Capítulo 17: La guerra... ¿continúa?
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Ninguno de los muchachos se apareció por donde estaba ella, así que, prácticamente, tuvo una noche tranquila hasta que llegaron las doce. Los corredores estaban desiertos y no corría peligro, por lo que ya no podía seguir haciendo caso omiso a su estómago. Estaba famélica y decidió bajar hasta las cocinas.
Los elfos domésticos estaban limpiando platos, separándolos por tamaño y función, lo mismo que los servicios, los vasos, las copas, etc. Todavía, al final, sobre unos maderos apagados, había una olla enorme que humeaba un poco, apegada a la cuarta mesa, que tenía unos escalones que conducían hasta el borde de la olla; los elfos debían subirse allí para revolver el contenido con unos enormes cucharones. En una mesa larga había en una bandeja enorme, más o menos del porte de una cama de una plaza, pero de diez centímetros de profundidad, repleta de pastel de carne y verduras.
—¡Buenas noches, señorita! —la saludó una elfina chillona, haciendo una reverencia pronunciada.
—¡Hola! —saludó, sonriente al ver a alguien que no era humano. Ya no quería estar en presencia de personas, al menos no en esos instantes.
—¿Qué desea?
—Bueno… Quiero comer algo —dijo ella y la elfina sonrió en respuesta. Merlina comenzó a mirar las mesas viendo qué podía elegir. Allí había para regodearse. Había tantas cosas…
—Elija lo que quiera y avíseme cuando decida, para servirle.
Merlina sintió y se paseó un par de minutos por la mesa, hasta que decidió.
—Quiero de ese pudín de chocolate con crema y mermelada de fresa —anunció a la misma elfina.
—¡En seguida!
El pequeño ser corrió, tomó un plato y un cuchillo con una velocidad asombrosa y volvió hacia ella con un gran trozo cuadrado para ella. Se veía algo pegajoso, pero exquisito.
—Muchas gracias —dijo.
Se encaminó hacia la puerta, porque no pensaba comer allí, había demasiada bulla. Sin embargo, antes de estirar el brazo hasta el pomo, la puerta se abrió y le pegó en las manos, lo que hizo que el postre se fuera contra su propio pecho, dejando el plato estampado en él.
Con la boca abierta de la sorpresa miró hacia adelante y vio a Snape. Él cerró la puerta y la miró con detenimiento.
—Mira lo que hiciste —le espetó ella con malas pulgas sacándose el plato de allí y evaluando su túnica sucia con pudín—. Además, ¿quién te mandó a llamar?
Snape carraspeó.
—No pensé que fueras a estar justo aquí y en la puerta —replicó alzando una ceja—. Y si lo hubiera sabido, lo habría hecho de todas maneras. Y no te incumbe a qué vine, pero puedo decirte que no estoy para comer como tú, Cerdita Parlanchina. Las cocinas son parte del castillo, así que no te creas la dueña.
Merlina sonrió con ironía.
—Qué bromista, ¿no?
—No es una broma —corroboró Severus pasando por su lado y rozándola con su hombro.
No… No hagas nada, tranquila —pensó. Sin embargo no se quedó tranquila, no pudo. Aún tenía demasiadas emociones guardadas y su lado racional no funcionaba al cien por ciento. Fue tras él y, sin controlarse, lo abrazó por la espalda, ensuciándolo a él también con el pastel que aún tenía pegado en la túnica. Snape se zafó de ella y se volteó rojo como un tomate.
—¿Qué haces?
—¡Bueno, bueno, lo mío tampoco fue una broma!
Snape se intentó mirar la espalda y tocó la papilla de pudín que tenía. Hizo una mueca de asco. Luego se giró hacia ella.
—No diré nada sobre tu retorno al castillo —susurró—. Pero no estoy dispuesto a aguantarte nada…
—Ni yo tampoco…
—… Así que… —le pasó una mano por el pecho donde tenía el chocolate y sacó un montón—. Toma —y se lo esparció en la mejilla.
Merlina soltó un grito ahogado y ofendido, y se lanzó contra él. Los elfos dejaron sus actividades asustados y miraron con sus grandes ojos la escena.
Snape retrocedió tratando esquivar las manos de Merlina, pero ésta se lanzó otra vez con fuerza, causando que él tropezara. Cayeron juntos encima de una de las mesas largas. Varios platos se estrellaron contra el suelo y las copas de oro retumbaron chirriantemente.
Merlina quedó encima de Severus y, aprovechando que él la miraba con ojos de pescado, tomó la jarra de jugo que estaba junto a su cabeza y se la vació en la cara. Snape la empujo y Merlina cayó al suelo. Adolorida se levantó y vio que Snape estaba bajándose de la mesa con cara de ahogado y el pelo empapado de jugo.
Merlina corrió hacia el otro lado de la mesa contigua y recogió algunas municiones. Severus estaba furioso. Los ojos los tenía inyectados en sangre. ¿O se le habían irritado por el jugo? Sí, lo segundo era lo más probable, porque era de limón natural.
—No te escabullas —murmuró, pero ella pudo oírlo de todas maneras. Repentinamente corrió, saltó a la mesa y bajó ágilmente. Eso había tomado por sorpresa a Merlina, pero alcanzó a lanzarle un durazno maduro que se le reventó en la mejilla con un ¡paf! Y a tirarle unos cuantos limones grandes. Snape se quejó con un gruñido bajo, pero fue tras ella sin detenerse, cual autómata de Terminator.
Merlina corrió hasta la otra mesa, donde estaba el enorme pastel de carne, pero Snape había sido más rápido que ella. La tomó por la cintura, la alzó —ella pataleaba y gritaba—, y la enterró en la fuente de pastel.
—¡Aaaah! —aulló Merlina. Por suerte, tampoco ella fue tan lenta.
Con fuerza que no sabía que tenía, alcanzó a agarrar a Snape por el cuello de la túnica y lo atrajo hacia a la fuente también. Snape quedó de cara a la comida, al lado de Merlina.
Lo gracioso de todo esto era que ninguno de los dos se gritaba insultos como de costumbre. Sólo se estaban expresando su rabia con una guerra de comida. Triste desperdicio, porque lucía demasiado sabrosa.
Merlina, con mucho esfuerzo, intentó salirse del pastel, pero era demasiado resbaloso, aparte de que Snape la tenía agarrada de un brazo. Ambos intentaban escabullirse, pero a la vez intentaban impedir que el otro lo hiciera primero.
Tuvieron que recuperar el aliento por un breve instante. Severus se alzó unos centímetros y la quedó viendo con el lado izquierdo de la cara y la cabeza lleno de comida. Merlina pestañeó, sintiendo que el corazón se le aceleraba de pronto, y apostaba que no fue por el esfuerzo. Entonces aprovechó el momento de calma, se torció de una manera que le pudo propinar un codazo en el estómago al hombre, y rodando escapó, pero tuvo que darse contra el suelo otra vez. Se incorporó como pudo y saltó, tal como lo hizo Snape —quien se reincorporó casi de inmediato—, a la cuarta mesa. No supo cómo, pero el profesor de Pociones otra vez estaba tras ella con cara de asesino. La tomó otra vez en brazos sin esfuerzo alguno, subió los escalones que conducían a la olla gigante y la lanzó. La sopa se fideos se movió para todos lados, pero no alcanzó a rebalsarse. Merlina se sumergió en unos segundos y salió inspirando hondamente. El líquido le llegaba hasta el principio del cuello.
—Espero que disfrutes el baño —dijo Severus. No alcanzó a bajarse de la mesa, ni tampoco a dar la media vuelta, porque Merlina lo había agarrado de la túnica y lo había jalado para que cayera también. La adrenalina le propinó la fuerza que usualmente no tenía.
Esta vez sí se salió algo de sopa por los bordes
—Ahora… sí… terminamos —jadeó Merlina alejándose y apegándose a la "pared" redonda de metal.
Severus se echó el cabello hacia atrás. Estaba tan empapado como ella.
—Yo creo que no… —balbuceó él y se fue contra Merlina otra vez. La obligó a hundirse.
Merlina pensó que iba a tratar de ahogarla, pero no fue así: la sacó al instante. Sólo era para ensuciarla más. Ella empezó a combatir contra eso, tratando de hacerle lo mismo
Estuvieron cerca de dos minutos luchando dentro de la sopa, hasta que Merlina tuvo que rendirse.
—No doy más… —farfulló desprendiéndose de él—. Me entró sopa en la nariz… por poco un fideo…
—Nada terrible —dijo él—. A mí me entró una arveja por la boca y me salió por la nariz.
Snape no lo había dicho risueño, sino todo lo contrario, pero Merlina tuvo un impulso por reír. Para alejar ese pensamiento, miró su entorno. La olla era treinta centímetros más grande que ella y le sería imposible salir sola. Además, el gran problema era que, en algún momento de la lucha, su varita se había caído.
—¿Cómo salimos ahora?
—¿Cómo "salimos"?
El sarcasmo del remedo de Snape la dejó pensando, hasta que entendió la indirecta.
—¿Me vas a dejar aquí, nadando en la sopa?
Severus no dijo nada. Se agarró firmemente de la olla y la escaló en un dos por tres, saliendo de ella y parándose en la escalera con agilidad. Tenía la ropa apegada al cuerpo, adornada por algunas verduras.
—Bien, bien —susurró Merlina, otra vez enojada—. Haz lo que quieras. Quizá sea cómodo dormir en la sopa y esperar a que un elfo tenga la amabilidad de ser decente luego de arruinar su comida, o que alguien se pasee por las cocinas —se cruzó de brazos, furiosa, pensando en que Severus la dejaría allí. Pero ocurrió un milagro que la dejó boquiabierta: Snape se agachó y estiró una mano, mientras que la mano libre se la pasaba por el rostro para quitarse algunos cabellos húmedos que se le pegaban a la cara.
Merlina miró dos veces, porque no sabía si había visto bien.
—¿Prefieres quedarte, entonces? —inquirió Severus empezando a quitar la mano.
—¡No! —saltó Merlina y se la tomó firmemente.
Severus le agarró la otra mano, se puso en pie y la sacó como si fuera un saco de plumas.
Quedaron apegados por unos segundos, torso con torso. Severus la miró a los ojos de una manera diferente a lo usual, tal como lo había hecho cuando estaban en la bandeja de pastel. Merlina volvió a sentir su corazón acelerarse. Sintió el aliento tibio de él en su cara, su boca fina estaba ligeramente abierta. Estaban demasiado cerca… ¿Qué era ese sentimiento tan extraño en su vientre?
—¡Bueno, gracias! —dijo Merlina con demasiada brusquedad, sin saber realmente porqué lo hizo. Severus reaccionó, alejándose. Descendió por la escalera seguido por ella.
Los elfos seguían mirando asombrados y otros tantos enojados por el tremendo desastre. Algunos, más valientes, susurraban entre ellos con rabia. Merlina chequeó el suelo y fue en busca de su varita, que también estaba llena de comida. La limpió en su túnica, que estaba un poco más limpia, a pesar de estar empapada.
—¿Qué te parece si arreglamos esto? —preguntó Snape a Merlina, sin ninguna nota de simpatía en su voz, sacando su varita mojada—. Antes de que los elfos domésticos tomen represalias en nuestra contra.
—Sí —concordó ella igual de idiotizada, siendo consciente de la mirada de furia de los elfos, quienes comenzaban a congregarse a su alrededor.
Estuvieron unos instantes lanzando hechizos para todos lados, hasta dejar el lugar como estaba antes, de limpio al menos, porque la comida no se podía recuperar. Eso sirvió como una disculpa, porque pareció apaciguar el ánimo de los elfos. Luego cada uno se secó la ropa con el vapor de la varita.
Snape, al terminar y sin decir nada, fue hasta uno de los elfos, uno de cara gruñona y bastante viejo. Se agachó a su altura y comenzó a susurrarle cosas. Los demás volvieron a sus puestos y empezaron a deshacerse de la comida que se había arruinado.
Merlina miró hacia una de las mesas. Cogió una manzana y se fue de allí, mascándola. Había secado su ropa, pero su cuerpo seguía estando sucio y le urgía un baño.
Cuando Snape se dio vuelta, ella ya no estaba.
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Merlina, durante las dos semanas siguientes, se dio cuenta de que muchos cambios habían ocurrido en el colegio. Primero que todo, el reloj de puntos de los Slytherin estaba más bajo que de costumbre. Ya no la atacaban y ni siquiera la insultaban. Draco Malfoy se limitaba a mover la boca para transmitirle sus groserías o a mirarla con desprecio. Por otra parte, Hermione, Ron y Harry no habían mencionado, tal como los profesores, absolutamente nada sobre su partida. Aunque tuvo la impresión de que a Ron casi se le sale algo, porque, dado un momento, Hermione le dio un fuerte pisotón en el pie.
De lo otro que se había percatado, era que Snape tenía cambios abruptos de personalidad, como si fuera bipolar —a todo eso, ninguno de los dos había vuelto a mencionar la guerra de comida en las cocinas—. Había días en que la ignoraba por completo. Podía pasar al lado de ella, o chocarla, y no decirle absolutamente nada. Otras veces, en los lugares menos previstos, comenzaba a decirle sus típicas pesadeces, , y eso que ella ni siquiera le decía nada, pero siempre que estuvieran solos; ya no la humillaba frente a público. A veces ella no tenía tiempo de contestarle, porque eran "insultos exprés". O tal vez fuera tripolar, porque: o la ignoraba, o la insultaba, o la utilizaba para su conveniencia, como en la tercera semana de junio. Faltaba muy poco para salir a vacaciones, pero él era uno de esos profesores que no desaprovechaba ni un minuto de su clase.
Ella se hallaba enroscando la araña del Vestíbulo con la varita —la había soltado Peeves para aplastar a alguien—, cuando un muchacho de quinto de Gryffindor, asustado, salió de la puerta que conducía a las mazmorras.
—Yo tenía diez perritos, yo tenía diez perritos; uno se me fue a la nieve, no me quedan más que nueve… De los nueve que me quedaban, de los nueve que me…
—Señorita Morgan, el profesor Snape la llama.
Merlina sacudió la cabeza y dejó de cantar. Se guardó la varita en el bolsillo.
—¿Snape?
El chico asintió y temblando subió las escaleras, desapareciendo su vista.
Merlina bajó hasta el aula de Snape y ni siquiera se tomó la molestia de tocar.
—¿Me llamabas? —preguntó impaciente.
Snape, sin mirarla, asintió. Los demás alumnos de Gryffindor con los de Slytherin la miraron con atención.
—¿Para qué?
—Quiero que limpies ese caldero —dijo y señaló el puesto vacío—. Un idiota no supo hacer su poción y lo expulsé de la clase.
Merlina se acercó y vio un caldero con una poción que parecía engrudo.
—Y tú quieres que yo limpie esto, ¿no? —preguntó, sin poder creerlo.
—Morgan, por favor, remítase a cooperar. Además recuerdo que a usted le gustaban las pociones y que trabajaba en "La Botica".
La joven apretó la mandíbula y no dijo nada más. No supo cómo se había enterado de eso, pero estaba en su currículum, así que seguro lo había visto allí.
Se puso frente al pupitre e intentó sacar eso con magia, pero era imposible. Se aproximó a Severus y apoyó una mano en el escritorio. Él dirigió sus ojos hacia ella, dejando los trabajos a un lado.
—¿Sí?
—Necesito un trapo.
—Bueno, vaya a buscarlo.
—No me trates de "usted" —insistió—. No empieces, Snape.
—Morgan... —su voz se convirtió en un siseo—. Haz lo que te pido, no me porfíes. Estás aquí tanto para cumplir con el aseo del colegio como para ayudar a los profesores.
—Ya, pero el trapo —dijo, sin hacer caso a eso.
—Sabes perfectamente que afuera hay un armario de la limpieza. ¿Tanto te cuesta ir para allá? Además eres una bruja, y el encantamiento convocador es algo básico.
Merlina le dio la espalda y fue a buscar el maldito paño con un líquido limpiador de calderos. Bien sabía Snape que muchos armarios estaban con llave, especialmente los que tenían químicos especiales, y que un encantamiento convocador no hubiese servido para buscar los implementos.
—Es cierto que soy la celadora, pero son sus calderos; él debiera limpiarlos —rezongó mientras regresaba con los materiales necesarios.
Entró con la barbilla en alto al aula otra vez. Roció el contenido espeso del limpiador de calderos y el residuo pegado se licuó un poco. Era como una especie de ácido. Ahí recién pudo hacer desaparecer la poción, pero tuvo que quitar el resto con el paño. Estuvo cerca de diez minutos restregando con todas sus fuerzas, para que el maldito caldero quedara impecable. Justo en el momento que tocaron recreo, ella terminó.
Esperó a que los estudiantes se fueran para ir de nuevo donde el profesor.
—Toma —dijo dejando el paño sucio encima del escritorio—. No pienso lavar el paño. Es tú culpa que tu alumno no haya entendido las instrucciones y haya hecho mal el proceso.
Snape alzó las cejas y sonrió.
—¿De qué te ríes? —preguntó con brusquedad, aunque evitando sus ojos.
—De nada —se encogió de hombros.
—¿Cómo que de nada? ¿Sabes? Me enferma cuando te ríes de mí sin razón —comenzó Merlina paseándose de un lado a otro—. No sé si tengo un mono en la cara o cara de mono, o si eres tonto y tienes una falla mental. Está bien que me molestes, eso te lo puedo aceptar; pero te juro que odio esas risas que me dedicas o esas miradas que me pegas de repente, como si estuvieras pensando algo muy malo en contra de mí —paró en seco y sin mirarlo continuó —. Si tienes algún otro problema que no sea ese de que yo "Soy tonta e inmadura" y que por eso te caigo mal —reanudó el paso. Snape la miraba con atención, y todavía con la sonrisa en los labios—, es mejor que me lo digas ahora y aclaremos de inmediato el problema, porque, francamente, no sé qué pensar.
—Ya.
Tomó aire y continuó:
—Se supone que tú y yo deberíamos haber parado esta estúpida pelea, pero confieso que yo no podré mientras tú sigas con tus imbecilidades. Y si estás haciendo todas estas cosas para que yo vuelva a renunciar, estás muy equivocado, porque no pienso hacerlo. Hogwarts es mi casa y no vas a conseguir tus propósitos.
Severus asintió lentamente.
—¿Terminaste? —preguntó.
—Sí. ¿Qué más quieres que te diga? Creo que fui lo bastante clara.
—Sí, fuiste clara. Pero yo también tengo que decir un par de cosas. —Snape se puso en pie y tomó el paño—. Si quieres que te diga "ooh, yo lavaré el famoso paño que Cerdicienta Parlanchina utilizó en su esforzada tarea de limpiar el caldero", no lo haré —le tomó la mano y le puso el paño ahí—. Es tú deber, Morgan, como te dije, cumplir con parte de la limpieza del castillo. Yo aquí enseño. Y para que sepas, no tengo ninguna intención de que te despidan. Por mí, mejor tener una ayudante.
—Yo no voy a ser tu ayudante —se negó Merlina tajantemente.
—Aah, bueno, si yo te lo pido, lo serás, y no podrás decir que no, porque Dumbledore tomará cartas en el asunto. Es cosa de que leas tu contrato, para que veas que no estoy jugando ni aprovechándome.
—Pero Severus, no puedes…
—Sí puedo, Morgan —replicó autoritariamente—. Pero tranquila, que partiremos el próximo año, y no será siempre, así que no vamos a tener que soportarnos por tanto tiempo.
Merlina puso los ojos en blanco.
—Y sobre el tema de que "estás aburrida porque te miro raro y me río de ti", es por el simple hecho de que me resultas graciosa y te encuentro, en efecto, tonta e inmadura.
—¿Seguirá con eso?
—¡Hasta que madures, por supuesto! —hizo una pausa—. Además, si hubiera alguna otra razón por la que me río de ti, es mí problema y no tendría que porqué responder a tus preguntas bobas.
—¿No ves? ¡Es por eso que no se puede conversar contigo, porque siempre te terminas poniendo antipático! Bueno, más de lo que eres. ¡Y si crees que esto ha terminado (y ya lo he dicho muchas veces, pero lo reitero), te equivocas, porque te juro que no te seguiré aguantando nada!
Snape iba a replicar mordazmente, pero prefirió cerrar la boca, porque Merlina ya había salido a toda velocidad de su despacho, despidiendo humo por las orejas y haciendo bulla al caminar, como si sus zapatillas fueran de plomo.
—Maldito idiota… qué se cree… siempre haciendo lo que le place, no tiene sentimientos, no es humano… pero no me voy a quedar así, ya estoy harta, y si soy inmadura, no veo por qué me tiene que molestar… —estuvo murmurando todo el camino, y, en realidad, todo el día mientras hacía las cosas en el castillo. La sangre le hervía y no hubo momento el que el corazón no le palpitara con fuerza. Tal vez aquel ritmo de latido no significara enojo precisamente.
