Capítulo 5: La lechuza herida

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Merlina estaba acomodando unos papeles en su oficina. Durante media hora se había dedicado a revisar lo que había en los cajones, pero había mucho que revisar, y se sentía agotada. No paraba de bostezar, así que decidió devolver todo a los cajones para ir a acostarse. Entonces alguien llamó a la puerta.

—¿Sí? —preguntó lo suficientemente fuerte como para que la oyeran, mientras se apartaba un mechón de la cara.

—Merlina, soy Albus. Sé que debes estar cansada, pero ¿me acompañarías un momento a la sala de profesores?

Merlina se acercó a la puerta y la abrió. Miró desconcertada al anciano brujo.

—Claro —aceptó curiosa.

Caminaron en silencio unos pasos —por suerte la sala no quedaba lejos de su despacho— y no se pudo contener de preguntar.

—¿Puedo saber para qué es?

—Puedes, pero, de todas maneras, la respuesta la hallarás cuando entremos a la sala —replicó Albus—, y estamos a menos de tres metros —añadió.

Merlina no comprendió por qué Albus se empeñó en parecer misterioso, pero pensó que, tal vez, se trataba de alguna sorpresa de bienvenida.

Albus abrió la puerta y la hizo pasar. Merlina miró para todos lados, y si no hubiese sido por el fuego que crepitaba en la chimenea, no se habría dado cuenta de que allí había alguien más. Se trataba del profesor que se había unido al término de la cena.

—Por una mala casualidad, el tiempo no me dejó presentarlos —continuó el director—. Merlina, él es el profesor Severus Snape, quien imparte Pociones, aunque ya debes haberlo visto en la ceremonia.

Merlina se sintió un poco nerviosa, pero avanzó con decisión. No fue capaz de mirarlo directamente a los ojos por temor a sentirse como en la cena cuando sus miradas se encontraron, así que sólo pudo fijarse que en otros aspectos de su rostro, como su semblante serio, quizá algo idiotizado, porque sobre sus cejas se le marcaba una arruga. Tal vez, como Merlina, se hallaba cansado y no deseaba perder tiempo en presentaciones absurdas.

—Y Merlina Morgan, Severus, como ves, es la nueva celadora del castillo que reemplazará a Filch.

Merlina alargó la mano como acto reflejo. Pudo notar que Snape hizo un gesto de desagrado, y notó que pasó más del tiempo permitido para que le estrechara la mano, pero finalmente lo hizo. Se sintió como un acto forzado, pero no fue una sacudida de manos de más de dos segundos. Fue algo extraño, en verdad producía corriente, ¿o ella se lo estaba imaginando? De todos modos, se sintió un poco avergonzada y se le fueron los colores a las mejillas.

—Bien, eso sería todo —concluyó el director dando un solo aplauso—. No quería dejar para mañana lo que debió haber ocurrido hoy; era oportuno que se conocieran, aunque, en teoría… En fin. No me gusta dejar cabos sueltos.

Merlina asintió sin decir nada y miró fugazmente a Snape, y otra vez sus ojos se toparon. Dirigió la vista inmediatamente al suelo, nuevamente cuestionándose por no ser capaz de sostenerle la mirada.

—Eh… —vaciló, tratando de sacar la voz—, si eso es todo, buenas noches a los dos, y gracias por todo, Albus.

—Buenas noches —contestaron a coro, con la diferencia de que Albus lo hizo de buenas maneras. Al parecer Snape no tenía ganas de conocerla. Era eso, o al menos que la conociera. Pero Albus no había dicho nada que diera alusión a que así había sido.

Vamos, ¿qué me pasa?¡No pueden intimidarme con tan poco! —pensó Merlina una vez estuvo afuera, y emprendió camino a paso rápido hacia su habitación.

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Apenas ella cerró la puerta, Snape dijo al director en un susurro:

—Se le nota en la cara que sigue siendo igual de inútil. Y si no se acuerda de que fui su profesor, ¿por qué está tan rara? ¿No habrá sido mejor decírselo y ya? De todos modos se va a enterar. No sé por qué la protege tanto, Albus.

—Eso no te lo puedo explicar yo. Decírselo sólo iba a ocasionar presión en ella, y si te recuerda, no será en situaciones agradables. Y hazme el favor de no tratar mal a los recién llegados, menos a sus espaldas. Buenas noches, Severus —dijo el anciano con severidad y también se retiró.

Merlina sabía que debió haber dicho algo más, como "Un gusto en conocerlo" o "Espero que nos llevemos bien", ¡o cualquier cosa! Pero no había podido, algo se lo impidió. Le intimidaba. No habían pasado más de tres horas y ya sabía que Severus Snape le intimidaba. Tenía cara de ser cruel y misterioso a la vez. Además, esa expresión de antipatía en su cara... Sentía que había visto una expresión así antes y no le hacía sentir bien, para nada.

Con todas sus fuerzas abandonó esos pensamientos, se puso el pijama y se acostó.

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Dormir en una cama con dosel, con un colchón caliente gracias a la magia propia de los elfos domésticos, era lo más cómodo que podía existir en una noche de tormenta como esa y, con mayor razón, el día de llegada a Hogwarts. Habría sido toda una aventura custodiar los pasillos esa noche, pero necesitaba dormir, y agradeció poder contar con esas horas de sueño, porque, cuando se levantó a las cuatro y media de la mañana, se sintió despejada, tanto así, que olvidó los eventos incómodos de la noche anterior.

Se dio una ducha corta para terminar de revitalizarse, se vistió muy abrigada, y salió en busca de la aventura, aunque el pasillo estuviera completamente vacío.

—Espero no encontrarme con Peeves en mi primer día, sino me cortaré un brazo —susurró para sí mientras se frotaba las manos, caminando por el pasillo oscuro. Luego del vano intento de entibiarse las manos, sacó su varita del bolsillo—. Lumos —murmuró y una luz se prendió en la punta de la varita.

Bostezó un par de veces, pero no tenía sueño realmente. Sus ojos estaban más abiertos que nunca, preparada para cualquier evento inusual. Pero, de todas formas, ¿qué podía ocurrir de inusual en el castillo? A parte de lo común: ver fantasmas, ratones, armaduras moviéndose, personajes de cuadros aparecer, desaparecer, hablar y roncar…

Como en los primeros quince minutos no ocurrió absolutamente nada, decidió recorrer y probar los pasadizos secretos y así familiarizarse con el castillo, aprovechando que tenía todo para ella. Pasó cerca de diez veces por distintos tapices, otras cinco por los cuadros que eran puertas, y otras dos por puertas secretas que estaban en las paredes y no se notaban. Un par de veces se confundió y dio con pomos de puertas falsos que no se abrían.

Le salía vaho por la boca y se entumía cuando pasaba por las ventanas que no tenían vidrio; aunque eran pequeñas, entraba un terrible frío de manera amenazante.

Sería buena idea adquirir un gato, como lo hizo Filch, para que le ayudara en la vigilancia, pero no podía: le tenía alergia a los pelos de los felinos. De todas maneras, ella contaba con la ventaja de tener poderes, así que no necesitaría ayuda. Filch era un squib y estaba en desventaja, así que requería de más apoyo, evidentemente.

Distraída fue haciendo dibujos en el techo con la luz de la varita, o al menos se los imaginaba, como se hacía con las linternas muggles. Escribió su nombre varias veces y sólo se detuvo cuando chocó con un tapiz. Lo levantó y entró al hueco del interior, donde había una escalera.

—Veamos adónde lleva esto... —farfulló y comenzó a bajar. Era en zigzag, pero no fueron más de dos pisos los que bajó. Se encontró con una puerta y salió por allí a otro pasillo.

Si arriba hacía bastante frío, allí estaba peor y el aire era ahogante. Estaba en las mazmorras. No le gustó caminar por allí, porque era demasiado húmedo y oscuro. Sólo unas ventanillas al estilo cárcel refrescaban un poco el ambiente. Fue con la varita al frente, alumbrando su camino. Había varias armaduras, pero las paredes estaban desnudas, sin retratos a la vista. Y sólo se topó con tres puertas: una conducía a un armario de escobas y cosas de limpieza, la siguiente decía "Aula de Pociones". La tercera, al lado de la del Aula, tenía una placa de metal clavada y tenía la inscripción de "Profesor Severus Snape". Merlina entró en pánico. Acababa de recordar lo ocurrido en la sala de profesores.

—Oh, Dios mío —susurró, temiendo que la puerta se abriera en cualquier momento y saliera Snape, con sus ojos negros bien abiertos, listo para matarla con la mirada, como un basilisco—, Dios mío —repitió y se echó a correr sin pensarlo más. El pánico se apoderó de ella.

Se le olvidó por completo devolverse por el mismo lugar que había llegado, pero prefería subir por las escaleras normales. Corrió como alma que lleva al diablo, jurando que atrás iba Snape con paso militar, casi robótico, con los brazos estirados para alcanzarla.

—Oohhh —gritó ahogada.

—¿Huyendo, eh, eh, eh? —se burló una voz aguda y maligna.

—¡Peeves! —susurró sin aliento. El poltergeist había aparecido del yelmo de una armadura cuando ella doblaba la esquina, quedando cara a cara.

—Parece que la pequeña gusana estaba escapando de algo, ¿de qué será? ¿De quién será?

—De nada, yo, yo... yo no huyo de nada.

Hacía una hora atrás había dicho que si se encontraba con Peeves, se iba a cortar un brazo. Bueno, a veces las personas se tenían que tragar sus propias palabras, porque, en realidad, agradecía montones que fuera él y no Snape.

—No hagas eso nunca más, nunca más —jadeó Merlina.

—¿Y puedo hacer esto?

Merlina iba a preguntar qué cosa, pero no alcanzó. Peeves le aplastó una bomba de agua en la cabeza y quedó chorreando, y luego le apretó la nariz con un par de dedos, casi segura de que se había llevado uno de sus mocos con él.

—Te odio —susurró, sobándose la nariz, luego de haber estornudado escandalosamente. El poltergeist se echó a reír estrepitosamente y ella corrió otra vez para no ser partícipe de sus desórdenes y no alentarlo más.

Llegó a un lugar seguro, en el primer piso, ya dando el alba. Con la varita se secó el cabello y la ropa, y quedó como nueva, pero todavía el corazón le latía a mil por hora.

Se fue a registrar los pisos superiores mucho más calmada. El hecho de que estuviera saliendo el sol le hizo sentir mejor, como si una pesadilla terminara.

—Qué tonta he sido —pensó de pronto, en voz alta, frunciendo el entrecejo y apagando la luz de la varita—, me he comportado como una niña miedosa...

Y era cierto. Cuando dieron las siete, se sentó en un banco del quinto piso y miró por la ventana. El sol ya estaba en lo alto, pero se notaba a ciencia cierta que era una mañana terriblemente gélida.

¿Por qué había huido de esa manera? Casi le da un infarto tanto correr. Realmente parecía una gata miedosa. ¡Huir por temerle a un profesor! Albus jamás pondría a alguien peligroso en el cargo de profesor. Había arrancado también, en parte, por la oscuridad. Por favor, tenía veintiséis años... Tenía que superar eso de alguna manera.

A las siete y media subió a la lechucería. Debía cambiarles la comida y el agua a las aves, porque eso era lo que le había ordenado Albus; era parte de sus tareas. En el trayecto se topó con la profesora Sinistra, quien ya estaba en pie cargando unos telescopios que llevaba para repararlos.

Llegó a una iluminada torre, donde cientos de lechuzas descansaban en sus perchas, tranquilamente acurrucadas bajo el ala. Algunas la miraron con atención. Había un olor fuerte a animal, pero no era del todo malo, y el suelo estaba repleto de esqueletos de ratón.

Había unos guantes sobre una repisa, pero ella no los necesitaba. Todo podría hacerlo con la varita.

—¡Fregotego! —exclamó e hizo desaparecer gran parte de los excrementos de lechuza y los huesos. Lo intentó dos veces más, y dejó el suelo limpio. Después se dispuso a cambiar el agua de las fuentes que estaban pegadas a la pared, limpiar las de comida y volver a llenarlos con más chucherías lechuciles.

Listo, eso era todo.

Se dio media vuelta para salir, pero un gorjeo acongojado y un golpe seco contra la pared la detuvo.

Miró hacia atrás y no vio nada.

Se acercó a la ventana y observó hacia todos lados, intentando pasar por alto la terrible distancia que había hasta los jardines de Hogwarts.

—¡Por las barbas de Merlín! —exclamó, viendo a una desplumada y enferma lechuza que había chocado contra la torre, quedando encima de un bordillo de piedra que rodeaba a la torre, a la altura de la cabeza de Merlina. Estaba bastante a la vuelta, pero alcanzaba a verla.

La pobrecita se movía apenas. La carta se le había caído del pico, pero estaba a su lado, apegada a torre. El viento soplaba fuerte en la cara de Merlina, haciéndole perder un poco la visión por el ardor. Debía salvar al animalejo, no podría dejarlo ahí, de eso estaba segura. Amaba a las lechuzas, como a todos los animales.

—¡Yo te sacaré! —gritó torpemente y alargó la varita—. ¡Accio, lechuza!

El animal batió levemente las alas, pero no se movió ni un centímetro hacia ella, y sólo sirvió para que gorjeara más fuerte.

—¡Diablos! —exclamó y agitó la varita con fuerza, pero fue un grave error. Ésta chocó con la pared y se le soltó de la mano, cayendo metros y metros, hasta que quedó en los terrenos, en algún lugar del pasto.

Merlina bufó y rodó los ojos, exasperada con ella misma.

—¡Lo que me faltaba! No me importa —dijo, obstinada—, la sacaré de todas formas, antes de que el viento la derribe.

Entonces utilizó el último recurso: se sentó en el marco de la ventana, afirmó los pies en una piedra saliente, se afirmó del anillo de piedra y empezó a avanzar lentamente, pero de forma segura. Corría un poquito los pies y un poquito las manos, usando todas sus fuerzas.

—Bien, ya llegué —suspiró y alargó una mano para agarrar a la lechuza. La dejó con el máximo de delicadeza cerca de la ventana, y luego agarró la carta y la lanzó con fuerza por la ventana, hacia el interior de la lechucería. Retrocedió hacia la ventana, agarró a la lechuza de un ala y la soltó adentro, rogando porque cayera en el montón de paja que había, acumulada—. Ahora entro yo... ¡AAAH!

La piedra saliente se desprendió y ella quedó colgando, con las manos en el alfeizar, sintiendo un horrible dolor en los dedos por el repentino esfuerzo que tuvo que ejercer para no caerse.

—Ay, no, ay no —los ojos le ardieron terriblemente por el viento helado—. ¡AUXILIOOOOOOOO! —gritó con todas sus fuerzas—. ¡Por favor, que alguien me ayude!

Era una sensación terrible. Ella era delgada, pero jamás en su vida había hecho ejercicios, ni siquiera levantado una pesa, así que en los brazos tenía muy poca fuerza. Además, la piedra le dañaba las manos, raspándoselas, porque su piel era delicada. La cabeza la bombeaba por el miedo y las piernas las sentía cada vez más pesadas. Miró hacia abajo y vio que estaba a metros y metros del suelo. El estómago se le revolvió.

Era bruja, quizá rebotara al caer o de milagro sólo se quebrase las piernas y nada más, pero no quería comprobar qué podría sucederle si se soltara.

—¡Estoy aquí, por favor sáquenme de aquí! —Por poco ya se quedaba ronca de tanto gritar—. ¡AYÚDENMEEEEEEEEE! ¡Estoy a punto de caer, lo ruego, lo suplico, por favor! ¡AUXILIOOOOOO! ¡Por Merlín! —aulló desesperada. Por suerte estaba con pantalones (rara vez utilizaba falda), pero la túnica era pesada y se le enganchaba en algunas piedrillas ásperas. Y, como si no necesitara más, el viento se había tornado más violento.

Sentía los ojos irritados y secos. Las manos se le resbalaron un poco. Estaba a punto de caer. Las piernas eran de plomo; las manos, de pluma.

—Quizá... —susurró, sintiéndose muy débil. Sólo habían transcurrido segundos, pero era la hora de la rendición, porque sus músculos no daban para más—. Quizá morir no sea tan terrible —farfulló con cierto dramatismo y cerró los ojos.