Capítulo 9: Un extraterrestre en el castillo

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Como era día sábado, sólo los profesores se levantaron temprano, excepto Snape. Quizá se le había pasado la mano con el polvo de los sueños, pero al menos así se aseguró de que llegaría más tarde que todos y se convertiría en el centro de atención. Los estudiantes siempre aprovechaban de dormir un poco más el fin de semana.

Merlina se pasó todo el tiempo antes del desayuno dedicando dulces sonrisas a todo el mundo. Cuando les dirigió una a Harry, Ron y Hermione, éstos comprendieron que todo había marchado bien y que se mantuvieran al margen de todo.

No tenía nada de sueño y, por primera vez en el desayuno, estuvo muy despierta. Aguardaba ansiosa a Snape mientras comía un plato de leche con cereales, echándose grandes cucharadas a la boca.

Sucedería de un momento a otro. A las nueve quince minutos los estudiantes comenzaron a llegar, y a las nueve y media estaban todos ubicados, conversando muy alegremente. Los profesores estaban haciendo sobremesa o repitiéndose el desayuno.

Merlina se echó una cucharada de leche a la boca en el momento que las puertas del Gran Comedor se abrieron. El chorro de leche se le devolvió al plato, ensuciándose la barbilla, pero nadie le prestó atención. No contaba con que Snape apareciera por ahí; creyó que lo haría por la puerta que estaba tras la mesa de profesores. De todos modos, las puertas dobles estaban más cerca del camino que conducía a su cuarto.

Hubo, más o menos, tres segundos en que todos señalaron hacia la entrada, y otros tres de profundo silencio en que todos se miraron entre sí, y volvieron a observar quién había entrado. Un ser anormal —¿o una persona?—, había ingresado con paso firme al lugar. El profesor caminaba como siempre, con paso decidido, pero su aspecto era otro completamente.

Snape tenía las partes de cuerpo visible —manos, cara, y obviamente el pelo—, completamente verdes, pero de un tono alienígena y pegajoso.

Merlina Morgan se cubrió la boca para aplacar el ataque de tos que la estaba atacando, producto de la impresión. Los chicos Weasley eran unos genios.

Estallaron todos en carcajadas, desde los de Gryffindor hasta los de Slytherin. No hubo excepción, aparte de él mismo. Merlina estaba afirmándose el estómago por el dolor que le había provocado la risa, luego de dejar de toser (reírse de aquella manera significaba doscientos abdominales seguidos), y a su lado la profesora Sprout se tapaba la boca —para no salpicar comida o para tratar de controlarse—. Varios sufrían de tos y habían escupido la comida como Merlina, o le habían tenido que golpear en la espalda a los que se ahogaban, a veces, con demasiada violencia. Ron y Harry golpeaban la mesa con el puño y Hermione estaba escondida entre sus brazos, llorando, pero de risa junto con Ginny, quien se tapaba los ojos con una mano y el poco de frente que se le divisaba se confundía con el inicio de su cabello.

Snape, cuando iba a la mitad, se detuvo de súbito. Miró a su alrededor, y vio como le apuntaban con el dedo con descaro y se reían escandalosamente. Se miró los pies y se tocó el torso lentamente, como esperando encontrar algo extraño en su cuerpo. Se miró la espalda, o lo que pudo de ella, pero no vio nada. Sus ojos negros pasaron de casa en casa, hasta llegar a la mesa de los profesores. Los ojos se posaron varios segundos en Merlina que se desternillaba de la risa hasta más no poder, secándose lágrimas de risa.

—¡Es E.T.! —gritó Dean Thomas.

—¿Quién? —preguntó Ron, sin entender.

—O "Mi amigo Max" —gritó una muchacha de Hufflepuff. Merlina entendió ambas referencias.

—¡Qué más da! —vociferó una chica de Ravenclaw—. ¡Parece un extraterrestre de todas formas!

Los ojos de Severus se cerraron al punto de casi no ver, similar a dos ranuras de alcancía, como si tratara de comprender todos esos disparates sin sentido. Dio media vuelta y salió trotando del comedor, dejando que la risa descontrolada y esa clase de comentarios perduraran cerca de cinco minutos más. Los estudiantes iban a seguir hablando de ello durante el resto del día, por supuesto.

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Severus no comprendía que había ocurrido en el Gran Comedor. ¿Por qué se habían burlado así de él? Porque se estaban riendo de él, definitivamente. Que él supiera, no tenía nada de malo y estaba en las mismas condiciones que los días anteriores. Su ropa era prácticamente la misma, no había variedad de prendas o colores en su closet. Pero no... Si se habían reído, por algo debía ser. Era una trampa, de eso podía estar convencido.

Entró a su despacho dando un portazo y apoyó las manos en el escritorio pensando qué podía ser...

"Parece un extraterrestre de todas formas" había dicho una chica. Ese término era prácticamente muggle y lo utilizaban para señalar a seres extraños de otros planetas. Generalmente eran verdes y de ojos grandes.

Se tocó los ojos. No los tenía enormes, los sentía del tamaño normal. Sin embargo…

Corrió a su cuarto y fue a mirarse al espejo del baño. Observó cada centímetro de su piel y no tenía nada extraño. A menos que... No, ¿cómo podría ser? ¿Podría ser algo que él no pudiera ver, pero los otros sí? Era la única alternativa. Bueno, había que intentarlo, aunque era absurdo, pero el hecho de que él tuviera algo y no lo notara y los demás sí, quería decir algo. Alzó su varita y apuntó al espejo.

—¡Revelio Secretum! —exclamó y la varita expulsó una pelusa blanca que chocó contra el espejo y se extendió como un brillo intenso.

Rápidamente el espejo dejó al descubierto al verdadero Severus Snape, el de la cara verde.

La boca se le abrió ligeramente cuando vio su reflejo. Se miró las manos, y desesperado desabrochó su camisa, descubriendo que estaba completamente verde. Se levantó el pantalón, pero sus piernas estaban normales.

No sabía qué hacer, se seguía mirando anonadado y sufriendo la acelerada circulación de la sangre hirviendo.

¿Quién había hecho eso, por los mil demonios? ¿Quién había osado a dejarlo como idiota delante de todo el colegio? ¿Quién se había atrevido a avergonzarlo? ¿Quién podría ser la persona que había fabricado esa estúpida broma? ¡Potter! ¡Potter siempre andaba tramando cosas de ese tipo! ¿Potter? ¿De verdad podría haber sido el cuatrojos de Potter? Pero Potter no hacía ese tipo de bromas. Prefería enfrentarlo e insultarlo cara a cara, como su padre; era un insolente, y luego de tantos años, ¿sería capaz de hacer algo como eso? Quizá no fuera él. Tal vez hubiera otra posibilidad, una mejor, una más cuerda, correcta, indicada y predecible...

—Morgan… Ya verás…—susurró con los dientes apretados, con la respiración bastante agitada, como si hubiese luchado con alguien. Hubo un leve destello en sus ojos y se metió a la ducha para intentar sacarse la pintura.

Estaba muy feliz. ¡Por fin dormiría en paz! Snape había desaparecido hacía media hora del Gran Comedor y ella iba directo a su cama a tomar un descanso de cuatro horas... Para su mala suerte, los sábados y domingos las horas de descanso disminuían, pero no había nada que le pudiera distraer de su felicidad. Bendito el día en que había conocido a los muchachos, porque sin ellos no hubiese podido haber llevado a cabo esa perfecta venganza temporal.

Entró a su cuarto tarareando una canción de niños y se sacó las zapatillas y la túnica. Iba a empezar a desabrocharse la blusa púrpura para colocarse el pijama, y alcanzó los dos primeros botones, cuando oyó una puerta abrirse de golpe. Pegó un salto sintiendo que la sangre se le agolpaba en la cabeza del puro susto. Luego se abrió la de su propio cuarto y se cerró otra vez. Los muebles retumbaron y ella también, más fuerte que la primera vez.

Snape acababa de entrar, recién bañado a juzgar por su cabello mojado, y con la misma ropa. Debía tener diez túnicas, camisas y pantalones del mismo color. Todavía estaba verde, aunque de un tono más claro.

—¿Qué…? ¡Ah!

Snape había dado dos largas zancadas para agarrarla de las muñecas, acercándose demasiado, pasando a llevar los límites respetuosos. Casi despedía humo por las orejas, y el pelo le estilaba, dejando el piso mojado y a la joven también. La ropa también la tenía húmeda. Se había vestido sin secarse siquiera: seguro quiso salir corriendo cuando descubrió que su piel aún estaba verde. Merlina podía apostar que, si estuviera de su color normal, estaría excesivamente rojo.

—Te crees muy lista, ¿no? —le espetó entre dientes.

Merlina cerró la boca y lo miró con su máxima cara de inocencia y desentendimiento.

—¡No sé a lo que te refieres! ¡Suéltame, alienígena! —exclamó con sarcasmo, y soltó una risita burlesca, pero de inmediato se puso seria.

—No estoy para bromas, Morgan, ¿crees que soy un idiota?

—¡Sí, porque no te he hecho nada, y si pienso bien, creo que me estás culpando de algo! —protestó—. Ahora, déjame, que me haces daño en las muñecas.

Snape la apretó más y se acercó otro tanto, casi juntando su nariz con la de ella. Merlina giró la cara, porque le dio una cosa terrible el mirar a sus ojos de tan cerca. ¿Por qué tenía que aproximarse tanto? No era realmente necesario. Y las mariposas del estómago tampoco.

—No tienes derecho a decirme que te suelte, Morgan, cuando tú invadiste mi privacidad en todos los aspectos. Y no te atrevas a mentirme —le dijo al oído con un tono venenoso. Eso le produjo cosquillas, así que trató de apoyar la cabeza en su propio hombro, pero estaba tan apegada a Snape, que nada podía hacer, y no podía tirarse hacia atrás porque estaba la cama, que le impedía retroceder—. ¡Sé que fuiste tú! ¿Quién es la que podría tramar algo como esto? ¿Quién más podría entrar a mi despacho con tanta facilidad? ¿Quién tiene todas las llaves del castillo? ¡TÚ! ¿O hay alguna otra posibilidad? No quieres que culpe a Potter y a sus amigos por todo esto, ¿o sí? Los he visto muy amigos estos días.

Merlina se echó hacia atrás, confiando en que Snape la afirmaría para no caer, y lo miró con decisión.

—¡Harry no tiene nada que ver! No lo culpes a él. Y suéltame, es en serio —exigió.

—O sea, ¿reconoces haber sido tú? —le gruñó otra vez a la oreja, porque ella había vuelta girar la cara para no mirarlo.

—¡Yo no he dicho eso!

Severus la soltó y le tocó el pecho con el dedo amenazadoramente. Merlina cayó a la cama, pero sentada. Levantó la quijada y miró con expresión ofendida.

—Esto no se va a quedar así, y tú lo sabes.

—Yo no he hecho nada. ¿Es por lo de tu color? —intentó pararse, pero Snape mantuvo su dedo allí, para que no se reincorporara.

—¿De qué otra cosa crees que estoy hablando? ¡Fuiste tú! No vale la pena que lo niegues. Ambos lo sabemos, y no sacas nada con no decirme —se agachó a su altura, le tomó la cara y la obligó a mirarlo a los ojos—. Sé más de lo que tú crees. Y cometiste un error al meterte conmigo.

—Disculpa, pero no puedes hacerme nada, porque ni siquiera estás seguro de...

—Basta con mirarte a los ojos para saber si sí o no —concluyó y la soltó—. Cada vez que hagas algo en contra de mí, lo sabré. No vale la pena que mientas —reiteró con cierta satisfacción—, además, eso me da plena razón de tratarte de "inmadura":

—Yo soy madura —rebatió, parándose definitivamente y dando un paso al frente con la felicidad por el suelo—. Además, ¿qué tan madura puede ser la actitud que estás tomando ahora al amenazarme?

—Tal vez no sea asertivo, pero tú no has demostrado tu "madurez". Ahora no podrás dormir sabiendo que yo también podré vengarme de ti.

—No puedes —contradijo Merlina arqueando las cejas.

—Sí puedo.

—No es justo, tú partiste todo esto —protestó ella, incrédula.

—Yo no partí nada. Es tú problema el que te moleste las verdades que te digo. ¿O me negarás que lo que hiciste en la lechucería no fue estúpido?

—No, no fue estúpido —contestó testarudamente, sin rendirse. Su orgullo estaba primero.

—Entonces engañarte será más fácil. Qué pena, no creo que aguantes mucho más...

Dio media vuelta y se acercó a la puerta.

—Espero que no estés pidiéndole ayuda a nadie, porque aquellos se pueden meter en dificultades —dijo por lo bajo mirándola otra vez, pero ella entendió más por el movimiento de sus labios que por sus palabras.

Le dedicó una sonrisa cruel y se fue de allí con toda parsimonia.

Con desgana Merlina se puso el pijama, programó el despertador y se durmió. No había resultado como quería, porque el fin de ello era humillarlo y quedar en paz. Ahora tendría que soportarlo por el resto del año. ¿Podría existir alguien más malo que él? Era tan déspota, tan raro, tan cruel, tan oscuro, tan…

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Los días pasaron más rápido de lo que había pensado, llegando el final de mes con demasiada prontitud, lo que le hizo olvidarse completamente de Craig. Le había escrito sólo dos cartas en lo que llevaba en el castillo, muy carentes de noticias importantes y llenas de palabras de odio dedicadas hacia una persona en particular. Merlina ya tenía más cosas que hacer y más situaciones por las que luchar, como precisamente Snape, a quien, al día siguiente de la broma, se le había quitado todo lo verde. Seguro que tenía sus métodos especiales de deshacerse de las pinturas para piel. No era nada de tonto, todo lo contrario, era inteligentísimo y muy malvado. Pero lo raro era que todavía no mostraba su peor cara, o eso parecía ser. Todavía no le ocurría a Merlina algo realmente malo como para querer morirse. Sólo había sucedido lo normal, lo que quiere decir, unas cuantas peleas de pasillo con él, por los insultos que le dedicaba siempre de manera hiriente. Los de Slytherin se las celebraban con aplausos y carcajadas. Todo eso le estaba haciendo ganarse bastantes enemigos, y todos de esa maldita casa llena de víboras. Ron, Harry, Hermione y Ginny siempre le daban palabras de consuelo, y, en general, los chicos de Gryffindor, Ravenclaw y Hufflepuff eran decentes con ella, al menos, la mayoría. Merlina trataba de ser justa y amable con todos ellos. De cualquier modo, el trabajo cada vez se le hacía más difícil de realizar.

—Bien, aquí está tu primera paga —le dijo Albus el último día de septiembre, entregándole una bolsa con los doscientos galeons de sueldo.

—Ni siquiera debería darme lo prometido, he estado bastante mal...

—¿Por qué dices eso? Lo has hecho bien. Y créeme que con Filch no era mejor. Al menos tú les agradas a los alumnos y el castillo perdura más en su limpieza.

Merlina se encogió de hombros y evitó mirar a los ojos del director.

—Gracias por sus palabras, Albus. Ahora iré a continuar con lo mío...

—De nada. Y yo debo contestar unas cartas... ¿Puedes llamar al profesor Snape, Merlina? —Merlina no contestó y el corazón se le aceleró un poco—. Quiero que le avises que, apenas acabe su clase, venga a mi despacho, por favor, y ojalá de manera confidencial. No me gusta que los alumnos se preocupen demasiado...

—Yo... —se topó con su mirada—. Sí, no hay problema, le digo de inmediato.

La joven salió del despacho de Albus, sintiéndose furiosa. Lo que menos quería era dirigirle la palabra a Snape y el director le enviaba a hacer eso. Quizá sabía lo que pasaba y lo hacía adrede, con la intención de enmendar la relación mediante interacciones forzadas. Albus Dumbledore era una persona muy sabia, pero nada conseguiría obligándolos cuando se llevaban como perro y gato. De todos modos sería decente y accedería a concederle el favor a su jefe.