizoguchi se marchó.

Una vez que pasó el peligro, Kaho soltó la barra y se dejó caer, no sin antes llamar por teléfono a Shaoran. No se había permitido desfallecer hasta que aquel desgraciado se marchara.

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–¿Qué pasa? –preguntó Shaoran extrañado de que lo llamara cuando sabía que no tardaría en llegar. Además, sólo estaba a unos metros del portal. Pero de fondo sólo se escuchaba la alarma de emergencia de su casa. Sin perder tiempo, Shaoran cogió a Ruby Moon y empezó a correr con ella en brazos hasta entrar a su apartamento, apagó la alarma y buscó a Kaho, encontrándola en el suelo con la cabeza y el brazo apoyado en la cama. –Kaho, ¿estás bien?

Pero Kaho no contestaba, por suerte tenía pulso, aunque no contestaba a sus llamados. Parecía que se había desmayado, pero aún así, prefirió llevar a Kaho al hospital que la PMT tenía para sus trabajadores.

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Kaito esperaba impaciente la llamada de Mizoguchi en la barra de un bar, cuando por fin le sonó el móvil, pero no era quien esperaba.

–Soy Wei.

–Menuda sorpresa. ¿Qué has estado haciendo todo este tiempo? –preguntó Kaito.

–Preparando mi acusación. Se ha acabado el juego, Kaito. Mañana a las nueve de la mañana te estaré esperando en el almacén número 3 del muelle de la Bahía del Este.

Continuará…