Capítulo 14: Invasión arácnida
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Su capa hacía demasiado ruido, pero eso no le impidió escuchar los pasos de Morgan. Se escondió en un hueco de la pared. No mucho después una franja de luz alumbró en esa dirección.
—¿Hay alguien ahí?
Sí, era Morgan. Intentó no respirar hasta que sus pasos se alejaron. Salió de allí y fue a su oficina. Entró con cuidado, y notó que no tenía ninguna de sus puertas con llave, por suerte. ¡Qué descuidada era! Pensaba que él no cobraría venganza, que jamás entraría a su habitación…
Se internó en su dormitorio y luego al cuarto de baño. Era de mármol blanco, mucho más bien cuidado y elegante que el de él. Prendió las luces y buscó en el aparador la botella de champú. Lo tomó y vació todo su contenido por el drenaje de la tina, que era más grande que el del lavamanos, y lo que quedaba lo limpió con magia. De su túnica extrajo el frasco de poción Alucinatoria y lo vertió todo. Pesaba mucho menos que con el champú, pero Morgan era tan despistada que no sospecharía nada.
Cerró la botella y la dejó donde estaba. Se guardó el frasco en el bolsillo nuevamente, apagó las luces y salió de allí rápidamente.
Finalmente se acostó en su cama muy contento porque, de día, Morgan tendría pesadillas.
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Cuando llegó a la cocina se dio cuenta de que estaba más hambrienta de lo normal, así que estuvo unas cuantas horas probando los bocados que los elfos le ofrecían muy amablemente y con toda devoción. Si en algún momento se habían enojado con ella por el papelón que había hecho atrás —cuando Snape la envenenó para que dijera toda clase de insultos—, nunca se notó, y en esos instantes la atendían atentamente.
Sabía que no debía estar allí sentada y disfrutando, pero se lo merecía por tener a medio mundo en contra de ella. Volvió cerca de las seis a dar sus vueltas y a realizar una que otro acto de limpieza. A las nueve y media todos se estaban ya levantando, dirigiéndose a desayunar, ya que a las once comenzaba el partido. Ella ya no tenía hambre —con todo lo que ya había comido—, así que decidió regresar a su despacho pasadas las diez. Pero antes de dar un paso hacia esa dirección, Harry, Ron y Hermione la alcanzaron. Iban corriendo.
—¡Hola! ¿Cómo están?
—Muy bien, aunque tuvimos que esquivar a Peeves, que estaba lanzando babosas por el aire —contestó Ron.
—Y desenroscando una de las lámparas —agregó Harry.
—Y tirando las alfombras para que los estudiantes caigan mientras caminan sobre ella ¿Quieres desayunar con nosotros, Merlina? —invitó Hermione.
—Mmm... Ya comí, pero les haré compañía unos minutos.
Entró con ellos al Gran comedor y se sentó, intentando pasar desapercibida en la mesa de Gryffindor, cosa que no resultó con demasiado éxito.
—¿Por qué Snape te mira con tanta atención? —indagó Harry—. Parece enojado.
Merlina prefirió no dirigir sus ojos hacia allá.
—Harry —dijo ella—, ¿desde cuándo Snape me mira con ojos de ternura? Siempre está enojado. Y quizá lo esté, siendo que todo esto es culpa mía.
—¿Qué cosa?
—Ayer Draco me tendió una trampa —comentó, y explicó lo ocurrido con su banda y con el poltergeist—. Así que es mi culpa que Peeves esté haciendo de las suyas. Pero estoy segura de que Snape está detrás de todo eso, no sé, maneja como quiere a los de Slytherin, y quizá esperaba que me quedara atrapada en la red para siempre.
—¿Y qué hiciste respecto a Malfoy?
—Nada, ¿qué saco con hacer algo ahora? Da igual, Hermione —dijo Merlina abatida—. Esto va a seguir así hasta fin de año. Menos mal que no falta tanto. ¿Qué hora es?
Hermione miró su reloj de pulsera.
—Son veinte para las once.
—¡Oh! Es mejor que me vaya, quiero darme un baño antes de bajar a ver el partido —se puso en pie—. ¡Los veo en las gradas!
Corrió hasta su habitación, que no quería perderse detalle. Ya había visto los partidos anteriores, pero más le emocionaba que jugara Ravenclaw.
Entró al baño, y mientras se desvestía llenaba la tina con agua tibia. Se metió y se remojó un par de minutos. Tomó la botella de champú.
—Vaya... —susurró extrañada—. Pensé que me quedaba más.
Lo destapó, cerró los ojos —por costumbre, para que no les entrara a los globos oculares champú—, y puso la botella boca abajo y vació el contenido, que se le fue de golpe a la cabeza.
¡A esta cosa le entró agua! —pensó, porque sintió que la consistencia estaba más líquida. Se puso las manos en la cabeza y se comenzó a restregar, pero algo no marchaba bien: no hacía espuma. Sin abrir los ojos todavía, se sumergió en el agua y se enjuagó lo que tenía en la cabeza. Volvió a salir a superficie y abrió los ojos.
Ni siquiera tuvo el ánimo de gritar. Lo que veía era tan espantoso, que se le fueron todas las fuerzas. Su ritmo cardíaco había ascendido en una fracción de segundos. El agua estaba llena de arañas muertas, y algunas no tan muertas, que pataleaban erráticamente. Se paró, casi desmayada, y salió de la tina, resbalando. Sintió que sus pies pisaban más arañas. Su respiración se entrecortaba. Agarró la toalla blanca, que también tenía arañas, y la sacudió con violencia antes de envolvérsela en el cuerpo. Miró las paredes: todas tenían telarañas llenas de arañas repugnantes, peludas...
—Auxilio... —susurró, sintiendo que sus piernas flaqueaban. Comenzó a actuar por instinto.
Tenía que buscar ayuda. Tenía que irse de allí. Salió del cuarto de baño, y fue peor. Su cama estaba repleta de más arañas y el suelo también. En realidad todo estaba lleno de arañas. Se echó hacia atrás, chocando con la pared, con ganas de llorar, pero lágrimas no le salían. En su espalda se reventaron unas cuantas.
—¡Aaaah! —gritó con un poco más de fuerza y se despegó de allí, sintiendo que en cualquier momento le daría un infarto.
Corrió con los pies descalzos, traspasando la puerta de su habitación y la de su oficina, de la que pudo rescatar que estaba tan llena de arañas como los otros lugares.
Los pasillos... No, eso debía ser una pesadilla. Era imposible estar en un lugar tan repleto de arañas. Tenía que ser pesadilla, pero de las peores que había tenido. De todas maneras, se dedicó a seguir corriendo, tenía que llegar a algún lado donde recibiera ayuda, o despertar.
Tropezó tres veces, quedando llena de arañas que le picaban el cuerpo. Sus rodillas estaban llenas de sangre producto los rasmillones, y su respiración era entrecortada; su cerebro no estaba recibiendo suficiente oxígeno. Se puso en pie y siguió corriendo.
De pronto sintió un ruido de pinzas. Miró hacia arriba y vio una araña gigante que volaba. ¿Volaba? Eso era ridículo, pero esa cosa estaba chasqueando las pinzas y se acercaba hacia ella.
—No..., vete... —susurró casi sin voz.
Llegó al Vestíbulo, bajó las escaleras, y abrió la puerta de roble como pudo. Los terrenos, ¡todo! lleno de arañas. ¿Acaso no había nadie que pudiera socorrerla? ¿Dónde estaban todos? ¿No quedaba nadie en el castillo? ¡Cierto, estaban acomodados en el estadio para ver el partido de Quidditch!
—No, por favor... quiero despertar... —dijo al aire con la cara desfigurada por el terror.
Si eso era un sueño, daba lo mismo lo que hiciera. Ni siquiera sentía el frío que hacía y sólo la toalla la tapaba, pero sus hombros estaban desnudos. Todavía sentía que le caminaban minúsculas arañitas por el cuerpo.
Volvió a correr hacia el estadio, donde se escuchaban... Se escuchaban... No, no podía ser. Corrió, desesperada, sintiendo como las plantas de sus pies pisaban arañas, tropezando por cuarta vez y volviendo a incorporarse, rogando para que ninguna le picara.
Llegó al estadio, entró por la puerta y corrió hacia la cancha. Y esa sí que fue la peor visión de su vida. Qué pesadilla más espantosa. No se había equivocado, eran ruidos de pinzas los que había escuchado. Cada asiento de las gradas estaba ocupado por acromántulas y todas se movían con brío chasqueando las patas, las pinzas, todo. Sus ojos rojos se dirigían hacia ella, enfurecidos. Miró hacia el cielo. Catorce arañas sobre escobas, que se pasaban una araña más pequeña de un lado a otro y la metían por un aro de gol. Pero pronto dejaron de jugar y la araña-Quaffle cayó a su lado. Las arañas estaban excitadas, se movían desesperadas... Y ella ya no dio más. Se desvaneció en un pasto lleno de arañas, quedando inconsciente.
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Todos en el estadio estaban gritando cosas, riéndose de Merlina, que había aparecido de la nada, con el pelo estilando y envuelta en una toalla, con cara de terror y más blanca que un papel. Todos se burlaban, excepto el trío amigos de Gryffindor y los profesores. Hermione se cubría la boca, horrorizada, y junto con Ron y Harry bajaban a su encuentro. Albus, junto con Severus —a quien le temblaba un labio y estaba extrañamente pálido— y Minerva también descendían rápidamente por las escaleras.
—¡Merlina, Merlina! —gritaron los chicos, llegando antes que los docentes. Hermione apartó la Quaffle que estaba a su lado y la zarandeó del hombro, pero Merlina no despertaba.
—Permítame, señorita Granger —dijo Albus agachándose a su lado y tomándole el pulso. Estaba viva, pero parecía más débil que nunca. Los labios los tenía morados.
Los jugadores habían descendido de sus escobas y todos miraban con atención, formando un círculo alrededor del grupo. Los demás estudiantes y profesores bajaban de las gradas, también hacia allá.
—¿Qué le ha ocurrido, Albus? —preguntó McGonagall, con los labios tensos.
—No lo sé —susurró, abriéndole los párpados para verle los ojos.
—Quizá haya sido hechizada —sugirió Snape—, o simplemente haya llegado acá para llamar la atención, en estas condiciones, semidesnuda…
—Merlina no haría algo así —dijo Minerva con rotundidad, mirando ceñuda a Snape.
—Bueno, últimamente ha cambiado bastante, Minerva —dijo con ironía.
—Basta —espetó Albus—. Eso lo veremos después. Ahora hay que llevarla a enfermería, tiene la temperatura baja. Severus, hazme el favor de prestarme tu capa.
Snape se sacó la túnica sin vacilar y se la entregó. Albus, con un movimiento de la varita, se la puso a Merlina, y con otro movimiento de varita hizo aparecer una camilla y la subió allí.
—Minerva, llévala a enfermería, por favor —ordenó—. Severus, impón orden y reanuda el partido. Pide ayuda a Rolanda. Yo iré a averiguar qué le ocurrió.
Los tres partieron en diferentes direcciones. Snape se puso a hablar con Madame Hooch y, luego, ambos empezaron a dirigir a los jugadores y a los espectadores de vuelta a sus posiciones para reanudar el juego.
Minerva se separó de Dumbledore en el castillo. Ella llevó a Merlina hasta la torre de enfermería y él se dirigió al despacho de la joven.
Minerva acomodó a Merlina sobre la camilla y llamó a Madame Pomfrey, quien la atendió de inmediato.
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Lentamente abrió los ojos. Alguien caminaba de aquí allá. Luego le tomaban la mano. Después le tocaban el cuello y le abrían la boca. Le echaron tres gotas de algo muy dulce. Se las tragó por reflejo al momento que le abrían el párpado. Movió el ojo distinguiendo una figura femenina ante ella.
—Por fin despertaste —dijo la voz de Madame Pomfrey.
Merlina abrió los dos ojos y vio a la enfermera. Abrió la boca, pero se dio cuenta de que no podía hablar.
—Sí, es mejor que no hables. Llevas aquí una semana.
—¿Q-Qué? —tartamudeó, apenas, sentándose en la cama y juntando saliva para remojar su boca.
—Sí, lo que oyes. Por lo que me dijo Dumbledore, algún gracioso te puso una poción Alucinatoria extremadamente fuerte en la botella del champú —narró—. Eso es peligrosísimo —añadió—, tanto el hacer la poción como la reacción en la persona. El que hizo la poción tuvo suerte de no equivocarse al mezclar los ingredientes, porque podrías haber quedado con secuelas o simplemente haber muerto. Y te podría haber dado, de todas maneras, un ataque al corazón. Por eso has estado aquí tanto tiempo; tuve que mantenerte sedada hasta asegurarme de que no hubiera rastro del efecto en tu sangre. Te di un filtro para que no soñaras y así no tuvieras pesadillas. Por otro lado, te resfriaste y empezaste con dificultad respiratoria, y por eso ahora te duele la garganta, pero ya casi estás bien. En comparación a como llegaste…
"El que hizo la poción tuvo suerte de no equivocarse al mezclar los ingredientes". Snape. Él había sido. Merlina cerró los ojos con fuerza, evitando estallar allí para no gastar más fuerza. El corazón estaba golpeando con fuerza, y se había puesto colorada.
—¿Qué ocurre? Por Merlín, creo que te ha subido la presión.
Pomfrey le hizo beber agua y la poción para no tener pesadillas. Luego la obligó a recostarse otra vez.
—Es mejor que descanses. De aquí no saldrás hasta que estés completamente sana, señorita Morgan —dijo la enfermera con severidad—. Dumbledore querrá que vuelvas a tu trabajo en buenas condiciones.
Merlina asintió, exasperada, pero en seguida se quedó dormida, olvidándose momentáneamente del asunto.
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La joven salió de la enfermería cuatro días después de haber despertado, completamente sana, como había exigido la enfermera. En definitiva se había perdido las vacaciones de Semana Santa, y mayo había hecho su llegada con una temperatura un poco más agradable. Todavía andaba un poco paranoica y miraba el suelo y paredes con recelo. Y cuando se había vestido con su propia ropa, también la había revisado meticulosamente. Todavía le picaba la piel, pero tenía claro que jamás había sido real. Ni siquiera un sueño, pero era un trauma tremendo. Y tampoco sabía si enfrentar a Snape o no. Era indescriptible la ira que sentía contra él; no sabía si sería capaz de intentar asesinarlo, y no deseaba tentar la suerte.
—¡Merlina! —dijeron unas voces cuando iba camino a ningún lugar en especial. Miró hacia atrás y vio que los chicos corrían hacia ella.
—Fuimos a buscarte a enfermería y Madame Pomfrey nos dijo que ya te había dado el alta —avisó Hermione.
—Sí..., ya era hora. ¿Qué tal las vacaciones?
—Buenas —respondió Harry.
—Las pasamos en mi casa —contó Ron.
—Fantástico. Bueno, muchachos, es mejor que comience mi trabajo, así que... —comenzó a decir desganada.
—No —intervino Harry—. En realidad estamos aquí porque Dumbledore te mandó a llamar.
—¿Ah, sí? —indagó, arqueando las cejas.
—Sí —corroboró Ron—. Se veía preocupado...
—Bien. Entonces, voy para allá.
Les dedicó un gesto con la mano y cruzó hacia el otro extremo del castillo para ir al despacho de Albus.
—"Bombones de menta" —le dijo a la gárgola con voz desganada, quien le hizo el paso por la escalera de caracol.
Subió y tocó la puerta.
—Adelante.
Merlina entró y estuvo a punto de devolverse, pero Albus le volvió a hablar.
—Quiero que te sientes, Merlina, por favor —insistió.
La mujer caminó alicaída evitando mirar a Snape, que estaba en el asiento contiguo al que iba a ocupar ella, al frente del de Albus. Ambos parecían incómodos. El director estaba relajado, aunque algo serio.
—Bien. Supongo que saben porque están aquí.
—Señor director, si me permitiera... —comenzó Severus, dándose aires de superioridad.
—Severus —dijo Albus en tono de advertencia. Snape se calló, aunque manteniendo su rostro de orgullo.
Merlina miró al director, pero no contestó.
—Vamos, ambos saben por qué están aquí, y quiero explicaciones, no excusas —alentó Albus—. No quiero quedarme hasta la noche intentando sonsacarle alguna información.
—Snape empezó todo —se adelantó Merlina en voz baja.
—Eso es mentira.
—Es verdad, ese día en la lechucería, cuando yo...
—No tiene nada que ver eso, tú empezaste cuando entraste a mi cuarto para teñirme de verde y...
—Pero tú no tienes pruebas de nada...
—Y tú tampoco, ya...
—Escúchenme los dos —protestó Albus enérgicamente, incorporándose—. Ahora no sacamos nada con discutir quién comenzó primero todo esto. Lo quiero dejarles en claro es que deben dejar estas mañas. Realmente es decepcionante la conducta que han tenido, y han formado muchos revuelos en el colegio. Tú, Merlina, tuviste a Peeves una semana haciéndoles daño a los estudiantes, sacando en cara que tú le habías dicho que "mañana podría hacer lo que quisiera". Y tú, Severus —hizo una pausa y Snape miró a Albus con una rara expresión de debilidad—, casi matas a Merlina.
Ninguno de los dos dijo nada.
—Al principio fue todo gracioso, pero han llegado demasiado lejos. Hay que comenzar de cero, y no le estoy diciendo que se hagan amigos, sino que dejen congelados los malos sentimientos y rencillas, e intenten llevar una relación decente que no ponga en peligro a los demás y a su propia integridad. Dense la mano, por favor.
Merlina se paró de golpe.
—Yo no voy a darle la mano a él —alegó señalándolo con desprecio, sin mirarlo.
—Lo harás, Merlina, si deseas seguir trabajando aquí —dijo Albus con suavidad, pero en sus ojos se vio un destello de peligro, demostrando que era más una amenaza que una advertencia.
La muchacha puso los ojos en blanco y miró hacia Severus, que permanecía sentado. Merlina estiró el brazo con brusquedad y el hombre le cogió la mano. Un segundo duró el apretón, o más bien el roce de manos. Eso no impidió que surgiera una sutil corriente eléctrica entre ambos.
—Bien. Pueden retirarse.
