Capítulo 4: La mirada misteriosa

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Luego de descansar un rato, con un movimiento de la varita puso todo en orden. Pero había que reconocer que mucha ropa había quedado asomada por los cajones y mal doblada. Tendría que mejorar ciertos aspectos de limpieza, pero por algo se partía. Además, la práctica hace al maestro.

Dos minutos antes del mediodía bajó al Gran Comedor. Adentro sólo estaba Albus, y ni siquiera estaba sentado en la mesa de los profesores. Se hallaba en la cabecera de una de las largas mesas de las casas, específicamente en la de Gryffindor. La mesa de Ravenclaw, casa a la que ella había pertenecido, se encontraba al lado de esa, ambas al centro. Eso podía recordarlo.

Pudo notar cubiertos para dos personas solamente. Albus la siguió con la mirada y dijo:

—Nos he puesto aquí para que quedemos frente a frente. Además, me gusta sentirme como si fuera parte del alumnado nuevamente.

—Veo que no somos muchos —replicó Merlina con sarcasmo.

—Los demás llegarán a las cuatro para poner sus cosas en orden y allí te los presentaré —contestó Albus, sin ofenderse. El director siempre se había caracterizado por tener sentido del humor—. Lo más probable es que te topes con caras conocidas. Varios profesores que siguen aquí te enseñaron a ti también.

—¡Vaya! Sólo puedo recordar a McGonagall. Era muy estricta, pero creo que me iba bien en su materia. No me acuerdo de nadie más. Bloqueé muchos recuerdos… ya sabe. Fue bastante duro, pero… —se quedó callada. No valía la pena hablar de sus padres. No quería pasar el resto de la comida con un nudo en la garganta.

Albus sonrió y no dijo nada más referente al tema. Se limitó a invocar el plato que deseaba comer, en voz alta, y Merlina le imitó. Tuvieron un agradable almuerzo sumido en vagas conversaciones que no tenían nada que ver con ella ni su pasado.

Albus no perdió el tiempo luego del almuerzo —según él, tenía asuntos pendientes que atender—, y Merlina pensó en hacer lo mismo. Fue directo a su despacho y comenzó a memorizar los mapas, o al menos, hacer el intento. También tenía que aprender las contraseñas instauradas actualmente en ciertos pasadizos y gárgolas, las cuales estaban escritas en los mapas. A veces le costaba distinguir las letras llenas de florituras de Albus, pero luego de varios minutos de esfuerzo visual, lograba entenderlas.

Había estado tan concentrada en los mapas, que por pura suerte se dio cuenta de que llegaron las cuatro de la tarde. Se peinó —para intentar causar una buena impresión— y se dirigió a la sala de profesores, donde Albus le había dicho que asistiera para conocer al equipo docente. Se sintió un poco nerviosa… Sólo esperaba caer bien y ser un aporte en el colegio.

Cuando entró, para asombro suyo, ya estaban todos congregados, pero se saludaban entre ellos, así que era evidente que de nada se había perdido.

—Aquí estás, Merlina —dijo Albus, tomándole del brazo y aproximándola a la gran multitud—. Esta es Merlina Morgan, no sé si la recordarán. Perteneció a la casa de Ravenclaw hace una década y ha tomado el puesto de conserje.

—Cómo no recordarla —dijo una bruja de rostro severo y pelo negro hecho un rodete—, si fue una de mis alumnas brillantes —comentó seria, pero, luego, esbozó una sonrisa—. Parlanchina, inquieta, pero inteligente.

—¡Profesora McGonagall! —Esta vez Merlina no se contuvo y besó la mejilla de la mujer, hecho que no pareció molestarle o lo disimuló muy bien, porque mantuvo su sonrisa amable—. Ya no soy tan brillante como usted piensa —dijo Merlina ante su afirmación.

—Uno nunca pierde la inteligencia —atajó un bajito profesor—, aunque se pueden perder las habilidades por falta de práctica.

Merlina lo reconoció como el profesor Flitwick, de Encantamientos, quien había sido su jefe de casa durante los años que estuvo estudiando. Este le estrechó la mano a modo de bienvenida, y quizá quiso asegurarse de que Merlina no se agachara para propinarle un beso.

Finalmente, terminó saludando a todos los profesores presentes, como la profesora Sprout; la muy loca profesora de Adivinación, Trelawney, y la siempre atlética y guapa Hooch. Conoció a los que eran nuevos para ella, como a la profesora Sinistra, la profesora Vector y Burbage. Estaba Hagrid también, como profesor de Cuidado de Criaturas mágicas, su asignatura favorita, y los demás del personal, como la amargada bibliotecaria, Irma Pince, y la dedicada Madame Pomfrey. Hasta los fantasmas se arrejuntaron a darle la bienvenida, aunque sólo la Dama Gris la recordaba. Los demás no tenían idea de quién era ella, y es que Hogwarts ya llevaba decenas de generaciones de estudiantes.

—¿Ustedes también se fueron de vacaciones? El castillo parecía vacío hace un rato —inquirió Merlina a los fantasmas.

—No, pero nos mantenemos al margen hasta que llegan los demás profesores —contestó Nick Casi-Decapitado con altivez.

El único que faltaba era Peeves, pero Merlina prefería no topárselo. Antaño solía caer siempre en sus bromas pesadas y eso era algo que recordaba.

Se quedó compartiendo con la gente. A las seis bajaron en conjunto para poner en actividad el Gran Comedor, colocando los banderines, alineando las mesas, repartiendo la loza, copas y cubiertos, y encendiendo los cientos de velas flotantes, y todo con magia, evidentemente. Merlina fue de gran ayuda en el proceso, y no hizo el ridículo ni tampoco ocasionó algún desastre, lo que le supuso un gran alivio.

En algún momento se percató de que Albus ya no estaba con ellos, y supuso que debió haber ido por algo a su despacho. Pero, en realidad, el director estaba en un lugar de las mazmorras, conversando con alguien que no había llegado a tiempo para cooperar con la preparación de la bienvenida al alumnado.

Cuando el cielo se tornó oscuro y comenzó a llover, todos cayeron en la cuenta de que debían estar por llegar los estudiantes. En ese preciso instante reapareció Albus, solicitando a que todos tomaran sus posiciones en la mesa alta. Merlina se ubicó en el puesto de la izquierda, si se miraba hacia las puertas del Gran Comedor, en la esquina más alejada del asiento del director. Todos los profesores se acomodaron en sus respectivos asientos, excepto McGonagall, quien se dirigió al Vestíbulo. Hagrid también había desaparecido, había mucho rato ya, para buscar a los alumnos de primer año y así conducirlos por el tradicional viaje en bote por el Lago Negro.

—¿No se supone que yo debería estar vigilando por si sucede algo? —dijo a la profesora Sprout, que estaba a su lado.

—No te preocupes, Hagrid se encargará junto con Minerva. Esta noche es la bienvenida de los de primer año tanto como la tuya —dijo con amabilidad—.Y si Albus no te dio instrucciones, es porque debes estar aquí.

Merlina se encogió de hombros y no protestó. Para ella era mil veces mejor ver la Ceremonia de Selección, al estar sola observando algún oscuro corredor por si algún intruso se colaba.

Los más grandes no tardaron en aparecer y se ubicaron en sus mesas. Cientos de jóvenes alegres, que reían y que ansiaban empezar ya. ¡Cómo le hubiera gustado volver a vivir los días de escuela con el resto de los muchachos!

No mucho después llegaron los estudiantes de primero, con sus típicas caras de temor y nerviosismo. Minerva McGonagall fue a buscar el taburete y el remendado Sombrero Seleccionador. Luego, uno a uno, los estudiantes fueron siendo seleccionados a sus casas y sentándose en sus mesas, siendo recibido por ovaciones por sus compañeros. No vio a nadie que pareciera estar en descontento por la elección del Sombrero Seleccionador.

Había llegado otro profesor por la puerta lateral que estaba al lado opuesto de donde estaba ella. Era viejo, lucía despeinado y desabrido, y no saludó a nadie.

Dumbledore dio un conciso comentario de bienvenida para que comenzaran a comer, y, entonces, Merlina se dio cuenta de que todavía faltaba un puesto al lado izquierdo de Dumbledore. ¿Profesor de qué sería? Se puso a contarlos con los dedos, pero fue interrumpida en la mitad. Hubo algo que los distrajo a todos: un muchacho delgaducho y de lentes redondas que entraba en el Gran Comedor y se sentaba en la mesa de Gryffindor con un aspecto sanguinolento. Se parecía a Harry Potter. ¿Sería Harry Potter? Miró a los demás profesores por si alguien más se había dado cuenta de eso, pero todos estaban concentrados en los deliciosos postres que acababan de aparecer ante sí. Justo, dos minutos después del chico que había entrado al salón en último lugar, apareció otra persona por la puerta lateral. Era un hombre de pelo largo y lacio hasta los hombros. Vestía de negro, haciendo que su cetrina piel contrastara. Una poderosa nariz de puente quebrado se fruncía en un gesto de desagrado. El desconocido se sentó en el puesto vacío que quedaba, intercambió unas pocas palabras con Dumbledore y se quedó quieto, sin probar bocado.

Al rato después, cuando todos acabaron, los platos desaparecieron y Albus se puso de pie para finalizar su discurso. Merlina no pensaba demasiado, porque ya le estaba bajando el sueño, pero hubo dos cosas más que le distrajeron. La primera, fue cuando la presentaron y todos estallaron en aplausos, sacándola de su sopor. Debían estar todos felices de no tener a Filch como conserje, así que se sintió muy agradecida, y pensó que era un buen augurio. Y, lo segundo, fue una presentación más:

—El profesor Billy Bored, por su parte, ocupará el cargo de profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras —expresó Albus, señalando al profesor que había entrado sin saludar a nadie, cuyo rostro era una representación acertada de una "cara de funeral".

Algunos pocos aplaudieron, y Merlina lo hizo por cortesía. Vio que el hombre hacía un gesto parco con la mano y se volvía a sentar con pesadumbre.

Merlina recordó que había llegado alguien más al último de manera furtiva, y se asomó para divisarlo. Varias cabezas los separaban. No cabía duda de que él era el profesor de Pociones, porque, según sus cálculos, era la única materia a la que le faltaba representación. Y, entonces allí fue cuando ocurrió. Aquel hombre giró su cabeza lentamente hacia ella y los ojos castaños de Merlina se toparon con un par de negros, fríos y profundos ojos, que parecían dos pozos sin fondo. Un cosquilleo que se presentó en la parte baja de la cabeza recorrió toda su espina dorsal. La piel se le puso de gallina y no pudo evitar tener un escalofrío. La mirada no duró más de dos segundos, pero fue todo en cámara lenta, y ella no tuvo el valor de sostener por más tiempo el raro contacto visual. Tuvo que desviar la mirada ¿Qué diablos había sido eso? Realmente todo había sido muy extraño. Aquel hombre tenía una mirada misteriosa, intensa, y aquello le había hecho perder el control de sí misma. De pronto se había sentido diminuta y débil, como si se hubiese quemado con esa mirada, y el fuego no le gustaba.

—Profesora —dijo en susurro a Sprout—, ¿quién es el profesor de negro?

—El profesor de Pociones, Severus Snape —contestó afable.

"Snape". Su nombre le sonaba, le recordaba a algo, pero ¿qué podía ser? No... Ni su cara ni su nombre..., no podía acordarse. Creía conocerlo, pero no podía... Aunque cerrara los ojos y apretara los puños, no recordaría nada respecto a él. Pero no podía pasar por alto lo que le había hecho sentir, como una mezcla de miedo y compasión... ¿Compasión por él o por sí misma? El estómago se le había encogido, y le avergonzó pensar que hasta el labio le había temblado en el momento en que sus miradas se encontraron.

Valientemente volvió a mirarlo, preparada para enfrentar a sus ojos, pero el hombre no se volteó más.

Albus dio las buenas noches y todos se pararon. El profesor Snape se fue a toda prisa por la puerta escondida de los profesores, así que no tuvo oportunidad de presentarse. Cuando no quedó nadie más en el Gran Comedor, Albus se le acercó.

—Hoy es importante que descanses, porque tendrás que levantarte a las cinco para comenzar con la primera ronda de la mañana. Si quieres, puedes hacer una petición de pastillas que te ayuden a soportar mejor los horarios a Madame Pomfrey, pero no las recomiendo, porque pueden causar un desequilibrio en tu ciclo de sueño.

Merlina asintió, se despidió y se fue. Durante el camino prestó especial atención por si se topaba con el profesor de Pociones, quien, por más que le hubiese causado escalofrío, llamó su atención de alguna una manera inusitada.