Capítulo 10: La venganza de Severus
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Deseando salir del trámite lo más pronto posible, fue hacia las mazmorras casi trotando y tocó la puerta del aula con determinación.
—Adelante —indicó la voz de Severus. Merlina entró, pero se quedó en el umbral. Todos la miraron, dejando sus humeantes pociones de lado, y es que era raro que alguien interrumpiera la clase del profesor Snape. Los de Slytherin la observaron con una sonrisa de burla en la cara; los Gryffindor, con curiosidad. El último en darse cuenta de que era ella, fue él mismo. A Merlina le dio la leve impresión que ya sabía que era ella y que la quería hacer esperar.
—¿Sí, Morgan?
—Traigo un mensaje para usted, profesor —comentó con voz monótona.
—Acérquese, por favor —dijo con ironía disfrazada de formalidad.
Merlina suspiró largamente y fue hacia su escritorio. No volaba ni una mosca, todos estaban pendientes de ellos. Los de Slytherin deseaban ver al profesor enojado por la repentina interrupción de su clase.
—Albus dice que vayas después de clases a su despacho —comentó Merlina por lo bajo, no muy cerca de él, cuando alcanzó su escritorio.
—No le oigo —declaró Snape.
Merlina tomó aire, exasperada y repitió lo mismo. No podía gritarlo, y tampoco quería acercarse más a él.
—Morgan, si insiste en hablarme, así me temo que voy a tener que hacerle un encantamiento a su garganta —eso lo dijo fuerte así que varios rieron. Merlina no lo encontraba para nada gracioso, porque la estaba tratando como si fuera una estudiante y no como a una trabajadora del castillo. Se puso colorada y apretó los dientes—. Hágame el favor de aproximarse más.
A Merlina le temblaban las manos. Bajó un poco, se puso a quince centímetros de su cara, y repitió:
—Albus-dice-que-vayas-después-de-clases-a-su-despacho. ¿Entendiste? No me hagas gritarlo, porque precisamente pidió discreción.
—Sí, comprendí, señorita. Bien —replicó Snape un poco más cortado, observándola inquisidoramente.
—Era eso —señaló Merlina y se giró para retirarse de la sala, furiosa, pero, antes de que avanzara un paso, él la detuvo.
—Aprovechando que se encuentra aquí, Morgan, ¿podría hacerme el favor de traer unos trabajos que tengo en la mesa de mi despacho? Y los libros que se encuentran al lado también.
—¿Qué?
—No creo que sea sorda, me oyó perfectamente, así que, tráigame lo que le pedí, si no es mucha la molestia y el esfuerzo. Tal vez se quiebre una uña.
Merlina resopló y se fue por la puerta que conducía al despacho. ¿Él hablando de sordos? ¡Era él el estúpido que no le escuchaba! Hubiera sido mejor obligarlo a salir al pasillo, pero sólo hubiera servido para extender el problema.
En el escritorio había cinco montos de pergamino. Se los llevaría de a dos, porque eran bastante pesados. No se atrevía a hacerlos levitar. Como la levitación no era su fuerte, y con los nervios era casi evidente que no le iba a resultar realizar el encantamiento en ese momento.
—¿Por qué no los hace volar? ¿Acaso no es bruja? No me digas que es igual que Filch —dijo Draco Malfoy a toda boca. Snape hizo caso omiso al comentario y también al hecho de que ella depositara los trabajos en el escritorio con cierta brusquedad.
Fue por los otros dos y Malfoy volvió a lanzar un comentario mordaz. Luego fue por los libros y el último montón de informes.
—Se le van a caer, se le van a caer...
—¿Por qué no cierras la boca, Malfoy? —le espetó Harry, dejando el tallo de raíz de belladona que estaba cortando. Hermione y Ron lo miraron, y Snape también.
—¿Quiere ganarse un cero, Potter? ¡Continúe con lo suyo!
Harry iba a abrir la boca para replicar, pero Merlina se le adelantó.
—Un momento —dijo. Snape volvió a levantar la mirada hacia ella—. ¿Por qué regañas a Potter y no a Malfoy?
—¿Malfoy ha hecho algo? —preguntó Snape arqueando las cejas.
—No me digas que no lo escuchaste. Ha estado, desde que llegué, molestándome...
—Yo no he escuchado nada, Morgan. ¿Todavía sufre de alucinaciones? Ya le dije que fuera a San Mungo, y ahora que está recién pagada podría hacerse ver.
—Yo no tengo aluci...
—Y si no las tiene —siguió Snape, inadmisible—, entonces no sé qué le afectan a usted las palabras de un muchacho de dieciséis años, a menos que sea lo suficientemente...
—¡El punto no es ese! —explotó Merlina, ya sin importarle nada. Le daba igual que la tomara con ella, pero con Harry, un estudiante, era diferente—. ¿Por qué regañas a Harry? ¡No ha hecho nada! ¡Por cualquier cosa lo sacas a él, lo dejas en vergüenza!
—¿Has estado en mis clases, Morgan? —preguntó él, dejando de tratarla de usted, y eso lo notaron los demás, quienes abrieron la boca con asombro.
—No, pero...
—Entonces no puedes saber si siempre le dejo en vergüenza.
Merlina no contestó. Con ira dejó los trabajos y, con un golpe seco, los libros, que se los entregó al propio Severus, apuntándole al estómago. Severus no se quejó, pero pudo notarse que, por unos segundos, se quedó sin respiración. Ella se fue lo antes posible de allí.
—Potter, te aconsejo que dejes de buscarte abogadas tan inútiles y te aprendas a defender solo —dijo Snape, jadeante, cuando ella se fue.
—¿Qué pasó?
—¡Snape nos quitó cincuenta puntos! —gritó Ron, furioso.
—Pero ¿por qué? Si ustedes no hicieron nada...
—Me los quitaron a mí —aclaro Harry malhumorado, apoyando un brazo en la muralla. Merlina se hallaba en el séptimo piso intentando cazar a Peeves, quien ya se había escapado de nuevo. Habían transcurrido cuarenta minutos desde el desagradable evento.
—No entiendo, de todas formas, tú no hiciste nada...
—Lo que pasó fue que Snape continuó insultándolos —continuó Hermione, ya que Harry y Ron estaban demasiado ofuscados como para hablar—, a ti y a Harry, y Harry le contestó que alejara su nariz de tus asuntos y los suyos, y que el cobarde era él y no Harry...
Merlina no dijo nada. ¿Con qué moral le diría a Harry "deberías no haber dicho nada"?
—Lo siento mucho —se limitó a contestar ella—. Snape es un idiota —Hermione hizo un movimiento con la mano y creyó que estaba espantando una mosca—, ya aprenderá que...
—¿Voy a aprender qué, Morgan?
Merlina se dio vuelta y vio a Snape al final del pasillo.
—¿Qué haces acá? —preguntó Merlina bruscamente, bajando las cejas con exasperación.
—Voy donde Dumbledore, tal como me pediste. Pero no te desvíes. ¿Voy a aprender qué? —reiteró y la miró intensamente, desafiante.
Merlina se trabó.
—Nada, nada.
—Mmhh... ¿Fraternizando con estudiantes? ¿Quieres que le quite puntos a Gryffindor nuevamente, Morgan? El trío de la suerte ya ha perdido cincuenta puntos...
Merlina se volteó hacia los chicos, abriendo mucho los ojos.
—Váyanse, ahora.
Ninguno se atrevió a rebatir y doblaron la esquina. Merlina se giró nuevamente hacia el profesor.
—Eres un injusto, Snape. Le quitas puntos, todo porque te caen mal y...
—He sido bastante justo —interrumpió, yendo hacia ella—, ya que todavía no hecho lo prometido. Como has notado, te he dejado en paz.
—¿Para ti "dejar en paz" es sinónimo de insultarme cada minuto del día? No te atreverás a hacerme nada, ni siquiera se te ha ocurrido alguna idea, sino no habrías tardado tanto...
—Estaba esperando que me dijeras algo así para decidirlo. Pero tranquila, tienes tiempo para estar libre.
—¿Qué tramas?
Severus sonrió con malicia y no contestó. Se limitó a pasar por su lado y pegarle con el hombro. Merlina se lo sobó, aunque no le había dolido. En un acto de desesperación sacó su varita y corrió hacia él. Lo tomó del brazo, lo empujó contra la pared y le puso la varita en el cuello, tomándolo completamente por sorpresa.
Snape sonrió con las cejas fruncidas, sin moverse. Eso es lo que pudo ver Merlina, porque no lo miraba directamente. Simplemente no podía, le daba una sensación horrible en el sistema nervioso…
—¿Me quieres hechizar? ¿Encantar? ¿Amenazar? ¿Asesinar? ¿Torturar? ¿Mmh?
La barbilla de Merlina tembló. No contestó. No podía luchar contra él… Y ni siquiera ella sabía qué pretendía. Tenía claro que Severus podía desarmarla de la forma que deseara, con o sin magia, y que sólo tenía curiosidad de ver hasta dónde llegaría su impulsividad, y que por eso se había quedado quieto.
Snape le tomó la mano suavemente y se la bajó, haciendo que metiera la varita a su bolsillo. No tuvo que luchar contra ella, porque Merlina ya había perdido sus fuerzas.
—No te voy a matar, Morgan, créeme —le aseguró con sorna.
Se alejó, dejando a Merlina de cara contra la pared. ¿Tan débil era ella como para no poder enfrentarlo sin temores?
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Y Merlina aguardó, nerviosa, fijándose todos los días si había algo en ella de extraño, pero jamás se lo logró descubrir. El final de octubre llegó rápido, al igual que el de septiembre, y los chicos se preparaban para la fiesta de Halloween, que era de disfraces para los estudiantes. Ya se estaban encargando de adornar el Gran Comedor. Hagrid era el encargado principal y había colocado enormes calabazas con caras maliciosas talladas, iluminadas por dentro. Los murciélagos volaban por el cielo raso de un lado a otro, y la cena se notaba más deliciosa que nunca.
Cuando llegó la noche, Merlina se cambió su ropa normal por una túnica azul oscuro de satén y se peinó con una media cola. Deseaba lucir pulcra alguna vez en su vida; eso le daba más seguridad.
Cuando bajó al Gran Comedor se topó a Snape, que se devolvía a las mazmorras, o eso parecía. Iba con su mejor túnica negra, de terciopelo y broche plateado, y tenía una extraña sonrisa en la cara, lo que no era nada habitual en él. ¿Su broma estaría lista? Mejor no pensaría en eso.
El Gran Comedor estaba abarrotado de unos duendecillos vestidos de negro con naranjo que cantaban unas alegres, y, a la vez, tenebrosas canciones de Halloween para acompañar el ambiente. Las velas tenían forma de calavera y despedían una luz mucho más sutil que de costumbre.
Los profesores también estaban con sus mejores galas, y Albus era uno de los que resaltaban más con su túnica azul marino, llena de estrellas doradas.
No pudo distinguir a los chicos, porque en ese alboroto de disfraces era imposible reconocerlos. Pero sí pudo divisar a muchos diablos, diablas, monjes, ángeles, esqueletos, banshees, wendigos, demionios, duendes, vampiros, hombres-lobo, hadas, animales mágicos, espectros, muggles, muertos, insectos gigantes como Doxys y zancudos, y un montón de cosas extrañas, como los superhéroes muggles, quienes no podían faltar.
Snape no apareció hasta un rato después, con la sonrisa más definida que nunca, lo que hizo que se le apretara el estómago.
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Le dio mucha satisfacción la mirada que le dirigió cuando la vio pasar. De seguro temía que algo planeaba, pero jamás se imaginaría qué. Bajó a las cocinas con la pequeña botella verde fuertemente apretada en el bolsillo. Le hizo cosquillas al frutero y giró el pomo que apareció en el cuadro. Los elfos le miraron con atención cuando entró, y uno que otro se acercó a preguntarle qué deseaba y si podía ayudarlo.
—No, estoy bajo las órdenes del director —mintió Severus.
Fue hacia la mesa de los profesores, donde los platos aguardaban con un humeante pastel de calabaza, lo que era tradición comerlo. Fue hasta el lugar de Morgan y vertió unas cuantas gotas en dicho pastel, que fueron absorbidas de inmediato.
—Bien, bien... veamos quién es el que sufre esta vez —susurró y subió con los demás.
Snape había entrado por la puerta lateral. Merlina lo miró con desconfianza, y éste no vaciló y siguió con la sonrisa. Ocupó su puesto habitual y se cruzó de brazos.
Dumbledore se puso en pie y atrajo la atención de todos. Hasta los duendecillos cantarines se callaron.
—A todos los presentes esta noche —dijo, sonriendo—, les deseo una feliz celebración de Halloween. Una noche en que puedan relajarse y olvidarse por un momento del colegio, donde puedan reír y divertirse. Espero que sea una velada que todos podamos disfrutar por igual, recordando de la mejor forma a nuestros seres queridos perdidos en el camino. ¡Al ataque!
Los enanos reanudaron el etéreo canto y los platos de pastel de calabaza aparecieron, más todos los de comida variada, como ensaladas, carnes, masas, panes, jugos, bebidas...
Merlina sacó con la cuchara un nada mezquino trozo de pastel y se lo echó a la boca. Lo disfrutó a tal punto, que se sintió hasta relajada y más animada. Con ganas de hablar, de compartir... Pero primero se terminó su pastel.
Pensaba decirle a Sprout "Delicioso, ¿no cree?", pero de su boca salieron otras palabras.
—¿Una verdadera porquería, no?
Sprout la miró sorprendida.
—¿Qué dices, Merlina?
Merlina se tapó la boca. ¿Había escuchado mal? No, ella no había dicho eso, ella no... Lo intentó de nuevo.
—Dije que esto es una verdadera mierda. —Merlina se cubrió la boca con la mano.
—¡Por las mandrágoras! —exclamó Pomona ofendida.
—¿Qué ocurre? —preguntó Hagrid, que estaba al lado de la maestra de herbología.
"Yo no dije eso", pensaba decir Merlina, pero ocurrió de nuevo.
—¿Qué te metes tú, gigantón cerebro de rata?
—¿Eh?
Oh, Dios mío, juro que no he dicho eso.
—¡Mierda! ¿Están sordos o qué? ¡La comida es un asco! ¡Está mal cocida, y de seguro el condimento especial es sudor de elfo! —gritó, parándose y tapándose la boca otra vez.
El silencio se hizo en menos de dos segundos. Todas las caras se giraron automáticamente hacia ella.
"Es mentira, ¡la comida es rica!"
—¡Y se los digo en serio, parece comida de cerdos!
Merlina estaba aterrada, no podía controlarse. Bajó los escalones de la tarima de la mesa alta, seguida por cientos de pares de ojos sorprendidos. Todos tenían la boca abierta. Albus tenía una expresión de particular interés en su cara.
"No puedo manejar lo que digo, ¡perdónenme!"
—Y todos ustedes son unos cerdos sin cerebro! ¿Para qué se esfuerzan en aprender en este chiquero de colegio?
Los de Slytherin empezaban a reír. Algunos profesores se cubrían la cara con las manos por la vergüenza ajena.
Y entonces cayó en la cuenta. Miró hacia Snape, quien estaba con los dedos entrelazados, disfrutando plácidamente de la escena.
"¡Tú!"
—¡Eres una caca de perro, Snape!
"¡Fue él quien me hizo esto!"
—¡Y dejen de mirarme como si tuviera un moco en la cara!
"Sé que pusiste algo en mi comida."
—¡Es como si alguien se hubiese orinado en mi comida!
"¡Reconócelo, Snape, no seas injusto!"
—¡Te mataré, Snape, te clavaré una estaca por el...!
Merlina se cubrió la boca e intentó ahogar la palabra que iba a salir y lo logró, pero mordiéndose la lengua. Todos estallaron en carcajadas, excepto los profesores, aunque Albus tenía una disimulada sonrisa y no parecía nada molesto.
Evitó gritar, por si salía otra palabra no deseada, y se fue corriendo por las grandes puertas.
Lo mataré, lo mataré, lo mataré.
—¡Corre, que te pilla la polilla! —se burló Peeves, apareciendo súbitamente de un armario.
—¡Vete a joder a otro lado, Peeves!
Peeves la miró con sus ojillos maléficos y Merlina agarró el vuelo otra vez. Cerró la puerta de su despacho con fuerza.
