Capítulo II

Donde prosigo con el cuento de mis numerosas picardías, y de cómo descubrí acaso los amores que mi madre tenía

Con esto, y por no ser yo muy afín al aseo, me tomó los más días de mi deliberada penitencia deshacerme de la porquería que tenía impregnada en el hocico, de lo que luego aprovechaban mis amigos para llamarme de nombres que más le veniese a propósito a mi negra condición: como ser Zoruediondo o Zorrinmundo, que aunque con justa razón lo tuviesen, a mí eso me corría muchísimo, y no pocas veces les devolvía las burlas a pescozones, y que allá se las den al diablo con sus motes. Dicho esto, me he dado cuenta que, por la priesa que tenía de engolfarte en el cuento de mi vida, me había olvidado de contarte una cosa que no es de poca importancia a este el mío, que es el nombre que mis padres me dieron: el cual es Maquio, puesto que en dándomelo se imaginaban que habría de igualar en todas mis intenciones y designios las del mismo Maquiavelo, (que en mi vida escuché nombrar tal pokémon).

Digo, pues, que pasados los días de mi temerosa enmienda, y estando prevenido, entre otras cosas, de no levantarme a mayores ni dar espuelas a mi levantisco ingenio, me estuve por un buen espacio tan quedo como un Metapod, al punto que a cada momento se me santiguaban y me pedían la bendición, de ver con cuánta santidad me comportaba; aunque poco me aprovechó el remedio, porque no habiendo poro ni filamento en todo mi cuerpo que no sea inquieto ni malvado, un día en que nos espaciábamos con unos mis amigos sobre una cuestecilla, que estaba en un muy real prado, conocimos a tiro de piedra un grupo de Pansear, los cuales cargaban en sus manos unos plátanos asaz gordos; y, entretanto que los echaban todos en el suelo con propósito de comérselos, yo ya estaba trazado el mío, el cual era con el de rebato. Y, así estando, y con mucha fianza de mis amigos, (quienes eran tan o más endiablados que yo), y de mi golosina, emprendí mi carrera a todo trote, que hasta mi sombra porfiaba en igualarme el paso, y en llegando se los arrebaté todos, y di a correr con tanta priesa, que no pudieron echar de ver quién ni de qué manera se los hurtaron. Quedé contentísimo con mi botín, y más aún viendo cuánta ventaja les llevaba a los despojados monitos, pues dos patas no corrían lo que cuatro; y en lo que se tardaban en averiguar hacia dónde había picado, yo ya me les aventajaba dos tiros de escopeta.

El banquete que luego nos dimos, oh cuerpo de San Banano, fue tal que ni los del rey le iban en zaga, y mis tripas lo celebraban con tanta fiesta, que quedaron hinchadas como una piñata, pues te juro que, en aquel punto, un Munchlax y yo nos parecíamos como un güevo al otro.

Habiéndonoslo, pues, comido todo, quedamos al cabo ahítos y con harto contento de nuestro buche, y en aquella sazón nos fuimos de allí rodando como los Electrode; pero aún temiendo nos hallasen, y nos sea todo mal contado, tomamos la vía del otro lado de la ribera, en do vimos en un pradecillo estar tejiendo a una Leavanny tan sin malestar alguno, que nos determinamos en molestarle. En fin, que en cuanto más nos llegábamos, más nos daba cata ella de su vejez, pues paso ante paso íbamosle añadiendo un año más a la cuenta de su edad, según nos la iba mostrando ser numerosa. Doy fe en que la edad de la vieja debe haber sido la del último número, o, en todo caso, más de lo que yo podía contar.

Digo, pues, que la vieja era archivieja, y que asimismo tenía amarrado entre dos alcornoques uno de esos desagradables hilillos que los bichos suelen escupir, a modo de tendedero, en donde colgaba una suerte de vestidura hecha a partir de muchas hojas tupidas; y, puesto que las hacía algo extravagantes, que no parecía sino que iba a vestir con ellas a un Ditto deformado antes que a un Sewaddle, ya comenzábamos a tener algunos barruntos de su ceguera. Y terminando la vieja de componer una de ellas, iba y la colgaba sobre el hilillo, y yo iba y se las descolgaba con mucho tiento; y así lo hizo con cada una de ellas, y yo a todas se las descolgué, con que luego, al no hallarlas, daba tan graciosas muestras de enojo, que me movió a hacerle más burlas; y fue tal que, a trueco de los vestidos, colgué sobre el hilillo los sobrantes de nuestro banquete, quiero decir las cáscaras; pero, entretanto que cometía esta diablura, vino un enjambre de Sewaddle quienes al parecer acudían a ser vestidos por su agüela. Yo con esto me sobresalté sobremodo, y lo primero que atiné a hacer fue mudar mi forma a la de uno de esos asquerosos bichos porque no fuese notado. Y digo que me fue bien, porque los más no compusieron gesto ni visaje alguno, y pues aun parecía que ninguno de ellos estaba al tanto de lo que sucedía a su alrededor.

Vino luego la vieja y comenzó a repartirles a cada uno de ellos unas muy grandes hojas para que las comiesen; y cuando llegó hacia mí le dije que no tenía gana, que me estaban dando en la barriga unos torzones infernales. ¡Oh, y en tan mala hora y peor sazón hube dicho yo aquello! Que así como lo oyó, me asió la muy zurrada y me empezó a mirar de hito en hito, como si de veras ver pudiese, a lo que luego se determinó en echarme sendas gaitas, (que sendos puñetazos le de luego Giratina en el averno). Yo, por más que pataleaba, la vieja me tenía asido con una fuerza que su complexión no la demostraba; y, tentándome el rabo, decía la maldita: «En mi vida conocí un Sewaddle que tenga esa suerte de pelo, ni aún rabo alguno», (y esto decía porque las ilusiones de nosotros los Zorua solo afectan a la vista, y con el primer roce ya se echa de ver el embuste). Yo maldecía a la vieja entre mí, puesto que, además de ciega, parecía ser también medio sorda, porque ni se curaba de mis porfías.

En resolución, yo me atajé tanto, sobre todo al notar cómo la vieja se iba dando lugar entre mis posaderas, que, en lo que me echaba el líquido, (que sepa Arceus qué clase de agua infernal fue la que me echó), comencé a darle de tantos mojicones, que por poco no le horadaba el rostro. Terminado aquel desquijarramiento, volvime con mis amigos, quienes no podían tener la risa que a borbotones se les escapaba por los ojos. Los míos lloraban lágrimas de tormento, entretanto que me desaguaba por detrás como un Stunky, pero ni siquiera aquello fue suficiente para amancillarles el ánimo, que ya andaban perdidos de risa.

Si la vieja feneció con ese ataque, nunca lo he sabido, ni tampoco se me da nada en saberlo, antes sé que aquel día volví a mi lugar, como dicen, con el rabo entre las patas, pues tan mal me supo aquel negro caldo en el culo, (que juro que me besó desde lo más granado hasta lo más menudo), que aún a día de hoy me trae tormento recordarlo.

Confiésote además que, además de haber pecado de travieso, asimismo lo hice de curioso, porque, no siendo estas que ahora te contaré cosas que me tocaban ni atañían, sino a mi madre, a quien en aquel tiempo tañían y retocaban otras patas que no eran las de mi padre, una noche en que la hambre me tenía en muy mala guisa, me fui a emboscar con aval de mis tripas en un encinar ribera a un muy ancho río, a do iba con achaque de buscar bellotas, las cuales hallé muy a mi sazón; y en lo que estas visitaban mi panza, oí unos muy tiernos aullidos, que luego conocí ser los de mi madre, a los cuales acudí con tanto sobresalto de mi ánima, por pensar que estaba metida en algún mal trance, que decidí mudar mi pequeño cuerpo al del más grande y corpulento Liepard, por ver si así lograba engendrar el miedo en cualquiera sea la criatura que contra el de mi madre acometía. Pero lo que finalmente vi entretanto que llegaba, pues, prefiero no decirlo, aunque ya podrás imaginártelo, y te pido disculpas por ello, que aunque más quisiera echar tela a mis deshilados recuerdos de aquella noche, me resulta labor muy engorrosa, y quédese esto aquí. Lo que sí te puedo asegurar de buena parte es que, por aquel tiempo, se sospechaba que mi madre andaba requiriendo de otros amores fuera del amancebamiento que con mi padre tenía, y acabándome de certificar de aquella verdad, vi que, de hecho, el miedo que sintió el enemigo de mi madre había sido tanto que, siendo él también un Zoroark, y teniéndome a mí por mi padre, enseguida se mudó, como si hubiese sido cosa trazada, en la figura de un Zorua; y tras esto dijo el muy bellaco: «Ole, papa, y en buena hora nos hallastes, que harto perdidos estábamos». A lo que mi madre añadía: «Zoroark, digo, Maquio tiene razón, que además con el frío que habemos, andamos cosidos», excusándose de esta y otras maneras mientras que porfiaban en desunirse.

Yo, al escucharme conjurar de aquella suerte y de aquel impostor, quedé corridísimo, con que luego luego cogí una bellota que acaso traía y se la arrojé en la cabeza, escalabrándosela toda, de suerte que por poco no se la escondí dentro. Todo esto hacía al tiempo que, cegado de mi simpleza, decía: «¡Oxte, puto, que yo soy el verdadero Maquio!». Y digo que me vio tan resuelto en matarle, que presto se dio a huir el muy castroso, y aun le habría seguido, si mi madre no me hubiese asido del rabo y traído hacia ella, la cual luego me hizo prometerle jamás darle cuenta a mi padre de lo que enhoramala vi aquella noche, cosa que mal de mi grado hasta el día de hoy he cumplido, por no quitarle más honra al que ya no tiene ninguna, aunque bien le hube vengado con el bellotazo. Con esto, digo que el pobre quedó tan dulcísimamente engañado, que mal año para los Absol y sus cuernos, que a mi padre se los pusieron mejores y más grandes.