Capítulo 13: Atrapada en la telaraña

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Entraron al Gran Comedor por la puerta oculta y se fueron a sus respectivos asientos. Los pocos alumnos que estaban allí quedaron mirando al profesor de Pociones con caras burlescas y comenzaron a cuchichear entre ellos. Minerva no tenía con quien comentar, pero sus ojos se desorbitaron al verlo. Severus no se dio cuenta de inmediato, por lo que pudo captar Merlina. No obstante, cuando una masa de Gryffindor entró por la puerta y los profesores llegaron, la situación se hizo mucho más notoria y las risas resonaban por el Gran Comedor.

Merlina se estaba mordiendo la mano para no estallar en carcajadas. ¡Y había sido ella, eso era lo mejor! Ella fue la mente y ejecutora de ese creativo acto. Miró a Snape una vez más y sus ojos se clavaron en los suyos. Se obligó a mantener la conexión y sonrió algo tímida, mordiéndose la lengua y alzando las cejas. Snape giró la cabeza haciéndole un desprecio, pero al segundo la volvió a mirar como si hubiese captado algo. Luego los bailes de unas muchachas de Hufflepuff lo distrajeron. Hacían unos pasos bastante especiales y lo miraban con descaro. Resopló por la nariz.

Los alumnos, durante el transcurso del desayuno, continuaron haciendo cosas raras y riendo en susurros, comentando en voz baja y cantando canciones mirando directamente a Snape, quien ya sabía que algo pasaba y había optado por no hacerles caso. Ninguno, de todas maneras, se atrevía a decir algo a toda boca, porque sabían que Snape había vuelto a ser el de antes. Y, en realidad, los únicos que se hallaban menos burlescos eran los de Slytherin, que miraban a Snape como si estuviera loco o como si se sintieran humillados.

Merlina acabó su desayuno, se despidió de Sprout con un gesto de la mano y salió por la puerta oculta, para ir a dormir las horas que le correspondían. Sin embargo, alguien la adelantó y le cerró el paso. Merlina quiso huir, pero los reflejos del profesor fueron más rápidos y volvió a interceptarla.

—Puedo preguntar qué hiciste? —murmuró apenas moviendo los labios y mirándola amenazadoramente.

Merlina intentó mantener una sonrisa.

—Bueno, lo acabas de hacer, si no te has dado cuenta… —Se calló. Snape puso un brazo en la pared, por encima de su cabeza. Por el simple susto de su movimiento súbito, se golpeó la nuca al echarse hacia atrás.

—No-te-hagas-la-graciosa —amenazó él con la mandíbula apretada.

—Mira, Severus —aclaró ella, escabulléndose por debajo de su brazo y colocándose a distancia, acariciándose el lugar afectado—, no te he hecho nada, así que no veo el porqué de tu violencia.

—No he sido violento contigo ahora —la atajó Severus.

—Bueno, no me gusta la manera en que me miras y ahora, por tu culpa me acabo de pegar —declaró Merlina con total sinceridad.

—¿Y cómo quieres que te mire? —inquirió haciendo caso omiso lo del golpe. Merlina había agachado la cara y se había puesto seria. Estaban solos en el oscuro corredor escondido, y ella se estaba empezando a poner nerviosa. Toda la felicidad se había desaparecido, tal como lo predijo.

—De ninguna manera.

—Cómo, ¿así? —y se acercó a ella para levantarle la cara con la mano en su barbilla.

Merlina le dio un manotazo y se echó para atrás.

—No… —farfulló con desagrado.

—Como me entere —le advirtió estirando el dedo índice y señalándola— que me ha ocurrido algo, ya sabes que serás tú la perjudicada.

—Yo no te he hecho nada —insistió Merlina, mirando un punto fijo lejos de sus ojos—, y al contrario, yo debería estar muy enojada, porque en el papelón que hiciste anoche, me tomaste en brazos y me pusiste de cabeza, colgándome en tu hombro, fuiste al Vestíbulo y me dejaste tirada allí, sin ninguna delicadeza, y luego escapaste a tu habitación —explicó, lo cual era totalmente mentira.

—¿Ah, así? ¿Y por qué no lo recuerdo?

—Eso no lo sé. Tomaste algo, comiste algo, no sé.

—Ajá… —se cruzó de brazos—, asumes que le colocaste algo a mi comida.

—No he dicho nada de eso.

—A ver, anda, mírame, y podré saber si dices la verdad o no. Si no me miras, lo tomaré como que tú hiciste… lo que sea que hayas hecho.

—No —dijo Merlina con rotundidad. Y no era porque no quería que supiera la verdad, total, Snape sabía que era ella la causante del alboroto que todos comentaban; lo que no quería hacer era mirarlo, porque, sino, iba desmayarse de los nervios. No sabía, no sabía por qué…

—Bien, como quieras. Tú te lo buscaste y… ¿Dónde vas? No he acabado —pero Merlina ya había desaparecido por la esquina y había comenzado a correr.

No estaba bien. Ella no estaba bien con Snape. Bueno, eso estaba más claro que el agua, pero había algo raro. ¿Y si…? No. Imposible, eso era imposible… Una locura. Era miedo. Simple, cobarde e irónico como el miedo.

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La semana de vacaciones navideñas pasó volando. Los pocos estudiantes que habían regresado lo hicieron de manera alegre y entusiasta, repletos de novedades, tanto de regalos como de noticias. Merlina había tenido más tiempo de conversar con Harry, Ron y Hermione, que seguían alabándola por su proeza contra Snape.

Snape, por otra parte, se había enterado de todo lo que había hecho mediante la loca boca del profesor Flitwick, quedando en vergüenza en toda la sala de profesores donde, por suerte, se hallaba ella sacando unas túnicas sucias del armario para llevarlas a la lavandería. Todos pensaban que había sido él bajo un hechizo, y Snape no había querido desmentirlo tampoco. Sabía que no valdría la pena luchar contra la corriente y decir que Merlina había sido. Pero, el último día de vacaciones, tenía la prueba perfecta, aunque tampoco la delató; evidentemente quería continuar la guerra.

—Desapareció la botella de poción Multijugos de Granger —le dijo a Merlina con la que se había topado en el pasillo del tercer piso—. Y sé que fuiste tú, Morgan, no sigas con...

—Snape, piensa lo que quieras... —replicó y dio media vuelta cansinamente.

—Espera, sólo una cosa, ¿cuál es la cosa viviente a la que más temes? —inquirió el profesor con presteza.

—Las ara... —comenzó a decir por reflejo, pero se quedó callada al ver la sonrisa de Snape—. ¿Para qué quieres saberlo?

—Bueno, me gusta conocer bien a mis colegas. Qué tenga una buena mañana.

Cuando se alejó, Merlina le gritó:

—¡Odio cuando me tratas de "usted"!

—¡Bueno, Cerdita Parlanchina!

Merlina gruñó como un perro rabioso.

Pero luego de eso, no ocurrió nada especial. Salvo que Snape les colocó un cero a todos por no cumplir con sus deberes. Los estudiantes comenzaron a alegarle de que él lo había dicho en su canción cantada en Navidad. Él se excusó diciendo que estaba hechizado y que jamás había querido decir eso. Los demás seguían alegando y repitiendo las frases de su canción, hasta que él se cansó, y a los pocos que tenían el trabajo hecho —Hermione lo había hecho por si las moscas—, no tuvieron oportunidad y también les puso un cero. "¡Pero usted nos prometió ponernos una "E"!", protestaban; bueno, la E nunca llegó. Y como todavía no se vengaba de Merlina, su humor andaba a flor de piel.

Enero, febrero y marzo transcurrieron como balas, pero fueron unos meses intensos, tanto para los profesores como para los estudiantes. Los alumnos estaban en el clímax de los deberes y exámenes, y los profesores, igual que ellos, pero revisando trabajo tras trabajo. No había profesor que durmiera más que Merlina, lo mismo que los chicos. Harry y Ron estaban a punto de la conmoción, mientras tanto Hermione se hallaba con los nervios de punta porque siempre decía que le iba mal. Merlina no se salvaba. Más deberes para los docentes y estudiantes, más cosas que hacer para ella. Los brazos los tenía muy agarrotados y eso que siempre se ayudaba con magia. La espalda la tenía tensa y lo más que necesitaba eran unos buenos masajes.

Pero todo aquello no era nada comparado con las nuevas cosas que habían ocurrido en esos tres meses. Desde que Snape se había enterado de lo ocurrido en Navidad, la insultaba con el doble de frecuencia y sin importarle quién estuviera adelante, pero seguía exceptuando a los profesores, lo que demostraba que hacia lo que le convenía. Lo peor no era eso, sino que los de Slytherin habían tomado cartas en el asunto, y cada vez le hacían bromas peores a Merlina, que era lo que la tenía más cansada, ojerosa y sin fuerzas de nada. Aparte de ensuciar las aulas adrede, destruir el mobiliario y ponerse a jugar en los pasillos con objetos de Zonko, la empujaban, le hacían zancadillas, le echaban maldiciones y le decían groserías. Nada todavía la desesperaba, porque contaba con apoyo: los Gryffindor, aunque eso también le ponía la piel de gallina. Ella junto con los de ambas casas eran los que más concurrían la enfermería. La cosa estaba así: Merlina contra Snape, Snape y los de Slytherin contra ella, y los de Gryffindor contra los de Slytherin. Hufflepuff y Ravenclaw no siempre intervenían. De cualquier forma, ella era la que tenía más enemigos. A Snape no lo enfrentaban. Y, dentro de todo, la situación estaba aún bajo control, aunque los puntos en las casas habían bajado considerablemente. Ninguna casa tenía más de ciento cincuenta puntos; los profesores daban cinco en las clases y quitaban veinte en los recreos. Afortunadamente nadie la culpaba de ello. Todos asumían que los de Slytherin habían visto a Merlina como una persona débil, y que había que hacer lo posible para ayudarla, y los de Gryffindor hacían lo posible para mantener a raya la situación. Y Snape se seguía zafando del problema, como una serpiente escurridiza.

No obstante, a pesar de todo, el ambiente estaba demasiado tranquilo, pensaba Merlina. Había pasado demasiado tiempo como para que Snape se vengara. Pero ella no sabía que Snape estaba esperando el partido de Quidditch de Ravenclaw contra Hufflepuff, antes de las vacaciones de Semana Santa, para lo que faltaba poquísimo. Para ser exactos, una semana.

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Él lo tenía preparado. Gracias a su respuesta de "tenerles temor a las arañas" —fue evidente que pensaba decir eso, y qué fobia más predecible— lo tenía todo listo. Por eso esos duros tres meses en los que se había esforzado el tripe en la docencia, también lo había hecho en una poción Alucinatoria. Era una poción que tardaba tres lunas llenas en hacerse, y de la cual se requería una meticulosidad especial, porque un solo fallo podría producir la muerte o la locura, y no querría eso. Quería algo de diversión. Esa poción sería potente. Y sólo a ella tenía que pillarla en el instante preciso, cuando se metiera a la ducha… Y lo bueno de esa poción. Era que no precisaba beberse para surtir efecto. Con sólo respirar el vapor que despedía o echárselo en la piel en contacto directo sería suficiente, y resultaría perfecto. Ya vería Merlina quién era el que reiría más y mejor.

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—Mira, mira, ahí viene... —susurró alguien que le sonaba familiar, una voz que arrastraba las palabras.

Merlina se devolvió y miró por la puerta del aula de donde provenía la voz. Resopló por la nariz como una yegua furiosa y entró decidida.

—¿Qué están tramando?

Draco la miró con cara de perro arrepentido y sus dos gorilas lo imitaron.

—Te he hecho una pregunta —insistió Merlina mirándole los brazos que los tenía detrás de su espalda.

—No estamos tramando nada, tía Merlina —contestó Draco como si no matara a una mosca, lo que daba más para sospechar.

—Yo diría que sí. Además, son las nueve y media —miró a cada uno, exasperada—. Deberían estar en sus Salas Comunes. Y no me hace gracia lo de "tía". No soy tu tía —añadió con disgusto.

—No teníamos sueño —contestó Goyle con voz de idiota.

—Miren ustedes tres —refunfuñó moviendo mucho las manos para aplacar la ira—, ya estoy cansada de sus estupideces. Yo no les hecho nada y no veo el porqué de estar ayudando a Snape con sus bromas pesadas...

—Nosotros actuamos por cuenta propia —se le adelantó Draco con petulancia—. No nos gustan las sangres sucias como tú.

—A ver, ¿perdón? Soy una autoridad, ¿con quién crees que hablas, enclenque?

—Con nadie —dijo Draco desafiante.

—Pásame lo que tienes en la mano —dijo Merlina armándose de paciencia, estirando la mano libre y agarrando con firmeza la varita.

—No quiero.

—Entrégame eso si no quieres salir perjudicado.

—Oh, vamos —se burló Draco cansinamente—, aquí la única que saldrá perjudicada eres tú.

—Una vez más —respiró hondo—, pásame lo que tienes en la mano.

—¿En serio quieres lo que tengo aquí?

—Sí, ahora, ¡ya!

—¡Perfecto! —bramó Draco.

Alargó la mano. Allí tenía una especie de revólver de color rojo. Apretó el gatillo y disparó.

—¿Qué...?

No, una bala no salió, así que no hubo cabeza reventada ni tórax atravesado. Lo que sí salió fue un hilillo negro muy fino que, a medida que era expulsado, se expandía por todos lados. Cuando estuvo a medio metro de Merlina se abrió. Resultó ser una malla, la cual le cayó encima, y de una manera u otra, logró envolverla. Y todo esto ocurrió en una fracción de segundos.

—¡Eh, Malfoy! ¿Qué estás...? ¡Aaaaah!

Uno de los hilos se había ido hacia el techo y por arte de magia se adhirió allí. Luego se encogió y dejó a Merlina a dos metros del suelo, atrapada en la red.

—¡Después de todo, los hermanos de Weasley no son unos idiotas! Su tienda de chascos es perfecta cuando utilizas las cosas contra sangres sucias —dijo Draco entre risas, coreado por sus amigos.

—¡Bájame de inmediato! —gritó Merlina sacando el brazo por un espacio y apuntándolo con la varita.

—Mm... No lo creo —negó Draco—. ¡Accio varita! —invocó.

La varita de Merlina se le fue de la mano y fue a parar a la de Draco.

—Creo que pasará la noche aquí, señorita Morgan —susurró irónicamente, y dejó la varita a los pies de ella—. Dulces sueños.

Y se fue.

—No... —gimió Merlina, agarrándose de la red y apoyando la cabeza en ella—. No puede ser... esto es injusto... No me puede estar sucediendo…

Se sentó como pudo, y al final terminó acomodada como en una hamaca. La luz de la antorcha del aula iluminaba poco y amenazaba con apagarse. Donde no se movía, le estaba entrando frío. Tenía que salir de allí. ¿Pero cómo? Y al otro día era el partido de Quidditch de Hufflepuff contra Ravenclaw. Tenía que ir, ¡era el partido contra su casa! Una vez Ravenclaw, siempre se era Ravenclaw y no se podía quedar toda la noche allí. Se paró y empezó a saltar. La cuerda rechinaba y rebotaba muy poco porque prácticamente no era elástica. Saltó, saltó, saltó. Brincó durante media hora, sin parar, un récord mundial para ella que jamás en su vida había hecho ejercicios. Se terminó por rendir y se volvió a acostar. Se quedó mirando el techo por un montón de tiempo, pensando en que hacía unos cuantos meses estaba contentísima por regresar a Hogwarts, jurando que no tendría problemas de ningún tipo, que sería amiga de todos los alumnos, los profesores... Le empezaba a dar sueño. No... No se podía quedar dormida tampoco, tenía que...

—Lalari, lalara, a la vieja tonta le gusta por... ¡Ooooh! ¿Qué es eso? ¿Una mosquita atrapada en una telaraña?

—¡Peeves! —Merlina se sintió más despierta y se acomodó. Se acarró de la malla y trató de sacar la cabeza. Miró al poltergeist que había llegado al aula y había tomado una tiza para escribir en la pizarra—. Ayúdame por favor, Peeves.

—¡Nooo! —hizo una fuerte pedorreta y empezó a cantar.

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La mosquita muerta pide ayuda

Pero a Peeves le cae mal

Todos le aconsejan que huya

Porque yo la puedo maltratar

Gime y gime la mosca

Muerta de miedo

Pidiendo misericordia

Mostrándome el dedo…

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—¡Peeves, por favor! —le espetó Merlina—. Por lo que más quieras... dejaré que mañana le hagas lo que sea a los Slytherin, pero por favor, sácame de aquí.

El poltergeist echó la tiza al cubo de la basura y se aproximó dando tumbos en el aire. La miró con sus pequeños y traviesos ojos.

—En serio, mañana, si quieres, haces picadillos a los de Slytherin.

—¿A los de Slytherin? ¿Por qué mejor no a todos los estudiantes?

—No, a los de Slytherin —insistió ella.

—Entonces no te ayudo —decidió y le dio la espalda.

—¡Está bien, está bien! A los que quieras, pero sácame de aquí... Pero despacio, por favor—. rogó.

Peeves ascendió, tomó el hilo del que colgaba la red y lo tiró con fuerza. Merlina ya estaba preparada para darse contra el suelo, pero Peeves la bajó hasta él con relativo cuidado.

—Si me has dicho una mentirilla, te prometo que quedarás hecha tortilla —la amenazó Peeves con los ojos entrecerrados.

Merlina recogió su varita que estaba en el suelo y le sonrió, abrumada.

—Mañana harás lo que quieras... no intervendré...

El poltergeist se fue del aula y Merlina salió de allí no mucho después.

Suspiró. En el problema que se había metido: todo tenía un costo. La mañana siguiente iba a ser un día complicado. Si Peeves comenzaba a hacer desorden, la culpa la tendría ella, y quizá esta vez no podría escabullirse del castigo. Y lo peor era que no serían unos pocos... sino que los de todas las casas. Aunque a primera hora tenían el partido, quizá se salvaran, pero en la tarde... No quería ni imaginárselo. Miró la hora: eran las tres de la mañana. Eso significaba que había estado un montón de tiempo en la malla. Maldito Malfoy. No sabía a quién odiaba más: a Snape o a ese bastardo. Al principio todo resultaba muy gracioso, sí, cuando la lucha era entre Snape y ella, pero ahora, con la ensalada de serpientes y leones, la cuestión era complicada. Quizá debiera...

De pronto escuchó un leve ruido cuando había llegado al pasillo de su oficina.

—Lumos —dijo y apuntó hacia el fondo—. ¿Hay alguien ahí? —No se veía nada y nadie respondió. Sólo las armaduras rechinaban, los cuadros dormían. Pero no había sido ese el ruido que había oído. Se encogió de hombros al momento que le rugía el estómago.

Decidió bajar a las cocinas para ver si podía conseguir algo de comer.