Capítulo 18: Secuestrada

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El poco tiempo que quedaba para salir a vacaciones se hizo sal y agua. Los días habían cambiado imperceptiblemente. En las mañanas amanecía con neblina, pero luego se despejaba y dejaba un ardiente sol para iluminar el castillo y los terrenos. Nadie soportaba mucho tiempo el contacto directo con aquella luz y buscaban la sombra con urgencia.

Los estudiantes estaban relajados, sin ánimo de molestar siquiera en el último día en Hogwarts. Además, la mayoría se hallaba ordenando sus cosas para no estar a última hora armando el equipaje, y ella tampoco se quedaba atrás. Estaba separando su ropa de manera muy dedicada y cuidadosa, y sus objetos personales también. Al menos podía estar tranquila ya que había ido el fin de semana pasado a visitar el pueblito, y por suerte encontró un pequeño hotel de dos estrellas donde ofrecían habitaciones a buen precio, así que había reservado una. Le dijo a Dumbledore donde estaría, por si en algún momento la necesitaba para alguna cosa. Al menos, las habitaciones eran cómodas y serviría hasta que se comprara una de las casas que estaban construyendo en un campo cercano y que, claramente, costaban mucho más, pero ya había ahorrado mucho dinero. Agradecía a Dumbledore que era generoso con el sueldo, o al menos justo.

Ahora que pensaba las cosas más claramente, sentía un alivio tremendo al haber terminado con Craig. O que él haya cortado con ella, en realidad. Reconocía sin problemas que no se había acordado de él en mucho tiempo, pero siempre había estado con esa sensación de estar atada a algo durante su estadía en el castillo. Tal vez eso le impedía percatarse de otros aspectos de su vida.

La cena transcurrió sin problemas para todos: reían con alegría, los nervios por los trabajos escolares se habían esfumado hacía tiempo; en resumen, un día de relajo completo. No obstante, para Merlina no lo había sido en su totalidad. Ocurrió algo que muy remotamente se lo había planteado, pero jamás lo creyó cierto. Ni menos posible, bajo todo ese contexto... Severus Snape hacía días que no la miraba con detenimiento y a ella no le había importado, prefería que fuera de ese modo. No obstante, llegado un momento, durante la velada, sus mezquinos insondables ojos negros se dirigieron hasta ella como si intentaran detectar algo. Merlina giró la cabeza lentamente hacia él, mientras subía la cuchara llena de arroz hasta su boca. La cuchara nunca llegó. Sin quererlo, se distrajo y el contenido de la cuchara quedó esparcido en la mesa. Esos nervios que sentía cuando miraba al profesor de Pociones se intensificaron el doble en ese instante, con sacudida de estómago provocada por mariposas, y una desagradable puntada en la cabeza. Se puso colorada en milésimas de segundos. Severus, sin embargo, no se rio por su estupidez de botar la comida. Simplemente volteó la cabeza, indiferente, tal como a principio de año. Merlina miró hacia el frente. No podía ser... ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué?, se preguntaba ella. ¿En qué momento? ¿Desde un principio? Bueno, fuera como fuera que hubiese ocurrido, y aunque sonara más terrible que todas las cosas terribles existentes en el mundo, debía aceptarlo de una vez por todas: le gustaba Snape. ¿Qué? ¿Le gustaba Snape? ¿El hombre que la trataba como a una porquería, como a un chicle en un zapato, que se reía en su cara, que le gastaba bromas? ¿Al hombre a quien ella, supuestamente, odiaba? No pudo seguir comiendo. No en esa mesa, además el estómago se le había contraído y estaba estrujándose a sí mismo. La ansiedad era más grande que su hambre en ese momento. Se fue tan rápido del lugar, que nadie se dio cuenta. Caminó directo hasta su despacho, agitada, y cerró las puertas con llave. No quería visitas, no quería nada.

Entonces... todas esas sensaciones adrenalínicas y espontáneamente sulfuradas… ¿significaban que le gustaba Snape? Siempre le habían dicho que estaba mal de la cabeza, pero nunca se lo tomó tan en serio como en ese instante. Reconocía ser medio mensa, tenía algunos tornillos sueltos, pero no estaba completamente loca. ¡Otro golpe de la vida! Le gustaba Snape, tenía que reconocerlo. Tal vez por eso le gustaba llamar su atención... O increparlo... Y quizá por eso le daba pena cuando él la trataba de inmadura: porque sabría que jamás podría concretar algo con él... ¡Pero qué cosas pensaba! ¿Tener algo con el profesor de Pociones? Eso era casi lo mismo que decir que ella sería la próxima Reina de Inglaterra. Gustarle Snape… si dijera eso en público, se la llevarían en camisa de fuerza a San Mungo. Snape diciéndole cosas con esa voz tan suave que poseía, cerca, en su oído, melodiosamente; torso con torso, el aliento cálido en su rostro, como esa vez en su último enfrentamiento en las cocinas…

Las mariposas nuevamente atacaron su estómago con violencia al visualizar eso en su cabeza. Era una imagen difícil de borrar. De pronto comenzó a recordar todas las veces en que él se había acercado a ella más de lo permitido, invadiendo completamente su espacio personal, y cómo la había hecho sentir. Esa electricidad poderosa, incontrolable y abrumadora…

Gimoteó quejosamente.

—Merlina —susurró sentándose en su cama, agitada—: olvídate de él. Es imposible. Ese hombre no ama a nadie y no va a amar a una mujer como tú. No, señor. Prácticamente te odia. Bueno, te odia.

Apoyó la cabeza en sus rodillas y cerró los ojos. En la oscuridad vio su capa ondear... Sus ojos, su cabello moverse en cada paso, su ropa apegada a su cuerpo por la sopa; su torso desnudo, esbelto, y esos peligrosos músculos tenuemente marcados a la altura de la cadera, rumbo al peligro, cuando lo vio casi al inicio de año, la noche que invadió su cuarto para pintarlo como extraterrestre. Ese olor a jabón, a sutil perfume… Se levantó otra vez, con el cuerpo crispado de la excitación súbita.

—¡No lo vas a ver durante dos meses! —se dijo, paseándose de un lugar a otro—. Tiempo suficiente para olvidar a alguien. Exagero, sólo me gusta. Es un gusto, nada que no pueda tratarse.

Bueno, al menos sabía que en un día no podría hacer tal cosa, menos si acababa de descubrir que le gustaba. Eso tomaría más que un simple esfuerzo. Por eso, a la mañana siguiente, no se molestó en ir a desayunar y simplemente partió del colegio, como cualquier persona mal educada, yéndose lo más rápido posible hasta Hogsmeade. Cualquiera pensaría que estaba haciendo algo malo, especialmente Snape, que casi siempre sabía las cosas... Sabía las cosas... ¡Sabía las cosas!

—¡Por Merlín! —exclamó la joven, dejando de guardar la ropa en los cajones de su nuevo cuarto—. ¿Y si él sabe que yo...?

No, no, no. Debía alejar ese pensamiento. Pero, por su culpa, ni siquiera se había despedido del director..., de los muchachos. ¿Y si volvía...?

Merlina estaba tan envuelta en sus pensamientos, que jamás se percató que en su cuarto alquilado no estaba sola. Un hombre se escondió dentro del baño y en esos momentos salía sigilosamente. Ella, inocente, estaba de espaldas a él. Tenía una capucha en la cabeza, sujetaba un paño fino en una mano y, con la otra, una varita que apuntaba hacia ella.

—Incarcerous —susurró el desconocido.

Merlina puso los ojos como platos del sobresalto, pero no alcanzó a reaccionar. Por segunda vez en el año quedó atada con gruesas cuerdas que habían aparecido de la nada. Cayó al suelo como saco de papas. Miró hacia arriba asustada. El hombre se agachó y la hizo sentarse. Se sacó la capucha. La boca de Merlina se abrió automáticamente.

—¿Craig...? ¿Qué...?

—Shh —la silenció su exnovio. Estaba completamente diferente. El pelo lo tenía más largo, desordenado y sucio. Sus ojos estaban rojos y la barba la tenía crecida. Su ropa también estaba en mal estado.

—No entiendo por qué estás aquí, y deberías decirme por qué me has atado... —susurró Merlina, comenzando a entrar en pánico. La mirada de Craig era desquiciada y extraña. Sonrió con unos dientes amarillos. Su aliento olía a alcohol y a nicotina en concentración excesiva.

Craig, aún agachado, se arrastró hasta quedar en frente de la espalda de Merlina. Tomó el paño y lo enrolló.

—Craig, me das miedo, ¿qué piensas hacer? —empezó a dar vuelta su cabeza, pero él fue más raudo. Pasó los brazos hacia adelante y le amordazó con el paño, atándoselo en la nuca. A Merlina le dieron arcadas, pero no podía vomitar porque su estómago estaba vacío.

El muchacho se reincorporó y dio la cara.

Merlina estaba aterrada, con los ojos desorbitados. Eso le estaba causando tanto miedo como las arañas, o tal vez más, porque la obligaba a no desfallecer. Intentó hablar, pero sentía la boca seca y el pañuelo estaba muy bien atado. Pudo haberle lanzado un hechizo silenciador, pero era probable que Craig no supiera realizarlo.

—¿Creías que me iba a quedar tranquilo? —susurró calmado y se sentó en la cama, frente a ella. La miró con un rostro inexpresivo—. Mis padres me contaron que tú habías ido a la casa... —dijo aún más bajo—, y que nos viste a mí y a la prostituta allí... —Merlina sólo escuchaba. Craig estaba mal, estaba borracho, se le tropezaban las palabras y sus ojos temblaban. Tal vez hasta estuviera drogado—. Pero me lo contaron luego de tres días. Me dio mucha lástima... Me sentí culpable. No debería haberlo hecho, y ni siquiera debía haber terminado contigo. Tú implicas todo para mí, pero no me malentiendas: confieso que no te amo y que nunca te amé. —Los ojos de Merlina se entrecerraron acusadoramente al oír esa confesión; después de todo, ella no podía alegar mucho—. Pero no puedo sentirme el malo del cuento, porque tú tampoco lo hacías y no lo puedes negar. Pero ¿sabes por qué te tomé en cuenta? ¿Por qué me acerqué a ti? —ella negó lentamente, todavía asustada, pero más tranquila. Mientras más hablara, más tiempo le daría de pensar alguna forma de escapar—: Porque te veías como una mujer esforzada, aunque especialmente tonta... —ese comentario le recordó a Severus y cerró los ojos, dolida—. Y pensé que podría aprovecharme de ti, usarte a mí favor, manipularte, pero no fue tan simple. Eres más compleja de lo que aparentas ser. Sí pude sacarte dinero —reconoció, y esbozó una sonrisa maniática—, pero no pude obtener algo más contigo —le tocó el cuello suavemente, y luego lo siguió deslizando hasta uno de sus senos, lo que le dio repugnancia—, y me obligaste a estar con cientos de mujeres durante varios meses...

Merlina hizo un gesto negativo involuntariamente, lo que sirvió para que Craig dejara de tocarla.

—No es que sea insaciable —rio—, es tan simple como que eso es el fin de todo hombre, una necesidad básica, y pensé que tú estarías a la mano para servirme. No eres ninguna gran maravilla, Merlina. No eres fea, pero no eres una preciosura. Vi que podías serme útil por algún tiempo —hizo una pausa—. No te asombres; mis padres me hicieron ser así. Nunca me prestaron atención y vi que tú lo hacías porque estabas desesperada con encontrar amigos... —los ojos de Merlina se mojaron, pero se secaron al instante. Estaba tan impresionada, siendo desengañada de la peor forma—. Eras mi oportunidad perfecta para tenerlo todo. Dejé pasar dos años para que pudieras tomarme en cuenta y no cedías a nada; pensé que podías ser como esas rameras que se entregan al mes, pero no lo hiciste, jamás te me insinuaste siquiera. No contaba con eso, me di cuenta de que eras demasiado cerrada por culpa de tus traumas estúpidos, así que debí tomar medidas más drásticas e intentar ser cariñoso, y tampoco funcionó. Cuando viniste acá, me aburrí y te envié la carta, para ver precisamente si venías a suplicarme... Pero jamás pensé que llegaras tan pronto, así que, lamento esa embarazosa situación —resopló—. Por otra parte, mis padres discutieron estrepitosamente conmigo por llevar a una muchacha diferente a la casa, el mismo día en que me dijeron que tú habías venido. Así que me echaron, y desde ahí que estuve averiguando de tu vida. Qué día terminaban las clases y dónde podrías estar. Se me ocurrió pasar por aquí primero y, por suerte, no hay más de tres hoteles. Y te hallé aquí. Te esperé. Pero no creas que estuve ocupando tu "suite". Estuve vagando —se tocó la túnica sucia—. Estuve en el Cabeza de Puerco... hasta que el tabernero se cansó y me sacó a varillazos —rio otra vez—. Dormí en una cueva, que está en una cuesta...

Merlina negó otra vez, harta de su monólogo sin sentido.

—¿No qué? —preguntó con brusquedad— ¿Acaso quieres que te suelte? —Afirmó deseosa—. No. Ahora, tú te vas conmigo. Merezco que me sigas prestando atención, que sigas trabajando para mí y que me des lo que quiero, porque es lo que a ti te gusta, y si no quieres perderme, es lo que harás. Y sabes que no son necesarias las palabras para eso. Tengo magia y una varita, y un montón de maldiciones para obligarte… Sangre sucia. —Merlina no pudo evitar asombrarse: jamás había oído a Craig decir esa frase—. No entiendo cómo un ser como tú, inferior, se ha hecho tanto de rogar, Merlina. No me cabe en la cabeza. Estás en el lugar que mereces, debes hacerlo parte de ti. Acéptalo. Algunas personas como tú nacen para servir a otros.

El joven se puso en pie y fue hasta ella, pero Merlina no se dio por vencida. Se echó hacia atrás y pegó un giro, levantando un poco las piernas y golpeándolo en las pantorrillas, obligándolo a caer al suelo. Craig se golpeó el hombro, el codo y la cabeza, sacándole sangre de esta última.

—¡Ouuch! —gritó furioso intentando pararse.

Merlina, como un gusanito, se trató de arrastrar hasta la puerta, mientras trataba de meter la mano en su bolsillo y sacar la varita. Craig la alcanzó, y viendo sus intentos de desenvainar la varita, él se la sacó y la tiró al suelo.

—No intentes nada, Lina, sino serás la perjudicada...

"Perjudicada" ¡Sí, ella tenía que salir perjudicada en todo!

Craig la tomó en brazos y la puso en la cama. Agarró una de las maletas vacías, la más grande, pero aun así le realizó un encantamiento aumentador. Depósito a Merlina allí, quien chillaba agudamente, pero de nada servía. Estaba más que asustada. Nadie la iría a buscar. ¿Y si la mataba o la violaba? ¿Para qué tenía la varita, si ni siquiera podía detener algo como eso?

—Tranquila, que hay suficiente oxígeno para llegar hasta la cueva —le dijo, acariciándole la cara. Merlina sintió asco otra vez y tuvo una arcada—. Es el único lugar donde puedo ir, y donde dudo que te encuentren. No creo que conozcan esa cueva... —miró al techo—. En fin, hora de marchar. —Cerró la maleta.

Merlina quedó a oscuras. Veía algo de luz entre algunas costuras del cierre, pero muy poco. De pronto sintió que oscilaba. La debía de estar cargando.

Un ruido de puerta abrirse, y luego, cerrarse. Unas voces... Seguramente la recepcionista. Merlina chilló, pero su voz estaba ronca, sólo pareció un gruñido. De pronto el ambiente se tornó más caluroso. Debían estar afuera y en la calle jamás nadie la escucharía.