Capítulo 18. Mujer implacable. El valedor político (2ª parte).
Cuando Shaoran llegó al portal de su edificio, se encontró con Kero esperando.
–Por fin llegas. –dijo Kero como si hubiera quedado con él mientras que Shaoran pasaba de él descaradamente. –¿Cómo puedes mostrarte tan frío con alguien que ha estado esperándote con el frío que empieza a hacer?
–¿Qué quieres? –preguntó el castaño.
–Se trata de Yuna D. Kaito. –dijo Kero.
–Habla.
–No, no. Esto no es el lugar apropiado para este tipo de conversación. Mejor vamos a tu apartamento. Prometo no abalanzarme sobre ti. –dijo Kero haciendo uso de sus habituales bromas. Por más que le molestara admitirlo, Kero tenía razón. No era un lugar idóneo para mantener esa clase de charla. Así que, subieron juntos al apartamento de Shaoran. –Vaya, vives en un lugar pequeño pero bonito. Dime Shaoran. ¿A qué viene esa aura de infelicidad que emites? Al fin y al cabo, Mizoguchi está muerto. Deberías estar contento. Has peleado mucho para conseguirlo.
–Sí, pero me arrepiento de haber albergado esa clase de sentimiento. –dijo Shaoran para sorpresa de Kero mientras se servía un vaso de agua. –Actué por mi cuenta y acabé implicando a alguien que no tenía nada que ver con él. Fui egoísta. Sólo miraba por mí. Pensándolo bien, ese egoísmo ha sido mi dinámica desde la muerte de Yukito.
–Veo que te sientes realmente mal. ¿Me estás diciendo que te estás planteando asumir la responsabilidad de la muerte de Mizoguchi? –preguntó Kero.
–Sí. –asintió el castaño.
–¿No estarás pensando en dejar la policía? –preguntó Kero. Shaoran no contestó y se fue a sentarse al sofá. –¿Por qué ibas a lanzar por la borda todo lo que has conseguido hasta ahora?
–No tengo las respuestas de lo que está bien y lo que está mal. No me siento capacitado para seguir siendo detective. –dijo Shaoran.
–Eres demasiado impaciente. ¿De verdad creías que ibas a encontrar la respuesta tan fácilmente? –preguntó Kero sentándose él también. –Por doloroso que sea, te aferras a ese dolor. Por mucho tormento que te cause, sigues a ese tormento. Y con esa precipitación vas a echarlo todo a perder. Al menos deberías decidir qué es lo que quieres proteger.
–No necesito que me sermonees. –dijo Shaoran. De hecho, si hacía lo que hacía, en parte era por proteger lo que quería proteger.
–Es que con esa negatividad que emites dan ganas de sermonearte. Es como si me lo pidieras. –dijo Kero en su habitual tono desenfadado. Kero se levantó para marcharse y se detuvo a unos pasos antes de dirigirse a la puerta. –Por cierto, casi olvido a qué venía. Parece que Kaito está en modo vacacional.
–¿Dónde está? –preguntó Shaoran consciente de que el periodista sabía algo.
–Vaya, parece que he despertado la curiosidad del detective que hay en ti. –dijo Kero. –Lo que te puedo decir es que no está en el paraíso. Un tipo tan malo como él no iba a morir tan fácilmente. Adiós.
Al final, lo único que le había confirmado Kero era algo que ya sabía: que Kaito seguía por ahí a sus anchas, pero escondiéndose.
Una vez que Kero se marchó, Shaoran recibió una llamada de Sakura pidiéndole que fuera a Mon Ange. Cuando llegó, Sakura lo esperaba allí sentada. Sobre la mesa, había una cuenta corriente.
–Siento hacerte venir a estas horas. –se disculpó Sakura.
–¿Qué pasa? –preguntó Shaoran preocupado. Entonces la ojiverde le indicó que echara un vistazo a la cuenta corriente.
–Wei me envió esto a modo de compensación, pero no puedo aceptarlo. Por eso quiero que se lo des a su mujer. –dijo Sakura mientras Shaoran ojeaba la cuenta bancaria. –Cuando vi esto, sentí que una pequeña parte de mí se había salvado, porque descubrí que había alguien que realmente se arrepentía y lamentaba lo que ocurrió.
–En ese caso, deberías aceptarlo. –dijo Shaoran, pero Sakura negó con la cabeza.
–No. No puedo aceptar ese dinero.
–¿Por qué?
–Hay algo que quiero que veas. –dijo Sakura. Una vez que Sakura cerró Mon Ange, ambos caminaron por la calle unos veinte minutos, hasta llegar a una calle. Era un barrio humilde como cualquier otro. Sakura sacó una llave y entraron a un apartamento. Para Shaoran era un apartamento de lo más normal y era evidente que la castaña vivía allí. Lo único que diferenciaba ese apartamento de cualquier otro era que en la pared de la estancia principal estaba llena de hojas con datos y fotos perfectamente clasificadas por víctimas. Las partes de Terada, Suganuma, Matsunaga y Yamazaki estaban tachadas con grades equis rojas, haciendo ver que esas misiones ya estaban cumplidas. Tan sólo quedaba el espacio dedicado a Yuna D. Kaito, que también incluía alguna foto de Mizoguchi. Sakura se aseguró de quitar de la pared el espacio dedicado a Wei. Pero tal y como dijo Sakura, era el único que sintió un arrepentimiento real e hizo intentos por redimirse y lo quitó de la pared tras su muerte.
En la habitación también había libros de criminología y materiales como guantes y otros objetos que ayudaron a Sakura a cumplir con su venganza.
–No puede ser. –dijo Shaoran. Al enseñarle aquello, Sakura, que también miraba a la pared, prácticamente estaba confesando ser la culpable de los supuestos suicidios. Aquella estancia era la prueba definitiva.
–Me he estado vengando de todos aquellos que destruyeron a mi familia. He recopilado toda esta información con la ayuda de Kero, el periodista. Aunque sabía que no era la verdadera culpable, Terada Yoshiyuki, el director de la Secundaria Tomoeda testificó contra mí; Suganuma Toshiya, el empleado de banca, se encargó de vigilar mientras que robaban el veneno y se aseguró de ponerme en el punto de mira. A pesar de saber que yo decía la verdad, el abogado Matsunaga Seiichi prácticamente me dejó en la estacada en mi defensa legal; el que robó el cianuro potásico del instituto y me vendió los pastelitos porque trabajaba allí después de clases fue Yamazaki Takashi, el Presidente de la empresa tecnológica Cyber Road. –tras confesar aquello, Sakura se giró a mirar a un Shaoran sin palabras. –Yo hice que se suicidaran.
–¿Por qué? –preguntó Shaoran, que a pesar de haber estado sospechando que ocultaba algo debido a su horrible pasado, se negaba a creer que ella, con una apariencia tan dulce hubiera cometido esas barbaridades.
–Jamás podré perdonarlos. Ninguno de ellos tenía corazón. Ni siquiera sentían remordimientos por haberme culpado. Al contrario. Colaboraron en un plan perfectamente organizado para criminalizarme por dinero o estatus. Hicieron sufrir a mucha gente de forma perversa. Participaron en el asesinato de mi familia y miraron para otro lado. Pudiendo hacer sus vidas tranquilamente con gran impunidad. Por eso alguien debía castigar a unas personas tan horribles. ¡Debía extirparles la vida! No podía confiar en la policía o en la ley porque ya me dieron la espalda. Por eso debía castigarlos yo misma.
Tras decir aquello, Sakura miró a un escritorio donde había una foto enmarcada de Sakura y un chico unos años mayor que ella. Era más moreno que Sakura pero era evidente que era su hermano Touya. Ambos sonreían y a pesar de ser una foto, se notaba cierta complicidad entre ellos.
–Me imagino que estarás familiarizado con estos sobres. –dijo Sakura cogiendo un sobre rojo del escritorio. Tenía grabado una pluma de cuervo negra.
–Sí.
–Simboliza la ira y el desasosiego de mi familia. Pero también esconde otro significado.
–¿Cuál?
–Es una trampa para atraer a quien estuviera detrás de todo. –dijo Sakura.
–Tal y como me temía. Dejabas los sobres deliberadamente para que el cerebro de todo conociera tu existencia. –dijo Shaoran.
–Exacto. La venganza es lo único para lo que vivo. –dijo Sakura. Después se llevó la mano hacia donde tenía la cadena. –Mi hermano me regaló esta cadena. Todo lo que he hecho ha sido planear mi venganza. Es la base de mi vida. Por supuesto, una vez que acabe todo, me entregaré.
–En ese caso, yo también soy culpable. He dejado la policía. –dijo Shaoran agarrándola de los brazos, haciéndole ver que no estaba sola.
–¿Pero qué dices? Tú eres inocente. Para alguien como yo, eres imprescindible para hacerme pagar por mis crímenes. –dijo Sakura. –Por eso no quiero que asumas ninguna culpa. Es lo que quería decirte. ¿Me comprendes? Por favor, no me busques más.
Cuando Shaoran se marchó, Sakura se quedó sentada en el suelo apoyada sobre la cama. Confesarle toda la verdad a Shaoran era lo que más difícil le había resultado desde que comenzó a planear su venganza. Shaoran se había ido colando poco a poco en su corazón, y aunque temía que la despreciara, lo prefería, porque alguien con tan buen corazón como él no debía relacionarse con alguien con las manos tan "manchadas de sangre". Sin embargo, a pesar de la impresión que sabía que había sentido, Shaoran no pareció juzgarla por todas las cosas horribles que había hecho. Se había arriesgado a que la delatara aún poniendo en riesgo la culminación de su venganza, pero sentía que merecía saber la verdad. Sabía todo el sufrimiento que había experimentado el castaño y decidió hacerle caso a Wei contándoselo todo. Shaoran había dejado su trabajo e incluso había arriesgado su vida por salvarla. Qué menos que contarle todo y despejarle todas sus dudas. O más bien, confirmarlas, porque en su fuero interno, sabía que Shaoran había sospechado todo el tiempo de que la culpable de los "suicidios" eran cosa de ella, aunque se resistía a esa idea.
Cuando se lo contó, lo hizo a sabiendas de que podría delatarla, dejando su venganza incompleta. Si no hubiera dejado la policía, seguramente se la habría tenido que llevar detenida. Pese a todo, Sakura estaba casi segura de que no la delataría aunque eso contradijera su ética profesional y humana.
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A la mañana siguiente, lo primero que hizo Sakura al salir de su apartamento fue ir a ver a Kero a su chabola.
–Buenos días, Sakura. No tienes buena cara. –saludó Kero sentado en el sofá medio desvencijado del particular "salón" que tenían allí los indigentes. –¿Problemas para dormir esta noche?
–Dime quién está detrás de todo. –exigió Sakura cuando llegó hasta él.
–Ya te dije que no iba a ser tu fuente de información toda la vida. –dijo Kero. Sakura lo agarró del hombro y lo acorraló contra el respaldo del sofá.
–Dímelo. –insistió Sakura.
–Das miedo, Sakura. ¿A qué viene esa actitud amenazante?
–No me queda demasiado tiempo.
–Lo mismo me pasa a mí. En comparación con los enemigos a los que te has enfrentado hasta ahora, este está a otro nivel. –se resistió Kero.
–Eso lo tengo asumido desde el principio. –dijo Sakura dispuesta a asumir los riesgos.
–Está bien. Espérame en un rato en el parque de la colina al que siempre vas. –dijo Kero.
–¿Cómo sabes eso? –preguntó Sakura. Ese lugar era privado para ella y no lo había compartido con nadie. Que Kero supiera que ella acudía allí, especialmente después de cobrarse una víctima fue como si le hubieran mancillado un lugar sagrado para ella.
–Mira, he seguido tu caso desde el principio. Sé muchas cosas. –dijo Kero, que sabía que el hecho de que supiera de aquel lugar la había puesto nerviosa por el significado que representaba para ella. –Pero no te preocupes. Luego te llamo. Espérame allí. Adiós Sakura.
Pero para Sakura aquella no le pareció una despedida normal. Tuvo un mal presentimiento. Lo curioso es que Kero también tuvo la sensación de que sería la última vez que vería a Sakura.
Una vez que Sakura se marchó, Kero volvió a su casa y llamó por teléfono.
–Soy Kero, el periodista. Tengo preparado un artículo que revela la verdad sobre el caso de los pastelitos de chocolate envenenados de hace quince años. Creo que es conveniente que lo tengas tú siempre que me lo pagues muy bien. A no ser que prefieras que lo publique. Me imagino que comprendes el valor del artículo. Me gustaría quedar contigo. Piénsatelo. Espero tu llamada, Hiragizawa Eriol.
Cuando acabó la llamada de Eriol, Kero llamó a Kaho.
–¿Diga? –contestó Kaho desde la comisaría.
–Kaho, soy Kero.
–Kero, estoy trabajando. –dijo Kaho.
–Ya, pero tengo algo que te va a interesar. Una prueba excepcional. –dijo Kero. Tras darle unos pocos detalles más, Kaho accedió. Tras colgar, se levantó con prisa.
–Hay un hombre armado amenazando con matar a una persona. –dijo Kaho a Ryo. –Cabe la posibilidad de que se trate de un testigo del asesinato de Wei.
–¿De quién se trata? –preguntó Ryo.
–Se requiere una acción rápida. –dijo Kaho sin responder.
–Mitzuki. –dijo Ryo deteniéndola del hombro. –Llévate un arma. Nosotros también iremos.
–¡Sí! –exclamaron sus compañeros.
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Tal y como le dijo, Sakura se puso a esperar la llamada de Kero en el parque de la colina, cuando por fin recibió la llamada de Kero.
–Hola, Kero.
–Sakura, tal y como te dije, te diré quién está detrás de todo. –dijo Kero sentado en un banco de una azotea, desde la que se podía ver perfectamente la Torre de Tokio. Kero no entendía por qué lo habían citado allí, pero le daba exactamente igual. Le pareció un lugar tan apto como otro cualquiera. –Aún así, supongo que lo descubrirás tarde o temprano. Pero a cambio, no debes decir ni una sola palabra en los próximos minutos. La cosa se pondrá muy fea y será el fin. ¿Comprendido?
–Entendido, pero ¿qué pretendes?
–No digas nada, Sakura. En seguida lo sabrás. –insistió Kero interrumpiéndola. –Mantente al teléfono.
Tras decir eso, Kero metió el teléfono sin colgar en el bolsillo de su chaqueta.
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Shaoran no salió del apartamento en todo el día. Las hipótesis que se planteó a lo largo de la investigación policial no andaban mal encaminadas y a pesar de sospechar desde hacía tiempo de que había algo que escondía, el hecho de que la propia Sakura se lo confirmara le resultó como un jarro de agua helada. Pero esperar el agua no lo eximía de sentir el dolor punzante producido por esa agua. La confesión de Sakura lo tenía en una incertidumbre que jamás había sentido. Se sentía nervioso y no dejaba de pintarrajear en un papel como un obseso palabras como "cargos falsos" o "Kinomoto Sakura" para autoconvencerse y hacerse a la idea de lo que le contó la castaña la noche anterior. Debía asumir algo que no era nada fácil de digerir, especialmente cuando la cabeza se debatía con el corazón.
Sólo cuando ya no había más espacio en la hoja soltó el bolígrafo. Fue entonces cuando lo llamó Kaho.
–¿Qué pasa? –preguntó desganado.
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–Veo que ya estás aquí. –dijo Yuna D. Kaito a Kero, que esperaba en el banco de la azotea.
–Qué sorpresa. Pero si es el jefe de la Primera División de Investigación de la Policía Metropolitana de Tokio, Yuna D. Kaito. –dijo Kero para que Sakura, que se mantenía al teléfono desde la colina lo escuchara bien. –¿Qué hace un flamante detective como tú aquí? Yo había quedado con el hijo de un representante del Partido Conservador.
–¿Crees que se iba a reunir con un don nadie como tú? –preguntó Kaito con ironía mientras reía y se encendía un cigarro.
–Entonces lo admites. –dijo Kero. –El flamante jefe de la Primera División de Investigación de la PMT se ha convertido en el perro guardián de un político. Así que es gracias a eso que has ido ascendiendo y adquiriendo prestigio dentro del cuerpo de policía.
–Ve al grano. –dijo Kaito.
–Recientemente he obtenido unas fotos muy interesantes. Se trata de un alumno de la Secundaria Tomoeda de hace quince años. Pero no existe documentación ni informes que demuestren su presencia allí. Él no debería estar allí, tal y como muestra la fotografía. –explicó Kero sacando la foto de Hiragizawa Eriol de su portafolio y mostrándosela desde la distancia. –Aquí sale el hijo de cierto político que en ese entonces debería estar estudiando en una institución de Londres. ¿No te parece raro? Por lo visto, en esta época era un chico muy arrogante y con mucho tiempo libre. Tanto, que se divertía pidiéndole a sus compañeros que mataran a alguien. Terrible, ¿no te parece? Lo he contrastado concienzudamente. Tú sabes quién es, ¿verdad, Kaito? Ni más ni menos que el hijo del próximo candidato del Partido Conservador y viceministro de justicia, conocido como Clow Reed. Esta foto puede ser muy comprometedora, ¿no crees? Al fin y al cabo, demuestra que miente en su currículo oficial.
Sakura, que lo estaba escuchando todo estaba sorprendida por lo que estaba escuchando. ¿La muerte de su familia y todo el infierno que estaba viviendo desde entonces era fruto del aburrimiento de un niñato elitista?
–¿Pretendes hacer un trato? –preguntó Kaito.
–Kaito, no deberías subestimar a un periodista. Todo por lo que he vivido todos estos años es para publicar un reportaje. Y los preparativos ya están en proceso. –dijo Kero.
–No importa todo lo que ladres. Nadie te hará caso. En este mundo sólo se escucha a aquellos que ostentan el poder. –dijo Kaito.
–Eso es cierto. –dijo Kero riendo. –Si hace quince años no me hubieras filtrado nada no me habría creído esta historia tan rocambolesca. De hecho, gracias a ti he probado tanto el cielo como el infierno como periodista.
–¿Pretendes ganar con esa información? –preguntó Kaito levantándose y poniéndose unos guantes mientras reía. Kaito se dirigió a la baranda de la azotea para asomarse. –Lo que me recuerda que tienes un hijo en secundaria. Parece un buen chico. ¿Sabías que para ayudar con un presupuesto familiar tan ajustado se ve obligado a trabajar en un parking después de clases?
Tras decir eso, Kaito se asomó. Kero se dirigió allí y miró hacia abajo, donde vio a su hijo barriendo un aparcamiento que había al lado del edificio en el que estaban. Kero comprendió entonces por qué el lugar que establecieron para quedar era ese. Era una forma de cubrirse las espaldas amenazándole con su hijo.
–Si un pobre estudiante muriera por accidente durante su trabajo a tiempo parcial, nadie armaría revuelo por ello. –dijo Kaito.
–Así que por esto me habéis citado aquí. –dijo Kero mientras miraba a su hijo. Kaito se alejó un poco, sacó su pistola del interior de su gabardina y apuntó al periodista.
–Kero, debes morir aquí. –dijo Kaito.
–¿Lo dices en serio?
–Cuando nos ponemos serios, no dudamos en matar. –advirtió Kaito. –No obstante, si eres tú mismo el que acaba con tu vida, perdonaré a tu hijo.
Sakura, que seguía escuchando desde la colina vio que era la misma estrategia que ella usaba con sus víctimas. Kero también lo sabía. Para él no había duda que siempre haría lo mejor para su hijo, pero mientras asimilaba las opciones, vio el coche que solía llevar Kaho acercarse hasta el edificio.
–Llegas a tiempo, Kaho. –musitó para sí mismo. Kero había avisado a Kaho, que a su vez había avisado a Shaoran de que algo importante iba a ocurrir en ese edificio. Al verlos acercarse, ya no tenía nada que temer.
–¡Decídete! –le apremió Kaito. Kero se dio la vuelta.
–Si mi hijo vive o muere es cosa suya. No tenemos ningún tipo de relación. –mintió Kero para intentar hacerle ver a Kaito que su hijo le importaba poco, aunque realmente no fuera así. –Para mí, todo lo que dejo es la vida de un periodista. Además, ya he movido ficha. Jaque mate.
–¿De qué estás hablando? –preguntó Kaito.
–Kaito, aunque hayamos gente sin poder, tenemos formas de hacernos oír. Y la mejor forma es preparar un incidente. –dijo Kero.
–¡Deja de decir tonterías y salta! –le ordenó Kaito sin dejar de apuntarlo con su arma.
Cuando Kaho y los demás llegaron a las puertas del edificio, se escuchaban los gritos de ayuda de Kero.
–¡Por favor, no dispares Kaito!¡Socorro!¡Ayuda!¡No vayas tras mi hijo, por favor! –gritaba Kero asegurándose de que Kaho escuchaba bien el nombre de Kaito, al tiempo que se aseguraba de proteger a su hijo. –¡Está bien!¡Haré lo que me dices y saltaré desde aquí!
Kero pasó una pierna por encima de la baranda y después pasó la otra. Se quedó mirando a Kaito. Kaito sonrió al creer que ya no tendría ningún problema con Kero. Pero Kaito no sabía que la policía estaba controlando el edificio.
–Creo que he ganado. Recibirás tu merecido. –dijo Kero sonriendo. Puso las manos en cruz y, con la Torre de Tokio de fondo, se dejó caer hacia atrás.
Lo último que escuchó Sakura desde la colina fue un fuerte golpe.
–¿Hola? –preguntó Sakura en voz baja para que Kaito no lo escuchara, aunque en el fondo sabía que no lo iba a escuchar. A pesar de todo, no dejó de llamarlo.
Kero le había proporcionado toda la información sacrificando su vida mientras lo hacía. El hecho de que le pidiera que permaneciera en aquella colina mientras lo escuchaba todo era para mantenerla alejada de todo para que no interviniera.
De alguna forma, a pesar de que Kero actuó mal cuando su familia fue asesinada, la había estado protegiendo y ayudando a su particular manera. Era su forma de redimirse por todo el daño que le pudo haber causado. Aquella muerte, al igual que la de Wei, también fue dolorosa para Sakura.
Kaito se asomó regocijándose al ver el cuerpo sin vida de Kero. Lo que no esperaba era que Kaho, Ryo, Fuji, Takabe y algunos miembros de la misma unidad de investigación aparecieran en la azotea apuntando a Kaito. Él tampoco se amilanó y los apuntó a ellos.
–¡Tira el arma! –ordenó Kaho. Finalmente, Kaito decidió rendirse, dejó su arma en el suelo y levantó los brazos. Eran demasiados para enfrentarse él solo a todos. Kaho se acercó a él mientras sus compañeros no dejaban de apuntarlo. Kaho retiró el arma con el pie. –Yuna D. Kaito, estás arrestado por ser pillado in fraganti por incitación al suicidio y la violación de la ley en el uso de armas contra agentes de la autoridad.
–Tal y como dijo Kero. –musitó Kaito al tiempo que le ponían las esposas. Kaito había pensado que había mantenido el control de la situación al meter en la ecuación al hijo de Kero, pero se dio cuenta de que fue al revés. Kero no había dejado ningún cabo suelto y le había tendido una trampa con la que ya tenía asumido de antemano que debía morir para garantizase el éxito de su jugada.
Kaito vio el portafolio de Kero encima del banco. Una ráfaga de aire hizo que una foto se volara, cayendo junto a Kero.
Justo en aquel momento, Shaoran llegó en un taxi. Al no contar con el coche policial, no pudo llegar antes desde el momento en el que Kaho le avisó de lo que pretendía hacer Kero, a pesar de que ya no formaba parte de la PMT.
Tras salir del taxi, fue directamente hacia donde estaba el cadáver de Kero.
–¡Kero, Kero! –lo llamó Shaoran sin éxito. Shaoran recordó lo que le dijo cuando estuvo en su apartamento.
Flashback.
–Al menos deberías decidir qué es lo que quieres proteger.
Fin del Flashback.
Una vez que sus compañeros se hicieron cargo, Kaho bajó hacia donde estaba Kero. Junto a él ya estaba Shaoran. Entonces escuchó una voz telefónica femenina que llamaba al periodista con angustia.
–¡Kero, Kero! –Shaoran vio que del bolsillo asomaba un teléfono que estaba en plena llamada. Había sido un milagro que no se hubiera roto con el impacto.
Al ver que no obtendría respuesta, finalmente colgó y se sentó en un banco que había en el mismo parque de la colina. Entonces apareció un indigente extendiéndole un sobre. Tras entregárselo, el hombre se marchó. Al darle la vuelta, vio que el remitente era Kero. Se había asegurado de que le llegara aquel sobre porque sabía que iba a morir. Al abrir el sobre nerviosa, extrajo una nota.
Lo único que queda por escribir al final es el nombre del cerebro de todo. Hazlo por mí. Esa será tu mejor arma.
P.S. ¿Podrías dedicar un poco de tiempo a vengarme?
Sin duda era un mensaje de Kero. Incluso en una situación así se atrevía a decir cosas así. Del sobre también extrajo un dispositivo USB de color granate. En ese dispositivo era dónde estaba el artículo que había escrito Kero y donde contaba toda la verdad. Sakura no pudo contener las lágrimas mientras sujetaba el dispositivo. Kero había dado su vida para que ella pudiera hacer justicia. Así que, su venganza también podría extenderla para vengarlo a él.
Tras recomponerse un poco, Sakura se dirigió a su apartamento a toda prisa. Tras encender su ordenador portátil, metió el dispositivo y abrió el archivo, cuyo título era La mujer que hizo un pacto con el Diablo.
De momento, Sakura se saltó el contenido del artículo para ir a la última hoja del documento, leyendo el último párrafo.
Si no hubiera sido acusada con cargos falsos, la Chica A, es decir, Kinomoto Sakura, jamás se habría convertido en una asesina. La persona culpable de cargar todas las culpas sobre ella es…
Sakura escribió para finalizar el artículo.
…el miembro del Partido Conservador, Clow Reed, y su hijo, Hiragizawa Eriol.
Fin.
En cuanto acabó de escribirlo, Shaoran entró atropelladamente en el apartamento. Sakura cerró la tapa del ordenador y Shaoran se puso a arrancar todas las cosas que tenía Sakura en la pared.
–¡Para! –exclamó Sakura intentando detener a Shaoran. Le había costado mucho recopilar toda la información y armar su plan como para que acabara arrancado de esa forma sin haber finalizado su venganza.
–Ya es suficiente. –dijo Shaoran apartándola y arrancando más cosas.
–¡He esperado durante quince años para esto! –gritó Sakura agarrándolo.
–¡Ya es hora de parar esta locura! –exclamó Shaoran.
–¡No quiero que te preocupes más por mí! –contestó Sakura. Ambos siguieron forcejeando pero la fuerza física de Shaoran era mayor y la atrapó contra la pared.
–No puedo dejar de preocuparme por ti, porque te amo. –se declaró Shaoran. Los ojos de Sakura se abrieron como platos al no esperar esa confesión. Durante el desconcierto, Shaoran la abrazó. –Te quiero.
Sakura se dejó vencer y comenzó a llorar entre sus brazos.
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Los coches de policía se dirigían a comisaría tras haber arrestado a Kaito, pero uno de los coches, en el cual iba Katokura Ryo se desvío de la ruta. Antes de que se diera cuenta, Kaito, que iba en el asiento trasero, lo había noqueado, mientras Takabe, que conducía el coche, era amenazado con ahogarlo. La cabeza de Takabe estaba entre los dos brazos de Kaito, que estaban unidos por las esposas.
–Yo no soy un policía normal. –dijo Kaito amenazante.
Continuará…
