Capítulo 2: Regreso a Hogwarts
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Salió del hospedaje y bajó a La Botica, como siempre cantando, causando miradas recelosas de alguna que otra persona. El día nuevamente estaba nublado y fresco, así que se había puesto bufanda para protegerse del frío.
Llegó puntual como tantas veces, aunque, felizmente, ese día no iba a trabajar. Aquella mañana iba a renunciar.
—¡Señora Lita! Buenos días —pronunció con su tono enérgico a la arrugada mujer que, con unas gafas muy gruesas, contaba el dinero recibido y tenía varios montones de knuts y sickles sobre el mesón.
—Hola, Merlina, llegas a tiempo, quería que continuaras…
—Perdóneme, señora Lita, pero esta vez no vengo a la labor.
La mujer dejó el trapo y se acomodó los lentes que estaban amarrados por una fina cuerda negra, colgados a su cuello.
—¿Ah no, querida? ¿Y a qué se debe eso?
—A que tengo un nuevo trabajo —resumió, decidiendo no darle más vueltas al asunto.
Y le contó todo a su ex jefa de la mejor manera posible, porque temía que se lo pudiera tomar mal. Pero se equivocó, la señora sonrió de manera muy dulce.
—Estoy muy contenta, Merlina; lo digo en serio —agregó al ver la cara de incredulidad de la muchacha—. Eres joven, así que tienes todo tu derecho en buscar un trabajo menos añejo y polvoriento que este —señaló sonriendo con sus irregulares dientes amarillos—, y así te sirve para alejarte de aquí… y del chico Craig, y te tomas un respiro, y…
Pero antes de que pudiera seguir hablando, Merlina había reaccionado ante la frase "chico Craig". Se sintió un poco furibunda.
—No entiendo, ¿por qué usted, entre varios más, se empeña en decirme cosas sobre Craig? En este caso, "alejarme"… —inquirió confundida, ya que eso no iba al caso.
—No es por nada, chiquilla, es sólo para que te liberes un poco; comprende que el noviazgo no lo es todo… —evadió la mujer.
—Señora Lita, Craig y yo vamos muy bien, no hay de qué preocuparse.
—Claro que no, sólo decía que… Bueno, felicidades, querida. Y… —Fue hacia la caja registradora, la abrió con un hechizo de la varita, sacó unos billetes, los contó y se los entregó—, tu última paga del mes y un poco más.
—Pensé que no me iba a pagar —soltó Merlina, asombrada y agradecida—. No siempre lo hacen cuando dejo un trabajo —añadió un tanto decepcionada ante el recuerdo.
—¿Cómo no pagarte, Merlina? Durante tus breves siete meses me has sido de mucha ayuda —reconoció o… mintió—. Eres muy eficiente, no veo por qué te tiene que ir mal allá. Pero, cualquier cosa, sabes que puedes regresar acá.
—Pero ¿usted contratará a alguien nuevo ahora?
—Claro que sí. Necesito un empleado, y no tardaré en contratar a algún joven como tú. Pero en el caso de que tengas que regresar, podría tener, quizá, a dos ayudantes…
—Se lo agradezco montones, pero no creo que lo necesite. No creo que vuelva, en Hogwarts será diferente; espero estar allí para siempre. —Hizo una pausa, y luego añadió—. Pero, claro que volveré acá para las vacaciones de verano, dudo que haya que hacer mucho en el castillo…
—Está bien. Qué tengas mucha suerte y ve de inmediato a prepararte, que dos semanas pasan volando.
Se dieron un largo abrazo amistoso, y luego Merlina dejó la tienda.
Apenas sonó la campanita, la vieja volvió a las cuentas, suspirando y negando con la cabeza.
—Chiquilla despistada… Hasta un trol sabría que tu novio es un patán, si todo el pueblo lo sabe, y la única que no se da cuenta, eres tú. ¿Qué les dan de comer a los jóvenes hoy en día, que pareciera que tienen el cerebro en el trasero? En fin, espero que le vaya bien en la vida, tampoco es mala, pero trabajadores como ella hay cientos. Ninguna maravilla…
Por suerte Merlina no tuvo la necesidad ni la ocasión de volver a entrar a la tienda el resto de las dos semanas, ni el resto del año, ni nunca.
Por otra parte, la señora Lita tuvo muchísima razón: la semana no se hizo extensa ni una sola pizca. El resto de los días estuvo muy ocupada comprando ropa nueva, túnicas decentes, zapatos y zapatillas, y, en realidad, un montón de cosas que iba a necesitar para el resto del año en el colegio, y lo principal: una gran maleta de mano para poder echar todos esos cachureos ahí. También se dedicó a pagar unas cuantas cosas, dejar cancelado el arriendo a los padres de Craig, quedándose con unos cuántos galeons para el resto de los días y poder ir a Londres a tomar el tren. Todo aquello, y algunas cosas más hicieron que pasara desapercibido el alejamiento mutuo entre Craig y ella. A veces se saludaban en las mañanas y con suerte se deseaban las buenas noches con fugaces besos carentes de pasión. Y es que, en realidad, Merlina nunca se había caracterizado por ser apasionada. Pero eso no le preocupaba a ella. Nada podía hacer decaer su ánimo, además, para ella, todo andaba de perlas. Con Craig se extrañarían mucho, y cuando se vieran, sería todo muy mágico, como en un cuento de hadas.
Por otro lado, los padres de Craig no decían gran cosa. Nunca se habían metido mucho en los asuntos de su hijo, porque Craig tenía mal carácter. Además, la ausencia de Merlina durante diez meses significaba un total de ciento cincuenta galeons menos, y tendrían que intentar promover el hospedaje para recuperar ese dinero, así que, prácticamente, no la felicitaron cuando anunció la noticia. "Qué lástima", había dicho la mamá de Craig, como para sí.
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El mismo día que iba a partir, se puede afirmar que Merlina estuvo más cercana a su novio. Pero fue bastante incómodo. Ocurrió cerca de las cinco de la tarde, momento en que ella se hallaba en su habitación.
Tocaron la puerta mientras ella arreglaba con mucho cuidado el equipaje, doblando la ropa lo más estirada posible para que no se le arrugara. Planchar, ni con magia ni con el método muggle era su elemento.
—Adelante —anunció algo distraída contando los pares de calcetines.
Entró Craig con los labios apretados y bastante serio. Merlina lo miró fugazmente con una sonrisa.
—Hola —saludó y volvió a contar su ropa interior.
—Hola... ¿tienes un momento? —preguntó él, metiéndose las manos en los bolsillos.
—Sí, sólo un segundo... —Terminó de aplastar la ropa a presión y cerró la maleta con los broches bien apretados, reforzándola con magia.
Se sacó el pelo de la cara y se volteó suspirando, aliviada de haber acabado de empacar.
—Ahora sí, dime —replicó viendo a Craig.
—Bien... —Se sentó en su cama con las manos entrelazadas.
—¿Sucede algo? —indagó ella, dándose cuenta de que los ojos grises de Craig estaban más fríos de lo usual.
—Es que... simplemente veo que te vas a ir y pensé que te podrías arrepentir.
Merlina abrió la boca y luego la cerró. Le había sorprendido la respuesta. Craig le había demostrado en un principio ponerse contento por su decisión, pero ahora, que le dijera eso, era raro, no concordaba. Se estaba contradiciendo; se suponía que él la apoyaba.
—Pero Craig, tú me dijiste que estaba bien y...
—Lo sé, lo sé, pero...
—No es solamente eso, ¿cierto?
—No.
Se miraron a los ojos y el mago le tomó la mano.
—Me apena que..., no sé, es que estás alejada.
—Es porque he tenido que hacer muchas cosas, y lo sabes. Ve al grano.
—Nos conocemos hace tres años, llevamos seis meses de noviazgo, y… "nada".
Merlina asintió levemente. Sentía por donde iba el tema: su falta de pasión. Y eso no le agradaba. Dejó que él continuara.
—Y, bueno, te vas a ir y vamos a estar sin contacto durante diez meses, y todavía no...
—¿Tenemos sexo? ¿A eso quieres llegar?
—Por favor, no te lo tomes así, yo sólo quiero...
—Craig —lo interrumpió, alterándose un poco y sintiéndose culpable—, llevamos seis meses. Medio año. Es la nada misma, y todavía falta por conocernos y...
—No me metas esa excusa, que ya la he oído. A los tres meses te lo acepto, pero a los seis, ¡somos adultos!...
—Craig, por los cielos, ¡te quiero muchísimo! Pero… ¡no me siento preparada!
Craig volvió a morderse el labio.
—Eso era lo que quería oír, y…, mejor no te quito más el tiempo.
Se puso en pie e hizo un gesto con la mano.
Quizá fue un impulso o una simple neurona que hizo "chin", pero cuando Craig alargó la mano para coger el pomo de la puerta, Merlina reaccionó, se paró lo tomó por los hombros y lo apegó a la pared plantándole un beso, y uno apasionado. Pero se sintió falsa, porque lo estaba haciendo de manera obligada. Craig la rodeó con sus brazos correspondiéndole el beso.
Y todo eso no tenía que ver con que Craig besara mal. Además, era muy guapo, pero...
Se separaron. Merlina intentó poner su mejor sonrisa. Craig sonrió sincero y se fue de su cuarto muy feliz. No obstante, Merlina se sentó en su puff y se cubrió la cara con las manos.
Tenía que reconocerlo. Tenía que aceptar que, cuando Craig le había pedido que fuera su novia, a ella no le gustaba. Lo encontraba muy lindo y todo, pero la desesperación de tener a un amigo le hizo decir un atarantado "sí". Y por eso su "carencia de pasión" era evidente, o sea, por lo mismo Craig no despertaba ningún sentimiento en ella. Nunca había estado enamorada, pero no era tan tonta como para no saber que eso no era enamorarse. Aunque él se colocara el traje más sexy del mundo o le bailara el baile más sensual que existiera, no iba a poder conseguir que ella sintiera alguna cosquilla.
Adoraba a Craig como amigo, llevaban tres años de conocerse... pero ella no podía hacer nada respecto a eso. Tenía miedo de perderlo. Y lo peor era que sabía que Craig tenía la razón. Ella era una mujer de veintiséis años, y era absurdo que dijera "no estoy preparada". Tal vez con unos tragos demás podría ser apasionada. Pero, ni siquiera el sexo era el problema. Lo más terrible era que no podía besar auténticamente. No sentía nada al ver a Craig y lo extrañaría como un simple buen amigo.
—Pero, ya, basta de pensar en eso... —se reprochó a sí misma y se incorporó para ir a bañarse. Lo mejor era bajarle el perfil a la situación.
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Nunca supo si trucaron los relojes o estuvo demasiado lenta para hacer las cosas, porque las horas pasaron como un rayo. Eran las nueve y media y estaba apuradísima recogiendo algunos objetos personales que se le habían olvidado. El cabello todavía le estilaba. Siempre tenía ese problema, era parte de su magia: una vez que se mojaba el pelo, podía estar tres horas con el pelo goteando.
A las diez tomó su maleta, se despidió de los padres de Craig y de algunos de los inquilinos que la conocían. Craig la esperaba afuera, envuelto en una capucha, igual que ella.
—Yo te llevo la maleta —ofreció el joven y la cargó con ambos brazos.
A Merlina ya se le había olvidado lo hablado, pero estaba muy nerviosa como para poder entablar conversación. Craig estaba ido, y si ella hubiese estado con su sentido de percepción al cien, sabría que todavía seguía enojado. Se le notaba en la mirada y en el rictus de la boca.
Caminaron calle abajo y salieron al Londres muggle a través del Caldero Chorreante, que a esa hora de la noche estaba lleno de vida.
—Tomaré el ómnibus muggle, no tengo dinero para pagarme el Autobús Noctámbulo, es muy caro... —susurró Merlina con la cara congelada por el frío.
—Bueno...
—Si quieres me dejas aquí, no es necesario que vayas a King's Cross...
—Ya, esperaré a que te vayas en el bus.
Y se ganaron en el paradero. No ni pasaron treinta segundos y se estacionó un bus de dos pisos. La gente comenzó a ascender; algunos buscaban algún bar para beber.
—Adiós —dijo Merlina y abrazó a Craig.
—Cuídate.
Se besaron y cada uno sintió que sus labios tocaban un témpano de hielo, porque ambos estaban congelados, aunque había algo más que el sentido literal de la palabra.
Merlina cogió su maleta y subió al ómnibus. Pagó lo correspondiente y encontró un asiento libre. Hizo señas a Craig a través del vidrio de la ventana cuando la máquina partió.
Tardaría unos quince minutos en llegar a King's Cross. Le quedaban veinte minutos, así llegaría justo.
Se bajó junto con otro grupo de personas, un poco mareada, y caminó hasta la gran estación de trenes que no veía hace años. Su reciente vida en Londres había sido siempre el Callejón Diagon, y es que no había tenido necesidad de salir de allí.
Caminó a lo largo del lugar buscando los letreros del número de andén. Palpó su bolsillo para comprobar si su boleto seguía allí: y sí, no se había extraviado.
Llegó a la famosa barrera de piedra. Miró hacia un reloj grande: siete minutos faltaban para las once. Se fijó que nadie la estuviera observando y traspasó el muro como quien no quiere la cosa, con los ojos cerrados.
Sintió esa sensación de atravesar una pared gelatinosa. No abrió inmediatamente los ojos. Se quedó allí unos segundos, respirando ese aire mágico, fijándolo en sus pulmones para calmarse. Luego miró lo que le esperaba: el gran Expreso de Hogwarts de color escarlata, largo como una serpiente. Había muy pocos magos, y la mayoría, estaba segura, no pertenecía al colegio. Probablemente eran del pueblo, Hogsmeade. Fue hasta el fondo, se subió y entró al último vagón. Dejó la maleta en el portaequipaje y se sentó. Se dio cuenta de que sintió la misma sensación de años atrás, que era una de las cosas que sí recordaba. El pitido del tren resonó en toda la estación y la máquina comenzó a avanzar. A los segundos había agarrado velocidad. En su pecho sentía la emoción concentrada como olas de electricidad y cosquillas agudas en su piel y estómago.
Se acomodó y se durmió. La única vez que la interrumpieron, fue para pedirle el boleto, y luego volvió a caer dormida. Fue maravilloso. Podía sentir que se acercaban nuevas emociones. Percibía el paisaje externo, a pesar de estar inconsciente: los bosques, las montañas, los prados y riachuelos; el olor a flores y hierbas...
Durmió unas cuantas horas y luego se despertó por el hambre. Por suerte, cerca de las seis de la mañana, pasaron vendiendo comida. Entregó el vale que iba incluido en la carta y pudo comerse unas cuantas empanadas con forma de caldero y otras ranas de chocolate de forma gratuita.
—Llegaremos a la estación dentro de diez minutos —anunció una voz desconocida que retumbó en el tren cuando ya había amanecido.
Merlina sonrió e intentó arreglarse el cabello lo más que pudo, que, por cierto, ya estaba completamente seco. Sintió que el estómago se le encogió de los nervios. ¡Estaba por lanzarse a tantas aventuras!
