Capítulo 11: Premeditando la revancha
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—¡Aaahhh! —gritó y se sintió mucho más aliviada, porque al menos el gritar no se tergiversaba—. ¡Aaah! —volvió a aullar fuera de sí y pateó con todas sus fuerzas el escritorio. Eso fue una muy mala idea, porque le dolió mucho más a ella que al mueble.
Se agarró de las mechas y se agachó. No quería hablar, porque ¿qué sacaba si no iba a poder expresar lo que realmente sentía, toda esa ira que le estaba inundando? Era absurdo, terminaría ofendiéndose a sí misma y se enfurecería el doble. Dejó pasar unos minutos en esa posición, haciendo ruidos bastante extraños. Mejor lo intentaría, quizá sola no surtiera efecto la maldición.
"Maldita sea, ¡todo me ocurre a mí! Maldito Snape."
—¡Soy una basura humana, nada comparado con el perfecto Snape! —se tapó los oídos, enfadada y se reincorporó; no podía controlar su lengua, ni aunque se la apretara con pinzas—. ¡AAAAAHHH! —gritó otra vez. Era como una maldición: si hablaba de ella, era de mala forma, si hablaba sobre los demás, también, a menos que decidiera decir algo malo a propósito, esto se tornaba como algo positivo.
—¿"Perfecto"? —dijo una voz engreída desde el umbral de la puerta. Snape estaba con los brazos cruzados y con esa maldita sonrisa hipócrita en la cara.
"¡No lo dije yo!"
—¡No, bestia verde asquerosa, no eres perfecto!
¡Uf! Suerte. Al menos algo era cierto, así que no procuró taparse la boca.
—Cerdita parlanchina —dijo Snape entrando y cerrando la puerta—, eso es lo que eres ahora.
"¡Quítame este hechizo!"
—¡Golpéame y tírame por la ventana!
—¿Sí? ¿Eso quieres? —comenzó a aproximarse lentamente como un leopardo en busca de su presa.
Merlina negó enfáticamente con la cabeza y se alejó estirando las manos, chocando con el escritorio.
—¿No quieres eso?
Merlina volvió a negar, apretando los ojos, la boca y puños. Cuando abrió los ojos, Snape la tenía, por segunda vez, acorralada. No perdía momento para acosarla de esa manera.
—¿No?
"¡NO!"
—¡Sí, eso deseo! —Apenas pronunció las palabras, volvió a negar, acongojada.
—No comprendo, ¿qué demonios quieres?
Merlina sacó su varita, la señaló, se apuntó a sí misma con una mano e hizo un gesto negativo con el dedo índice.
Quiero que me quites la maldición —pensó con todas sus ganas, mirándolo a los ojos, y repitió la mímica.
—¿Quieres que te saque el hechizo? —Merlina asintió. Snape metió la mano en su bolsillo—. El problema es que no es un hechizo —explicó maliciosamente y extrajo algo que no era una varita, sino que una botella diminuta y se la mostró—. Es una poción… Y este —agitó la botellita frente a su nariz—, es el antídoto.
Merlina subió el brazo para intentar agarrarla, pero Snape fue más rápido. La escondió detrás de su espalda y retrocedió. Pero Merlina lo siguió, rodeándolo con los brazos para tratar de quitarle la botella.
—¡Aaah! —chilló pateando el suelo desesperada, desistiendo.
—Sí, es mejor que te rindas —dijo Snape y volvió a poner a salvo la botellita en su bolsillo—. Creo que será mejor que esperes a que se te pase el efecto. Luego tendrás que ir a dar las explicaciones correspondientes a los profesores. Y, tal vez, a los elfos. Qué terribles insultos osaste a decir sobre su comida, Cerdita Parlanchina.
Merlina miró el suelo, abatida. Snape se dio vuelta y se propuso a salir del despacho. Merlina corrió para alcanzarlo y sacarle la botella del bolsillo, pero, al parecer Snape tenía ojos en la nuca, porque se dio un cuarto de vuelta y le tomó la mano que iba a usar para extraer la botella. Con un brusco movimiento le tomó la otra mano y la obligó a sentarse en el sillón.
—Te quedarás aquí si no quieres pasar más vergüenza ni arruinar las cosas —aconsejó condescendientemente—. Y no intentes nada. —concluyó.
—¡Aaaahhh! —volvió a gritar cuando Snape dejó su despacho, plantó la cara en sus rodillas e intentó llorar para desahogarse, pero, aun así, sintiendo toda esa desesperación, no fue capaz de derramar ni una sola lágrima.
No supo cuánto tiempo estuvo así, porque se había quedado dormida. Miró por la ventana del despacho y vio que ya estaba el alba. Iba a amanecer. No había cumplido sus labores nocturnas, y de seguro tendría que ir a darle las explicaciones a Dumbledore en un rato más, tal como había dicho Snape. Se frotó los ojos con desgana y se fue a dar una ducha. Estaba triste, pero no podía expresarlo con palabras.
"Si pudiera hablar como quiero… podría dar explicaciones".
—Si pudiera hablar como quiero…podría dar explicaciones —dijo mientras se peinaba frente al espejo. Su cara de tristeza cambió a una de asombro—. ¿Puedo hablar? ¡Puedo hablar! —pegó un salto y le sonrió a su reflejo—. Merlina Morgan odia a Severus Snape y se ama a sí misma —citó—. ¡Sí, puedo hablar!
E hizo un movimiento tan brusco producto de la felicidad, que terminó aullando por golpearse terriblemente en el codo derecho.
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El momento en que Merlina pudo volver a hablar le retornó toda la alegría, la que le duró muy poco. Pudo disculparse con los profesores y les manifestó que alguien le había gastado una broma con alguna poción "Malhablante" —ya lo había averiguado en un libro de la biblioteca, y si de algo servía esa lección, era aprender todo sobre las pociones— y que nada de lo que había dicho había sido cierto o con intención. Todos se mostraron muy comprensivos. Hagrid confesó que le había dado mucha risa y que había estado toda la noche riéndose a carcajadas. Según él que nadie le había dicho un insulto tan estúpido como el de ella. Dumbledore le dijo que lo había sospechado y que no se preocupara, que jamás pensaría que ella diría semejantes palabras. No obstante, por ejemplo, Peeves, no se lo perdonó tan fácil y una semana completa le estuvo lanzando bombitas de agua —agradeció que fuera agua y no otra cosa—. La semana siguiente le dio por asustarla apareciéndose tras los tapices, y, la otra, por hacerle tropezar con la alfombra. Sin embargo, él no era el único que hacía bromas de ese estilo, sino que los de Slytherin habían tomado la mala costumbre de gritarle cosas desagradables cuando la veían, sobre todo Draco Malfoy, que era el cabecilla de todo ese movimiento Anti-Merlina. Snape hacía caso omiso a las molestias que le provocaba a Merlina todo eso, y solía llamarla "Cerdita Parlanchina" delante de los alumnos. Pero, al menos, no estaba sola. Harry, Ron y Hermione habían procurado crear su propio club, y, cuando podían, defendían a Merlina agarrándose a duelo con las serpientes. Ella, por otro lado, trataba de mantener el orden lo más que podía, pero con todo ese desastre, era casi imposible. Por lo menos, hasta ese punto, jamás le habían regañado por no cumplir de manera correcta su trabajo, y a ninguno de los estudiantes le convenía acusarla por ello, porque tanto los de Gryffindor como los de Slytherin se meterían en problemas, y ya varias noches Merlina había pillado a uno que otro Hufflepuff o Ravenclaw merodeando con sus parejas a altas horas de la noche, así que tenía suficiente material como para poner a los estudiantes en aprietos. Todos esos factores habían hecho que la celadora se rindiera a tal punto con respecto a Snape, que ya no se le ocurrían ideas para fastidiarlo, y tampoco quería aceptar la ayuda de los chicos. Sentía que odiaba a Snape, pero sabía, en el fondo, que jamás podría vencerlo.
Quizá estaba agotada y alicaída, y por eso pensaba de ese modo. Sin embargo, la iluminación del Señor llegó una semana antes de Navidad. Fue maravilloso, como si un ángel le hubiese susurrado al oído lo que tenía que hacer.
Se hallaba colgando unos muérdagos en un pasillo, cuando Harry apareció, furioso por milésima vez, de una esquina, maldiciendo a diestra y siniestra.
—¿Qué ocurre, Harry?
—Snape me echó de la clase —contestó, calmándose un poco al verla.
—No me sorprende. De todas formas, falta poco para el recreo. ¿Qué hiciste?
—Nada. Según él que yo le rompí el frasco de poción de Malfoy.
—¿Y qué poción era? ¿De oro líquido?
—Multijugos.
—¿Multijugos? ¿Esa que te hace cambiar de apariencia cuando te la bebes?
—Sí, pero yo no fui, y si es que lo hice, no lo hice con querer...
Merlina ya no escuchaba. "Multijugos". Una serie de ideas locas comenzaban a rondar en su cabeza.
—¿Harry?
—¿Sí?
—¿Snape se deja las botellas de pociones?
—Sí, las va a revisar, pero se deja las mejores, de seguro la de Hermione está allí.
—¿Tienen los nombres de los que la preparan adosados al frasco?
—Sí —Harry la miró con desconfianza—, ¿por qué?
Merlina sonrió como no lo hacía en semanas.
—Bueno... ¿Has oído que el dicho de "el que ríe último, ríe mejor"?
Harry arqueó las cejas mientras Merlina reía pérfidamente.
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Procesó muchas veces el plan. Hizo las cosas con extremo cuidado, y el primer paso a ejecutar era robar la poción. Esperó unos días hasta que los muchachos se enteraran de su calificación para ir a sacarla, sino Hermione —pensaba usar su poción— tendría un cero y Snape estaría fascinado de dibujarlo en la planilla de calificaciones. Fue un poco más difícil, ya que Severus, desde que ella había entrado, dejaba la puerta del despacho cerrado herméticamente. Pero, por suerte, eso era sólo de noche, así que tuvo que aguardar a que estuviera en una clase particularmente concienzuda y entrar a hurtadillas, buscar la botellita que dijera "H. Granger" en una de las vitrinas y sacarla. Y tenía que robar precisamente esa, porque no confiaba en nadie más ¿Y si sacaba la de Goyle y resultaba mal su plan? De todos modos, el mayor problema era el cabello. ¿Cómo lo iba a conseguir? No había manera de poder entrar a su cuarto, ni de día ni de noche, y no se atrevería jamás a forzar una cerradura para sacar algo tan insignificante como un pelo. Así que en eso se hallaba en esos momentos, en el plan de sacarle un mechón de la cabeza, con la mirada perdida en el cielo, en el tercer piso, apoyada en el alféizar de una enorme ventana. Ya faltaban dos días para Navidad. Lo mejor de todo, era que la mayoría se iba a quedar en Hogwarts para esa fecha, así que la broma se apreciaría de mejor manera.
¡Paff!
Una explosión de varias bombas fétidas en su cabeza le derrumbó sus pensamientos. Varios estallaron a carcajadas tras ella. Se giró con la cabeza humeando y emanando un olor asqueroso a huevos podridos, y vio a unos cuantos metros a Draco Malfoy con Goyle, Crabbe, la muchacha con cara de perro llamada Pansy Parkinson, más una bestia gorda y peluda denominada Millicent Bulstrode, que equivalían a dos Merlinas, y tal vez un poco más.
—¿Qué demonios les pasa? ¿Acaso les van a dar puntos por darme en la cabeza, mocosos de porquería? —gritó avanzando lo más amenazadoramente que pudo.
—No es mala idea, Morgan —intervino la voz de Snape a la derecha, quien acababa de aparecer detrás de un tapiz de un paisaje nocturno.
—¿Qué? ¿Por qué siempre te me apareces tú para empeorarlo todo? —gritó aún más fuerte cuando Snape estuvo cerca.
—Bueno, generalmente apestas, y ahora lo haces el doble, ¿cómo no saber dónde estás? —se burló con crueldad Snape.
—Fueron ellos —gruñó Merlina entre dientes, señalando al grupito—. Lo sabes perfectamente, sabes que hace tiempo están haciendo cosas para que yo me enfade, para que me cueste más el trabajo, para que me despidan o yo renuncie y…
—Y es una pena que no lo hayan conseguido —interrumpió Severus, coreado por una carcajada de parte de los Slytherin—. Ahora, es mejor que limpies el desastre que está y que vayas a ducharte, porque tu olor es insoportable —se dirigió a los de su casa—. Y ustedes, vayan a hacer sus deberes.
Les dio la espalda y entonces, otra vez, la luz se hizo en la cabeza de Merlina.
—¡Noooooo! —gritó y se abalanzó contra su espalda, subiéndose como un mono, con piernas y manos, agarrándolo del pelo, fingiendo estar furiosa, aunque no necesitaba actuar demasiado, porque lo estaba de verdad. Malfoy y su grupo observaban con la boca abierta, anonadados.
Snape gritó también e intentó sacársela de encima, y cuando lo logró, Merlina ya había arrancado varios pelos y se los había logrado meter en el bolsillo con un ágil movimiento.
—¡Fuera! —gritó Snape a sus estudiantes enojado. Luego tomó a Merlina del brazo con brusquedad y la hizo entrar en un cuarto de cosas de limpieza que estaba polvoriento y desordenado.
Resoplando por la nariz, la soltó, y le volvió a hablar.
—¿Con quién crees que tratas?
—Tú…
—No me interesa nada de lo que tengas que decir. Ya te advertí, asume las consecuencias.
—¿Enserio? —dijo Merlina, sonriendo.
Snape la miró un par de segundos a los ojos.
—Cualquier cosa que estés tramando… No me quedaré tranquilo —titubeó—, ya sabes que…
—Tranquilo —le dio unas palmadas en el hombro de manera casi amistosa—, no hay nada que vaya a hacer en tu contra. No te voy a matar, Severus, créeme —añadió, tal como le había dicho él una vez.
Y fue ella quien lo dejó solo, en confusión.
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Sacarse el olor de las bombas fétidas fue más complicado de lo que parecía, por ende, estuvo todo el resto del día en la tina refregándose la cabeza hasta con las uñas, pero eso no le impidió pasar a la parte dos de la planificación: buscar la ropa de Snape. Simplemente se dirigió a la lavandería y sacó una tenida limpia.
Al otro día pidió permiso a Albus para ir a visitar Hogsmeade y comprar unas "cosas importantes", según ella. Así que allí, en el pueblo, en una tienda de ropa, compró los zapatos y, por supuesto, el traje maestro: unos calzoncillos apretados de color rojo pasión, junto con una sudadera musculosa plateada llena de brillantes y un sombrero negro de copa. También aprovechó de comprarles un regalo a los chicos, a Albus y, por sorprendente que pareciera, también a Snape, olvidándose completamente de Craig. A Hermione le compró un libro de Alquimia, a Harry y a Ron un perfume de distinto aroma cada uno. A Albus le compró unos bombones de chocolates finos y a Snape un oso de peluche que decía "Púdrete" y mostraba los dedos de las manos groseramente cada vez que alguien lo tomaba.
—Mmhh... Qué sensualidad —susurró escaneando la ropa con los ojos unas horas más tarde, cuando estaba de vuelta en el castillo.
Le quedaba tan sólo la última parte: procurar que Snape durmiera toda la cena de Navidad, y eso lo conseguiría poniéndole polvos soporíferos, nuevamente, en la comida. Tema fácil, ya que él jamás se esperaría que ella utilizara la misma técnica que había aprovechado él. Sin embargo, había una gran falla. ¿Dónde estaría ella? No importaba que Snape supiera que era ella, pero los demás no tardarían en darse cuenta y, si su puesto estaba vacío a la hora de la cena, sería notorio. Necesitaba ayuda.
Cuando vio salir a Harry, Ron y Hermione del Gran Comedor, no tardó en ir tras ellos y procuró alcanzarlos en el tercer piso, donde nadie podía ser testigo de sus planes.
—¡Muchachos! —llamó.
Los tres se voltearon y fueron hacia ella.
—Necesito su ayuda, urgente.
Hermione sonrió.
—Eso esperábamos, Harry nos mencionó que tenías otra idea en mente.
—¿Cómo no nos ibas a contar? —agregó Ron ciertamente ofendido.
—Bueno... lo siento. Ahora les digo. Vamos a mi despacho, quedan veinte minutos para que la cena acabe.
Fueron a su oficina y Merlina les narró su plan. Evidentemente les encantó.
—¿Y en qué quieres que te ayudemos? —indagó Harry.
—En realidad, ahora que lo pienso, creo que necesito la ayuda de Hermione.
—¿Por qué? —preguntó la muchacha, alarmada.
—No quiero meterte en problemas, pero... bueno, eres mujer, eres la indicada —contestó en tono de súplica—. Necesito que te hagas pasar por mí mañana, con la poción Multijugos, por una hora.
—Pero, Merlina...
—Te juro que no tendrás que hacer nada. Sólo reír y ser educada con los profesores, si alguien te habla —explicó—. Tengo que estar allí, me deben ver para que se testifique que no hice nada. Snape no podrá hacer ninguna cosa si cientos de ojos afirman que estuve allí —hizo una pausa—. Tú puedes estar en la enfermería, o en la Sala Común, o en la biblioteca haciendo tareas. Nadie lo sospecharía, nadie podría negarlo. Si uso a Harry o a Ron, serán blancos más fáciles. Tú eres una estudiante ejemplar.
Hermione miró el suelo y luego asintió.
—Está bien, lo haré, pero, si se cumple el plazo de una hora...
—No ocurrirá nada, porque yo estaré al tanto. Saldrá bien, lo sé. Snape ni siquiera ha sospechado, y eso se traduce a que mi plan es prácticamente perfecto.
