Capítulo 8: Intrusión en la mazmorra

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Apenas terminó de cenar se fue a dar un baño, se cambió de ropa y bajó nuevamente para ejercer la vigilancia. Antes de que tuviera la reunión con los cuatro Gryffindor, fue a alimentar las chimeneas que amenazaban con apagarse, aunque no mucho después se iba a ver obligada a extinguirlas, lo mismo que las antorchas. Luego se dirigió a limpiar el Vestíbulo con un par de escobas, manejándolas con la varita, y lo mismo hizo con el trapero. Así, si es que alguien pasaba por allí, podía ver que era eficiente en su trabajo. Por suerte los elfos domésticos se encargaban de lo demás, que era lo más pesado y difícil de hacer. Lo raro es que no se había topado con ningún elfo aún, y es que eran demasiado silenciosos. Hizo, en el camino, varias señas a los profesores que conocía y que subían a sus despachos. Miró de reojo a los muchachos que pasaron muy cerca de ella, mientras terminaba de sacarle la tierra a una de las armaduras, todo mediante magia. Draco Malfoy también pasó cerca de ella y sin disimulo escupió en la alfombra, pero nadie más se percató de su inmundo acto. Merlina contó hasta diez y lanzó un gran suspiro. Segundos después evitó la mirada de Severus, quien caminaba a varios metros de distancia.

Por fin a las diez ya no quedaba nadie merodeando en los pasillos, aunque permaneció patrullando por allí con la luz de la varita encendida hasta siete minutos para las doce. A esa hora partió a su despacho.

Entró y, antes de que se cerrara la puerta, unas voces hablaron y la hicieron sobresaltar.

—Merlina, somos nosotros.

—Pasen —murmuró como un ventrílocuo inexperto y se hizo a un lado viendo tres pares de pies que se asomaban por debajo de la capa de invisibilidad. Luego de asegurarse de que estaban adentro, cerró la puerta y tres jóvenes aparecieron de la nada. Harry dobló su capa y la dejó en el escritorio de Merlina.

—Vaya —exclamó Ron, asombrado, mirando el entorno—, esta oficina es mucho más grande de la que tenía Filch, y agradable.

—Sí —dijo Merlina, sin darle mucha importancia, ya que de nuevo estaba preocupada—. ¿Nadie los ha visto venir? —Los tres negaron con la cabeza—. ¿Dónde está tu hermana? —dijo a Ron.

—Tuvo que quedarse haciendo unos deberes —respondió Hermione—, a la pobre la bombardearon hoy con tareas por culpa de un alumno de su clase que hizo estallar un caldero, y como ley pareja no es dura, los castigaron a todos.

—¡Vaya! Qué mal —replicó Merlina, horrorizada—. ¿Y quién fue? ¿McGonagall? —indagó pasando por alto lo del "caldero".

Los tres se miraron lúgubremente y exasperados.

—¿A que no adivinas?

Merlina se puso una mano en la cara, sintiendo que enrojecía de ira. Ahora cualquier cosa que tuviera que ver con aquel vil hombre del demonio le enfurecía. Luego de ese ataque de rabia, respirando hondamente, se calmó.

—Bueno, bueno, por algo estamos aquí. Pero es mejor que entremos a mi habitación, que desde aquí se pueden oír las voces, y adentro tengo sillones más cómodos.

Echó llave a la puerta de la oficina y a la de su cuarto cuando entraron. Se sentaron plácidamente, pero todos con cara de nerviosismo.

—Entonces, ¿es cierto que tienen un plan?

—En realidad, Ginny fue el genio —reconoció Ron satisfecho—, y es un plan bastante bueno.

—Cuéntenmelo ahora, que tengo unas ganas locas por vengarme… En serio, ahora ya no temo a nada, realmente se ha comportado como un cerdo…

—¿Y cuándo no? —dijo Harry frunciendo el entrecejo.

—Sí… —admitió con pesadumbre—. En fin, díganmelo.

—Mis hermanos, Fred y George, tienen una tienda de chascos en el Callejón Diagon —comenzó Ron, pero en voz mucho más baja—. Allí venden todo tipo de cosas… desde magia muggle a las cosas más increíbles en el ámbito de la magia bromista.

"Estuvimos bastante tiempo pensando, y a Ginny se le ocurrió la idea, para nada complicada, de comprar un tarro de crema de color Pintamono y un acondicionador que tiñe el pelo. Pero no son cualquier cosa… Ambos son de la gama de "Invisible a los ojos propios", o sea, que si se lo aplicaras a Snape, podría pasearse por todo el colegio sin darse cuenta de que está pintado, a menos que se mire al espejo y se haga un hechizo revelador. Lo que simplifica las cosas, es que puedes darle una pastilla de sueño, o lo que sea, y tienes la facilidad de entrar sin problemas a su despacho para pintarlo… y no se dará cuenta. Tarda una hora en hacer el efecto.

Merlina no contestó de inmediato. Estaba imaginándose a Snape pintado de pies a cabeza de un color fucsia, paseándose por todo el colegio, cantando la canción de Barney, el dinosaurio que vive en nuestras mentes, y que cuando se hace grande es realmente sorprendente —en Estados Unidos uno de sus primos era fanático de esa criatura—, y todos riéndose de él, a carcajada suelta. Luego formuló una sonrisa y miró fascinada a Ron, Harry y Hermione.

—Es… perfecta. Es una idea perfecta. Inocua en cierto sentido, pero suficiente para humillarlo frente a todos, como merece.

—Hermione insistió en que no debía ser algo que pusiera en riesgo la integridad física o mental de Snape —comentó Harry con un dejo de rencor en la voz.

—No hay necesidad de llegar a tales extremos, ¿verdad? —se defendió ella.

—Sí, sería caer muy bajo —reconoció Merlina—. ¿Cuánto se demorará el pedido, Ron?

—Bueno, unos tres días si lo hacemos ahora.

—Perfecto. Sí, porque dudo que le pueda aguantar toda la semana sus pesadeces —admitió—. Ahora, cada vez que me mira, estoy segura de que esboza una de sus sonrisas sardónicas, y no puedo soportarlo. Me pongo como un tren echando vapor —apretó su puño, enterrándose sus propias uñas en la mano.

Hermione le dio una palmada suave en el brazo.

—Ya verás que resultará bien.

—Sí…

—Y bien, ¿de qué color quieres las pinturas?

—Eh… —estuvo a punto de decir "morado", pero luego cambió de idea—. Verde, y el verde más repugnante que tengan tus hermanos, así le hace juego con los de su podrida casa… —hizo una pausa—, ¿no se puede dejar a la persona desnuda?

—No, eso no depende de nosotros, a menos que pintes la ropa —dijo Ron—, pero si es un color llamativo, basta con la cara, el pelo y las manos. Aunque si puedes pintarlo entero… —Harry y Hermione se miraron con una expresión de estar a punto de vomitar— eso ya sería cosa tuya. Lo bueno es que la pintura tarda dos días en salir.

—Y contando con que Snape se bañe una vez al mes —agregó Harry—, no saldrá ni a la semana.

Todos rieron a pata suelta. Merlina fue la más escandalosa y por su culpa estuvieron diez minutos completos con ataque de risa.

—Aaay… Ayayay, bueno. —Merlina miró la hora, ya habían transcurrido treinta minutos—. Es mejor que nos demos prisa. Ron, ¿puedes escribirles la carta a tus hermanos? Yo cubro los gastos y la envío, a fin de cuentas, soy yo la autora oficial de esto.

—Sí, no hay problema.

Merlina dio pluma y pergamino al pelirrojo, quien escribió una carta de no más de seis líneas.

—Listo —dijo, y Merlina la echó a un sobre, sacó unos cuantos galeons y los depositó dentro, haciéndole un encantamiento fortalecedor al sobre para que resistiera el peso del dinero.

—Yo los acompaño a la torre, y así aprovecho de pasar a la lechucería: al menos sé que de noche es segura.

Volvieron a su oficina. Los chicos desaparecieron bajo la capa nuevamente y salieron todos juntos, Merlina fue iluminando el camino para que no chocaran con las armaduras. Cuando llegaron al séptimo piso, todos susurraron un "adiós" y Merlina fue a dejar la carta.

Tomó a una lechuza cualquiera y le dio las instrucciones, rogándole porque se diera prisa. El animal ululó cariñoso y se perdió en la noche salpicada de estrellas y de muy pocas nubes.

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El simple pensamiento de que podría vengarse de Severus, le hizo tener un poco más de paciencia durante los días siguientes. Snape ya no dejaba los insultos reservados para el público de Slytherin. Se aprovechaba de cualquier ocasión en que no estuvieran presentes más que alumnos, fuera de la casa que fuera. Incluso, aunque ella hubiese cometido algún acto erróneo o vergonzoso del cual nadie se dio cuenta, metía su lengua venenosa con más saña, para que todos se enteraran de su estupidez, como incitándole a que ella actuara de mala manera, explotara, o precisamente, se vengara. Aunque eso era un mal indicio, ya que no era correcto que un profesor persuadiera al desorden. ¿Qué pretendía él? ¿Acaso presentía que ella podía hacer algo en su contra y estaba poniéndose el parche ante la herida? Sin embargo, ella, concienzudamente, intentaba no mirarlo, de morderse el labio inferior hasta sacarse sangre, apretar los puños y pensar felizmente en la venganza del sábado en la madrugada, que era el día para el que estaba predestinado todo. Quería ser buena y no interrumpir las clases, y eso ya era muy considerado de su parte. Quería que Snape sufriera las consecuencias, pero que los niños no pagaran por él. Sin embargo, a pesar de toda la furia acumulada de Merlina, el hecho de ya no querer mirarlo a los ojos era por la razón de que le habían vuelto los cosquilleos en el cuello. O quizá era sólo su imaginación, pero creía que Snape tenía un poder especial para hacerla sentir mal o intimidada. No tenía idea que eso se llamaba "ansiedad por química".

Y, a decir verdad, el maestro de Pociones era el único que le daba problemas. Los demás eran muy buenos; Billy Bored había resultado ser más simpático de lo que se esperaba, aunque eso no quería decir que su manera de ser y su voz no fueran aburridísimas. También Flitwick le había enseñado un encantamiento de apagado completo en el castillo para la luz de las antorchas, al igual que el encendido, lo que le había facilitado mucho más las cosas en la noche, y aplicaba para chimeneas.

Sólo un par de veces se asustó por la presencia de unos seres extraños que merodeaban el castillo a altas horas de la noche, provocando sombras alargadas y tenebrosas a la luz de la luna, en las murallas de piedra y en el suelo. Luego se dio cuenta de que eran los elfos domésticos, que procuraban no hacer ruido y de cumplir las labores en los baños y Salas Comunes. No se dedicó a tratar con ninguno; no quería distraerlos de su trabajo tan dedicado.

Los muchachos tampoco la volvieron a visitar, por orden de ella. Ya no había nada que conversar y ella lo tenía todo planeado. Aparte, no había tenido mucho tiempo, porque, en tres ocasiones, algunos profesores le habían pedido que les ordenara el aula que había desordenado Peeves durante la tarde, luego de las clases. Merlina lo hizo con gusto, y ejecutaría de nuevo el trabajo de buena manera siempre que no fuera Snape quien se lo pidiera. Ya cada vez le costaba menos los encantamientos de limpieza.

Finalmente, el viernes en la tarde, a la hora que dormía, le llegó el pedido de Sortilegios Weasley, la tienda de los hermanos de Ron. Ahora que tenía ahí presente los materiales a utilizar, se sentía más nerviosa que nunca, porque era completamente diferente imaginárselo que ejecutarlo. Pero, cuando vio a Snape a la hora de la cena, se le pasó toda sensación de cobardía y se prometió que saldría todo bien. Y, en realidad, no había motivo para que no resultara. La pomada y el acondicionador estaban bajo siete llaves y con Sprout se había conseguido un poco de polvos de sueño, que lo producían unas plantas bastante raras en el invernadero. Por eso eran siempre importantes las buenas relaciones con los demás profesores.

—Bien —suspiró cuando eran las dos de la mañana—, falta una hora, una hora... —susurró mientras vigilaba el sexto piso, de aquí allá, luego subiendo al séptimo, vigilando las torres... Las cosas las tenía guardada en el bolsillo, junto con un gorro y unos guantes de goma para no dejar ningún rastro sospechoso.

La hora avanzaba lenta. Peeves la había sorprendido, pero ya no le asustaba. Se encontró con un elfo estrafalario que vestía ropa de todo tipo, muchos gorros sobre la cabeza y, en su mayoría, calcetines. Se entretuvo tarareando canciones, saltando escalones de uno en uno, metiendo la pata en un escalón falso, cayéndose al suelo cuando logró salirse y, por último, bajando a las mazmorras mientras se sobaba una rodilla.

Llegó frente a la puerta del aula de Pociones y reflexionó atentamente. Al lado estaba el despacho de Snape. El aula también tenía una puerta que conectaba al despacho. El despacho tenía una puerta que conducía a su cuarto. ¿Tomaba el camino largo, o el corto? Si tomaba el de la sala, podría cerciorarse de que no estuviera en el despacho. Si entraba en el despacho de manera directa, podría toparse cara a cara con él. ¿Estaría despierto a esas horas? No, lo dudaba... Pero de todas formas se fue por el aula. La inscripción de "Profesor Severus Snape" le daba un miedo espantoso. Era como si dijera "Asesino en Serie".

El aula, como era de esperarse, estaba abierta. El despacho estaba cerrado. Sacó el manojo de llaves del bolsillo y comenzó a mirarlas. A simple vista todas eran iguales y le llevaría horas estar probando cuál era cuál. Pero, por suerte, existía un fácil hechizo que le había enseñado Dumbledore.

—Revelium —susurró apuntando la llave, y luego enlazando el rayo naranjo a la puerta. Una llave pujó por salir de la multitud y quedó así hasta que Merlina la tomó. La introdujo en la cerradura, la giró dos veces y la puerta se abrió.

El interior estaba helado, pero el aire era más respirable que el de los pasillos. Cerró con cuidado la puerta, sin meter ruido. Ésta produjo un leve chasquido. ¿Tendría alarma? No. Ya hubiese sonado, y, por ahora, él no tenía razones para sospechar que ella fuera específicamente a entrar al su oficina. Se guardó las llaves en la túnica y luego se la sacó, iluminando la silla de su escritorio para dejarla colgada. Alumbró lo demás y vio que había más de veinte vitrinas repleta de sustancias repugnantes, y libros, muchos. Un solo sillón verde botella con una mesa para los pies cambiaba un poco la monótona decoración.

Mi oficina es mejor —pensó, despechada.

Se acomodó el gorro sin dejarse ningún mechón de pelo afuera, se sacó las zapatillas y se colocó los guantes de goma. Extrajo los productos a ocupar del bolsillo de la túnica colgada y fue hacia la puerta semi oculta. Apagó la luz de la varita y se la metió en el bolsillo. Giró el picaporte, esperando que esta se atascara y no se abriera, pero se llevó una sorpresa: estaba sin llave.

No cerró la puerta por completo; no sabía si iba a tener que salir corriendo en algún momento. Se acercó lo más sigilosamente posible, guiándose por la luz de la luna que entraba por una rejilla a la altura del techo, oyendo una suave respiración, y fue hasta la cama. Cuando ya estuvo a treinta centímetros del lecho, vio cómo estaba Snape: de espaldas, con la mano derecha puesta más abajo del pecho y la otra encima de la almohada, al lado de su cabeza. Su boca estaba ligeramente abierta, los ojos como pegados con cola —agradeció que no fuera el tipo de gente que dormía con los ojos abiertos—, y su camisa negra estaba en cuatro botones desabrochadas, dejando ver parte de su pálido pecho, que con la luz de la luna se veía aún más descolorido. Por unos segundos se quedó observándolo con atención, hasta que recordó a lo que iba con precisión.

Merlina sacó los frascos de la bolsa de tela y los depositó en la mesa de noche, donde estaba la varita de Severus. Tomó el de polvo de sueño, lo abrió lejos de su propia cara, tomó una pizca con el pulgar y el índice y los soltó en la boca entreabierta, nariz y párpados de la víctima. Al instante, la respiración de Snape se hizo mucho más profunda y prolongada. Ella apenas respiraba a causa de los nervios.

Con cuidado le tomó la mano derecha y la puso de la misma manera que la otra. Le bajó la frazada hasta donde terminaba la camisa y se la desabotonó por completo. Decidiéndose a no ser más cuidadosa, le palmeó la cara sin delicadeza, y este, lo único que hizo, fue abrir más la boca.

—No pasa nada... —se susurró a sí misma más calmada, y con un toque de la varita prendió la vela de la mesa de noche. Con una sacudida de esta le quitó la camisa, dejándolo a torso desnudo. No era un mal torso, pero era el torso de Snape, así que se enfocó en la tarea que tenía que hacer, porque no tenía tiempo para pensar que sus músculos estaban más dibujados de lo que cualquiera hubiera apostado sobre él.

Tomó la crema y se la aplicó en la mano enguantada. Le corrió el pelo de la cara y se la echó, esparciéndosela hasta el lugar más recóndito. Las orejas, la mandíbula, los párpados, y luego bajó al cuello y al torso.

Llegó a pensar que eso era relajante. La crema era aceitosa, incolora e inodora, y el ver a Snape tan vulnerable le daba una satisfacción inusitada. Podría intentar golpearlo… Era mejor no arriesgarse, claro.

Llegó hasta el borde del pantalón de pijama, negro también, y no se atrevió a meter mano por zonas ocultas, así que lo dejó hasta allí, ignorando lo masculina que se veía la parte baja de su abdomen.

Lo bueno que tenía esa crema, era que la persona que lo aplicaba no se manchaba, lo mismo que las ropas de la cama. Era un producto inteligente. Sentó a Snape con mucho esfuerzo —era como un peso muerto, contando que él era más alto y corpulento que ella— y le apoyó la cabeza contra su hombro —que acabó, después de un rato, ligeramente babeado—. Los brazos le quedaron colgando como un muñeco de trapo.

Abrazándolo prácticamente, Merlina aplicó la crema en toda la espalda y en los costados. Cuando terminó esas zonas, lo recostó otra vez y continuó con los brazos. Cuando llegó a la zona de la axila, agradeció haber tenido guantes y arrugó la nariz, preparada para sentir un olor desagradable. Un segundo más tarde se sorprendió al sentir un suave olor a perfume y respiró más profundamente al notar que era agradable. Instintivamente se agachó a la altura de su cuello y volvió a respirar, sintiendo nuevamente un olor suave y agradable a jabón. Evidentemente no era un sucio como parecía ser y los chicos creían.

Quizá es parte de su fachada —pensó Merlina impresionada. De todos modos lo agradeció, porque no se le hizo tedioso el proceso de venganza.

Se apresuró a ir a su baño —de mármol negro—, pero no se entretuvo mucho mirando, porque el tiempo lo tenía contado. Se enjuagó los guantes para quitar la sensación aceitosa de ellos y regresó rápidamente a aplicarle el acondicionador en el pelo, también transparente. Le levantó la cabeza y le masajeó hasta el último maldito cabello de su cabezota.

—Uff —suspiró cuando acabó, y guardó rápidamente las cosas en la bolsa de trapo. Le volvió a colocar la camisa a Severus, esta vez con magia, lo acostó, le dejó los cuatro botones desabrochados, le puso la mano en el pecho y la otra en la almohada, tal como lo había encontrado.

Iba a pararse de su lado, pero algo le detuvo. Una forma negra se apreciaba en la piel del antebrazo. Acercó lentamente el dedo, aún cubierto con el guante, pero un suspiró de Severus, más similar a un gruñido, la sobresaltó. Se puso en pie, tomó la bolsa y dijo:

—Una hora y quedarás listo. Dulces sueños, Severus...

Dejó la habitación, se colocó sus zapatillas, la túnica; dejó el despacho con llave y fue a dejar las cosas a su habitación. Continuó con la ronda nocturna, feliz de que todo hubiese terminado. Faltaban unas cuantas horas para que todo el mundo estuviera en pie y aquel día de seis de septiembre se convirtiera en el más feliz de su vida.