Capítulo 12: Espectáculo navideño

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A pesar de creer que su plan era casi perfecto, el resto de la noche y al día siguiente estuvo intranquila. Eso fue producto de varios factores: el primero llegó en la mañana, a la hora de abrir sus regalos y ver que Craig le había enviado una tarjeta Navideña escrita con enojo, junto con un vestido que estaba segura de que jamás se pondría, y no porque fuera feo, sino porque simplemente no le gustaba, y él lo sabía, porque conocía sus gustos. Albus también le envió algo: una botella de Amaretto de la mejor marca. Ron le envió una serie de pasteles caseros hechos por su madre, Hermione le regaló una chaqueta negra que le fascinó, y Harry un cuadro de un paisaje muy bonito para que colgara en su cuarto.

El segundo factor fue que Snape no la dejó de mirar durante todo lo que fue el desayuno. Podría atribuirlo, quizá, a la fatal derrota de Slytherin en el partido contra Gryffindor, pero no era enojo lo que se reflejaba. Casi no pestañeaba y tenía las cejas muy juntas, como si estuviera en constante pensamiento. Eso le ponía nerviosa, y seguía sin saber el porqué de la terrible sensación que le causaba. ¿Era miedo? No, porque, sino jamás osaría a hacer lo que tenía en mente. Quizá… el también fuera a hacer algo. Quizá se vengaría por haberle tirado el pelo. ¿Quién era el inmaduro ahora? ¡Ja!

Durante el almuerzo fue a echar los polvos de sueño en la comida y lo hizo en grandes cantidades para que durmiera las doce horas siguientes. Ron se encargó de vigilar desde su puesto de que engullera toda la comida y así lo hizo, sin dar muestra de sospechar algo. Cerca del final Merlina se dio cuenta de que bostezó y empezó a cabecear, así que salió por la puerta oculta, caminando con pesadumbre. Luego Merlina se aseguró de que no hubiese quedado tirado por allí, pero Harry vio en un mapa especial que tenía, que estaba muy acomodado en su cuarto, durmiendo.

Hermione llegó media hora a su oficina antes de que comenzara la cena. Merlina le tenía preparada la ropa encima de su cama, y la suya estaba en el baño.

—Bien, vístete tranquila y espera a que yo salga para que separemos la poción y la bebamos a nuestra salud… —dijo Merlina antes de entrar al baño.

Se sacó toda la ropa y se puso los calzoncillos rojos apretados —a ella le quedaban algo más apretados de las caderas—, al igual que la sudadera musculosa, que sí le quedaba volando. Encima se puso la camisa y el pantalón de color negro, y, por último, la capa. Se guardó el sombrero en el bolsillo con un encantamiento para que no se notara.

—Hermione, ¿estás lista?

—Sí

—Ya —avisó Merlina y salió del baño.

—¡Vaya, estabas más que lista! —exclamó la chiquilla, admirando la preparación de Merlina.

—Por supuesto, un plan debe ser un plan bien acabado. Bien, veamos, quedan diez minutos, lo preciso para llegar a tiempo.

Sacó dos copas y vertió del frasco un poco de poción en cada una. Quedaron rebosando.

—Toma —le hizo entrega de unos cuantos cabellos de su propia cabeza, haciendo una mueca al arrancarlos, y ella tomó los de Snape. Cada una lo echó en la copa correspondiente.

—¡Qué lindo color! —exclamó Hermione, admirando la azul noche brillante—. Es algo espeso.

—Sí, y mira el de Snape —dijo Merlina, señalando su copa—, negro como su alma, y es como agua… no tiene consistencia. Bueno, así me lo trago con más facilidad.

—¿A la cuenta de tres?

—Sí. Uno, dos, tres.

Merlina y Hermione se bebieron a tres tragos sus respectivas sustancias. Merlina se apretó la nariz, aguantando el sabor amargo de la poción Multijugos. Cada una tuvo que soltar la copa. Se estrellaron contra el suelo y se hicieron añicos.

De pronto Merlina sintió como si las tripas se le apretaran y se le soltaran. El ritmo cardíaco se le aceleró y el estómago y el cerebro le empezaron a bombear, produciéndole un dolor horrible. Los hombros se le ensancharon dolorosamente y las caderas se le aplanaron de igual manera que el torso. Creció unos cuantos centímetros y el cabello se le entró por el cuero cabelludo, causándole cosquillas. Luego de treinta segundos, aproximadamente, la transformación estaba acabada. Severus Snape y Merlina Morgan se sonreían de oreja a oreja.

—¡Fantástico! —anunció Merlina con la voz de Snape, y luego se puso seria—. ¡Diez puntos menos para Gryffindor, señorita Granger!

Hermione, o más bien, Merlina abrió los ojos como platos, pero luego se largaron a reír.

—Qué raro es todo esto —dijo Hermione.

—Sí, mira, Snape riendo, ja ja ja, eso sí que es raro —miró la hora—. Es hora, faltan cinco minutos. Vete ahora mismo, yo bajaré en diez minutos, a lo que todos estén abajo.

Hermione-Merlina hizo un gesto con la mano y se marchó. La Merlina real se fue a mirar al espejo del baño mientras tanto.

—Vaya, en realidad sí que es raro todo esto —susurró, y luego sonrió—. ¡Pero si no se ve tan mal sonriendo! Debería intentarlo de vez en cuando —luego frunció el entrecejo como solía hacerlo Snape—. Qué asco de cabello… Creo que debería haberle regalado un set de champús antigrasa en vez del oso…

Y el resto de los minutos se pasó mentalmente practicando lo que iba a hacer. Todo sería improvisación, pero saldría de maravillas, y sí que haría disfrutar a los presentes. Se encargaría de darles un espectáculo agradable e inolvidable.

Se miró al espejo con los ojos de Snape, pero no sintió el típico cosquilleo. Aunque uno utilizara una poción, jamás podría remplazar a otro. Los ojos eran el reflejo del alma y, por supuesto, se estaba mirando a ella misma.

Se dirigió hacia el Gran Comedor tal como lo hacía él: con su capa ondeando, como si esta tuviera vida propia. Los pasillos estaban completamente desolados, sólo faltaban las estepas de desierto. Los muchachos ya debían estar sentados, comenzando a comer, agradecidos de las escuetas frases de Dumbledore para dar inicio a la comilona.

Llegó ante las puertas. Puso las palmas en ambas y las abrió de golpe, y lo hizo tan fuerte —¡tenía fuerza!— que rebotaron en la pared produciendo un gran estrépito. Todos los ojos se giraron hacia ella… bueno, él.

Entró a paso normal, pero se detuvo a mitad de camino. En la mesa de profesores estaba su falso yo —Hermione con el rostro de Merlina—, y el puesto de Snape, vacío. Eso quería decir que el plan había resultado a la perfección.

—Señor director —saludó con amabilidad, y Albus lo miró con cara de signo interrogatorio, mientras dejaba el tenedor y el cuchillo sobre la mesa con sutileza—, con todo respeto, le reprocho el no haberme esperado para dar mi discurso de Navidad.

Albus hizo un gesto indefinido con las manos y abrió la boca unos segundos. Luego la cerró y la volvió a abrir.

—Adelante, Severus, di lo que tengas que contarnos —indicó, dándose cuenta de que no quedaba otro remedio. Su expresión no podía estar más confundida.

Todos soltaron sus cubiertos y miraron asombrados. Harry y Ron eran los únicos que tenían la sonrisa pegada en la cara. Los demás se miraban de soslayo con caras de terror, como si Snape les fuera a lanzar una maldición en cualquier momento.

Merlina —luciendo como Snape— se devolvió hasta las puertas y las cerró. Todos los ojos la habían seguido.

—A todos los presentes —dijo, con voz potente, cosa que a les sobresaltó e impresionó, porque Snape la mayoría de las veces hablaba en susurros—, quiero desearles una feliz Navidad y un próspero año nuevo.

Ante esas palabras, todos comenzaron a murmurar cosas como: "¿está loco?" "¿qué bicho le ha picado?" "¿lo poseyó un demonio?" "llévenlo a San Mungo" "¡hay que exorcizarlo!".

—No pierdan la calma —dijo con suavidad—. No se asusten. Esta vez no vengo a maldecirles, sino que todo lo contrario. —Sonrió.

Todos colocaron ojos de pescado. Preferían que Snape les gritara a que actuara de esa manera. Era más que aterrador.

—Por favor —continuó—, les pido que aprecien este bonito número que les he preparado con mucho aprecio.

"'Bonito', dijo 'bonito', ¿lo oyeron?"

—¡Las luces, por favor! —anunció y dio dos aplausos.

Estaba todo fríamente calculado: Hermione estaría utilizando la varita y ella sería la que haría los cambios necesarios al lugar. Nadie le estaría prestando atención, y Hermione era experta en embrujos. Merlina terminaría inundando el Gran Salón si trataba de hacer algo, y esta vez sería a causa de la gran emoción que sentía al estar llevando a cabo su plan. Tenía que enfocarse si deseaba que todo saliera a pedir de boca.

Dos círculos blancos la iluminaron de la nada. "Lo" o "la", daba igual. Era Snape, era Merlina.

—¡La música! —dio otro aplauso, y el sonido de un lindo piano se comenzó a oír.

Se aclaró la garganta y dio un último aplauso.

Unos escalones dorados aparecieron de la nada, conectados a una delgada mesa del mismo color, en el centro de las respectivas mesas de las casas que estaban en el medio.

Subió la escalerilla, seguida por las luces circulares. Se cruzó de brazos, y giró sobre sus talones rápidamente. Cuando terminó de dar la vuelta, ya no estaba con esa capa negra y lúgubre, sino que con la alegre sudadera musculosa, plateada brillante, y con su calzoncillo rojo pasión. Se puso el sombrero de copa sobre la cabeza, seguido por una exclamación de asombro.

Y comenzó a cantar, tratando de parecer sensual, al ritmo de las trompetas y las melodías que habían estallado en el Gran Comedor.

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"En esta Navidad

Vamos a celebrar

Con mucha felicidad...

Y no vamos a llorar

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Mientras cantaba iba dando saltos e intentando de hacer complicadas piruetas, que terminaban siendo pasos bastante raros. Luego comenzó a jugar con el sombrero. Para aquel momento el Gran Salón se había convertido en un lugar de risas y sonrisas de incredulidad.

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"En esta Navidad

Vamos a cantar

Vamos a bailar

A reír y a gozar.

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"¡En la Navidad

Se presenta Santa Claus!

Y nos va a obsequiar

A besar y a premiar

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"Y el que se portó mal

Nada recibirá

A cambio un regaño

De su mami llegará"

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"Pero les vengo a contar

Que lo que importa más

Es la solidaridad

El amor y la paz"

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"Por eso les aclaro

Que Santa es un bizarro

Que no viene a la Inglaterra

Que pertenece a otra tierra"

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"Y como nada obtendremos

Yo haré el regalo

No me importa declararlo

Porque ustedes son mis alumnos

Y yo los quiero mucho"

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"¡Así que a vuelta de vacaciones

No quiero caras tristes

Quiero alegría

Porque las tareas que les di

Han quedado suspendidas!"

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En el aire apareció un bastón de un metro de largo —cortesía de Hermione— y Merlina lo agarró en el acto. Lo tomó por cerca de los extremos y comenzó a marchar y a cantar otra vez:

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"Los quiero mucho

Y no les miento

Yo los quiero mucho"

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"Son mis alumnos

Y yo los quiero mucho

Cómo no haceeerlo"

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"Los quiero mucho

Y por eso yo les hago un regalo

Una "E" todos se han ganado

Los deberes han terminaaadoooo"

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No hubo necesidad de pedir aplausos; solos se hicieron. Todos silbaban y gritaban cosas. Pero la mayoría se burlaba, no eran palabras de alabanza las que lanzaban, y eso era lo que precisamente pretendía Merlina. Hizo reverencias pronunciadas, mostrándoles el trasero a todos, poniendo cara de solemnidad.

—¿Una canción más? —preguntó y todos asintieron, muertos de risas.

Todavía quedaba media hora, así que podría aprovechar unos quince minutos haciendo un espectáculo.

El resto del tiempo se la pasó cantando y haciendo bailes ridículos. Era realmente sorprendente, hasta McGonagall reía con lágrimas en los ojos. ¿Nadie quería a Snape? Sólo Albus al parecer, pero él también se reía, aunque no con la crueldad de los demás.

Cuando ya faltaban diez minutos para cumplir la hora de tiempo, Merlina terminó el baile, y dijo:

—Ahora, debo hablar a solas con la señorita Morgan. —Bajó las escaleras y corrió hacia ella.

—Yo no tengo nada que hablar contigo, Snape —dijo Hermione con voz temblorosa.

—¡Oh, claro que lo hará, y nos pegaremos un bailecito! —gritó con locura.

Rápidamente tomó por la cintura a su yo falso y se la colgó al hombro.

—¡Un gusto haberles dedicado este espectáculo!

—¡Bájame de aquí! —gritó Hermione, pegándole en la espalda, no demasiado fuerte. Era todo parte de la comedia, de la actuación.

Y Merlina salió corriendo de allí, por la puerta trasera para acortar camino, y fue lo más rápido posible hacia su habitación. Hermione lanzaba suspiros de desesperación, pero ya le había dejado de golpear en la espalda.

Llegó en el momento justo. Cerró la puerta con llave y con un hechizo. Dejó a Hermione en el suelo mientras sus manos iban adquiriendo su tamaño y forma normal, al igual que el resto de su cuerpo. Hermione estaba sufriendo las mismas transformaciones. El cabello casi negro perteneciente a Merlina había retomado el color castaño y el volumen del pelo de Hermione.

Cuando volvieron a ser completamente ellas mismas, Merlina miró inquisitiva a Hermione.

—¿Y? ¿Qué tal? —preguntó nerviosa.

Hermione tensó los labios y luego se largó a reír.

—¡Estuviste perfecta! Estaba muerta de la risa, e intenté reírme lo más fuerte que podía, para imitarte a ti —contestó al fin.

Merlina sonrió de oreja a oreja.

—Pues bien, me alegro de que haya resultado de lujo, además, es fácil hacer las cosas cuando sabes que no eres tú. Snape me va a querer matar cuando mañana se entere de lo ocurrido.

—¿Y qué le dirás?

—Ojo por ojo, diente por diente.

—¿Te vas a delatar?

—No, era una broma —aseguró Merlina—, pero me matará de todas maneras, porque no hallará mejor excusa que echarme la culpa a mí, te lo aseguro.

—Sería injusto —insistió Hermione, afectada.

—Sí, porque él comenzó todo —corroboró Merlina con desagrado—. Pero haga lo que haga, no me voy a rendir, te lo aseguro.

—Bueno, es mejor que me vaya... Iré a la sala Común —avisó Hermione—. Un gusto haberte ayudado, y espero que no me delates.

—¿Qué? Nunca, prefiero que me expulsen. Buenas noches.

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Merlina se quedó deambulando toda la noche por los pasillos, vigilando, con un excelente humor, con la sonrisa pegada en el rostro como con cola. Esta vez estaba completamente segura de que Snape iría a despotricar contra ella una vez que se enterara de lo ocurrido, y dado esas circunstancias, tenía que aprovechar al máximo su alegría, antes de que el murciélago humano la esfumara. Pero estaba ansiosa por saber lo que ocurriría. Quería ver a Snape muerto de vergüenza, mordiéndose los nudillos, temblando y...

—...pero, señor director, no lo comprendo, no puedo haber estado en dos lugares al mismo tiempo... —decía una voz. Merlina estaba llegando al tercer piso; estaba dando su última ronda y bajaría a desayunar. Se escondió detrás de una armadura, escuchando atentamente las palabras de los dos docentes.

—No estoy diciendo eso, Severus —corrigió la voz de Dumbledore—, lo que trato de decir, es que quizá tuviste una alucinación, quizá te enfermaste y...

—No lo creo, lo que sí sé es que me sentía especialmente somnoliento antes de ayer y me fui a dormir. Llegué a mi habitación y me tendí en la cama. Y luego caí dormido y estoy seguro de que no me moví de allí.

—Quizá tuviste un proceso de sonambulismo, Severus...

—No, Albus, lo repito, sé que no me levanté de la cama, y lo extraño es que desperté hoy... Nunca, nunca en mi vida había dormido tanto. Es raro, es imposible...

—¿No ves, Severus? Estoy seguro de que te ocurrió algo, quizá tomaste alguna poción. Tiene que haber una explicación.

—Entonces, ¿bajé al Gran Comedor? ¿Pero, cómo?

—No lo sé, pero parecías consciente. ¿No recuerdas absolutamente nada?

—No... ¿Y qué hice? ¿Comí, bebí?

Dumbledore pareció reflexionar.

—Ni lo uno ni lo otro —terminó respondiendo.

—Entonces, ¿a qué bajé? —la voz de Snape sonaba tensa y temerosa.

—Es mejor que lo dejemos hasta aquí Severus. Vamos a desayunar...

—¿Me está ocultando algo, Dumbledore?

—A veces es mejor callar, Severus, sobre todo con personas como tú, totalmente predecibles en la forma de actuar —contestó Dumbledore, evasivo. Merlina retrocedió por donde había aparecido y se encaminó hacia ellos como si nada.

—¡Buenos días, Albus! —saludó con entusiasmo y miró a Snape—. Hola, Severus, ¡buen número el de anoche! Pero no me gustó nada es de que me colgaras a tu hombro. —El profesor frunció el entrecejo—. ¿Bajan a desayunar?

—Claro, Merlina, claro, vamos.

Severus se quedó con la boca abierta cuando comenzó a procesar lo que había dicho Merlina. "Buen número el de anoche", "colgársela al hombro". ¿Qué significaba eso? Los siguió a distancia, con un mal presentimiento.