Capítulo 3: No hay lugar como el hogar

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Cuando la jovencita puso un pie en el peldaño para bajar la escalerilla del tren, el viento helado sopló en su cara, entumeciéndola nuevamente. Todos los que viajaron esa noche llegaron al pueblito de Hogsmeade sanos y salvos. La luz del cielo nublado era radiante, y tanto, que llegaba a cegar, pero eso no le impidió ver a la muchacha el imponente castillo que se alzaba entre las verdes montañas, con sus majestuosas torres y atalayas. Un poco más allá, adelante, vio algunos carruajes conducidos por animales muy extraños. Se sorprendió, porque ella siempre, durante su corta estadía en Hogwarts, había pensado que nada llevaba a los carruajes del colegio, pero en ese momento se había dado cuenta que no era así. Eran trasladados por Thestrals, criaturas lúgubres y delgadas, y los había comenzado a ver desde que vio agonizar y morir a su hermano en el hospital. En la ciudad en la que había vivido con sus tíos, allá en Estados Unidos, eran muy comunes. A pesar de todo, le fascinaban. Eran tan raros y diferentes, y aun así provocaban solemnidad, aunque también un poco de escalofríos.

Escogió uno de los carros vacíos y se subió. Iba a dar la instrucción para que la direccionara al castillo, pero la criatura comenzó a andar apenas ella cerró la puerta. El carruaje traqueteaba al andar, pero era muy placentero. Había piedrecillas en el suelo que hacían que este diera saltos, pero eso era algo que le daba un toque emocionante y rústico al trayecto, tal como ella recordaba. Claro, muchos recuerdos los tenía bloqueados, pero esa sensación de placer en su piel no era algo nuevo.

Fue mirando por la ventana la exposición de las tiendas más fabulosas que uno se pudiera imaginar. No sabía si era ella muy inmadura, o era parte del efecto que generaba Hogsmeade, pero tenía unas ganas locas de comprarse unas bombas fétidas y masticar chicle superhinchable. También el pueblito le traía un vago recuerdo de una buena regañina que le habían pegado el mismo año en que habían fallecido sus padres, pero no podía recordarlo con exactitud. Parecía que había sido por subirse al techo de una casa para rescatar a un perro herido o algo por estilo, pero tenía que ver con un animal. Le fascinaban los animales, eso era otra de sus características que ponía de mala a las personas que la rodeaban, especialmente por temas de higiene. Fuera lo que fuera, incluso las serpientes, pero exceptuando todo el reino de los bichos, porque odiaba hasta los más minúsculos, y quizá por eso resaltaba su afán de encontrar trabajos de limpieza: para exterminarlos.

Traspasaron las verjas de los cerdos alados; el Thestral anduvo cerca de un minuto más y por fin se detuvo en frente de las grandes puertas de roble. Bajó del carruaje, acarició en forma de agradecimiento el cuello de ambos animales y luego se giró para quedar de cara al castillo. Cerró los ojos, contenta, respirando el aire profundamente: fue como sentir llegar a casa después de un largo viaje.

Merlina se dio cuenta de que atrás de ella no iba nadie más, así que ella debía ser la única que había llegado precisamente al castillo, ese día al menos. Se aproximó haciendo el último esfuerzo por cargar su maleta y llamó a la puerta, pensando en que sería descortés entrar así como así, por mucho que sintiera que era como llegar a su propia casa.

Aguardó treinta segundos y nadie apareció, así que decidió entrar. Tuvo que aplicar un poco de fuerza para que la puerta lograra girar sobre sus goznes, lo suficiente para hacer un hueco y entrar. La cerró tras sí y miró en derredor; todo tenía un brillo especial como de ensueño. Observó la gran lámpara del techo, los cientos de cuadros, las armaduras. Una escalera de mármol la esperaba allí y a la derecha las puertas que conducían al Gran Comedor. Se acercó a husmear, pero estaba desierto. ¿A dónde tendría que dirigirse? No recordaba haber ido al despacho de Dumbledore jamás, aunque su instinto le decía que había estado allí más de alguna vez. Lástima que no le hubiera escrito las instrucciones en la carta.

Bueno, no importa —pensó ella, yendo hacia la escalera y subiendo un par de escalones. En el momento que pensaba a subir un tercero, llegó una lechuza rojiza desde el primer piso, como aparecida de la nada, e hizo caer el pergamino enroscado que acarreaba. Merlina lo recogió, desplegó y leyó:

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Estimada Señorita Merlina Morgan:

Esperando que haya tenido un buen final de verano y un viaje tranquilo, le doy la bienvenida al castillo, y le extiendo una invitación a mi despacho apenas arribe, para que podamos conversar de aquellos asuntos que están pendientes. Por favor, suba hasta el séptimo piso y diríjase al ala norte. Allí hallará una torre resguardada por una estatua de una gárgola bastante especial, que tal vez recuerde de su juventud. La contraseña es "diablillos de pimienta". Con mis respetos

Albus Dumbledore.

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—¡Ja! A Dumbledore no se le escapa una —comentó para sí, entusiasmada, y se dirigió hacia donde le había indicado.

Fue un camino agotador. Subir escaleras, para una persona que no estaba acostumbrada a la actividad física, era un acto de sacrificio. Claro que, si se le miraba el lado amable, le sería útil para ir familiarizándose nuevamente con el castillo. Además, se entretuvo mirando los tapices y cuadros que estaban por todos las paredes de los corredores. La gran mayoría la miraba con interés y le hacía gestos tímidos con la mano. No dejó de decir "hola" durante todo el camino. Finalmente dio con la gárgola que era bastante fea, y supuso que esa era la que abría camino al despacho del director.

—Este... —vaciló, y entonces la cosa abrió la boca y le interrumpió.

—Si no te sabes la contraseña, entonces, no te abriré.

—Sí, sí me la sé, un momento... —desplegó el papel y leyó otra vez. No había caso, siempre tan olvidadiza—, es "diablillos de pimienta".

—Oh, bien —afirmó resignada la gárgola y le hizo paso a una escalera en forma de espiral.

Merlina entró, aún acarreando su maleta, y ascendió mareándose un poco por tanto giro.

Luego, llegó ante un recibidor y una puerta elegante. Tocó, ni muy fuerte ni muy despacio.

—Adelante —dijo una voz amable desde adentro.

Merlina entró, algo nerviosa, y se encontró con una sala grande y circular en la que, al verla, recordó sí haber estado, pero no sabía el porqué. Le causó curiosidad, ya que, por primera vez, se veía enfrentada a tantas sensaciones de déjà vu al mismo tiempo. ¿Su mente sería capaz de invocar algún recuerdo de su vida en Hogwarts? ¿Sería capaz de tener un recuerdo real, "tangible"?

Miró alrededor con atención y vio que había decenas de instrumentos de plata extraños en el escritorio y en otros muebles; algunos de ellos producían un constante ruidito metálico o zumbido que le hacían picar las orejas.

El mismísimo Dumbledore estaba detrás del escritorio, con los dedos cruzados y mirándola sobre sus clásicos lentes de medialuna, con aquellos ojos bondadosos y claros. Su pelo estaba muy blanco, más blanco de lo que recordaba haberle visto a los catorce años, y con su barba muy larga. Dumbledore era alguien difícil de olvidar, o, mejor dicho, fácil de recordar, ya que siempre salía en los periódicos y revistas, incluso en el ámbito internacional. Era tremendamente reconocido.

—¡Director! —chilló emocionada. Dio una efusiva zancada hasta allá y le tomó la mano para saludarle.

Si hubiese sido en una situación menos formal, le habría besado en la mejilla como solía hacer con otros, pero no le pareció correcto, así que se contuvo.

—Espero que hayas tenido un buen viaje. Siéntate, por favor —indicó el viejo con amabilidad.

Merlina obedeció y se sentó en la silla opuesta.

—Lo tuve —dijo contestando a su pregunta—, ya que todo esto me produce… buenas sensaciones —completó, ya que "recuerdos" no era una palabra del todo acertada.

—Me imagino que sí. Yo recuerdo perfectamente que estuviste una sola vez en mi despacho.

—¿Sí? ¿Una sola vez? Pensé que habrían sido más. ¿Y por qué habrá sido? —inquirió como quien no quiere la cosa, por si Albus tenía ganas de refrescarle la memoria, pero sufrió una pequeña decepción.

—Oh, uno suele olvidar cosas con facilidad ocurren catástrofes —dijo comprensivamente—, pero estoy seguro de que tus neuronas no tardarán en conectar ideas y podrás saber por qué estuviste aquí. Te sorprenderá notar que la mente es muy poderosa cuando estamos frente a los estímulos apropiados.

—¿Usted sabe lo que me ocurrió? —inquirió Merlina, ligeramente sorprendida. Por supuesto que lo que le había sucedido a su familia no era algo que pudiera soslayarse, si hasta había salido en el periódico muggle, pero ¿cuántos alumnos, a lo largo de las generaciones, habían vivido tragedias?

—No me olvido de mis alumnos —repuso, como sabiendo lo que ella estaba pensando—. Si bien, no niego que soy viejo, creo que todavía no llego al punto de olvidar sucesos importantes.

—Así veo —replicó ella—, director —agregó, percatándose que había sonado grosero.

—No es necesario que me digas "director". Puedes llamarme Albus o Dumbledore. Pero tú ves lo que prefieres.

—Sí... eh... Albus —soltó con cierta incomodidad—, en realidad no acostumbro a tutear a la gente, pero supongo que debo partir alguna vez haciéndolo.

—Siempre hay un momento oportuno para hacer las cosas —concluyó—. En fin, veamos tu asunto.

"Como ya estás enterada, tú reemplazarás al señor Filch todo el tiempo que se ausente, y, a mí juicio, probablemente sea el año completo y los próximos también —explicó y formuló una sonrisa de complicidad—. Pero, de todos modos, tú lo decidirás; tu verás el tiempo que desees quedarte. Yo sólo te pediré que, si decides retirarte, me avises con antelación. Sobre tus tareas del día a día...

Pasaron dos largas horas conversando, y no precisamente de los quehaceres de Merlina; de cuando en cuando se desviaban del tópico principal. Albus le explicó que tendría que encargarse del aseo de los pasillos, el estado de las lechuzas, la comida, la paja y el agua; de apagar las antorchas y chimeneas, y prenderlas cuando fuera necesario, y en especial, tener impecable el Vestíbulo, ya que era la primera impresión del castillo. También debía estar dispuesta a retener a los alumnos traviesos, aplicando la psicología profesional a niños y adolescentes, y en cualquier caso grave, debería dirigirse hacia algún jefe de casa, o donde él mismo. Tendría que armarse de paciencia en todos los sentidos, procurar ser educada y no fomentar el caos. También le entregó el manojo de llaves para abrir algunas puertas. Eran más de cincuenta llaves.

—Cualquier problema que tengas, o error que cometas, evidentemente no implicará un despido —añadió en un momento de la conversación al ver que Merlina lució preocupada cuando mencionó lo de retener a los alumnos en caso necesario—. Todos nos equivocamos y eso es parte de nuestro aprendizaje. Sin embargo, lo importante es que tu trabajo se convierta en algo ameno y no en una lucha constante, como le sucedía a Filch todo el tiempo. No sé si lo recordarás, pero jamás él se ganó el respeto de los alumnos, ni siquiera el tuyo.

—No lo recuerdo exactamente, pero si usted le dice, le creo —replicó Merlina con un dejo de culpabilidad en el tono de voz.

También arreglaron lo de su salario. Quedaron en doscientos galeones mensuales, lo cual era una fortuna para ella. En un inició se negó, como avergonzada, pidiendo que lo dejara en ciento cincuenta, pero Dumbledore la regañó.

—No puedes estar pidiendo que te paguen menos. No menosprecies el trabajo que vas a realizar. Estás en un castillo, y no en una casa ni en un bar ni nada por el estilo, así que los doscientos tendrás que aceptarlos, si no, tendré una verdadera razón para despedirte. Este es un trabajo serio.

Y de allí Merlina no replicó más sobre el asunto, aunque sabía que lo último lo había dicho como broma.

Continuó, luego, con la descripción general del castillo y un horario con todo detallado. Le entregó unos mapas de cada piso, con los pasillos y algunos atajos útiles dibujados, de manera que comenzara a manejarse en el lugar. Merlina pensó que debía estudiarlos para no perderse siempre, y eso costaría algo de trabajo por su mala memoria; tendía a despistarse con facilidad.

—Bien —dijo mirando un reloj de bolsillo—, es hora de que te lleve a tu despacho.

Ambos se pusieron de pie y se dirigieron hacia los pisos inferiores. Albus le lanzó un encantamiento a su maleta para que flotara junto con ella, porque ella no era capaz de cargarla otra vez. A Merlina no le salían muy bien los hechizos de levitación, y sólo había podido disminuir algo de peso con un encantamiento.

—El despacho del ex celador estaba en las mazmorras, pero creo que alguien como tú no necesita un lugar tan lúgubre y cerrado como ese. Tu oficina está en la segunda planta y es algo más pequeña de lo usual, pero es suficiente para ti, además de cómoda y cálida, y con ventanas hacia la luz natural del día. No me cabe duda de que será de tu gusto.

Y no se equivocó Albus al aventurar esa frase. Sin embargo, no era en absoluto pequeña como la habría descrito. Al menos era mucho más grande que cualquier oficina en la que haya trabajado, de unos diez metros cuadrados, y estaba repleta de cajoneras y repisas. El centro estaba decorado con una pequeña chimenea que le permitiría comunicarse en caso de que lo necesitara, y, a un costado, tenía una puerta oculta que conducía hacia su habitación, la que era un poco más grande que su despacho.

—Como ves —dijo Albus señalando unos muebles en un rincón—, allí están todos los informes de los castigos, y tienes más muebles para guardar nuevos documentos. Tu escritorio posee todo lo necesario, y si te falta algo, no dudes en hacérmelo saber.

—No sé qué decir, Albus. Esto es maravilloso..., es más de lo que pensaba; ni en mis mejores expectativas esperaba algo como esto.

—Me alegro de que te guste. En fin, ese es todo el recorrido —dijo contento dando un aplauso—. Ahora, a las doce te espero en el Gran Comedor para almorzar. Puedes ordenar tus cosas como se te antoje.

Hizo un gesto con la cabeza y ella pronunció un reverencioso "gracias".

Entró a su cuarto y se lanzó sobre la blanda cama, rebotando un par de veces.

—Ah... ¡esto es genial! —exclamó mirando hacia el techo con gran ilusión—, ¡no veo qué cosa puede salir mal! Tengo comida gratis, techo gratis; podré ir a visitar el pueblo de vez en cuando, me compraré lo que quiera, porque tendré suficiente poder adquisitivo; le enviaré regalos a Craig… Conoceré a los alumnos, algún profesor o profesora querrá ser mi amigo... realmente es fabuloso.

Genuinamente Merlina sintió que todo mejoraría de allí en adelante. Su corazón estaba hinchado de alegría.