Capítulo 7: De mal en peor
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En cualquier otra ocasión Merlina hubiera dormido con verdaderas ganas y hubiera soñado cosas lindas y placenteras durante toda la noche, pero la voz de Severus Snape seguía resonando como bocina en su cabeza. Estaba recostada en su cama, con ropa, con las manos en los muslos, mirando en un punto fijo del techo alto, sin pestañear. Los ojos los tenía coloradísimos y le ardían.
"Tan tonta como siempre…" "…todavía no encuentras el tornillo que te falta." "…madura de una vez". La barbilla le temblaba, y no hubo momento en que no estuviera colorada; era una tetera en constante ebullición. Se descargó de todos sus malos sentimientos escribiendo una carta para Craig, la que tenía al lado, en la mesita de noche, sellada y lista para enviar, pero tenía un terror horrible de volver a la lechucería, porque temía que pudiera repetirse la historia. Por supuesto, ¿cuáles eran las probabilidades? Pocas, pero nunca cero. De todos modos, si tuviera que salvar a la lechuza, lo haría de nuevo. No había nada de estúpido en lo que había realizado… Ni tampoco heroico.
—Tengo que hacer algo —farfulló autoconvenciéndose—, tengo que hacer algo… ¿Pero qué? ¿Entrar a su despacho? ¿Y qué puedo hacer luego? No…, ya no tengo ideas… Esa capacidad la perdió hace muchísimo tiempo. Mi cerebro se ha atrofiado con los años. Estoy lejos de lo que fue alguna vez la Merlina de antaño.
Pestañeó y sintió los ojos extraños y ásperos. Llevaba cinco minutos sin haberlos cerrado.
—Oh…, vamos, tienes que tener una maldita idea, si no, te va a seguir molestando y no volverás a descansar nuevamente… —"…madura de una vez"—. No, no haré nada. Lo más probable, si es que hago una bobada, las cosas se tornen de color negro y todo se vuelva en mi contra, como siempre pasa.
Se sacó los zapatos y se metió tal cual a la cama, sin querer saber nada más del mundo. Ya había empezado mal las cosas y ni siquiera se habían cumplido los dos días. ¿Podía tener más mala suerte? Y para peor, era evidente que Snape se aprovechaba de los más débiles. Y ella era débil, o se sentía así en esos momentos; pequeña, como una hormiga.
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Soñó todo el tiempo con Snape. Se miraba al espejo y lo veía a él, tomaba sopa y lo veía a él, iba al baño y en el retrete estaba él. La escena se le volvía a repetir, y cada vez se sentía más rabiosa, pero hubo un momento en que aquél Snape de sus sueños se pasó de la raya: le había zarandeado violentamente de los brazos, insultándole con peores cosas que no podía reproducir verbalmente.
—Déjame... —exigió, apretando los ojos con fuerza.
—Merlina —dijo una voz profunda, a su lado, moviéndole suavemente el brazo.
—No tiene derecho a tratarme así, realmente...
—¡Merlina!
Merlina se incorporó en la cama y miró hacia todos lados con ojos de pescado.
—¡Qué! —gritó al aire, aún sintiendo que estaba en un sueño.
—Son las cinco —dijo Dumbledore, divertido, con una amplia sonrisa, sin ni una pizca de enojo.
—¿Cómo?
—Te has quedado dormida.
Merlina tomó el reloj de la mesita y miró. Eran las cinco de la tarde con dos minutos. Se puso las manos en la cara. Snape la había zarandeado en sueños.
—Lo siento, lo siento mucho, Albus, en serio, no sé en qué pensaba...
—No veo porqué tengas que disculparte demasiado, a más de alguien le debe haber ocurrido lo mismo.
—Pero es el primer día de trabajo...
—Y en el mismo día de trabajo —la atajó Albus con presteza. Hizo una pausa—. Cuesta acostumbrarse a este horario, así que no te voy a sancionar, si es lo que piensas.
Merlina le dio un abrazo fugaz y Dumbledore le dio una palmada en la espalda con aire paternal.
—Muchas gracias, yo..., me levanto ahora mismo.
—Sí, esa es la actitud. Estaré mi despacho, por si tienes cualquier duda.
Merlina asintió con una sonrisa poco natural y fue hacia el espejo.
—Merlina —interrumpió Albus y ella se volteó con cara de interrogación—, no te ha ocurrido nada, ¿cierto?
—No —negó con la cabeza enfáticamente—, nada, Albus, es sólo que me siento un poco desorientada tras despertar.
Mientras decía esa mentira, la imagen de Severus despotricando contra ella, gritándole cosas y mirándola con desprecio se le fue a la cabeza; ella temblando, roja de ira... Albus la observaba con sus ojos de rayos X, pero no, no caería en la tentación de acusar al malvado profesor de Pociones, no estaba en edad para hacer eso. Sus problemas los iba a resolver sola, como siempre había sido.
—Bien. Hasta la cena —dijo el anciano, conforme, y se fue tarareando felizmente una canción.
Merlina se peinó solamente, porque no tenía tiempo de bañarse. Ya buscaría el momento para hacerlo, durante la madrugada. Si se ausentaba media hora mientras todos dormían, no pasarían tragedias.
Salió al pasillo con varita en mano y, antes de comenzar la ronda para sorprender a los alumnos traviesos, fue a echarle un vistazo al Vestíbulo para ver cuán sucio estaba. Bajó la escalera de mármol de dos en dos y se puso a rastrear con los ojos signos de suciedad.
Así es como le hacía Filch —pensó mirando los rincones donde había muy poca tierra. Al menos los chicos seguían con los hábitos de limpieza básicos, hasta ahora, pero sólo porque era el primer día de escuela. A la semana todos estarían alborotados.
—¡Merlina! —dijo una voz ronca y entusiasta. Se dio vuelta e hizo un gesto con la mano.
—¡Hola, Hagrid! ¿Qué tal?
Hagrid llevaba una pala rota en las manos.
—Bien, sólo que se me ha roto la pala y estaba buscando a alguien que me la pudiera reparar —explicó y luego miró de soslayo hacia el lado y agregó en tono más bajo—, ya sabes que nunca se me han dado bien esas cosas, y no tengo permiso para hacer magia...
—¡Déjame intentarlo! —dijo Merlina y apuntó con la varita—. ¡Reparo!
No hubo necesidad de ejercer mayor esfuerzo. El hechizo le había resultado a la perfección. Los dos trozos de pala se habían vuelto a unir, como si estuviera nueva.
—Eso era todo —celebró Hagrid—. ¡Muchas gracias, Merlina! Nos vemos en la cena —se despidió y salió otra vez por las puertas de roble que había dejado entreabiertas.
Merlina volvió a ascender un par de pisos y se encontró con McGonagall.
—Hola, profesora —saludó con una amplia sonrisa.
—Hola, Merlina, ¿cómo estás? ¿Te acostumbras ya?
—Eeh… —la chica titubeó—. Bueno, en eso estoy, de apoco lo conseguiré, ¿no?
McGonagall se aproximó y le dio unas palmaditas en el brazo, sonriéndole.
—No te preocupes, costará, tal vez, pero a todos te ayudaremos en lo que necesites. Cuentas con todo el apoyo.
Merlina asintió, sin saber qué decir. ¿Con todo el apoyo? En realidad era el noventa y nueve por ciento. El otro uno lo ocupaba Snape.
—Iré a hacer la ronda, profesora —avisó la joven y se despidió con la mano.
Bufando y rogando porque tuviera todo el apoyo algún día y no necesitara meterse en problemas, subió otros dos pisos y por fin halló algo que hacer. Tres de chicos de Slytherin formaban una media luna en la muralla alrededor de algo, o alguien.
—Mira, Glenn, si tú nos haces entrega de eso, no te volveremos a molestar —dijo una voz que arrastraba las palabras.
—No…, me lo mandó mi mamá, es mío.
—Bueno, pero si nos lo das, será nuestro. No seas porfiado, que soy muy hábil con las maldiciones, y estoy seguro de que tu madre preferiría que me entregues eso antes de verte con una pierna quebrada y la mitad del cuerpo amoratado.
Merlina se acercó y se asomó, aunque no pudo ver mucho, porque todos eran un poco más altos que ella. ¿Qué les daban de comer a los jóvenes de esos días?
—Oigan, ¿qué están haciendo? ¿Quién es el experto en maldiciones?—dijo con voz autoritaria.
Todos se voltearon y ahí vio qué había en el centro. Era un niño de segundo año de Hufflepuff, muy enclenque para su edad, con una gran caja en la mano. Al parecer tenía dulces caseros. Permanecía con una expresión de miedo en su cara, sosteniendo fuertemente su caja.
—No estamos haciendo nada que te interese —contestó el rubio, omitiendo la segunda pregunta. El mismo chico que la había mirado con desprecio en la mañana cuando ella preguntó por el dueño de Errol.
—Disculpa, pero resulta que yo soy la celadora y tengo derecho a ver lo que están tramando, y puedo decir que están intimidando a un niño inocente. Y la intimidación, amenaza y, sobre todo, el hecho de querer quitarle pertenencias a un muchacho, o sea lo que sea que vaya de un ser de mayor edad hacia uno de menor edad, está penalizado gravemente en el colegio. Es mejor que te metas con alguien de tu porte y te leas el libro de derechos y deberes de Hogwarts.
El rubio miró a sus cómplices, dos chicos como gorilas y con cara de idiotas, y soltó una carcajada burlesca y desinhibida.
—Realmente me sorprende, tiene una mente brillante.
Merlina se puso seria. Qué chico más mal educado. Bastaba y sobraba con Snape, pero un muchacho mucho menor que ella poniéndole tono de tener más autoridad que ella…
—No me gusta tu forma de hablar. Cuando te dirijas a mí, seré "señorita Morgan", y no cualquier cosa como lo has hecho hasta ahora.
El chico llamado Glenn miró por detrás de la espalda de uno de los gordinflones, analizando la situación. Aprovechando que el tema se había desviado, salió de atrás de los Slytherin y se escabulló lo más rápido posible. Nadie se dio cuenta.
—¿Sabe quién es mi padre? —preguntó el rubio, alzando la voz. Merlina levantó un poco la varita, pero no para atacarlo, sino que fue algo instintivo.
—No —negó.
—Es Lucius Malfoy y tiene influencia en el Ministerio. Conoce al ministro de Magia.
—Ah, ¿te refieres a Lucius Malfoy, al que encerraron en Azkaban el año pasado por ser un Mortífago? —se burló Merlina sarcásticamente—. Salió en El Profeta. Yo diría que es peligroso.
El chico se puso serio y desenvainó la varita de su bolsillo, también temblando un poco.
—Usted no sabe nada.
—No, puede que tengas razón, pero lo que sí sé, es que ahora tu padre no tiene influencia en el Ministerio como dices, y su relación con el ministro de Magia no le sirvió de nada —adujo Merlina y con la mano libre apuntó hacia la derecha—. Ahora, fuera de aquí.
—Usted no sabe nada —reiteró Malfoy y los que lo flaqueaban hicieron tronar los nudillos.
Merlina alzó un poco más la varita y se alejó.
—Fuera —reiteró de la forma más amenazante que pudo.
Y cuando iba a decir por tercera vez "fuera", llegó la única persona que podía agravar la situación.
—¿Qué sucede aquí?
Draco guardó rápidamente su varita. Merlina miró a Severus e intentó actuar normal.
—Estos muchachos estaban intimidando a un chico de segundo año.
Los ojos negros de Snape miraron para todos lados y luego frunció el entrecejo.
—¿A quién, precisamente? No veo a nadie.
Merlina se corrió hacia un lado y vio que el niño ya no estaba.
—Estaba detrás de ellos, debe haber huido...
Malfoy hijo, junto con los otros dos, miraban de un lado a otro, como en un juego de ping-pong.
—Yo no veo a nadie, Morgan.
—Pero te digo, Snape, que estaban aquí —su voz sonó impaciente.
—Lo siento, pero, sin prueba, no hay culpable —dijo Snape, chasqueando los dedos—. Además, diría yo, que usted iba a atacar a estos chicos —añadió mirando la varita de la joven.
Merlina bajó de inmediato la varita.
—Yo no los iba a atacar, sólo iba a utilizar las medidas necesarias. Además, este chico, Malfoy, estaba usando un mal tono conmigo, siendo insolente...
—¿Es cierto eso, Draco? —interrumpió Snape dirigiéndose al rubio.
Draco negó con cara de asombro, muy bien actuada.
—Por favor, es cierto, tú… —comenzó a alegar Merlina, incrédula.
—Si sufre de alucinaciones, Morgan, le aconsejo que vaya a San Mungo; es peligroso tener a alguien en el colegio con problemas mentales...
—Por favor, Severus, es cierto —rogó afligida, sin poder creer que estaba, precisamente, rogándole a la persona que la había insultado, en la realidad y en sueños. Decidió usar su nombre de pila, a ver si eso le ablandaba el corazón. Si él se comportaba de ese modo, iba a dar pie a que los chicos como Malfoy la trataran como alfombra y tendría el mismo destino que Filch, o peor.
El hombre arqueó levemente la ceja.
—Ya se lo dije: aquí no veo a nadie. Hágase ver en San Mungo, no costará mucho dinero. Podrá terminar matando a la mitad del colegio.
Merlina abrió la boca y alcanzó a reaccionar.
—¡Lo que digo sabes que es verdad! —chilló, pateando el suelo, y enrojeciendo otra vez, sin entender por qué se esforzaba en mantener un tono educado con ella.
Snape chasqueó la lengua.
—Veo que todavía no madura, le gusta estar jugando a las mentiritas, ¿no? Eso no es gracioso. O quizá sea algún problema psicológico. —Severus se volvió hacia el trío de serpientes—, corran, mientras puedan —aconsejó—, puede ser peligroso que se queden aquí.
Malfoy y los demás se fueron dando largas zancadas, y Snape se fue hacia el lado opuesto, pasando delante de Merlina, sin mirarla.
—No lo puedo creer —alegó ella cuando llevaba dos metros de distancia—. ¿Lo haces para molestarme?
—Lo hago porque es mi deber proteger a los estudiantes —replicó Snape antes de doblar la esquina.
Merlina se agarró el pelo y gruñó lo más fuerte que pudo, sin importarle que Snape la escuchara.
Sentía que podría estallar en cualquier momento. Regañó a varios alumnos de tercero de Hufflepuff por estar jugando con unos aviones de pergamino que estaban encantados para que volaran.
—¡La punta puede reventarle un ojo a alguien! —reprochó con el ceño fruncido—. ¡Además, estamos en un colegio de magia, no debe haber aviones, ni siquiera de papel!
Cuando se dio cuenta de lo que había hecho y los chicos se marchaban cabizbajos con los aviones arrugados en la mano, corrió hacia ellos y agarró a uno por los hombros.
—Discúlpenme, jueguen todo lo que quieran, pero córtenle las puntas... —los chicos la miraron asombrados—, no quiero ser una ogra, es sólo que no es un buen día, ¿sí? Pórtense bien... y si ven a alguien haciendo tonteras, háganme el favor de avisarme...
Dicho eso, se dio media vuelta y se fue al piso más cercano donde hubiera cosas de limpieza, pero unas personas la detuvieron, y por suerte no era ni Snape ni los Slytherin.
—Merlina —dijo Hermione, asomando la cabeza de repente por la puerta de un aula vacía.
—Hermione, ¿qué haces allí? —preguntó ella recelosa, esperando que no fuera una chica problemática, y a la vez sorprendiéndose a sí misma por recordar perfectamente su nombre, un nombre tan raro.
—Entra, necesitamos hablarte.
Merlina se encogió de hombros y Hermione la hizo pasar, cerrando la puerta tras ella.
Adentro estaba Ron, Ginny y Harry, sentados en unos pupitres, con las cabezas muy juntas y con aire pensativo.
—¿Mis sospechas son acertadas si digo que están planeando algo que atentan contra las normas? —preguntó y se fue a reunir con ellos, junto con Hermione.
—Tenemos ideas para que te vengues de Snape —reveló Ginny con un brillo maligno en los ojos.
A Merlina le costó procesar las palabras. Luego hizo un gesto negativo con la cabeza.
—Lo siento, chicos, pero yo no los puedo meter en problemas a ustedes. Sería algo terrible. Ya me quedé dormida en la tarde y me atrasé dos horas. Dumbledore me fue a despertar. A pesar de ello, no me insinuó el despido, para nada. Me dijo que era lo normal —explicó y tomó aire—. De todos modos, no quiero tentar el destino, y si los incluyo a ustedes, eso sí será mi despido definitivo. Es algo ilegal, y se supone que yo no debería tener una relación demasiado amistosa con estudiantes.
—Ah, pero atrévete a negar que Snape favorece a los suyos, los de Slytherin —dijo Ron con desprecio.
Merlina recordó lo ocurrido hace sesenta minutos. Cerró los ojos, rendida.
—Sí, es verdad. Ya lo he comprobado. No van a creerme, pero volví a pasar rabia y vergüenza, mucha vergüenza —dijo, alicaída, y les narró la otra historia, golpeando varias veces la mesa con el puño.
—Malfoy es un cerdo —dijo Harry con desprecio—. Es el predilecto de Snape, así que era obvio que iba a comportarse así.
—En fin. No sé chicos, no sé si deba entrometerlos. Puede ser peligroso para ustedes.
—Pero hay que intentarlo —apeló Hermione, quien se había mostrado un poco más optimista desde que oyó la historia de Malfoy—, así, en parte, los Slytherin también quedarán en vergüenza.
—¡Podríamos hacer una venganza contra todos ellos! —dijo Ron, emocionado.
—No —replicó Merlina—. El asunto es mío y de Snape. Los Slytherin me dan igual, y a ustedes no se les ocurra hacer algo contra ellos —advirtió cuando Harry iba a interrumpir.
Hubo un silencio. Merlina no estaba segura de hacer lo correcto. Luego, Ginny dijo:
—Entonces, Merlina, ¿estás dispuesta a hacer algo?
Merlina miró hacia la ventana. El cielo estaba negro y se aproximaba una tormenta. La voz de Snape sonó en su mente, sacándole un suspiro de rendición. El corazón se le aceleró.
—Sí —contestó al fin, con decisión—, voy a hacer algo.
—Entonces, pongámonos a lo del plan —dijo Ron.
—Esperen un momento —anunció Merlina y se paró yendo hacia la puerta. Se asomó para mirar a ambos lados, asegurándose de que no hubiera nadie quien pudiera estar escuchando su conversación. Unos cuantos profesores pasaron en grupo y por suerte no la vieron.
—Lo siento, muchachos —dijo volviéndose—. Va a tener que ser en otra ocasión, ya es la hora de la cena.
Ginny miró su reloj de pulsera.
—Oh, es cierto.
—Sí, y tenemos que bajar a cenar —insistió Merlina—. Es peligroso si nos encuentran aquí, envueltos en una discusión acerca de Snape —susurró, otra vez al lado de ellos—, y eso sí que daría para sospechar. Y si ya ustedes están encabezando su lista de "A quién odio más", es mejor disolver esto.
—Pero ¿qué ocurrirá entonces? —inquirió Hermione.
Merlina miró otra vez alrededor, nerviosa, y bajó aún más la voz.
—Mira, Harry, tú mencionaste que tienen una capa invisible, ¿no?
—Sí —respondió Harry.
—Entonces, a las doce los espero en mi despacho. Tengan cuidado... yo aquí no soy el peligro. Lo son los demás profesores, así que... en eso quedamos.
Los cuatro chicos asintieron.
—Ahora, apúrense en ir al Gran Comedor. Que no nos vean llegar juntos.
Merlina esperó un par de minutos, dándoles ventaja. Lo más probable es que Snape le dijera, si la veía con ellos, algo como "ahora se cree joven", y no quería pasar más rabias. Cuando estuvo segura, ella también bajó a cenar, sumergida aún en el pensamiento de "venganza". Para ella no era lo correcto, y, en el fondo, vengarse nunca había sido lo acertado, pero ya con lo que había oído sobre el profesor de Pociones, más lo que le había ocurrido a ella en ese sólo día, le aseguraba que, por el resto del año, estaría sufriendo los ataques e insultos del susodicho. Quería demostrarle a ese ser sin vida que ella era capaz de defenderse, y quizá una bromita para dejarlo en vergüenza no estaría nada de mal.
Cuando entró al Gran Comedor, ya los chicos estaban instalados en una conversación normal y comiendo con entusiasmo. Y Snape también estaba ocupando su asiento con su típica cara de amargado. Cuando justo ella volteaba la cara para no mirarlo, él dirigió su mirada insondable hacia ella.
Merlina se sentó en su silla, muy agradecida de que estuviera lejos de él y contenta de haber conocido a buenas personas que quisieran colaborar con ella, sin importarle que fuera conserje, que fuera mayor que ellos y que fuera hija de muggles. Ahora que lo pensaba, un poco de problemas no sería tan terrible, y si las cosas se planeaban bien, no habría de qué preocuparse.
