Capítulo 16. Soy una asesina (2ª parte).

En el cuchitril de mala muerte en el que se estaba refugiando gracias a Kaito, un tembloroso y nervioso Mizoguchi alcanzó a coger el teléfono para llamar a su valedor. El síndrome de abstinencia había comenzado a tomar el control sobre él. Sus reservas de droga estaban agotadas y el dinero que le había pagado Kaito por sus servicios también comenzaba a escasear. Además, sus camellos no querían venderle droga porque Shaoran los había estado presionando y sabían que Mizoguchi estaba en el punto de mira. No querían arriesgar su principal fuente de ingresos si los pillaban con él.

Desde los hechos acontecidos en el almacén no supo nada de Kaito y tampoco le cogía el teléfono, por lo que ante la desesperación, decidió dejarle un mensaje a Kaito.

–¿Dónde te has metido?¡Tráeme droga!¡Si estoy fracasando con tus recados es porque no tengo droga! –exclamó Mizoguchi. De esa euforia pasó a la debilidad, arrastrándose al suelo con la espalda apoyada en la pared. –Kaito, por favor, tráeme droga. Sin droga no puedo hacer nada.

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Parecía que Mitzuki Kaho no le iba a dar tregua a Sakura porque cuando giró la última esquina que daba a la calle por la que se entraba al salón canino, la detective ya la esperaba con la espalda apoyada en el muro que aquella noche Shaoran y ella estuvieron limpiando de los grafiteros. Sakura hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo antes de entrar por la puerta exterior de Mon Ange, cuando Kaho la agarró de la muñeca. Para sorpresa de Sakura, Kaho no llevaba una actitud tan beligerante como la de la noche anterior. Ambas mujeres entraron a Mon Ange y se sentaron en los sofás.

–Siento lo de ayer. –se disculpó Kaho refiriéndose al bofetón.

–No importa. –se limitó a decir Sakura con la cabeza gacha, consciente de que todo fue producto de la tensión.

–Sólo quiero asegurarme de si hay algún tipo de conexión entre Mizoguchi y tú. –dijo Kaho.

–En absoluto. No tengo ningún motivo para querer lastimar a Shaoran. –dijo Sakura. No quería que Kaho pensara que Mizoguchi y ella estaban compinchados.

–De acuerdo. Te creo. Eso es todo por hoy. Vendré otro día para seguir hablando. –dijo Kaho.

Era cierto que la creía aunque se había resistido a ello, quizás por celos. Fue ella la que rompió su relación con Shaoran, dinamitada por el trauma que le supuso al castaño la muerte de Yukito, pero eso no significaba que no lo quisiera y no soportaba que sufriera, y menos por una chica que estaba causando tantos problemas. Pero Kaho debía admitir que si Sakura realmente estuviera compinchada con Mizoguchi, no habría llamado a la policía en el almacén y tanto Shaoran como Yue habrían muerto también junto con Wei. Qué mejor oportunidad que aquella para deshacerse de aquellos que la investigaban.

–Señorita Mitzuki. –la llamó Sakura antes de que Kaho llegara a la puerta.

–¿Qué?

–¿Le gustan los perros?

–Sí. –dijo Kaho desganada, sin comprender a qué venía aquella pregunta.

–En ese caso, ¿puedo pedirle que cuide de Ruby Moon?

–¿Qué?

–No quiero tener más implicación personal con la policía más de la que ya tengo. Por favor, dígaselo a Shaoran. –dijo Sakura. ¿Acaso le estaba diciendo que renunciaba a Shaoran?

–De acuerdo. –dijo Kaho. En cualquier caso, fue la misma Kaho la que le pidió que dejara a Shaoran en paz. Pero si estaba renunciando a él, ¿era eso una muestra de que lo quería? Kaho ya no sabía que pensar, pero intuía que aquella decisión no sería del agrado de su ex novio. Cuando Kaho abrió la puerta, se encontró a Meiling que también abría.

–Sakura, ¿ha pasado algo? –preguntó Meiling al ver que Kaho salió de allí sin ni siquiera saludar.

–No, nada. –dijo Sakura.

–Pero esa mujer que acaba de salir…

–En serio, no ha pasado nada. –insistió Sakura. –Voy a limpiar las plataformas de los perros.

Nada más entrar a la oficina para dejar sus cosas, le sonó el teléfono, pero quien fuera que llamara, lo hacía desde un número oculto.

–¿Diga?

–Buenos días. –al reconocer la voz de Mizoguchi, Sakura volvió a salir.

–Meiling, tengo que salir un momento. ¿Qué pretendes hacer llamándome? ¿Cómo has conseguido mi número? –preguntó Sakura saliendo ante la atónita mirada de Meiling.

–Sólo pensé que debía darte las gracias. Después de todo, me salvaste la vida. –dijo Mizoguchi mientras veía la cerilla que acababa de encender. Cuando se apagó, volvió a encender otra. –Dime, ¿quieres unirte a mí?

–¿Por qué iba a hacer eso?

–Bueno, después de todo, le guardas rencor a Kaito y yo me llevo muy bien con él. –dijo Mizoguchi con voz arrastrada. –Podría arreglaros un encuentro para que lo mates.

–No es mala idea. –reconoció Sakura, que no esperaba que le brindara una oportunidad así, a pesar que sabía que no era de fiar. –¿Cuáles son tus condiciones?

–Quiero droga. –dijo Mizoguchi, dispuesto a traicionar a Kaito por su dosis. –Ese detective amigo tuyo ha estado rondando a mis amigos y se resisten a venderme. Y también estoy sin blanca.

–Si es por droga, podré conseguirte. –dijo Sakura, descubriendo así el punto débil de Mizoguchi.

–¿De verdad? Sabía que podría confiar en ti.

–Por supuesto que puedes. Los dos somos asesinos. –dijo Sakura. –He estado en prisión muchos años. Sé a qué puertas llamar.

–¡Genial! –exclamó Mizoguchi con alegría.

–Tal y como pensaba, pareces inteligente. Ya me extrañaba que siguieras las órdenes de Kaito. Aunque te relaciones con él, al final tendrías que matarlo.

–Tienes razón.

–Podrías alegar que era en defensa propia. –dijo Sakura.

–No pensaba que llevarme bien contigo sería mejor que con Kaito. –dijo Mizoguchi. –Deberíamos vernos hoy. Te diré cuál es mi lugar favorito.

–De acuerdo.

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Shaoran se duchó y se vistió con total desgana después de una noche más de insomnio. Esperaba tener al menos un día más tranquilo, aunque sabía que no alcanzaría la paz hasta acabar con Mizoguchi y resolver los asuntos pendientes que tenía. Aún así, dudaba de que alcanzara la paz completa. Había recibido ya demasiados golpes y aunque las heridas se curaran, siempre le quedaría la cicatriz emocional.

Cuando cogió la chaqueta alguien tocó el timbre.

–¡Soy yo! –avisó Kaho.

–¿Qué pasa ahora? –preguntó Shaoran.

–Voy a cuidar de Ruby Moon. Sakura me lo ha pedido. –dijo Kaho entrando al apartamento con gran familiaridad hasta llegar a donde estaba Ruby Moon.

–¿Y eso?

–He tenido una pequeña charla con ella sobre Mizoguchi esta mañana y me dijo que no quería involucrarse personalmente con la policía. –informó Kaho. –Dime, ¿por qué le dijiste que eres policía?

Shaoran no contestó. Tan sólo desvió un poco la mirada.

–Por dios, Shaoran. –suspiró Kaho, confirmando lo que ya sospechaba. Shaoran estaba enamorado de la persona a la que había estado investigando durante todo este tiempo. –Por cierto, tú no lo sabes, pero fue ella la que llamó a la policía cuando murió Wei.

–¿Es eso cierto? –preguntó Shaoran sorprendido.

–Sí. No lo ha podido negar. Pero tampoco me ha dado un motivo por el cual estaba allí. –dijo Kaho. Shaoran no pudo evitar recordar lo que le dijo la noche anterior después de que Sakura evitara que él acabara con Mizoguchi.

Flashback.

No estoy diciendo que deba ser perdonado. Debe pagar por lo que ha hecho con su vida.

Fin del flashback.

¿Quería decir que había fijado a Mizoguchi como su próximo objetivo a pesar de que no estaba relacionado con el caso de los pastelitos? Y lo que es más, ¿lo hacía para que él no se convirtiera en un asesino?

–No puede ser. –musitó Shaoran.

–¿El qué? –preguntó Kaho sin saber a qué se refería.

–¿Estaba en el salón canino? –preguntó Shaoran.

–Sí. –entonces Shaoran salió con prisa. –¡Espera!

Pero Shaoran no hizo caso. Nada más salir a la calle, la llamó con su teléfono mientras se dirigía hacia Mon Ange, pero le salió el buzón de voz.

–Soy Shaoran. ¿Dónde estás?¿Qué intentas hacer? Escucha, no debes acercarte a Mizoguchi bajo ningún concepto. –tras dejar esa advertencia, comenzó a correr hacia el coche.

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Sakura no había provocado ningún suicidio más, pero aún así, pasó un rato en el mirador al que solía acudir cuando actuaba. Se llevó la mano a su cuello, tocando la pluma de cuervo que formaba la cadena y se puso a recordar a su hermano Touya. Si fue allí, era porque necesitaba la valentía que la impulsara a hacer lo que iba a hacer.

Flashback.

Hola Sakura, llegas tarde. –dijo Touya, que estaba sentado con su madre tomando un té en casa.

Hermano. –dijo Sakura, alegre de que hubiera ido de visita.

Quería saludarte antes de irme. –dijo Touya.

Es increíble que llegues tan tarde. Seguro que has estado perdiendo el tiempo con esa gentuza con la que te mueves. –dijo Nadeshiko en tono de reproche. Para Nadeshisko, Touya siempre fue su ojito derecho, pero Sakura estaba acostumbrada a los desplantes de su madre. –Ya empiezan a haber rumores por el vecindario. Es tan embarazoso.

Mamá, no seas tan dura con Sakura. Sólo está trabajando a tiempo parcial. –dijo Touya defendiendo a su hermana pequeña. Él mismo encadenaba un trabajo tras otro antes de conseguir estabilidad e independizarse.

A saber si es verdad. –dijo Nadeshiko levantándose para ir a la cocina, dejando a una Sakura triste. Que estuviera acostumbrada a sus desplantes no quería decir que no le doliera cómo la trataba.

No le hagas caso, Sakura. Por cierto, tengo una cosa para ti. –Touya se sacó una cadena que llevaba la figura de una pequeña pluma de cuervo. –Pero te la daré sólo cuando pases los exámenes de estilista canina.

Touya, no hace falta.

Claro que sí. Es un símbolo de mi apoyo. –dijo Touya.

Fin del flashback.

–Lo siento, Touya.

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Shaoran entró a Mon Ange como si el negocio estuviera en llamas y tuviera que salvar a alguien, ante la sorpresa de Meiling y Tomoyo.

–Shaoran. –dijo Tomoyo.

–¿Dónde está Sakura? –preguntó el detective.

–Dijo que tenía que salir, pero todavía no ha vuelto. –respondió Meiling.

–No hemos podido localizarla. Y el coche tampoco está. –añadió Tomoyo.

–Quizás sería mejor que llamáramos a la policía. –sugirió Meiling.

–No. Yo la buscaré. –dijo Shaoran. Tras pedirles la matrícula del coche, Shaoran volvió a salir igual que entró y mientras lo hacía llamó por teléfono a la comisaría. –Soy Shaoran, de la Primera División de Investigación. Necesito de manera urgente que me localicéis un vehículo. La matrícula es Shinagawa 501, Ho 33-59.

Mientras sus compañeros comprobaban la localización del vehículo, Shaoran volvió a ir a los bajos fondos, donde atrapó a un camello. Vestía con ropa de marca pero de forma muy hortera y llamativa. Estaba claro de dónde salía el dinero para costearse esa ropa y las joyas que llevaba. Le hizo creer que iba a comprarle droga, pero cuando fueron a un rincón junto a una valla, Shaoran lo estampó contra ella.

–¡¿Qué haces?! ¡No he hecho nada! –dijo el camello comprendiendo que era policía. Shaoran metió una mano en un bolsillo del camello y extrajo una bolsita con droga. Sabía que si seguía buscando encontraría más, pero simplemente se la puso junto a la cara que tenía contra la valla para que el camello la pudiera ver.

–Dime dónde se esconde Mizoguchi. –dijo Shaoran. Al ponerle la droga junto a la cara, le estaba advirtiendo sin necesidad de decir nada de que lo detendría por posesión y tráfico de drogas si no confesaba.

–¿Quién es Mizoguchi? –preguntó el camello. Shaoran lo presionó todavía más contra la valla. –¡Te he dicho que no lo sé!

–Shaoran, estás muy cabreado. Parece que vayas a estallar. –dijo Kero, que surgió casi como una aparición mariana al otro lado de la valla como si nada. –¿No será que te quedan restos de gasolina sobre el cuerpo? Porque estás en llamas.

Lo último que le apetecía escuchar eran las impertinencias de Kero, pero soltó al camello y se dirigió al periodista. Parecía muy bien informado de lo que ocurrió en aquel almacén.

–¿Qué sabes de eso? –preguntó Shaoran.

–Tengo mi propia red de inteligencia por toda la ciudad. No puedes engañar a mi comunidad. –dijo Kero. –Dime, ¿cómo fueron los últimos instantes de Wei?

Shaoran decidió marcharse para no seguir escuchando y caer en las provocaciones de Kero, porque si no, estaba seguro de que lo mataría.

–¿Sabes? Sakura me ha preguntado por Mizoguchi. –dijo Kero. Aquello hizo que Shaoran se detuviera. Estaba claro que Kero sabía que teclas pulsar para captar su atención.

–¿Dónde está? –preguntó volviendo hacia él y estampándole la espalda contra la reja.

–Está bien, te lo diré. –dijo Kero. –Está en un depósito de contenedores metálicos. Es una chatarrería de Nishi Inagi-shi, en Motomiya.

Shaoran lo soltó y echó a correr.

–Llega a tiempo, Shaoran. –le deseó Kero aunque Shaoran ya no lo podía escuchar.

Shaoran fue hacia donde tenía el coche aparcado cuando recibió la llamada de comisaría.

–¿Habéis encontrado el coche? –preguntó Shaoran. Cuando le dijeron dónde estaba, contrastó que la información que le había dado Kero era cierta. Era una suerte que los coches en Japón tuvieran los avances necesarios para geolocalizarlos. Colocó la sirena y se dirigió hacia el depósito de contenedores a toda velocidad.

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Cuando Sakura llegó al lugar acordado con Mizoguchi, vio que aquello era una especie de desguace, donde había todo tipo de chatarras. Mientras caminaba, se aseguró de tener a mano la pistola táser por si tenía que hacer uso de ella. Había aceptado la propuesta de Mizoguchi sólo para acercarse a él. La decisión de acabar con él ya la tenía tomada de antes, pero él mismo se había puesto a tiro y decidió aprovechar la oportunidad.

–Te estaba esperando. –dijo Mizoguchi, que estaba al otro lado de un toro hidráulico. A Sakura le pareció que a Mizoguchi le costaba mantener el equilibrio. Debía tener cuidado. Si ya de por sí era peligroso, con síndrome de abstinencia podría serlo más. –¿Dónde está mi droga?

–Antes de dártela, quiero preguntarte algo. –dijo Sakura.

–Adelante.

–¿Por qué matas a gente? –preguntó Sakura.

–¿Eso? Mmmm…, porque quiero hacer algo diferente a los demás. Algo guay. Pensé que convertirme en el asesino fantasma sería algo genial. –respondió Mizoguchi cogiendo una goma circular del toro hidráulico mientras jugueteaba con ella. –Pero ¿cómo podría hacerlo y que me declararan inocente?

–Entonces, ¿nunca has tenido ningún trastorno mental? –preguntó Sakura al comprender que lo hacía por diversión.

–Por supuesto. Si no hacía parecer estar loco, no me habrían declarado inocente. –dijo Mizoguchi sin dejar de sonreír. Si había algo que le gustara tanto como la droga era matar. –Por eso tomo la droga justo después de matar. De esa forma, me consideran un enfermo drogadicto. ¡Ja, ja, ja! Al final se ha convertido en un hábito. También me encanta ver las expresiones de miedo de la gente a la que quemo. La droga y matar son la combinación perfecta del placer. Y dime, ¿tú por qué matas?

–Para hacer justicia. –respondió Sakura.

–¡Eso es genial! –dijo Mizoguchi aplaudiendo y sonriendo mientras se colocó delante de Sakura.

–Gracias. –dijo Sakura devolviéndole la sonrisa.

–Tal y como pensaba, no nos llevaremos bien. –dijo Mizoguchi. De la nada sacó una navaja que intentó clavarle a Sakura pero que esquivó. Al esquivarlo, acabó delante de un contenedor. Sakura sacó la pistola táser. –Sabía que no podría confiar en ti.

Mizoguchi hizo el ademán de lanzarse hacia ella y Sakura retrocedió un poco, fue entonces que Mizoguchi le dio una patada en la mano, haciendo que la táser cayera al suelo, dejándola completamente desarmada. Entonces Sakura comenzó a utilizar su bolso como escudo, poniéndolo delante cada vez que Mizoguchi realizaba un ataque. Sakura se lo lanzó a la cara y comenzó a correr huyendo de él. Pero Mioguchi, que conocía bien aquel lugar, tomó un atajo y llegó al otro lado por el que Sakura pretendía salir entre dos contenedores.

–Te encontré.

Sakura se metió por los diferentes callejones que formaban los bloques de contenedores mientras que Mizoguchi la seguía. Finalmente, la atrapó y la tiró al suelo. Sakura volvió a levantarse.

–¿Qué pasa? No hace falta que corras. –decía Mizoguchi. Entonces, agarró a Sakura y la acorraló con la espalda contra un contenedor. Sakura logró hacer que la navaja de Mizoguchi cayera al suelo. –Qué fuerte eres, ¿eh?

Tras varios forcejeos, Mizoguchi la llevó hacia dónde él quería. Un lugar donde había varias garrafas de gasolina. Aquello era una pira. Incluso había cavado y había puesto madera y otros materiales combustibles. Aunque le gustaba el hecho de matar, no había forma que le produjera más placer y satisfacción que quemando viva a la gente.

–Lo siento, pero se ha terminado el juego. –dijo Mizoguchi.

Por su parte, Shaoran por fin llegó al desguace, dejando el coche justo al lado del coche del salón canino. Sacó su arma y entró para buscar a Sakura.

–¡Mizoguchi! –gritó Shaoran para que contestara. Quizás por la voz podría encontrarlo antes que merodeando entre todos los contenedores. Tal y como pensaba, Mizoguchi emitió una fuerte carcajada al pensar que así podría matar a dos personas, con lo cual la diversión sería doble.

–Por fin ha llegado. –dijo Mizoguchi. Sakura comprendió que había sido todo una estrategia para atraer a Shaoran. –Tenía tantas ganas de que llegara para que te viera arder. Era lo que pretendía todas las veces que he intentado cazarte.

Mizoguchi le dio un puñetazo en el estómago para doblegarla y ponerla en la pira. Una vez que cayó al suelo, cogió una garrafa y comenzó a verter el combustible sobre la pira y la propia Sakura.

Shaoran, que avanzaba con precaución entre dos contenedores, vio a Mizoguchi vertiendo gasolina sobre el cuerpo de Sakura mientras ella intentaba retroceder, saliendo de lo que parecía ser una pira. Aunque no importaba, el efecto iba a ser el mismo porque estaba cubierta de combustible. Aquello era una auténtica pesadilla. No podía permitir que volviera a ocurrir lo mismo que con Yukito. Incluso él mismo estuvo a punto de acabar ardiendo si Sakura no hubiera llamado a la policía. Shaoran tenía un dilema. Si disparaba podría provocar la chispa para que ardiera todo.

–¡Mizoguchi, para! –exclamó Shaoran sin dejar de apuntar con el arma. Mizoguchi vació la garrafa, la tiró y encendió un mechero.

–Es hora de que empiecen los fuegos. –dijo Mizoguchi. –¿Vas a dispararme? Si este mechero cae lo envolverá todo en llamas, incluida a tu novia. Shaoran, lo cierto es que te envidio. Vas a volver a presenciar el espectáculo de alguien que te importa por segunda vez.

Entonces, Mizoguchi puso la misma cara sádica que puso cuando soltó la cerilla que condenó a Yukito a las llamas. Sakura aprovechó ese instante para sacarse del bolsillo de su chaqueta un espray de autodefensa y pulverizarle en los ojos. Pese a al escozor, Mizoguchi tenía atrapada a Sakura, que comenzó a forcejear con él. Sakura consiguió empujarlo, haciendo que tropezara con chatarra que había allí, cayendo en la pira junto con el mechero.

Mizoguchi comenzó a gritar de dolor al estar quemándose vivo. Finalmente, fue él el que estaba viendo los fuegos en primera línea. No sólo los veía, sino que los estaba sintiendo en sus propias carnes. Él mismo se había labrado su propio infierno.

Shaoran se acercó sin dejar de apuntar, aunque era obvio que ese sería el fin de Mizoguchi. Sakura se quedó de rodillas en el suelo. Cuando los gritos de Mizoguchi dejaron de escucharse, comprendieron que ese había sido su fin.

Había sido una experiencia durísima, pero Sakura logró lo que quería conseguir desde el principio: que Shaoran no se convirtiera en un asesino como ella.

Shaoran se guardó el arma y se acercó a una afectada Sakura.

–Es mi culpa. –dijo Shaoran. Estaba dispuesto a cargar con las culpas de lo que había pasado allí. Tras decir eso, Shaoran la abrazó, con el fuego ardiendo junto a ellos. –No estás sola.

Asomado de detrás de uno de los contenedores, Kero presenció el protector abrazo de Shaoran. Un abrazo con el que Sakura se dejó llevar y las lágrimas comenzaron a escapar de sus bonitos pero tristes ojos verdes.

Continuará…