4º Curso. Capítulo 5

-¿Me ha hecho llamar, profesor? –preguntó Elyon al entrar en el despacho de Dumbledore.

-Sí –respondió él ofreciéndole asiento-. Verás, como no has tenido la oportunidad de aprender magia hasta la fecha, debes aprender ciertos conocimientos básicos para que puedas seguir el ritmo de los alumnos de cuarto curso.

La joven asintió.

-Aquí tienes el horario de tus clases –le dijo el profesor entregándole dos pergaminos-. Pero antes hemos de volver al Callejón Diagón y conseguir todo el material necesario para que puedas comenzar las clases mañana.

-¿Al Callejón Diagón? –murmuró inquieta.

-No te preocupes, no creo que vuelvas a toparte con mortífagos. El Ministerio de Magia está poniendo mucho empeño en atraparlos a todos, así que tienen cosas más importantes que hacer ahora que emboscarte –le dijo para tranquilizarla-. Vuelve en una hora.

Ella salió del despacho ojeando el horario y el mapa de las aulas que le había dado Dumbledore.

Lunes:

1h deTransformaciones / 1h de Encantamientos / 1h de Pociones / Descanso de 1h / 1h de Historia de la Magia / 1h de Herbología

Martes:

2h de Transformaciones / 1h de Historia de la Magia / Descanso de 1h / 1h de Herbología / 1h de Defensa Contra las Artes Oscuras

Miércoles:

2h de Herbología / 1h de Pociones / Descanso de 1h / 1h de Defensa Contra las Artes Oscuras / 1h de Encantamientos

Jueves:

2h de Encantamientos / 1h de Historia de la Magia / Descanso de 1h / 2h de Transformaciones / 24:00h 1h de Astronomía

Viernes:

1h de Historia de la Magia / 2h de Defensa Contra las Artes Oscuras / 2h de Pociones / 24:00h 1h de Astronomía

Sábado:

1h de Oclumancia / Descanso de 1h / 1h de Legeremancia

-Genial, dos horas seguidas de Pociones el viernes –murmuró Elyon con fastidio.

Cuando volvió al despacho del director, se encontró allí a Dumbledore junto a Snape.

-¿Él viene? –preguntó Elyon con desconfianza.

-Sí, necesita comprar unas cosas para el próximo curso, al igual que nosotros –contestó el director.

La semielfa lo miró con desagrado, sabía que Dumbledore no lo traía para que comprara unas cosas. Era obvio que el hombre no estaba muy seguro de que los mortífagos no volvieran a aparecer.

-Iremos con polvos flu –informó Dumbledore cuando entraron en su despacho.

Él fue el primero en desaparecer entre las llamas verdes de la chimenea.

-¿A qué esperas? –le dijo Snape impaciente.

Elyon cogió un puñado de polvos y se metió en la chimenea deseando que todo saliera bien, ese era su primer viaje a través de las chimeneas.

-Callejón Diagón –dijo ella con seguridad.

Sintió como la succionaba la chimenea mientras giraba a gran velocidad, intentó mantener los brazos y piernas pegadas al cuerpo. Recordaba que en una ocasión su padre llegó con un codo roto al no haber tenido cuidado. Comenzaba a marearse cuando notó el golpe contra la piedra de una chimenea. Dumbledore la ayudó a salir del hueco y le sacudió el hollín.

-¿Estás bien? –le preguntó el anciano.

-Sí, mareada pero bien –respondió Elyon observando el lugar donde había ido a parar, el Caldero Chorreante.

-¿Comenzamos a caminar, Albus? –preguntó Snape a sus espaldas.

Una vez más se adentraron en la calle adoquinada repleta de gente que iba de un sitio a otro. Elyon miró a todos lados con nerviosismo, desconfiando de todo aquel que pasaba cerca de ellos.

-¿Te importaría relajarte? Tu nerviosismo empieza a ser desquiciante –le murmuró Snape.

-Yo no estoy nerviosa –respondió Elyon sin dejar de caminar.

-Cierto, estás histérica –se corrigió el chico.

Ella lo fulminó con la mirada.

-Mientras ese colgante que llevas no se vuelva rojo, no tendrás que preocuparte de quién está cerca de tí –le dijo Snape sin mirarla.

Elyon cogió su colgante en forma de lágrima. Ahora que lo pensaba solo lo había visto brillar de ese color en dos ocasiones, cuando Voldemort irrumpió en su casa, y cuando aquel mortífago se la llevó a rastras, pero hasta ese momento, no le había dado importancia al colgante que años atrás le había regalado su padre. Suspiró tranquila al ver que seguía siendo de un intenso azul cielo.

-Severus, ¿te importaría comprar lo que hay en la lista? –le dijo Dumbledore tendiéndole un pergamino- Nos vemos en la modista.

Snape desapareció entre la gente que caminaba por la calle. El director y Elyon se detuvieron delante de una tienda de ropa con el nombre "Madame Malkin, túnicas para todas las ocasiones". Al entrar vieron a varios muchachos probándose unos uniformes escolares, que se la quedaron mirando con curiosidad.

La modista se acercó a ellos y los acompañó a una pequeña tarima, en la que la mujer le tomó las medidas a la joven para confeccionarle el uniforme que constaba de una túnica de trabajo con capucha, larga hasta los pies de color negro y mangas anchas, un jersey gris oscuro, bajo este una camisa blanca y una corbata a rayas grises y negras, una falda que le llegaba por las rodillas del mismo tono gris que el jersey, y unos pantalones largos también del mismo color.

Una vez tuvieron el uniforme, Dumbledore no salió de la tienda, si no que caminó hasta el fondo del establecimiento, donde había una puerta sencilla que parecía llevar a un almacén. Al otro lado se abrio otra tienda muy distinta a la anterior, era mucho más grande y tenía dos niveles. Una mujer alta y guapa se acercó a ellos y les habló en élfico. Elyon sintió algo de frustración al no entender del todo lo que decían, prácticamente nunca lo había hablado en casa. Dumbledore le contestó y puso una mano en el hombro de la joven.

-¿Qué hacemos aquí? -le preguntó ella confusa.

-Quería regalarte algo útil -le respondió el profesor con una sonrisa.

-¡No! No hace falta, de verdad, prefiero pagarlo yo -se apresuró en contestar metiendo la mano en su bolsillo a pesar de que sabía que no llevaba dinero encima.

-Por favor, déjame que te lo compre, nunca se sabe cuándo te puede hacer falta ropa más formal.

-No me parece correcto –insistió ella.

-No pienso ceder –sonrió el anciano.

Elyon torció el gesto y resopló incómoda.

-De acuerdo –suspiró.

El director le hizo un ademán para que diera una vuelta por la tienda y escogiera alguno de los vestidos. Todos eran muy bonitos, pero uno en especial era el que más le gustaba, de color negro y plata consiguió llamar su atención sobre el resto. Lo cogió y se dirigió al probador justo cuando llegaba Snape.

-Aquí lo tienes todo, Albus –el chico llegó hasta el mago con un pequeño caldero que contenía unos cuantos libros y una caja de madera.

-Gracias, Severus –le dijo el anciano y con un ademán le indicó que lo dejara todo encima del mostrador.

Elyon se miró en el espejo que había dentro del probador. Tanto el cuello alto como los puños ceñidos, que le quedaban largos, tenían un curioso y discreto bordado en plata. Un cinturón plateado de estilo medieval, también bordado en plata, completaba el conjunto.

-Estás preciosa –le dijo Dumbledore cuando la chica salió del probador.

-No sé –dudó Elyon-, me va grande.

-¿Tu qué opinas, Severus?

Snape estaba de pie mirando la calle distraídamente a través del escaparate, se giró y observó a Elyon de arriba abajo. Ella se movió incómoda al notar como los penetrantes ojos del chico la examinaban con detenimiento.

-Opino que me trae sin cuidado –contestó con frialdad volviendo a mirar hacia la calle.

Elyon lo miró frunciendo el ceño con enfado, le asombraba y repateaba lo increíblemente borde que era.

-Bien, decidido, nos lo llevamos –dijo Dumbledore- ¿Puede ajustárselo?

-No hay problema –sonrió la dependienta sacando unos alfileres del alfiletero que tenía atado a la muñeca y colocándoselos en la boca.

Antes de empezar a trabajar, la mujer se hizo un recogido rápido, dejando ver sus orejas acabadas en punta, como las de Elyon. Una sonrisa cruzó los labios de la joven. Nunca había visto otros elfos a parte de su padre.

-¿Por qué me viene tan enorme? –preguntó Elyon.

-Porque los elfos de tu edad son más altos, pero como tú estás emparentada con los humanos... -explicó él.

-Soy un tapón –finalizó ella torciendo el gesto.

-Para los elfos, puede decirse así –comentó Dumbledore.

Los ojos de Elyon se desviaban continuamente a la calle mientras el anciano pagaba. Quería explorar aquel lugar que se hallaba tras el cristal, necesitaba saber más de él. El simple hecho de estar allí la hacía sentirse llena de energía y feliz, como si por fin estuviera en casa.

-¿Te apetece dar una vuelta? –le preguntó Dumbledore con dulzura.

-¿No tenemos que comprar otras cosas? –dijo Elyon extrañada.

-Solo nos falta la varita, el resto lo ha comprado el profesor Snape –le dijo- ¿Te animas a dar un paseo por el Callejón del Sauce?

-Me encantaría –contestó ella con una enorme sonrisa, cogiendo las bolsas con el uniforme y el vestido, y dirigiéndose a la puerta.

Sintió un déjà vu al salir a la calle, como si ya hubiera estado allí. No, no era un déjà vu, sabía que había estado allí, en algún momento, pero no podía recordar cuando.

Aquel lugar era muy diferente al Callejón Diagon. La calle era mucho más ancha y menos concurrida, entre los adoquines crecían hierbas y flores, no había árboles, pero todo parecía estar a su sombra, lo que producía la sensación de estar caminando por un bosque tranquilo. La gente se comportaba de forma distinta, iba y venía con más lentitud y los niños jugaban en mitad de la calle. Las tiendas contenían algunos objetos extraños y otros más cotidianos, y de las fachadas colgaban enredaderas y adornos de cristal de colores. Pasaron frente a un pequeño bar y las tripas de Elyon gruñeron al oler la comida.

-¿Comemos algo? –rio el profesor.

-Si no es mucho pedir... -respondió ella sonrojándose.

Pasaron al interior y el anciano pidió por todos, era un bar estrecho que olía intensamente a hierba buena. La comida estaba buenísima, una especie de masa de pan dulce con carne picada y asada en su interior, junto con muchas verduras diferentes también asadas y un poco de queso, todo adobado con salsa picante. Cuando terminaron de comer, salió del local, le daba la sensación de que Dumbledore y Snape querían hablar de temas que no le concernían. Y no se equivocó. Porque en cuanto se alejó lo suficiente los dos comenzaron a hablar con el semblante serio. Elyon se apoyó en la pared de la calle y observó con atención a su alrededor. Todo aquello era tan extraño... miles de pensamientos cruzaron su mente, miles de preguntas... pero la que destacaba sobre todas era la de por qué no podía recordar cuándo había estado allí, por qué sus padres no le habían hablado de aquello, por qué la habían dejado al margen.

Sus ojos se humedecieron, todo estaba ocurriendo demasiado rápido para que pudiera asimilarlo. Resbaló sobre la pared y se sentó en el suelo. A su lado crecía una planta muy tupida de color verde intenso, llena de flores azules. Su olor era dulce, los pétalos largos y suaves se abrían con delicadeza y caían con gracia sobre el tallo, dejando a la vista trenzas de polen dorado que se mantenían algo más erguidas que los pétalos. Al mirar las flores azules la imagen de su madre le vino a la mente, y no pudo recordar la relación que había entre ambas cosas.

Iba a coger una de las preciosas flores cuando una mano la detuvo con brusquedad. Levantó la vista y se encontró con unos ojos fríos, negros y profundos.

-No las toques –le dijo Snape soltando su muñeca.

Ella obedeció sin rechistar, había algo en sus ojos y su voz que la hicieron permanecer callada. El hombre la miró fugazmente y se alejó calle abajo.

-Vamos, solo queda tu varita –murmuró Dumbledore.

A medida que avanzaban Elyon vio más de aquellas plantas, que crecían incluso en medio de la calle. Una extraña tristeza la invadió mientras las observaba.

…..

Llegaron a una tienda estrecha y de aspecto abandonado, con un letrero escrito en letras doradas que decía: "Ollivander: fabricantes de varitas desde el 382 a.C." Al entrar escucharon el sonido de una campanilla y un hombre viejo, con ojos grandes y pálidos que brillaban en la penumbra del local, apareció entre las polvorientas estanterías.

-Buenas tardes –les dijo el anciano.

-Buenas tardes –respondió Dumbledore-. Hemos venido a por su primera varita.

El señor Ollivander miró con atención a Elyon y retiró sus mechones azulados dejando a la vista sus orejas picudas.

-Me lo imaginaba –murmuró-. Creo que tengo justo lo que necesitas ¿Cuál es su potencial? –le preguntó a Dumbledore.

-No lo sé, aún no ha utilizado la magia.

-Entiendo –comentó el señor Ollivander golpeándose la barbilla, pensativo.

El anciano desapareció entre las estanterías y reapareció con una caja alargada, la abrio y sacó una varita. Era de color muy claro, casi blanca, y tenía varias líneas sinuosas en relieve que formaban dibujos por todo el mango.

-Madera de sauce de 37,5cm, muy elástica, contiene polvo de escamas de dragón –le dijo el hombre-. Pruébala.

-¿Cómo?

-Cógela –respondió el anciano tendiéndole la varita.

Elyon alargó la mano indecisa, al tocar la varita sintió un desagradable calambre en la mano que se extendió por su brazo hasta el hombro y le hizo soltar la varita.

-Hay mucho potencial por pulir –le dijo el señor Ollivander recogiendo la varita del suelo con una sonrisa-. Tendrás que ir con mucho cuidado para no dañarla, las fabrico con mucho cariño y cada una es única.

La joven asintió sin comprender muy bien qué intentaba decirle.

…..

Una vez de vuelta en el despacho de Dumbledore, Snape se fue sin mediar palabra, con la mirada perdida, triste y llena de culpabilidad, la misma mirada que tenía desde que llegaron al Callejón de Sauce. Elyon se lo quedó mirando mientras salía por la puerta.

-¿Le pasó algo en el Callejón de Sauce? –preguntó ella aun con la vista fija en la puerta cerrada.

Dumbledore suspiró con pesadumbre.

-Hace unos años hubo una gran desgracia allí –contestó él con tristeza-. Ni siquiera los elfos estaban a salvo en la lucha contra Voldemort.

-Snape estaba allí, ¿verdad? Con los mortífagos –prosiguió ella.

-¿Qué te hace pensar eso?

-Desde que hemos estado allí, parece que algo lo carcome por dentro –explicó ella.

El silencio de Dumbledore confirmó las sospechas de Elyon.

-¿Me dejas ver con más tranquilidad tu canalizadora? –le dijo Dumbledore sentándose en su mesa.

-¿Canalizadora? ¿No es una varita? –la joven se acercó a él tendiéndosela.

-No, los elfos no necesitan varita ni nada parecido para usar la magia. Pero tienen otros métodos de enseñanza que yo desconozco, así que hasta que aprendas a utilizar la magia solo con tu cuerpo y tu mente, mejor que tengas esto. Así te será más fácil controlarla –explicó él examinando la canalizadora.

-¿Eso quiere decir que con el tiempo dejaré de necesitarla? –preguntó ella incrédula.

-Exactamente. La canalizadora simplemente te ayudará a concentrar la magia en un punto concreto. Además, si llevas algo parecido a una varita, te será más fácil integrarte entre el resto de alumnos.

Elyon torció una sonrisa recuperando la canalizadora.

…..

El lunes se levantó temprano, nerviosa por el comienzo de las clases, aunque de haber sabido cómo le iban a ir, se habría quedado en la cama. En Transformaciones no consiguió convertir un escarabajo en botón, ni siquiera consiguió un leve dibujo del objeto sobre su caparazón. Y en Encantamientos no fue capaz de levantar una pluma de la mesa, por un momento se movió, pero resultó ser el aire que entraba por la ventana. El día no podía pintar peor, sobretodo porque luego le tocaba Pociones.

Abrio la puerta de la mazmorra con brusquedad y entró de muy mal humor, dejó el caldero de mala manera y tiró la maleta sobre la mesa.

-Hoy nos hemos levantado con el pie izquierdo –comentó Snape desde su mesa.

-Mantén la bocaza cerrada y no empeores las cosas –contestó ella sacando el material de la maleta.

-Vuelve a contestarme así y te arrepentirás –la amenazó.

-No creo que encuentres un castigo que sea peor que el día que estoy pasando –Elyon se mordió la lengua al darse cuenta de lo que había dicho, a él qué le importaba como estaba siendo su día, y lo peor era que seguramente ahora preguntaría para reírse de ella.

Snape la miró alzando una ceja y se acercó a ella. Aunque seguía vistiendo enteramente de negro, había cambiado su camisa por una de cuello mao. Y sobre los hombros llevaba una capa negra, que le hacía parecer más alto y amenazador, sujeta sobre la clavícula derecha con un broche de plata en forma de serpiente enroscada.

-¿Por qué no me contestas directamente? – le dijo Snape.

-¿Cómo...?

-Tu cara lo dice todo –contestó él- ¿La magia no es cómo te esperabas?

-Es una mierda –refunfuñó ella sentándose en un taburete con los brazos cruzados.

-¿No esperarías que te saliera todo a la primera? –comentó Snape algo incrédulo.

-No, pero seguro que conseguiste levantar una estúpida pluma –contestó ella.

-Todo el mundo consigue levantar una pluma, aunque sean solo unos centímetros ¿Tú no? – se mofó.

Ella miró al suelo avergonzada, ¿por qué le estaba contando aquello?

-No me lo creo –rio Snape.

-Cree lo que quieras –suspiró.

El profesor se acercó más a ella.

-¿Cómo es posible que no hayas conseguido levantar una pluma? –no podía esconder una sonrisa socarrona.

-No sé, dímelo tú que para algo eres profesor –respondió con enfado.

El profesor la observó unos segundos y torció una sonrisa.

-Saca tu varita y una pluma –le ordenó, Elyon lo miró extrañada- ¿Es que de repente te has vuelto sorda?

La muchacha obedeció, sacó su canalizadora y la pluma con la que escribía.

-Vuelve a intentarlo –le dijo el profesor cruzándose de brazos.

Elyon suspiró con hastío.

-Wingardium leviosa.

La pluma no se movió en absoluto, Snape la hizo repetir el encantamiento otras tres veces, pero no ocurrio nada.

-Tanto el movimiento de muñeca como la pronunciación están bien –murmuró para él.

-La magia es una mierda –gruñó de nuevo cansada, tirando la canalizadora a un lado.

-No podrás utilizar la magia si en el fondo no quieres usarla, te estás bloqueando a ti misma –le aclaró él-. Así que si no cambias de parecer, no hará falta que sigas en este colegio.

Elyon fijó la vista en el suelo, ¿era aquello verdad? Recordó la vez que su madre no conseguía encender los fogones y ella deseó que se encendieran, entonces las cortinas de la cocina se prendieron fuego y su padre montó en cólera, castigándola semanas en casa sin ni siquiera poder asomarse a la ventana. Recordó todas esas veces que sin querer había usado la magia, las caras de horror y preocupación de sus padres. En su casa la magia estaba prohibida, nunca le explicaron el motivo, pero con el tiempo aprendió que solo acarreaba miedo y tristeza. Y en el mismo momento en que vio morir a su padre deseó más que nunca no tener nada que ver con ella, deseó ser como los muggles. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

-Me lo ha arrebatado todo, por su culpa estoy sola –murmuró entre sollozos-. Si no existiera la magia mis padres aun estarían vivos.

-Eso es una estupidez, la magia no tiene la culpa de nada –dijo Snape con frialdad.

-¡Sí que la tiene! ¡Tú no lo entiendes! ¡No tienes ni idea de cómo se siente una persona que se ha quedado sola! ¡Tú eres uno de aquellos malditos mortífagos que obedecían a Voldemort!

-La que no tiene ni idea de nada eres tú ¿Crees realmente que solo a ti se te ha derrumbado el mundo encima durante la Guerra? –dijo Snape irritado pero intentando mantener la calma.

-¡Pero no es justo! ¡Yo solo quería tener una vida normal! Poder salir a la calle cuando quisiera, venir a la escuela a los once, relacionarme con gente... -gritó mientras unas lágrimas traicioneras recorrían su rostro haciendo que se le entrecortara la voz.

Elyon no pudo aguantar más las lágrimas y comenzó a llorar sin consuelo, tapándose el rostro con las manos, para que Snape no la viera llorar. En la mazmorra reinó el silencio, solo interrumpido por los sollozos de la muchacha.

-No puedes dar la espalda a tu procedencia, has de sentirte orgullosa por quien eres –le dijo Snape-. Perteneces a la Comunidad Mágica, te guste o no, nadie puede cambiar eso. Si te niegas a aceptarlo, si sigues queriendo ser un vulgar muggle... estás traicionando la memoria de tus padres, porque ellos sí se sentían orgullosos de pertenecer a ella.

Snape le pasó la canalizadora, ella la cogió secándose las lágrimas, avergonzada por esa muestra de debilidad. Miró la pluma. Después de todo era cierto lo que Snape le había dicho, dar la espalda a la magia y todo su mundo, era dar la espalda a sus padres. Y no pensaba hacerlo.

-Wingardium leviosa –pronunció ella con decisión.

Y para alegría suya la pluma se levantó unos centímetros de la mesa, Elyon sonrió e hizo que se elevara más y luego volviera a bajar. Snape torció una sonrisa, parecía que finalmente la chica había decidido que prefería ser una bruja que un simple y patético muggle. Tras ese encantamiento, el profesor la ayudó a realizar un par de ejercicios más.

La puerta se abrio y Dumbledore entro por ella.

-Creo que me he equivocado, estaba buscando la clase de Pociones, pero he ido a parar a la de Encantamientos –comentó.

Snape alzó una ceja dando a entender que el comentario no tenía gracia.

-Estaba preocupado, porque la clase de Pociones debería haber acabado hace quince minutos, así que he venido a buscarte.

Elyon asintió mientras recogía sus cosas y se dirigía a la puerta.

-¿Qué ha pasado? –preguntó Dumbledore al ver la cara de la chica.

-Nada, de verdad –contestó ella mientras se secaba los restos de lágrimas con la manga.

-¿Seguro? -insistió el director.

-Lo único que ha pasado es que hemos solucionado un pequeño problema que me ha costado una hora de clase, que puedes estar segura que recuperaré –dijo Snape mirando a Elyon con la habitual frialdad.

La siguiente clase fue Historia de la Magia, Dumbledore le recomendó que la hiciera sola leyendo los libros reglamentarios. Herbología resultó ser muy entretenida, aunque bastante complicada en lo que se refería a nombres de plantas, no estaba segura de poder llegar a memorizarlo todo.

Las clases del martes fueron mejor gracias a la charla que tuvo la mañana anterior. Abrio la puerta de la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras y en su interior vio a un hombre vestido de negro.

-¿Pero cuántas clases das tú? –preguntó ella.

-Solo Pociones, pero falta la profesora que imparte esta asignatura y el profesor Dumbledore está muy ocupado –explicó él con una mueca-. Deja tus cosas en la mesa y saca tu varita, el profesor Dumbledore me ha pedido que te de prácticas y no teoría para que aprendas cuanto antes algunos hechizos de defensa.

-No es una varita, es una canalizadora –puntualizó la chica.

Snape la miró dejándole claro que le daba igual. Elyon sacó la canalizadora y se situó frente a él, algo que no le gustó nada.

-¡Expelliarmus! –gritó él.

La semielfa dio gracias por tener reflejos considerables y así poder esquivar el hechizo.

-¿Pero qué haces? –le gritó enfadada.

-Comprobar tus reflejos y tu tiempo de reacción –contestó él como si nada-. Cuando te ataquen en una situación real no te avisarán, intentarán cogerte desprevenida.

La joven apretó los labios con enfado y levantó su canalizadora.

-¡Expelliarmus!

Snape se protegió del ataque con un Protego y contraatacó. Pero Elyon se protegió de este con el mismo hechizo escudo que había utilizado su profesor.

-Aprendes rápido, creo que esto va a ser muy divertido –rio Snape con maldad- ¡Tarantanegra!

Se pasaron la clase lanzándose hechizos para intentar desarmar al contrario. Cuando acabó, Elyon tuvo que admitir que aun teniendo a Snape de profesor, había sido una clase muy divertida.

Fue mejorando en las asignaturas a medida que practicaba, pero los profesores le decían que tendría que esforzarse más en las pocas semanas que quedaban para que empezara el curso escolar, si quería llegar al nivel mínimo de cuarto curso y no quedar atrás respecto a sus compañeros. Aun así prefería acabar exhausta a causa de las clases antes que pasarse el día encerrada en la habitación pensando en sus padres.

La doble clase de Pociones no fue tan terrible como imaginaba, era muy relajante en comparación con las demás. Aunque le resultaba agobiante que Snape estuviera todo el tiempo encima de ella observando el desarrollo de la poción.

-¿Por qué diablos miras tanto las velas? –le preguntó cansado de que su alumna desviara todo el tiempo su atención de la poción para mirar las velas que iluminaban la oscura mazmorra.

-Porque no tengo reloj y con las velas calculo el tiempo –explicó ella añadiendo el último ingrediente a la poción.

-¿Qué no llevas reloj? –exclamó el profesor con una mezcla de sorpresa y enfado.

-No suelo usarlo, me oriento por la luz, es algo que me enseñó mi padre.

A Elyon le pareció que Snape murmuraba algo como "elfos", aunque prefirio no hacer comentarios.

-La poción está acabada, ¿puedo irme ya? –preguntó ella.

El hombre se acercó y observó el resultado.

-Está bastante bien, pero te recomiendo que traigas reloj a las próximas clases –le dijo de mal humor- No siempre puedes fiarte de la velocidad a la que se consumen las velas, hay muchos factores que pueden modificarla.

…..

Ya solo le quedaba por probar las clases de Oclumancia y Legeremancia, sentía especial curiosidad por ellas. Dumbledore le había dicho que al ser legeremante, era muy importante que aprendiera a controlar esa habilidad y evitar que otros se aprovecharan de ella. Una vez más las clases las impartió Snape porque no había otro profesor, según él, que estuviera lo bastante capacitado.

-Relájate –murmuró él mientras daba vueltas a su alrededor.

Snape la había hecho ponerse en medio de la sala con los ojos cerrados, para que pudiera dejar la mente en blanco en la clase de Oclumancia.

-No pienses en nada –siguió hablando en la silenciosa aula-, imagina que no existe nada a tu alrededor...

La profunda voz del profesor era lo único de lo que era consciente en esos momentos, aquella situación la hacía sentirse incómoda, vulnerable, pero la voz y el tono del chico conseguían relajarla.

-Solo se consciente de tu cuerpo y tus sentidos, no estás en ningún lugar –la voz de Snape seguía dando vueltas a su alrededor, y cada vez se acercaba más a ella-, el tiempo no existe...

Elyon salió del extraño trance bruscamente al notar el aliento del hombre cerca de su oreja.

-¿Qué haces? Ya casi estabas relajada –gruñó él molesto.

-¡¿Qué haces tú hablándome al oído de sopetón?! –contestó ella de mal humor tapándose la oreja.

-Ya hemos perdido mucho tiempo como para volver a empezar con las técnicas de relajación, probemos como defiendes tu mente ante una agresión de este tipo. Así que vuelve a relajarte todo lo que puedas –le dijo Snape.

La apuntó con la varita y Elyon notó una extraña sensación en la cabeza, como si alguien intentara entrar, pero consiguió rechazarla.

-Vaya, a la primera... –comentó con tono seco.

El profesor volvió a hacer lo mismo diez veces más, hasta que la hora acabó. Elyon se sentía tremendamente cansada, le dolía la cabeza y lo peor era que solo tenía una hora de descanso antes de la siguiente clase. En Legeremancia Elyon tuvo que intentar hacer lo que su profesor había intentado hacer con ella la clase anterior. Y como se había imaginado desde un principio, tampoco ella consiguió penetrar en la mente de su maestro, aunque logró sentir levemente los pensamientos más superficiales del chico, que también le comentó algunos trucos para no meterse por accidente en la mente de una persona.

-Gracias –le dijo Elyon cuando la clase acabó.

-¿Por qué? –le preguntó Snape con desinterés.

-Por todo –ella se encogió de hombros.

El chico sabía que se refería lo que había pasado en su primera clase de Pociones.

-Solo cumplía mi trabajo como niñera –contestó él-, aunque no hay de qué.

Elyon sonrió y salió de la clase, quizá después de todo Dumbledore tuviera razón, quizá Snape no era tan malo como intentaba hacer creer a los demás.