Capítulo 17. Mujer implacable. El valedor político (1ª parte).
Tras la muerte de Mizoguchi, Shaoran sintió que debía visitar a Yukito al cementerio al que si no fuera por el graznido de los cuervos, reinaría el completo silencio. Era como una deuda pendiente que tenía con él. Necesitaba decirle que ya podría descansar en paz porque de una vez por todas, su muerte había sido vengada. No de la forma que él esperaba, pero finalmente, Mizoguchi recibió de su propia medicina. Fue como si el karma hubiera actuado para poner cada cosa en su lugar, sólo que no fue el karma, sino Sakura.
Pese a todo, frente al nombre de Tsukishiro Yukito, los recuerdos de cómo murió volvieron a hacerse vívidos en su mente.
–Shaoran, has venido. Parece increíble que Mizoguchi haya muerto así. –dijo Yue dirigiéndose a él. Parecía que con la muerte de Mizoguchi se había quitado una losa de encima. –¿Crees que ha sido un castigo divino?
–Quizás. –dijo Shaoran, sin querer entrar en detalles de lo que realmente pensaba.
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–¡Por el amor de dios! ¿En qué están pensando los de arriba?¿Os podéis creer que después de lo de Mizoguchi nos dicen que ignoremos a Kaito porque está de vacaciones? –dijo Kaho a Fuji entrando airada a su departamento de la comisaría.
–Kaho, ¿te has quejado directamente a los de arriba? –preguntó Fuji, que era el que tenía su mesa más cerca de la suya.
–¿Algún problema con eso? –preguntó Kaho desafiante.
–El problema está en que la muerte de Mizoguchi ha sido declarada como un accidente. –respondió Takabe interviniendo en la conversación. –Así que, tus quejas son una pérdida de tiempo.
–Mitzuki, piénsalo. Tienes a Kaito en tu punto de mira, pero tu querido compañero es cuanto menos, un poco sospechoso, ¿no crees? –dijo Ryo refiriéndose a Shaoran. –Y además tiene motivos. Parece que Li fue tras él el día de los hechos. Incluso hubo una petición para que indagaran sobre el paradero de un vehículo. Y justo era el lugar en el que murió Mizoguchi.
–¿A qué te refieres?
–Por lo visto, incluso pasó a toda velocidad ignorando un accidente. Pasó de largo sin parar. ¿No crees que podría ser que se hubiera cobrado su venganza? –dijo Ryo.
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En su apartamento, Shaoran preparaba su carta de dimisión. Ya era la segunda vez que lo hacía en su carrera. La primera vez se la presentó a Wei tras la muerte de Yukito. Y esta vez consideraba que era lo apropiado tras la muerte de Wei. Además, quería responsabilizarse también de la muerte de Mizoguchi.
Mientras lo hacía, no dejaba de recordar la noche en que Sakura intentó evitar que matara a Mizoguchi.
Flashback.
–¡Él no merece vivir! –insistió Shaoran volviendo a apartar a Sakura para seguir apuntando a Mizoguchi.
–¡Tú no debes matar a nadie! –dijo Sakura volviendo a interponerse. Mientras, Mizoguchi, sujetándose la muñeca se arrastraba intentando alejarse de Shaoran. –¡Tú eres diferente a él o a mí!
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–Tú no debes convertirte en un asesino.
Fin del flashback.
Shaoran volvió a pensar que con aquellos comentarios, Sakura prácticamente había confesado ser la culpable de más muertes.
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–Sakura, ¿estás pensando en alguien de pelo castaño y cuerpo de infarto? –preguntó Meiling. Sakura se rió y negó con la cabeza restándole importancia.
–¿Y tú? ¿Qué tal con tu novio? –preguntó Sakura.
–Sakura, no me cambies de tema. Estábamos hablando de ti. Cuando vino el otro día parecía fuera de sí cuando se enteró de que no habías vuelto cuando le dije que habías salido. Se puso pálido. Para mí que eso era amor.
La mente de Sakura viajó directamente al abrazo protector que le dio Shaoran frente a la hoguera que supuso el fin de Mizoguchi. Allí le dijo que no estaba sola. ¿Tendría Meiling razón? ¿Se trato sólo de un abrazo protector, o además de esa protección, también llevaba amor?
–A decir verdad, pienso que no tendrías mejor pareja que él. –dijo Meiling mirándose la muñeca en la que solía llevar las muñequeras que ocultaban las heridas que representaban sus propios demonios. –Puede que haya dolor y sufrimiento, pero con una pareja como él, se puede superar todo.
Al rato, Sakura salió para hacer un servicio a domicilio. Quizás Meiling tuviera razón, pero había hecho cosas demasiado horribles y Shaoran no se merecía a una persona así. Justo al salir por la puerta exterior, se encontró a Shaoran.
–¿Podemos hablar un momento? –le pidió Shaoran. Sakura accedió y fueron a dar un paseo por un parque. –Por culpa de mi comportamiento inconsciente al dejarme llevar por mis deseos de venganza te has visto envuelta en algo tan horrible. Soy un fracaso como policía. Lo siento mucho. No quería que tuvieras que llegar a hacer lo que hiciste. Yo asumiré toda la responsabilidad.
–¿Qué quieres decir?
–Que te protegeré cueste lo que cueste.
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Kero llegó a una zona residencial que para él la quisiera. No se parecía en nada al lugar donde él debía malvivir. Pero a pesar de ser un lugar de lujo, dinero, prestigio y poder, lo que ocurría dentro de aquella enorme mansión quizás no debiera ser considerado tan respetable como aparentaba la mansión. Por ello, Kero, escondido entre la oscuridad, tenía su cámara preparada.
–Después de todas las cosas malas que he hecho, no podría acostumbrarme a vivir en una mansión como esa. –comentó Kero consigo mismo. Del bolsillo de su chaqueta sobresalía un periódico con una noticia sobre Clow Hiragizawa, más conocido como Clow Reed. –Me temo que Kaito está metido en algo turbio aquí. Me pregunto cuándo hará su próximo movimiento. ¿Qué planeas, Kaito? Revélame a tu valedor político.
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Kaho llamó al timbre del apartamento de Shaoran.
–¿Qué quieres? –preguntó Shaoran al abrir.
–Te he traído cena. –dijo Kaho mostrándole una bolsa. Shaoran la cogió y dejó pasar a Kaho. –Dime, ¿es cierto lo que dicen sobre la muerte de Mizoguchi?
–Sí. –respondió Shaoran con desgana.
–¿Dónde estaba él cuando llegaste? ¿Estaba muerto?
–Sí. –dijo Shaoran siguiendo la versión oficial.
–Entonces, si estaba muerto, ¿cómo lo encontraste? –preguntó Kaho.
–¡Si esto es un interrogatorio, será mejor que pares! –exclamó Shaoran, al que habían pedido desde altos cargos que no revelara nada de lo que pasó realmente.
–Sólo me preocupo por ti.
–Bien, entonces te lo contaré. Yo lo maté. –mintió Shaoran.
–¿Qué?
–¿Sabes cuánta gente ha sufrido por su culpa? No pude controlar mis emociones. Mientras siguiera vivo, esto no iba a terminar. Así que le puse fin. –explicó Shaoran.
–¿Te has vengado?
–No. Sólo bromeaba. Pero si pudiera, lo habría hecho. –dijo Shaoran. –Lo cierto es que fue un accidente.
–Esto no es algo con lo que un detective debería bromear. –dijo Kaho.
–Por eso quiero presentar mi dimisión. –dijo Shaoran pasándole el papel que estaba encima de la mesa y que había estado preparando para presentar a sus superiores.
–¿Por qué? –preguntó Kaho sin necesidad de leer nada.
–No sé qué sentido tiene seguir siendo detective. Tampoco tengo derecho. –dijo Shaoran.
–Pero Shaoran…
–Perdona, quiero estar solo. –le dijo el castaño a Kaho mientras la invitaba a marcharse.
–Está bien.
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Kero seguía apostado muy cerca de la mansión de Clow Reed esperando que se produjera algún movimiento que fotografiar para poder obtener pruebas.
Mientras tanto, tal y como Kero pensaba, Yuna D. Kaito se encontraba dentro de aquella mansión.
Tras haber puesto en antecedentes al hijo del dueño de aquella mansión, Kaito puso una foto de Kinomoto Sakura sobre la mesa de hacía casi quince años, tomada por la policía cuando la detuvo. De fondo, había diversas líneas que marcaba la altura de la detenida.
–Kaito, ¿de qué va esto? ¿No nos dijiste que podíamos confiar en ti completamente sobre el caso de los pastelitos? ¿No dijiste que estaba todo controlado? –preguntó Hiragizawa Eriol, un joven de 33 años de pelo oscuro. El joven llevaba unas gafas que acentuaban su enigmática mirada azul oscuro, y un traje que acrecentaba su aire distinguido y elegante. –Qué decepción. Supongo que sabes a quién tienes que agradecer el haber llegado tan lejos en tu carrera. El próximo ascenso deberás ganártelo con tu propio sudor. Así que será mejor que arregles este entuerto.
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A la mañana siguiente, Kero, desde su chabola, revisaba la documentación que había conseguido sobre Hiragizawa Eriol. Según el informe, Eriol había estudiado secundaria y se había graduado en los cursos previos a la universidad en Londres.
–Así que estudió en Londres. Qué refinado. –opinó Kero. Después, siguió escribiendo su artículo mientras verbalizaba lo que escribía. –Si no hubiera sido acusada con cargos falsos, la Chica A, es decir, Kinomoto Sakura, jamás se habría convertido en una asesina. La persona culpable de cargar todas las culpas sobre ella es…
Un toque en la puerta interrumpió su relato. Kero cerró su ordenador portátil y fue a abrir la puerta.
–Así que has venido. –al abrir, se encontró con Sakura y se marcharon a hablar mientras daban un paseo por los alrededores. –Dime Sakura, ¿a qué has venido?
–Quiero que me digas quién se esconde detrás de Yuna D. Kaito. –dijo Sakura.
–¿Acaso no te lo dije ya? Son altas esferas y eso es un área restringida. –dijo Kero.
–¿Ni si quiera puedes darme un nombre? –preguntó Sakura, consciente de que Kero sabía más de lo que estaba dispuesto a admitir.
–Te vuelvo a repetir que no puedo decirte nada. ¿Por qué estás tan impaciente?
–¡Sé que sabes algo!
–¡Eres muy persistente!¡Para mí también es muy arriesgado y es una herida que por fin había empezado a sanar! –dijo Kero. –Por más que lo intentes, ya no puedes hacer nada. Ya te he graduado de ser la "Chica A". ¿No deberías de empezar a disfrutar un poco de tu juventud junto a Shaoran?
Tras decir eso, Kero volvió a su chabola.
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–Buenos días. –saludó Sakura cuando llegó a Mon Ange.
–Buenos días. –saludaron Tomoyo y Meiling.
–Sakura, la señorita Mitzuki ha venido a verte. –dijo Tomoyo. Kaho se levantó del sofá.
–Buenos días. –saludo la aludida. Parecía que se había convertido una especie de costumbre que la detective la visitara cada día, aunque entendía la preocupación que podía tener por Shaoran. Si estuviera en su lugar, quizás actuaría de la misma forma.
–Buenos días. –saludó Sakura.
–Por favor, ¿podríais dejarnos a solas un momento? –le pidió Kaho a Tomoyo y Meiling mostrándoles su placa policial, revelando así que tanta visita se debía a motivos policiales.
–¿Eres…? –preguntó Meiling atropelladamente mientras miraba a Sakura y a Kaho como si estuviera en un partido de tenis.
–Meiling, vamos adentro. –dijo Tomoyo ante la imposibilidad de que Meiling dejara de mostrar sorpresa.
–Quería oírlo directamente de ti. –dijo Kaho una vez que se quedaron solas en la sala. Kaho fue hacia el sofá donde tenía su bolso y puso un periódico sobre la mesa –¿Verdad que estuviste presente cuando murió Mizoguchi?
En el titular de la notica rezaba que el cadáver de un hombre de 30 años sospechoso de asesinato fue encontrado quemado.
–No. –mintió Sakura.
–Entiendo. La verdad es que Shaoran dice que fue él quien lo mató y que va a presentar su carta de dimisión. –explicó Kaho para presionar la confesión de Sakura.
–¿Qué? –Finalmente Shaoran iba a hacer lo que le había dicho. Quería cargar él con la culpabilidad de haberse deshecho de Mizoguchi. Y no conforme con eso, también quería dejar su trabajo.
–Sólo quería oír la verdad si realmente estuviste allí. –dijo Kaho, que aunque no sabía quién había matado a Mizoguchi realmente, sí tenía la prueba de que Sakura estuvo allí, y que por tanto, mentía sobre el hecho de haber estado en la escena del crimen. –¿Y bien?
–Shaoran no es la clase de persona que haría algo así. Comprende perfectamente la importancia de la vida. –dijo Sakura, pensando a toda velocidad cómo salir de aquel atolladero.
–Yo también lo creo. Pero ahora mismo ya no estoy segura de nada. Ha cambiado mucho. Es totalmente diferente a cuando estábamos juntos. –dijo Kaho, revelándole a Sakura el hecho de que entre Shaoran y Kaho hubo más que una relación profesional. –Rompimos un tiempo después de que Mizoguchi asesinara a Yukito. He estado siempre a su lado para que se apoye en mí y quiero y he intentado con todas mis fuerzas que vuelva a ser el que era antes.
–Entiendo. –dijo Sakura. La ojiverde sabía que después de experiencias traumáticas como las que habían vivido Shaoran o ella misma, no se podía volver al antiguo ser, porque es como si algo se quebrara por dentro, y aunque se reúnan los pedazos, siempre queda la cicatriz.
–Es muy buen detective. Y aunque reunía todas las condiciones para ascender en el escalafón y quedarse en un despacho, su bondad hizo que luchara para atrapar criminales. Ha sacrificado su prometedora carrera para ello. Por eso no puedo permitir que dimita.
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Aunque era periodista freelance, muchas veces Kero acudía al edificio de la editorial Teito, donde solía trabajar y le seguían comprando artículos y reportajes. Además, allí todavía trabajaba su pupilo, al que cariñosamente llamaba Spi y que había ido ascendiendo en la compañía. Siempre colaboraban mutuamente debido al agradecimiento que le tenía a Kero. De hecho, estaban reunidos en un bonito despacho que demostraba los galones del que a día de hoy era el jefe de la sección política del periódico.
–Dime, ¿qué asunto quieres tratar conmigo? No me digas que sigues tras el caso de los pastelitos de chocolate. –preguntó Spi, consciente de la obsesión de Kero con ese caso.
–Me gustaría enseñarte una foto como redactor jefe de la sección política que eres. –dijo Kero extrayendo una fotografía de su portafolios.
–¿Quién es este? –preguntó Spi al ver a un joven que no tendría más de catorce o quince años.
–Oh, lo siento. Es mi hijo. Me he equivocado de foto. ¿Es guapo verdad? Se peina igual que yo. –dijo Kero cogiendo la foto que le pasó Sakura. A continuación le enseñó la foto que realmente quería enseñarle. –Es esta foto.
Era una fotografía de hacía bastantes años. En ella aparecían tres jóvenes, dos chicos y una chica con sus uniformes de instituto posando alegres mientras mostraban una camiseta de lo que parecía ser un club deportivo del instituto. Pero el interés de la fotografía no estaba en esos tres jóvenes, sino en uno que aparecía en el fondo con el mismo uniforme. Parecía que lo habían pillado caminando mientras él miraba al fotógrafo con aire desafiante. No hizo falta que Kero le dijera nada para comprender dónde estaba el interés de la foto.
–Este es Hiragizawa Eriol. –dijo Spi reconociéndolo. –Pero esto es un instituto japonés, ¿no? Qué extraño.
–Sabía que te darías cuenta. –dijo Kero volviendo a coger la fotografía. Según toda la documentación oficial, Eriol había estudiado esa etapa educativa en Londres. –Pero debe de ser un error. Estaría incurriendo en un fraude por haber mentido en su currículo.
–Espera, por favor. –le pidió Spi al mientras Kero guardaba la fotografía. –No me mezcles en esto. Involucrarse en sus asuntos sin duda sería muy arriesgado.
–El que no arriesga, no gana, Spi. –dijo Kero riéndose mientras se levantaba para marcharse. –Pero no te preocupes, sólo necesitaba contrastar la información. Gracias.
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Cuando Shaoran entró a su departamento de la comisaría, vio que había un jarrón con flores sobre la mesa que había pertenecido a Wei. Estaba seguro que era cosa de Kaho. Aquello lo empujó todavía más a hacer lo que iba a hacer, por eso fue directamente hacia la mesa de Kaito, que ocupaba temporalmente Katokura Ryo al asumir sus funciones ante su ausencia. Al llegar, sacó la carta de dimisión del bolsillo interior de su chaqueta y la puso sobre la mesa con desgana.
–Dale esto a recursos humanos. –dijo Shaoran.
–Así que por fin has decidido dejarlo. –dijo Ryo. –Al final, tanto Wei como Yukito murieron en vano mientras tú huyes.
–¿Y qué puedo hacer estando aquí? –preguntó Shaoran, refiriéndose a la putrefacción que había corroído a su unidad. –Cubrís todo lo que no os favorece mientras dejáis que los criminales campen a sus anchas bajo vuestras narices.
–Eso es porque no tienes poder. –dijo Ryo desafiante mientras se levantaba para ponerse a la altura de Shaoran. –Si tuvieras, habrías sido capaz de detener a Kaito. Pero como siempre, tu responsabilidad se limita a huir.
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–Sakura, ¿tienes un momento? –preguntó Tomoyo. Sakura era consciente de que debería dar explicaciones a Tomoyo por el hecho de que la detective Mitzuki la hubiera estado visitando con frecuencia últimamente. Al fin y al cabo, era legítimo que se preocupara al ver que la policía acudía a su negocio tantas veces en tan poco tiempo.
–Claro. –dijo Sakura dejando lo que estaba haciendo.
–Sakura, ¿has pensado en tu futuro? –preguntó Tomoyo saliendo a la parte de recepción de clientes.
–No. –respondió Sakura siguiéndola.
–Me estoy planteando abrir otro salón canino. –confesó Tomoyo. –Uno diferente a este. Con un aire más casual y menos elegante.
–Eso sería maravilloso. –dijo Sakura.
–Me gustaría que estuvieras a cargo del nuevo salón. –dijo Tomoyo. Sakura no se esperaba aquello. A pesar de que Tomoyo sabía que estuvo en la cárcel, pensaba que tendría curiosidad por los asuntos que se traían entre manos ella y la señorita Mitzuki. Lejos de eso, incluso rondándole la policía, Tomoyo no la juzgaba y confiaba en ella. Ni siquiera le había preguntado, cosa que Sakura agradecía, evitando así mentir o pasar un mal rato. Tenía mucha suerte de haber dado con una jefa tan comprensiva, que pese a todo, estaba dispuesta a confiarle su nuevo negocio. Pero Sakura no quería abusar de esa confianza.
–Tomoyo, yo no…
–Sakura. –la interrumpió la morena. –Para alcanzar la felicidad debes pensar en positivo.
Con aquella frase, Tomoyo puso fin a la conversación.
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La última vez que Shaoran fue feliz lo recordaba como algo muy lejano. Desearía volver a la época de la foto que estaba mirando en ese momento desde su mesa de la ya vaciada comisaría. En ella, Yukito, Wei, Kaho y Shaoran miraban sonrientes a cámara. Habían salido a cenar ignorando que poco tiempo después de haber tomado esa foto, esa felicidad se truncaría para todos de alguna manera.
En el caso de Yukito, no sólo se truncaría su felicidad, sino también su vida. Ese fue el detonante. Fue como una reacción en cadena a la que fue imposible ponerle freno. La muerte de Yukito supuso un mazazo para todos, pero especialmente para él, que era la persona responsable de Yukito y que no pudo proteger como debía. No había día que no pensara en ello. Esa muerte lo atormentó tanto que también acabó repercutiendo en la felicidad que él y Kaho vivían como pareja, minando la relación sentimental. Kaho decidió romper la relación antes de que se hicieran un daño irreparable. A pesar de haber sido ella la que había decidido romper aquella relación que poco a poco se tornaba tóxica, para Kaho también fue muy duro, puesto que estaba renunciando al que había sido el amor de su vida y con el que había esperado formar una familia. Había renunciado a su futuro con él. Pero de seguir como estaban, probablemente tampoco habrían tenido futuro. Por suerte, y sobre todo gracias a los esfuerzos de ella, la relación de amistad y cariño seguían intactos y se lo demostraba cada día con su preocupación. A pesar de que Shaoran no lo demostrara, Kaho sabía que para Shaoran esos sentimientos también seguían ahí, aunque ya no la amara como entonces. Además, ahora debía asumir que Shaoran estaba enamorado de Kinomoto Sakura, una persona que debido a su desgraciado pasado, también estaba haciendo sufrir a Shaoran.
En cuanto a Wei, a pesar de sus propios demonios en relación al caso de los pastelitos que mantuvo en secreto durante tantos años, jamás descuidó el tutelaje y mentoría de Shaoran. Estaba seguro que la buena conexión que mantenían los dos le ayudaba a sobrellevar su culpabilidad en relación a ese caso.
En la actualidad, sólo quedaban la mitad de los que aparecían en esa fotografía.
Mientras Shaoran seguía sumido en sus pensamientos, Kaho apareció yendo hacia él con prisa.
–¿Has dimitido? –preguntó Kaho.
–Sí. ¿Te lo ha dicho Katokura?
–¿Vas a dejar tu trabajo para proteger a Sakura? –preguntó Kaho plantando sobre la mesa el registro de movimientos que había realizado el coche que llevaba Sakura el día de la muerte de Mizoguchi y que el propio Shaoran había solicitado. Kaho parecía que había descubierto la verdad. – Fuiste a aquel depósito donde murió Mizoguchi porque sabías que ella iba tras él, ¿verdad? Por eso fuiste a Mon Ange, pediste el número de matrícula y solicitaste la ruta que estaba siguiendo, acabando justo en el lugar donde murió Mizoguchi.
–¿Y? –preguntó Shaoran sin negar nada mientras se levantaba para marcharse. Sabía lo buena detective que era Kaho y que acabaría armando las piezas del puzle.
–Sakura también estaba allí cuando llegaste. –dijo Kaho con seguridad.
–Mizoguchi robó su coche hasta llegar allí. –mintió Shaoran. Kaho lo cogió de la pechera.
–No te atrevas a mentirme. –dijo Kaho en tono amenazante. –¿Por qué estás dispuesto a llegar tan lejos por ella?
–Eso es asunto mío. –dijo Shaoran zafándose del agarre y saliendo del lugar que hasta ese día, había sido su lugar de trabajo.
–Dile a Katokura que te lo has pensado mejor y que te devuelva la carta antes de que gestionen tu baja. –dijo Kaho en un intento desesperado para mantener a Shaoran en el cuerpo, pero él salió haciendo caso omiso.
Continuará…
