4º Curso. Capítulo 1
Era una noche tormentosa, Elyon y sus padres estaban en la sala de estar. Se había quedado dormida en el hombro de su madre, soñaba que estaba en medio de un camino de piedra rodeado de olmos, como el que había en el centro de su pueblo. Había alguien recorriéndolo, una figura encapuchada que se acercaba con rapidez y pasos decididos. En un santiamén estaba justo frente a ella, y vio una cruel sonrisa en sus labios bajo la capucha. "Te encontré" le susurró él. Se despertó sobresaltada.
-¿Estás bien? -le preguntó su madre retirándole el pelo de la cara.
-Una pesadilla -musitó Elyon inquieta.
Su pequeño colgante en forma de lágrima comenzó a brillar rojizo. Su padre, Tim, se lo quedó mirando, la preocupación asomó con rapidez en su rostro y corrio a la ventana. Un rayo iluminó el jardín y el hombre palideció.
-¡Ani! ¡Llévate a la niña, rápido! ¡Nos ha encontrado! – gritó asustado.
La mujer cogió a Elyon del brazo y corrio hacia las escaleras.
-¡¿Qué pasa?! -la joven miró a sus padres preocupada- ¡Mamá! ¡¿Qué está pasando?!
-¡No hay tiempo! -se limitó a decir su madre aterrada.
Su padre descolgó la espada que adornaba la chimenea, y nada más tocarla, la hoja empezó a emitir un fulgor blanquecino. Corrio hacia la puerta principal y se colocó junto al marco. Pero la puerta no se abrio. Las ventanas estallaron y la pared pareció explotar a su espalda. Los ladrillos y la madera salieron despedidos en todas direcciones. Ani se apresuró en cubrir a su hija con su cuerpo, agachándose en los escalones para evitar que los escombros las golpearan.
Tim se levantó del suelo algo desorientado, pero en apenas unos segundos se recompuso lanzando con su espada una serie de mandobles dirigidos hacia el exterior de la casa. Con cada mandoble, el fulgor blanquecino de la espada proyectaba el corte en la distancia en forma de onda blanca. Luego clavó la espada en diagonal contra el suelo frente a él y se agachó. Segundos después, desde el exterior, llegaron un par de hechizos dirigidos contra su padre, pero estos chocaron frente al escudo que este había conjurado. Tim volvió a contraatacar lanzando un par de mandobles más, seguidos de una enorme bola de fuego que se formó alrededor de su mano.
Ani estiraba de su hija hacia el piso superior, pero Elyon se había quedado petrificada en las escaleras observando la rápida y confusa escena, sin comprender por qué estaba pasando aquello. Desde allí no podía ver quién los atacaba, la pared que aún seguía en pié cubría su visión del exterior. Una serie de hechizos más entraron en la casa, todos dirigidos contra su padre protegido de nuevo por el escudo, todos, salvo uno, que dio de lleno en la escalera de la casa haciéndola explotar. Los escalones desaparecieron bajo los pies de Ani, que ahogó un grito al sentirse caer al vacío. Pero consiguió agarrarse a los escalones aún intactos y parte de la barandilla. Elyon corrio a ayudarla para evitar que cayera a la planta baja.
-¡Ani! –gritó Tim preocupado, mirándolas- ¡Salid ya de aquí!
Y fue en ese único segundo que su padre se distrajo y le dio la espalda al atacante para asegurarse de que ellas seguían bien, cuando un rayo verde lo golpeó por la espalda y cruzó su pecho. Sus ojos se abrieron de par en par y cayó al suelo. No volvió a moverse.
-¿Papá? –musitó Elyon ayudando a su madre a subir de nuevo a la escalera- ¡Papá! ¡Papá!
Su madre consiguió colocarse al fin sobre la escalera y agarró con fuerza la muñeca de su hija, que quería ir a socorrer a su padre.
-¡Papá! ¡Noooo! –lloró la joven viendo el cuerpo de su padre tendido en el suelo del comedor, entre los escombros de la pared, con la espada aun agarrada fuertemente en su mano.
-Elyon tenemos que irnos –lloró Ani sin querer mirar al piso de abajo.
Un extraño encapuchado entró con rapidez en la casa. Aquel hombre era igual al de su sueño. El mago alzó la vista y las miró. Elyon juraría que podía ver una sonrisa cruel en sus labios bajo la capucha.
-¡Corre! –gritó Ani empujándola escaleras arriba con apremio.
Saltaron sobre la parte destrozada de la escalera para alcanzar el piso de arriba. Entraron en la habitación de invitados. Su madre bloqueó la puerta con un hechizo e intentaron abrir la ventana, pero se atascó.
-¡¿Por qué tu padre no arreglaría la ventana?! –gritó ella desesperada y con el rostro bañado en lágrimas.
La apuntó con la varita y la ventana desapareció.
-Elyon, sal y corre. Corre todo lo que puedas, hacia el bosque, no pares hasta llegar a un sauce muerto, y escóndete dentro -le dijo su madre agarrándola por los hombros.
-¡¿Mamá qué dices?! ¡¿Qué está pasando?! ¡No me voy sin ti! -le gritó su hija sin entender nada.
-¡No me discutas! ¡Ahora no! -le gritó llorando- Yo te seguiré, ¿vale? Pero has de correr y no mirar atrás.
Algo golpeó la puerta con fuerza, pero esta aguantó.
-Mamá... -lloró Elyon.
-Te quiero cariño, nunca olvides eso -le dijo besándole en la frente- Y ahora corre ¡Corre!
Elyon se encaramó a la ventana y saltó al árbol del jardín. Antes de comenzar a bajar, vio a su madre de espaldas a ella, apuntando con su varita a la puerta, que seguía aguantando golpe tras golpe.
Con los brazos y piernas magullados llegó al césped, que estaba frío y húmedo bajo sus pies descalzos. Tal como dijo su madre, corrio hacia el bosque. Un destello de luz verde iluminó el jardín.
Saltó la valla de su jardín mientras gritaba pidiendo auxilio bajo la lluvia torrencial, para que alguno de sus vecinos los socorriera. El bosque ya estaba próximo cuando unas sombras salieron a su paso. Resbaló sobre la hierba mojada al intentar parar y cayó al suelo, se levantó como pudo y corrio en dirección contraria. Pero no consiguió llegar muy lejos, porque le surgieron al paso otras figuras encapuchadas. Intentó esquivarlas, una de ellas la agarró de la sudadera pero lanzó un golpe alto hacia atrás y consiguió zafarse. Siguió corriendo sin rumbo fijo cuando alguien la agarró por la cintura y la levantó del suelo, intentando inmovilizarla, ella se retorció como un gusano gritando con rabia para intentar soltarse de las manos fuertes que la retenían.
-Tranquila Elyon, tranquila –ante ella apareció la misma persona que había estado dentro de su casa, el mismo hombre que había matado a sus padres, con el rostro aun oculto bajo la capucha-. No voy a hacerte daño.
-¡Que te jodan! –le contestó al extraño con furia intentando darle una patada en la cara para que se alejara de ella.
El hombre esquivó el golpe con facilidad.
-Vaya carácter... me gusta -rio el hombre con frialdad.
Le cogió con fuerza el brazo izquierdo, asegurándose de que la joven no pudiera golpearlo, le arremangó la sudadera, sacó su varita y la apretó contra el antebrazo de Elyon. Un dolor agudo, punzante y tan frío que quemaba le recorrio el brazo. Ella gritó con fuerza. El hombre retiró la varita y pudo ver una marca morada en forma de calavera, de cuya boca salía una serpiente que se enrollaba sobre sí misma y sobre la calavera, y que apoyaba su cabeza sobre esta con la boca abierta enseñando sus colmillos.
-Ya está. Bien, vamos –ordenó el hombre al resto con frialdad.
Un encapuchado apareció junto a él con un crujido, llevaba consigo a un hombre de baja estatura y con cara de roedor, al que tenía cogido del cuello de la camisa.
-Mi Señor, tenemos información sobre los Potter –informó la mujer arrojando a su prisionero a los pies de su jefe- ¡Habla!
Elyon se dio cuenta de que el cuerpo de su captor se había tensado, y que su corazón se había acelerado ante las palabras de la mujer enmascarada. Podía percibir su pánico. El hombrecillo no se atrevió a levantar la vista del suelo.
-Mi-mi Señor, sé dónde están los Potter... soy-soy su Guardián, mi Señor –consiguió articular.
-Mientes, el Guardián de los Potter es Sirius Black.
-¡No! ¡Le juro que digo la verdad! Black es solo una distracción ¡Soy yo el que ha estado pasando información a vuestros mortífagos a cambio de protección!
El jefe se arrodilló junto a él, le cogió el rostro con sus manos delgadas y pálidas como el mármol, obligando a mirarle a los ojos bajo la capucha.
-Bien –rio levantándose de nuevo-. Ya son nuestros. Bellatrix, mátalo.
-¡No! ¡Por favor! ¡Os lo suplico! ¡Dejadme que os sirva una vez más! ¡Seré vuestro humilde y fiel siervo, pero no me matéis! –lloriqueó con voz aguda.
El hombre pareció meditarlo unos segundos. Finalmente sacó de nuevo la varita y la presionó contra el antebrazo izquierdo del prisionero, que aulló de dolor. Sobre la piel se dibujó una calavera de la que salió una larga serpiente que se enrollaba sobre sí misma, muy parecida a la de Elyon. La mujer lo levantó del suelo y lo alejó de su señor con un empujón.
-Al Señor Tenebroso no le gustan los traidores. Simplemente piensa en la posibilidad de traicionarlo y juro que te mataré de forma lenta y dolorosa –le amenazó ella con voz siniestra.
El captor había aflojado su agarre. Así que Elyon intentó escaparse una vez más aprovechando la distracción del prisionero. Le dio un codazo en el costado al individuo que la retenía, y acto seguido otro más en la cara, rompiendo la máscara que se la ocultaba. Este la soltó mientras se desplomaba en el suelo con un gemido de dolor, arrastrándola en su caída. Elyon pudo verle el rostro, ahora descubierto, mientras se levantaba con rapidez. Era un hombre joven, de tez pálida, con el pelo negro y largo hasta los hombros, mojado por la lluvia que caía.
-¡Cógela! –ordenó el jefe al chico.
La muchacha echó a correr hacia el porche semiderruido de su casa. A medio camino volvió a sentir una horrible quemazón en el antebrazo. Cuando llegó a su casa miró de nuevo atrás, los hombres ya no la seguían, habían desaparecido. Elyon miró al interior de su casa. El cuerpo de su padre seguía tendido en el suelo entre los escombros, sin moverse. Cayó de rodillas, no se atrevía a entrar y ver su rostro. Se agarró el brazo dolorido y comenzó a llorar ¿Qué se suponía que iba a hacer ahora? Se había quedado sola, completamente sola.
…..
Ya había parado de llover y las nubes se habían disipado. Habían pasado horas, pero Elyon todavía no se había movido de donde estaba, no quería entrar en la casa, sabía que lo único que quedaba dentro era muerte y tristeza. Aun temblaba por el frío y el miedo, pero era incapaz de moverse. Miró a lo lejos y distinguió en la oscuridad de la noche y entre la neblina que había dejado la lluvia, a un hombre que corría hacia la casa. Era dos veces más alto que un hombre normal y al menos cinco veces más ancho, desaliñado, con el pelo negro, largo y revuelto, y una barba que le cubría casi toda la cara. Elyon conocía esa silueta, era Hagrid. El semigigante se paró frente a la casa y miró alrededor con preocupación.
-¿Qué ha pasado? ¿Estáis bie...? –no acabó la pregunta, porque miró dentro de la casa y vio el cadáver de Tim.
Ella rompió a llorar de nuevo. Hagrid tenía la mirada fija en el cuerpo sin vida de su padre.
-¿Qué ha ocurrido Elyon?
-Alguien vino, y papá y mamá... –contestó con dificultad mientras intentaba controlar el llanto.
-Tranquila ya estoy aquí -se agachó junto a ella y la abrazó con fuerza.
-Todo ha pasado tan rápido... –sollozó ella.
Hagrid buscó algo en el cielo y suspiró aliviado al no encontrar nada en él.
-Vámonos de aquí, no es un lugar seguro –le dijo con seriedad haciendo que se levantara.
-No puedo irme... ellos están... no puedo dejarlos así -Elyon se plantó en el suelo.
-Elyon, no tenemos tiempo, debemos irnos, ahora -insistió él- Ya no puedes hacer nada por ellos.
-¡Pero no puedo dejarlos así! -insistió ella.
-Elyon, mírame -Hagrid le cogió el rostro-. Nosotros ya no podemos hacer nada y aquí aun corres peligro. Pero no te preocupes, no se van a quedar aquí abandonados ¿De acuerdo? Buscaremos ayuda.
Ella asintió. La cogió del brazo y la llevó lejos de la casa, en ese momento apareció frente a ellos una esfera de luz blanca azulada.
-Hagrid, te necesitamos. Han encontrado a los Potter, debes ir a ver si están bien -una voz masculina y preocupada pareció emanar de la luz.
La luz se consumió y dejó en su lugar un chupete usado, viejo y sucio, que cayó al suelo. Hagrid se apresuró en recoger el chupete, con el rostro pálido y preocupado.
-¿Qué es eso? –preguntó la joven.
-Un traslador.
-¿Y a dónde vamos? –preguntó Elyon.
-A ver si los Potter han tenido mejor suerte que vosotros esta noche -le respondió el semigigante con un hilo de voz.
Aparecieron frente a una casa medio derruida, al parecer recientemente.
-Por Merlín... –musitó Hagrid- ¡¿James?! ¡¿Lily?! -llamó con fuerza entrando en el jardín lleno de escombros.
Elyon lo siguió, mirando alrededor inquieta. Encontraron al James cerca de la entrada, tirado de lado en el suelo con la mirada vacía. Hagrid ahogó un gemido y se agachó junto a él para cerrarle los ojos con una de sus enormes manos. Mientras el gigante buscaba a Lily en el piso de abajo, Elyon subió al piso superior de la casa por la escalera, con mucho cuidado, pues no quería que se viniera abajo. Comenzó a escudriñar las habitaciones cuando escuchó un sollozo. Entró en otra habitación, en ella había una mujer pelirroja muerta en el suelo. A su lado había un niño pequeño en una cuna, con una herida muy grande con forma de rayo en la frente, el pequeño gimoteaba. Se quedó petrificada en la puerta mirando el cadáver de la mujer, le pareció ver a su madre. El niño empezó a llorar más fuerte. Consiguió apartar la mirada de la desdichada mujer y se acercó a la cuna.
-Hola pequeño -le susurró con voz temblorosa- Tranquilo, no pasa nada, no pasa nada.
-¡¿Elyon?! ¡¿Elyon dónde estás?! –gritó Hagrid preocupado.
-¡Arriba! –contestó sacando al niño de la cuna- ¡He... he encontrado a un niño pequeño!
-¡Baja con él enseguida! –la apremió nervioso.
Elyon bajó con el niño en brazos saltando con cuidado varios escalones. Hagrid cogió una pequeña manta que había en el suelo y envolvió al pequeño en ella para que no cogiera frío.
-¿Has encontrado a alguien más? -le preguntó, dejando claro que la respuesta le daba miedo.
-En la habitación del bebé había una mujer... muerta también.
Los ojos de Hagrid se llenaron de lágrimas. La imagen de la mujer pelirroja volvió a la mente de Elyon, y pensó en su madre. Sintió que le faltaba el aire. Seguramente su madre estaba igual que Lily, sola y en el suelo de la habitación de invitados. Elyon apretó lo labios intentando no romper a llorar de nuevo, porque sabía que si comenzaba, no podría parar.
Entonces escucharon un estruendo, miraron al cielo y vieron un haz de luz que se acercaba. La enorme luz dio paso al faro de una enorme moto que volaba y que intentaba aterrizar. Cuando tocó tierra, Elyon vio a su piloto. Era alto y joven, con el pelo negro, estaba pálido y tembloroso. En un principio creyó que era el hombre que la había atrapado hacía unas horas, pero se dio cuenta de que no tenía la nariz aguileña que tenía el otro chico. El joven miraba la casa con espantosa sorpresa.
-¡Sirius! ¿Qué haces aquí? –preguntó Hagrid sorprendido.
-He venido... a ver... si era... verdad que Lily y James están... –dijo él entrecortadamente mientras unas lágrima silenciosas recorrían su rostro.
-¡Oh Sirius, lo siento mucho! –Hagrid le dio unas palmadas en la espalda, haciendo que este se tambaleara, conteniendo su propio dolor- Ha sido una pérdida terrible para todos.
Elyon se acercó un poco a los dos hombres. El chico clavó su mirada triste en ella, que retrocedió desconfiada. Aunque podía ver en sus ojos que no era mala persona.
-Tranquila, no te va a hacer daño, es un buen amigo mío –le dijo Hagrid acercándola a Sirius-. Es Elyon McWilliams.
-¿McWilliams? -el chico miró al semigigante con preocupación.
-No hemos podido protegerlos -le contestó.
-Lo lamento mucho –dijo Sirius con voz débil, alargando la mano hacia ella-, yo soy Sirius Black.
-Lo mismo digo –contestó Elyon con timidez y sin apartarse de Hagrid.
El chico inspiró hondo esforzándose sobremanera en no romper a llorar. Entonces Sirius pareció reparar en Harry, que se hallaba en uno de los brazos del semigigante.
-¿Es...es Harry? –preguntó Sirius, sus ojos se iluminaron.
-Sí, Elyon lo encontró en el piso de arriba. Es el único superviviente.
-¿El único? -a Sirius se le quebró la voz- Dame a Harry, Hagrid. Soy su padrino. Yo cuidaré de él... –alargó los brazos hacia el pequeño, que hizo lo mismo.
-No Sirius, lo siento, aún sigue bajo la custodia y protección del profesor Dumbledore –contestó Hagrid cortante, estrechando al niño contra su pecho, de forma protectora.
-¡Me da igual! –gritó el chico- ¡Es mi ahijado, yo lo protegeré!
Harry empezó a llorar aun alargando los brazos hacia el hombre moreno.
-Te lo he dicho, no pienso desobedecer al profesor Dumbledore. Si quieres a Harry, tendrás que hablar con él.
-¡Pero...! –insistió, aunque sabía que no conseguiría nada-. Está bien... Aún tengo un asunto que debo resolver antes de llevarme a Harry.
-Sirius tranquilo, seguro que es algo temporal. Eres su padrino. No creo que tardes en volver a verlo.
Elyon miró a su alrededor y vio como unas personas se acercaban.
-Hagrid –dijo Elyon tirándole del abrigo-. Viene alguien, creo que son muggles.
El semigigante miró a los extraños y abrio los ojos alarmado.
-Hagrid, coge mi moto para llegar a donde tengas que ir, yo no la necesito ya. Pero prométeme que cuidarás bien de Harry hasta que vaya a buscarlo.
-Gracias, Sirius –contestó el hombretón dándole la mano como despedida-. Y no te preocupes más, el profesor Dumbledore se encargará de todo.
Hagrid se acercó a la moto, se montó y la puso en marcha.
-¡Vamos Elyon! –la llamó.
-Adiós –se despidió la muchacha.
-Adiós –respondió Sirius rompiendo a llorar mientras miraba la casa en ruinas.
Elyon corrio hasta la moto mirando al chico con tristeza, Hagrid la ayudó a subir tras colgarse a Harry del pecho ayudado por la manta con el que lo cubría. Antes de elevarse el semigigante sacó de su abrigo un paraguas rosa y apuntó al cielo. De él salió despedida una bola de luz azulada que se apagó a medida que ascendía. Hagrid volvió a guardar su paraguas y aceleró la moto elevándose hacia el cielo justo antes de que llegaran los primeros muggles a la casa.
-¿Qué vamos a hacer con el niño?
-Como ya he dicho, se lo llevaremos al profesor Dumbledore. Nos está esperando –explicó él.
…..
Habían recorrido una larga distancia, Elyon estaba congelada, tiritaba sin control mientras se sujetaba con fuerza al semigigante para no caer e intentar entrar el calor. Hagrid finalmente comenzó a reducir la altura. Estaban sobrevolando un barrio muggle que tenía una de sus calles a oscuras. El semigigante siguió bajando, hasta aterrizar en el asfalto. Nada más parar la moto Elyon bajó y se escondió tras el hombretón, había dos magos en la puerta de una casa con el número 4.
Uno de los magos comenzó a hablar con Hagrid, era un hombre alto, delgado y muy anciano, a juzgar por su pelo y barba plateados, tan largos que podía sujetarlos con el cinturón. Llevaba una túnica larga, una capa color púrpura que barría el suelo y unas botas con tacón alto y hebillas. Sus ojos eran de color azul claro, brillantes y centelleaban detrás de unas gafas de cristales de media luna. Tenía una nariz muy larga y torcida, como si se la hubiera fracturado alguna vez. A su lado había una bruja de aspecto severo que llevaba gafas de montura cuadrada. La mujer también llevaba una capa, de color esmeralda. Su cabello negro estaba recogido en un moño. Parecía muy nerviosa por la llegada de Hagrid. Elyon no prestó atención a lo que decían, estaba más interesada por el barrio muggle, sus padres nunca la habían dejado ir a ninguno, realmente prácticamente nunca la habían dejado salir a ninguna parte, decían que con la guerra era muy peligroso salir del pueblo. Aunque la joven veía ese barrio como veía el suyo, tranquilo y pacífico. Poco a poco fue vagamente consciente de lo que decían los magos.
-Bueno, déjalo aquí Hagrid –decía el mago-, es mejor que terminemos con esto.
-Profesor Dumbledore –dijo el hombretón en voz baja y un poco nervioso-, no he podido avisarle antes... no solo han matado a los padres de Harry –se apartó de improvisto y la joven quedó a la vista, que palideció y tragó saliva.
-¿Y sus padres? –preguntó el anciano preocupado.
-Su madre me envió una señal de socorro. -explicó el semigigante-. Pero no estaban en el punto de encuentro. Fui a su casa y... solo quedaba ella.
-Esa es una terrible noticia… -suspiró Dumbledore, visiblemente afectado-. Al menos Voldemort ya no dejará más huérfanos.
Hubo una larga pausa con un silencio incómodo. "Voldemort". Ese nombre ya lo había escuchado antes, cuando sus padres discutían por culpa de que su padre la dejaba estar mucho tiempo fuera de casa jugando con los niños de su pueblo. Y acababa de caer en la cuenta de quién era aquel anciano. Era Albus Dumbledore, solía enviar a menudo cartas a sus padres. El anciano se giró hacia ella y la observó con atención.
-Elyon –le dijo con tono cariñoso y tranquilizador- ¿Sabes quién soy?
-Sí, mis padres me hablaron de usted –respondió mientras unas lágrimas recorrían su rostro-, usted es Albus Dumbledore, director del colegio Hogwarts de magia y hechicería.
-Bien –dijo Dumbledore sonriendo- ¿Podrías decirme lo que ha pasado esta noche en tu casa?
-No lo sé exactamente –respondió ella mientras intentaba calmarse-. Solo sé que Voldemort mató a mis padres y luego quiso llevarme con él. Pero conseguí escapar y...
Su voz se quebró y rompió a llorar desconsolada. Dumbledore se acercó a ella y la abrazó.
-No te preocupes, conmigo estás a salvo –le susurró él para tranquilizarla.
-Albus... –interrumpió la bruja- Tenemos que informar de esto a...
-Sí, lo sé –contestó Dumbledore- ¿Podrás encargarte tú, Minerva?
-¿Yo? -la mujer lo miró extrañada- Sí, por supuesto.
La joven inspiró hondo consiguiendo calmarse.
-Elyon –le dijo Dumbledore- Sé que ha sido una noche horrible y que todo lo que está pasando es muy confuso para ti. Pero ya que no tienes a dónde ir, al menos por el momento, ¿te gustaría venir a Hogwarts conmigo? Podrías estudiar allí, junto al resto de alumnos, tendrías un hogar.
Ella lo miró extrañada, apenas lo conocía. Pero sabía que era un buen hombre, no solo por lo que le habían contado sus padres, sino porque podía verlo en sus ojos, e igualmente, ¿a dónde iba a ir si decía que no? Finalmente asintió con una tímida sonrisa.
-Muy bien –dijo Dumbledore con una amplia sonrisa, se giró hacia el semigigante nuevamente-. Hagrid dame a Harry.
Dumbledore se volvió hacia la casa que tenía al lado.
-¿Puedo... puedo despedirme de él, señor? –preguntó Hagrid.
Inclinó la gran cabeza desgreñada sobre Harry y le dio un beso, raspándolo con la barba. Entonces, súbitamente, Hagrid dejó escapar un aullido, como si fuera un perro herido.
-¡Shhh! –dijo la bruja- ¡Vas a despertar a los muggles!
-Lo... siento –lloriqueó Hagrid, y se limpió la cara con un gran pañuelo-. Pero no puedo evitarlo... Lily y James muertos... y el pobrecillo tendrá que vivir con muggles...
-Sí, sí, es todo muy triste, pero domínate, Hagrid, o van a descubrirnos –susurró la bruja, dando una palmada en un brazo de Hagrid.
Dumbledore pasó sobre la verja del jardín de la casa muggle y fue hasta la puerta que había enfrente. Dejó suavemente a Harry en el umbral, sacó una carta de su capa, la escondió entre las mantas del niño y luego volvió con los tres. Durante un largo minuto los cuatro contemplaron el pequeño bulto. Los hombros de Hagrid se estremecieron. La bruja parpadeó furiosamente. La luz titilante que los ojos de Dumbledore irradiaban habitualmente parecía haberlos abandonado. Elyon suspiró limpiándose las lágrimas.
-Bueno –dijo finalmente Dumbledore-, ya está. No tenemos nada que hacer aquí. Será mejor que nos vayamos y nos unamos a las celebraciones.
-Ajá –respondió Hagrid con voz ronca-. Voy a devolver la moto a Sirius. Buenas noches, profesora McGonagall, profesor Dumbledore, Elyon.
Hagrid se secó las lágrimas con la manga de la chaqueta, se subió a la moto y le dio una patada a la palanca para poner el motor en marcha. Con gran estrépito se elevó en el aire y desapareció en la noche.
-Nos veremos pronto, espero, profesora McGonagall –dijo Dumbledore, saludándola con una inclinación de la cabeza.
La profesora McGonagall se sonó la nariz por toda respuesta.
Dumbledore le cogió la mano a Elyon y se marcharon calle abajo. Se detuvo en la esquina y levantó un curioso apagador de plata. Lo hizo funcionar una vez y todas las luces de la calle se encendieron, de manera que Privet Drive, la calle en donde se encontraban según el cartel de la esquina, se iluminó con un resplandor anaranjado, y pudieron ver a un gato atigrado que se escabullía por una esquina, en el otro extremo de la calle. También pudieron ver el bulto de mantas de las escaleras de la casa número 4.
-Buena suerte, Harry –murmuró Dumbledore. Dio media vuelta y con un movimiento de su capa, desapareció, llevándose consigo a Elyon.
