4º Curso. Capítulo 2

Aparecieron delante de un bar diminuto y de aspecto mugriento con el nombre de "El Caldero Chorreante". Los pocos muggles que pasaban por la calle parecían no poder verlo, con toda probabilidad tendría una defensa antimuggle.

-Es un bar bastante famoso por estos alrededores –le explicó Dumbledore-. Ten ponte esto, o se te congelarán los pies –sacó de su capa un par de deportivas de su talla.

-Gracias -musitó ella colocándoselas con rapidez, sintió un gran alivio cuando sus pies dejaron de estar en contacto con la acera fría y húmeda.

-Como supondrás, por todo lo que ha pasado hoy, es mejor que pasemos desapercibidos, así que... -sacó su varita y la apuntó.

Su ropa se llenó de una espesa espuma rosa, que al desaparecer, se llevó todo el barro.

-Si no te importa, déjate la capucha puesta –le susurró.

Ella obedeció colocándosela sobre la cabeza.

-Perfecto. Vamos, dentro estaremos calientes –le dijo con una amplia sonrisa.

Al entrar, descubrieron que el ambiente estaba muy animado. La gente cantaba y brindaba, todo estaba iluminado y en el aire flotaba el olor del tabaco y del alcohol. Dumbledore la condujo hasta la barra y se sentaron en los taburetes.

-¡Profesor Dumbledore, ¿qué hace usted por aquí?! –preguntó el cantinero con una enorme sonrisa.

-¡Pues lo que todo el mundo, celebrar este día! –contestó él alegremente.

-Entonces, ¿qué le pongo? –preguntó el cantinero.

-Una taza de alhelí y para mi amiga una cerveza de mantequilla bien caliente.

-¡Oh! No me había dado cuenta, ¿pero no debería de estar con sus padres una noche tan especial? –dijo el cantinero repartiendo las bebidas.

Elyon bajó la vista a su cerveza de mantequilla caliente, conteniendo las lágrimas.

-Es la hija de mi primo segundo por parte de abuelo. Sus padres están de viaje y me han pedido si podía cuidarla, y claro, no he podido negarme –mintió Dumbledore.

-Increíble, como si no le bastara tener que aguantar tantos críos en su momento, para que en vacaciones tenga que aguantar más –comentó el cantinero.

-No digas eso Tom, a mí me encantan los niños, y a la familia hay que cuidarla –dijo Dumbledore riendo mientras ponía una mano sobre el hombro de la chica.

-Qué suerte tienes de tener en tu familia a alguien como él –le sonrió Tom.

Ella forzó una sonrisa y le dio un trago a su cerveza de mantequilla, esforzándose en no comenzar a llorar. La bebida caliente le quitó el frío.

-Elyon, me supongo que no querrás hablar sobre lo que ha pasado esta noche, pero es de vital importancia que conozca los detalles de lo ocurrido –le susurró Dumbledore.

La joven no estaba segura de querer hablar, pero cuando se decidió a hacerlo se dio cuenta de que ni siquiera estaba segura de lo que había pasado.

-No es solo que no quiera hablar... es que realmente no sé qué ha pasado... no sé si podría contarlo... -gimió ella dejando escapar algunas lágrimas.

-Entonces simplemente mírame a los ojos e intenta visualizar todo lo que ha pasado, sé que es doloroso pero… ¿Serás capaz de hacerlo?

Ella asintió. El anciano la miró fijamente a los ojos durante unos largos minutos. Lo mejor para esos casos era usar la Legeremancia, ya que al ver sus recuerdos, podían fijarse en detalles que tal vez a ella le habían pasado por alto. Finalmente Dumbledore parpadeó e inspiró hondo.

-No te preocupes, ya ha acabado todo –le dijo abrazándola y frotándole la espalda.

La joven le dio otro sorbo a su cerveza de mantequilla. De alguna manera el calor de la bebida le alivió el dolor de su pecho.

La noche pasó lentamente, aunque la gente no parecía cansada de reír y cantar. Lo que más se escuchaba era: "Por Harry Potter, el niño que vivió". Pasadas las tres de la mañana, Elyon ya se había acabado casi tres cervezas de mantequilla, pero aun así sintió que los párpados le pesaban... Estaba corriendo por la calle que llevaba a su casa mientras una tormenta descargaba sobre ella rayos verdes. Llegaba a su portal y abría la puerta, todo estaba oscuro, no había nadie, gritaba, pero no había contestación. Intentó subir por la escalera para llegar al piso de arriba, pero le pesaban las piernas. Cuando por fin llegó exhausta, se dirigió a una de las habitaciones y abrio la puerta. Apareció de nuevo en el exterior, en su jardín. Intentó volver atrás por la puerta que acababa de atravesar, pero al girarse vio que había desaparecido y que en su lugar estaban todos esos hombres vestidos con túnicas y capas con capucha negras, y una máscara blanca. Echó a correr, pero tropezó y calló de bruces resbalando por la hierba mojada. Al levantar la vista vio los cuerpos sin vida de sus padres tirados en el suelo frente a ella, y un poco más allá un hombre alto cubierto por una capa negra y una capucha enorme, de la que asomaban dos mechones rubio platino largos hasta el suelo. Entonces la oscuridad lo envolvió todo y pudo escuchar una voz hueca y fría "Por tu culpa" susurró.

Elyon despertó sobresaltada. No reconoció la habitación en la que había despertado. Se levantó de la cama y miró por la ventana. Frente a ella se extendía una enorme e interminable calle adoquinada. No estaba en casa. Lo que había pasado la noche anterior no había sido una pesadilla. Recordó el sueño, y los cadáveres de sus padres. Y rompió a llorar con amargura. Se sentía tan angustiada... no solo porque no volvería a ver a sus padres, sino porque no sabía que iba a ser de ella de ahora en adelante, todo su mundo, todo lo que había conocido hasta la fecha, había desaparecido. Intentó poner su mente en blanco para calmarse, pero en el piso de abajo las celebraciones continuaban y hacían mucho ruido.

Golpearon la puerta. Elyon se secó las lágrimas, no tenía ganas de hablar con nadie. La puerta volvió a sonar.

-¿Elyon? –dijo Dumbledore desde detrás de la puerta- ¿Estás despierta? El desayuno está listo.

-No tengo hambre –contestó débilmente.

La puerta se abrio y por ella apareció Dumbledore, sonriente, pero triste.

-Tienes que comer algo, un desayuno caliente siempre levanta el ánimo –le puso una mano en el hombro y la zarandeó ligeramente con cariño.

Ella miró hacia atrás distraídamente, por la ventana.

-Te propongo algo –insistió el anciano- Desayunamos, y luego damos una vuelta por el Callejón Diagón. Si no estoy equivocado, no has podido ver mucho mundo.

-No. El único mundo que he visto es el que enseñaba la televisión –comentó ella.

-¿Entonces trato hecho? –Dumbledore alzó una ceja.

Elyon se mordió el labio. Su madre le había hablado del callejón Diagón, la calle donde se encuentran los mejores comercios y establecimientos mágicos de todo Londres, pero sobretodo, dónde sus padres se conocieron.

-Trato hecho –le contestó ella intentando dibujar una sonrisa en su rostro.

-¡Perfecto! –exclamó el hombre feliz.

…..

En el bar seguía la fiesta. Reconoció a mucha gente de la noche anterior. No podía creer que aun estuvieran de juerga. Tardó bastante en acabar su desayuno, se distraía con la gente que entraba y salía del bar.

-¿Quieres algo más? –le preguntó Tom recogiendo los platos del desayuno.

-No gracias, estaba todo buenísimo, pero si como algo más reventaré –contestó ella.

El cantinero asintió con una sonrisa y se marchó.

-Bueno, pongámonos en marcha entonces –Dumbledore se levantó de la mesa con energía.

Se dirigieron a la parte trasera del bar, en donde había un pequeño patio cerrado, en el que no había más que un cubo de basura y malas hierbas. Dumbledore sacó su varita y dio tres golpes a la pared con la punta. El ladrillo que había tocado se estremeció, se retorció y en el medio apareció un pequeño agujero, que se hizo cada vez más ancho. Un segundo más tarde estaban contemplando un paisaje abovedado lo bastante grande hasta para que pasara una persona tan grande como Hagrid, un paso que llevaba a una calle con adoquines, que serpenteaba hasta quedar fuera de la vista.

-Bienvenida –dijo Dumbledore-, al Callejón Diagón.

-Vaya, es mejor de lo que me había imaginado con las historias de mis padres –dijo Elyon sorprendida.

Dumbledore rio ante su sorpresa, con suerte conseguiría distraerla lo suficiente para que no se pasara la mañana llorando. Al entrar en la calle, ella miró hacia atrás y vio que la pared volvía a cerrarse.

Elyon miraba en todas direcciones, para intentar verlo todo al mismo tiempo. Había tanto que ver, tantas cosas nuevas para ella... que era una lástima que casi todos los establecimientos estuvieran cerrados por las celebraciones. Dumbledore caminaba despacio, para que ella pudiera ver los escaparates con más detenimiento.

Entonces Elyon sintió un escalofrío. Y se giró bruscamente para mirar a su espalda.

-¿Qué sucede? –le preguntó el anciano.

-Un mal presentimiento –musitó ella.

Dumbledore miró alrededor y vio a lo lejos a alguien que no debía estar allí, no mientras ellos también estuvieran. La joven siguió su mirada y se topó con una mujer delgada, rubia y con cara de pocos amigos. En sus brazos llevaba un niño de un año aproximadamente, con el pelo rubio y cara alargada. A su lado había un hombre con el pelo largo color rubio platino.

-Es un mortífago –musitó ella asustada.

-¿Cómo lo sabes? –Dumbledore frunció el ceño.

Ella negó con la cabeza.

-No puedo explicarlo, simplemente lo sé... lo presiento... -le contestó.

-Elyon, ¿alguna vez le has leído la mente a alguien?

-Sí... alguna vez –seguía con la vista fija en el hombre-. Desde pequeña puedo percibir la naturaleza de las personas y los animales, saber si me van a hacer daño... y en el último año me he dado cuenta de que si me concentro, puedo saber qué piensan.

-No sabía que eras legeremante –comentó Dumbledore asombrado.

-Mis padres tampoco hasta hace unos meses –ella se encogió de hombros, sintió un aguijonazo en el pecho al acordarse de sus padres.

-Bueno, vámonos, antes de que se dé cuenta de que estamos aquí –le dijo él-. Que Voldemort haya muerto no quiere decir que seguidores como Lucius Malfoy se hayan vuelto inofensivos. Muchos han dicho estar bajo la maldición Imperius durante la guerra, pero yo… bueno, digamos que sencillamente discrepo.

Elyon lo siguió con paso rápido. De lo que ambos no se habían dado cuenta era de que Lucius Malfoy no era el único mortífago que había en el Callejón Diagón. Siguieron en dirección al Caldero Chorreante, cuando pasaron por una tienda de lechuzas.

-¿Puedo entrar a verlas? –preguntó ella ilusionada, le fascinaban los animales.

-Claro –respondió Dumbledore sonriendo.

Elyon entró con rapidez en la tienda de lechuzas, había una gran algarabía dentro, pero en cuanto pasó por la puerta, todas las lechuzas y búhos se callaron y la miraron con atención. Había un sinfín de aves, de un montón de tamaños distintos y de colores que iban del negro al blanco, pasando por el marrón. Elyon se acercó a la jaula donde se hallaba un enorme búho pardo, este se pegó a los barrotes de su jaula e inclinó el cuello. Ella alargó la mano y tocó su suave plumaje, el ave ululó alegremente y se erizó.

Estaba cerca de la entrada de la tienda acariciando a un enorme cuervo negro cuando sintió una leve presión en la espalda.

-Si pides ayuda, o gritas, mataré a todos los que están aquí dentro –le susurró una voz al oído mientras le clavaba la varita en la espalda.

Elyon miró al interior de la tienda. Vio a Dumbledore al fondo del establecimiento, hablando con el dependiente. Estaba demasiado lejos para pedirle auxilio. El mortífago la cogió fuertemente del brazo y la sacó del establecimiento con toda la naturalidad posible. Caminaron un trecho de la calle, hasta entrar en otro callejón con el letrero de "Callejón Knockturn". Una vez allí la llevó hasta un pequeño callejón entre dos tiendas cerradas, lleno de cajas rotas y basura. A la entrada había otro hombre encapuchado. Al internarse en el estrecho callejón el hombre soltó el brazo de Elyon y la empujó con tanta fuerza que la hizo caer al suelo.

-¿Y ahora qué? –le preguntó el hombre castaño a su compañero.

-¿No eras tú el genio de la operación? –se mofó él.

-Tú has sido el que ha dicho que el Señor Tenebroso la sigue necesitando –gruñó el mortífago.

-Eso he oído. Pero el que se ha emperrado en ir a buscarla eres tú. Por desgracia un no sabemos si es cierto que el Señor Tenebroso ha muerto, y si lo es, creo que lo mejor sería matarla.

-No sé, creo que deberíamos hablar con Malf…

Elyon se levantó del suelo con cuidado.

-Tú, ni se te ocurra moverte mestiza –le dijo el hombre encapuchado apuntándola con la varita.

-¿Qué queréis de mí? –les dijo intentando que su voz sonara firme.

-Eso solo le incumbe al Señor Tenebroso, mestiza. Así que cállate y estate quieta, o correrás la misma suerte que tu padre elfo y tu madre sangresucia –le amenazó el mortífago que la había sacado de la tienda.

Los ojos de Elyon se llenaron de lágrimas, sabía que aquellos hombres habían estado en su casa la pasada noche. Aun no sabía cómo iba a escapar de allí, pero no pensaba irse con ellos.

-Si tenéis que hacerme algo, hacedlo ya –les retó ella mirándolos con rabia-. Si podéis.

Ambos rieron con fuerza. Esa fue la distracción que estaba buscando. Echó a correr dispuesta a golpear a alguno de ellos para abrirse paso. El mortífago encapuchado blandió su varita. Un rayo rojo le dio a Elyon en el pecho haciendo que saliera disparada hacia atrás y cayera de espaldas en el suelo con un golpe sordo, cerca de las cajas de madera rotas.

-¡Vaya, creía que sabrías utilizar algún encantamiento! Pero creo que me equivocaba –rio el hombre.

Elyon se levantó con un quejido de dolor.

-Bueno, ya hemos perdido mucho tiempo, larguémonos antes de que aparezca el anciano –dijo el mortífago castaño, inquieto- ¡Desmaius!

Elyon cruzó los brazos frente a su rostro intentando protegerse del ataque de algún modo. Entonces el rayo pareció chocar contra una barrera invisible frente a ella, y rebotó chocando contra una de las paredes.

-¿Pero qué cojo...? –exclamó confuso el mortífago encapuchado.

Ella tampoco entendía qué había pasado, pero no iba a desperdiciar la confusión reinante. Se levantó corriendo, recogiendo del suelo una escoba rota. Cuando estaba próxima a ellos, lanzó dos golpes. A uno de los mortífagos le dio en la mandíbula, y al otro, en un lado de la cabeza. Ambos hombres se doblaron de dolor y ella pasó entre medias tirando la escoba a un lado.

-¡Maldita cría! –gritó uno de los mortífago desde el callejón.

No dejó de correr hasta estar cerca de la tienda de animales. Vio entre la gente de la calle el pelo plateado de Dumbledore, que miraba en todas direcciones buscándola.

-¿Dónde estabas? –le preguntó preocupado y enfadado a partes iguales.

-Tenemos que irnos de aquí –contestó con la respiración entrecortada.

El anciano alzó la vista, mirando en la dirección por la que había venido la chica. Ella también miró a su espalda. En la entrada del Callejón Knockturn estaban los dos mortífagos. El que se la había llevado a rastras sangraba por la boca, y el otro se había quitado la capucha, mostrando una melena pelirroja y lacia, y se cogía la oreja derecha que sangraba.

-Tienes razón, tenemos que irnos –corroboró Dumbledore rodeándole los hombros con un brazo.

Todo se volvió borroso cuando se desaparecieron.

…..

Lo siguiente que vio con claridad fue una enorme puerta forjada, flanqueada por columnas de piedra coronadas por estatuillas de cerdos alados.

-¿Estás bien? ¿Te han hecho daño? -le preguntó el anciano con preocupación ahora que estaban lejos del peligro.

Ella asintió inspirando con fuerza y los labios apretados. El director suspiró aliviado y traspasaron las puertas. Caminaron por un césped suave y húmedo, a la sombra de un enorme castillo situado sobre una elevación del terreno, junto a un lago.

-Bienvenida a tu nuevo hogar, Hogwarts –le dijo Dumbledore con una amplia sonrisa.

Elyon se quedó mirando con asombro las puertas de roble del colegio. Subieron por los escalones de piedra y entraron en un vestíbulo tan grande que podía haber cabido su casa en él. Las paredes de piedra tenían antorchas, el techo era tan alto que no se veía y una magnífica escalera de mármol, frente a ellos, conducía a los pisos superiores. Dumbledore comenzó a subir por ella y Elyon lo siguió, subieron unos pisos y se pararon frente a una puerta también flanqueada, aunque esta vez por dos gárgolas de piedra.

Entraron en una estancia larga, con paneles de madera en las paredes y llena de sillas viejas y dispares alrededor de una mesa alargada. Al final de la sala había unos sillones bajos alrededor de una chimenea, y en la otra punta de la estancia había un armario no muy grande de madera oscura. Dos personas estaban sentadas en los sillones. Una de ellas era la bruja de la otra noche, y el otro era un chico joven de pelo moreno y piel pálida.

-Por fin has vuelto, tenemos muchos asuntos que tratar –le dijo la bruja-. Pensé que vendrías ayer por la noche.

-Sí, lo sé. Pero creí que sería bueno para Elyon disfrutar un poco del mundo mágico antes de traerla a su nuevo hogar –se excusó el anciano.

-Querrás decir a su nueva cárcel –comentó el chico aún sentado en el sofá.

La joven lo miró extrañada, y Dumbledore lo fulminó con la mirada.

-Elyon, ellos son dos de tus futuros profesores.

-Ayer no pude presentarme. Yo soy la profesora Minerva McGonagall, te daré clase de Transformaciones –se presentó la bruja con una cálida sonrisa.

-Encantada –contestó Elyon sonriendo.

-¿No te vas a presentar, Severus? –le preguntó Dumbledore al chico.

El joven completamente vestido de negro, se levantó de mala gana y miró a Elyon. Entonces ella se dio cuenta de que era el chico que la había atrapado la pasada noche. La joven retrocedió hasta chocar con Dumbledore.

-Él estaba ayer en mi casa, es el chico que me atrapó –dijo asustada y furiosa al mismo tiempo.

-Querrás decir que el que te salvó –la fulminó con aquellos ojos negros que parecían no haber dormido en toda la noche.

-No debiste dejar que te viera la cara, Severus –dijo Dumbledore con seriedad, aunque ya lo sabía, lo había visto en el recuerdo de Elyon, pero había tenido la esperanza de que ella, con el miedo y la confusión, no hubiera memorizado su rostro.

-¿Y eso ahora qué importa? –le espetó.

Y sin mediar más palabra salió de la sala dando un portazo.

-Bueno, ese es Severus Snape, será tu profesor de Pociones. Perdona su comportamiento, no ha tenido mejor noche que la tuya. Y no te preocupes, no va a hacerte daño. Ya te lo explicaré en un lugar más… privado.

Elyon no entendía nada, ¿cómo podían confiar en él?

-¡Es un mortífago! ¿Cómo consiente que haya uno aquí? -le dijo indignada- Si él está aquí, yo no quiero estarlo.

-Elyon, te lo explicaré, no te preocupes. Puedes confiar en él, y si no, confía en mí -insistió el anciano cogiéndola de los hombros- ¿Por qué no vas a dar una vuelta por el colegio para irte familiarizando con el lugar?

Estuvo un buen rato recorriendo los pasillos del castillo, viendo los cuadros de distintos personajes que se movían y susurraban al pasar ella por delante, al igual que las armaduras, sin comprender por qué Dumbledore acogía a asesinos en su colegio. Finalmente decidió tumbarse en la hierba a la orilla del lago y mirar las nubes. Intentando asimilar todo lo que había pasado en las últimas horas y su nueva situación.