4º Curso. Capítulo 3
Llevaba un rato tumbada cuando una sombra la sobrevoló a gran velocidad. Elyon se incorporó para averiguar qué era aquello, pero el sol no la dejaba ver. La sombra volvió a pasar por encima suya y esta vez se precipitó hasta caer al lago.
-¡Profesora Hooch! –gritó una voz grave.
Elyon miró a su alrededor y vio acercarse a tres personas. Una era enorme, otra tenía una estatura normal y la tercera era un poco más baja que las otras dos.
-¡Elyon, ya has llegado! –la saludó el semigigante con alegría.
La joven se acercó hasta él y las demás personas, que parecían cansadas pero alegres.
-Te presento a la profesora Sinistra –dijo señalando a una mujer de unos treinta años, alta con la piel oscura y el pelo largo, liso y negro.
-Encantada –saludó ella con los ojos brillantes.
-La profesora Sprout –continuó señalando a la mujer sonriente que sujetaba la profesora Sinistra. Era de baja estatura y muy regordeta, y apestaba a alcohol-, el profesor Flitwick –le mostró a Elyon un hombre pequeño con el pelo y la barba blanca, que se hallaba dormido en los brazos del gigante -. Y aquella es la profesora Hooch –Hagrid señaló a una mujer que salía del lago arrastrando una escoba.
-Ahora sé porque dicen eso de: "Cuando bebas, no vueles" –le dijo la mujer de asombrosos ojos ambarinos a Hagrid, con ironía.
La mujer se tambaleó y Elyon la ayudó a mantener el equilibrio.
-Gracias –contestó la profesora.
-Sería mejor llevarlos a la enfermería –comentó el guardabosques mirando al grupo-. Todos hemos bebido demasiado, creo.
La muchacha los acompañó para ayudar a la profesora Hooch, que caminaba torciéndose continuamente a la derecha.
La enfermería era una sala enorme llena de camas separadas unas de otras por unas cortinas blancas.
-¿Quedan más profesores en Las Tres Escobas? –preguntó la enfermera a Hagrid.
-No, el resto se había ido a casa para las celebraciones –contestó el semigigante encogiéndose de hombros.
-Menudos irresponsables estáis hechos, no sé cómo podéis beber tanto, por muy buena que sea la razón. Menos mal que aquí no queda ya ningún alumno, ¡menudo ejemplo daríais! –dijo la enfermera más para sí misma que para los demás.
-¿Seguro que no hay alumnos? –dijo el profesor Flitwick, que ya había despertado y padecía una horrible resaca, mirando a Elyon.
-¿Pero qué hace aquí? –preguntó la enfermera con desaprobación, parecía que no se había percatado de su presencia hasta ahora.
-Pues, pues... yo... –no se le ocurría que responder a aquello.
-Luego os lo explicaré –contestó Dumbledore entrando en la enfermería-, cuando estéis un poco más despejados. Elyon, ¿quieres comer algo?
-No, gracias. No tengo hambre.
-Bien, pero cuando quieras llevarte algo a la boca, avísame –dijo Dumbledore sonriendo.
-De acuerdo –contestó ella con una sonrisa forzada-, creo que iré a dar otra vuelta por el colegio.
Dumbledore asintió y fue a hablar con Hagrid y el resto de profesores. Ella aprovechó para salir de la enfermería. Después de recorrer un par de pasillos, dio con la biblioteca. Estaba abierta y no dudó en entrar. Había cientos de estanterías repletas de libros, colocados por secciones. Se acercó a la de criaturas mágicas, pasó un dedo por los lomos hasta que uno de los títulos llamó su atención: "Grifos y otras bestias aladas", lo cogió y se fue a una mesa a leer. No cerró el libro hasta que la falta de luz hizo que ya no pudiera distinguir las letras.
Bajó las escaleras y llegó a la Sala de Profesores, al entrar vio a la profesora McGonagall leyendo un libro. Elyon se acercó sin hacer ruido para no molestarla.
-¿Qué tal el paseo por el colegio? –dijo la bruja con una sonrisa- ¿Te ha gustado Hogwarts?
-Sí, pero no lo he recorrido entero –contestó ella sentándose en un sillón cerca del fuego.
-Necesitarás más de un día para verlo todo –rio McGonagall-. Es más, dudo que para cuando acabes tus estudios, hayas conseguido verlo entero.
La joven torció una sonrisa.
-¿Qué está leyendo? –preguntó Elyon con curiosidad.
-Es una colección de libros muggles, unas de las pocas que considero interesantes –contestó la bruja alargándoselo.
Al mirar la portada la sonrisa de Elyon desapareció.
-Eran los mismos que leía mi madre –dijo ella en un susurro.
-Lamento lo de tus padres –le dijo McGonagall con tristeza-. Yo no tuve mucho trato con ellos, pero eran buenas personas, y te querían mucho.
Elyon se recostó en el sillón y miró el fuego. No le apetecía hablar de sus padres. No quería volver a llorar de nuevo. Al cabo de un rato Dumbledore entró en la sala y se sentó al lado de McGonagall.
-Si quieres ir a dormir solo has de avisarnos –le dijo.
Elyon no contestó, seguía mirando el fuego, Dumbledore suspiró frustrado. Ella cerró los ojos para dormir y que no la molestaran más.
-Me preocupa que apenas quiera hablar –le susurró Dumbledore a la profesora McGonagall.
-Es normal, ha perdido a sus padres. Y lo que es peor, ella estaba presente –le respondió la mujer también en un susurro-. Tiene que empezar una nueva vida rodeada de gente que no conoce. Dale un poco más de tiempo.
Elyon cerró los ojos con más fuerza, intentando no ser consciente de lo que ocurría a su alrededor, ya casi se había dormido cuando notó unas lágrimas recorrer su rostro.
Soñó de nuevo con sus padres, y esa horrible noche de tormenta. Despertó sin saber muy bien dónde estaba, pero recordó que se había dormido frente a la chimenea de la Sala de Profesores. Miró de nuevo la habitación, por la ventana entraban rayos de luz que caían sobre la alargada mesa, dándole calidez a la estancia. Alguien se había sentado en uno de los sillones que estaban en las sombras.
-¡Tu! –dijo Elyon saltando de su sillón por la sorpresa, encaramándose a uno de sus brazos- ¡¿Qué haces aquí?!
-No sé si te has parado a pensarlo pero obviamente si soy tu profesor, también vivo aquí –contestó Snape con frialdad sin levantar la vista del libro que estaba leyendo-. Tengo un mensaje para ti de parte de Dumbledore: quiere que vayas a desayunar al Gran Comedor con los demás profesores. ¿Podrás ir sola o tendré que llevarte de la mano como si fueras una cría?
La chica lo miró alzando una ceja.
-¿Y bien? –dijo el chico dejando su lectura.
-Snape, ¿verdad? –preguntó ella.
-Profesor Snape para ti –contestó él irritado.
-Lo siento... profesor –dijo con desprecio.
-Cuidado, no te atragantes con todo ese rencor –la fulminó con aquellos profundos y fríos ojos negros- Que te quede claro que tenía órdenes explícitas de Dumbledore de proteger a tu familia si el Señor Tenebroso daba con ella.
-Pues te luciste –le reprochó ella mientras sus ojos se empañaban.
Se produjo un silencio incómodo entre los dos. A Elyon comenzó a picarle la zona del antebrazo en donde había visto la marca de la calavera y la serpiente, y se rascó con fuerza.
-No se lo has dicho a Dumbledore, ¿verdad? –rio por lo bajo Snape.
-¿El qué? -le preguntó tirante.
-Lo que escondes bajo la manga.
Elyon miró al suelo y negó con la cabeza apretando los labios.
-La Marca te molestará durante un tiempo, hasta que cicatrice.
Snape cerró el libro y se levantó del sillón dispuesto a irse, pero entonces volvió a girarse hacia ella. Comenzó a rebuscar en el interior de su capa, y sacó un frasquito con un líquido incoloro en su interior.
-Toma –le dijo bruscamente tirándole el frasco, la joven lo cogió al vuelo-, ponte eso cada vez que te moleste, te aliviará la piel.
-Gracias –musitó ella de mal humor, pero intentando ser educada como le habían enseñado sus padres-. Muy amable por tu parte –se esforzó por mostrar una pequeña sonrisa de agradecimiento.
Extrañamente, Snape respondió con una mueca de tristeza y ella recordó lo que Dumbledore había dicho sobre él la noche anterior.
-¿A qué se refería el profesor Dumbledore cuando dijo que tu noche no había sido mejor que la mía? –musitó ella preguntándose qué podía ser peor que perder a tus padres a manos de un asesino.
-No metas las narices donde no te llaman, ¿está claro? –le dijo con voz sombría.
La joven asintió sorprendida y Snape cerró de un portazo. Elyon se arremangó el brazo y vio el dibujo de una calavera morada, abrio el frasco y derramó sobre su piel un poco del contenido. Le alivió enseguida. Luego se levantó y se dirigió a desayunar.
Cuando abrio las puertas del Gran Comedor vio que habían llegado más profesores, todos la miraron. Por un momento prefirio morirse de hambre antes que seguir en aquella enorme sala mientras todo el mundo la observaba con atención.
-¡Vamos Elyon, no seas tímida! –la llamó Dumbledore haciendo un ademán para que se acercara.
Ella obedeció y se acercó a la mesa para tomar asiento a la izquierda del director.
-Me alegro de que hayas venido, por un momento creí que no vendrías al haberle dado el mensaje al profesor Snape.
-Por esa razón he estado a punto de no venir –refunfuñó ella sirviéndose un poco de beicon.
-Tienes que darle un voto de confianza, con el tiempo te darás cuenta de por qué te lo digo –razonó el anciano.
Elyon no dijo nada al respecto, recordando cómo se había marchado Snape la noche anterior, y se limitó a tomar su desayuno mientras notaba como los profesores no dejaban de mirarla. Al terminar de desayunar los adultos fueron abandonando la mesa.
-Elyon –dijo Dumbledore cuando hubo acabado de desayunar-, como te dije, ahora vivirás aquí y estudiarás como cualquier otro alumno.
-No me importa, aunque... –dijo Elyon tocándose las orejas inconscientemente, que estaban ocultas bajo su melena rubia.
-No te preocupes por eso –sonrió él-. Como te decía, tendrás la oportunidad de estudiar aquí, pero antes hemos de seleccionarte para una casa.
-¿Seleccionarme?
-Sí, seleccionamos a los alumnos para repartirlos en cuatro Casas según sus cualidades. Se ha hecho desde la fundación del colegio –explicó Dumbledore-. La selección será a las once, para esperar a los profesores que aún no han llegado.
-Entonces, ¿puedo ir a ver a Hagrid para hacer tiempo? –preguntó ella.
El director asintió, ella se levantó de la mesa y salió hacia los jardines con paso indeciso. Al llegar a los terrenos de Hogwarts, una mancha negra se abalanzó sobre ella y la tiró al suelo mientras notaba como le lamían la cara.
-¡Fang, Fang, déjala, vas a ahogarla! –gritó el semigigante corriendo hacia ellos.
Elyon sintió un gran alivio cuando Hagrid le quitó a aquel animal de encima.
-Lo siento, parece que le has caído bien –la saludó Hagrid mientras sujetaba a un enorme cachorro de mastín negro por el collar.
-No pasa nada, lo único que no me gusta es su aliento –rio ella secándose las babas del perro con la manga de la camiseta.
-Sí, es un engorro, ¿te apetece dar una vuelta?
-Claro, ahora mismo iba a ir a verte –contestó Elyon.
Las horas pasaron mientras Hagrid le contaba curiosidades sobre Hogwarts y sus proximidades. Una de las cosas más interesantes y útiles que le contó, es que el gran sauce plantado cerca del colegio no era un árbol corriente, si no un Sauce Boxeador, uno especialmente irascible al que convenía no acercarse.
-Creo que voy a alegrarme de haber venido, aunque claro, no tenía alternativa –suspiró Elyon mirando el lago mientras el calamar gigante flotaba en la superficie del agua, calentándose al sol.
Hagrid no contestó, parecía incómodo con la conversación, así que la joven cambió de tema.
-¿Son difíciles las selecciones? –preguntó ella.
El semigigante empezó a reír.
-¡En absoluto! A no ser que no te quepa el sombreo en la cabeza, a mí casi me pasa –respondió con una sonrisa- ¿Por qué lo preguntas?
-Porque van a seleccionarme a las once.
El semigigante sacó su reloj de bolsillo y bufó.
-Las once y cinco, será mejor que corramos –respondió Hagrid.
…..
Los dos corrieron por los pasillos hasta llegar a la Sala de Profesores.
-Perdón por el retraso –se disculpó Elyon entrando en la sala.
-Tranquila, siéntate –le dijo Dumbledore ofreciéndole una silla.
Elyon se sentó y entonces fue consciente de la cantidad de profesores que había a su alrededor, tragó saliva e intentó no ponerse nerviosa ante tantas miradas de curiosidad. El anciano se colocó tras ella y le tapó disimuladamente las puntiagudas orejas con el dorado pelo de la joven.
-Bien, como ya os he explicado a la mayoría –comenzó a hablar Dumbledore-, esta chica, Elyon McWilliams, acaba de matricularse en el colegio. Sus padres son cónsules y viajan mucho, han intentado educarla ellos mismos, pero no han conseguido buenos resultados por la falta de tiempo debido a su absorbente trabajo, así que finalmente la han enviado a Hogwarts para que reciba una buena educación mágica. Como es mucho mayor que los de primer curso, le haremos la selección en privado, ¿alguna pregunta?
Los profesores no dijeron nada, algunos asintieron como que lo habían entendido, mientras que otros comenzaron a cuchichear. Elyon se quedó sorprendida por la mentira que acababa de contar el director con toda la naturalidad del mundo. La puerta crujió y la profesora McGonagall entró trayendo un sombrero viejo y ajado. Dumbledore lo cogió y se lo puso a la muchacha en la cabeza, el sombrero era enorme y se le escurrio hasta la nariz.
-¡Vaya, que jovencita más interesante! –exclamó el sombrero en voz alta, haciendo que Elyon se sobresaltara por la sorpresa- ¡Creo que voy a tardar un rato en poder decir a qué Casa pertenece!
-Tómate tu tiempo –contestó Dumbledore.
Elyon no podía ver nada con aquel sombrero, así que se calmó y dejó pasar el tiempo mientras oía las inteligibles cavilaciones del sombrero en su oreja. Al cabo de un rato notó que las piernas se le dormían y decidió levantarse un poco el sombrero para ver qué pasaba a su alrededor. Al hacerlo vio que los profesores se habían sentado en las sillas y que tenían cara de aburrimiento.
-Profesor Dumbledore, ¿cuánto...cuánto tiempo ha pasado? –preguntó.
-Doce minutos –suspiró él.
-¿Y falta mucho?
-Espero que no, o batirás un récord –respondió Dumbledore cansado- ¿Has conseguido colocarla?
-No, aún no, es muy difícil, solo he conseguido descartarla de Ravenclaw. Bien que en Gryffindor o Slytherin encajaría mejor... incluso en Hufflepuff –respondió el sombrero.
-Entonces dejemos que elija ella, como has dicho que Gryffindor y Slytherin le irían mejor, que elija entre las dos casas –dijo Dumbledore esperanzado porque todo aquello acabara, quitándole el sombrero de la cabeza.
-¿Qué diferencia hay entre las dos? –preguntó Elyon.
-Los gryffindors destacan por su valor y el honor, y los slytherins por su astucia y su ambición. La casa Slytherin este año tiene un nuevo Jefe: el profesor Snape...
-¡Gryffindor! –eligió ella sin pensarlo dos veces.
Casi todos los profesores de la sala ahogaron una risita, incluido Dumbledore. Ella miró a Snape, y vio que tenía la mandíbula y los puños apretados, la miraba con odio contenido mientras se sonrojaba casi imperceptiblemente.
-Entonces tu Jefa es la profesora McGonagall –la informó el director.
-Bienvenida a Gryffindor –le dijo la profesora McGonagall con una gran sonrisa y estrechándole la mano-, es un orgullo tenerte en mi casa.
-¿De verdad? –preguntó Elyon extrañada.
-Claro, todos los alumnos son un orgullo para su Jefe de Casa, siempre y cuando cumplan las normas –carraspeó McGonagall.
Elyon se fijó en que miró de soslayo a Dumbledore, como pidiéndole disculpas por lo que había dicho.
-Bien, ya podéis iros –el director se dirigió al resto de profesores-. Si seguís teniendo alguna pregunta que no queráis hacer en público, ahora os la responderé.
Los profesores comenzaron a abandonar la sala mientras hablaban entre ellos.
-Tú no te vayas Severus, tengo que hablar contigo –lo llamó Dumbledore.
Snape se acercó a ellos y miró a Elyon que seguía sentada en la silla.
-¿Tiene que estar aquí? –le preguntó al director.
-Sí –contestó él secamente-. De hecho, he de hablar con los dos.
Snape y Elyon se miraron de reojo con desagrado. Entonces la silla crujió y las patas de atrás se rompieron, haciendo que la muchacha cayera de espaldas y diera una voltereta hacia atrás. Una risa inundó la habitación, he hizo que los tres levantaran la vista al techo. Allí se encontraba un hombrecillo de piel pálida con un ligero tono azulado y pelo negro azabache, vestido con ropas de color estridente similares a las de un bufón de la corte, y que se agarraba el estómago por la risa mientras flotaba cerca del techo.
-¡Peeves! –gritó Dumbledore enfadado.
El polstergeit no paraba de reír.
-¡Alumna nueva, diversión nueva! –respondió Peeves-. Y además no me gustan los elfos, me lo voy a pasar muy bien -rio con maldad.
-Mira Peeves, sé que te diviertes molestando a los alumnos, pero esta vez te pido moderación, y sobretodo, que entre risa y risa no se te escape su parentesco con los elfos, ¿entendido? –dijo Dumbledore muy seriamente- O tendré que tomar medidas que no te gustarán en absoluto.
-De acuerdo, de acuerdo –contestó Peeves de mala gana.
El hombrecillo se acercó a Elyon, se quedó flotando ante ella y antes de que pudiera reaccionar, Peeves alargó la mano y le pellizcó la punta de la oreja izquierda.
-¡Ay! –se quejó la chica mientras se agarraba la oreja dolorida.
-¡Peeves! –lo llamó Dumbledore enfadado.
Pero él ya había salido de la sala entre risas dejando la puerta abierta.
-No tiene remedio –comentó el anciano en voz baja-. Bien, como iba diciendo, debido al incidente que tuviste en el Callejón Diagón con esos dos mortífagos, he llegado a la conclusión de que aún no estás fuera de peligro, y por eso he decidido ponerte un guardaespaldas por el momento –explicó Dumbledore a Elyon.
-¡Yo no quiero una niñera! –se quejó la joven.
-Llámalo como quieras, pero necesitas protección, todavía no has aprendido a utilizar ningún tipo de magia y por eso eres muy vulnerable, tú lo sabes. Y aunque no quieras admitirlo, escapaste de ellos por pura suerte –razonó mirando a Elyon a los ojos.
-¿Y quién sería? –preguntó ella de mala gana sabiendo que Dumbledore tenía razón.
Entonces el director miró a Snape.
-¡¿Qué?! –exclamaron ambos al unísono incrédulos.
-Sé que no os caéis bien, pero no veo ninguna otra persona que disponga de tiempo para vigilarte, que esté cualificado y a la que tenga confianza para encargarle esta tarea.
-¡¿Confianza?! ¡¿En él?! ¡Me niego a que me proteja! –se quejó Elyon dándole la espalda a Snape y cruzándose de brazos.
-Y yo a protegerla –gruñó el chico cruzándose también de brazos y desviando la mirada del director.
-¡Basta, os estáis comportando como críos! La decisión ya está tomada –finalizó Dumbledore- Y Severus por favor, tómate esto en serio. Recuerda que si eres su Protector y le ocurre algo, no será a mí a quien tengas que darle explicaciones.
-¡¿Pero por qué tiene que protegerme?! ¡¿Qué quieren de mí?! –preguntó ella exasperada- ¡¿Y por qué esconde mi procedencia al resto del colegio?!
-Ahora no es momento de explicaciones, tengo que enviar una lechuza urgente.
-¡Pero necesito respuestas! –exigió ella con los ojos llorosos- ¡Mis padres han muerto y no sé por qué!
-Y las tendrás, pero no ahora –finalizó Dumbledore.
Salió de la sala y los dejó a solas. Ni Elyon ni Snape se miraron a la cara.
-Menuda mierda –murmuró ella dando tal portazo al salir, que las bisagras crujieron.
Cuando levantó la vista se encontró con la profesora McGonagall esperándola en el pasillo, parecía algo impresionada por la reacción de la nueva estudiante.
-Lo siento –se disculpó ella sonrojándose.
-Te esperaba para enseñarte la sala común de Gryffindor –le dijo.
Su Jefa de Casa la llevó por los pasillos hasta llegar a un cuadro en el que había una señora gorda sentada con un vestido rosa.
-La contraseña de este año es: "Hocus Pocus" –en cuanto dijo las palabras, el cuadro se apartó y dejó a la vista un pasillo redondo que llevaba a una sala con luz dorada.
Tras atravesar el corto pasillo entraron en una sala redonda, espaciosa y acogedora, llena de cómodos sillones y decorada con estandartes rojos y dorados.
La profesora la condujo hasta los dormitorios de las chicas a través de una puerta. Finalmente llegaron a otra puerta en la que había una placa dorada que decía: "4º curso". En su interior había seis camas con cuatro postes cada una y cortinas de terciopelo rojo oscuro. A los pies de una de las camas se encontraba un baúl con su nombre.
-Dumbledore mandó que recogieran tus cosas –dijo la profesora McGonagall.
-Gracias, creo que me quedaré aquí un rato –contestó Elyon acercándose al baúl.
La bruja salió del dormitorio y la dejó a solas. La muchacha abrio el baúl y comenzó a rebuscar, estaba su ropa, sus libros... y los álbumes de fotos.
