Capítulo 15. Soy una asesina (1ª parte).
Los medios de comunicación se hicieron eco del asesinato de Wei. De hecho, la mayor parte los detectives de la Primera División de Investigación veían las noticias desde la comisaría, en las que la presentadora daba más detalles sobre la muerte.
–Wang Wei, de 57 años y uno de los principales investigadores de la Primera División de Investigación de la Policía Metropolitana de Tokio ha sido asesinado. La policía relaciona su muerte con los yakuza, aunque se desconoce el grupo organizado implicado. La PMT investiga a los sospechosos de este suceso.
–¿Pero qué dice? –se preguntó Kaho vestida de negro al estar de luto, consciente de que la realidad de la muerte de Wei no tenía nada que ver con la yakuza. Como las heridas que tenía no eran graves, se había reincorporado al trabajo el día anterior. –Está clarísimo que el responsable de su muerte fue Mizoguchi. ¿Por qué han tapado la verdad?
–Es una decisión que han tomado los de arriba, así que han filtrado lo que han querido. –respondió Ryo. –Con Mizoguchi fugado del hospital psiquiátrico y con la posibilidad de que Kaito esté implicado en el caso me imagino que es importante no estar expuestos.
–Sí, además tenemos la prueba de que Kaito y Mizoguchi son socios. –añadió Takabe refiriéndose a la fotografía que recibieron.
–Sí, y justo antes de su desaparición, Kaito se tomó vacaciones. –dijo Fuji. Ryo apagó la televisión y habló a los presentes.
–Nuestra prioridad ahora es encontrar a Kaito y a Mizoguchi.
–¿No cabe la posibilidad de que Mizoguchi haya secuestrado a Kaito? –preguntó Fuji.
–Aunque eso fuera cierto, ha recogido lo que ha sembrado. –dijo Ryo. Kaho estaba sorprendida del cambio de actitud de sus compañeros. Hasta ahora prácticamente besaban el suelo por donde pisaba Kaito, pero con la foto que recibieron parecía que se habían dado cuenta de que no era trigo limpio.
–¿Y qué pensáis hacer? –preguntó Kaho.
–No hay nada que podamos hacer salvo continuar con nuestros quehaceres habituales. –dijo Ryo. Parecía que todo había sido una ilusión. Por un momento Kaho creyó que intentarían atrapar tanto a Kaito como a Mizoguchi. Después de todo, él mismo había dicho que era una prioridad. Kaho no entendía esa contradicción.
–Sí, no tiene sentido buscar a alguien que está de vacaciones. –añadió Takabe, reiterando la pasividad de Ryo ante la situación. Kaho comenzó a intuir que lo único que les importaba, especialmente a Ryo y a Takabe era ascender en el escalafón, y por eso se arrimarían a aquel que estuviera mejor posicionado, independientemente de quien fuera.
–Sois increíbles. Ya investigaré yo sola. –dijo Kaho. Después se dirigió a Fuji. –Dime, ¿has comprobado quién llamó al 110?
–Sí, aquí tienes. –dijo Fuji pasándole un papel en el que pudo leer un número de teléfono y el nombre de Kinomoto Sakura.
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–Chicas, voy a salir. –avisó Tomoyo a sus empleadas mientras estas tenían un perrito cada una. –Por hoy no voy a volver, así que aseguraos de cerrar.
–¿Ha ocurrido algo? –preguntó Meiling al ver a Tomoyo tan apresurada y vestida completamente de negro.
–Wang Wei, el marido de Wang Shigeyo ha muerto. Ya sabéis lo buenos clientes que son los Wang. Además, le alegrará saber que Ruby Moon está bien y que no debe preocuparse por ella. Shigeyo debe de estar destrozada. Y encima sigue ingresada en el hospital. Por eso he pensado en hacerle una visita para apoyarla en estos momentos tan duros. –respondió Tomoyo.
–Así que por eso Shaoran no se ha pasado por aquí en estos últimos días –comentó Meiling, al saber que Shaoran conocía a Wei y estaba a cargo de Ruby Moon. Sakura se perdió en sus pensamientos. Si alguien sufrió la pérdida de Wei aparte de su mujer, ese fue Shaoran. No se le borraba de la cabeza la desesperación que mostró cuando Wei murió en sus brazos.
–Sakura, ¿tú sabes algo? –preguntó Tomoyo sacándola de sus pensamientos.
–No, nada. –mintió Sakura.
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Un joven entró a un oscuro callejón de los bajos fondos en los que se movía. Allí esperando ya había un camello que le pasó disimuladamente una papelina de droga a cambio de dinero. Cuando el camello se dio la vuelta confiado se vio arrastrado por una fuerza que lo tiró al suelo. Fue entonces que se dio cuenta de que esa fuerza era la de un hombre castaño que parecía estar de muy mal humor.
–¿Qué haces? –preguntó el camello oponiendo resistencia. Como no se estaba quieto, Shaoran le inmovilizó los brazos y lo esposó mientras el camello se quejaba.
–¿Dónde está Mizoguchi? –preguntó Shaoran. Sabía que la debilidad del asesino de Yukito y de Wei eran las drogas, por eso decidió ir a un lugar como aquel para obtener información. Si alguien sabía dónde estaba esos eran los camellos que le suministraban la droga.
–¿Mizogochi? Nunca he oído hablar de él. –dijo el camello desafiante. Por eso, Shaoran decidió hacerle recordar propinándole un puñetazo.
–Seguro que es cliente tuyo. –dijo Shaoran, pero el camello seguía sin responder, por lo que le dio otro puñetazo.
–¡Ya te he dicho que no lo conozco! –reiteró el camello. Como a Shaoran no le gustó la respuesta, volvió a golpearlo. Quizás dijera la verdad, pero era tal el grado de frustración que Shaoran sentía que necesitaba descargar su ira con alguien, y en aquel caso, le tocó al camello. Shaoran lo golpeó hasta dejarlo inconsciente. Lo había golpeado tanto que hasta su puño se había llenado de sangre de su víctima. Tras quitarle las esposas, salió del callejón. A pesar de que le estaba sonando el móvil, Shaoran ni siquiera lo sacó de su bolsillo.
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Sakura colgó el teléfono de Mon Ange. No sabía por qué Shaoran no contestaba, si porque estaba ocupado o porque no tenía ganas de hablar con nadie. Recordando lo afectado que estaba cuando Wei murió en sus brazos, se temía que fuera la segunda opción.
Tras colgar el teléfono, decidió llamar con su móvil a Kero, pero le salió el buzón de voz pidiéndole que dejara un mensaje.
–Kero, ¿qué está pasando con el asunto de Mizoguchi? Llámame, corre prisa. –dijo Sakura.
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Mizoguchi estaba en el apartamento de mala muerte que Kaito le había proporcionado. Estaba preparando una pequeña ballesta para no volver a fallar en el próximo intento. Entonces, la probó contra una lata de cerveza.
–¡Ooohh! –exclamó contento y emocionado con el resultado. –¡Esto es fantástico!
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Ya estaba oscureciendo cuando Shaoran llegaba a su bloque de apartamentos, cuando Yue, que lo esperaba en la puerta se fijó en su mano ensangrentada.
–Shaoran, ¿qué te ha pasado en la mano? –preguntó Yue. Sabía que la muerte de Wei también le había supuesto un duro golpe a su amigo. Cuando Yue intentó cogerlo, Shaoran lo apartó de mala manera. –Vamos Shaoran, vente conmigo.
Finalmente accedió y lo llevó a su bar.
–Tienes que calmarte. –le dijo Yue sirviéndole un vaso de agua, aunque Shaoran tuviera la tentación de beber algo mucho más fuerte.
–Ponme alcohol. –dijo Shaoran.
–Ni hablar.
–¡He dicho que me pongas alcohol! –exclamó Shaoran lanzando el vaso de agua al suelo. Yue se agachó para recoger los cristales más grandes.
–No te engañes, Shaoran. No eres el único que está sufriendo. Wei era mi tío. Tú eres policía y puedes hacer algo, pero ¿qué se supone que puedo hacer yo? –Aunque sabía que Yue tenía razón, Shaoran no contestó, estaba demasiado sumido en su dolor.
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Sakura estaba comprobando que no se dejaba nada encendido antes de marcharse, cuando Mitzuki Kaho llamó a la puerta del salón canino.
–Tengo que preguntarte algo. –dijo Kaho en cuanto Sakura le abrió la puerta. Sakura la hizo pasar y preparó un par de cafés para hablar tranquilamente.
La castaña intuía que Kaho había ido porque seguro que había descubierto que fue ella la que realizó la llamada para que la policía acudiera al almacén donde Mizoguchi mató a Wei.
–Fuiste atacada por alguien que llevaba una máscara de un alienígena verde, ¿cierto? –preguntó Kaho. –Lo digo porque yo también fui atacada por la misma persona y casi me mata.
–¿De verdad? –preguntó Sakura al no conocer aquella información.
–Y eso no es todo. También atacó a unos amigos míos. Uno de ellos murió. –dijo Kaho refiriéndose a Wei. –¿Por qué eres la única que no ha resultado herida?
–Eso es gracias a Shaoran. –respondió Sakura. Era totalmente cierto. Si no llega a ser por la providencial aparición de Shaoran, seguramente Mizoguchi habría acabado con ella.
–¿Eso es todo?
–¿No estarás pensando que yo los ataqué? –preguntó Sakura.
–Sólo digo que es muy extraño que sólo tú hayas salido ilesa. –insistió Kaho, a sabiendas que fue Mizoguchi. Bien podría haberlo mandado ella.
–Suenas como la policía. –dijo Sakura.
–¿De qué hablas? Eso no puede ser. –dijo Kaho, aunque Sakura sabía la verdad.
–No intentes engañarme. Shaoran me contó que es detective. –confesó Sakura. Kaho no esperaba que Sakura estuviera al tanto. –Y tú eres su compañera, ¿me equivoco? Y también sé por qué sospechas de mí. Has comprobado la llamada al 110 que tuvo lugar cuando mataron a Wei. Pero no tengo nada que ver con ese asesino.
–En ese caso, ¿por qué estabas allí? –preguntó Kaho.
–No quiero contestar a eso. –dijo Sakura con sinceridad. Con aquella respuesta, Kaho no hizo sino sospechar todavía más de ella.
–¿Qué estás tramando?
–Señorita Mitzuki. Usted ha tenido una vida feliz, ¿verdad? Me parece que para usted es fácil sospechar de la gente.
–Sospechar de la gente es mi trabajo.
–Qué trabajo más doloroso, ¿no? –dijo Sakura. La tensión fue rota por el móvil de Kaho.
–Hola Yue, ¿qué pasa? –respondió Kaho.
–Shaoran está aquí en mi bar, pero hay algo extraño en él. –dijo Yue, sosteniendo una carta del tarot que representaba a la justicia. Entonces, Shaoran se levantó para marcharse. –Shaoran.
–¿Qué le pasa a Shaoran? –preguntó Kaho, pero fue lo último que escuchó, porque Yue había colgado para frenar al castaño. Para Sakura tampoco había pasado desapercibido que a Shaoran le ocurría algo a juzgar por la breve conversación telefónica. Kaho se puso su chaqueta para marcharse. –Volveré mañana. Y si sigues sin querer hablar, supongo que no te importará venir conmigo a comisaría, ¿no? Me aseguraré de destapar tu verdadera cara.
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Shaoran había conseguido convencer a Yue para que lo dejara marchar alegando que se iría a casa directamente. Mientras iba de camino, le sonó el móvil, que cogió desganado y sin mirar quién llamaba.
–¿Quién es? –preguntó con voz grave.
–¿Qué quién soy? No…no lo sé ni yo. –dijo una delirante voz masculina empezando a reír.
–Mizoguchi. –lo reconoció Shaoran. Seguro que Kaito le había proporcionado su número.
–¿Por qué haría una cosa así? Oh, estoy oyendo voces en mi cabeza otra vez. Estoy asustado. Estoy asustado, Shaoran.
–Deja de fingir, Mizoguchi.
–¡Y una mierda! De todas formas, no puedes arrestarme. Y aunque lo hicieras, volverán a declararme inocente y saldré de paseo otra vez. –dijo Mizoguchi sin soltar la ballesta. –Dime, Shaoran, si mato a la mujer que amas, ¿llorarás?
–¡Bastardo!¡No juegues conmigo! –exclamó Shaoran.
–Lo cierto es que me gustaría ver tu afligida cara otra vez. –dijo Mizoguchi riéndose de Shaoran. –Nunca te dejaré en paz.
Cuando Mizoguchi colgó, Shaoran se prometió a sí mismo que acabaría con él. Esa llamada había sido toda una provocación y Shaoran cayó en la trampa, pero no le importaba. Lo que más deseaba en ese momento era acabar con él. Shaoran echó a correr. Necesitaba el coche con urgencia.
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Cuando Kaho se marchó, Sakura se fijó en que el ordenador del salón canino seguía encendido y en la pantalla estaba el vídeo en el que Ruby Moon estaba con sus cachorritos cuando nacieron y volvió a reproducirlo. Entonces recordó que cuando nacieron, Shaoran estaba con ella, hasta que el sonido del teléfono la sacó de su ensimismamiento.
–Salón canino Mon Ange, ¿qué desea? –preguntó Sakura con profesionalidad. Pero nadie respondía. Tan sólo se escuchaba una especie de jadeo. –¿Hola?
Sakura colgó. No le gustó nada esa llamada pero de momento no podía hacer nada. Apagó el ordenador, las luces, cerró el salón y se marchó, no sin antes mirar hacia todas partes.
Al ver que no había nadie, Sakura salió. De su escondite, salió Mizoguchi y comenzó a seguir a Sakura, armado con la ballesta que previamente había preparado en su cuchitril.
Entonces, las luces de un coche la deslumbraron. Frente a ella, Shaoran bajó del coche con urgencia y la agarró del brazo.
–Rápido, sube. –le ordenó Shaoran, consciente de que Mizoguchi quería hacerle daño a través de Sakura.
–¿Qué?¿Por qué? –preguntó Sakura sorprendida por las acciones del castaño.
–Mizoguchi te ha puesto en el punto de mira. Me ha llamado y me lo ha dejado entrever. –respondió Shaoran mientras empujaba a Sakura hacia el coche. De hecho, antes de montarse, Shaoran miró hacia atrás y vio a Mizoguchi entre la tenue luz de una farola. Parecía que se había dejado ver adrede, porque le sonrió y se fue por otra calle. Sin pensarlo dos veces, Shaoran sacó su pistola, y salió corriendo tras él.
Al llegar a la esquina se detuvo y se asomó. Mizoguchi lanzó una flecha de su ballesta, pero falló, momento que aprovechó Shaoran para disparar, dando a Mizoguchi en un brazo y haciéndole caer contra una bicicleta que había apoyada en la pared de atrás.
Shaoran fue hacia él y lo pateó sin dejar de apuntarlo en su burdo intento de huir como una vulgar rata.
–¿Va en serio? –preguntó Mizoguchi desde el suelo. Entonces Shaoran le pisó la muñeca del brazo herido para hacerle ver que iba muy en serio. –¡Ahhh! ¡Está bien!¡Lo siento!¡Me equivoqué!
–Cállate. –cuando Sakura giró la esquina, vio a Shaoran apuntando a Mizoguchi en la cabeza bien cerca para asegurarse de no fallar. –Ni siquiera pareces humano.
–¡Para, por favor!¡No le dispares! –exclamó Sakura yendo hacia él y sosteniéndole de las muñecas para intentar arrebatarle el arma, aunque no lo consiguió.
–¡Aparta! –exclamó Shaoran sin dejar de apuntar a Mizoguchi.
–¡No lo mates, por favor! –dijo Sakura cogiendo a Shaoran de los brazos.
–¡Él no merece vivir! –insistió Shaoran volviendo a apartar a Sakura para seguir apuntando a Mizoguchi.
–¡Tú no debes matar a nadie! –dijo Sakura volviendo a interponerse. Mientras, Mizoguchi, sujetándose la muñeca se arrastraba intentando alejarse de Shaoran. –¡Tú eres diferente a él o a mí!
Al decir aquello, con lo que Sakura prácticamente asumía que había matado, Shaoran se descolocó, momento que aprovechó Mizoguchi para levantarse y empujar a Sakura para que le sirviera de obstáculo a Shaoran para salir huyendo por un oscuro y estrecho callejón. Pero Shaoran volvió a salir tras él y apuntó al callejón. Sakura llegó y volvió y forcejeó con Shaoran.
–¡Déjame! –exclamó Shaoran. Pero para cuando Shaoran consiguió deshacerse del agarre de Sakura, Mizoguchi ya había huido y sería imposible encontrarlo.
Al estar cerca del salón canino, Sakura y Shaoran volvieron allí.
–¡¿Por qué me has parado?! –preguntó Shaoran enfadado agarrándola de los hombros y acorralándola contra la pared junto a un ventanal, haciendo caer un jarrón que había sobre la repisa. –Podría haberme quitado ese problema de en medio. ¡Tenía que hacerlo!¡Se lo debo a Wei y a Yukito!¡¿Por qué no me dejaste hacerlo?!¡¿Por qué?! Mientras que no lo mate no se acabará y seguirá haciéndonos sufrir: al padre de Yukito, a la mujer de Wei, a Yue, a todos. Sólo cuando lo mate acabará todo.
–¡Te equivocas! –exclamó Sakura envuelta en lágrimas. –El sufrimiento no termina. Sé que te sientes responsable, pero si matas a Mizoguchi, el odio y la tristeza no desaparecerán. El dolor no hace más que aumentar. Pero no estoy diciendo que deba ser perdonado. Debe pagar por lo que ha hecho con su vida. Pero tú no debes convertirte en un asesino. Hay gente que confía en ti. No debes traicionarles.
–Aún así, quiero matarle. –dijo Shaoran con lágrimas en los ojos. Shaoran estaba abatido y soltó a Sakura. Pero esta vez, fue Sakura la que puso su mano sobre su hombro y lo abrazó.
Sakura sabía cuánto deseaba Shaoran acabar con Mizoguchi, pero precisamente porque lo comprendía a la perfección, no podía dejar que lo hiciera. Debía ser ella la que le hiciera pagar por todo lo que había hecho. De todas formas, ella ya había sido la responsable de varias muertes y su venganza contra Mizoguchi ya la tenía en marcha. No dejaría que Shaoran se manchara las manos de sangre.
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Cuando Kaho fue al bar de Yue, éste le explicó que Shaoran ya se había marchado y que le había prometido marcharse a casa pero ella no estaba muy convencida de ello. Suponía que antes tendría que ir a por Ruby Moon, por eso, mientras se dirigía a casa, decidió dar un rodeo por si se lo encontraba por la zona por casualidad.
Fue entonces que vio una multitud agolpada tras un cordón policial y un coche patrulla.
–Disculpe, ¿qué ha ocurrido? –preguntó Kaho a uno de los curiosos.
–Parece que ha habido un tiroteo. –dijo el hombre. Fue entonces que Kaho se fijó en que había un coche con las luces encendidas. Conocía aquel coche y aquella matrícula a la perfección. Tanto ella como Shaoran utilizaban ese coche, ya que le pertenecía a la policía.
Si Shaoran no estaba allí, sólo había un sitio en aquella zona en el que podía estar: en Mon Ange.
Kaho se dirigió al salón canino y abrió la puerta, encontrando a Sakura abrazando a Shaoran. Al escuchar el ruido de la puerta y ver quién era, Sakura rompió el abrazo.
–Shaoran, ¿qué haces aquí? Volvamos a la comisaría. –dijo Kaho con aire preocupado mientras lo cogía de la muñeca, pero Shaoran la apartó y salió sin decir nada. Cuando Shaoran salió, Kaho le dio un bofetón a Sakura. –No vuelvas a acercarte a él de nuevo. Es tu culpa que esté así. No le traigas más desgracias.
Tras decir eso, Kaho salió siguiendo a Shaoran que iba a buscar el coche.
–¡Shaoran, espera! ¿Has disparado a Mizoguchi? –preguntó Kaho.
–Lo siento.
–¿No pretenderías matarlo? –preguntó Kaho intuyendo la respuesta mientras lo agarraba de los brazos.
–Sí.
–Debes recomponerte. ¿Acaso quieres arruinar tu vida por un desgraciado como ese? –preguntó Kaho. Pero Shaoran no tenía ganas de escuchar lecciones, apartó a Kaho y siguió caminando. –¡Sólo porque se trate de Mizoguchi no es motivo para matarlo!
–¡¿Podrás decir lo mismo cuando empiece a matar a más gente?! –preguntó Shaoran con hartazgo.
–Incluso así, no hay motivo para matarlo. –dijo Kaho.
–Porque soy policía, ¿verdad? –preguntó Shaoran. Pero para Shaoran se había convertido en algo personal.
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Sakura se quedó en Mon Ange recogiendo los restos del jarrón que se había hecho añicos. Se sentía como si estuviera recogiendo los pedazos de Shaoran, que al igual que el jarrón, lo había notado roto de dolor.
–Tengo que limpiar todo esto. –susurró Sakura, que no se refería precisamente al jarrón. Una vez que terminó de limpiar el destrozo, escuchó el móvil. Por fin Kero le devolvía la llamada.
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A la mañana siguiente, Sakura se dirigió al puerto. Kero la esperaba sentado en el muelle frente a algunos veleros que estaban atracados.
–Hola, Sakura. Cuánto tiempo sin verte. –dijo Kero.
–Por fin te has dignado a llamarme.
–Pensé seriamente en lo de lavarme las manos de todo esto pero, inesperadamente tú y yo nos llevamos bien. Por eso me sabía mal negarme a tus peticiones. –dijo Kero en su tono alegre habitual.
–¿Y? ¿Has encontrado algo de Mizoguchi?
–Él me interesa tanto como una pelusa. Sólo te estoy ayudando para que completes tu venganza. –dijo Kero.
–¿Y ese apósito de la cara? –preguntó Sakura, que al estar sentado, no lo había visto hasta que no la miró.
–¿Esto? Sólo me he asomado por algunos lugares un poco peligrosos. –dijo Kero sin darle la mayor importancia. –Simplemente llegué a un punto en el que no podía avanzar más y me dejaron esto como aviso. Pese a todo, he descubierto algo bueno. Es sobre el caso de los pastelitos. No hay duda de que hay alguien más apoyando a Kaito. Y es alguien realmente poderoso.
Sakura pensaba que Kaito era el último eslabón de la cadena, por lo que al decirle eso, se sentó al lado de Kero mostrando verdadero interés.
–¿Quién?
–No, no. Como te he dicho, no pude llegar a más. Es un mundo intocable. –dijo Kero. –Sería mejor que lo dejaras, Sakura.
–Eso es algo que no puedo hacer. –dijo Sakura.
–En ese caso, deja a Mizoguchi fuera de esta historia. –le aconsejó Kero.
–¿Qué?
–Vas a todas partes con algo como esto. –dijo Kero extrayendo del bolso de Sakura lo que parecía ser una pistola táser. Cuando se había sentado la vio asomar de su bolso. –¿No me digas que pretendes usar esto contra Mizoguchi? Y si fallas, ¿qué vas a hacer? He estado a tu lado ayudándote en tus planes, pero esto no es algo que debas hacer por el bien de otros.
Sakura cogió la pistola y la volvió a meter en su bolso. Se hizo con ella después de haber sufrido el primer ataque de Mizogchi. Desde ese momento supo que ese idiota podría matarla, y de hecho, lo habría conseguido de no ser por Shaoran. Por eso, decidió prevenir adquiriendo aquella pistola eléctrica. Quizás Shaoran no pudiera aparecer siempre.
–Después de haber llegado tan lejos, no tienes derecho a decirme eso. –dijo Sakura.
–De acuerdo. Pero debes saber, que ahora sólo eres una asesina. –le dijo Kero más serio de lo normal. Tras decir aquello, se marchó, sabiendo que aquellas palabras le habían dolido especialmente.
Continuará…
