Shingeki no Kyojin pertenece a Hajime Isayama.
Advertencia: lenguaje soez y temas adultos. Situaciones y temas controversiales.
Αрuntе: neorama, se compone del prefijo «neo» del griego «νεος» (neos) nuevo o reciente, y «οραμα» (horama) que quiere decir vista. Es un sustantivo.
«[…] No me gusta leer sobre la gente, sobre los asuntos de los humanos… Llegó la primavera… Yo creía que la naturaleza me ayudaría. Hicimos una excursión al campo… Florecían las violetas, y los árboles estaban cubiertos de hojas nuevas, tiernas. Pero de pronto yo empecé a gritar… Así me afectó la belleza de la naturaleza, la alegría de todo lo vivo… Empecé a tener miedo al paso del tiempo. El tiempo me la roba, me priva de su memoria. Desaparecen los detalles. Palabras… Cómo me hablaba, cómo sonreía… Recogí un pelo suelto que había quedado enganchado en su traje y lo guardé en una cajita. Mi marido me preguntó:
—¿Qué estás haciendo?
—Lo guardo. Ella ya no está». ―Los muchachos de zinc, Svetlana Alexiévich.
Neorama
No hubo chirrido alguno, tan solo el siseo de la madera al deslizarse. Pero eso fue suficiente.
Levi se despertó abruptamente al oír cómo se abría la puerta, una reacción inevitable debido a su condición del sueño. Por lo general, nunca había podido conciliar bien éste, y posterior a las muertes de Farlan e Isabel su insomnio se agudizó.
Pestañeó un par de veces y vio a Auruo volviendo a cerrar la puerta, tratando de no hacer ruido. Sin éxito, claro estaba: había pensado que Levi seguía dormido y retrocedió. El pelinegro se pasó la mano por el rostro arrastrándola hasta su cabello y llevándolo hacia atrás para después dejar caer la mano a un costado, de forma laxa. Ojeó por una de las ventanas del viejo castillo y notó que faltaba poco para que empezara a anochecer.
—No pierde esa mala costumbre —fue la voz que habló detrás de Levi. Y luego éste la localizó más cerca suyo, a un lado de él.
—Maldita sea, Petra, sigues haciendo eso —señaló, malhumorado, mientras empezaba a levantarse de la silla en la que se había quedado dormido por cuánto tiempo sabía quién; nunca era mucho para poder descansar, a veces demasiado para tener pesadillas. Satisfactoriamente había sido algo más parecido a la primera opción que a la última.
Petra no se inmutó ante el comentario, al contrario, una discreta sonrisa asomó en sus labios y desapareció rápidamente.
—¿Dónde están los demás? —preguntó Levi, refiriéndose al resto de su equipo.
Petra lo miró mientras pasaba a su lado con una bandeja y dejaba una taza humeante de té encima de la mesa frente a Levi.
—Supongo que, en el patio, junto a Eren. Después de limpiar todo el castillo han dicho que saldrían a estirar las piernas —contestó, recordando la conversación de sus compañeros donde dejaban claro a dónde se dirigían.
Levi tomó la taza entre sus dedos y enarcó una ceja, luego dijo:
—Claramente Auruo no estaba muy convencido o creyó que yo también debo hacer algo para estirar las piernas.
Aquello casi hizo reír a Petra, el cinismo de Levi no conocía límites, pero cuando lo juntaba a su particular sarcasmo resultaban ser un chiste bastante bueno de su peculiar humor negro sin que éste se lo propusiese.
No dijo nada en cambio.
Levi tomaba pequeños sorbos de su bebida al tiempo en que discretamente le echaba una mirada larga, analizándola.
Al principio la había catalogado como otra más entre el montón, pensando que era alguien cuyos sueños se volcaban en la búsqueda de una tarea que ayudase en aquella lucha contra los titanes. Y sí, era en parte del porqué se había enlistado, pero no era la razón principal, una vez le comentó.
Petra tenía más que sueños, metas.
Por otro lado, era una de esas pocas personas que tenían la destreza de saberlo llevar. Eso en particular le provocaba sensaciones agradables y a la vez muy desconcertantes; puesto que al ser tan huraño las acciones de la gente a su alrededor solían irritarlo casi todo el tiempo. Y Petra lo intrigaba considerablemente, aún después de todo ese tiempo que habían corrido desde que la conocía.
Hange solía molestarlo con ese asunto en cuanto se le daba la oportunidad, dado que era tan perspicaz que no podía pasarle desapercibido cada vez que lo agarraba con la mirada clavada en la jovencita, y era esa la razón por la cual se cohibía de mirarla por demasiado tiempo cuando estaba alguien más presente: pues le importaba un carajo lo que ella o cualquiera pensase y dijera sobre él, a fin de cuentas ese era su lema en todo. Pero aquella era una persona con un talento único para fastidiarle hasta los huevos inexistentes a un titán, por ende, prefería mantenerla alejada todo lo posible de aquel camino a un montón de comentarios con doble sentido y chistecitos para nada graciosos.
En cambio, a Petra no parecía mortificarse por aquel asunto, ya que en más de una ocasión alzaba la vista hacia él dándose cuenta de su agudo escrutinio, y ésta no había armado un escándalo ni nada parecido.
Y estaba el hecho de que cuando lo hacía, era avezado a no verse lascivo, más que todo arraigado en no mostrar sus auténticas emociones; porque en su mente se la imaginaba de todas las formas lujuriosas posibles.
Le gustaban las mujeres atractivas, no podía negarlo, y aquella chica no era particularmente fea solo por el hecho de ser la única mujer en su escuadrón, al contrario, era preciosa y quien la viera lo sabía en el acto. Pero había algo más, algo más allá de su dulzura y su sonrisa que lo empujaban a seguir buscando con empeño la razón de su enigma. Tal vez era justamente eso: algo en su carácter que la hacía distinta a cualquier otra persona y, en contrasentido, le hallaba alguna semejanza que la hacían única dentro toda aquella variedad inherente.
Sabía por experiencia que era bastante cuidadosa y esforzada en lo que hacía, así como también preveía la reacción a ciertas acciones a su alrededor (cosa que hacía en general; era un hábito que se convirtió en habilidad), lo voluble que podía ser su carácter dependiendo de la situación. Se podía decir que se volvía impredecible, porque nadie podía conocer cien por ciento a otra persona cuando ni a sí mismo era posible. Además, era propensa a molestarse en momentos de tensión y amenaza.
Así que, si alguien la juzgara por su exterior, se llevaría varios chascos porque Petra no era de las que con una sonrisa tierna decía «sí, señor» a todo. Incluso él lo hizo al principio y tuvo que admitir dentro suyo, que se había equivocado.
—Creo que querían mantener a Eren a la vista al tiempo en que descansaban —dijo Petra después de un momento.
—Pues, Hange debe estar corriendo hacia acá para así tratar de convencer a ese mocoso de que abrirle la barriga y sacarle las tripas servirían para dar un gran paso en su investigación —comentó tranquilamente, como si no hubiese estado ensimismado en sus pensamientos.
Era un método peculiar, pero no del todo loco, según las palabras de Hange como líder de escuadrón.
—La señorita Hange va a estar muy emocionada con él... —aludió pensativa, mientras tomaba otras tazas y las colocaba al lado de una tetera humeante encima de una bandeja.
Levi no dijo nada porque de hecho ya había presenciado el clímax de Hange en cuanto a Eren. Así que se quedó mirándola, tratando de interpretar los gestos implícitos que enmarcaban su rostro. Y ahí estaba. Dando por reconocido algunos pedazos de todo aquello que la componían: un toque amabilidad, sensatez y lealtad. Ciertamente tenía varios rasgos parecidos con personas cuyo destino habían terminado de forma funesta, como todo lo que él conocía. Incluso notó, que Petra se asemejaba un poco a él; no ofrecía con facilidad aquella voluntad a cualquiera, tenías que ganártelo ofreciendo una cualidad a cambio, tal cual como le había pasado a él con Erwin. Entonces se preguntó qué había visto ella en él para seguirlo.
Él no es el tan perfecto héroe invulnerable que la gente cree, ¿sabes?, recordó. Eran las palabras que había escuchado decirle a Eren más temprano, mientras limpiaban. Irritable, violento y duro. Así lo había catalogado ella. Parecerían más defectos que fortalezas o virtudes a los ojos de alguien que no lo conociera o solo viviese para idolatrarlo, pero él, por alguna razón se sentía valorado, porque precisamente eso era.
Ni siquiera se consideraba un maldito héroe, y mucho menos pretendía serlo. Al contrario; pensaba en sí mismo como una de las tantas escorias con la que el mundo debía de cargar.
Sorprendente, era el adjetivo superlativo que Petra Ral le daba a Levi. Él, por otro lado, prefería los negativos, como: despreciable, tirano o vengativo. No por jactarse; sino que así lo veían algunas personas a él, porque así actuaba, y porque no sabía lidiar con el cariño y el aprecio sin sentirse un poco incómodo.
—Voy a llevarles esto. Con permiso, señor —se disponía a irse, pero él la retuvo.
—Te saca tu lado maternal.
—¿Qué? —inquirió al no comprender. Parándose de golpe después de un par de pasos.
Levi dejó la taza en la mesa y caminó hacia ella.
—El mocoso. Eren. Saca tu lado maternal.
Ella medio entendió la respuesta.
—Es que es muy joven y su situación bastante complicada.
—Pero no te fías por completo de él —dio otro paso.
—Sería estúpido de mi parte, señor.
—Exacto.
—Disculpe, capitán, ¿pasa algo? —la verdad se le hacía bastante ajeno aquello; no el que de pronto mantuvieran una conversación, sino que los señalamientos no eran comunes en aquel hombre. Él no se iba por las ramas.
Intuitiva como siempre, ¿eh?, pensó. ¿Por qué ahora después de tanto tiempo aceptaba del todo que había una Petra para cada persona? Es decir, que ella solía ser de muchas formas ante alguien. No era consciente, eso estaba claro. Ponía en su sitio a Auruo cuando nadie más lo hacía. Podía sostener una conversación con Erd y Günther a pesar de lo crudos e hijos de puta que llegaban a ser, igual que él. Ni qué hablar de Hange, a quien defendía como una hermana mayor cuando alguno se pasaba de la raya o pretendía ridiculizarla a sus espaldas. ¿Y por qué demonios él estaba enumerándole tantas características? Mierda, claro que sí: se sentía atraído por Petra, mucho más de lo que había estado dispuesto a admitir para sí mismo, pero no podría hacerse el idiota y mucho menos embotarse por ello.
Hacía tiempo que lo sabía y lo aceptaba, pero no estaba dispuesto a poner por encima de nada a una atracción que solo podría dejarlo más jodido de lo que estaba. Tomando en cuenta que convivían diariamente y que la situación de una relación más estrecha y sexual pudiera volcar toda la estabilidad que hasta entonces tenían.
Su mayor prioridad era su trabajo, más que todo, siguiendo a Erwin de un modo inexplicable e irrefrenable. Era un inadaptado que no sabía cómo comportarse de otra manera que no fuera insólita o impetuosa, su maestría en el arte de la guerra por la sordidez y la ignominia en que había crecido le dejaba muy poca sumisión hacia los sentimientos más afectivos y temerarios como el cariño y el amor. Le suponían más dolor que otra cosa. Era demasiado desarme para él.
Era mucho el riesgo que corría siquiera con pensarlo.
No se proponía adornar ni embellecer nada, siempre era claro, aunque manipulador cuando quería.
Pero ese día estaba cansado y con la frustración al tope, le gustaría probar una parte de lo que tanto se habría reprimido en tener, aunque solo fuera esa vez. Así que, lo mejor era hacer algo o nada en absoluto. Esas eran las opciones.
Optó por la primera.
—¿Alguna vez te han besado, Petra? —Le soltó sin rodeos. Claro como el agua, directo como el fuego.
Petra casi soltó la vajilla y un rubor se extendió por sus mejillas y frunció el ceño.
—Por tu cara voy a pensar que no.
—No se trata de eso, es que usted no suele ser un entrometido. —Se explicó ella, viendo a Levi como si se hubiese vuelto un demente.
De haber sido más expresivo, Levi se habría carcajeado ante aquel comentario. Agallas. Otra cosa por la que Petra le caía bien.
—Entonces sí.
Después de haberse recompuesto, la chica contestó con más facilidad.
—Bueno, sí. Pero hace un tiempo que no y sinceramente no es como que ahora tenga mucho tiempo libre para cualquier escarceo y menos un romance. —Como estaba algo nerviosa le soltó aquella breve explicación que ni tenía que darle, ni él le había exigido.
Se había besado y acostado con alguno que otro en el ejército, más traía su propia experiencia adherida bajo la adquirida; era una mujer de carne y huesos, pero Petra recobró el sentido y decidió no entrar en más detalles. Él no se los pidió, al igual que esperaba lo mismo de parte de ella. Era todo lo que necesitaba saber; si sí o no. Un poco por curiosidad y el resto para poder proceder.
—Entonces, ¿te puedo besar?
—Sí —un consentimiento explícito
Con suficiente agilidad le quitó la bandeja de las manos y la dejó sobre la mesa, a un lado de la taza que hacía poco ahí había dejado. Era una suerte que Petra fuera ligeramente más baja que él. No era que le importara si fuese más alta, pero de esa forma encajaban en los ángulos correctos.
Se acercó más, pausado, no queriendo volver pesada en una mala manera la situación cuando ya estaba de por sí, cargada de tensión.
Cuando alargó el brazo y su mano su mano envolvió su nuca, Petra agrandó los ojos, reflejando sorpresa, pero no miedo. De haber querido alejarse lo hubiera intentado en ese momento y no lo hizo.
Levi rozó sus labios con los de ella brevemente y respiró hacia su boca con intención, luego cerró la distancia por completo y capturó el labio inferior, succionó ligeramente y mordisqueó, probando. Conquistando.
Compartieron el fresco sabor del té de manzanilla y un poco de ambos.
El estupor con el Petra había abierto los ojos, poco a poco fue pasando y finalmente los cerró, dando paso a la caricia que dejaba de ser un movimiento paulatino y se transformaba en premura. El instinto se fundió con la memoria, lo que la llevó a acompasarse al ritmo de Levi.
Llevando su mano derecha a la altura del hombro y la otra hasta el pecho, se aproximó más a él, confirmándole a Levi, quien aún con los labios ocupados, pudo formar una levísima mueca-sonrisa, por sacar a flote aquello que hace un momento se había dicho: las diferentes partes de Petra.
Habría sido una mentira si dijese alguna vez que no le complació descubrir y exponer ese lado ansioso de Petra Ral de una forma que no era la comúnmente hecha, o, mejor dicho, que él experimentara, y a quien la mayoría conocían por su razón, sencillez o su tendencia pertinaz. Más aún despertarlo.
Petra, sin embargo, revivió la sensación de ser besada: esa hiperconsciencia a cada parte sí misma y su besador. Aquel corazón desbocado, el ansia por fundirse el uno con el otro, de tocar y sentir. Ese hormigueo estimulante que recorría todo su cuerpo. El deseo, profundo y espeso que se le acumulaba en el vientre y punzaba en su centro.
Finalmente, por una necesidad tan básica como era respirar, ambos se separaron de forma abrupta, llenando de oxígeno sus pulmones. Y como un «sexto sentido» (por no decir algo obsceno) apareció Hange, derribando la puerta de par en par.
—¡Eren! ¡Levi! Díganme, ¿dónde...? —y las palabras se desvanecieron para dar paso a una mirada insinuante ante la proximidad de sus cuerpos y la diferencia a otras ocasiones en que fueron interrumpidos en una escena parecida.
—Me imaginaba que serías tú, cuatro ojos.
Levi, mejor conocido por su cara de póquer y su letalidad al hablar y matar, no dejó indicio alguno de lo que acababa de pasar. Tal vez por eso Petra también le siguió la corriente: como si nada hubiese sucedido, como un pacto secreto entre ambos.
—¿Dónde están los demás? —inquirió ya más formal, Hange Zoë—. ¿No me digas que estabas aprovechando que el resto está por ahí quién sabe dónde, para corromper a la dulce Petra?
Ni Levi ni Petra tuvieron la absurda amabilidad de creer aquellas embusteras preguntas que solo tenían como fin fastidiarlo, sin importar que la dulce Petra fuera usada para ese propósito.
Levi se dirigió a la bandeja, tomó entre sus dedos una nueva taza y antes de llevársela a los labios respondió:
—Eren fue a mostrarle cómo funcionan sus poderes al resto del escuadrón —mintió adrede, luego sorbió y fue sorprendido con té negro.
Petra enarcó una ceja y al segundo la volvió a su estado normal. No solía beber té negro, pero Erd, Günter y Auruo sí.
—¿En serio? Y yo aquí perdiendo el tiempo con ustedes —Hange voló hacia la puerta y antes de cerrar dijo con picardía: —. Pueden seguir manoseándose con confianza...
Dicho eso, salió a buscar al chico enrabietado que tenía la habilidad de transformarse en titán. No lo encontró hasta dos horas más tarde sentado con Levi y su escuadra, tomándose una caliente taza de té, teniendo una conversación que parecía seria. Conversación que quedó interrumpida y que fue de algún modo el comienzo de otra, una que, al grupo reunido en la mesa, a excepción de Eren, se rehusaba a escuchar.
Y mientras, Eren no durmió escuchando las obsesivas explicaciones de Hange sobre su tema favorito: titanes, Petra y Levi charlaron un poco —bueno, ella fue la que habló más—, una conversación ciertamente no demasiada extensa ni muchos detalles por su parte, pero sí muy reveladora.
Sus madres habían muerto, la de Levi cuando era un niño pequeño, la de Petra al nacer. Pero lo más sorprendente fue saber que la rubia se había casado a los dieciséis y a los dos siguientes años ya era viuda. Nunca había soñado con casarse, le gustaba demasiado su libertad. Pero de alguna forma el sujeto la convenció, Petra no le explicó cómo. Lo que sí le dijo es que había estado loco por tener un hijo y ella se negó a ello por la sencilla razón de que no lo veía responsable cuando todo lo que caminaba se iba muriendo de un momento a otro.
Él falleció en una de las tantas exploraciones de la Legión.
No fue solo por el beso que habían hablado, aquella era una cuestión aleada por lo que ni siquiera fue el único tema tocado esa noche, sino que dio paso a comunicar más, pero Levi siempre estuvo consciente de los rumores que estaban sobre él y Petra en cuanto a su relación, dado que algunos soldados eran más discretos y otros no tanto, entonces se preguntó por qué diablos había decidido perder tanto el tiempo si al fin y al cabo se iban a pudrir en algún momento. De pronto, como un rayo, se le vino a la mente una imagen de Farlan. Él sí que no hubiese perdido el tiempo, o al menos lo habría descubierto mucho más rápido y tomado cartas en el asunto.
Si bien era un hijo de puta, sabía que distaba de obtener una medalla de honor por ello (y qué, si le importaba un demonio cuanta condecoración le plantaran en el pecho). De modo que, como Petra quien no se veía trayendo hijos en aquel mundo cuando todo era una mierda, él no se imaginaba metido en una relación.
Porque algunos nacían valientes, otros se hacían; obtenían una razón para serlo. Pero a veces no todo se trataba de agallas o cobardía, sino de razones y circunstancias. Algunos salían, otros se quedaban. Varios decidían, a otros les tocaba vacilar. Y así se desenvolvía todo, entre las asperezas y la crueldad, atesorando el fulgor ambivalente de los buenos momentos que ocurrían, tanto para aferrarse a ellos cuando todo se los podía tragar, como si no.
Y es por ello que cuando veía a Petra mostrarle al mundo su rebeldía y sus resoluciones: renuente a ser la viuda que se quedó en casa, a ser una madre solo por oficio o conformidad, a ser encasillada entre el resto porque tiene el porte, las dudas se desvanecen. Al diablo con la sociedad.
No hubo nada que decir entonces, no hubo nada que aclarar.
«Tuve la suerte de ser arrojada bruscamente a la realidad». —Anna Freud.
NOTA
De alguna manera la sociedad siempre quiere obligar a las personas a ser algo, aún ahora en esta época donde ya no hay tantos tabúes y se ha logrado mucho, los prejuicios y el señalamiento indiscriminado sigue en curso, y es que hay personas que se empecinan en seguir en ese tipo de ideología.
Estas fueron mis palabras por aquel entonces, sigo creyendo lo mismo, pero también quería acotar esta vez que, aunque comúnmente soy fiel a la identidad de género de Hange en el manga; sin definición, aquí lo plasmé como en el animé: afirmando que es mujer, tanto por la trama como por el mensaje de la historia en sí, mas no quiero con esto darle un rol estereotipado ni faltarle el respeto a nadie, es simplemente una interpretación para el fic.
Publicado por primera vez en agosto 4, 2018. Reeditado en marzo 20, 2022.
Muchas gracias por leer.
