4º Curso. Capítulo 6

Sprout le explicaba la diferencia entre un horklump y las setas normales, y como desparasitar de billywigs algunas plantas evitando las picaduras de estos, aunque de vez en cuando la distraía un repiqueteo en los cristales del invernadero. La profesora le llamaba la atención cada vez que intentaba buscar el origen del ruido.

La clase estaba acabando. Hacía rato que tenía la sensación de que la observaban, y el repiqueteo aún no había cesado. Aprovechando el descuido de Sprout mientras dejaba los horklumps en una enorme jardinera, Elyon alzó la vista hacia las cristaleras. Pero no vio nada. Siguió buscando y se topó con un chico que la observaba encaramado en el techo de cristal del invernadero. El joven apartó la vista rápidamente y siguió reparando algunas juntas de los cristales con su varita. Elyon sonrió divertida. Sprout carraspeó para llamar su atención y seguir con la clase.

Al acabar la lección buscó al chico, pero ya no estaba en el techo del invernadero. Sentía curiosidad. No era un profesor, o eso suponía, porque no lo había visto ni en el Gran Comedor, ni con el resto del profesorado. De camino al castillo volvió a escuchar un repiqueteo. Miró hacia el tejado de uno de los invernaderos, sobre él estaba el joven.

-Hola –saludó.

Él se giró y se la quedó mirando.

-Hola –contestó finalmente.

Ambos se miraron sin mediar palabra, sumidos en un silencio incómodo.

-¿Qué haces? ¿Reparas los invernaderos?

-Sí, los estoy revisando antes de que empiecen las clases.

-¿Trabajas aquí, en el colegio? –preguntó ella curiosa.

-Bueno, solo un par de días, hasta que haya revisado todo lo que el profesor Dumbledore me ha pedido –explicó él- ¿Y tú? ¿No has empezado las clases muy pronto?

-Sí, bueno, soy alumna nueva… antes estudiaba en casa y… me estoy acostumbrando a todo esto antes de que empiece el curso de verdad, y aprendiendo todo lo que aún no sé –comentó ella torciéndose hacia atrás el meñique derecho con nerviosismo, intentando recordar el papel a interpretar que le había dado Dumbledore.

El joven sonrió y se dispuso a bajar por la escalera que había colocada contra el cristal, pero resbaló en el último tramo.

-¡Cuidado! –la joven consiguió frenar su caída poniendo las manos en su espalda.

-Gracias, y lo siento –se apresuró a decir él.

-No ha sido nada –sonrió.

-Soy Remus –se presentó alargándole la mano.

-Elyon –la chica se la estrechó-. Entonces, ¿esto es un trabajo temporal?

-Sí, es mejor que nada –comentó encogiéndose de hombros-. No me suelen durar mucho los trabajos…

-En cuanto sale la luna… -suspiró Elyon con una mueca.

-¿Cómo lo...?

-¡Lo siento! ¡Lo siento mucho! No pretendía… soy legeremante y aún no sé controlarlo muy bien.

-Viendo esas orejas, no veo raro que lo seas –rio él quitándole importancia.

Elyon se apresuró a volvérselas a cubrir con la cinta de pelo sonrojándose.

-No tiene nada de malo ser un elfo –sonrió el chico.

-Ojalá todos pensaran igual –bufó ella arrugando la nariz.

-Te entiendo, yo soy un hombre-lobo –contestó él con fastidio apoyándose en la pared de cristal del invernadero.

-¿De verdad? –Elyon lo miró con detenimiento-. No pareces un hombre-lobo.

-Entonces, ¿cómo se supone que es un hombre-lobo? –rio Remus.

La chica se encogió de hombros negando con la cabeza. Era muy joven, seguramente de la misma edad que Snape. Por eso le resultaba extraño que su pelo castaño claro estuviera veteado de gris. Llevaba una camiseta gris raída y usada, y manchada de trabajar. Al igual que los vaqueros, que tenían la rodilla derecha rota.

-Pues no sé, ¿más peludo? –contestó ella con una media sonrisa.

Remus empezó a reír con fuerza, y contagió a la joven.

-¿Interrumpo algo? –preguntó una voz fría y seca.

Ambos se giraron. Snape los miraba de mal humor. La sonrisa de la chica desapareció en el acto.

-Hola, Severus.

-Hola... Remus –respondió él de mala gana- ¿Piensas venir a clase o seguirás vagueando en los invernaderos?

-Perdón, ahora iba hacia allí. Espero volver a verte –sonrió despidiéndose de Remus.

-Lo mismo digo –sonrió él.

Snape lo volvió a mirar con desagrado y acompañó a la chica hasta las mazmorras.

Esa clase de Pociones fue especialmente mala. Su profesor estaba de un humor de perros, y aprovechó cualquier minucia para atacarla. Ella apretó los labios intentando ignorarle, si le seguía el juego seguro que acabaría castigada.

Tras la última clase la joven fue a dar una vuelta por los terrenos, antes de que terminara de oscurecer. Acabó en los invernaderos. No vio a Remus por allí. Lógico. Ya casi no había luz, era imposible seguir trabajando. Estaba subiendo las escaleras de mármol cuando la llamaron. Elyon miró por encima de su hombro y vio a Remus a los pies de la escalera.

-Hola –sonrió-. Pensé que ya te habías ido.

-¿Me has estado buscando? –preguntó el chico sonriendo.

-Bueno, he acabado en los invernaderos y no te he visto –se explicó ella sonrojándose.

-¿Te apetece tomar algo en las Tres Escobas?

-Mañana tengo clase –musitó ella con fastidio-. Y no creo que Dumbledore me dé permiso.

-Te aseguro que estarás de vuelta antes de las doce, y el director ha dado su visto bueno a la idea.

Elyon se torció hacia atrás el meñique derecho, pensativa. Tenía ganas de visitar Hogsmeade y desconectar de las clases.

-Vale, pero volvemos pronto –aclaró ella.

-Por supuesto –sonrió el chico ofreciéndole su brazo.

Dumbledore los vio alejarse. Sonrió. Parecía que se llevaban bien. Todo estaba saliendo según lo planeado. Ambos necesitaban alguien con quien hablar ahora que la Guerra había acabado y los había dejado sin nadie más.

-Dentro de cuatro días hay luna llena –gruñó Snape viendo como la pareja se alejaba por los terrenos.

-Tú lo has dicho, cuatro días. Aun es inofensivo, Severus. Podemos dejarlos solos ahora que han encontrado un amigo –el director zanjó el tema y subió las escaleras hacia su despacho.

El profesor volvió a mirar hacia los terrenos. Tenía un mal presentimiento.

…..

Ambos salieron riendo del bar. Se lo habían pasado muy bien.

-Esa cerveza de mantequilla estaba buenísima, mejor que la de El Caldero Chorreante –sonrió Elyon.

-Dumbledore te tenía que haber traído aquí nada más llegar a Hogwarts.

-Cuando llegué al castillo no tenía muchas ganas de fiesta –murmuró al recordar la muerte de sus padres.

-Sí, supongo que tienes razón –la semielfa alzó una ceja-. Dumbledore me lo ha contado todo sobre ti. Quería que nos conociéramos.

-¿Así que estaba todo planeado? –la chica se paró en seco.

-Más o menos. Eso es algo que tienes que saber de Dumbledore. Le gustan mucho este tipo de cosas, y normalmente sus planes salen bien –explicó el chico-. Lamento si esto te ha molestado, pero me quedaba más tranquilo si estabas al tanto.

Elyon lo miró unos segundos. Sus ojos color miel brillaban con la luna creciente.

-No estoy enfadada. No mucho… no contigo al menos. Al menos Dumbledore ha elegido bien –sonrió ella agarrándose a su brazo.

Remus respiró aliviado y siguieron con su camino.

Estaban cerca de las murallas del colegio cuando el colgante de Elyon se tornó rojo. Ella miró a su alrededor con temor. El mago sacó su varita listo para atacar. Ella lo imitó.

-Vamos, si cruzamos las murallas estaremos seguros –le apremió el chico cogiéndola de la mano y echando a correr.

De entre las sombras surgió una forma enorme, que se lanzó contra el chico y lo tiró al suelo. La varita del joven salió volando. Un hombre enorme se levantó. Era peludo y estaba sucio. Elyon estaba lejos de él, y aun así podía olerlo. Olía a sudor y mugre. La miró fijamente, como un depredador. Elyon retrocedió un paso con la canalizadora en alto.

-¡Elyon, corre! –le gritó Remus levantándose y abalanzándose sobre la espalda de aquella bestia de forma humana.

El hombre lo cogió desde su espalda y lo lanzó por encima de él. Cayó al suelo con un quejido de dolor. La joven comenzó a correr, si pasaba las murallas podría pedir ayuda. Pero el hombre fue más rápido y le cortó el paso. Le sonrió con una dentadura sucia de grandes colmillos y dientes rotos.

-Licántropo –musitó ella con el corazón acelerado.

-Que lista –sonrió el hombre lanzándose contra ella.

La chica hizo un amago y consiguió esquivarlo. Escuchó al hombre correr a su espalda. Ya solo le quedaba un par de metros para estar a salvo cuando el licántropo la alcanzó tirándose sobre ella y haciéndola caer, e inmovilizándola con su pesado cuerpo. La joven se revolvió sin éxito.

-Hacía tiempo que no probaba la sangre de elfo.

Elyon gritó de impotencia. Su aliento era nauseabundo, y sabía de sobra lo que le pasaría si la mordía y salía con vida. El hombre cogió su rostro con unas manos enormes de uñas largas. Le recordó a las garras de un lobo. Unas gotas de saliva le cayeron en la mejilla. Elyon apretó los dientes mientras se le llenaban los ojos de lágrimas. Aunque ella intentó resistirse, el licántropo le ladeó la cabeza para dejar su cuello al descubierto. Un chillido sonó en el cielo nocturno. Cerró los ojos con fuerza cuando se abalanzó sobre ella con las fauces abiertas. Aún con los ojos cerrados un destello plateado la cegó unos segundos y escuchó al licántropo gritar con fuerza mientras se levantaba y la dejaba libre. Elyon se incorporó con rapidez y finalmente cruzó las puertas de hierro de la muralla. El licántropo peleaba contra algo que lo atacaba desde el aire y del que solo se podía ver un destello plateado.

-Eizen –musitó ella sonriendo.

El licántropo finalmente sacó su varita, tenía el rostro ensangrentado por culpa de las garras del halcón.

-¡Eizen! –lo llamó la chica con apremio.

Si el hechizo lo alcanzaba seguro que lo mataría. Pero el halcón parecía decidido a seguir peleando. Cuando el hombre-lobo acabó de conjurar, sus ropas se incendiaron. El hechizo que salió de su varita falló, estrellándose en los muros de piedra. Cansado, herido y envuelto en llamas, el licántropo se alejó aullando de dolor corriendo hacia la arboleda.

El halcón se posó en el hombro de la chica con porte orgulloso y con las plumas aun erizadas. Volvió a cruzar las murallas hacia el exterior para socorrer a Remus, que estaba inconsciente en el suelo.

-Vuelve a dentro ahora mismo –le gritó una voz malhumorada.

En la oscuridad apareció una figura encapuchada. La chica levantó su canalizadora.

-Que vuelvas a las murallas- le dijo Snape quitándose la capucha.

Ella suspiró con alivio guardando la canalizadora.

-¿Te lo tengo que volver a repetir?

-¿Y Remus? –preguntó preocupada.

-Yo me encargo –dijo el profesor agachándose junto al chico.

La semielfa obedeció y los esperó tras las puertas forjadas.

…..

Remus despertó en la enfermería. Por suerte, a parte del golpe en la cabeza, solo se había fracturado la clavícula. Algo que Madame Pomfrey arregló enseguida.

-¿Y Greyback? –preguntó el chico cuando Dumbledore llegó a la enfermería.

-Severus se encargó de ahuyentarlo. He llamado a los aurores para que intenten atraparlo. Dudo que lo consigan, pero me daré por satisfecho si lo echan de las proximidades.

-¿Y qué se supone que hacía aquí? –preguntó Remus preocupado.

-Seguramente esperar el comienzo del curso, ya sabes lo que le gustan los niños –suspiró el director sentándose en una de las camas.

-¿Quién es Greyback? –preguntó Elyon, que estaba de pie junto a Remus.

-Un hombre-lobo. Uno de los más sanguinarios que se conocen. Y uno de los mortífagos más fieles a Voldemort –explicó el anciano.

-Y el que me hizo esto –el chico se levantó la camiseta y dejó ver una enorme cicatriz en su costado, que le ocupaba toda la piel entre la cadera y las costillas-. El me convirtió en lo que soy ahora. Mi padre tuvo la mala suerte de encararlo, y las consecuencias las pagué yo.

Elyon lo miró con lágrimas en los ojos.

-O vamos, no te pongas así. Eso fue hace mucho tiempo, yo era apenas un niño –le sonrió Remus cogiéndole la mano con fuerza.

-¿Tú estás bien? –le preguntó Dumbledore preocupado, mirándola.

-Estoy bien, todo ha quedado en un buen susto –lo tranquilizó-. Menos mal que Eizen me salvó.

-Y que Severus lo redujo –finalizó el director.

-¿Sabía que Greyback estaba por aquí? –preguntó Remus desconfiado.

-Él lo ha llamado mal presentimiento –Dumbledore se encogió de hombros.

-Ya, mal presentimiento –musitó el chico.

-Remus... -lo regañó.

-Ya sabe lo que pienso.

-Sí, lo sé. Y te equivocas. Después de todo os ha salvado la vida –aclaró el director-. A ambos.

Remus apartó la mirada de mal humor.

-Elyon, deberías ir a dormir. Mañana hay clase y tienes que descansar –la despidió Dumbledore.

La chica asintió.

-Buenas noches -era obvio que estaban hablando de algo que ella no debía escuchar-. ¿Podré verte pronto? –miró al chico torciendo el gesto.

-¡Claro! Y si no, siempre puedes mandarme una carta –le sonrió Remus.

…..

A la mañana siguiente, tras la comida, Dumbledore le pidió que lo acompañara un momento. La Sala de Profesores estaba desierta. El anciano pidió asiento a la joven en una de las sillas que estaban alrededor de la alargada mesa.

-Verás, tengo que pedirte un gran favor –le dijo con seriedad, a Elyon ese tono no le gustó, la última vez que le habló así acabó con Snape como niñera-. Estoy intentando conseguir la libertad de una persona inocente, acusada de asesinato.

-¿Quién? –sentía curiosidad.

-Sirius Black –le respondió.

Se acordó de aquel chico moreno y alto que llegó en la moto voladora.

-¿Es un asesino? –a Elyon le costaba creerlo.

-No, pero el Ministerio está tan desesperado por encarcelar a los mortífagos y mejorar su imagen pública, que está encarcelando a gente sin juicio previo, sin darles la oportunidad de luchar por su inocencia.

-Eso no es justo –se escandalizó la joven, horrorizada.

-Lo sé, por eso te necesito. Se le acusa de traicionar a la familia Potter y provocar su muerte. También de haber asesinado a sangre fría a su amigo Peter Pettigrew y provocar en el proceso una explosión en la que murieron catorce muggles –explicó el director.

-¿Y en qué se supone que voy a poder ayudar yo? –ella frunció el ceño.

-Tú viste al que provocó la muerte de los Potter, la noche en que mataron a tus padres. El hombre al que trajo la mortífaga era Peter Pettigrew. Él fue quien traicionó a los Potter.

Elyon intentó visualizar el momento en que estaba rodeada de mortífagos bajo la lluvia. Recordó a un hombre pequeño y cobarde, que lloriqueó por su vida admitiendo que había pasado información al bando de Voldemort.

-¿Cómo sabe usted...? –lo miró y él alzó una ceja-. Usó le Legeremancia conmigo esa noche.

El anciano asintió. A Elyon realmente no le importó, había sido mejor que leyera su mente a tener que haberle contado lo ocurrido con todo lujo de detalles apenas unas horas después de haber visto morir a sus padres. Inspiró hondo.

-¿Qué he de hacer para ayudar a Sirius Black?

-He conseguido que el Ministro de Magia y unos cuantos altos cargos del Ministerio realicen un juicio rápido, y necesito que seas mi testigo para demostrar que Sirius es inocente de la muerte de los Potter, y que el asesinato de Peter Pettigrew fue un montaje realizado por él mismo para desaparecer.

-De acuerdo –contestó ella con una sonrisa de determinación.

-La parte mala es que no quieren sacar a ningún preso de prisión para evitar fugas, por lo que habrá que ir allí a testificar –Dumbledore la miró preocupado.

-¿La prisión es...? –Elyon palideció.

-Azkaban –asintió el anciano.

El corazón de la joven se aceleró. Sus padres le habían hablado de esa prisión mágica de alta seguridad y de las horribles criaturas que la custodiaban.

-Si no quieres ir lo entenderé.

-Iré. Vi a Sirius Black esa noche –le dijo con decisión-. Vi su dolor por la muerte de los Potter y por no poder cuidar del niño. No es justo que esté allí dentro, es inocente y merece que alguien lo defienda.

Dumbledore sonrió ampliamente. Sus padres estarían orgullosos de ella por esa decisión.

…..

El sábado despertó sobresaltada, en la mesita de noche había una nota de Dumbledore en la que le pedía que se pusiera el vestido negro que compró en el Callejón del Sauce, necesitaba ir formal para que, según ponía en la nota, los snobs que acompañaban al Ministro se tomaran en serio el relato de alguien tan joven. Elyon lo buscó en su baúl y lo extendió sobre la cama, estaba realmente nerviosa. Se suponía que solo debía ir y relatar lo que vio y escuchó, pero si no lo hacía bien, condenaría a alguien a la cárcel de por vida. En su camino no se encontró con nadie hasta llegar a las puertas del Gran Comedor. Snape salió de él cerrando las puertas.

-Buenos días –le dijo Elyon con una sonrisa educada.

El hombre actuó como si no existiera, apenas la miró de soslayo con una mirada que hubiera helado a cualquiera, y al acercarse a ella la golpeó con el brazo al estar en su camino y no apartarse. Elyon bufó, estaba claro que aún seguía cabreado por algo y lo estaba pagando con ella. No se sentía con ánimos de aguantarlo con ese humor durante mucho tiempo, si no mejoraba seguro que todo acabaría en una discusión.

Desayunó en la gran sala vacía. Cuando hubo terminado decidió quedarse un rato más en la mesa para reflexionar. La comida desapareció y solo quedó el menaje dorado. Miró su reflejo en el plato, los dos mechones azules con reflejos liláceos enmarcaban su cara, ahora verdosos en su reflejo en el plato de oro. Su pelo rubio y liso caían como una cascada sobre sus hombros y unos ojos verdes le devolvían la mirada. La gente le solía decir que tenía una mirada alegre y vivaracha, pero ahora no se veía así, una chica de ojos tristes y ausente la observaba desde el plato. Se frotó los ojos con fuerza y golpeó la mesa con frustración al notar como unas lágrimas se esforzaban por salir. No quería volver a llorar como cada noche al saber que jamás volvería a ver a sus padres a la mañana siguiente.

-¿Te encuentras bien? –le preguntó una voz que resonó en el vacío comedor.

Elyon levantó la cabeza sobresaltada, ante ella estaba Dumbledore que la miraba con la preocupación de un abuelo.

-Como siempre, supongo... -se limitó a contestar ella.

-Deberías animarte, pensar en positivo, o al llegar de Azkaban tendrás que pasar la noche en la enfermería.

Elyon inspiró hondo e intentó seguir el consejo del director. Ambos salieron juntos a los terrenos.

-Me compró este vestido para poder ir hoy al juicio ¿verdad? –le preguntó ella.

-¿Qué te hace pensar eso? –Dumbledore alzó una ceja curioso.

-Remus me dijo que era muy aficionado a hacer intrincados planes y que siempre se salía con la suya.

-Este chico... -rio él- Sí, supongo que tiene razón. Toma, ponte esto encima –le dijo dándole una capa negra que sacó aparentemente de la nada-, ponte la capucha y en ningún momento dejes ver tus orejas. No hasta que yo te lo diga.

Elyon se puso la capa y se probó la capucha, era grande, le caía casi por los ojos. Había algo rígido en un bolsillo interior, ella sacó una especie de tabla.

-¿Chocolate? –preguntó ella extrañada.

-Es lo que mejor funciona como remedio ante los efectos de los dementores. Cada vez que notes mucho frío o cansancio coge un trozo de chocolate y cómetelo, yo también llevo una tableta por si acaso.

Elyon volvió a guardarla en el bolsillo y se dio cuenta de que en él había otra más. Eso le dio mala espina.

-También deberías tapar bien tu lágrima, seguro que al llegar a la prisión parecerá que está al rojo vivo –finalizó Dumbledore alargándole la mano.

Se cubrio lo mejor que pudo tanto la cabeza como la lágrima y luego cogió con firmeza la mano que Dumbledore le tendía para desaparecerse.

Nada más tocar de nuevo el suelo una oleada de frío la golpeó, al abrir los ojos vio una pequeña cala de arena gris azotada por las violentas olas del mar, el cielo nublado no dejaba traspasar la luz del sol y el horizonte se perdía entre la niebla. Elyon sintió que un frío insoportable la rodeaba y le atravesaba la gruesa capa.

-¿Dónde está Azkaban? –preguntó tras nubes de vaho.

-Mar adentro –contestó Dumbledore abrigándose con la capa.

Caminaron hacia unas barcas varadas en la orilla, a cada paso notaron como el frío se hacía más intenso, Elyon comenzó a tiritar débilmente y pudo ver que su colgante adquiría el color granate.

-Como siempre puntual, Albus –dijo una voz grave a sus espaldas.

Los dos se giraron.

-Es un asunto importante, no podía retrasarme –sonrió Dumbledore.

A la playa acababa de llegar un hombre al que Elyon no hubiera imaginado ni en sus peores pesadillas. Su cara estaba surcada por cicatrices que hacían parecer que su rostro era un trozo de madera esculpido toscamente, no había centímetro de piel que no tuviera una pequeña señal, y le faltaba un trozo de nariz. Uno de sus ojos era oscuro y pequeño en comparación con el otro que era grande y redondo de color azul eléctrico, que giraba con rapidez en todas direcciones. La capa del hombre ondeó y dejó a la vista una pata de palo que terminaba en una garra. Lo que a Elyon le pareció más espeluznante es que muchas de aquellas cicatrices, incluida la de su nariz, parecían muy recientes, de apenas unos días y que seguramente todas eran fruto de luchas cruentas.

-¿Qué tal te encuentras? No debiste correr tras esos últimos mortífagos –le dijo Dumbledore.

-No podía dejarlos en manos de esos novatos, los aurores ya no son como antes. Esos críos los hubieran dejado escapar –contestó el otro hombre.

Entonces reparó en Elyon y abrio su ojo oscuro de par en par.

- ¡¿Te has vuelto loco de repente?! ¡¿Ella es tu testigo?! ¡No debería estar aquí! ¡Es el último lugar en el que debería estar!

-¡Shh! Alastor no grites, cálmate –respondió Dumbledore-. Ella fue la última en ver a Pettigrew aparte de Sirius.

-Mira, sé que Black es un buen chico. Pero no sé si vale la pena el riesgo...

-Sirius es uno de los nuestros Alastor, ha hecho mucho por nosotros. Esto es lo mínimo que debemos hacer por él -el director lo miró con dureza-. Elyon te presento Alastor Moody, el mejor auror que he conocido.

-Encantada –contestó ella frotándose las manos doloridas por el frío.

-Lo mismo digo –la chica se sobresaltó cuando Alastor se le acercó para examinarla de cerca mientras su ojo azul quedaba fijo en ella-. Es clavada a su madre, parece que de su padre solo ha heredado la mirada y el pelo... y también la afición por cambiárselo de color por lo que se ve... –finalizó cogiendo uno de sus mechones azulados.

A Elyon ese comentario le caló más que el frío, nadie le había dicho aquello con tanta indiferencia. Dumbledore vio la reacción de la joven he intentó cambiar de rumbo la conversación.

-Se parece más a su padre y a su madre de lo que crees, el parecido no es solo físico –comentó el anciano.

Sonaron una serie de chasquidos más a su alrededor. Un hombre bajito con un sombrero verde musgo se acercó a ellos seguido de otras seis personas.

-¡Profesor Dumbledore, ya ha llegado! Perfecto –dijo con una sonrisa.

-¿Comenzamos la vista, Cornelius? –preguntó Dumbledore.

-Por supuesto, por supuesto –respondió el hombre dirigiéndose hacia las barcas.

-¿Quién le acompaña, profesor Dumbledore? –preguntó una mujer con cara de sapo y vestida enteramente de rosa.

Con una enorme sonrisa de superioridad dibujada en su rostro examinó a Elyon de pies a cabeza.

-Mi testigo –se limitó a contestar el director.

Dicho esto se dirigió a una de las barcas, la semielfa lo siguió con rapidez. Dumbledore ayudó a la chica a subir a uno de los botes que ya habían sido arrastrados hasta el mar, luego subió él y por último Alastor. Los botes comenzaron a avanzar solos adentrándose poco a poco en la niebla. Elyon cada vez tiritaba más, apenas podía mover los dedos sin sentir un dolor atroz y sus pies comenzaron a helarse dentro de las botas. Una tos seca la sacudió mientras se abrigaba más, aunque resultaba inútil contra aquel frío sobrenatural.

-Estás helada –le dijo Dumbledore cogiéndole la mano-, toma algo de chocolate.

Metió la mano en la túnica y con dificultad consiguió cerrar sus dedos en torno a la tableta de su bolsillo, partió un trozo y se lo llevó a la boca, inmediatamente notó un leve calor en las manos que se extendió al resto del cuerpo. Aunque siguió notando el opresivo frío a su alrededor.

-¿Quién es Cornelius? –preguntó con curiosidad, le sonaba haber leído el nombre en los últimos Diario El Profeta.

-Cornelius Fudge es el nuevo Ministro de Magia.

Entre la espesa niebla comenzó a hacerse visible una silueta oscura y firme, se acercaban a una isla pequeña en la que había asentado un castillo de aspecto fantasmagórico.