Capítulo 6: El ogro rescatista

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Se soltó, pero no cayó. Alguien la había aferrado de las muñecas y la empezó a jalar hacia arriba. Apretó más los ojos, sintiendo que su estómago se aflojaba, e intentó subir por la muralla con los pies, rogando que no la soltaran. Finalmente, cuando estuvo en el alfeizar, miró las manos de su salvador. Eran del color de la vela, rodeadas de mangas negras. Supo al instante quien había sido.

Terminó de pasar hacia dentro y se paró, con las piernas temblando y el corazón acelerado. No sabía cómo iba a agradecerle; al final, Snape no era tan malo. Sólo habían sido prejuicios de su parte…

—Tan tonta como siempre —rezongó Snape con resentimiento, chasqueando la lengua, interrumpiendo los pensamientos nobles de Merlina.

La joven lo miró inmediatamente a sus ojos, pero esta vez no sintió terror. Se quedó de piedra, pasmada, confundida. ¿Por qué la trataba así, luego de haberla rescatado?

—¿Perdón...? —inquirió pestañeando varias veces seguidas, sin disimular su desconcierto.

—Tan tonta como siempre —reiteró Snape con la barbilla temblando—. No te he visto en años y ya sé que no has cambiado para nada. Creo que todavía no encuentras el tornillo que te falta, ¿no, Morgan?

Merlina abrió los ojos como platos y pestañeó varias veces, con las cejas arqueadas y la mandíbula caída.

—Disculpe, pero...

—¡Si recuerdo perfectamente —la interrumpió, acercándose un poco, quedando a un metro— la vez que te subiste al techo de la casa de dos pisos en Hogsmeade! ¡Y todo por sacar un perro que había sido lanzado de la casa de enfrente! Me bastó para que hicieras eso para saber que eras una estúpida mocosa.

—Usted... usted... —miles de pensamientos se agolpaban en la cabeza de Merlina provocándole un leve dolor de cabeza. Pudo verse a sí misma sacando a un perro color café con leche del techo, pero quizá sólo se lo estaba imaginando más claramente ahora que Snape lo gritaba.

—¡Te tuve que regañar de una manera muy antipática y poco pedagógica, y aun así insististe a ciegas que lo habías hecho por el perro! Lograste poner a todas tus amigas en mi contra, dejándome en ridículo frente a la gente del pueblo. Siempre creí que lo habías hecho para hacerte la valiente y llamar la atención, porque la gente engreída como tú no puede evitarlo. Aunque, ahora, veo que estaba equivocado: eres tonta con ganas. ¡Arriesgándose por una lechuza moribunda en tu primer día de trabajo! Jamás lo hubiera creído.

—¡No tienes que porqué tratarme así, Snape! —estalló Merlina, perdiendo todo el miedo que había tenido en la madrugada, dejando de lado todo el sentimiento de intimidación que Severus le había provocado, al menos por esos momentos. Lo miraba directamente a los ojos. Quién de los dos lanzaba más chispas—. ¡No sé para qué me salvaste, si sólo me ibas a insultar! —gritó, colocándose roja.

—¿Crees que lo hubiera hecho, Morgan, por cuenta propia? Albus me habría culpado a mí de tu muerte si no hubiese actuado de la manera que lo hice. —Hizo una pausa y ella no supo qué contestar, porque por su cabeza pasaban muchas ideas—. ¡Esa vez también tuve que sacarte del techo, por el simple hecho de que eras una estudiante, así que tampoco fue un acto propio de heroísmo! —continuó la discusión. Su voz era atronadora—. Dime, ¿dejarás de hacer estupideces? Porque dudo que dures mucho en el colegio si no piensas antes de actuar... Aunque como conserje no creo que sea gran cosa tu pérdida, eres absolutamente remplazable. Pones en vergüenza a todo el colegio… Suerte que nadie viera esto.

Merlina se quedó helada, y de rojo pasó a morado. No sabía qué decir ante tanta maldad súbita e injustificada. Los actos rebeldes como niña de catorce años no tenían por qué definir su relación en el presente con Snape, y menos cuando eso había ocurrido hace diez años o más. No tenía sentido.

—¿Y dónde demonios está tu varita? ¡Pensé que ya nos habíamos librado de los squibs!

—Se... se me cayó al...

Severus ya se había asomado a la ventana. No pasaron más de cinco segundos, cuando le puso la varita en la mano a Merlina, de mala gana.

—Ahí está tu varita. Y madura de una vez.

Se dio media vuelta y salió por la puerta, con su capa negra ondeando tras él, con el mismo "frufrú" de casi once años atrás. La boca de Merlina se abrió sin pronunciar sonido alguno.

Madura tú —pensó aturdida, aún con una mueca de aturdimiento en la cara.

Así que Severus Snape había sido quien le había dado el regaño del año en cuarto curso, quien la había llevado al despacho del director. Con razón se le hacía conocido y le amilanaba de esa forma. Sin embargo, ya no sentía eso, para nada. La sangre le hervía de furia. La había tratado como una basura, le había dicho hasta que valía poco como para que alguien se diera cuenta de que había muerto. ¿Por qué había hecho eso? Ojalá el accidente de su familia no le hubiese bloqueado el recuerdo, sino habría estado preparada desde un principio para enfrentarlo y hacerse respetar.

—Me las va a pagar... —balbuceó entre dientes con todos los músculos tensos. Había pasado gran parte de su vida haciendo la vista gorda ante las personas que le trataban mal. Eso ahora se había terminado, porque no iba a permitir que le robaran el sueño de ser feliz en su nuevo trabajo, en el lugar que sentía como su hogar. Debía tomar cartas en el asunto. Una llama de odio se había encendido en ella.

¡Podría haberle respondido tantas cosas! No pudo defenderse apropiadamente. El único que había actuado como inmaduro era él, al tener rencor por algo que había sucedido hace tanto tiempo. Ni siquiera recordaba bien lo ocurrido, y se le hacía que la mitad de lo que le decía él que había ocurrido no era verdad. Seguro que ella no logró que sus amigas se fueran en su contra, porque él ya debía ser detestado por sus estudiantes en ese entonces, y no le cabía duda de ello.

Sacudió su cabeza y miró hacia el montón de paja. La lechuza seguía allí, al lado de la carta. Se guardó el sobre en el bolsillo, acunó al ave en sus brazos y le dio de beber agua y un poco de comida. Era una lechuza gris, bastante senil y no tenía la placa del colegio, así que seguramente debía ser de algún estudiante o profesor, al menos que hubiese tomado el rumbo equivocado. Cuando estuvo más animada, bajó con ella en los brazos para buscar a su dueño. Eran más de las ocho, así que debían estar desayunando.

Entró al Gran Comedor y evitó mirar hacia la mesa de profesores, porque sabía que Snape estaba ahí.

Se acercó a la mesa de Slytherin primero.

—¿Alguien reconoce a esta lechuza? —preguntó varias veces, avanzando por los puestos.

El único que contestó fue un muchacho rubio, pálido y de ojos grises, como de dieciséis o diecisiete años.

—No —dijo mirándola con asco.

Merlina se encogió de hombros. Se fue a la siguiente, la de Gryffindor.

—¿Esta lechuza es de alguno de ustedes? —indagó y avanzó unos cuantos pasos repitiendo la pregunta.

—¡Eh! Creo que es mía; bueno, de mi familia —dijo alguien.

Merlina miró a la persona que había hablado. Era un muchacho pelirrojo, pecoso y de nariz larga y respingada, y estaba al lado opuesto de la mesa.

—Toma —Merlina se la alargó, y luego le depositó el sobre en la mano.

El dejó el sobre en la mesa y se acomodó la lechuza en el regazo para examinarla con detenimiento. Merlina, mientras tanto, miraba al muchacho que estaba a su lado. Era el muchacho que había llegado atrasado a la cena la noche anterior, y ya no tenía sangre en la cara. Estaba casi segura de que se trataba de Harry Potter.

—Sí, es Errol —concluyó el pelirrojo finalmente—. Gracias, es la lechuza de mis padres.

—Tendrán que cambiarla, o darle algún tónico, porque yo la veo más muerta que viva. En la tienda de animales de Hogsmeade podrás hallar algo —aconsejó Merlina con lástima.

—¿Por qué la tiene usted?

—Me hallaba en la lechucería cuando la oí chocar contra la torre. Fue una odisea para rescatarla —comentó con dramatismo, sintiendo un repentino odio al recordar lo que había sucedido—, pero lo logré, por suerte. Si no, hubiese terminado estampada en los jardines.

—¿Casi se cae por rescatar a Errol? —inquirió la chiquilla de pelo castaño con preocupación, quien estaba donde ella se había detenido.

—Sí... —susurró—, pero fue una suerte que el idiota del profesor Snape estuviera allí para rescatarme —replicó con sarcasmo, sin poder ocultar su inquina, olvidándose de que estaba hablando con estudiantes.

Los muchachos se miraron entre ellos con asombro.

—Cuéntenos qué sucedió —demandó el chico de lentes con impaciencia.

—No creo que les interese…

—Cualquier cosa que tenga que ver con Snape nos interesa —replicó el dueño de Errol con ojos brillantes de maldad.

Merlina frunció el ceño con una súbita curiosidad. ¿Acaso esos muchachos eran víctimas de Snape también?

Sintió una cosquilla en la nuca, y tuvo el presentimiento de que los ojos de Snape estaban clavados en ella.

—Bueno... Es una breve historia de todos modos, pero si les interesa… Háganme sitio —le dijo a la chica de cabello castaño. Si había una probabilidad de que ellos fueran enemigos de Snape, debía empezar a ganar aliados y ese era el momento indicado.

—¿No le dirán nada por sentarse aquí? —preguntó una pelirroja, que estaba al lado de la muchacha de cabello castaño.

—Que a Albus Dumbledore se le ocurra y ya verá —replicó Merlina entre dientes, dejando salir un poco de su furia nuevamente. Se sentó entre las muchachas cuando le hicieron un espacio.

—¿Qué ocurrió? —insistió el pelirrojo.

—Bueno, lo correcto, antes de partir esta historia, es que me presente formalmente —dijo Merlina en tono bajo—, soy Merlina Morgan, su nueva celadora.

—Yo soy Ron Weasley —dijo el muchacho de la lechuza.

—Y yo Hermione Granger —añadió la de pelo enmarañado castaño.

—Ginny Weasley —terció la otra pelirroja, haciéndose evidente que era hermana del otro muchacho.

—Yo soy Harry Potter —dijo Harry, temeroso de decir su nombre.

Merlina lo miró complacida.

—Lo supuse, te vi en los periódicos más de alguna vez —contestó ella a Harry con una sonrisa, y luego se dirigió a los demás—. Gusto en conocerlos, chicos. Espero serles de ayuda como celadora.

—Y entonces, ¿qué pasó? —preguntó Harry con marcado interés—. Dijo que su historia implica a Snape.

Merlina observó con curiosidad a Harry, ya que había dicho "Snape" con cierto desdén, además de no utilizar el adjetivo "profesor".

—Sí, él es parte del final de la historia —replicó ella—. Todo comenzó…

Les narró de manera concisa lo ocurrido, olvidándose de su cargo de conserje por un momento y que debía de estar en la mesa alta comiendo, o, al menos, llevándose algo para comer en su despacho.

Les contó cómo resbaló de la piedra en la torre y como casi muere. Los chicos terminaron todos con las cejas arqueadas cuando contó el desenlace, pero no porque encontraran tonto lo que hizo ella, sino por como actuó Snape con ella. Pero, por supuesto, en ningún momento confesó que había estado muerta de miedo antes por culpa de su mirada gélida y cruel. Eso era suyo, personal, y la verdad es que le daba una vergüenza terrible cuando lo pensaba, sobre todo porque, en ese instante, ella no le guardaba nada más que odio y rabia.

—Es un desgraciado —masculló Merlina, sin temor—, un maldito déspota, con complejos de superioridad.

—Al menos no soy el único —suspiró Harry rendido. Merlina lo miró curiosa, aunque no tan sorprendida.

—¿Qué, también te trata mal?

—Oh, decir mal es poco. Me odia, y con ganas, por problemas del pasado con mi padre.

—Es probable que tenga profundos problemas de personalidad... —dijo Merlina, pensativa. ¿Por qué era tan idiota? ¿Cuál era su motivo?—. En fin, sea lo que sea, voy a buscar la manera de vengarme. Suelo ser muy simpática y trato de ser amable en lo que puedo... Pero no voy a permitir que alguien como él me trate como se le dé la gana, sobre todo cuando no he hecho nada para merecerlo.

—Está mirando para acá —avisó Ginny, quien se había echado un poco para atrás para mirar a la mesa de profesores—. Precisamente a usted.

—¿Sí? Pues se le gastarán los ojos —dijo, enojada—. Bueno. Me voy a mi mesa. Iré a comer algo y luego a descansar.

Se puso en pie y agregó:

—Y, por favor, trátenme de Merlina... que no soy tan vieja como para que me digan "usted". Un gusto en conocerlo, muchachos, me han hecho la mañana más amena.

Y con dignidad, sin mirar ni un segundo hacia el lado de Snape, caminó hacia la mesa de profesores y se sentó al lado de Sprout.

—Buenos días, Merlina.

—Hola, profesora —dijo dedicándole una sonrisa. Luego miró su plato, y no pudo evitar ponerse seria. Aún el corazón le latía con dolor en el pecho producto de la humillación, y la sangre la tenía caliente. A no más de cuatro metros, hacia el lado derecho, estaba Snape, seguramente con una expresión de triunfo por haberle hecho sentir tan mal. Claro que ella no le diría nada de lo ocurrido a Albus, no iba a caer en la tentación de hacerse la debilucha y acusarlo a la primera, porque eso podría ser peor. Además, apostaba a que el director diría que el asunto debían arreglarlo ellos mismos, que debían descubrir el punto de quiebre e intentar repararlo. Y, la verdad, es que seguro que le daría lo mismo, porque Albus estaba insertado en sus propios asuntos. No. Definitivamente tenía que hacer algo, no sabía qué, no sabía cómo, ni dónde, ni cuándo, pero al menos estaba segura de algo: ella era la conserje. Era ella la que tenía todas las llaves y las contraseñas de todos los pasillos: era privilegiada. Le sería lo suficientemente fácil entrar al despacho de Snape, y si seguía aparentando ser idiota e inocente, probablemente Snape jamás sospecharía de su intención.

Mientras tanto, en la mesa de Gryffindor, Ron decía con tono maquiavélico.

—La celadora está en contra de Snape, no parece ser una idiota como Filch, y quiere vengarse. ¿Te suena a algo, Harry?

—Sí, a que no debemos dejar pasar esta oportunidad. Podríamos ayudarla si lo necesita, y vengarnos nosotros en el camino.

Ginny asintió con fervor. Hermione, en cambio, parecía acongojada. Odiaba saltarse las reglas y apenas estaba iniciando el año.