EL MAGO DE OZ ES UN LIBRO DE L. FRANK BAUM; LA PELÍCULA ES PROPIEDAD DE WARNER BROS.


Dorothy permaneció encamada varios días más después de despertar. Aunque ya se había despabilado y la herida que el golpe le había provocado en la cabeza se había curado bien, no dejaba de decir tonterías. Siempre había sido muy imaginativa, como todos los niños, pero esta vez sus tíos temían que algo se hubiera roto dentro de su cabeza. Dorothy juraba y perjuraba encontrarse estupendamente, pero, en fin, ¿qué sabrán los críos?

La tía Em no dejó que saliera de la casa hasta pasado un tiempo prudencial, cuando consideró que quizás el aire fresco le sentara bien. Dorothy desoyó los consejos de su tía de que se quedara sentadita y quieta en aquella parte del porche que había resistido el embiste del viento y vagó por la granja, tal y como solía hacer siempre, pese a que ésta no se encontraba en el estado adecuado para que una enfermita anduviera husmeando por ahí. El ciclón había tirado el granero, derribado vallas y árboles, sembrado el suelo de ramas, roto ventanas y techados. Algunos árboles habían quedado tan tocados que en cualquier momento podían venirse abajo, y ocurría lo mismo con ciertas partes de la casa y de la granja. Seguían apareciendo animales que habían muerto aplastados, del pánico o que el ciclón había hecho aterrizar de malas maneras en su propiedad. Algunos pertenecientes a la familia se habían escapado. Los tíos de Dorothy y los jornaleros se habían pasado días tratando de poner orden en esta locura, y parecía que el trabajo no se acababa nunca. Por eso nadie podía ocuparse de que la niña se lo tomara con calma.

Dorothy primero se acercó a Hunk, el cual se encontraba atendiendo a los animales.

— No han tocado la paja—lo oyó murmurar Dorothy para sí mismo—. Deben de seguir estresados.

Examinó una herida que se había llevado uno de los caballos en el lomo, sacudió la cabeza, y cuando alzó la mirada se dio cuenta de que Dorothy lo miraba apoyada en la verja.

— Que sepas que estoy muy enfadado contigo—le dijo Hunk.

Dorothy se quedó muda de la sorpresa ante tal afirmación.

— ¿Cómo diablos se te ocurre irte cuando viene un ciclón?—prosiguió Hunk, acercándose a ella para hablarle con dureza a la cara—. ¡Sabes muy bien cómo se pone el cielo antes de que venga uno! ¡Pero tú siempre andas con la cabeza en las nubes, ¿verdad?! No te darías cuenta, claro. Tú, como siempre, a lo tuyo. ¡Qué estupidez por tu parte, Dorothy! ¡Si hubieras visto a tu pobre tía! ¡Creía que le iba a dar un ataque al corazón, cuando te llamó, te buscó y no te encontró por ninguna parte! ¡Cuando te encontramos en la casa inconsciente se nos cayó el alma a los pies, creímos que estabas muerta!

— Yo no quería daros un disgusto, Hunk. Lo siento mucho...—murmuró Dorothy.

— Ya, ya. Ahora es tarde para disculpas. ¡Caray, Dorothy, piensa un poco! ¡Ya no eres tan pequeña como para no pensar en los demás!

Dorothy desvió la mirada y debió poner tal cara que Hunk perdió buena parte de su rabia.

— Anda—dijo con otro tono—, no seas tonta, no te me vayas a echar a llorar ahora.

— No voy a llorar—declaró Dorothy, aunque sintió que su voz se quebraba.

— Estos días están siendo muy locos. Andamos todos nerviosos.

Y que lo digas, pensó Dorothy. Muchas veces se sorprendía de verlo todo tan gris y árido, después de lo que había visto y experimentado.

Hunk chistó y posó su mano enguantada en su mentón cariñosamente.

— Perdóname tú también, nena. Es que hay que tener un poco de sentido común, ¿comprendes? No sabes lo que hemos pasado contigo.

— Tienes toda la razón, Hunk. Me he portado como una niña tonta. Te prometo que para el próximo ciclón, no me separaré de vuestro lado.

— Del lado de tus tíos, querrás decir. Yo no creo que nosotros vayamos a estar aquí. Esto es un desastre. Las reparaciones van a costar un ojo de la cara, y se ha perdido mucho. Es posible que haya que rehacer la casa. Es muy probable que nos paguen el jornal que nos corresponde y tengamos que buscarnos las habichuelas en otra parte.

— Lamentaría mucho que os tuvierais que ir...

— Y yo. Pero ya sabes cómo es esto: un día estás aquí, al otro ya no haces falta o no te pueden pagar y vuelta a la agencia, a llamar de puerta en puerta.

Dorothy desvió los ojos hacia lo que descansaba sobre un comedero vacío: un libro sobre leyes, algo en concreto que Dorothy no sabía en qué consistía y cuyo nombre le parecía un trabalenguas.

— Algún día ahorrarás suficiente para ir a la universidad y no tendrás que trabajar en granjas—dijo la niña con una sonrisa.

Hunk desvió la mirada hacia el libro y luego miró a Dorothy con una sonrisa.

— La verdad es que los abogados lo tienen mucho más fácil. No tienen que trabajar como burros. Están cómodos en su despacho, visten de traje, los llaman "señor", nadie se aprovecha de ellos por unos míseros centavos. Es un incentivo para estudiar. Aunque es tan difícil...A veces pienso que no sirvo para eso.

No quiero que la gente me llame tonto, y si mi cabeza sigue rellena de paja en vez de sesos, como la tuya, ¿cómo voy a saber nunca nada?

Hunk miró entonces con extrañeza a Dorothy.

— ¿Y esa sonrisa de conejo?

— Nada—se apresuró a responder Dorothy—. Que creo que eres la persona más lista que conozco. Tan sólo necesitas tiempo para estudiar. Lo demás ya lo tienes.

La sonrisa volvió a la cara de Hunk. Una sonrisa ancha, perfecta, que a Dorothy recordó a la que vio una vez pintada sobre un saco de tela, unida a un cuerpo que se ocupaba de mantenerla caliente por las noches, ya que él no necesitaba dormir...

— Anda, vuelve adentro—dijo—. Tienes que descansar la cabeza, ¿recuerdas?

A Dorothy le parecía que quien debía darle un descanso a la suya era él. Siempre preocupado, siempre entretenido en mil pensamientos...

Dorothy se paseó por la granja hasta dar con Hackory, el cual se encontraba cortando leña para la lumbre. Al verlo con el hacha en la mano, Dorothy recordó las ocasiones en que este arma, en sus manos diestras, le había salvado la vida en Oz.

Las dos mitades del leño cayeron al suelo. Hackory se dio cuenta entonces de que Dorothy estaba allí, y lo dejó todo para acercarse a saludarla.

— Dorothy, nena...

— Hola, Hackory. ¿Cómo estás?

— Aquí, sudando. Pero ¿cómo estás tú?

— Bien.

— ¿Te sigue doliendo la cabeza? ¿Te mareas?

— Ya apenas.

— Cómo me alegro...

Sus toscas manos acariciaron sus mejillas sonrosadas, acariciaron sus rizos, como si necesitara comprobar que estaba allí y que no le mentía cuando decía que estaba bien.

— Menos mal...—musitó Hackory.

Dorothy había oído cómo sus compañeros se burlaban un poco de él, para variar. El burlón, el insensible, el que siempre tenía una palabra para todo el mundo, había pasado días llorando como una Magdalena. Por ella. Cuando el ciclón sacudió la granja, porque no aparecía por ninguna parte y temía que hubiera sufrido algún daño; cuando apareció sobre su cama, porque en un principio se temió que estuviera muerta; cuando se comprobó que sólo había perdido el conocimiento, porque tardaba en abrir los ojos. Hunk y Zeke también habían temido por ella, por supuesto, pero, decían, tampoco estaba bien que un hombre llorara de esa manera.

Lloraba tanto que podría enmohecerse, se dijo Dorothy. Y entonces tendría que echar mano a la aceitera...

— ¿Sabes? Cuando te sacudí, cuando te encontramos, y no reaccionaste, pensé...pensé por un momento que te habíamos perdido...La gente se muere durante los huracanes, ¿sabes? Muy a menudo...

— Lo sé. Sé que tuve mucha suerte. Siento haberte asustado.

— Te conozco desde que te trajeron aquí. Eras bien pequeñita, ¿recuerdas?

— Sí, también Toto era muy pequeño.

— Son ya muchos años trabajando aquí, viéndote todos los días, procurando que no te metieras en líos. Para mí eres ya como una hija...

Hackory calló, como temiendo parecer demasiado sensiblero, y se esforzó por endurecer su rostro y quitarle importancia a lo que acababa de decir. De haber podido retroceder en el tiempo, seguro que habría retirado lo dicho. Dorothy deseó que no se azorara de esa manera al hablar de sus sentimientos. Era tan bonito que dijera esas cosas...Había visto en más de una ocasión a Hackory mirando una fotografía de una muchacha que le gustaba. Había visto cómo se la enseñaba a sus compañeros y les juraba que cualquier día ganaría un buen jornal y se casaría con ella, "no más preámbulos ni tonterías". Estaba segura de que aquella mujer se llevaría las más bonitas baladas, que le dedicaría hermosas palabras.

Llegué a la conclusión de que la mayor pérdida que había tenido nunca era la de mi corazón. Mientras estuve enamorado me sentía el hombre más feliz de la tierra, pero nadie que no tenga un corazón es capaz de amar.

— No deberías estar aquí—dijo Hackory—. Deberías...

— Estar sentada, lo sé. Pero es que me aburro de estar sentada todo el día—dijo Dorothy.

— Es mejor que estés aburrida a que te fuerces y no te cures. Anda, hazme el favor y ve a sentarte.

— Ya me voy, ya me voy. Sólo quería saludar. Os he echado de menos.

Hackory sacudió la cabeza con una sonrisita. Otra vez aquel cuento sobre ese país donde los animales hablan, la calzada de adoquines amarillos...

— Ninguno de nosotros se ha ido a ninguna parte.

Dorothy no respondió, y se limitó a darle la razón. Hackory le dio un suave y delicado empujón y la animó a marcharse. Se la quedó mirando con la vigilancia de un águila hasta que se hubo perdido de su vista. Dorothy pensó que Hackory tenía el corazón más grande que jamás se hubiera visto.

Para complacerlo, volvió a la casa. Quizás no era lo mejor para su cabeza, porque en ese momento Zeke se encontraba arreglando el tejado, dando unos martillazos espantosos. Dorothy se situó a una distancia razonable para mirar cómo trabajaba y hablar con él.

— ¿No te da miedo estar ahí arriba?—le preguntó—. Te podrías caer y romper todos los huesos del cuerpo.

Zeke volvió la mirada hacia abajo con cuidado de no desestabilizarse y esgrimió una media sonrisa.

— Yo esto lo he hecho mil veces. Si uno quiere hacer cosas en esta vida, no tiene que tener miedo de nada—contestó.

Dio unos cuantos martillazos más, casi olvidándose de Dorothy.

— ¿Tampoco tuviste miedo con lo del ciclón?—preguntó Dorothy.

Zeke dejó de martillear y suspiró.

— Bueno, de nada, lo que se dice nada...El miedo puede ser útil a veces. Cuando hay un ciclón, te dice que tienes que huir o ponerte a salvo...

Dorothy supuso, muy acertadamente, que Zeke le estaba recriminando su comportamiento durante la tormenta. Se lo merecía, se dijo, y por eso aguantó aquella tercera recriminación.

— ¿Tuviste miedo de que me hubiera pasado algo?—preguntó Dorothy.

— ¿Cómo no lo voy a tener, chiquilla? No soy un desalmado.

— Yo también tuve miedo de no volver nunca, ¿sabes?

Zeke dejó escapar una especie de sonido gutural, como un gruñido mezclado con un suspiro, y volvió a su labor durante unos instantes.

— Entonces supongo que esto ha acabado bien, y sólo queda aprender la lección y no darle más vueltas—dijo.

— Oye, mientras estaba inconsciente, ¿vino la señorita Gulch?—preguntó entonces Dorothy.

— ¿Esa vieja bruja?—Dorothy no pudo reprimir una sonrisita ante la pregunta de Zeke—. No. Por suerte, no. Ya nos han contado que quiso acabar con tu perrillo y que tú conseguiste quitárselo de algún modo.

— Yo no se lo quité. Toto se escapó solo.

— De todas formas, no ha venido a hacer reclamaciones. Y no creo que venga.

— ¡Cómo! ¡No me digas que murió durante el tornado!

— ¡Ca! ¡No! ¡Bicho malo nunca muere! No, no, he oído que destruyó su casa y la mandó volando al río. No se hizo mucho daño, ¡pero se llevó un buen chapuzón!

Dorothy no pudo evitar soltar una carcajada y Zeke se le unió gustoso.

— Y si se le ocurre volver, ¿sabes qué?, que aquí no va a entrar. Tu tía dijo que se le lanzaría a la yugular si se atrevía a molestarte. Supongo que eso me da permiso para decirle cuatro cosas si se le ocurre venir. ¡No estás en condiciones para que venga esa señora con esas monsergas sobre allanamiento de propiedad y pleitos!

Ya no tenéis por qué seguir temiendo a vuestro enemigo.

— Muchas gracias, Zeke—dijo Dorothy tiernamente—. Eres muy bueno.

Le habría dado un abrazo de no haber estado tan arriba...El bueno de Zeke, siempre protegiéndola, aunque el riesgo para sí mismo fuera grande...

Zeke sonrió.

— Tampoco tanto...Es sólo que alguien tiene que poner los puntos sobre las íes.

Y él era la persona adecuada para eso. Dorothy no habría podido pensar en una persona más idónea para ello.

— Anda, entra en casa, que ya has estado bastante tiempo a la intemperie, y eso no puede ser bueno—dijo Zeke.

— Tampoco soy una inválida. Quiero estar afuera—repuso Dorothy.

— Haz lo que te digo, no me obligues a bajar—la amenazó Zeke sin dejar de sonreír.

Dorothy sacudió la cabeza y suspiró.

— De acuerdo, de acuerdo, no me muerdas, León.

Zeke se la quedó mirando extrañado por este apelativo, pero finalmente sacudió la cabeza y rió.

Dorothy estaba muy rara. Los jornaleros compartían la misma impresión. Dorothy no dejaba de mirarlos, de buscarlos y se reía por cosas que sólo ella entendía. Eso sí, como nunca se había mostrado tan cariñosa, lo dejaron pasar, e incluso aquella extravagancia les pareció adorable.

¡Chiquillas! ¡A saber qué fantasías pululaban por sus cabezas!


FIN