Capítulo 19. Aparición final. La verdadera cara del político (1ª parte).

Después de declararse de manera tan abrupta, Shaoran casi arrastró a Sakura del brazo hasta llegar a su propio apartamento.

–A partir de ahora te quedas aquí. Y ni se te ocurra salir. –dijo Shaoran soltando a la castaña mientras dejaba un bolso con lo que parecía ser equipaje de Sakura.

–Tengo cosas que hacer. –dijo Sakura.

–Ni hablar. No puedo dejarte salir.

–Pero…

–Arrestaré a Kaito. –dijo Shaoran con firmeza. –También lo hago por Kero. ¿Qué te dijo? Te llamó para decirte algo, ¿no?

–Lo siento, pero no es asunto tuyo. –dijo Sakura.

–Hasta que no me lo digas no pienso dejarte salir de aquí. –dijo Shaoran. –¿No confías en mí?

Sakura no dijo nada, pero su expresión le hizo saber a Shaoran que sí confiaba en él, por lo que el castaño salió del apartamento. Debía ocuparse de Kaito. Kaho lo había llamado diciéndole que se había escapado.

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En la comisaría, la Primera División de Investigación al completo se encontraba reunida para analizar el nuevo giro de los acontecimientos.

–¿Dónde ha desaparecido? –preguntó Kaho.

–No hemos podido seguirle la pista. –dijo Takabe.

–¡Demonios! –exclamó Ryo frustrado. Ryo se había confiado y Kaito consiguió revertir su comprometedora situación a pesar de estar esposado. ¿Cómo podía haber cometido un error tan imperdonable? –Tenemos que arrestarlo.

–¿De verdad crees que podremos hacerlo? –preguntó Takabe sin confianza. Para él también estaba siendo duro el hecho de que su antiguo jefe hubiera tomado el control y hubiera conseguido huir.

–Podéis contar conmigo para buscarlo. –dijo Shaoran apareciendo por su antigua oficina.

–¿Qué has estado haciendo? Llegas tarde. –dijo Ryo, obviando el hecho de que Shaoran había presentado su dimisión. De hecho, sacó la carta de dimisión de su bolsillo algo arrugada y se la pasó bruscamente contra el pecho de Shaoran, haciéndole saber que no aceptaba su renuncia.

–Gracias. –dijo Shaoran sorprendido por el gesto de Ryo.

–Nos faltan manos. Debías de haber venido antes. –dijo Ryo, convencido de que Shaoran volvería. A pesar de no haberse portado bien con él y que nunca lo reconocería, Ryo pensaba que Shaoran era un gran detective.

–¿Cuál fue la última ubicación conocida del coche que ha robado Kaito? –preguntó Shaoran.

–La última señal del localizador del coche fue en el vecindario de Shinkiba. –dijo uno de los agentes. –Tampoco ha vuelto a su casa y nadie de su círculo más cercano lo ha alojado.

–No nos queda otra opción que localizar a todos sus amigos. Adelante. –dijo Ryo. Tras dar la orden, la reunión se disolvió para ponerse manos a la obra.

–Kaho, espera. Necesito que me hagas un favor. Quiero que vayas a mi apartamento y le eches un ojo a Sakura. –dijo Shaoran.

–¿Estás preocupado por Kinomoto en un momento como este?

–Kaito irá tras ella. –dijo Shaoran.

–¿Qué?

–Justo cuando Kero estaba a punto de morir, ella estaba al teléfono. Sabe todo lo que ocurrió en esa azotea.

–¿Te ha contado lo que ocurrió?

–No.

–Está bien. Yo me encargo de Kinomoto. –accedió Kaho.

–Gracias. Yo intentaré trazar la conexión entre Kero y Kaito. –dijo Shaoran.

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Si sus antiguos compañeros no habían conseguido dar con él, era porque Kaito se había refugiado en la mansión de su valedor político.

–Parece que los medios no se han hecho eco del asunto de Kero. Me imagino que después de haber estado un tiempo sin trabajar y de entretener a la gente, tus habilidades se han oxidado, ¿no crees, Kaito? Hacerse cargo de un yonqui no debía suponer ningún problema y escapó de tu control. Y por si fuera poco, un periodista te ha puesto contra las cuerdas. –dijo Eriol reprendiéndole por no haber podido cumplir con su deber como se esperaba de alguien que había aspirado a ser comisario.

–Me descuidé. –dijo Kaito asumiendo sus errores por exceso de confianza.

–Kaito. Sólo voy ayudarte una vez más, con la condición que consigas el artículo de ese periodista, y la vida de Kinomoto Sakura. Eso será suficiente, ¿verdad, Papá? –dijo Eriol, desviando su mirada hacia el lugar en el que estaba sentado su padre, que leía el periódico.

–No te dirijas a mí de forma tan familiar. –dijo el padre de Eriol bajando el periódico. Clow Reed, tal y como era conocido en el mundo de la política, era un hombre de 62 años con gafas redondas y una larga melena oscura que parecía emanar gran sabiduría. –Tienes dos días para solucionarlo.

–Entendido. –dijo Kaito mientras Clow Reed salía de la estancia.

–Según nuestra investigación, Kinomoto Sakura y Kero se llevaban bastante bien. –dijo Eriol. Kaito recordó a Kero a punto de saltar hacia atrás, mientras se regodeaba de haber ganado, a pesar de que sabía que iba a morir.

–Ahora lo entiendo. –musitó Kaito. Kero y Kinomoto habían estado trabajando juntos y lo habían acorralado.

–La persona que tiene el artículo puede ser Kinomoto, ¿me equivoco? –dijo Eriol.

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Tal y como le había dicho a Kaho, Shaoran fue a trazar la pista que uniría a Kero y a Kaito. Para ello, localizó a uno de los mendigos que Kero solía utilizar para algunos recados a cambio de comida o algo de ropa. Esa era la particular red de inteligencia de Kero. A pesar de ser indigentes, eran muy efectivos, puesto que estaban por toda la ciudad y podían conseguir mucha información.

–¿Qué hizo Kero al final? –preguntó Shaoran enseñándole su placa.

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Cuando Kaho llegó al apartamento de Shaoran, no había ni rastro de Sakura. Cogió su móvil y llamó a Shaoran.

–Kinomoto ha desaparecido. –le informó Kaho en cuanto Shaoran descolgó.

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–Sakura, ¿qué haces aquí? Sabes que podías tomarte unos días libres. –le dijo Tomoyo cuando vio aparecer a Sakura en el salón canino.

–Tomoyo, Meiling. Gracias por cuidar de mí. –agradeció Sakura. –Por favor, dejadme que deje Mon Ange.

–¿Pero qué dices, Sakura? –preguntó Meiling sorprendida, a la que casi se le cae de la plataforma el perro que estaba atendiendo por la petición de su compañera de trabajo.

–¿Acaso no estás contenta aquí? –preguntó Tomoyo.

–No es eso. Me encanta trabajar aquí. Pero cuando empecé te dije que era alguien con quien no podrías tener un contrato exclusivo. –dijo Sakura.

–Piénsalo un poquito más. –dijo Tomoyo.

–No puedo. No voy a cambiar mi decisión. –dijo Sakura. En aquel momento, se formó un extraño silencio incómodo. Por suerte, sonó el teléfono para romper esa tensión.

–Meiling, cógelo, por favor. –ordenó Tomoyo mientras ella se ocupaba de sostener al perro.

–Salón canino Mon Ange. ¿En qué puedo ayudarle?...Sí, está aquí. Ahora se pone. –dijo Meiling pasándole el teléfono inalámbrico. –Es para ti, Sakura.

–¿Diga?

–Eres Kinomoto Sakura, ¿verdad? –dijo una voz grave.

–¿Quién llama?

–Soy Yuna D. Kaito. Entrégame el artículo que te pasó Kero. –dijo Kaito sin rodeos.

–No tengo ni idea de lo que estás hablando. –mintió Sakura apartándose un poco para hablar con más privacidad.

–Qué negocio más encantador. –dijo Kaito.

–¿Qué?

–Sería muy fácil convertir ese lugar en un baño de sangre. –dijo Kaito. Al comprender que Kaito estaba amenazando el salón canino, Sakura fue a asomarse. Allí, tras la puerta, estaba Kaito al teléfono.

–El artículo no está aquí. –dijo Sakura para intentar que Kaito no hiciera daño ni a Mon Ange ni a las personas que estaban dentro.

–Llévalo al parking que hay junto al parque que está cerca de aquí mañana a las tres de la tarde. –dijo Kaito. Sin decir nada más, Kaito se marchó.

–Sakura, ¿qué pasa? –preguntó Meiling al ver el extraño comportamiento de Sakura tras esa llamada. Sakura le devolvió el teléfono a Tomoyo y salió corriendo para intentar alcanzar a Kaito, pero sólo alcanzó a ver cómo un coche de alta gama desaparecía por la esquina. Fue entonces cuando por la esquina opuesta apareció Shaoran.

–Oye, ¿por qué has salido de mi apartamento? –preguntó Shaoran aliviado por haberla encontrado.

–Déjame sola, por favor. –le pidió Sakura, pero él hizo caso omiso y la agarró de la mano para volver a llevarla a su casa.

–Volvamos. –insistió él mientras Sakura oponía resistencia. Kaho también apareció allí para ayudar a Shaoran.

–¡He dicho que me dejes! –exclamó Sakura. Shaoran la volvió a agarrar de la muñeca.

–Kinomoto Sakura, estás arrestada por resistencia a la autoridad. –dijo Shaoran, que muy a su pesar, no vio otro modo de protegerla. Sin poder hacer nada, Sakura no tuvo más remedio que marcharse con Shaoran y Kaho a comisaría. En cuanto llegaron, la metieron en una sala de interrogatorios.

–Por favor, Shaoran. Déjame que…

–Ni hablar. –cortó Shaoran tajante ante el nuevo intento de Sakura de convencerlo de seguir con sus planes. –No puedo dejarte hacer algo así. Mientras estés aquí, no tendré que preocuparme y podré centrarme en atrapar a Kaito. Entiéndelo, por favor. No quiero que cometas más errores. Sólo te pido que confíes en mí.

Tras decir eso, Shaoran bajó la cabeza, tal y como mandaba la costumbre japonesa cuando se rogaba algo. Kaho jamás había visto a Shaoran pedirle algo así a alguien, y mucho menos a un detenido. Pero Sakura no era una detenida cualquiera. Sólo la había arrestado para no tener que estar pendiente de ella mientras daban con Kaito. Y no sólo eso. Sabía que Shaoran estaba enamorado de ella.

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Kaito se escondía en un piso franco mientras cumplía con la tarea encomendada por Eriol y su padre. No podía volver a su apartamento porque la policía seguro que lo vigilaba, por lo que en aquellos momentos se sentía como Mizoguchi, aunque ese pequeño apartamento estaba en bastante mejor condición que el que había ocupado el pirómano. Al fin y al cabo, su estatus y clase no tenía nada que ver con la de aquel desgraciado. Ahora sólo le quedaba esperar a que llegara el día siguiente, tal y como le había indicado a Kinomoto. El sonido del teléfono lo sacó de sus pensamientos.

–Buenos días, Kaito. Te he enviado tus cosas. –dijo Eriol. –Haz el favor de ponerle fin a esto.

–Lo sé. –dijo Kaito.

–Papá se está impacientando. –le avisó Eriol mientras miraba un sobre rojo con una pluma de cuervo grabada que había recibido. –Ya sabes lo maníaco que se vuelve cuando se enfada.

–Lo sé. –volvió a repetir Kaito.

–Y no olvides que de ahora en adelante, te estamos vigilando. –le advirtió Eriol antes de colgar. Sobre la mesa, tenía fotos que había recibido en el sobre rojo, mostrando los cadáveres que había ido dejando Sakura hasta ahora. Eriol comprendía el mensaje, pero no le preocupaba demasiado. Tenía demasiado poder.

Tras la advertencia de Eriol, Kaito cargó su reluciente pistola plateada y le puso un silenciador.

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En la sede de la editorial donde el periódico Teito tenía su redacción, Shaoran fue a interrogar a Spi, el periodista que fue pupilo de Kero. No fue difícil dar con él, ya que en las bases de datos de la policía venía la suficiente información como para averiguar en qué lugares había trabajado Kero. Además, siendo freelance, eran las propias agencias de noticias las que compraban sus artículos y reportajes. Al ver que Spi fue discípulo de Kero y que actualmente ocupaba un cargo importante dentro del grupo editorial, Shaoran supo de inmediato que Spi debía tener una conexión importante con Kero.

Tras haberse presentado, ambos se fueron al despacho de Spi para tener mayor privacidad.

–¿Sabía usted que Kero ha sido asesinado? –preguntó Shaoran. El rostro desencajado de Spi le hizo ver a Shaoran que no. –¿No tienes idea del motivo?

–En realidad no. –masculló Spi nervioso, lo cual no pasó desapercibido para el detective. En realidad, Spi estaba convencido que todo tenía relación con el caso de hacía quince años.

–No hay motivo para que un periodista de la sección política como tú tenga que preocuparse como para mascullar de esa forma, ¿no? –dijo Shaoran.

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Cuando Shaoran se marchó, Sakura se quedó a solas con Kaho.

–Por favor, déjame salir de aquí. –volvió a rogar Sakura.

–¿Qué clase de relación tenías con Kero? –preguntó Kaho haciendo caso omiso a la petición de la ojiverde. –¿Acaso no le guardabas rencor por lo que publicó en el pasado?

–Sí. –contestó Sakura, que decidió contestar a sus dudas. –Las mentiras que escribió sólo causaron más dolor a mi familia y condujeron a mi madre y a mi hermano al intento de suicidio. Al final sólo mi hermano consiguió llevarlo a cabo. Pero con las cosas que ha hecho, para mí ha reparado el daño. Me contó todo. Incluso llegó a dar su vida por la verdad.

–¿Cuál es esa verdad? –preguntó Kaho en un tono más cariñoso al ver la predisposición de Sakura, pero el sonido del móvil de Sakura interrumpió el interrogatorio. –Contesta.

–¿Diga?

–Sakura, soy Tomoyo. Hay un cliente que te quiere a ti exclusivamente. Dice que se llama Kaito.

–¿Kaito? –preguntó Sakura. Aquel nombre tampoco pasó desapercibido para Kaho.

–Hola, Kinomoto. –dijo Kaito sentado tranquilamente desde el sofá de Mon Ange. –Como ves, he vuelto. Debo decir que el sofá del salón canino es muy cómodo. Ya sabes lo que tienes que hacer.

–¿Era Kaito? –preguntó Kaho cuando Sakura colgó.

–Por favor, tienes que dejarme salir de aquí. –le volvió a pedir Sakura más desesperada. Kaito la había llamado para recordarle lo que tenía que hacer. No podía dejar que les pasara nada a Tomoyo y a Meiling.

–Déjaselo todo a la policía.

–Si no voy yo, la cosa se va a poner fea. Incluso podría haber muertos. –dijo Sakura. –No me importa lo que me ocurra a mí, pero tengo que salvar a personas que son importantes para mí. Por favor, señorita Mitzuki.

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A las tres de la tarde, Sakura apareció en el lugar establecido por Kaito. Una docena de coches estaban aparcados, cuando Sakura vio bajar por la rampa el Lexus blanco de alta gama que el día anterior vio escapar cuando la llamó a las puertas de Mon Ange.

Kaito paró el coche a unos diez metros frente a Sakura y bajó del coche con una sonrisa de suficiencia, ataviado con su gabardina abierta sobre traje de corbata y gafas de sol.

–Entrégame el artículo. –ordenó Kaito.

–No esperarás que llevara encima algo tan importante como eso, ¿no? –dijo Sakura.

–En ese caso, iré contigo a donde lo tengas guardado. –dijo Kaito sacando su pistola plateada con silenciador del bolsillo de la gabardina y la apuntó. Tras dar unos pasos, Kaito desvió el brazo y disparó hacia Kaho, que estaba escondida tras un coche. El disparo dio en la esquina del guardabarros del coche. Kaho se protegió más poniéndose tras el capó. Después, Kaito volvió a apuntar hacia Sakura –Esperaba algo como esto. No me subestimes.

Kaito estaba cada vez más cerca de Sakura, por lo que Kaho, detrás del coche, se incorporó y disparó, dando en el suelo justo al lado del pie de Kaito. En ese momento, Kaho salió y se puso delante de Sakura mientras apuntaba a Kaito para ponerla a cubierto.

–¡Corre, deprisa! –le ordenó a Sakura, que obedeció con presteza.

–Sólo pasaré por alto esto una vez. En el próximo lugar al que dispare no tendrás nada que te proteja. Como por ejemplo, ¿aquí, quizás? –dijo Kaito señalándose la cabeza con su propia arma sin dejar de sonreír. Kaito retrocedió sin dejar de mirarlas y apuntarlas hasta llegar al coche. Se montó, y se marchó del parking.

Una vez que el peligro pasó, Kaho se apoyó en el coche que habían estado usando de escudo y se escurrió hasta quedarse sentada.

–¿Estás bien? –preguntó Sakura preocupada.

–No es para tanto. –dijo Kaho restándole importancia al balazo que casi le alcanza. Por suerte sólo fue un susto. –Sólo siento que haya huido de nuevo.

–No te preocupes por eso ahora. Ya habrá otra oportunidad. –dijo Sakura.

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Nada más conocer lo que había ocurrido con Kaho y Sakura, Shaoran se puso nervioso. Cuando llegó a la comisaría nada más anochecer buscó a Sakura y a Kaho como un loco.

–¿Dónde está? –preguntó bruscamente a Kaho.

–En la sala de reuniones. –respondió Kaho.

–¿Por qué la has dejado salir? ¿Acaso querías ponerla en peligro? –preguntó Shaoran.

–Lo siento, pero lo consideré cuidadosamente como detective, y no poniendo mis sentimientos por delante. –replicó Kaho. –Ella prefería morir a poner en peligro a personas que no tienen nada que ver con el caso. Estaba decidida. Voy a por algo de comida.

Una vez que Kaho se marchó, Shaoran se dirigió a la sala de reuniones.

–¿Por qué fuiste aún sabiendo que estás en el blanco de Kaito? –preguntó Shaoran directamente cuando entró en la sala.

–Porque yo empecé todo esto. –respondió Sakura, que estaba sentada como una niña buena.

–Te dije que encontraré a Kaito, así que ya puedes parar. –dijo Shaoran sentándose en la mesa con aire cansado y dándole la espalda a Sakura.

–Es como aquella vez, ¿verdad? –comentó Sakura.

–¿A qué te refieres?

–Como cuando salvaste a Ruby Moon. No hago más que causarte problemas. Fuiste tú quien me echaste una mano aquel día. –dijo Sakura recordando con añoranza el día que Shaoran sacó a Ruby Moon cuando se quedó atrapada. Sentía que habían pasado años desde aquel día, aunque no fuera así. –Aquel día, si hubiera estado más pendiente de Ruby Moon, quizás no nos hubiéramos involucrado en todo este lío. Por cierto, ¿dónde está?

–Yue la está cuidando por hoy. –respondió Shaoran.

–Tiene mucha suerte. Es importante para todos. –comentó Sakura. –Me encantaría cambiar mi lugar por ella.

–¿Crees que no eres importante para nadie? –preguntó Shaoran. –Porque yo creo que lo eres para tu jefa y tu compañera de trabajo… Y también para mí.

–Ser importante para alguien es más de lo que merezco siendo quien soy ahora. –dijo Sakura.

–Si no hubiera ocurrido todo…

–Pero después de todo, quizás fuera mi culpa.

–¿Qué quieres decir?

–Que fui yo la que compró los pastelitos de chocolate. –dijo Sakura.

–Tú sólo querías complacer a tu sobrino cuando fue de visita.

–Sí, pero mi hermano mayor le prohibió comer chocolate por las caries, pero él tenía tantas ganas de comer un poco que le prometí llevarle aún en contra del juicio de mi hermano. Cuando le di el paquete se le iluminaron los ojos de la ilusión. –se lamentó Sakura con una sonrisa triste. –Quería ver su cara de aprecio y escuchar el agradecimiento de sus labios. Mi madre nunca estaba contenta con todo lo que hacía. Por eso quizás reaccionó de la forma que lo hizo.

–¿Por qué?

–Me odiaba. Me parezco demasiado a la amante con la que mi padre me tuvo. Creo que se le hizo muy duro cuidar de mí al no ser su hija de sangre. –explicó Sakura.

–¿De verdad te odiaba por algo de lo que no tienes culpa?

–Son ese tipo de cosas las que causan las heridas más profundas. Aunque no tenga culpa, a veces me hacía sentir como mi mayor pecado. Ese es el mundo en el que vivo. Por eso he tenido que esforzarme tanto para ganarme el afecto de mi sobrino. –dijo Sakura. Kaho, que había vuelto con una bolsa para que Sakura cenara, no pudo evitar escuchar la conversación que ambos castaños estaban manteniendo dentro. –Al final, después de todo, sólo quería sentirme bien conmigo misma. Por eso compré los pastelitos. Debí haberlos probado yo primero. Si lo hubiera hecho…

Shaoran se acercó a ella al ver que las lágrimas comenzaban a escurrirse por su rostro y voz empezaba a romperse.

–No es culpa tuya. Sólo te viste arrastrada a todo esto. –consoló Shaoran posando su mano sobre su hombro. Después, posó su mano sobre su cabeza y Sakura la apoyó sobre la cintura de Shaoran, que permanecía de pie. Kaho no vio por conveniente interrumpir un momento tan íntimo y doloroso, por lo que colocó la bolsa con la cena de Sakura en el pomo de la puerta antes de marcharse. Sin duda, Sakura había sufrido mucho y a pesar de sentir ciertos celos porque Shaoran se hubiera fijado en ella, también para ella estaba siendo inevitable protegerla. Aunque desde el principio comenzaron teniendo una relación tensa, el corazón de Kaho también se había ablandado en cierta manera por la situación de Sakura.

Una vez que Sakura se tranquilizó, Shaoran le proporcionó una manta y la dejó dentro de la sala de reuniones cenando e intentando descansar, mientras que él se quedó fuera, sentado en su mesa haciendo guardia durante la noche. A pesar de haberla llevado allí como detenida, no la pensaba meter en un calabozo.

Continuará…