Capítulo 16: Con el rabo entre las piernas
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Merlina se devolvió por el camino, soportando el peso del equipaje como terapia. Salió al Londres muggle y empezó a caminar sin un rumbo fijo. La gente la miraba por su atuendo estrafalario, pero a ella no le importó estar con túnica, y tampoco contaba con el ánimo suficiente para quitársela.
Caminó un par de cuadras hacia abajo y topó con una plaza repleta de árboles frondosos. El sol no pegaba tan fuerte, pero el día era agradable. Se fue hasta un banco, que estaba tras una estatua alegórica, y se sentó.
Le costaba creerlo. Le costaba comprender que pudieran ocurrir tantas cosas malas en un día.
Pero al menos estoy viva —pensó. Sí, aunque ya era hora de que no se conformara solamente con eso, ¿o, acaso iba a estar toda su vida agradeciendo por vivir cuando le ocurrieran cosas tan horribles? En unos cuantos meses cumpliría veintisiete y sentía que nada había cambiado, que desde sus quince años había sido todo un viaje cuesta abajo. Ya se le estaba haciendo difícil soportar tanto bache en el camino. Su positivismo se estaba acabando.
Puso las rodillas sobre el asiento y se las abrazó, apoyando la cabeza en ellas. Ahora que lo pensaba bien, Craig nunca había sido una buena persona. Y al analizar bien las cosas, los recuerdos, cayó en la cuenta de que nunca le había sido fiel. La gente hablaba, sí, ¿pero tanta era la coincidencia de que todos dijeran que "era un muchacho raro y mujeriego"? Ella había hecho oídos sordos frente a esos comentarios, porque no los quería creer. Y ahora que había visto al chico acostado con otra mujer, le decía que no era más que otro del montón; actuaba demasiado bien, un completo manipulador. Se había aprovechado de ella como muchas otras personas. ¿Tan tonta era? ¿Tan débil se veía? Ella sólo intentaba ver lo mejor de la gente e intentaba mostrarse tal cual era. No sabía qué más podía hacer para no seguir siendo abusada de ese modo. ¿Lo habría despertado su madre para decirle que ella había ido y lo había visto ahí? Lo más probable es que no le hubiese importado. Ahora que se había librado de ella… De todas maneras, ¿qué novio fiel termina con su pareja, y al día o a los dos días se encuentra a otra para satisfacerle las "necesidades" que con la otra no consiguió? ¡Pero, qué tonta! Probablemente ya estaba con esa chica de antes y sólo vio un buen momento para terminar y deshacerse de ella de una vez por todas. Cuántas veces le debe haber visto la cara a Merlina, y por eso todo el callejón decía que era una tonta despistada.
Estuvo mirando al vacío toda la tarde. No fue a comer y no prestó atención a las protestas de su estómago. Llegaron las diez, ya había anochecido y ella todavía no tenía ánimos de hacer algo. Llegó un momento en que las luces de la plaza se apagaron y quedó todo a oscuras y tampoco le importó. Se había nublado y bajaba el frío, y nada. No podía llorar, y eso que estaba muy triste. ¿Cuándo sería el día en que le volvieran sus lágrimas? ¿Y por qué tenía que hacerse tantas preguntas sin respuestas?
Tomó su varita para iluminar el lugar. Miró su reloj: eran las tres de la mañana. No tenía sueño. Después de tanto trasnochar se estaba acostumbrando a no dormir.
Acomodó las maletas bajo el banco y se extendió en él mirando el cielo morado que se expandía ante sus ojos.
Quizás... Quizás tuviera que volver a Hogwarts. Ella había pensado en un inicio que era su verdadero hogar, y no tenía otro lugar donde llegar. Pero había renunciado, Albus Dumbledore no la aceptaría. Había gritado, se había comportado pésimo... Snape y los de Slytherin la detestaban.
Llegaron las seis... Las siete... Las ocho... Se levantó, y se dio cuenta que tenía un dolor de cabeza y de espalda terribles. Debía de tener las tablas marcadas. Todavía estaba nublado, pero el día lucía brillante. Cerró los ojos un momento. Pestañeó un par de veces y se reincorporó: volvería al castillo. Intentaría aclarar las cosas con Dumbledore y ver si podía llegar a un acuerdo con Severus; esa era la mejor alternativa que tenía.
Sacó sus maletas debajo del asiento y caminó hasta la calle menos concurrida para hacer parar el Autobús Noctámbulo.
Hizo el trayecto contrario al del día anterior. Parecía estar repitiendo esa parte de su vida, porque estaba con el mismo ánimo, y, tal vez, peor. Si se comparaba el ser aporreada por un estudiante y ser traicionada, era más terrible lo segundo.
Llegó aproximadamente a mitad del desayuno. Suerte para ella, porque no tendría que toparse con nadie. El autobús la dejó frente a las verjas donde se posaban los cerdos alados. Se bajó y se encaminó hasta las puertas de roble. Las abrió con cuidado y miró hacia las puertas del Gran Comedor que estaban entreabiertas. Salía ruido de platos, risas y voces del interior. Entró lo más rápido que pudo y fue hasta su oficina.
Al entrar, descubrió que todo estaba tal cual como lo había dejado. Seguía estando allí la pluma con la que había escrito la carta a Craig y el tintero destapado.
Fue hasta su habitación y dejó las maletas en su cama. En su mesita de noche estaba la carta que le había escrito a Craig. No sabía cómo había llegado ahí, siendo que se le había extraviado en el Vestíbulo, pero tampoco le interesaba. Buscó la que él le había enviado y las quemó juntas, en el lavamanos de su baño. No quería tener ni un recuerdo de nada, aunque implicara tener que intoxicarse con el olor a pergamino quemado y dejar lleno de cenizas, que eran dificilísimas de limpiar, incluso con magia.
Se sentó en la cama, y se dedicó a esperar hasta que dieran las nueve para ir a hablar con Dumbledore. Pero antes de que pudiera hacer algo, alguien golpeo a su puerta.
Frunció el ceño. rezando para que no fuera algún bromista, y se levantó con pesadumbre a abrir la puerta.
Se encontró frente a la sonriente cara de Albus Dumbledore. Merlina, sin contenerse, lo abrazó. Éste le contestó con unas palmadas delicadas en la espalda. Se separaron.
—Me alegra que hayas regresado —admitió él sin orgullo, mientras ella le hacía espacio para que entrara—. Quise venir a comprobar si estabas. Tuve un presentimiento, pero confieso que he estado viniendo desde que me levanté, así que no es que haya adivinado precisamente ahora.
—¿No estás enojado por mi papelón de ayer? —preguntó Merlina, esperando que le dijera que en realidad sí, pero que no había encontrado suplente para reemplazarla.
—Claro que no. Tenías razones para haber actuado así —repuso empáticamente—. Sin embargo, tenía la vaga sensación de que volverías.
—Sí... Bueno... Luego de tremendo recibimiento que me dieron... —dijo con sarcasmo, pero sin sonreír sentándose en su sillón.
Albus se sentó a su lado y entrelazó los dedos sobre su regazo, mirándola fijamente. No le dijo nada, ella hablaría sola.
—Ay..., no sé —susurró—. Creí que lo que me había pasado acá había sido terrible. Pero, luego de pensarlo tanto tiempo, me di cuenta de que no fue así... Estuve toda la noche despierta —confesó, siendo respaldada por sus ojos irritados—. En una plaza. No tenía ánimos de nada, porque, cuando llegué, encontré a mi novio, que en realidad era mi ex novio de hace sólo unas horas, en su cama, con otra muchacha. Armé las piezas y me di cuenta de que es lógico que he sido engañada durante largo tiempo y que nunca lo conocí realmente.
Contaba eso porque lo necesitaba. Albus, a esas alturas, sería el único que la escucharía con paciencia.
—No podía quedarme ahí, claro. Así que decidí volver. Quizá pueda hacer un trato con Snape, no sé... —farfulló—. Pero ese no es el punto —concluyó.
—¿Cuál es, entonces, Merlina?
—Es... Son muchas cosas, la verdad. Me he sentido sola durante mucho tiempo.
—Desde que falleció tu familia.
—Sí. Y desde allí que he sido una persona distinta —miró a los ojos de Albus, apenada—. ¿Sabes que ya no puedo siquiera llorar? —Albus alzó las cejas, asombrado. Ella continuó—: E intentado ser una persona normal, Albus, pero me doy cuenta de que ya no quepo en este mundo. No concuerdo con nada, no encajo. Tengo veintiséis años y todavía no tengo amigos de verdad, y evidentemente soy un asco en el amor romántico. Todavía no tengo a alguien que me quiera seriamente, sinceramente, sin juzgarme. Todos creen que se me han zafado los tornillos desde lo que ocurrió con mi familia, y quizá sea cierto, pero tan mala no soy; soy como cualquier persona. Y no poder llorar sólo agrava las cosas, porque ni siquiera puedo consolarme y sanarme.
Hubo una pausa de silencio.
—A veces, Merlina —murmuró el hombre eligiendo bien sus palabras—, el amor está más cerca de lo que crees, pero no de la forma que tú buscas. Yo te aprecio, y es una forma de amor que jamás será suficiente para ti, porque, sea como sea, represento una forma de autoridad para ti, y no soy el amigo que necesitas. Los muchachos, Harry, el señor Weasley y la señorita Granger, tal vez son demasiado jóvenes para formar lazos de amistad contigo que impliquen una confianza emocional y sentimental, pero sin duda te quieren. Y, en cuanto a lo demás, nunca lo puedes saber. Tú misma lo has dicho: tienes veintiséis años. Tienes una vida por delante y gente por conocer. Yo tengo ciento veinte años y sigo conociendo gente.
Merlina negó con la cabeza.
—¿Cómo reconocer una amistad sincera? ¿Cómo voy a reconocer a "ese amigo o amiga que necesito? Ni si quiera me he enamorado, ni siquiera sé lo que es el amor realmente...
—¿Segura?
—Segura —corroboró—. La verdad es que no sé por qué tanto me hace daño haber terminado con Craig. Yo no lo quería, y no quiero a nadie más, eso lo sé.
—No hay nadie que te haga sentir distinta, con cosquillas, o como se dice, con mariposas en el estómago, ¿eh?
—No. Nadie... De cualquier forma, tengo entendido que lo de las mariposas es ansiedad —dijo reticente. Bufó—. Bueno, ya lo tengo asumido; supongo que siempre seré una especie de bicho raro. Pero, sea como sea, Albus, he vuelto. Continuaré con mi trabajo, y el otro año también, siempre y cuando me aceptes de nuevo.
—Excelente —sonrió Albus bondadosamente, genuinamente feliz—. ¿Sabes que la señorita Granger, y sus amigos tuvieron una grave pelea con algunos de Slytherin?
Merlina se sobresaltó.
—¿Por qué?
—Por ti. ¿Acaso piensas que los amigos tienen que ser precisamente de una edad definida? Es lo que te digo: ellos sí te quieren.
Merlina arqueó las cejas mirando el suelo. Se sintió como una malagradecida. Luego sonrió. Si hubiese tenido lágrimas, habría llorado de la emoción.
—Y yo sintiéndome sola —admitió—. Qué tonta fui.
—Al menos ya lo sabes. De hecho cayeron en enfermería, pero salieron esta mañana y bajaron a desayunar, sanos y salvos.
—Fantástico... Menos mal que no fue grave, sino me habría sentido muy culpable.
—Bueno, ahora estate tranquila —dijo—. Y no te adelantes a los hechos que respectan al curso de tu vida —aconsejó. Se puso de pie—. Puedes tomarte el día libre. Duerme todo lo que quieras, pero a las ocho de la noche te quiero con las pilas recargadas, y quiero que bajes a cenar.
—¿Pilas?
—Bueno, esas cosas muggles fantásticas que hacen funcionar los objetos.
Merlina rio contenta, asintiendo porque sabía lo que eran. Era raro, claro, oír a un mago como Albus usar un término tan muggle como ése.
—Que descanses.
—¡Gracias, director!
Él le guiñó un ojo y salió de su habitación.
Merlina se dio un baño relajante, y eso le hizo bajar el sueño. "No te adelantes a los hechos que respectan al curso de tu vida" le había dicho Albus. Sí, él tenía razón, no tenía que tirar la esponja todavía, aunque no sabía a qué se refería exactamente con eso. ¿Se refería a la amistad? ¿Al hecho de ser un bicho raro? ¿Al amor?
Se puso el pijama y se durmió profundamente, sintiendo un alivio muy grande en el corazón y en su mente. Pero, cuando despertó, esa buena sensación ya había desaparecido.
Se levantó un poco antes de las ocho para bajar a la hora justa a cenar. No se atrevió a mirar a los estudiantes que la observaban sorprendidos. Seguramente pensaban que ella no volvería. No obstante, prefirió ir por el camino privado y entrar por la puerta trasera para no tener que topárselos a todos. Todavía no se sentía con ánimos de hablar, pero, por suerte, cuando llegó a la mesa, Sprout la saludó con normalidad, lo mismo que Hagrid, Minerva y Flitwick, como si nunca se hubiese ido. Snape fue el único que no hizo nada, pero, por ella, mejor. Quizá Albus les había ordenado a los profesores que se limitaran a actuar con normalidad, y esa consideración la agradecía profundamente.
No pudo comer bien durante la cena. Cientos de pares de ojos, a cada momento, se dirigían hacia ella de forma acusadora y curiosa. Podía sentir como cuchicheaban. Tampoco quería mirar hacia la mesa de Gryffindor, porque se vería obligada a hacer algún gesto de complicidad con los muchachos y tampoco deseaba hablar con ellos, porque sentía que les debía una explicación que no quería dar en ese momento. No sabía cómo hacerse entender, y tampoco sabía si ellos la comprenderían.
—Merlina ¿te encuentras bien? —le preguntó Pomona, viendo que estaba mirando un punto fijo hacia arriba, con el tenedor en la mano sin probar bocado. Le quedaba la mitad del plato.
—No —confesó de pronto, con el estómago revuelto—. No me siento bien. Creo que no comeré.
—Puedes ir a enfermería —la aconsejó con amabilidad.
—Sí, eso... Eso haré —susurró e hizo un intento de sonreír, lo que pareció más una mueca.
Se puso en pie y salió lo antes posible de allí, sin hacer caso a los rugidos de su estómago. A parte de la tristeza, estaba débil porque llevaba un día sin comer. Pero no tenía ánimos, no tenía ganas..., menos delante de gente que la observaba constantemente. Había regresado, Albus la había recibido con los brazos abiertos, pero le tomaría tiempo habituarse y sanarse de todo lo que le había pasado en tan poco tiempo.
No se dirigió a la enfermería, no era su fin tampoco. Quería estar sola, así que comenzó a cumplir su trabajo, moviéndose de un lugar a otro constantemente para no toparse con nadie. De vez en cuando se encontró con algún fantasma, entre esos el Barón Sanguinario.
Lo observó unos momentos, y él a ella con una expresión de ultratumba.
—¿Puedo hacerle una pregunta, señor?
El Barón se acercó flotando, mirándola con ojos lúgubres y cansados. Hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—¿Por qué está empapado en sangre?
Merlina no esperaba que le contestara. No era una pregunta agradable, y a ella no le gustaría que le hicieran una pregunta como esa. Pero tuvo el impulso y no se pudo contener. El fantasma pareció reflexionar.
—El amor —susurró con voz sepulcral— a veces te hace hacer locuras.
Dicho esto, atravesó la pared y no volvió más.
Merlina fue hasta la ventana y se cruzó de brazos. Miró los jardines. Vio la cabaña de Hagrid, que tenía las luces encendidas y de la chimenea salía humo.
"El amor a veces te hace hacer locuras". Frunció el ceño, sintiéndose extraña: por un lado quería sentir amor para hacer locuras, pero, si esas locuras implicaban terminar empapada en sangre, entonces, no sabía si quería sentir amor…
