Capítulo 15: La renuncia
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Snape se adelantó varios metros antes que ella para llegar primero a la puerta del despacho del director. Merlina caminó lo más relajada posible, aunque sólo fingía, porque iba a enfrentarlo apenas estuvieran lejos de los nobles oídos de Albus. Severus bajó a paso raudo por la escalera circular y ella se mantuvo a un metro. Salió por el espacio de la gárgola, y Merlina alcanzó a pasar antes de que se volviera a cerrar. Trotó hasta él y habló. La voz le tembló al hacerlo.
—Quiero las disculpas que me merezco.
Snape se paró en seco y se dio media vuelta. Ladeó un poco la cabeza y la miró como si no hubiese escuchado bien.
—Yo no te debo disculpas de nada —dijo tajante, pero con su típica voz cargada de burla.
—Pues bien, comparemos —dijo Merlina y con descaro, tal como lo hacía él, se acercó y le puso un dedo en el pecho—. Mis bromas, comparadas contra tus agresiones, no fueron nada. Yo intenté de dejarte en vergüenza en Navidad, pero fue un acto completamente inocuo; tú intentaste matarme, y prometiste una vez que no lo harías. ¿Ves la diferencia?
Severus soltó una frívola carcajada y apartó su mano con brusquedad.
—No es gracioso —dijo Merlina, intentando hacerse oír.
—Pues, qué pena —repuso Snape, mirándola con falsa tristeza—. Qué pena ser tan bueno para las pociones y no haberme equivocado en algún ingrediente para que enloquecieras o murieras. Lo más probable es que hubieses muerto, porque loca ya estás.
Merlina no sabía que decir. Jamás se había topado con una persona tan cruel. Hasta hubiese preferido que hablara a su espalda. La verdad dolía, sí…
Snape levantó las cejas, esperando a que ella hablara. Merlina enrojeció, de ira y de nervios ante sus ojos negros que estaban clavados en los suyos. A veces tenía la impresión de que Snape sabía leer los pensamientos, pero si era así, esperaba que leyera el odio que sentía por él en esos momentos.
—Bien —farfulló—. Pena por ti, en realidad, no por mí, ser un auténtico desgraciado. Pero esto no se queda así, Severus, te lo prometo. Llegué a Hogwarts pensando en que mi vida cambiaría para mejor, pero veo que no. Y todo por TÚ culpa, y no voy a darte en el gusto.
Severus suspiró exageradamente.
—Discúlpame, entonces, por hacerte la vida imposible. Y, tal como tú dices, no se ha acabado, Cerdita Parlanchina.
—Deja-de-tratarme-así —resopló.
—¿Cómo te estoy tratando, Cerdita Parlanchina?
Merlina se puso morada y agachó la cabeza, contando hasta diez, viendo de soslayo que Severus se estaba aproximando.
—¿Agacha la cabeza como una niña pequeña, Cer…?
No alcanzó el conteo y le dio una bofetada. Hasta a ella le dolió, y tuvo que agarrarse la mano para aplacar el ardor. Severus había quedado con la cara de lado y los ojos desorbitados de la súbita impresión. Se puso una mano en la mejilla izquierda y giró lentamente la cabeza, mirándola con sorpresa. Ella se volteó digna, antes de que él hiciera algún comentario, y se marchó caminando rápido y con paso firme, más enojada que nunca. Si se quedaba más tiempo allí, podría volver a golpearlo. Llegó al Vestíbulo y salió a los jardines, sin importarle no cumplir con su trabajo. Estaba llegando a un punto alarmante de paciencia. Nunca se había enojado tantas veces, y de aquella manera, en tan poco tiempo. Se quedó ahí durante largas horas.
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Al parecer, Merlina había herido el orgullo de Snape, porque después de la bofetada que le había dado —la mano le había quedado marcada por un par de días; varios estudiantes se burlaron de él—, ni siquiera se había dignado a nombrarla, aunque fuese por el fastidioso apodo con el que la había bautizado. Tampoco la miraba, y Merlina estaba agradecida de ello, porque no quería más problemas. Y tuvo días bastante pacíficos hasta que, a finales de mayo, recibió una noticia realmente mala. Era la hora del desayuno de un ajetreado día miércoles. Las lechuzas entraron a la hora de siempre, y dado que ella jamás recibía cartas de nadie, se asombró al ver llegar una lechuza a su puesto. Ésta dejó el sobre y estiró una pata para que Merlina echara una moneda en la bolsita que llevaba atada. Dejó un par de knuts que tenía en el bolsillo y le dio unas palmaditas en la cabeza. La lechuza emprendió el vuelo al momento en que ella sacaba la carta del sobre. La desplegó y la leyó. Dejó de masticar lo que tenía en la boca y se lo tragó, causándole dolor, pero no se quejó.
Era la letra de Craig, más cargada de lo normal, como escrita con ira, y citaba:
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Merlina:
No sé cómo partir con todo esto. No me gusta sacar en cara las cosas, pero te dije que todo esto de tu partida no iba a funcionar. No me has mandado ninguna sola carta decente durante mucho tiempo, y ni siquiera puedo saber si realmente estás viva. Lo único que recuerdo es que tus primeras dos cartas decían algo sobre un tal Snape, jamás mencionando otra cosa que no fuera de él.
Estoy muy apenado, muy triste, y sé que no es correcto que lo que voy a decir lo haga por carta, pero veo que lo nuestro no da para más. Es mejor que terminemos, porque no creo que yo merezca este trato de tu parte. Yo ya te he olvidado, o eso es lo que siento, pero necesitaba darle un fin, aunque fuera por este medio. Ojalá las cosas se pudieran arreglar, pero yo no veo por dónde.
No sé cómo despedirme tampoco. Has dejado un vacío en mi corazón.
Que estés bien. Espero que tu vida sola te trate bien.
Craig.
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Merlina suspiró y arrugó la carta, afirmando la frente en su mano. Cerró los ojos con pesadumbre. Craig. Se había olvidado por completo de él. No le había vuelto a escribir desde hacía meses, y ella tampoco se había inmutado por su falta de comunicación, exceptuando en Navidad y el vestido vengativo que le había enviado a ella. Miró a su alrededor y vio que Draco Malfoy la miraba y se reía. De pronto le entró pánico. Craig era su único amigo. Quizá no era tan terrible terminar con él, pero se sentía tan vulnerable ahora que lo pensaba… Habían terminado. La amistad no volvería. No… ¿Por qué? ¿Tanto se había dejado llevar por la guerra con Snape?
Dejó el plato a un lado, tomó el sobre y se esfumó de allí. Fue hasta su despacho y empezó a pasearse de un lado a otro. No tenía sueño, la tristeza le había ganado. De un momento a otro se sintió más sola que nunca. Si bien los muchachos de Gryffindor eran excelentes personas, no los podía considerar amigos propiamente tal. La diferencia de edad, las formas de ser y el principal factor de que ella era conserje, hacían difícil mantener una real amistad, una que fuera de igual a igual. Tenía que hacer algo… Sí, iba a escribirle una carta.
Dejó de dar rodeos y se sentó en el escritorio. Sacó una pluma, tinta y pergamino. Redactó:
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Querido Craig:
Recibí tu carta y me ha dejado bastante sorprendida y triste. Sé que tengo mucha culpa, pero no tienes idea de las cosas que han pasado aquí, y no es momento de contarlo ahora.
Sólo quiero pedirte que, por favor, podamos conversar las cosas bien. Pediré permiso para ir a verte el fin de semana. No podemos terminar así como así, te necesito. Llevamos más de un año y sé que pasamos mucho tiempo sin vernos ni nada, pero no dejemos esto en cero. Nos conocemos desde hace tanto... Eres un fiel amigo y eres el novio perfecto. Dame otra oportunidad.
Te quiere.
Merlina.
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Guardó la carta en un sobre y se paró con decisión. Iba a ir a dejar la carta de inmediato a la lechucería. Llegó hasta el pasillo, pero un niño de primero de Hufflepuff la hizo retroceder.
—Señorita Morgan —dijo con voz de pito—, unos niños la llaman, en el Vestíbulo.
—¿Unos niños? —preguntó Merlina, extrañada.
—Sí —afirmó el chico.
Merlina pensó que serían los muchachos, así que bajó de inmediato. Sin embargo, no encontró a nadie. Empezó a bajar las escaleras y se detuvo cuando vio a Draco Malfoy salir de atrás de una armadura y la señaló con la varita. De la punta salieron unas cuerdas, como serpientes que se lanzaron hacia ella y se ataron a su alrededor. La carta de Merlina voló por los aires y cayó unos cuantos escalones más abajo. Ella tropezó y se fue rodando hasta el Vestíbulo, escalera abajo, aullando por los golpes, sin poder soltarse de las fuertes cuerdas que la asían.
Cuando abrió los ojos, Draco ya no estaba, pero oía su risa en algún pasillo junto con su grupo. Apretó los ojos. Estaba tan atada que ni siquiera se podía soltar y los alumnos estaban en clases, excepto el grupo de Malfoy, que tenía esa hora libre. ¿Otra vez tendría que pedir ayuda a alguien como Peeves?
Se mordió el labio inferior hasta sacarse sangre. Se sentía fuera de sí. Pero no pudo hacer mucho, porque alguien le habló.
—¿Por qué estás amarrada?
Merlina miró a Snape con odio, chorreando sangre del hinchado labio. No contestó.
Éste la apuntó con la varita e hizo desaparecer las cuerdas.
En cualquier otro momento la ayuda le habría sorprendido, e incluso la manera de hablarle, pero apenas la liberó se puso en pie, mareada, y subió las escaleras a todo lo que le daban las piernas.
—¡Morgan! —exclamó Snape asombrado. Jamás la había visto así.
Ella se dio vuelta hecha un demonio y lo señaló.
—¡NO ME VUELVAS A HABLAR! ¡TE ODIO TANTO COMO A LOS DE TU MALDITA CASA! —Dicho esto partió hacia el séptimo piso, al despacho de Albus.
Severus miró las cuerdas, y luego el sobre que estaba en el suelo. Lo recogió y lo abrió. Sus ojos se estrecharon un poco cuando leyeron los últimos párrafos.
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—¡"Torta de calabaza"! —gritó y la gárgola se hizo a un lado. Subió dando tumbos y abrió la puerta sin pedir permiso. Estaba despeinada, con la ropa sucia y arrugada y el rostro color escarlata.
—¿Qué ocurre, Merlina…?
—¡RENUNCIO! —gritó, tomándose la cabeza—. ¡Renuncio, Albus! —reiteró. El director la observó estupefacto—. ¡No aguanto a los de Slytherin, Snape es un odioso sinvergüenza, Peeves no me deja en paz, los estudiantes son unos demonios…! ¡RENUNCIO! —reiteró.
Albus se paró, y se aproximó hacia ella.
—Te aconsejo que te calmes… —susurró.
—¡No, no me calmo! —estalló Merlina—. He tratado de estar calmada todo el año. ¡Me voy! ¡RENUNCIO!
Giró sobre sus talones y corrió hacia su dormitorio. Sacó las maletas y las lanzó a la cama con furia. Echó toda la ropa y objetos personales mediante magia, quedando todo arrugado y desordenado. La aplastó como pudo y cerró los broches. No supo de dónde sacó la fuerza, pero las cargó sin problemas. Los estudiantes que estaban saliendo a recreo la miraban anonadados por su impetuoso comportamiento. También se volvió a topar con Snape, quien la miró con el entrecejo fruncido y había abierto la boca para decir algo, pero ella lo ignoró olímpicamente.
Salió del castillo y caminó hasta uno de los carruajes que estaban apostados cerca de la reja. ¡Qué daría ahora por haber aprobado el examen de aparición! Abrió la puerta con violencia y echó las maletas adentro. Luego subió ella. Los Thestrals partieron de inmediato, como si sintieran su necesidad de marcharse lo antes posible de allí.
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Apenas la vio salir corrió hacia el despacho de Dumbledore. Él tampoco procuró tocar la puerta, pero entró con calma comparado a como lo había hecho Merlina.
—¿Qué le ocurrió, Dumbledore? —preguntó, viendo que el anciano estaba mirando uno de sus instrumentos de plata con atención.
—¿A quién?
—Usted sabe… A Morgan.
—Renunció.
—¿Renunció? ¿Y por qué?
—No me lo dijo, pero entre todas las cosas que gritó, te nombró a ti.
Snape hizo un movimiento involuntario.
—¿Y qué haremos, entonces? —indagó, olvidándose de ocultar su interés.
—Nada.
—¿Nada?
—Volverá, Severus, no estaba suficientemente enojada como para hacerlo de verdad —aseguró Dumbledore, dejando el misterioso objeto en uno de sus muebles—. Veo que te interesa mucho Merlina —añadió mirando al hombre sobre sus lentes de medialuna.
—¿Ella, importarme? ¿De qué está hablando? ¡Claro que no! —negó con rotundidad, ofendido, y salió dando tumbos del lugar, pegando un portazo.
Dumbledore negó con la cabeza y miró hacia el techo, cansado.
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—No volveré —gruñó Merlina furiosa y testaruda—. Claro que no volveré.
El coche se detuvo y ella bajó inmediatamente.
Fue hasta una esquina y sacó la varita. El Autobús Noctámbulo apareció con un estallido. Había tomado una decisión: era el momento de hablar con Craig. Además, por lo visto tendría que rehacer su vida en el callejón Diagon.
Subió, pagó y se acomodó. Comenzaron a viajar a una velocidad increíble. Las sillas se movían para todos lados y ella no era muy pesada como para quedarse en un sólo sitio, así que varias veces terminó en el suelo. Pero al menos los dolores le hicieron aplacar su rabia. Ya había sido demasiado. Eso era una broma que no tenía precio. Era tal el punto de lo irrespetuoso, que llegaba a ser indigno e inaceptable para cualquier estudiante que lo hiciera, independiente de la casa a la que perteneciera. Fue un atentado contra ella, en todas sus letras.
Pasaron a dejar a varios pasajeros antes de que ella llegara al Caldero Chorreante, pero no había transcurrido más de media hora desde que había dejado el colegio. Se bajó, entró al bar sin saludar a nadie. Fue al pequeño patio con la muralla de ladrillos, dio unos toques con la varita y entró al Callejón Diagon.
Con los brazos algo más cansados, fue calle arriba, donde estaba el hospedaje de los padres de Craig. El pueblo permanecía igual que siempre, y si es que alguien la reconoció, ninguno se animó a saludarla.
Llegó hasta la casa, y como la puerta estaba abierta, entró sin tocar. Pasó a la cocina, lugar donde se encontró con los padres de Craig, que estaban cocinando y limpiando el lugar.
—¡Merlina! —exclamó la señora, botando el cucharón con el que revolvía la sopa al suelo—. Qué... Qué sorpresa, tanto tiempo… —balbució, poniendo una cara extraña y acercándose a darle un abrazo.
—Hola, Merlina —saludó el caballero con la misma expresión de su esposa.
—Sí, decidí volver... Y es una larga historia, así que... Bueno —suspiró, y esbozó una sonrisa triste—. ¿Está Craig?
Marido y mujer se miraron nerviosos, sin disimular ni un poco.
—¿Craig, cielo? —inquirió la madre colocándose colorada.
—Sí, ¿está? —volvió a preguntar con la sonrisa borrada. Algo sucedía. Tuvo un mal presentimiento.
—Eeeh... —balbuceó el papá.
—¿Ocurre algo?
—No, nada, nada...
—¿Está Craig, entonces? —reiteró por tercera vez, estando segura de que había algo extraño.
Ninguno de los dos contestó. Merlina salió de la cocina, seguida por los papás. Dejó las maletas al pie de la escalera y ascendió.
—Merlina, querida, mejor no vayas —advirtió la señora, con voz de súplica. Ella no hizo caso. Era obvio que ocultaban algo, y creía saber lo que le esperaba arriba. Llegó hasta la puerta y abrió sin tocar.
Contuvo la respiración y evitó dar un grito. Entre las sábanas estaba Craig, por lo que se veía, desnudo, abrazando a una muchacha rubia. Ambos estaban dormidos.
Los padres de Craig la miraban desde el rellano, preocupados.
Merlina bajó la mirada, decepcionada, y asintió para sí misma. Cerró la puerta con cuidado, bajó, tomó las maletas y se fue de allí, pensando en que ese era el verdadero lugar al que jamás volvería. Ni siquiera se limitó a hacerles un gesto a los padres de su exnovio, quienes seguían con la misma expresión de culpabilidad.
