4º Curso. Capítulo 4
Miraba por la ventana tumbada en la cama con la vista perdida, sentía las lágrimas resecas en sus mejillas. Entre sus brazos tenía agarrado con fuerza uno de los álbumes de fotos. No tenía ni fuerza ni ganas de hacer nada, y al mismo tiempo, se odiaba a sí misma por ello. Sabía que debía seguir hacia delante, que debía ser fuerte. Es lo que sus padres habrían querido, pero no estaba segura de poder hacerlo.
Todavía no era hora de comer, así que reunió fuerzas para salir a los terrenos y despejarse un poco. Al llegar a las escaleras de piedra que daban al césped, miró hacia la cabaña de Hagrid. Este había cogido lo que parecía ser un enorme trozo de carne, que se echó al hombro antes de adentrarse en el bosque. Entonces vio surgir de las copas de los árboles tres enormes caballos alados con aspecto de reptil. Tenían alas negras y curtidas, como la de los murciélagos, y volaban describiendo amplios círculos. Luego descendieron en picado y se perdieron de nuevo en el bosque.
Se quedó boquiabierta, nunca había visto ni leído sobre animales parecidos a aquellos. Estaba a punto de ir al bosque para verlos de cerca cuando alguien la llamó.
-Elyon, el profesor Dumbledore quiere que te reúnas con él en el Gran Comedor junto a los demás profesores –dijo la profesora McGonagall a su espalda.
Elyon volvió a mirar al bosque con la esperanza de que aquellos animales se dejaran ver de nuevo, pero no lo hicieron. Así que siguió a la bruja al interior del castillo. Esta vez al entrar en el Gran Comedor, los profesores no la observaron con curiosidad y ella se sintió mucho más relajada.
-Te veo mucho más tranquila –le dijo Dumbledore cuando se sentó a la mesa.
-Es que ya no me miran como si fuera un bicho raro –contestó ella sirviéndose un trozo de pollo.
-No lo hacen con mala intención, es solo curiosidad. Piensa que cuando empieces el colegio te va a pasar lo mismo.
-Lo sé, pero intento no pensar en ello –contestó Elyon- ¿Qué hay en el bosque? –preguntó sin andarse con rodeos.
-De todo, sobretodo criaturas peligrosas como trolls. Así que te pediría que no entraras en el Bosque Prohibido. Hace honor a su nombre y quien entra es castigado.
Elyon asintió con la cabeza y no comentó nada más. Siguió con la imagen de esos enormes caballos alados, quería ver de cerca a esas criaturas. Si iba de día no tropezaría con trolls, porque según había leído, eran criaturas nocturnas. Al terminar de comer, se levantó y salió del Gran Comedor. Observó con atención el vestíbulo por si había algún profesor y corrio hacia la cabaña de Hagrid. Al llegar a ella llamó a la puerta, pero nadie contestó, así que se acercó al margen del bosque y escuchó en silencio. Solo se oía el piar de los pájaros. Desde allí el bosque no parecía tan terrorífico, se adentró poco a poco en él siguiendo un sendero tan ancho como el guardabosques. A medida que avanzaba los árboles crecían más juntos y las tupidas ramas comenzaban a impedir el paso de la luz, por lo que decidió que si en unos metros más no encontraba lo que buscaba, desistiría y volvería atrás por precaución. No quería toparse con ningún animal peligroso. Estaba a punto de desandar el camino cuando escuchó un ruido de cascos detrás de unos arbustos. Se acercó con cautela y retiró algunas ramas que crujieron con estrépito entre el silencio. Al otro lado había un pequeño claro, y justo en el centro de este había una pata, que parecía de vaca, mordisqueada junto con un gran costillar que habían limpiado de carne. No veía rastro alguno de aquellos extraños animales. Se adentró en el claro hasta estar junto al trozo de carne y miró alrededor. No vio nada salvo árboles. Un fuerte batir de alas la hizo mirar al cielo. Uno de aquellos siniestros caballos alados se acercaba volando. A su alrededor comenzó a percibir el brillo de unos ojos blancos que la acechaban entre los árboles. El caballo tocó tierra y la chica pudo verlo mejor, tenía la cabeza y el cuello como el de un dragón, con unas mandíbulas llenas de afilados dientes, y el cuerpo enorme de un caballo negro y esquelético.
Elyon miró a los ojos vacíos del animal y por terroríficos que parecieran, sabía que no le haría daño. Extendió la mano para tocar la frente del animal. Su piel y crin era suave y sedosa, como si acariciara terciopelo. La joven sonrió y se preguntó si habría en el bosque más criaturas como aquellas. Sintió como le estiraban de la parte baja del pantalón, miró hacia atrás y vio como uno de esos caballos le olisqueaba y mordía el pantalón. Volvió a centrar su atención en el animal que estaba frente a ella, pero este se había puesto a comer la carne que aún quedaba junto con otros dos caballos más.
-¡Elyon! –gritó Hagrid mientras salía de entre los árboles, asustando a los caballos que se alejaron de él- ¡¿Qué haces aquí?!
-Yo... esto... es que los vi volar y sentí curiosidad –contestó ella.
-Este es un lugar peligroso, has tenido suerte de que estos animales no lo sean –le dijo enfadado.
-Perdón –se disculpó ella-. Pero es que son... fascinantes ¿Qué son?
-Son thestrals, solo los puede ver la gente... que ha visto la muerte de cerca –explicó Hagrid.
-Oh –musitó Elyon con pesar.
-Será mejor que salgas de aquí, si el profesor Dumbledore se entera te castigará. Vete, ahora te alcanzo.
Ella obedeció y salió del claro, caminó unos metros, pero su pantalón se enganchó con unas zarzas. Estiró con fuerza para soltarse y desgarró un trozo de la prenda, perdió el equilibrio y cayó al suelo. Cuando fue a levantarse encontró ante ella unas enormes garras, el miedo la inmovilizó. El animal se agachó un poco y luego volvió a erguirse. Ella siguió sin moverse y sintió el aliento del animal en su pelo, mientras este comenzaba a empujarla y a restregarse la cabeza contra la de ella, como si de un gato se tratara.
-¿No eres capaz de salir del bosque sin tropezarte con algún animal? –dijo Hagrid a su espalda, divertido- Puedes levantarte, no te hará daño.
Elyon se levantó con cuidado y miró a la criatura. Era preciosa. Tenía la cabeza y la parte delantera del cuerpo de águila y la trasera de un caballo.
-¿Un hipogrifo? –preguntó la chica mirando a semigante, él asintió- Creía que nunca vería uno de estos en mi vida.
-Veo que te gustan los animales –sonrió el guardabosques.
-Sí, he leído mucho sobre criaturas mágicas, pero en casa nunca pude tener ni un hamster –suspiró mientras acariciaba el plumaje del hipogrifo.
-Mejor te acompaño hasta el margen del bosque, este lugar no es muy recomendable para ti –dijo Hagrid.
-¿Y eso por qué? –le dijo ella extrañada.
-Porque los elfos, o semielfos, en tu caso, atraen a los animales por la magia que corre por sus venas, y no todos son tan pacíficos –explicó Hagrid- ¿Por qué crees si no, que te has cruzado con estos animales? Aunque no te negaré que ojalá yo produjera el mismo efecto en ellos.
-¿Casualidad? –sonrió ella en broma- ¿Me puedes hacer un favor? No le digas al profesor Dumbledore que he estado aquí –le suplicó Elyon.
-Tranquila, no le diré nada si prometes no volver a entrar en el bosque –propuso él.
-Prometido.
Sin darse cuenta, habían llegado al margen del bosque. Hagrid se despidió y volvió a su cabaña, pero Elyon decidió dar una vuelta por el linde del bosque, no le apetecía nada volver al castillo.
…..
Las horas pasaron y el sol comenzó a ponerse cuando vislumbró un destello entre la arboleda, se quedó mirando los árboles y el brillo siguió parpadeando. Aun sabiendo que rompía una promesa, caminó unos metros entre los árboles para averiguar de qué se trataba. Llegó a un lugar donde los rayos del sol se filtraban con fuerza entre las ramas. Miró hacia arriba y vio como unos pequeños halcones la sobrevolaban. Se movían entre los árboles para alimentar a unos polluelos plateados. Al parecer el brillo que había visto provenía del plumaje plateado de las alas de sus padres. Sonrió ante el bello espectáculo, pero su sonrisa se desvaneció al escuchar un piar lastimero. Buscó su origen y encontró un polluelo plateado entre las raíces de un árbol, parecía haberse caído del nido, y llamaba a sus padres con insistencia.
Elyon sintió mucha lástima por él, pero no se atrevió a tocarlo por si al hacerlo los padres lo rechazaban, así que decidió sentarse cerca y esperar a que lo atendieran. Pero los padres no aparecieron. Miró al cielo, era casi noche cerrada y comenzaba a refrescar, miró una vez más al polluelo que ahora estaba tiritando sin apenas hacer ruido.
-A la mierda el castigo, no pienso dejarte aquí para que te mueras de frío o te coma un zorro –le dijo al polluelo recogiéndolo del suelo.
Salió del bosque y se dirigió al castillo, estaba a punto de cruzar las enormes puertas de roble cuando vio moverse una sombra a su izquierda.
-¿Dónde te habías metido? –le preguntó Snape enfadado.
-¿Y a ti qué te importa? –le contestó Elyon entrando en el vestíbulo.
-Me importa porque gracias a tu pequeña escapada me ha tocado recorrer todo Hogwarts, sus terrenos y Hogsmeade solo para encontrarte –dijo el chico cogiéndola del hombro.
-¡Suéltame! –exigió ella deshaciéndose de él.
-¡Elyon! –gritó Dumbledore corriendo hacia ella desde lo alto de las escaleras de mármol- ¿Dónde has estado? Nos has tenido muy preocupados.
-He estado dando una vuelta por los terrenos –mintió ella.
-Mentira –la interrumpió Snape.
-¿Y tú qué sabrás? –le dijo Elyon furiosa.
-Basta, por favor –rogó Dumbledore.
-¿Qué tienes ahí? –preguntó el joven mirando sus manos.
-Nada –la muchacha intentó esconder al polluelo.
Snape alargó la mano con rapidez y le quitó al pequeño animal.
-¿Qué es esto? –dijo examinando la pequeña bola de plumas plateadas que pio asustada- ¿Qué haces con un polluelo de Halcón Argénteo?
-Lo he encontrado.
-Estos halcones viven en el Bosque Prohibido –dijo Dumbledore mirándola con seriedad- ¿Has entrado sola en el bosque aun sabiendo que está prohibido? ¿Por eso me has preguntado sobre él?
-Bueno...sí. Vi un brillo entre los árboles del linde y lo encontré abandonado –confesó mirando al suelo.
-Voy a tener que castigarte, como ya te avisé. Así que por hoy te pido que subas a la Sala Común. Mañana ya te diré el castigo a cumplir –le dijo Dumbledore enfadado.
-¿Antes puedo ir a ver a Hagrid para que me diga cómo cuidar al polluelo? –preguntó Elyon con ojos suplicantes.
El director la miró pensativo frunciendo el ceño. Quizá el cuidar de un animal que le hiciera compañía le levantaría el ánimo.
-De acuerdo. Severus, acompáñala –dijo Dumbledore subiendo las escaleras de mármol-. Por favor Elyon, no tardes.
Ella asintió y salió de nuevo a los terrenos.
-No tan deprisa, mocosa –le dijo Snape alcanzándola.
-Déjame en paz –contestó la joven siguiendo su camino.
Al llegar a la cabaña de Hagrid, Elyon llamó a la puerta. Al otro lado se escucharon los ladridos de Fang, el guardabosques abrio la puerta y los miró.
-¿Qué ha pasado? –preguntó preocupado.
-Nada, tranquilo, simplemente quería preguntarte qué comen estos animales –dijo mostrándole al polluelo.
-¿De dónde lo has sacado? –preguntó Hagrid cogiendo con delicadeza la pequeña bola de plumas.
-Lo encontré cerca del linde del bosque.
-Te dije que no te acercaras al bosque –le dijo el hombretón mientras acariciaba con cuidado al polluelo con sus enormes manos, mirando a Snape de soslayo y con desconfianza-. En fin, lo importante es que estás bien. Respecto al polluelo creo que lo mejor es que lo cuide yo. Son muy delicados y necesitan atención las veinticuatro horas del día, y si vas a empezar a estudiar, no sé si tendrás tiempo. Pero puedes venir a cuidarlo conmigo todos los días en tus ratos libres.
-De acuerdo –contestó ella torciendo el gesto decepcionada.
Sabía que Hagrid tenía razón, un animal tan pequeño necesitaba cuidados y mucho tiempo, tiempo que no sabía si iba a tener. Pero se había hecho ilusiones con poder criar un animal.
-Si quieres puedes llevarte a Fang esta noche para que te haga compañía –le ofreció el gaurdabosques con una sonrisa al ver la cara de tristeza de Elyon.
-¡Muchas gracias! –ella lo abrazó con cariño.
-¿Nos vamos ya? –preguntó Snape con fastidio, mientras intentaba quitarse de encima al perro, que no hacía más que intentar subirse encima suya para lamerle la oreja.
Elyon rio entre dientes, se despidió de Hagrid y se llevó al cachorro consigo.
-Vamos Fang –le dijo mientras subía las escaleras de mármol.
-Que no haga sus necesidades por los pasillos o recibirás un castigo extra –le dijo Snape desde el vestíbulo.
-Descuida –le contestó ella con cansancio.
-Y... buenas noches –se despidió él.
Elyon se paró en seco, eso último la había sorprendido.
-Buenas... –respondió ella dándose la vuelta, pero Snape ya se había ido- Noches.
Llegó a la Sala Común y subió al dormitorio, buscó en el baúl el pijama y se cambió.
-Buenas noches, Fang –dijo Elyon metiéndose entre las sábanas.
El perro ladró y se encaramó a la cama.
-De acuerdo, puedes dormir conmigo, pero no te muevas mucho o te bajas –le dijo rascándole detrás de las orejas-. Aunque no creo que pueda echarte yo sola.
Elyon se tapó con las sábanas y se puso de lado para poder mirar a través de la ventana. Fang se tumbó a su lado y apoyó la cabeza en su espalda. Se sintió más reconfortada al notar el peso y la compañía del animal.
…..
Al amanecer Fang la despertó a lametones, muy inquieto, y comenzó a ladrar cerca de la puerta del dormitorio.
-¿Qué pasa? –le preguntó Elyon mientras se levantaba de la cama soñolienta- ¡Oh!, necesitas salir ya.
Se vistió todo lo rápido que pudo y bajó corriendo por las escaleras persiguiendo al animal hasta los terrenos.
-¡Hasta luego, Fang! –se despidió mientras el perro corría hasta la cabaña de Hagrid después de haber vaciado su vejiga.
Elyon se fue a desayunar, le rugía el estómago. La estancia estaba vacía, así que aprovechó para inspeccionarla. Caminó entre las cuatro alargadas mesas hasta llegar a la mesa de los profesores, tras ella había cuatro enormes contadores que estaban a cero y que pertenecían a las cuatro Casas.
-Buenos días, Elyon.
-Buenos días, profesor Dumbledore.
-Creo que tenemos que hablar sobre lo que ocurrió ayer –le dijo el director ofreciéndole asiento en la mesa de los profesores.
-Sé que no debí hacerlo, pero me venció la curiosidad –se explicó ella arrepentida.
-Ya me lo imagino, tu padre también era muy curioso, no podía estarse quieto –comentó con nostalgia-. He estado pensando en el castigo. Limpiarás la Sala de los Trofeos después de desayunar.
-Quería ir a ver a Hagrid y al polluelo –suspiró ella con fastidio.
-Bueno, de acuerdo, pero a las diez quiero verte en el vestíbulo –respondió Dumbledore sonriendo.
Elyon dibujó en su rostro una enorme sonrisa. El director se alegró, era la primera vez que la veía sonreír de corazón.
Comenzaron a llegar algunos profesores y desayunaron con tranquilidad. Después de saciar su apetito, Elyon fue a la cabaña de Hagrid, quien estaba ocupado dándole de comer a la pequeña criatura, que engullía con avidez.
-¿Cómo está?
-Muy bien. Solo hay un problema, ayer te fuiste sin ponerle nombre –contestó Hagrid mientras le daba a la chica el bol de papilla para que lo alimentara.
-Es verdad. Aunque no sé cómo llamarle, no había pensado en ello –admitió.
-Puedes pensarlo ahora mientras le das de comer. Cuanto antes aprenda a identificar su nombre, mejor. Además, si sigue comiendo así crecerá muy deprisa.
Una vez el animal hubo llenado el buche, lo cogió y lo acurrucó en un nido de trapos que le había construido Hagrid.
-¿Tienes ya un nombre? –preguntó el semigigante sentándose en un enorme sillón.
-Creo que lo llamaré Eizen –propuso ella.
-Es un nombre muy bonito, ¿qué te parece a ti pequeñín?
El pequeño polluelo pio con alegría y aleteó sus pequeñas alas.
-Indudablemente le ha gustado –dijo Hagrid sonriente.
-Bueno, tengo que irme a cumplir el castigo por haber entrado en el Bosque Prohibido. Escucha Hagrid, perdón por haber roto mi promesa, lo siento mucho -se disculpó Elyon bajando la mirada.
-No importa, al menos sé que no te internaste, estos halcones anidan cerca del linde –le dijo Hagrid-. En fin, que te sea leve el castigo. Y cuidado con Filch y su gata.
-¿Quién es Filch?
-El conserje, tiene muy malas pulgas.
Cuando llegó al vestíbulo, Dumbledore ya la esperaba allí, y la condujo a una sala grande repleta de trofeos y vitrinas. Elyon tragó saliva, iba a ser peor de lo que había creído en un principio.
-Te presento al señor Filch –el director le presentó a un hombre alto, delgado y con cara de pocos amigos-. Él te vigilará para que cumplas el castigo.
Elyon lo miró y él hizo lo mismo, con una sonrisa malévola. Algo ronroneó a los pies de Elyon, era un gato flacucho y de color polvoriento, con ojos saltones como linternas. La chica se agachó para acariciarlo, pero Filch apartó al felino de ella y lo cogió en brazos.
-Señora Norris, recuerda que no se confabula con el enemigo –le dijo Filch al animal.
Elyon alzó una ceja y miró al director confusa. Él torció una sonrisa y negó con la cabeza.
-Creo que ya sabes porque la gata se comporta así –le susurró Dumbledore.
-Sí, Hagrid me comentó algo –respondió.
-Bien Argus, toda tuya, procura no ser muy duro –se despidió el director.
-No se preocupe profesor Dumbledore –asintió Filch.
El anciano se alejó por el pasillo y dejó a Elyon junto al conserje.
-Bien, ya puedes empezar, aquí tienes -le dijo el hombre dándole un trapo y una botella de limpiametales- Y dame tu varita.
-No tengo varita –le dijo ella.
El hombre la miró entre incrédulo y sorprendido. Elyon cayó en la cuenta de que ahora, como alumna, lo normal era que llevara siempre la varita.
-Me refiero aquí, conmigo –añadió intentando ser convincente-. Me la he dejado en la habitación.
El conserje la miró desconfiado, pero no insistió. El castigo se hizo interminable, Filch no la dejó irse hasta que todos los trofeos quedaron relucientes. Cuando salió de la sala y vio la posición del sol, supuso que debían de ser casi las cinco de la tarde. Suspiró, tenía mucha hambre y le dolía el brazo, la muñeca y los dedos.
…..
Los días siguientes pasaron con rapidez y sin ningún sobresalto, hasta que Hagrid le dijo que Eizen ya estaba listo para su primer vuelo. El plumaje del halcón había cambiado. Ya no era una bola esponjosa de color plateado. Las plumas eran ahora de color pardo y negro, salvo las puntas de las alas, que eran plateadas. Bajo sus brillantes ojos negros había aparecido una línea negra vertical, igual a la de los halcones peregrinos. A los lados de la cabeza le habían crecido unas plumas largas y espesas, de manera que parecía tener dos orejas emplumadas de color negro, que se mezclaban con la coloración de los ojos. Su porte se había vuelto orgulloso y se agarraba con fuerza al brazo de Elyon con sus poderosas garras. Aun así, seguía siendo apenas un polluelo, por lo que no era muy grande.
-No me esperaba que creciera tan rápido –comentaba Hagrid-. Jamás había visto algo igual.
-Pues yo me alegro mucho, ahora podrá hacerme compañía –sonrió Elyon mientras soportaba el peso de Eizen en su brazo y le rascaba la barriga, haciendo que piara felizmente-. Venga, ya es la hora de tu primer vuelo.
Elyon impulsó su brazo hacia arriba y el halcón emprendió el vuelo. Al principio su aleteo fue torpe, pero al poco tiempo cogió confianza en sí mismo y comenzó a recorrer los terrenos con rapidez. Mientras el sol arrancaba de sus alas destellos plateados.
-¡Vuela muy rápido! –dijo Elyon emocionada.
-Esto no es nada – le dijo Hagrid-, en cuanto coja la suficiente práctica, solo verás un destello plateado.
-Que pasada –murmuró ella sorprendida.
El guardabosques rio mientras observaba a Eizen.
-Cuando lleve unos días volando, le enseñaré a que te lleve el correo –le dijo Hagrid.
-¡Elyon!
Ambos se giraron, Snape se acercaba con paso ligero.
-El profesor Dumbledore quiere hablar contigo –la informó-. Vamos.
-Gracias, pero puedo ir sola –contestó Elyon mirándolo con desagrado- Adiós Hagrid, muchas gracias por lo que has hecho por Eizen. Luego vendré a veros.
-Ha sido un placer. Y ahora que puede volar, ya no estoy seguro de que quiera seguir en mi cabaña - le dijo el semigigante-, no te extrañe encontrártelo un día en tu ventana.
-Entonces empezaré a dejarla abierta –sonrió ella.
-El profesor Dumbledore es un hombre ocupado, no puede estar esperándote todo el día –le recordó Snape.
-Sí, ya voy –gruñó ella comenzando a andar hacia el castillo.
Eizen bajó del cielo y revoloteó entorno a Elyon piando alegre, luego se dirigió una vez más hacia las nubes.
