Cuatro años después
Martes 10 de Julio, 2096
12:35hr
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El pequeño Hitoshi corre en medio de la mata de dientes de león, palmas abiertas golpeteando los copos a su paso. Su cabello rubio parece mimetizarse con las flores creciendo al lado de los copos; sus ojos carmines brillan risueños, llenos de alegría cada que la pelusa de la planta se esparce en el aire. Ochako se ve contagiada por esa alegría, observándolo con una gran sonrisa mientras lo vigila. Acaricia su vientre ligeramente abultado, imaginando que un día será su propio cachorro al que vea correr por la vegetación, que será ella quien esté en labor de parto, como Denki lo está ahora y es la razón por la cual debe de cuidar de su hijo.
Toma un diente de leo y lo sopla cerca al menor, él estornuda y ella ríe. Como omega que es, su instinto materno nace cerca a los cachorros y es imposible que se negara en cuidar a uno tan pequeño. Por ello, no es ninguna molestia que el grupo le asigne tareas. Parte de aprender a convivir en esa nueva sociedad que están construyendo, es implantar roles. Algunos pocos han sido asignados de acuerdo a sus capacidades, sobre todo, aquellos que han llevado vidas fueras de laboratorios y sus conocimientos pueden ser aprovechados e impartidos a otros. Para el resto, los roles han sido asignados de acuerdo a los géneros y aspectos que estos aportan por sí solos.
Estaban los alfas. Grandes, fuertes y temperamentales, con la misión de proteger a la manada. Resguardan el bosque en grupo, rodean la periferia de la pequeña villa que han elevado en chozas de madera y hojas secas. Los betas era una de las porciones más pequeñas entre ellos. Sin periodos de celos que interfieran con sus tareas, sin aromas que les distraigan y con una fuerza que debía ejercitarse, eran ideales para el trabajo de campo, caza y demás tareas de apoyo en la manada.
Por otro lado, los omegas como ella, contribuían al cuidado de los cachorros, tanto de otros omegas como de betas hembras. El instinto materno es lo más arraigado que traen consigo, llevándolos a proteger a los cachorros que sienten como suyos, con su vida de ser necesario. Ochako habia visto al pequeño Hitoshi desde que nació en mitad de su huida, no permitiría que nadie le dañara y Denki confiaba en ella para esa tarea.
–¡Ochako! –le llama animoso el pequeño, extendiendo el dedo hacia ella. Le muestra una mariposa posada en él.
Ella se enternece. Hitoshi solo tiene cuatro años y aunque ha nacido ya en libertad, aun le sorprende cada pequeño detalle de la naturaleza que descubre ¿Cómo no hacerlo? Ella misma continúa encontrando asombrosas algunas cosas.
Han sido cuatro años de novedades, de aprender a convivir y adecuarse. Tiempo en el que han debido caer en cuenta que, a diferencia del laboratorio, ahí no habría quien les alimente y proteja. No había un techo bajo el que dormir e incluso, el colchón duro de su celda, era una delicia, a diferencia a dormir sobre roca dura. El primer año había sido el más difícil, asentándose en cuevas, conviviendo con insectos, murciélagos y mugre. Era un lugar frio, oscuro, húmedo.
Pero eran libres.
O eso solían decirles Nejire y Mirio, los lideres de la manada.
Habían tenido bajas, demasiadas.
En inicio, los animales salvajes eran un peligro, siempre al acecho, atacándolos. Incluso durante su gran caminata hasta ese punto, los alfas debieron enfrentarse a una manada de lobos. La escasez de muchos insumos llevó a algunos a morir por sus heridas infectadas. Lo que derivó en las incursiones a villas cercanas, donde saqueaban los invernaderos, establos y almacenes.
Otro tanto murió a causa de armas de los custodios de las villas.
Cuando la utopía que habían creado ahí afuera parecía desmoronarse, apareció su último recurso: Las misiones suicidas. Aquel fue el nombre que le pusieron a los ataques que prepararon hacia otros laboratorios y camiones de trasporte. Ochako podría contar con los dedos cuantos de los que salieron de la villa, continuaban aún con vida. El corazón se le estruja de recordar las veces que vio retornar a los alfas de sus misiones, con más gentes nueva, dispuesta a aportar en la manada; pero sin otros tantos que ella ya había empezado a considerar familia.
–¿Te encuentras bien? –pregunta Touya.
Su alfa.
Ochako percibe su aroma, unos toques de preocupación que le hace percibir el suyo propio como inquieto. Esfuma sus cavilaciones, prefiere no pensar más en el pasado y centrarse en lo que el destino le depara, junto a su alfa y el cachorro que espera. Camina más cerca de él, sin perder de vista al menor. Nota que Touya también anda a alerta sobre ellos, es su labor cuidar a la manada y más aún, si es su omega la que pasea con un cachorro al límite de la villa. Ochako apoya la frente sobre el pecho de su alfa, solo un instante pequeño, sintiendo su perfume que ahora rebosa de tranquilidad y cariño.
Años atrás, jampas hubiera imaginado llevar una vida como esa.
De pronto, el gruñido de otro alfa les saca de su burbuja.
Toman distancia en lo que reconocen a Katsuki como el otro alfa. Toya le miran un segundo, las feromonas ambos alfas se disipan y entonces, el aroma de lo que ha olido Katsuki llega a ellos: intruso. Touya apenas tiene tiempo de empujar a su omega contra el cachorro, cuando del bosque se le lanza encima un alfa con mayor masa muscular. Rueda por el manto de dientes de león sujetando al intruso. Los giros se detienen, Touya queda debajo manteniéndolo sujeto con una llave de piernas, pero a su vez, alejándole las fauces con sus manos. Desde esa posición tiene vista directa al rostro desfigurado en ira del alfa. La saliva espumosa le cae encima, escapando de sus dientes que buscan morderle.
Y lo logra.
Touya ruje de dolor, pero no le libera de su agarre de piernas.
No podría sucumbir a ello cuando su omega aún está cerca y peligra de un ataque.
–¡CORRE! –grita Katsuki, con tanta furia de saca a Ochako del shock en el que esta.
Es recién ahí, que oye el llanto de Hitoshi, que se esconde tras su pierna asustado. La omega corre cargándolo con dificultad, por el tamaño y su embarazo.
Katsuki espera a que se alejen una distancia considerable, haciéndole guardia por si otro alfa apareciera. Mas no lo hace, solo es uno. Cuando la omega se ha distanciado lo suficiente, entonces corre y colisiona contra la masa de músculos que es ese alfa embravecido. A penas logra moverlo; sin embargo, es suficiente para liberar a Touya de sus fauces. Katsuki gruñe más alto, alertando a la manada y este se refleja a lo lejos, siendo imitado por otros, reenviando el mensaje.
Sin embargo, el coro de alertas, pone sobre aviso al alfa, que se reincorpora a dar batalla, propinándole un zarpazo. Katsuki gime al sentir su piel rasgarse, el maldito es ágil. El alfa posiciona su cuerpo a la defensiva, listo para volver a atacar. Katsuki también se ubica junto a Touya, dispuestos a que el intruso no traspase ese límite y llegue a la villa. Pero antes de que la confrontación inicie nuevamente Mirio y Mina se unen a ellos.
El alfa, al verse superado en número, retrocede, ocultándose en el bosque. El grupo de ataque le periguen. No pueden permitir que escape; si lo hace, alertara de su ubicación, obligándolos a cambiar de asentamiento una vez más.
Touya es el más ágil de ellos y, aun herido, les adelanta, saltando sobre el alfa. Esta vez, ya sin Ochako cerca, es capaz de luchar con salvajismo. El alfa intruso también lo hace, entregándose de lleno a la pelea. Es rápido, es fuerte, posee una técnica única, al igual que Touya.
La que les enseñan en los laboratorios.
Luego de que iniciaran sus incursiones a las villas y laboratorios, empezaron a enviar grupos armados a buscarlos al bosque. Los primeros no obtuvieron resultados, estaban demasiado lejos como para que el oxígeno de sus trajes resistiera todo el trayecto, además que la ventaja la tenían ellos, al poder desplazarse sin trajes incomodos. No previeron que aquellos grupos no buscaban atacarlos, sino dar con su ubicación.
Fue al segundo año cuando el primer asalto por parte de un alfa de laboratorio se dio. Llego de noche, nadie notó su presencia hasta que el olor a sangre hiciera aparición. Las familias de dos casas del extremo sur de la villa fueron atacadas, junto a dos alfas que fueron a defenderlos.
El panorama fue de cuerpos cercenados, viseras desperdigadas, la voz agonizante de uno de los cachorros.
Los alfas de laboratorio eran salvajes y sanguinarios, con una misión que movía sus instintos sacando lo peor de ellos. Aun con eso, no estaban permitidos de matarlos a no ser que fuera necesario.
Les sirven más vivos, unidos a ellos, que muertos.
–¡Katsuki! –oye a Mirio– ¡Izquierda!
Obedece sin miramientos. Se divide del grupo yendo por la izquierda, serpenteando entre los árboles. Mina le sigue por el margen derecho y empiezan a rodear al enemigo. Ellos no solo son más, sino que ya conocen su terreno, tiene a su favor la experiencia adquirida emboscando animales. Sin embargo, Touya está herido y en un descuido, el alfa de laboratorio escapa. Mina le intercepta, dando una pelea dura. Ambos se muerden, rugen y clavan las uñas.
Pero el macho es más fuerte, la ira le da poder.
Esa es la fuente de la energía de todo alfa.
Katsuki corre junto a Mirio a ayudarle; sin embargo, antes de que lleguen, una lanza corta el viento en su recorrido recto hasta dar en el cuello del alfa invasor. Katsuki detiene la marcha, observa sobre su hombro, Momo se encuentra de pie con otra lanza que no será necesaria usarla.
Le ha atinado a la yugular.
El canto de unos grillos acompasa sus respiraciones agitadas. El aroma a sangre se mezcla con el de sus feromonas y tierra húmeda. Mirio arrastra el cuerpo del alfa caído, liberando a Mina de su peso.
Regresan en silencio. Algunos con sangre, algunos con heridas. Algunos con ambas. Pero no es eso lo que más les aflige, sino es saberse como asesinos de uno de los suyos.
Un ser inocente que ha sido manipulado por los interese de otro.
Los alfas de laboratorio eran obligados a marcar a un omega para luego utilizar su instinto en beneficio a esa sociedad que solo ha vivido a expensa de sus ciudadanos. Eran liberados en las cercanías y enviados a atacar. A lo largo de los años, han tenido bajas, muchas, pero también han aprendido a recuperarse. Una de las maneras más rápidas, capturando a los alfas enviados. Su dominio es difícil y ni siquiera Nejire lo había logrado con sus feromonas. Una vez marcados, difícilmente percibían la intensidad de otro omega.
Touya había sido uno de ellos. Sacado de su casa a los dieciocho años y encerrado en un laboratorio para un sinfín de experimentos. Le habían emparejado, incitado al celo, marcando a un omega sin siquiera comprenderlo. Había sido separado de su pareja embarazada meses antes de ser enviado al bosque y fue su instinto quien obedecía bajo la promesa de tener a su familia de regreso.
Fue Shoto quien le reconociera como su hermano, pidiendo no hacerle daño, explicando que no era un enemigo. Se había llegado a un consenso entre los miembros más importantes de la manada, pues se podrían obtener información valiosa de él.
Así se había dado inicio a la construcción de unos tipos de celdas, solo provistas de cadenas que los afianzaban a la roca y alfas que los resguardaban dispuestos a matarlos si se hacían incontrolables.
Como Momo lo hizo ahora.
Como a otros les había tocado hacer.
Por más que quisieran integrarlos y ver la muerte como última opción, era difícil cuando los alfas se descontrolaban, furibundos, al no tener a sus omegas al lado. Solo unos pocos habían logrado llegar a ese punto en el que el lazo que les unía a sus parejas, parecía romperse finalmente.
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13:37hr
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Había sido demasiada calma por un tiempo, era de esperarse que algo sucediera en cualquier momento. Nejire había pedido a los alfas que estuvieran preparados y lo habían estado, repelieron el ataque a tiempo, dándoles tiempo a todos de ponerse a buen recaudo.
No por eso, Tamaki se sentía tranquilo.
Seguía crispándose de nervios cada que el gruñido de un alfa se escuchaba alto, reconociéndole como una alerta para el resto. Odiaba el caos que se originaba en esos segundos, todos corriendo, los gritos, el alboroto de otros omegas temerosos y las feromonas alterándolo más. Sentía tanto pavor de no tener a sus cachorros cerca o que alguno se le perdiera en el tumulto mientras corría a casa a guarecerse.
No, no era una situación agradable ni calmada.
Menos aún, cuando Mirio era quien iba a proteger la manada y la angustia solo aumentaba con el pasar de los minutos. En su olfato aún vivía el recuerdo del aroma a sangre de las muertes que esos alfas habían ocasionado en su muy reciente intento de villa. No quería que nadie más muriera ahí, pero, sobre todo, no quería que fuera Mirio quien entregara su vida protegiéndolos. Tamaki solo podía abrazar a sus cachorros y reconfortarse con sus aromas infantiles, bajo la esperanza de que el enemigo fuera derrotado sin ninguna baja de ellos.
–Tranquilo, no voy a dejar que nada les suceda –irrumpe Nejire unos pasos delante de él, cerca de la puerta de su cabaña.
La hembra espera alerta, sin girar a verle, los ojos fijos en el ingreso con la lanza posicionada para su defensa. Sus sentidos enteros están puestos en cualquier ruido que oiga, su olfato se divide entre percibir a Tamaki, los cachorros y el exterior. Ante cualquier aroma extraño, no dudara en defender a los suyos. Puede que se hubiera llegado a un consenso de mantener con vida a los alfas de laboratorio, pero jamás permitiría que se acercaran de más a su manada.
Una vez lucho por diversión dentro de un laboratorio. Ahora lo hacía por su vida y la de los que más quería.
De pronto, sus alertas disminuyes, al olfato llega el olorcito que le tranquiliza siempre. Percibe también, el aroma de Tamaki relajarse. La puerta se abre lento, pidiendo permiso en silencio. Mirio ingresa, el cabello húmedo, con algunas gotas de agua dulce resbalando sobre su rostro. Aunque ha querido deshacerse del aroma a sangre impregnado en su piel, este continua ahí, espolvoreado en pequeñas dosis que intenta cubrir con su propia esencia para lo alterar a nadie.
Nejire es la primera en recibirlo, dejando la lanza a un lado y saltando a sus brazos. Poernas enredadas en su cintura, frota sus mejillas con ahincó, marcándolo fuertemente mientras deja pequeños besos en él. Para Tamaki, acercarse, es un poco más complicado, lleva a cuestas un embarazo en sus últimas semanas y prefiere solo observarlos antes de alejarse del lecho y sus cachorros.
Cuando Nejire ha tenido suficiente del alfa, le libera y este sigue el rumbo hacia su otro omega. Mirio le sonríe con ternura aproximándose; para él, no hay imagen más encantadora que ver a su omega nuevamente preñado. Se arrodilla ante Tamaki antes de hacer que este se ponga en pie. Frotan las mejillas, un ronronea escapa de ambos y las manos sobre su barriguita le mejoran el ánimo. Ve a su hijo dormido a un lado. El pequeño que está por cumplir cuatro años, no es consciente del peligro que han corrido y es mejor así. Al otro lado del omega, está la pequeña Eri.
La cachorra mayor de Tamaki.
Aquella que nunca conoció
La menor había sido transportada en un camión que ellos asaltaron pensando llevaba alimentos hacia ciudad central. Grande fue su sorpresa al abrir la compuerta, luego de hacerlo perder el control entre los árboles. Encontraron a diez niños en total, todos pequeños y asustados. Mirio le había reconocido a ella de inmediato, ya que su aroma poseía leves brotes del de su omega. Sin embargo, también detectó notas de un alfa ajeno a ellos y fue ahí cuando la alegría que debía sentir, menguo.
Desde que conoció a Tamaki, creyó que sería feliz el día que encontraran a su cachorra, que la querría de igual manera como lo hacía con los suyos propios. Muy por el contrario, le había mostrado los dientes a la pequeña, rugiéndole amenazante y otros alfas del grupo habían intervenido alejándolo. Nadie podía culparle, su instinto la rechazaba al no reconocerla como suya, recelosos con ella al verla como la hija de su omega con otro alfa.
No era su cachorra.
No le pertenecía.
Al día de hoy, Eri continuaba mirándole temerosa, siempre abrazada a su padre omega, escondiéndose tras él.
Mirio respira hondo, mostrándose manso frente a la cachorra. Forzándose a hacerlo. Son seres humanos antes que animales. Controla al instinto por amor a Tamaki y procura tener pequeños acercamientos con la menor, que ya no huye al verle, sino que permanece ahí, cerca de su padre.
Carga a su cachorro y, en el proceso, acaricia el cabello albino de Eri, esperezando en que la tregua llegue pronto a ellos.
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15:05hr
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–¡Ah!
–¡Quieto! –Izuku golpea el hombro de Katsuki, haciendo sentir su orden –Eres un llorón.
Katsuki refunfuña, pero la frase sirve para que deje de moverse y su omega continue suturando la herida que el alfa de laboratorio dejara sobre su pecho. Se mantienen sentados en el suelo, la cercanía de Izuku le adormece con su aroma dulce que, aunque se muestra tranquilo, logra percibir algunas tonalidades de preocupación.
Ningún omega ahí es feliz de que a su alfa sea el encargado de vigilar la villa a sabiendas de que cualquier cosa podría suceder. Sin embargo, Katsuki prefiere ser él quien vigile, que dejar su seguridad en manos de otros. A diferencia de cuando salieron de la villa, ahora es un alfa fuerte, entrenado, sabe pelear y desatar su instinto por completo cuando la batalla lo amerita.
Algo que le hubiera servido mucho tiempo atrás, cuando se llevaron a Izuku de su lado.
Cada que sucede un ataque, su mente vuelve a traer a colación el recuerdo de su voz el día que se lo llevaron. La impotencia de no poder hacer nada al respecto, el despertar y solo tener su olor pululando, mas no a él. No teme que se lo lleven a los laboratorios, Katsuki iría por él a mismo infierno de ser necesario; pero esos alfas no van con misión de llevárselos, sino de atacar y destruir lo máximo posible.
Y Katsuki tiene certeza, de que Izuku no dudaría en sacrificar su vida por proteger a sus hijos de cualquier ataque.
–¡Auch!
–Ya termino –advierte Izuku, haciendo un nudo al final de la herida–. Listo, Katsuki.
El alfa frunce el ceño, gruñe por lo bajo.
Izuku sonríe leve, conteniendo la risa. Katsuki detesta que le llame como tal, sobre todo porque el apelativo cariñoso que le diera una vez, ahora le pertenece a otro.
–Kacchan –dice adrede y el menor de los Bakugou, de ahora cuatro años, se acerca a prestarle atención.
Misuki se habia llevado al menor de sus cachorros a hacerlo dormir. El bebé habia quedado intranquilo luego de que a la llegada de Katsuki, la casa se inundadar del el olor a sangre. Por lo que solo se habia quedado junto a su alfa y el pequeño "Katsuki" .
Y es esa misma connotación de pequeño, la que le ha llevado de apropiarse del apodo.
El niño era un hermoso rubio de ojos celestes y rostro amable que Izuku siempre consentía. En boca de su propia madre, ambos Katsuki's eran opuestos en comportamiento. El omega le revuelve el cabello al niño y este le abraza del cuello, correspondiendo al cariño.
–Oye tú, mocoso –le empuja la frente– aléjate de mí omega.
El menor no obedece, se aferra con mayor fuerza al cuello de Izuku, quien ríe finalmente. Katsuki chasquea la lengua, manteniendo la vista fija en su hermano. Recuerda que de niño su padre contaba historias de cuando aún vivían en con su familia y todas ellas estaban plagadas de numerosas personas. Por aquel entonces, él añoraba también tener un hermano.
Curioso que cuando finalmente lo tuvo, solo lo fuera a medias.
Resultaba extraño que ese niño de mirada apacible fuera hijo del alfa de la manada. Mirio le había reconocido como suyo a penas verlo a su llegada. "Es instinto" había dicho Nejire, haciendo alusión de que aquellos alfas u omegas con esta peculiaridad bien acentuada, tenían la capacidad de reconocer a los suyos rápidamente. Mirio lo hizo con el niño y también con su madre, a quien cortejó durante bastante tiempo sin éxito alguno. Los sorpréndete, para él, es que sus omegas lo permitiesen e incluso, acogieran a su hermano como parte de su grupo.
–Izuku –ingresa Mitsuki, cargando sobre su pecho a al menor de sus nietos– se durmió.
Kacchan se separa de Izuku, yendo tras su madre mientras el omega toma al bebé entre sus brazos. El menor de sus cuatro hijos, el segundo que tuvo desde que llegaron a asentarse en ese lugar.
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16:35hr
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–¡Puja! –ordena Momo, observando entre las piernas del omega.
Denki obedece, ahogando el grito entre sus dientes, presionando duro. Sus puños se cierran, cobijando su dolor y Eijiro le permite que sean sus manos en donde las uñas de su pareja se incrustan. No es la primera vez que le ve parir, aun así, le sigue resultando impactante la escena.
La sangre, los gritos, el sufrimiento de su omega.
No recuerda que su madre le haya contado alguna vez que dar a luz fuera tan doloroso, ni siquiera era así como – tiempo atrás – sus consejeros se lo explicaran. Imagina que debe haber una mejor manera para las personas que viven en las villas. De lo contrario, deberían ingeniárselas y encontrar una forma en que los omegas no entraran en celo tan seguido. Eijiro piensa que esto último seria lo mejor, ya que en el lapso de los cuatro años que llevan ahí, ese era el tercer embarazo de Denki; pero el primero de ellos que llegaba hasta el final.
Los otros dos no habían logrado alcanzar el tiempo idóneo. Eijiro preferiría quitar de sus memorias la imagen de Denki pariendo bebés muertos, aferrándose a sus diminutos cuerpecitos, incapaz de asimilar las perdidas.
–¡Ahh! –grita, finalmente.
–Respira, respira –le insta Eijiro, como hacía tiempo atrás Emi les había enseñado.
–Ya casi lo veo –anuncia Kyoka, una beta que llegó con ellos del laboratorio.
Denki puja nuevamente, arqueándose dolorosamente. Debe repetir el esfuerzo varias veces más antes que el llanto del niño irrumpa en la habitación.
–Dénmelo –exige, con la voz en un suspiro, exhausto.
Rápidamente, Momo limpia al cachorro lo mejor que puede. Los omegas suelen ser muy sobreprotectores con sus bebés y mantenerlos alejados mucho tiempo, despierta en ellos agresividad. Coloca al bebé sobre el pecho de su padre cuando este está haciendo esfuerzos por alzarse. Denki lo abraza, oliendo su cuello, para luego, lamer su rostro todavía sucio, limpiándolo.
Es una escena grotesca que a Eijiro le tomó por sorpresa la primera vez. Hoy en día, era más fácil asimilarlo conociendo lo que era el instinto. El omega interior de Denki es más fuerte que su propia esencia y le llama a tener esas atenciones con su cachorro. Es complicado asimilar que, dentro de todo, una parte de ellos está fuertemente ligada a lo animal.
Kyoka corta el cordón que le une al bebé, hace un nudo en su ombligo, ignorando el gruñido que ha empezado a hacer el omega. Momo le asiste con la limpieza del bebé, pasando un pañuelo húmedo sobre el cuerpecito antes que la sangre se seque. El gruñido de Denki se mantiene el tiempo que dura todo.
No va a atacarle.
Aunque su instinto le pida estar alerta, ya que son personas ajenas a su manada, aun es consciente de que ambas mujeres le están ayudando y cuando terminan con sus tareas, finalmente tiene un poco de sosiego.
–Quiero a Toshi –pide por su cachorro mayor, quien se encontrar fuera de casa el tiempo que el parto ha durado.
La beta va por él, mientras Momo decide continuar un tiempo más ahí. No es fácil traer niños al mundo bajo la situación precaria en la que se encuentran, cualquier tipo de complicación podría resultar mortal. Una hemorragia o que el bebé no salga por mala posición, son situaciones que, ni con todo el conocimiento adquirido como asistente en el laboratorio, podría solucionar sin los medios necesarios.
Suspira cansada, concentrándose en que al menos Denki parece estable y su cachorro respira. Observando la dinámica amorosa de la pareja con su nuevo integrante, a la que se une pronto, su cachorro mayor.
Momo sonríe con añoranza, imaginando que quizás, aquella pudo ser su vida de permanecer al lado de Shoto.
O incluso, la de él de no haberle alejado de su omega.
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19:02hr
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El asentamiento se forma de una serie de casitas de madera dispuestas en dos hileras, como lo fuera la villa en la que habitaron. Teniendo en el centro de ellas, el comedor, donde los betas reparten la comida que preparan, así como alimentos extras de sus cosechas o recolección.
Momo se dirige hambrienta hacia el lugar. Denki ha entrado en labor cerca de dos días y ella se ha mantenido a su lado, comiendo tan solo lo que se le alcanzara. El estómago le ruge, acelera el paso. Cuando llega al comedor, la primera mesa que le recibe, es la de Ochako, donde la omega se encuentra terminando su cena. Unos metros a la derecha, ve a Touya jugando con la cachorra de su hermano. La pequeña de cabellos negros, ojos rasgados y heterocromáticos ríe divertida con el mayor.
Tras la pérdida de su padre omega, ella se había hecho cargo de la cachorra, originando que su cuerpo la aceptara como suya, amamantándola y suprimiendo su celo por todo su primer año.
–Rei –le llama.
La niña voltea sin perder la alegría.
–¡Mamá! –corre emocionada hacia la omega a abrazarla, luego de dos días de no verla por el parto.
Momo la recibe cargándola. La niña se frota contra ella, como lo haría con su madre verdadera o incluso, con Shoto de tenerlo ahí.
Un leve suspiro de nostalgia se le escapa.
Aun le lastimaba pensar que no lo volvería a ver. Que la pena hacia su omega había podido más que el permanecer cerca de su cachorra. Cuando las misiones a las villas cercanas empezaron, Shoto había sido el primero en enlistarse, sin importar que pasara largo tiempo lejos. Momo le había advertido que aquello era muy arriesgado, siendo llamadas entre betas y omegas como misiones suicidas; ya que no estaban provistos de armas con sí sus rivales.
Piensa que debió ser su sed de venganza o el dolor por la perdida, la que le impidiera a Shoto ver más allá del peligro.
Fue durante una misión de esas, un ataque a un laboratorio, que el alfa no volvió más.
Momo se había hecho cargo por completo de la niña y el duelo que vivió por el alfa, había hecho mella en su cuerpo, volviendo a suprimir su celo por un par de años más. Tiempo en el que no había alfa que se le acercara, pues su aroma estaba lejos de ser atrayente. El tener una cachorra a su cargo tampoco era ventajoso. Los alfas tenían muchos reparos en convivir con niños que no fueran suyos.
–¡Momo! –Mina agita su mano, llamándola del otro extremo del comedor. En su regazo, puede ver a su bebé de siete meses, chupando un hueso.
La omega esboza media sonrisa.
Todo había cambiado poco más de un año atrás, cuando su ciclo retornara finalmente y terminara con Mina, una de las pocas mujeres alfas del campamento. De carácter alegre y juguetón, con quien no había tenido mayor interacción hasta ese celo y con quien ahora tenían un cachorro.
Admite que una hembra alfa es distinta a los machos, pues, al contrario de ellos, Mina no tenía dificultades en convivir con sus otros cachorros. Era menos agresiva y más maternal, incluso llegando a cuidar a su cachorro cuando días como ese, ella debía asistir partos. O aceptando a convivir al lado de Rei aun sin compartir sangre.
Exhala hondo.
Baja a la niña y juntas, se aproximan a la alfa.
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20:55hr
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Eijiro observa al recién nacido dormir al lado de su padre. Respira suave, con su pechito moviéndose tranquilo de arriba abajo, lo cual es buen indicio.
El niño sigue vivo.
Luego de dos perdidas, la llegada de ese bebé parecía un alivio para ellos, la medicina que curaría las heridas de su omega. Acerca un dedo, girando la manita del bebé, observa sus dedos pequeños cerrarse en torno al suyo. Sonríe dichoso. El recuerdo del nacimiento de Hitoshi le parece tan lejano y complicado. Denki había roto la fuente en medio de su huida, teniendo que intervenir todos los omegas en ayudarle. El niño fue el primero en nacer en esa nueva vida llena de libertad, en medio del bosque y con la sangre que atrajo a animales que apenas habían visto en libros.
Una manada de lobos intento atacarles.
En ese momento recién fueron conscientes de lo difícil que sería su nueva vida y, aun así, estaban convencidos de que lo valdría. Asentarse en las cuevas que Nejire mencionara, tampoco había sido de lo más agradable. Pasaban frio a pesar de las fogatas, se llenaba de humo, el piso era duro, había humedad insectos y murciélagos que, a la larga, terminaron huyendo de ellos.
Para suerte de todos, las mejoras habían ido rápido con las primeras construcciones de casas en suelo firme. Más rudimentarias que las actuales, pero cumplían su propósito.
Su estómago ruge, irrumpiendo sus cavilaciones. Libera un gemido bajo en son de queja. La cena que Kyoka le alcanzó parece no haber sido suficiente, quisiera repetir; sin embargo, alejarse de su omega no es una opción.
Denki no se lo permitiría.
Ahora mismo, el instinto de su omega era una locura y siendo que se encuentra débil y con un recién nacido, se trataba de una situación bastante vulnerable en la que exige la presencia de su alfa. De no tenerlo cerca, se estresaría, afectando su recuperación y el de su bebé.
Un omega estresado, no es un omega feliz.
–Eiji –murmura adormilado, atrayendo a su cachorro más hacia su cuerpo –¿No tienes sueño?
El alfa bufa, acercándose a él y besando su mejilla, antes de bajar a su cuello e inhalar hondo.
–Sabes que no puedo dormir –murmura contra su piel.
Más allá del hecho imposible de que Denki le permita alejarse, estaba también sus nulas intenciones de hacerlo. Como alfa, su función principal es salvaguardar a su manada y trae el instinto de protección a flor de piel desde que Denki quedó embarazado. Los primeros meses quería mimarlo y le costaba hacer su guardia a la villa dejándolo solo. Luego, era difícil verlo salir de casa y que otro alfa se le aproximara. Los últimos días aquello se había vuelto una mezcla de todo, manteniendo alerta sus sentidos y durmiendo lo mínimo.
Asume que, al igual que con su primer hijo, Hitoshi, ambos permanecerán unidos tanto como puedan hasta que sus hormonas se estabilicen y vuelva a comportarse más racionales y menos instintivos.
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22:00hr
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Da una última ronda dentro de la villa.
No hay más personas andando por las callecitas y los alfas están posicionados en los puntos correspondientes. Nejire respira con un poco más de tranquilidad. Es normal que el acecho de un alfa deje a más de uno alerta o con insomnio producto del temor. Para suerte suya, Tamaki ha logrado conciliar el sueño, asume que el embarazo ha tenido que ver en eso. También, el hecho de que Mirio se quedara en casa el resto del día.
Resopla con calma.
A veces, ella quisiera también quisiera vigilar los alrededores. Recorrer el bosque, perderse entre los árboles sintiendo las ramas crujir bajo sus pies. Sin embargo, a esas alturas, era más un sueño.
Uno peligroso.
Nunca se sabía cuándo un alfa de laboratorio podía aparecer y hace mucho comprendido, que la musculatura de ellos era superior a la suya, en un combate cuerpo a cuerpo, perdería contra uno. Sus años de cautiverio le habían llevado a aprender a dominar su aroma y con ello, a algunos alfas, pero con la primera llegada de esos intrusos, había descubierto que era imposible cuando están enlazados a otros omegas. Sus olfatos se volvían susceptibles a su única pareja y aunque no duda podían percibirla, sus feromonas no eran capaces de adormecerles.
Continúa avanzando, identificando a algunos alfas como compañeros desde que salieron de la villa del estado. Otros, a quienes liberaron de los pocos laboratorios que asaltaron y una minoría, que reinsertaron tras capturarlos.
Suspira melancólica.
Son esos últimos los que más le duelen, por la vida que llevan. Emparejados a la fuerza y luego separados. Los alfas que llegaban hasta ahí, solo les atacaban bajo la promesa que, de esa manera, podrían recuperar a sus parejas. No era justo asesinarlos como al de esa mañana, porque la ira con que atacaban esos alfas, no era más que el reflejo de su dolor causado por la separación. Sin embargo, tampoco era una opción arriesgar de más sus vidas. Hasta la fecha, solo habían tenido tres casos exitosos de reinserción de esos alfas a su manada.
Y aun logrando aquello, no dejaba de darle lastima.
Porque encadenarlos contra su voluntad, era mantener perenne su sufrimiento hasta llegar al punto en el que ese vínculo se rompía. Touya les había comentado que era extraño, que un día simplemente el lazo que le unia a su omega parecio desaparecer y todo el dolor y angustia, se fue con él. Nejire prefería no pensar en cómo era que esos vinculos se rompia, porque ella poseia uno con Mirio. Porque ella tambien habia sido separada de él en algun momento.
Una parte suya, se culpa.
Hubo un tiempo en el laboratorio, que los médicos la tomaron a ella y a Mirio como objeto de estudio por la marca. Ahora tiene plena consciencia, de que ese estudio es el que ha cimentado las bases para los experimentos que hacen.
Así como, ha sido su huida, la que ha impulsado las marcas forzadas
–¿Nejire? –La hembra voltea, viendo a Mirio descalzo tras ella –¿En qué momento saliste? Maki no puede dormir si no estas.
Ella bufa con una sonrisa. A veces su cerebro cree que Mirio es suficiente para que Tamaki sea feliz, pero situaciones como esa, le recuerda que los tres son un todo.
–¿Él? ¿O tú? – se burla, caminando hacia él rubio que la recibe con un abrazo.
–Los dos –besa su coronilla, enrumbando el retorno a casa.
Aunque haya sido Mirio quien le marcara, para ella, en su nuca, también lleva a Tamaki.
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23:56hr
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Katsuki ingresa a casa en silencio, habiendo terminado su ronda de vigilancia. De no ser por el altercado de la mañana, todo hubiera ido con calma ese día.
Aunque, pensándolo detenidamente, había sido demasiada calma por un tiempo, era de esperarse que en algún momento ocurriera un ataque. Para suerte de todos, no habían tenido ninguna baja de los suyos, ni lesiones que auguraran infecciones.
Estira los brazos, ligeramente tendidos hacia atrás, bosteza cansado. La casa luce oscura tras cerrar la puerta y agradece su vista privilegiada que le permite distinguir todo ahí dentro. Las viviendas ahí son pequeñas, de uno o dos ambientes. La suya posee dos y es en ese segundo, donde se encuentra la habitación.
Camina dentro, viendo en penumbras a Izuku acostado de lado sobre la cama improvisada. Sus cuatro cachorros duermen desperdigados a su alrededor, excepto el bebé, que permanece unido a su pecho, amamantando. Katsuki se aproxima, acaricia la mejilla de su omega y este le mira sobre su hombro, adormilado, le sonríe. Se acuesta tras él, abrazándole por la cintura, abracando hasta su hijo.
Inhala hondo, la cabaña entera huele a protección, a libertad y leche materna.
De hecho, es esto último a lo que más huele. Lo ha percibido aun a metros de distancia junto a todas las alfas que parecían empezar a aflorar su instinto paterno de camino. Sabe que muchos ahí no estarían dispuestos a criar un hijo que no fuera suyo, pero eso no evita que un omega con aroma materno les mueva algo por dentro.
Se acurruca con mayor ahínco tras Izuku, observando su nuca impoluta. La mayoría de alfas han seguido el ejemplo de Mirio de marcar a sus omegas. Quedando atados a un solo alfa para el resto de sus vidas. Sin embargo, ven beneficioso el hecho de que sus celos dejan de ser tan potentes. No se les obliga, es una decisión mutua y la de ellos, fue no hacerlo. Katsuki ve en esa marca una cadena que ata al omega, perteneciéndole eternamente a un único alfa; mientras que ellos pueden tener a más de un omegas, como es el caso de Mirio.
Y no le parece justo.
Izuku está de acuerdo con esa decisión y tampoco es tan malo ser de los pocos omegas sin marca; de hecho, le da ciertos beneficios que a Katsuki más de una vez le han hecho hervir la sangre. Algunos alfas han intentado cortejarle e Izuku no es renuente a que le donen una ración extra de alimentos o le ofrezca ayuda en alguna labor cuando su alfa no se encuentra. La situación empeora durante sus celos. En esa época su aroma se dispara y tiene a todos los alfas alertas a sus requerimientos, ninguno se atreve a pasar sobre la guardia de Katsuki. Pero sí ha tenido riñas cuando alfas nuevos llegaron tras su incursión al laboratorio. Ellos parecían dispuestos a turnarse con Izuku, pues es un acto comúnmente propiciado por los médicos.
Aun así, no han pensado en marcas; porque ambos entienden que el mejor vinculo es cuando lo deciden libres. Ellos están juntos porque se aman y no hay unión más fuerte que esa.
Katsuki frota su mejilla contra la nuca de Izuku, sintiéndose finalmente calmado tras un día ajetreado.
Sintiéndose cómodo ahí, con su familia.
Su manada.
…
Nota de la autora:
Ha sido todo un reto terminar este epilogo, porque debía darle fin a cada historia y lo que tenía escrito no era muy definitivo jajaja de hecho, la última parte es la que más intacta ha quedado y aun dudo de si encajo del todo.
Espero haberlo logrado.
Ahora, sobre ciertas cositas del capítulo... Sip, Denki le puso a su hijo Hitoshi. Tengamos en cuenta que muchos de ellos no conocen más que a su familia, por lo que tampoco hay mucha opción a nombres xD.
Por otro lado, ahora que vuelvo a tomar la historia y con otras ships desbloqueada, caí en cuenta que debí dejar a Denki con Hitoshi y tener a Kirishima con Aoyama 3
Así que probablemente este sea la única vez que ponga KiriKami en una historia.
Sobre Mirio y Eri, ya sé que su relación es distinta a la que estamos acostumbrados, pero si partimos de la idea de que ellos aún tienen un lado muy arraigado a los animales y en la mayoría de caso – sino son todos – el macho no forma apego con sus crías, mucho menos con las que sabe no son suyas. Evidentemente, aquí hay un lado humano y por ello Mirio no atacaría a Eri, pero le tomara un poco más de tiempo el llegar a verla como su hija.
¡Ahora sí! ¡Se terminó definitivamente!
Muchas gracias por la espera (con suplica incluida en algunos casos jajaja), por la relectura, que es la única historia en donde he notado que lo hacen (si lo hacen en otras, seguro están modo fantasmón), por los comentarios y votos.
Espero que nos reencontremos en otra historia, que estos últimos meses he subido mucho a lo loco.
Besitos.
