Capítulo 19: El autor del rescate

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¿El hotel "Ruiseñor"? Eso le había dicho Dumbledore. Y, ahora, resultaba que estaba para los mandados, siendo que era profesor y acababa de comenzar sus vacaciones. Todo por culpa de una tonta mujer. Bufando entró en la recepción, haciendo sonar la campanilla. Había gente en la entrada, pero, sin importarle el orden de atención, se acercó al mostrador. Quería liquidar el asunto en seguida. Pasó que Dumbledore encontró extraño que Merlina se fuera de un momento a otro, así que lo envió a él a ver si estaba bien en el cuarto alquilado.

—Disculpe —habló con premura—, ¿Merlina Morgan está aquí?

La bruja, que era regordeta y morena, miró unos papeles. A Severus le incomodó que no le pusiera "peros" por la confidencialidad con el cliente, pero le servía en ese instante no ser retenido. Apostó a que el hotel debía ser una ganga.

—Sí —dijo con voz gangosa—. Habitación treinta.

Severus subió dos pisos dando zancadas y tocó la puerta un par de veces. Nadie contestó.

—¿Morgan? ¿Estás ahí?

Nada. Decidió entrar: tal vez estaba dormida. Entonces vio el extraño escenario: una varita estaba en el suelo y pudo reconocerla como la de Morgan. En el piso de piedra había una mancha de sangre y la ropa estaba a medio ordenar en el cajón. Faltaba una maleta, evidentemente.

Corrió de vuelta hacia la recepción.

—¿Alguien salió con alguna maleta? —indagó empujando a varios magos quienes, enojados, lo regañaron.

—Sí —contestó la misma bruja—, hace cinco minutos. Una maleta grande, roja, llamativa y…

Severus fue al exterior.

—¡Expecto Patronum! —exclamó con voz temblorosa. Una lechuza se formó de pura luz plateada. Era una lechuza que parecía extremadamente vieja. Aun así, ésta se fue volando con mucha agilidad hasta el castillo.

El Patronus no tardó en llegar al séptimo piso. Traspasó el despacho de Dumbledore. Luego habló.

Dumbledore —dijo la voz de Snape embargada de temor—. A Morgan le ha ocurrido algo. Creo que la secuestraron.

Los ojos del director se abrieron de par en par. Avisó de inmediato al personal y a algunos funcionarios del Ministerio.

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Merlina sintió que la dejaban caer en un suelo irregular, lleno de piedras. No se divisaba luz y, cuando Craig abrió la maleta, tampoco la hubo. El aire era sofocante, y hedía; tal vez había ratas muertas y heces. Craig sentó a Merlina contra la muralla y se alejó.

—Lumos. —De la varita de Craig apareció una luz y le iluminó la cara a la asustada joven. Merlina sólo distinguió su silueta; estaba encandilada.

—Shel... a... e... —rogó Merlina. El corazón le bombeaba con fuerza y sentía un nudo en el estómago.

—¿Qué te suelte? No... —Lanzó una carcajada maniática, algo jadeante tanto caminar—. ¿Sabes qué es lo que más me gusta de esto? —No esperó a que ella hiciera algún gesto—. Es que nadie sabe que estás aquí. Nadie te vendrá a buscar; a nadie le importas, Lina. A nadie, en serio —se sentó, sin dejar de alumbrarla—. No tienes padres, el resto de tu familia está lejos, y amigos… Vamos, yo era tu único amigo. Es por eso que debemos estar juntos, somos tal para cual. Tú jamás vas a encontrar a alguien que te aprecie realmente, porque no has nacido para ser querida; tu condición de sangre sucia lo impide. Además, ni tú ni yo tenemos el fastidioso privilegio de amar. Aparte, tienes una historia patética. Yo estaría feliz si mis padres murieran —Merlina se sacudió, horrorizada, con el estómago hecho un nudo—. Somos un par de rechazados por la sociedad. No merecemos estar aquí... Somos tal para cual —reiteró, y Merlina movió la cabeza enfáticamente. Craig desvariaba; por un lado la trataba como si fuera una basura, luego, él se rebajaba—. ¿No somos el uno para el otro? Claro que sí, Merlina. Tú misma me decías que yo era el único que me había logrado fijar en ti para formar una amistad en los momentos que tenías una autoestima muy baja. No creo que hayas cambiado de parecer así de fácil. De verdad, a nadie le interesas. No creo que se te hayan subido los humos a la cabeza por estar trabajando en el gran Hogwarts. Eso no significa nada. Y si es que piensas que el lunático de Albus Dumbledore te tiene estima, hazte la pregunta: "¿A quién NO le tiene estima?". A nadie. No te creas, Lina... somos basura, no tenemos futuro, estamos perdidos, tú perteneces conmigo... Pero perteneces conmigo en el lugar que te corresponde, bajo mis pies. Que te quede claro eso; no quiero que…

Dejó de hablar. Ambos aguzaron el oído. Hubo un ruido de piedras en las cercanías; luego, de pisadas en la entrada. La poca luz que entraba quedó oculta y una sombra se reflectó a la derecha. Craig corrió hacia Merlina y la tomó en brazos, colgándosela al hombro. La persona de la entrada avanzó hacia ellos, pero Merlina no vio nada. La cabeza le estaba bombeando por la sangre acumulada.

—¡Expelliarmus! —gritó Craig. Quien quiera que fuese la persona que los había hallado, se debe haber dado contra la muralla y quedado inconsciente al instante, porque ni siquiera gimió del dolor.

Merlina vio la luz. Veía el suelo a un metro y medio. Craig corría a toda velocidad cuesta abajo. ¡Lamentó tanto no haber comido bien durante el último día! Al menos así hubiera pesado más y Craig no la habría cargado con tanta facilidad.

La gente gritó cuando el mago trastornado llegó a la primera calle. Este estiró el brazo en que tenía la varita y la gente retrocedió pensando en que él les apuntaba.

¡PUM!

El rojo autobús Noctámbulo apareció.

—Bienveni... —comenzó a decir el copiloto.

—¡Apártate! —gritó y subió violentamente. Merlina se dio contra una de las puertas, quedando ligeramente atontada. Craig se puso al lado del conductor y bajó a Merlina dejándola en pie, a su lado, pero afirmándola de la cintura con un brazo y con el otro apuntando al chofer.

—¡Llévanos lejos, vejete! ¡A cualquier lugar! ¡AHORA!

Los magos y brujas que estaban allí se agazaparon un poco y dejaron de hablar. Miraban a Merlina con pena y muertos de miedo. Ella en tanto les observaba con súplica, pero nadie actuaba y el bus ya estaba viajando a toda velocidad por el camino de unos cerros. Merlina se intentó mover, aunque ya había suficiente ajetreo.

—¡Apúrate, anciano! —vociferó Craig fuera de sí. El conductor, desesperado, apretó unos botones por equivocación. Las puertas se abrieron y Merlina vio su oportunidad: ahora o nunca. Nunca supo cómo se zafó del brazo de Craig, pero lo hizo. Tal vez fuera cosa de la magia precisamente. Dio un gran salto hasta la pisadera y un segundo salto, más grande que el anterior, hacia abajo, al exterior. Sólo escuchó el grito frustrado de Craig, pero el bus desapareció. Estaba a salvo. Tropezó con unas hierbas. Luego, cayó rodando decenas de metros hacia abajo por un cerro, raspándose la cara con las malezas, los pinchos y las piedras. Quedó enterrada en el largo césped de un campo, consciente, pero totalmente adolorida. Las ataduras le empezaban a hacer daño. Se movió con todas sus fuerzas, pero fue peor. Los brazos se le quemaron un poco por el roce. Tal vez muriera deshidratada y por inanición.

—¡Mmmm! —chilló, enfurecida Todo le ocurría a ella. Maldito Craig... Lo detestaba. ¿Con quién diablos se había metido?

Estuvo cerca de diez minutos quemándose al sol y pensando en lo mucho que odiaba a Craig, perdiendo la esperanza de que alguien la encontrara, hasta que oyó un leve ruido de pisadas. Luego un gato saltó a su lado, pero, en dos segundos, ya no había gato. Era la profesora McGonagall.

—¡Merlina! —chilló, sacándole inmediatamente las ataduras y la mordaza—. Por Merlín... ¡Gracias a Dios! Estás bien, Merlina...

El corazón de la muchacha dio un vuelco. Un alivio se extendió en su ser.

—Sí... bueno, adolorida... —Merlina intentó moverse, pero el cuerpo se le había acostumbrado a estar en una sola posición. Tenía los músculos agarrotados. La profesora de Transformaciones la ayudó a flexionarle los brazos y las piernas.

—No sabes cómo nos preocupamos... Dumbledore nos avisó que te habían secuestrado...

—¿Qué? ¿Cómo lo supo?

—No lo sé, pero apenas nos dijo, todos partimos a buscarte... Podías estar en cualquier lado... —apuntó con su varita hacia otro lado, convocó a su Patronus y lo envió a informar sobre Merlina—. Realmente pensamos lo peor...

—Y estuvo a punto de ocurrir —reconoció Merlina, parándose flojamente.

—Estás toda ensangrentada, morada... —se calló. Un Patronus con forma de fénix llegó hacia ellas.

—Craig Ledger ha sido encontrado y será llevado a Azkaban, para luego ser procesado y enjuiciado —narró la voz de Dumbledore. Luego de eso, se desvaneció.

El nudo que tenía en el estómago se aflojó. Sonrió relajada y abrazó a Minerva, una vez más contenta y agradecida de estar viva. Ya que no podía llorar, sólo quedaba reír.

—Gracias... —susurró—. Pensé que tal vez no me buscarían... Y la verdad es que no sé cómo lo supo Albus… —se interrumpió. Un segundo Patronus de Dumbledore apareció. El fénix abrió la boca.

—En dos minutos un auto del Ministerio llegará hasta allá.

—Vamos —le dijo Minerva y le ayudó caminar cuesta arriba, por donde había caído, acercándose al camino de tierra. Merlina se acababa percatar de que se había torcido una pierna y tenía un hoyo en una de las rodillas del pantalón.

—Ahora me doy cuenta de que me duele todo... —susurró Merlina, cerrando los ojos y dando pasos cortos. El efecto de la adrenalina que le había mantenido alerta e inmune al dolor comenzaba a esfumarse.

—Mandaremos a llamar a Madame Pomfrey, porque realmente estás herida —dijo la profesora con seriedad.

Llegaron hasta el camino y no mucho después se vio, a lo lejos, un auto negro y brillante. Minerva alzó una mano para que las vieran. Merlina ni siquiera podía levantar los brazos.

El auto se estacionó al lado de ellas y se abrió la puerta trasera. Adentro estaba Albus, preocupado, pero sonriente. Minerva ayudó a que Merlina subiera y luego ella entró. El auto partió de inmediato.

—Qué bueno que te hayamos encontrado —dijo Albus—. Gracias, Minerva.

—De nada, Albus —contestó la mujer, orgullosa.

Merlina sonrió un momento, pero luego se puso seria.

—¿Cómo supiste que había sido secuestrada? ¿Tienes alguna bola de cristal?

Dumbledore miró el techo unos segundos y luego la observó.

—Supuse que algo te debió haber pasado, porque no pensé jamás que fuera normal que te marcharas sin despedirte —admitió y Merlina puso cara de culpabilidad—. No importa —agregó el director al ver su expresión—, no te preguntaré qué fue lo que te hizo actuar así. El punto es que envié a Severus —el corazón de Merlina se aceleró súbitamente—, quien fue a ver si estabas bien en el hotel. Y pues, bien, llegó y se dio cuenta de que algo andaba mal, porque vio sangre en el suelo, y me envió un mensaje —el corazón de Merlina casi explotaba. Se sentía roja—, y te comenzamos a buscar. Yo contacté de inmediato al Ministerio para que estuvieran atentos a la captura de Ledger.

Merlina asintió lentamente y sonrió otra vez, pero bajó la vista porque Albus la observaba de manera extraña. Quizá el también supiera lo que pensaba… Albus casi siempre sabía qué pensaban o sentían los demás.

—Gracias —susurró. Estaba aliviada. No había ocurrido nada, ella estaba bien, sana y salva, porque sí le importaba a la gente. Dumbledore la conocía lo suficiente como para saber si estaba bien o no, y por eso envió a Severus. Imaginaba que él lo había hecho de mala gana, pero de todos modos había ido. Ella pertenecía a ese mundo, no como había dicho Craig. Ella era apreciada. Él era el único idiota que debía estar en otro lado.

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—Ah, ¡Severus! Acabo de llegar —dijo Dumbledore sonriente cuando llegó a su oficina, al notar que el profesor de Pociones se hallaba allí, minutos más tarde. Pero luego, al observarlo mejor, al ver que estaba magullado, hizo una mueca—. Veo que estás…

—Ese hij… Quiero decir, ese idiota me lanzó un encantamiento de desarme antes de que yo sacara mi varita y me golpeé contra la pared de la cueva —explicó Snape, quien tenía una bolsa de hielo en el lado izquierdo de la cabeza y la mitad de la cara raspada. Se sentó con pesadumbre en el sillón de Albus con una expresión hosca—. Quedé inconsciente cerca de diez minutos…

—Lamento que te haya agredido, pero podemos agradecer que el arriesgarse haya valido la pena. El exnovio —Severus levantó la cabeza ante estas palabras— de Merlina…

—¿Era el exnovio quien la secuestró?

—Sí, ¿por qué?

—Por… —titubeó. Alzó las cejas y tomó aliento— nada —terminó.

—Bien, como iba diciendo —continuó Dumbledore sin darle mayor importancia a la interrupción de Snape—, Craig Ledger, el exnovio —cargó sutilmente la voz en esa frase—, fue llevado a Azkaban, pero habrá que enjuiciarlo. Le pregunté a Merlina si querría estar presente y me dijo que no, que yo la representara. No la quise obligar, así que me preguntaba, ya que tú eres un testigo y podrías argumentar sobre la violencia de aquel hombre… Si deseas testificar en su contra.

Severus miró el suelo, reflexivo.

—Bueno… Iré, solo para que pague lo que me hizo.

—Sí, Severus —susurró Albus con voz cansina—. Pero sugiero que te fijes en Merlina, quien fue la real víctima de esto. Ahora está bajo la atención de Poppy en la habitación que alquiló. Tuvo suerte de no quebrarse las piernas, fue una caída bastante osada… De hecho, la prensa quería interrogarla, pero les dejé muy en claro que a ella no le gustaría que hicieran noticia sobre…

—¿Osada o tonta? McGonagall me dijo que se lanzó del autobús. Yo no le veo nada de valiente a eso —interrumpió Severus levantando la cabeza.

Albus lo miró durante algunos segundos.

—Velo como te parezca, Severus. Si quieres engañarte a ti mismo y observarlo como algo tonto todos los actos de valentía… Es cosa tuya. Eso no reemplaza la verdad, sólo la cubre por algunos momentos. —Severus lo miró sin entender, o, más bien, con temor—. Ahora, si me disculpas, necesito contestar unas cartas y mañana poder partir temprano por la mañana a hacer algunas cosas…

Severus asintió con la cabeza y se fue también a hacer sus maletas, para luego irse a su casa.

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Envió a Snape... Snape estuvo allí... Snape avisó... —Merlina continuaba pensando, ansiosa y conmocionada, sobre el suceso que no tenía más de media hora de haber sucedido. En esos momentos estaba sentada en su cama, siendo atendida por Madame Pomfrey, que le estaba curando las heridas con esa típica cara de gravedad en ella, que usaba para situaciones como aquella.

—Levanta la cara, por favor —le ordenó. Merlina dio un respingo, pero obedeció sin objetar.

—Auch... —se quejó cerrando los ojos con fuerza. La enfermera de Hogwarts le estaba aplicando una sustancia que ardía.

—Es una suerte —murmuró entre dientes— que no te hayas quebrado la columna, dislocado un hueso o algo por el estilo. Tienes lesiones leves, pero aun así yo te aconsejaría guardar cama el resto del día; necesitas descanso absoluto.

—Pero no me duele tanto —protestó la celadora e hizo un movimiento brusco. Se quejó otra vez.

—Ah, pero en la noche estarás hecha polvo —le aseguró Poppy arqueando las cejas.

Merlina prefirió no discutir, porque lo más probable es que tuviera la razón

—Listo, Merlina —dijo Pomfrey, dejando un algodón ensangrentado en un tarrito que estaba sobre la mesa de noche de la joven varios minutos después.

—¡Muchísimas Gracias! —le dio un abrazo desde la cama, aguantándose el dolor. Madame Pomfrey sonrió incómoda, pero le dio unas amistosas palmaditas en la espalda y respondió:

—Para eso estoy.