Capítulo 20: Visita inesperada

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Tal como había dicho la enfermera, Merlina tuvo la peor de las noches. Los músculos los tenía todos agarrotados y, a la mañana siguiente, amaneció realmente morada. Hasta tenía un moretón en la mejilla y no recordaba haberse pegado ahí.

—Bien —se dijo, caminando de un lado a otro—. No me puedo pasar las vacaciones aquí. Son dos meses en que estaré de ociosa… ¿Salir sola? —de pronto deseó que Hogwarts durara todo el año. Se sentó en la cama y, al momento en que ejecutó esa acción, una lechuza muy conocida entró por la ventana, cayendo sobre la cama y quedando inmóvil durante unos segundos con las plumas revueltas—. ¡Errol! ¿Cómo olvidarme de ti?

Recogió a la lechuza, se la puso en las piernas y le quitó la carta del pico.

—¿Para qué me habrá escrito Ron? —susurró. Desplegó la carta y leyó.

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¡Hola, Merlina!

Espero que estés bien. Te envío esta carta mediante Errol, porque Pig, la lechuza de Ron (supo que era Ginny quien escribía y no Ron) está cumpliendo otro encargo.

Le hemos comentado a nuestra madre si era posible que te invitáramos a pasar las vacaciones aquí, y aceptó. Le hemos hablado muy bien de ti, así que no debes preocuparte. Harry y Hermione estarán acá también. Ojalá puedas venir. La dirección es St. Ottery Catchpole, La Madriguera. Es la casa más torcida que hay, pero te aconsejo que viajes por red Flu (ni que pudiera aparecerse). Contesta apenas puedas, y dinos la hora en que aparecerás, y el día, claro. Ojalá fuera lo más pronto posible.

Un beso y un abrazo.

Ginny Weasley.

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Merlina sonrió. Eso sonaba muy bien. Pasar las vacaciones con los muchachos significaba mucha entretención y equivalía a no aburrirse. Además, le serviría para fortalecer su amistad. El problema era que le faltaba una maleta, y la maleta más grande. El desgraciado de Craig la había dejado en la cueva. Pero, justo, como si todo estuviera predestinado, tocaron la puerta.

—Adelante —dijo sobresaltada.

Una de las mujeres de la recepción entró con su enorme maleta y la dejó en la entrada.

—Le dejaron esto a usted.

Merlina se puso en pie y corrió hacia la mujer.

—¿Quién lo vino a dejar? —preguntó efusivamente.

—Un hombre —contestó alzando las cejas.

—¿Cómo era?

—Bueno pues… Ni gordo ni flaco, ni alto ni bajo, ni viejo ni joven, ni sonriente ni enojado…

—¿Cómo tenía el pelo?

—¿El pelo? Mire, señorita, no estoy aquí para perder el tiempo. El punto es que le vinieron a dejar la maleta. Incluso, tal vez hasta fuera mujer, no puse mucha atención. Buenos días —terminó y se marchó algo furibunda por su atroz pérdida de tiempo.

Merlina cerró la puerta y abrió la maleta que estaba en su tamaño normal y en perfectas condiciones. Lo más probable es que hubiese sido Albus, era imposible que… O tal vez no lo era tanto. Miró el interior y vio un pequeño trozo de pergamino. Lo tomó y se fijó que tenía una pequeña nota escrita con una apretujada y pequeña letra.

La otra vez no me dejaste contestarte, pero reconozco que con el pasar de los días se me había olvidado. Concuerdo contigo: esto no ha terminado… Nos vemos en el otro año escolar, Cerdita Parlanchina. Que tengas buenas vacaciones.

Dio vuelta el pergamino, pero no había nada más. No tenía remitente, aunque no hacía falta ser adivina para saber quién había sido.

Snape vino a dejarme la maleta… —pensó, mirando para todos lados, como si pudiera estar por allí, agazapado, mas no había nadie.

—Unas buenas vacaciones me hacen falta para no recordar a ese cretino —se dijo y bruscamente apartó el pensamiento de salir a buscarlo por todo Hogsmeade. Era absurdo, Snape no parecía de los hombres que le gustara salir con chicas como ella. Ni siquiera con chicas, tal vez. Por Dios, él no salía. Arrugó la nota en su puño y la lanzó hacia atrás, ignorando su corazón acelerado.

Apartó a Snape de su mente y decidió contestar la carta de Ginny. Ya había tomado una determinación: se iría a la misma mañana siguiente, a las seis de la tarde. Hizo sus maletas con ropa de verano y salió a comprar algunas cosas para llevar. Lo que menos le gustaba era llegar a una casa con las manos vacías; era muy poco educado, aunque, tristemente, no es que como que hubiese visitado tantos amigos a lo largo de su vida.

Era emocionante no tener que toparse con nadie de Hogwarts. Eso le indicó que realmente estaba de vacaciones, aunque no podía negar que se le hacía extraño andar sola, aparte que la gente la miraba raro por todos los rasguños y moretones que tenía en la cara, como si fuera una maleante. De pronto le bajó la tristeza. No creía odiar a Craig, pero le había hecho mucho daño. Sólo esperaba que Albus testificara bien por ella y lo mandaran por muchos años a Azkaban. Ojalá toda la vida; no deseaba volver a verlo. A lo que habían llegado; y pensar que ella, en algún momento, había creído muy remotamente que podría formar algo más serio con él.

Después de comprar los presentes, fue hacia las Tres Escobas a beber algo. Se sentó en la barra. Madame Rosmerta se acercó esbozando una sonrisa a medias.

—¿Qué desea beber, señorita?

—Quiero una cerveza de mantequilla, por favor… —susurró, pero lo suficientemente claro como para que la oyera la mesera. Se iría por algo suave, porque no creía ser capaz de soportar algo más fuerte como el Hidromiel.

Rosmerta asintió y en no más de dos segundos le hizo entrega de una rebosante jarra de cerveza. Merlina no tardó en bebérsela. A pesar de que eso no emborrachaba, se sintió muchísimo más animada y decidió terminar de ordenar las cosas, para al otro día viajar sin problemas. Quizá, por fin, tuviera unas vacaciones decentes.

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Giró sobre sus talones, sintiéndose marear, con su maleta firmemente agarrada con la mano derecha. Muy pocas veces había viajado por red Flu y era por la simple razón de que no le gustaba, prefería el tren o el bus. La ceniza le entraba en la nariz, estornudaba, se golpeaba contra la chimenea, las llamas le hacían demasiadas cosquillas (eso la desesperada, porque le daban ganas de vomitar), y al final, salía como un escupo hacia el exterior. Y esta vez no fue la excepción. Por poco suelta una palabrota, y eso que cayó sobre una alfombra. Aunque se raspó todo el abdomen, porque se le había subido la remera.

—¡Aaah! —terminó por quejarse. El equipaje estaba tirado a su lado. Oyó una risita.

—¡Ron, no es gracioso! —reprochó alguien severamente. Era la inconfundible voz de Hermione.

Un par de manos la ayudaron a incorporarse, mientras ella se arreglaba la remera. Vio a los cuatro muchachos, allí, esperándola, sonrientes. Ginny la había ayudado.

—Detesto viajar por red Flu... —farfulló, sacudiéndose la ceniza.

—¿Por qué no te apareciste? —preguntó Harry.

Merlina hizo una mueca, algo avergonzada.

—Bueno... no tengo permiso para aparecerme.

—Vaya —comentó Hermione, sorprendida.

—Tienes toda la cara manchada... —se burló Ron. Hermione le dio un codazo, sin embargo, Merlina sonrió.

—Ahora me la quito, ¿tienes un espejo? —se dirigió a Ginny.

—Detrás de ti —respondió la pelirroja, señalando algo detrás de Merlina.

Ella se volteó de cara a la chimenea. Había unos cuantos libros y un espejo de cara muy desgastado. Con la varita se quitó la suciedad del rostro y también de la ropa.

—Listo —avisó y se giró otra vez hacia ellos, sonriente—. ¿Cómo están?

—Nosotros, bien —contestó Ron.

—Pero estábamos preocupados —terció Hermione—. Desapareciste tan de pronto, sin despedirte, que intuimos que algo malo te había pasado.

Merlina sonrió, nerviosa, con los ojos más abiertos de lo normal.

—¿Ocurrió algo malo? —inquirió Ginny. Se notaba que no tenían idea de su secuestro. Mejor para ella, sino tendría que entrar a explicar un montón de cosas.

—No —se apresuró a contestar, reaccionando tarde, pero sirvió. Por lo visto no se habían enterado de nada. Albus prohibió que se dijera algo sobre ella en los diarios—, no me pasó nada, pero estaba muy ansiosa por irme. Ya saben, todo un año trabajando, lo único que quería era llegar a mi habitación —mintió.

—Menos mal —dijo Ron—. Bien, mi madre está en la cocina, ven a conocerla.

Merlina asintió, y los cuatro muchachos la condujeron por una puerta desvencijada a la cocina. Adentro estaba la madre de los pelirrojos —que también era pelirroja— caminando de un lado a otro, con varita en mano, dirigiendo alimentos e implementos de cocina.

—Mamá —habló Ginny—, aquí está Merlina.

La señora Weasley dejó lo que estaba haciendo. Sonrió y se acercó hacia ella.

—Mucho gusto —dijo Merlina, estrechando su mano, y luego dándole un beso en la mejilla—. Muchísimas gracias por recibirme.

—De nada, el gusto es mío, Merlina. Me han hablado mucho de ti.

—¿En serio? —estaba algo nerviosa. Los muchachos le sonrieron contentos, lo que le dio confianza de relajarse un poco.

—Sí. Me han dicho que eres una excelente celadora y muy simpática. Ya era hora de que cambiaran a ese hombre gruñón de Filch.

—Gracias... —se sintió acalorada y sonrió radiante a los chicos.

—A las siete estará lista la cena, así que preparen las cosas, por favor —ordenó a los jóvenes. A Merlina, le dijo—. Tú no, querida, puedes sentarte.

—No, no, quiero ayudar —se ofreció, no quería parecer una inútil.

Después de mucho tiempo, Merlina tuvo la mejor cena de su vida. No podía envidiar nada la comida de Hogwarts la de la señora Weasley, sin embargo, la compañía fue lo que más endulzó su noche.

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Si por algún momento pensó que las vacaciones no serían muy entretenidas, se equivocó rotundamente, porque estar en la casa Weasley era diversión sin límites. Todavía no descubría el real misterio: ella era infantil o los muchachos maduros, porque con ellos lo pasaba de maravillas. Era verdad que Ron y Hermione peleaban bastante, y que de cierta manera le recordaba un poco a ella con Snape, pero con la diferencia de que ellos no eran amigos, ni jamás lo serían. En el período de tres semanas había logrado conocer a todos los Weasley, incluso a los famosos creadores de los artículos de bromas: Fred y George, quienes eran de lo más simpáticos.

Siempre había algo que hacer. Si no eran labores hogareñas —desgnomizar, cortar el césped, darle de comer a los puercos y a las gallinas—, eran horas de entretención pescando, bañándose en la nueva piscina enterrada que había logrado instalar el señor Weasley padre en el patio; jugando Quidditch —Merlina se había comprado una escoba barata, pero servía, y todos le habían enseñado a volar, porque ella no lo sabía hacer bien, aunque no tenía nada que envidiarle a Hermione, que era malísima—, jugando a los Gobstones explosivos, ajedrez, a adivinar el personaje de la mímica —de hecho, el primero que imitó ella fue a Snape y adivinaron de inmediato: simplemente frunció el entrecejo e hizo un gesto amenazador con el dedo índice de la mano derecha—, a hacer distintos tipos de carreras o penitencias; cantando —las muchachas y ellas cantaban, en realidad, porque Ron y Harry, quien había llegado durante la segunda semana de vacaciones, se cohibían—. También se la pasaban haciendo fogatas, y, por sobre todo, conversando. Pero todo tenía un precio, como terminar muerta al final del día y querer ir a dormirse con todo el cuerpo agarrotado, pero unas cuantas horas bastaban para recuperar la energía perdida.

Podía dar por firmado que, el primer mes, había estado de lujo.

En esos momentos de finales del mes estaba de espaldas al sol, con su bañador rojo de una pieza y un sombrero azul de lunares blancos, y lentes oscuros, acomodada sobre la toalla, conversando con Ginny y Hermione sobre el curso siguiente y sus EXTASIS aprobados.

—A mí me quedan dos años todavía —dijo Ginny, suspirando—, pero la verdad es que no sé si me sirvan de mucho, porque me encantaría entrar a algún equipo de Quidditch como buscadora...

—Pero puede que te arrepientas, así que no está demás seguir intentándolo —argumentó Hermione.

—Mmh... —Murmuró Merlina con desgano—. Sí. Bueno, la conversación está de lo más interesante pero ¿saben chicas? Me está dando un poquito de calor, ¿por qué no vamos a darnos un chapuzón? Si no, acabaremos con la espalda en llamas.

—Tienes razón...

—Vamos —finalizó Ginny. Merlina dejó sus gafas de sol y sombrero. Se pusieron de pie y se encaminaron hasta la piscina, donde los gemelos; Ron y Harry se mojaban los pies, sentados en el césped, hablando.

—¡Prepárense! —anunció Merlina, alzando los brazos y dando un sólo aplauso. Todos la miraron—. Me voy a lanzar y sacaré toda el agua de la piscina...

—Hagamos un concurso, entonces —propuso Fred. O tal vez era George. Todavía no les hallaba la diferencia y siempre se confundía.

—Excelente —dijo el otro gemelo.

—Bueno... —vaciló Hermione.

—No pasará nada —dijo Merlina a Hermione—, es profundo, así que no te darás con el fondo—. Bueno, yo comienzo.

Ginny y Hermione se quedaron afuera, pero los demás no se movieron. Merlina retrocedió unos cuantos pasos y se colocó en posición para correr.

—Merlina —la llamó alguien, distantemente. Era la madre de Ron, que estaba con alguien más cerca de la puerta de la cocina.

—Un momento, señora Weasley —dijo, concentrada, sin mirarla. Todos estaban con los ojos puestos en ella, expectantes —. ¡Aahiií voooy!

Corrió, pegó el salto, se abrazó las piernas flexionadas y cayó al agua.

¡PLAFF!

Llegó con suavidad hasta el fondo, en cámara lenta, y luego salió despedida como un corcho. Había logrado rebalsar bastante agua, pero no tanta para el impulso que se había dado. De todas maneras, habían aplaudido.

Se echó el cabello hacia atrás, y dijo, mientras intentaba enfocar la vista.

—Disculpe, señora Weasley, ¿Qué quería de...?

Pero se quedó callada. Sintió que el alma se le iba a los pies, que se le desaparecía el suelo, que el estómago se le contraía y que mariposas furiosas aleteaban en su abdomen. Y un silencio sepulcral invadió el lugar, ya que todos habían volteado la cabeza hacia Molly y estaban boquiabiertos.

—El profesor Snape quiere hablar contigo —anunció, pero no era necesario, porque el sujeto en cuestión estaba a poca distancia de la madre de los muchachos, a la vista de todos.

—Yo… ya —farfulló. Miró a Hermione, suplicante—. Tráeme la to... to...

Hermione le entendió, y rápidamente le llevó la toalla. Era inútil lo que estaba haciendo Merlina, pero a toda costa quería taparse de Snape, lo que era un mecanismo de defensa. Acabó mojando la mitad de la toalla. Subió la escalerilla subacuática, envuelta. Se acercó estilando y temblando, pero no producto del frío. Molly entró a la casa, pero Merlina hubiese deseado que se quedara allí, acompañándola. Snape la observaba sin inmutarse. Merlina llegó a su lado y miró su mejilla. No quería mirarlo a los ojos. No se sentía capaz, menos cuando la había tomado completamente por sorpresa.

—Quisiera no hablar con público —dijo Snape lo suficientemente fuerte para que los demás, que estaban atentos, se dieran por aludidos.

—Quisiera hablar aquí —contradijo Merlina testarudamente.

—Son cosas privadas —insistió Snape sin ninguna simpatía.

—No importa.

Snape arqueó las cejas y resopló. Iba a ponerle una mano en la espalda a Merlina para empujarla, pero ella se dio cuenta y sintió sus dedos antes de que la tocaran, y eso que la toalla le tapaba.

—¡Ya, ya! —exclamó y se encaminó, temblando aún, hasta la otra parte de la casa, donde no los vieran.

Snape se puso enfrente de ella otra vez.

—Fantástica pirueta, Morgan —se burló.

Merlina tiritó levemente y recuperó un poco más la compostura.

—Venías a decirme algo, lánzalo ahora —demandó impaciente.

—Bien. —Snape la observaba, pero ella no a él—. Es sobre el juicio de Ledger —Merlina se sintió peor y cerró los ojos. Hacía días que no oía ese apellido—. Con Dumbledore testificamos bien y...

—¿Qué quieres decir con "testificamos"? —saltó Merlina abriendo los ojos. Snape puso una expresión que tampoco quiso ver.

—Creo que, cuando nombro al director y digo "testificamos", me refiero a él y a mí. —Y antes de que la muchacha replicara, continuó—. Ha salido mejor de lo que se esperaba, porque, por si no lo sabías, tu exnovio —puso especial énfasis en "exnovio"— tenía dos antecedentes por robo y otros de violencia excesiva en el Caldero Chorreante.

Merlina miró el suelo. Antecedentes por robo... violencia... ¿Por qué ella era la última en enterarse de todo eso?

—Y —continuó— lo han sentenciado a diez años en Azkaban por secuestro y por homicidio frustrado.

Merlina asintió, juntando fuerzas para volver a hablar.

—Gra-gracias —tartamudeó.

—¿Esa sentencia te parece válida? —inquirió él con cierto reproche en la voz.

—Me gustaría que fuera más, pero no me veo capaz de apelar —replicó sincera—. Gracias nuevamente —volvió a decir

Severus se quedó un minuto más con los ojos clavados en su coronilla. Merlina estaba cabizbaja, con el mentón apegado al pecho, los brazos cruzados y temblando. En un momento Merlina juró que había hecho un ademán extraño con la mano, como si fuera a apartarle un mechón de pelo, pero, luego de eso, dio media vuelta y se marchó, dejándola sola. Merlina se apoyó contra la pared y cerró los ojos nuevamente.

No sabía si era buena noticia o mala noticia. Lo único que pensaba en esos momentos, era que había sido la mujer más estúpida del universo, porque los verdaderos fines de Craig habían sido matarla. También el ver a Snape le había arruinado las maravillosas casi cuatro semanas que había estado allí.

—No puedo quedarme así... —susurró—. Los chicos querrán saber... me bombardearán con preguntas... y no quiero arruinarles a ellos las vacaciones...

Respiró hondamente y se armó de valor, con una falsa sonrisa en la cara. Los muchachos la miraron de reojo, pero conversaban como si nada. Hermione sonrió, pero Merlina tuvo la sospecha de que también lo hacía de manera falsa.

—¿Continuamos con los bombazos? —preguntó la muchacha.

—¡Claro! —aceptó Merlina, aliviada. Quizá se habían puesto de acuerdo en no preguntarle nada. Y lo más probable es que fuera obra de Hermione. Al menos conocía alguien con criterio.

Entonces, continuaron por turnos lanzándose al agua. Los gemelos fueron los que más vaciaron la piscina, pero la llenaban de inmediato con magia. No obstante, Merlina, paranoica, miraba de vez en cuando hacia la puerta de la cocina. "Me vio", pensaba una y otra vez, totalmente avergonzada.